Elefantes, de Carlos Balbuena

LOS ESPACIOS DE LA MEMORIA.

La película se abre con un plano fijo de cinco minutos de duración, en el que vemos una casa en mitad de un prado montañoso,  del que sale un hombre con camisa blanca y pantalón oscuro y caminar en dirección desconocida, tiempo después, sale otro hombre, casi de la misma guisa, como si lo siguiera, perdiéndose los dos en la lejanía. Teniendo en cuenta que los primeros minutos de una película nos informan detenidamente de cuáles serán sus señas de identidad, en esta película sus rasgos formales son inequívocos, desde la sobriedad del blanco y negro, y la luz tenue que recoge la decadencia vital y amargura de todo el espacio, obra del propio director y Luis Arilla, compuesta por planos fijos de larga duración, en el que observamos el vagabundeo por los montes del pirineo aragonés de los dos hombres sin rumbo fijo, como huyendo de algo o haciendo lo posible para reencontrarse con aquello de lo que escapan, a través de acciones repetitivas, en bucle, en el que parecen vivir y revivir constantemente, huidos y ocultos de esa amenaza ausente, que no vemos, pero intuimos y escuchamos, ese miedo innato que los persigue, los acecha y los convierte en meras alimañas desorientadas, sin rumbo fijo, y sobre todo, sin camino que emprender.

El segundo trabajo de Carlos Balbuena (León, 1975) vuelve a indagar en los parámetros que guiaban su puesta de largo, Cenizas (2014) en el que apostaba por redescubrirnos los espacios de las cuencas mineras leonesas abandonadas, sin vida, a través de la figura casi fantasmal de alguien que vuelve a sus orígenes, o a lo que queda de ellos, a través de ese blanco y negro sobrio y amargo, acompañado de unos sonidos vanguardistas e industriales, que acrecentaban esa sensación de ruina vital, vacía y sucia que encogía el alma. Ahora, Balbuena, se ha ido al pasado, pero analizándolo desde el presente, en un viaje memorístico, donde rescata uno de los episodios más desconocidos de la Guerra Civil que se conoce como “La bolsa de Bielsa”, en el que en abril de 1938, los aviones del bloque nacionalista bombardearon los pueblos de la comarca del Sobrarbe oscense, y la mayoría de sus habitantes emprendieron la huída a pie, con niños, ancianos y alimentos a cuestas, atravesando las montañas hasta llegar a lo alto del Puerto Viejo, que es uno de los pasos naturales a Francia, situado a casi 2500 metros de altitud.

Balbuena no recrea aquel desgraciado incidente de la manera convencional, sino que va mucho más allá, filmando aquellos espacios vacíos por el que transitaron aquellas gentes ochenta años antes, con intertítulos que nos van informando de la subida con la altitud de la montaña y la proximidad de la frontera o la libertad en lo alto de la cima, a través de planos fijos y silenciosos que consiguen transportarnos a aquella huida y algunos de los desastres que supuso la contienda. El cineasta leonés, a través de sus dos personajes, y sin diálogos,  desestructura su relato en tres tiempos, en el primero, titulado “Sin dirección”, vemos a los dos hombres, esos rostros y cuerpos con su caminar errante, su tiempo suspendido, donde parecen perdidos, sin saber adónde ir, ni que hacer, huyendo de alguien o de ellos mismos En el segundo tiempo, “La bolsa de Bielsa”, nos introduce en esa huida desesperada que emprendieron aquellas personas a través de la montaña, mostrándonos los espacios, y en el último, “Elefantes”, nos devuelve a la pesadumbre y el desgaste anímico de estos dos hombres y la violencia desatada que hay en ellos, rasgados y espectrales de esa guerra que ha partido en mil pedazos un país enigmático, violento y oscuro, que todavía alimenta con su desmemoria gubernamental, a partir de unas gentes que no olvidan, que siguen arrastrando esa memoria, esos espacios, esos cuerpos partidos y cansados.

Balbuena vuelve a la duración breve (apenas 69 minutos) y construye una bellísima metáfora sobre los males intrínsicos que azotan el país, y lo hace utilizando lo mínimo para llegar a lo máximo, si ya habíamos señalado la importancia de ese sonido rasgado e industrial, o el sonido natural como el viento ininterrumpido que nos ahoga, no menos es ese canto occitano que escuchamos dejándonos sobrecogidos por su fuerza y poesía, porque Balbuena hace un excelente e intenso ejercicio del fuera de campo, de todo aquello que no vemos, pero que inunda todo el espacio que tenemos frente a nosotros, dotando al paisaje de memoria y reivindicando que la huella y la ruina muestra más de lo que a simple vista vemos, a través de una dramaturgia formal que recuerda a ese cine del este construido a través de los planos vacíos, de seres errantes, y la memoria como vehículo para enfrentarse a las heridas y los miedos atávicos, un cine de la memoria y por la memoria, en la misma línea que La fossa, de Pere Vilà i Barceló o Equí y n’otru tiempo, de Ramón Lluís Bande, donde la memoria histórica se analiza y explora a través del presente, de sus huellas, de sus ruinas, todo aquellos elementos que el tiempo ha sido incapaz de borrar, porque por mucho que pasen los años, hay heridas que siguen latiendo como el primer día, que comprimen y nos impiden avanzar y seguir caminando hacia adelante.

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