Anatomía de una caída, de Justine Triet

LA DISECCIÓN DEL AMOR. 

“No sé como es el amor y no lo puedo describir. La mayoría de las veces no puedo sentirlo”.

De Secretos de un matrimonio, de Ingmar Bergman

Antes de hablar de Anatomía de una caída, el cuarto trabajo de Justine Triet (Fécamp, Francia, 1978), debemos escarbar un poco en sus tres películas y un cortometraje anteriores, porque la mirada de la directora hacia el mundo femenino tiene mucho de disección, en la que ha mostrado diferentes mujeres que se ven condicionadas en la toma de sus decisiones y viven atrapadas en mundos de los que quieren escapar. Tenemos a Laëtitia, una actriz de calentamiento en paro en Vilaine Fille, mauvaus garçon (2012), estupendo corto qué podéis ver en Filmin bajo el nombre Chica traviesa, chico malo, atrapada en una vida insulsa y al cuidado de un hermano discapacitado mental. A Leticia, la periodista que cubre las elecciones del 2012 en La batalla de Solferino (2013), que debe afrontar una jornada frenética y aguantar las demandas en un entorno hostil. A Victoria, la abogada penalista de Los casos de Victoria (2016), que no puede escapar de una profesión demasiado intensa. Y a Sybil, la terapeuta de El reflejo de Sybil (2019), que desea cambiar de oficio y ponerse a escribir. 

Mujeres que tienen empleos muy estresantes y además, están atrapadas en relaciones insatisfechas o no encuentran el amor de verdad. Una parte de cada una de esas mujeres que ha retratado la cineasta está en Sandra Voyter, el personaje protagonista de Anatomía de una caída, porque es una novelista de éxito, madre y convive en pareja. Todo cambia cuando Samuel, su pareja y padre de su hijo Daniel de 11 años, es encontrado muerto en la entrada de la casa de la montaña aislada donde viven. A partir de un guion excelente de Arthur Harari y la propia directora, que ha coescrito dos películas junto a Triet, amén de dirigir películas como Onoda, 10000 noches en la jungla (2021), la trama nos sumerge en la  investigación para desvelar que ha sucedido, si la caída ha sido accidental o no, a través de un larguísimo interrogatorio en el que se cuestiona absolutamente todo, el que somete Vincent, el abogado amigo de Sandra, a la protagonista, que clama por su inocencia, y luego, un año después, en el juicio que se llevará a cabo por parte del enérgico fiscal. 

Estamos ante un descenso a los infiernos a modo de cinta de terror que bucea en las miserias de la vida en pareja de la propia Sandra y el fallecido Samuel, y el rol que los dos tenían en su relación. Ella, una escritora de éxito, libre e independiente, y él, un profesor que da clases a su hijo, e incapaz de acabar una novela. Dos roles, dos opuestos, y sobre todo, dos enamorados que viven en común sus ilusiones, frustraciones y (des) esperanzas. A modo de ejercicio estilístico quirúrgico, donde el thriller psicológico se impone en una historia que bebe de Hitchcock, en su metódica aproximación a la oscuridad de las relaciones de pareja, y a todo lo que lleva en sí misma, a hablar sin tapujos y sacando toda la mierda de lo que llamamos amor y sus terribles consecuencias. Sólo un flashback para hablarnos de la “secuencia” de la película, indispensable para conocer en qué estado se encontraba el “amor” de los mencionados. Un guión bien construido que está lleno de sorpresas, no de las que nos levantan de la butaca, sino de las que nos hunden más en ella, en el que resulta crucial el rol de Daniel, el hijo de ambos que padece una deficiencia visual derivada de un accidente, que también hará acto presencia en el juicio, porque es un personaje vital en la película porque llegados a cierto momento, deberá tomar una decisión que afectará al devenir del citado juicio. 

La gran utilización del sonido, firmado por el cuarteto Julien Sicart, Fanny Martin, Jeanne Delplancq y Olivier Goinard, como evidencia su arranque, en ese intenso prólogo en el que la música llena el cuadro, ahogándonos mucho. Un sonido que nos lleva al pasado del día de autos y a otros pasados de la pareja, esenciales para comprender algunas partes que nos han llevado hasta aquí. El estupendo trabajo de cinematografía de Simon Beaufils, que ha estado en las tres últimas de Triet, amén de Paolo Virzi, Yann González y Valeria Bruni Tedeschi, donde priman los planos y encuadres sucios, es decir, los movidos, los rugosos y demás imperfecciones que ayudan a adentrarnos en esa relación con más sombras que luces, y contarnos todos los pormenores entre ellos, entre todo aquello que no se nos desvela en la película, todo aquello que debemos suponer e imaginar. El montaje de Laurent Sénéchal, otro cómplice de la directora, consigue un gran trabajo en una película muy dificultosa de contar por sus 150 minutos de metraje, que en ningún momento pierde su interés, al contrario, lo va aumentando de forma ejemplar, sumergiéndonos en ese espacio doméstico, que acaba siendo una prisión insoportable, donde abundan los reproches, silencios y mucha incomodidad, dejando al descubierto todos los males de la pareja y el supuesto amor. 

Una película donde constantemente se está mirando de arriba a abajo y viceversa, convirtiendo lo doméstico en un universo propio diseccionado de todas las formas posibles, según la interpretación de los diferentes actores que lo miran e investigan. Una trama que asfixia a los personajes, y juega con la ficción del relato, porque no deja de construir muchos relatos como personajes ahí, ya que cada uno de ellos construye su relato, y el juicio construye el suyo propio, en un laberinto en constante ebullición de construcción de relatos, en el que todos exponen sus razones y entre todos van construyendo los hechos en cuestión, o algo que se le parezca, porque la verdad de lo que ocurrió se la guardan los personajes implicados, y sobre todo, el personaje de Sandra, porque la película en un extraordinario acierto, no desvela los hechos, no entra en mostrarnos lo que pasó realmente, tampoco lo necesita para contar la historia que muestra, y en su misterio, deja a los espectadores que dilucidamos que ocurrió exactamente o no, y construyamos nuestro relato, porque como sucede en cualquier situación hay muchas formas de contarlo, pero sólo una que es cierta. 

Los pocos personajes, muy importantes en una película de esta índole, están muy bien interpretados por Sandra Hüller, que nos enamoró cuando la descubrimos en la formidable Toni Erdmann (2016), de Maren Ade, en su segunda película con Triet después de El reflejo de Sybil, siendo esa Sandra, que ha tenido que renunciar a muchas cosas: vivir en un pueblo de montaña de los Alpes, cuando no lo deseaba, hablar en inglés cuando es alemana y tiene una pareja francesa, y soportar la frustración de un compañero que quiere escribir y no puede. Un personaje sumamente complejo y oscuro que Hüller le da naturalidad y cercanía dentro de la ambigüedad en la que se mueve. Frente a ella, su abogado Vincent, que hace el actor Swann Arlaud, un intérprete que mira muy bien y habla mejor, que nos encantó hace no mucho en Quiero hablar sobre Duras, siendo el enigmático último novio joven de la célebre escritora. El niño Milo Machado Graner que hace de Daniel, un niño que no conoce el suceso, porque estaba paseando al perro, otro perro como el que había en Los casos de Victoria, que tendrá su protagonismo durante el juicio y será testigo de la verdad de sus padres, una verdad que se le ocultaba, la enérgica composición del fiscal que hace Antoine Reinartz, que era uno de los chicos de 120 pulsaciones por minuto, y en films de Assayas y Desplechin, entre otros, y Samuel Theis es el muerto, un personaje que tiene poca y mucha presencia, ya que su fallecimiento es clave en el devenir de la acción, que tiene esa “secuencia” clave en la película, tan importante que mejor no desvelar nada de su contenido. 

Si han llegado hasta aquí, cosa que les agradezco enormemente, ya saben que me ha interesado mucho Anatomía de una caída, por los muchos valores cinematográficos que tiene, y en su ejemplar ejecución de trama y como está contada, clave en el hecho cinematográfico como saben, y sobre todo, en su disección quirúrgica sobre el amor y las relaciones humanas, que sin ánimo de exagerar, se podría hermanar con ese tótem sobre el mismo tema que es Secretos de un matrimonio, de Bergman, que una de sus citas actúa como arranque de este texto, porque tanto una como otra juegan en el mismo espacio, en ese lugar que vive cuando se cierra la puerta de las casas que habitan las parejas, esos espacios desconocidos que son un universo paralelo en sí mismo, donde habitan los sentimientos, las (des) ilusiones, las (in) satisfacciones, y sobre todo, el amor o aquello que creemos que es, porque como menciona la propia Justine Triet: “La igualdad en una pareja es una maravillosa utopía sumamente difícil de alcanzar”. Su película aborda este tema y todos aquellos que no vemos, y que están ahí, como el recorrido que traza la propia película, construyendo un relato de lo que puede haber pasado o no juzguen ustedes mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Robot Dreams, de Pablo Berger

CUANDO DOG ENCONTRÓ A ROBOT. 

“En un mundo de sueños, nuestra única realidad es el amor”. 

De “Tokyo Blues”, Haruki Murakami

Había una vez un perro llamado Dog, que vivía en East Village, uno de esos barrios cosmopolitas del New York de los ochenta. Su vida es cotidiana, algo aburrida y muy solitaria. El tiempo pasa sin necesidad de llenar plenamente y la vida se ha instalado en algún sin más muy lejos de allí. Un día pasa algo diferente, como suceden la mayoría de las cosas, y es que después de ver un anuncio en la insulsa programación televisiva. Un día Dog encarga un robot a domicilio y se construye su propio amigo. La vida vacía y solitaria de Dog se llena de Robot, un ser de otro mundo que se convierte en la parte más importante del mundo de Dog, alguien con quién jugar, patinar por Central Park, comerse un hot dog en cualquier esquina del barrio, sentarse en silencio mientras observan la fauna de la ciudad, y un compañero con el que pasar un día en la playa de Long Island. Un amigo del alma para saborear la vida y sobre todo, para llevar los sinsabores de la existencia de forma más reconfortante, aunque la vida también tiene su lado menos amable y otras circunstancias, provocan que Dog debe despedirse de Robot, quizás algún día vuelvan a encontrarse o no, sólo el tiempo y sus avatares responderán a esa cuestión. 

El cuarto largometraje de Pablo Berger (Bilbao, 1963), basado en la novela gráfica homónima de Sara Varon, como hizo en su premiadísimo cortometraje Mama (1988), inspirado en el cómic de Vuillemin, sigue el mismo camino que trazó con la maravillosa Blancanieves (2012), porque si en aquella volvía a los orígenes del cine construyendo una historia muda, en blanco y negro, y adaptando el famoso cuento trasladando la trama al Madrid de los años veinte en un entorno de amor, circo y toros. Ahora, también vuelve a los orígenes del cine, porque Robot Dreams opta por el mudo y la animación para contarnos una nueva fábula, llena de animales en el que conviven razas y etnias en esa city extraordinariamente diversa, en una comedia en el que vuelve a su ópera prima Torremolinos 73 (2003), y Abracadabra (2017), y una comedia en la que tocó diversos palos como el slapstick, recordando a los pioneros como Chaplin, Keaton y Lloyd, entre otros, la romántica, y la negra, así como el musical emulando a las sirenas de la Williams, o ese otro de los grandes tiempos de la Metro, o el más casolà, en que la cotidianidad se mezcla con lo cotidiano, y el mundo de los sueños, el verdadero leitmotiv de la trama, donde la comedia indie existencialista hace acto de presencia, en el que está muy cerca de los Jarmusch, Wes Anderson y Baumbach y demás. 

El cineasta vasco se acompaña de algunos de los grandes de la ilustración y la animación como el ilustrador José Luis Agreda, del que conocemos por su trabajo en Buñuel en el laberinto de las tortugas, y el diseñador de personajes Daniel Fernández Casas, que estuvo en Klaus, y el gran director de animación Benoît Feroumont, del que hemos visto Les triplettes de Belleville y The Secret of Kells, dos monumentos de la animación europea de las últimas dos décadas. Para la música vuelve a contar con un cómplice como Alfonso de Vilallonga, que consigue componer una delicia de banda sonora, a la altura de sus bellas e íntimas imágenes, porque la película demandaba una música heterogénea ya que su historia va por muchos derroteros emocionales. Con el acompañamiento de algunos hits ochenteros como “September”, de Earth, Wind and Fire, y “Let’s Go”, de The Feelies, entre otros, que conjugan a la perfección con las melodías del músico barcelonés. Para el diseño de sonido otra cómplice como Fabiola Ordoyo, que ya estuvo en Abracadabra, consiguiendo esa sonoridad tan especial que da la oportunidad profundidad a una película de estas características. El montaje de otro “colega” como Fernando Franco, que sabe condensar de ritmo y pausa a una película que va del llanto a la alegría en cuestión de un instante, en una trama estándar que se va a los 95 minutos de metraje. 

La mirada de Berger a ese New York ochentero, que conoció las huellas que dejó cuando se pasó una década en la ciudad estudiante cine en los noventa, se mueve entre la realidad y la fantasía, esa mezcla que funciona tan bien en una trama que habla en profundidad sobre temas tan humanos como la amistad, el amor, la pérdida, la ausencia, la memoria y el olvido, y sobre todo, la aceptación de aquello que perdemos y el proceso de duelo de alguien que estuvo en nuestras vidas, que significó y significa muchísimo, pero las circunstancias hicieron que les dijéramos adiós, un adiós que cuesta, que hace desprenderse una parte de nosotros, pero no sabíamos como no lo sabía Dog, el protagonista, que las cosas suceden muy a pesar nuestro, a pesar de nuestra voluntad férrea y demás fantasías, porque la vida y sus circunstancias son lo que son, y nada ni nadie puede evitar que se produzcan, y sólo podemos aceptarlas y seguir caminando aunque sea lejos de aquellos que amamos en un tiempo, siempre nos quedará su recuerdo, unos días más fuerte que otros, y quizás, el tiempo, el juez más implacable, nos dirá si esa persona vuelve o no a nuestras vidas, mientras eso se produce, si alguna vez se produce, debemos seguir con nuestras vidas, unos días mejores que otros. 

Robot Dreams es una película de dibujos animados para todos los públicos y están muy bien realizada y mejor contada, porque tiene ese alma de las cosas sencillas, pequeñas y honestas hechas con amor y de verdad, desde adentro, como las películas de Ghibli como Nausicaä del valle del viento, Mi vecino Totoro y La princesa Mononoke, entre otras, donde la fantasía y los sueños nos ayudan a soportar las oscuridades de la existencia que, a veces se pone muy difícil y trabajosa, pero que en otras, la vida es más amable, porque nos pone en el camino a esa persona que nos cambiará para siempre, y casi siempre para mejor, que nos ayuda a crecer, a ser mejores, a sentirnos, a ayudarnos, a vernos, a nos escapar de nosotros mismos, a ser quiénes deseamos ser y no nos atrevemos, a mirarnos en esos espejos que no queremos mirarnos por miedo a no ver lo que queremos ver, a compartirnos, a seguir creyéndonos en nosotros y en las cosas que hacemos, a vivir lo que sentimos, a no tener miedo, ese miedo a fracasar que nos impide a ser nosotros mismos, a disfrutar la vida, a levantarnos cuando nos caemos, a ser quiénes somos, y sobre todo, y esto lo más importante, personas que un día se cruzan por nuestra vida y nos enseñan a querernos, posiblemente nos harán daño, pero un dolor tan necesario para despertarnos y afrontar la vida y sus consecuencias, y algo así nunca se olvida, como le sucede a nuestro Dog con Robot. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La isla de las mujeres, de Marisa Vallone

ÉRASE UNAS MADRES DE CERDEÑA… 

“No podemos dejar que las percepciones limitadas de los demás terminen definiéndonos”.

Virginia Satir

El extraordinario prólogo de La isla de las mujeres (La Terra delle Donne, en su original), que detalla de forma concisa y sobria el orden y desorden existente en esa parte de Cerdeña junto al mar después de la Segunda Guerra Mundial. Una pequeña sociedad llena de superstición religiosa que declara a la séptima hija como una bruja. A Fidela le ha tocado ese deshonroso honor que la estigmatiza de por vida, convirtiéndola en un ser solitaria y despojada de la familia como deja tan evidente la estupenda secuencia de la fotografía. Fidela vive alejada cuando es mayor, pero es una joven especial, una joven espiritual, que conoce las hierbas del lugar y sabe curar a los demás. Una mujer aislada pero llena de vida, emociones y de amor, aunque no sea comprendida por su madre y los demás lugareños, que la siguen tratando como un ser oscuro del que hay que alejarse para protegerse de su brujería y malas conductas. 

La ópera prima de Marisa Vallone (Bari, Italia, 1986), que después de dedicarse a la videoinstalación y al arte multimedia, y formarse en el prestigioso Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma, por el que han pasado diferentes generaciones de cineastas italianos que ha  hecho muy grande su cinematografía, como Vallone con una primera película que nace con el propósito de contarnos la cotidianidad de un pequeño lugar de la Cerdeña, un espacio diminuto donde las mujeres tienen el mando, donde la tremenda religiosidad convive con lo pagano y lo espiritual, en un mundo de contrastes en el que la historia se sitúa en tres mujeres de la misma familia. Tenemos a la madre, una mujer viuda que vive entre lo emocional de su hija Fidelia y las apariencias y oscuridad de la tradición, a la hermana mayor Marianna que recorrerá un parte de Europa con el objetivo de quedarse embarazada, y finalmente, la mencionada Fidelia, la pequeña,  la llamada “bruja”, un ser especial que trata con plantas medicinales las dolencias de sus vecinos, que por orden del párroco del lugar, deberá criar a Bastiana, una niña ilegítima que al ser la séptima es expulsada de su casa, y se topará con Fidela y su mundo. 

La cineasta se mueve entre el realismo de un tiempo difícil y triste después de una guerra, y la fábula, porque encontramos personajes que bien podrían ser de un cuento de hadas: el soldado inglés que se enamoró de una italiana y que se quedó sólo cuando aquélla volvió con el marido que creía muerto, la llegada del pintor y fotógrafo y su padre al pequeño pueblo, y la propia Bastiana, una especie de princesa diferente a todos y todas que deberá crecer en un mundo diferente y lleno de sabiduría y oscuridad. Sin olvidar la propia idiosincrasia del lugar, una isla en que el mar delimita la vida, la esperanza y el mundo, un más allá demasiado lejano para el microcosmos en el que viven estas mujeres singulares. Un gran trabajo de cinematografía de Luca Coassin, que envuelve con detalle y precisión a las mujeres de este pueblo, enlutadas y supersticiosas, frente al violeta de Fidela y su hija, y aún más, entre los colores más suaves y elegantes de los visitantes. Un montaje del dúo Francesco Garrone (que tiene en su haber películas de Daniele Luchetti), e Irene Vecchio (muy presente en la filmografía de Elisa Amoruso), en un estupendo trabajo donde imponen un ritmo pausado y emocional en el que se va desenvolviendo un relato contenido y sin estridencias, que captura con orden y reposo los avatares de sus protagonistas en una película que se va a los 104 minutos de metraje. 

Si la parte técnica es destacable, no lo es menos el magnífico trabajo de sus intérpretes entre los que destaca una maravillosa Paola Sini, que produce y coescribe el guion con la directora, que compone una inolvidable Fidela que, a pesar del desprecio de su familia y los demás, ella se hace su mundo, entre los espiritual y terrenal, huyendo de las tradiciones religiosas, y centrándose en la naturaleza y lo interior, creando un universo en sí mismo, y a pesar de las traiciones, ella sigue en pie, firme y con una voluntad de hierro, porque Fidela es un personaje de luz, alguien que quiere vivir su vida y hacer su mundo, siendo ella misma a pesar de la oposición de los demás, porque ella sabe que sólo hay una vida y cada uno ha de vivirla como desea desde su más profundo ser. Valentina Lodovini es Marianna, que está obsesionada con ser madre y recurrirá a todo por conseguirlo, y no se detendrá en su propósito. Syama Ryanair es Bastiana, la hija de Fidelia, que tomará su camino después de las enseñanzas y consejos de una madre diferente, y luego están los hombres de la película, el párroco cercano y algo díscolo que hace un grande como Alessandro Haber, que ha trabajado con los grandes del cine italiano como Bellocchio, Bertolucci, Rosi, Moretti, Monicelli, Pupi Avati, Risi, entre muchos otros, el belga Jan Bijvoet, al que vimos en películas que me gustaron mucho como Alabama Monroe, Borgman y El abrazo de la serpiente, entre otras, hace del soldado inglés encallado y ermitaño, o quizás, el hombre que encontró su lugar o alguno que se le parecía, se convierte en una especie de padre para Bastiana, o un amigo con el que hablar y reírse, y los visitantes, el padre, una especie de doctor que ayuda a Marianne a quedarse embarazada que hace el actor japonés Hal Yamanouchi, que ha trabajado con directores tan interesantes como Mangold, Kapanoglu, Bava, Salvatores y Wes Anderson, y su hijo Freddie Fox, con una carrera al lado de nombres como los de W. S. Anderson y Lone Scherfig. 

Nos ha convencido La isla de las mujeres y nos encantaría seguir la filmografía de su directora Marisa Vallone, por contarnos que hay muchas formas de ser madre, de estar en el mundo, y sobre todo, de ser una misma en una sociedad anclada en meras idioteces y miedos infundados, o lo que es lo mismo, una sociedad dominada por el miedo a vivir y a ser ellos mismos, porque lo más fácil en la vida es seguir el rebaño y no detenerse y pensar si eso es lo que queremos para nosotras. Fidela lo tiene claro a pesar de las dificultades, más vale vivir como quieras y aceptar los conflictos, que estar siempre a la greña y despreciada por el resto. Fidela es una mujer muy especial, quizás lo que muchos deseamos, ser especiales pero no para nada ni nadie, sino para nosotros mismos, que somos las personas que más nos necesitamos, amarnos a pesar de todo, a pesar de nosotros, y comprendernos a pesar de nosotros, porque el amor de verdad, el que se siente desde lo más profundo de nuestro ser, solamente será verdad cuando empieza por uno mismo, aceptándonos y siguiendo hacia adelante, pese a quién pese, porque nadie vendrá a rescatarnos si no lo hacemos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Víctor Iriarte

Entrevista a Víctor Iriarte, director de la película «Sobre todo de noche», en el Hotel Catalonia Eixample 1864 en Barcelona, el martes 28 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Iriarte, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sobre todo de noche, de Víctor Iriarte

UNA MADRE, UN HIJO, UNA MADRE. 

“Esta es una historia de violencia, de rabia y de violencia. Alguien pierde a alguien. Alguien busca a alguien el resto de su vida. Esta es mi historia. Hubiera podido suceder de otra manera pero sucedió así”.

Vera

Si algo adolece mucho del cine actual es la ausencia de relato en las historias que cuenta. Muchas películas abandonan por completo la idea del cuento, la idea de la fábula poliédrica, aquella historia que se bifurca constantemente, que fábula sobre ella misma, que indaga a partir del artefacto cinematográfico en una incesante búsqueda donde el artificio se fusiona con la narración, en que el camino no tiene una constante ideada, sino todo lo contrario, un itinerario que acoge otras disciplinas como la literatura, la música y el canto para contar y contarnos su historia en un caleidoscopio infinito donde el género es una mezcla de todos ellos, incluso el misterio que oculta cualquier película, en este cine se revela o no y cuando lo hace se revela ante nosotros interrogando a la propia película, en un documento ensayístico en el que lo importante no es sólo lo que nos están contando, sino que va construyendo una forma heterogénea que va mutando a lo largo de la película. 

El cineasta Víctor Iriarte (Bilbao, 1976), al que conocemos por su trabajo de programador de cine y director de múltiples piezas, amén de sus trabajos para Isaki Lacuesta y Raya Martin, debutó con el largometraje Invisible (2012), un relato que ya planteaba la fusión de géneros, elementos, texturas y formas para contarnos muchas historias dentro de ella. Mismo punto de partida con el que ejecuta su segundo trabajo de título tan estimulante, Sobre todo de noche, donde nos pone en la pista de Vera, una madre que entregó su hijo por no poder atenderle, y años después, cuando quiso saber de él, se enfrenta a un vacío y oscuridad burocrática y decide vengarse de todos ellos. Una línea mínima de argumento, convertido en un interesante y revelador guion que firman Isa Campo, estrecha colaboradora del citado Isaki Lacuesta, (que ambos coproducen la película, junto a Valérie Delpierre, y demás), Andrea Queralt, productora de títulos tan importantes como O que arde, de Laxe, y Matadero, de Fillol, y el propio director, filmada en un estupendo trabajo de cinematografía en 16mm por Pablo Palomo, del que vimos Al oriente, de José María Avilés, en una composición que nos remite a por ejemplo películas como Los paraísos perdidos (1985), y Madrid (1987), ambas de Basilio Martín Patino, con ese aroma de atemporalidad donde las cartas y los mapas pueden convivir con los móviles sin ningún tipo de interferencia. 

La excelente música, un personaje más de la historia, que firma una grande como Maite Arroitajauregi, una habitual del cine vasco en películas como Amama, Akelarre e Irati, y de directores como Fernando Franco, construyendo de forma tensa y profunda todos los vaivenes emocionales de los personajes. Una película de estas características donde la forma y lo que cuenta devienen tanta importancia requería un preciso y detallado trabajo de montaje, y lo encontramos en una habitual de este tipo de cine que investiga y se investiga, que no es otra que Ana Pfaff, que realiza una edición donde priman los rostros y las manos, en que la película se explica mediante acciones, acompañadas de intensas reflexiones sobre el pasado. Qué decir del excelente trío protagonista de la película con una enorme Lola Dueñas como Vera, la madre que busca a su hijo, la madre que se venga de esa burocracia ilegal y miserable, la madre que encuentra a su hijo y sobre todo, la madre herida que no se lame las penas y se lanza en un viaje en el que no cesará en su empeño. La actriz está inmensa y construye una Vera que traspasa la pantalla por su forma de mirar, de hablar y moverse en un mundo que vapulea al débil y lo olvida, pero Vera no es de esas, porque Vera es una mujer herida, como las que construía Chabrol en su cine. 

La gran actuación de Lola/Vera no ensombrece a los demás intérpretes, que componen un estupendo contraplano interpretativo en sus diferentes roles, porque en su viaje/encuentro se tropezará con otra madre, la que hace Ana Torrent y recibe el nombre de Cora, profesora de piano, una madre que no puede tener hijos, una madre que es muy diferente a Vera, pero otra madre, en fin. Y luego, está Manuel Egozkue. que muchos recordamos como el protagonista de la maravillosa y exquisita Arquitectura emocional 1959 (2022), de León Siminiani. El actor hace del hijo, él hace de Egoz, que está a punto de cumplir los 18. El hijo de dos madres. Y después están María Vázquez que tiene su momento en una biblioteca, y Katia Bolardo, que también tiene el suyo en una piscina, y Lina Rodrigues, que tiene su instante cantando un fado. Intérpretes de vidas duras que arrastran heridas inconfesables, heridas que no han compartido, heridas que desgarran unas vidas que no pueden quedar en el olvido de la desmemoria. Personajes que no están muy lejos de aquellos que tanto le agradaban a Bresson, que explican sus cosas con movimientos, con esos planos de detalle de esas manos recorriendo mapas, recorriendo vidas que quedaron detenidas. 

Sobre todo de noche traza un recorrido por muchos espacios, lugares, texturas y tonos como lo psicológico de Hitchcock, lo noir de Melville, los mundos y submundos de Borges, Bioy Casares y Cortázar, donde la forma y el relato casan con extraordinario detalle y composición, donde la película descansa en la precisión de lo que se está contando acompañado de unas imágenes breves y concisas, donde pasado y presente forman un único espacio, donde todo va convergiendo en ese espacio fílmico o de ficción en el que la historia se interroga y nos interpela a los espectadores, recuperando esa idea de la fábula, del cuento que se cuenta de múltiples formas y las vamos viendo todas, como sucedía en El muerto y ser feliz (2012), de Javier Rebollo, y en La flor (2018), de Mariano Llinás, saltando de forma natural de un género a otro, mezclándolos, de una forma a otra, y de un tiempo/espacio a otro, pero obedeciendo a un proceso donde todo se compacta en armonía, sin darnos cuenta, de un modo de absoluta transparencia, en el que los objetos de naturaleza diversa se vuelven cotidianos, y donde los personajes van y vienen en un sin fin de espesuras y tensiones, donde todos tienen su camino, su objetivo, en busca de paz, de esperanza dentro de los conflictos que les ha tocado vivir, o mejor dicho, padecer, con una narradora que es la propia Vera que explica e indaga sobre sí misma y los demás, en un continuo juego de espejos y realidades múltiples. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Antonina Obrador

Entrevista a Antonina Obrador, directora de la película «Quest», en el Hangar. Fàbriques de Creació en Barcelona, el viernes 1 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonina Obrador, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una noche con Adela, de Hugo Ruiz

MIENTRAS MADRID DUERME.  

“En la venganza el más débil es siempre más feroz”.

Honoré de Balzac

Cada año en la gran cantidad de películas que llegan a las salas, aparecen ese tipo de películas, modestas en su producción y atrevidas en su forma y en lo que cuentan, que sorprenden a propios y extraños y convencen incluso a los más escépticos. Una noche con Adela es de esas películas, que los anglosajones llaman “sleeper”, refiriéndose a esa cinta que se convierte en un éxito cuando nadie la esperaba. Que una película como ésta se meta en un certamen como Tribeca Festival de New York es una hazaña extraordinaria, y además, resulta galardona con el premio de Mejor dirección novel es absolutamente sorprendente, porque no estamos ante una película debut, que cuenta una historia muy oscura y violenta, y además, lo hace a partir de una narración muy audaz y dificultosa, con ese plano secuencia que nos lleva de aquí para allá, siguiendo los pasos de una antiheroína como la mencionada Adela, una barrendera del turno de noche. Una mujer que esa noche llevará a cabo una venganza que lleva años ideando. Una venganza que le sanará algunas heridas o quizás no. 

Detrás de las cámaras tenemos a Hugo Ruiz (Zaragoza, 1974), que conocíamos por su cortometraje Taxi fuera de servicio (2011), en la que mezclaba el drama con la comedia en un taxi que acaba convirtiéndose en un lugar parecido como el famoso camarote de los hermanos Marx. El maño debuta en el largometraje con Una noche con Adela, una película nocturna, que se detiene en una sola noche, durante el turno de la citada, recorriendo las calles recogiendo la basura, es decir, todo aquello que los ciudadanos no quieren, tropezando con esas rapiñas de la noche como abusadores, ladrones y gentuza de la peor calaña. Cuando parece que el relato se encaminará hacia el thriller más oscuro y destroyer, la película girará a lo personal, pero de un modo más profundo y salvaje, porque Adela tiene algo oculto para esa noche, que es su noche. Un viaje muy íntimo hacia la oscuridad de la condición humana, que se rompe con ese revelador diálogo de la protagonista con la locutora de radio, que se interpreta así misma la propia Gemma Nierga, que recupera su “Hablar por hablar”, un programa nocturno en el que personas solitarias compartían sus problemas y eran aconsejados por los demás oyentes. Adela conduce su camión recogiendo la basura, que deviene la metáfora del relato, en un viaje hacia la psique y lo físico, porque la barrendera entra en una espiral de drogas, sexo y violencia muy bestia. 

Mención aparte tiene el grandísimo trabajo de cinematografía de Diego Trenas, que debuta en el largometraje, con un detallista y preciso ejercicio de estilo, en un abrumador y lleno de tensión con los 105 minutos de un magnífico plano secuencia que sigue a la protagonista por ese Madrid oscuro y periférico, repleto de almas zombies que deambulan por las calles negras y vacías de la gran ciudad. Salvando las distancias, por supuesto, estamos ante un relato que emula aquellos que hicieron grandes como Boorman, De Palma, Scorsese y Lumet en los setenta en Estados Unidos, sacando la pala y desenterrando la miseria moral y física de una sociedad violenta y deshumanizada, porque Una noche con Adela es sencilla y honesta, no va más allá de lo que su modestia le permite, no juega a la pretenciosidad de otras películas, sino que conoce sus limitaciones y juega con ellas, sacando lo mejor de cada situación y trazando una parte de la radiografía humana de las calles cuando se llenan de noche y aparecen las criaturas de la noche, en la que Adela no es una más, sino alguien herido, derrotado pero no vencido, porque esa noche será su noche, y no de la manera que la cantaba Raphael, sino todo lo contrario, porque esa noche Adela llevará a cabo su venganza, una justicia que lleva años pensando y manteniendo en secreto. 

He dejado para la parte final de este texto mi comentario sobre la interpretación de Laura Galán como la mencionada Adela. Una actriz que muchos de nosotros descubrimos primero en el corto y luego en el largometraje de Cerdita, de Carlota Pereda. Un thriller rural, que emulaba las películas setenteras de terror estadounidenses, donde la castellana demostraba sus buenas dotes compositivas para cambiar de alimaña a cazadora, en un inmenso trabajo que le valió muchos de los reconocimientos del año. Su Adela está en otro lado, aunque conecte con lo corporal y lo sensitivo, porque su barrendera nocturna es una mujer demasiado herida, que se ha hartado de tanta vileza y dolor, y se ha puesto manos a la obra, ejecutando la venganza contra aquellos que la hicieron así, o la convirtieron en una mujer que se destroza cada noche en un trabajo que no le satisface y lo llena de drogas, alcohol y sexo salvaje. Laura Galán vuelve a demostrar que es una actriz portentosa, capaz de meterse en cualquier piel y cuerpo, que transmite con esa mirada de rencor y rabia, que es todo un ejemplo que con trabajo y algo de suerte, se puede labrar una interesante carrera a pesar de los estereotipos que tanto abundan en esta sociedad. Me gustaría que Una noche con Adela  tuviera tiempo para labrarse un boca a boca entre el público, porque estamos ante una película que está bien contada, que tiene a una actriz que llena la pantalla, porque tiene carisma, porque transmite y es pura energía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carlota Nelson

Entrevista a Carlota Nelson, directora de la película «Cristina García Rodero: La mirada oculta», en el Sunotel Central en Barcelona, el jueves 30 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlota Nelson, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Yolanda Ferrer de Wanda Visión, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Érik Bullot

Entrevista a Érik Bullot, cineasta y autor de la exposición «Cinema paper» en la Filmoteca de Catalunya, en la sede de la institución, el viernes 29 de septiembre de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Érik Bullot, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto talento y a Jordi Martínez de Comunicación de la filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Napoleón, de Ridley Scott

EL SEÑOR DE LA GUERRA. 

“La gloria es fugaz, pero la oscuridad es para siempre”

Napoléon Bonaparte

La relación de Ridley Scott (South Shields, Reino Unido, 1937), y Napoléon Bonaparte (1796-1821), viene de muy lejos, ya que su espíritu rondaba entre Feraud y D’Hubert, sus dos oficiales que se batían en duelos fratricidas en la inolvidable Los duelistas (1977), la primera película del británico. Casi medio siglo después y más de treinta títulos a sus espaldas, Scott vuelve o mejor dicho, se enfrenta al emperador face to face, y lo hace a partir de un guion de David Scarpa, del que ya había dirigido otro retrato, el del multimillonario Jean Paul Getty en Todo el dinero del mundo (2017), en un relato que abarca quince años de la vida del citado entre 1800 y 1815, cuando pasó de cónsul a Emperador de todos los franceses (1804-1815), pasando por sus innumerables invasiones y batallas como las de Egipto, el frío polar de Rusia, y las recordadas Austerlitz (1805) y la madre de todas las batallas que fue la de Waterloo (1815), que significó su fin, sin olvidar, por supuesto, su compleja y oscura relación con Josefina de Beauharnais (1763-1814), que convirtió en emperatriz en 1804. 

Dos vértices: Josefina y el amor, y la guerra son los dos pilares en los que se sustenta la película, en su retrato sobre una de las figuras más controvertidas y peculiares de la historia de Francia y por ende, de la historia. Como ha ocurrido con la reciente Los asesinos de la luna, de Martin Scorsese, volvemos a tener a Apple Studios detrás de una superproducción en la que no se ha escatimado ningún esfuerzo de producción para hacer creíble la historia del famoso emperador. Las secuencias bélicas son de una majestuosidad y detallismo brillante, sólo citar la que se desarrolla en Rusia con ese inmenso bloque de hielo que vemos bajo el agua, en una fascinación de colores y texturas entre el blanco rígido del hielo, el resquebrajamiento de los bloques mezclados con la sangre de los soldados que van cayendo, y las batallas anteriormente citadas donde asistimos a la guerra en todos sus detalles, acompañada de una amalgama de colores, texturas y formas que se funden con la extrema violencia y crueldad, en unos enfrentamientos que recuerdan a los de Campanadas a medianoche (1965), de Welles, en ese caos absoluto que se va desarrollando de hombres a pie y a caballo de aquí para allá, reflejando la locura de esas batallas fratricidas. 

No deberíamos caer en la tentación que Napoleón sólo es un grandioso espectáculo visual en su forma de retratar las batallas, porque no seríamos justos y esto es importante, con todo lo que cuenta la película, porque su antesala, esa Francia caótica y en pie de guerra social, también está fielmente capturada, porque no voy a entrar, como suele ocurrir, en valoraciones históricas fidedignas y bla bla bla, esto es una película sobre Napoleón, no un documental sobre su vida, su obra y milagros, se retratan algunos aspectos relevantes que así han decidido sus creadores, y ya está. Todo lo demás, nada tiene que ver con su calidad o no cinematográfica. Dicho esto, continuó hablando de la película. Esa antesala, o ese espacio de no guerra, donde la cama se instala buscando su mejor posición, en la que asistimos a esas otras batallas, una Francia en pleno polvorín, después de la fallida revolución, y ese vacío de poder e intereses, como el instante de la rebelión en el congreso, y ese baile donde se conocen Napoleón y Josefina, figura clave en la película, con una secuencia que podía haber filmado el mencionado Scorsese en su Lobo de Wall Street, porque la relación de aquella pareja no está muy lejos de los de esta. 

Scott que nos ha brindado películas grandes como Alien, Blade Runner, Thelma & Louise, 1492, la conquista del paraíso, Gladiator, El reino de los cielos, American Gangster, Marte y El último duelo, con otras que, para el que suscribe, no lo son tanto, consigue con Napoleón, un gran espectáculo visual e íntimo, aunque, claro, las secuencias de interior y de alcoba no tengan esa grandeza o épica que tienen las batallas, eso sí, la decadencia y la oscuridad la retrata con maestría, deteniéndose en las partes más difíciles sin hacer escabechina ni ser condescendiente, ayuda y mucho la textura y la forma que usa para mostrarlos en un gran trabajo de cinematografía del polaco Dariusz Wolski, con el que Scott ha hecho 9 películas, amén de trabajar con cineastas sumamente estéticos como Proyas, Burton y Greengrass, con una luz etérea con neblina, para enseñar las alegrías y tristezas de una existencia muy convulsa, llena de guerra, muertes y algo de amor. Una película que se va a los 147 minutos debía tener a unos editores que supieran dotar de ritmo a una historia que tiene escenas de guerra dinámicas y llenas de energía con otras donde se impone la pausa y la precisión, en un exquisito montaje de Claire simpson, con cinco películas con Scott, al que le acompaña su discípulo más aventajado como Sam Restivo. la excelente música que capta todos esos momentos tan diferentes y detallistas de la mano de Martin Phipps, al que conocemos por sus trabajos en las series Peaky Blinders y The Crown, entre otras.

El magnífico trabajo de diseño de Arthur Max, 16 películas con el británico, ahí es nada, con un acabado apabullante, como los demás departamentos técnicos que se ponen al servicio de la historia. El apartado interpretativo debía tener uno de esos actores que sin hablar pudiera expresar todo el ánimo y desánimo de un hombre de guerra como Napoléon, y se ha encontrado en Joaquin Phoenix, que hace de cada interpretación un acto de valentía, de encontrar esa peculiar forma de caminar que define cada rol que ha interpretado, como demuestra su capacidad para transformarse con un gesto y un detalle, nada postizo, nada impostado, sólo él, con esa forma de mirar, de moverse y sobre todo, de su silencio. Para Josefina, nada fácil teniendo a Phoenix enfrente, se ha encontrado en la actriz Vanessa Kirby la mejor emperatriz, toda una mujer con carácter, con sabiduría, con esa forma de mirar desafiante y encantadora, resuelve con astucia y solvencia un personaje difícil que también libró su batalla con Napoleón. Como ocurre en estas películas el reparto debe librar también sus momentos con naturalidad y transparencia como ocurre con los Tahar Rahim, que siempre será para muchos Un profeta, de Audiard, la composición de Ludivine Sagnier, Ben Miles, Paul Rhys, y un excelente Rupert Everett como el Duque de Wellington, un gran adversario para el emperador francés en la famosísima batalla de Waterloo, y toda una retahíla de grandes intérpretes muy bien escogidos y mejor dirigidos. 

Cuando se hace una película sobre Napoleón es inevitable pensar en Stanley Kubrick, por su película fallida sobre el emperador, y su cinta de Barry Lyndon (1975), que nos sitúa muy cerca de la época napoleónica a finales del XVIII, de la que Scott, como no puede ser de otra forma, usa como inspiración en las batallas, en las formas, en el detalle, en la luz, en esa ceremonia de la guerra y las costumbres burguesas, y demás detalles y sensaciones, porque la película de Kubrick va mucho más allá, no sólo cuenta una historia, sino que la cuenta de la mejor forma posible, seduciéndonos y completamente hipnotizados en la existencia de un sirvenguenza y arribista de la peor calaña, pero con una gran producción, llena de tacto y hermosísima. Quizás Napoleón no sea tan redonda como la de Kubrick, pero es una gran película, y lo es porque cuenta una parte de la vida del emperador con sus guerras tanto exteriores en el campo de batalla y muerte, humanizando la figura y retratando al hombre detrás de la máscara, como esa vomitera antes de la primera guerra, toda una declaración de bajar del pedestal a un hombre que le faltó humildad, sobre todo, en la guerra. Y las guerras interiores, las que libraba con los políticos, con su mujer, a la que quiso a su manera, y con él mismo, la más dura de todas ellas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA