No mires a los ojos, de Félix Viscarret

DAMIÁN Y LUCÍA SE MIRAN SUS SOLEDADES.

“Todas las historias de amor son historias de fantasmas”.

David Foster Wallace

Dos novelas de Juan José Millás (Valencia, 1946), han sido llevadas al cine: Extraños (1999), de Imanol Uribe, en la que seguíamos los pasos del detective Goyo Lamarca, sus recurrentes sueños y la investigación sobre Sofía, y La soledad era esto (2002), de Sergio Renán, en la que conocíamos la terrible soledad de Elena. Ahora, nos llega la tercera, “Desde la sombra”, llevada a la gran pantalla con el nombre de No mires a los ojos, en la que conocemos la no existencia de Damián, alguien solitario y complejo, como los singulares y nada convencionales protagonistas de Millás que, por circunstancias de la vida acaba en el interior de un viejo armario de dos puertas que, a su vez, termina en la pared de una casa en la que viven un matrimonio aparentemente feliz, Lucía y Fede, que tienen una hija adolescente, María. Aunque Damián tiene la oportunidad de marcharse, hay algo que le impide hacerlo y se queda en la casa y más concretamente en el interior de ese armario, observando la vida de esa familia, y en concreto, la vida de Lucía, una mujer que le atrae y sobre todo, le interesa descubrir su soledad y su vacío.

Del director Félix Viscarret (Pamplona, 1975), vimos su sensacional opera prima, Bajo las estrellas (2007), producida por Fernando Trueba, siguiendo la vida de Benito Lacunza, un trompetista sin rumbo que acaba en la vida de su hermano pequeño y la mujer de este, y la hija de ambos, en Vientos de la Habana (2016), la vida del inspector de policía Conde se veía alterada por un difícil caso y una mujer de la que se siente atraído. Amén de sus trabajos en las series Marco (2011), y Patria (2020), y el documental  Saura (s) (2017), que le dedicó al cineasta Carlos Saura. Una filmografía que tiene en común un elemento importante, porque todas son adaptaciones de novelas: dos de Fernando Aramburu, una de Leonardo Padura, otra de Edmondo de Amicis, y la de Millás que nos ocupa. De las tres películas tienen el nexo común que hablan de tres seres muy particulares, tres almas perdidas, tres individuos sin rumbo, con vidas vacías y llenas de infelicidad y soledad, que intentan agarrarse a algo que les da algo de vida o simplemente una excusa para no desaparecer.

El universo de Millás siempre juega con el absurdo de la cotidianidad, y sobre todo, lo surrealista introducido en los quehaceres diarios, con esa pausa para fijarse en los objetos y espacios e indagar en sus historias y personas relacionadas, siempre dándole la vuelta a las cosas y situaciones, rebuscando en la psique y alma humanas. Una literatura que lo entronca directamente con los maestros Borges y Bioy Casares, donde cada situación que sucede tiene un trasfondo psíquico, en que los personajes no hacen, actúan en pos de algo más profundo y enigmático, donde no hay que desvelar ningún secreto, sino profundizar en comportamientos en apariencia extraños, pero que ocultan otros miedos e inseguridades que se revelaran ante nosotros. En No mires a los ojos todo arranca de forma absurdísima, pero cuando el entuerto parece acabar, empieza de otra manera, porque a Damián cuando tiene la oportunidad de salir de esa casa, se queda, como les sucedía a los protagonistas de El ángel exterminador (1962), de Buñuel, y comienza a actuar como el protagonista de Hierro 3 (2004), de Kim Ki-duk, con el que Damián guarda muchas similitudes.

Damián se sumergirá en la vida de Lucía, que hay detrás de esa vida tan insulsa y vacía, donde se esconden sus fantasmas, y la vida de Damián solo tendrá sentido espiando y descubriendo más interioridades de Lucía. La trama escrita por David Muñoz, que tiene en su haber películas con Guillermo del Toro y Manuel Carballo, y series como La fuga, La embajada, y La valla, y el propio director, se mueve entre el drama íntimo, el thriller cotidiano, donde vemos un aroma a La ventana indiscreta (1954), de Hitchcock, con esa acción de Damián sobre algunos sucesos del que es testigo, y el relato romántico, pero no con ese pasteleo que nos tiene tan acostumbrado el cine comercial, sino aquel que se siente y se vive de forma muy alejado a lo convencional, donde lo físico no está, y si una forma de emocionalidad más profunda e intensa. Porque Damián no solo mira la vida de esta familia, sino y como hemos mencionado, actúa sobre ella, de forma física y emocional, viéndola y sobre todo, descubriéndola, viendo lo que queda detrás de las puertas y los armarios, lo que se cuece en el interior de esa casa, que podría ser otra cualquiera.

Viscarret se arropa de un equipo conocido de sus anteriores trabajos como el músico Mikel Salas, que le da ese toque de misterio y cotidianidad, generando esos misterios e incertidumbres por los que se mueve el guion, el cinematógrafo Álvaro Gutiérrez, que lo acompaña desde los cortometrajes, creando esa luz apagada de la casa, entre los claroscuros que van también a unos personajes con muchas caras y pieles, y la montadora Victoria Lammers, que condensa con precisión los ciento siete minutos de metraje, construyendo con acierto esa trama que va deambulando por diferentes texturas y géneros. Como suele ocurrir en los largometrajes de Viscarret, el reparto está bien escogido y dirigido con pulcritud, donde vemos una naturalidad absorbente e íntima, como la energía del enorme Alberto San Juan, Emma Suárez, Julián Villagrán y el descubrimiento de Violeta Rodríguez en Bajo las estrellas, la pareja sensual entre Jorge Perugorría y Juana Acosta de Vientos de la Habana, añadimos la especial, cercanísima y fabulosa pareja entre Paco León, al que da vida a Damián, en un personaje muy alejado de los cómicos que nos tiene acostumbrados, y una maravillosa Leonor Watling como Lucía, que solo con mirar ya nos derrite el alma, metida en una mujer demasiado sola, aislada, y llena de melancolía y tristeza.

Les acompañan un Álex Brendemühl, siempre en su sitio, como el marido que está y no está, que como los demás personajes oculta muchas cosas que irá desvelando la pericia y el voyeurismo de Damián, como el caso de María Romanillos como la hija del matrimonio, y su secreto, en el que también intervendrá la mano de ese ser invisible, extraño para el espectador y fantasmal para los habitantes de la casa, y ese personaje de fuera como Susana Abaitua en un rol interesante, y Juan Diego Botto como un presentador de uno de esos programas para mofarse de las miserias del personal. Viscarret ha conseguido una estupenda adaptación al cine del íntimo y surrealista universo del genial fabulador que es Millás, donde dentro de esa normalidad tan feliz, siempre se esconden las más tristes y soledades existencias, que solos se ven si te mueves sigilosamente e invisible para los demás. El cineasta navarro ha construido una película que va creciendo a medida que avanza, llena de misterio e incertidumbre, que nos habla mucho de nuestro tiempo y nuestras vidas tan solas, tan vacías y tan llenas de nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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