HLM Pussy, de Nora El Hourch

UNA PARA TODAS Y TODAS PARA UNA.  

“En la noche oscura, sobre la piedra negra, una hormiga negra. Dios la ve”. 

Proverbio árabe. 

La directora franco-marroquí Nora El Hourch (Angers, Francia, 1988), realizó su primer trabajo, Quelques secondes (2015), una película corta sobre cinco chicas de la periferia parisina que nació para exorcizar la violación que sufrió a los 20 años. A partir del mismo espíritu y de la actitud contestataria de aquella, nace su ópera prima HLM Pussy, que viene de la definición de “Habitation à Loyer Modéré” (Habitaciones vivienda subvencionada para personas con pocos recursos), y la palabra “Coño”. Conocemos a tres jóvenes de la periferia parisina: Amina, de padre marroquí y madre francesa, Djeneba, de padres africanos y Zineb, de padres marroquíes. Son de orígenes diferentes pero comparten una gran amistad, confidencias, intimidad y un carácter que las diferencia de los demás y sobre todo, son una piña en todo y ante todos. Aunque, la cosa se pondrá seria cuando Zineb es acosada por Zakaria, un buen amigo de su familia, y las otras dos lo graban y Amina, lo sube a las redes sociales, a una cuenta de Instagram que se llama “HLM Pussy”, y se convierte en viral y una ventana para denunciar el acoso que sufren muchas mujeres a lo largo y ancho del planeta. 

La mise en scène resulta de la película resulta una decisión capital para trasladarnos a ese mundo de la juventud de redes, de agitación constante y continuo movimiento, a través de un cámara que se mueve con y entre ellas, siendo una más de las tres amigas, explorando su intimidad, sus miedos e ilusiones ante un entorno hostil y con pocas esperanzas, en un detallista y sensible trabajo de cinematografía de Maxence Lemmonier, así como el exquisito y concienzudo trabajo de montaje de Quentin Jourde D’Arzac, en el que abundan los planos secuencias, y los primerísimos planos en el que se detallan cada aspecto de sus personajes, en un ambiente muy doméstico y cercano. La música, capital en el seno de estas tres jóvenes, que firma Clément Tery, ayuda a conocer con más profundidad las pulsiones personales y sociales de tres chicas que viven e intentan salir adelante en una atmósfera donde el acoso está a la orden del día, como deja claro la excelente secuencia que abre la película, que nos recuerda a la que abría la estupenda Pulp Fiction (1994), de Tarantino, en la que se define el entorno de la película y el de las protagonistas, y esa alianza de ayuda y amistad que tienen entre ellas. 

Un guion muy potente, de aquí y ahora y cualquier tiempo, porque habla de personajes que no se lamen sus heridas y se levantan contra la injusticia y la violencia, aunque lo hagan torpemente y con miedo. Podríamos decir que el guion que firma la propia directora, tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera, conocemos a las protagonistas, sus diferentes caracteres e idiosincrasia, así como sus entornos, sus familias y colegio, tanto a un nivel humano como social. En la segunda, el citado video subido a redes, les lleva a recibir amenazas del sujeto en cuestión y eso, las distancia y las sitúa en el miedo y la desconfianza entre ellas, y es ahí donde la película nos remueve muchísimo más, porque nos empuja a tomar partido y sobre todo, a cuestionarnos nuestras ideas, prejuicios y demás aspectos morales, además que la historia coge un vuelo impresionante, demostrando la inteligencia y la capacidad de El Hourch para romper las normas preestablecidas y llevarnos hacia terrenos donde todo se coloca patas arriba, donde el cine se destapa como una forma de denuncia, de mirar de frente los problemas que están ahí a diario, y cómo enfrentarlos y gestionarlos, que nunca es nada fácil. 

Aunque donde la película ha acertado de pleno es en su magnífica elección de sus tres protagonistas, porque no sólo actúan con veracidad y naturalidad, sino que transmiten todos sus miedos, valentías y contradicciones de un modo que nos atrapa y nos conmueve, sin trampas ni cartón, con cercanía y humanidad, amén de ser dos de ellas debutantes, y la otra, con poca experiencia. Tenemos a Léah Aubert en el papel de Amina, la francesa-marroquí de un ambiente de clase media, entre dos mundos, aunque ella se siente de sus amigas y de ese entorno de periferia, después está Médina Diarra como Djeneba, de padres africanos, que vive con su tío, con su canal de instagram en el que vende zapatillas deportivas de marca, la fashion del grupo con su colección de pelucas, y finalmente, Zineb que hace Salma Takaline, la marroquí que sufre el acoso de su amigo, la más frágil del grupo y quizás, la que más necesita el apoyo de las otras. El reparto se complementa con la presencia del acosador que hace Oscar Al Hafine, y los adultos y padres de Amina, Bérénice Bejo, una actriz de sobrada capacidad para creernos cualquiera de sus roles, y Mounir Margoum, el padre marroquí que no quiere que su hija sufra tanto como él cuando quiso convertirse en un médico respetado siendo de fuera. 

Tiene HLM Pussy el aroma que tenían El odio (1995), de Matthieu Kassovitz, en su radiografía de la otra Francia, la invisible y sometida, y en su lucha por salir del agujero de la periferia, y de Bande de Filles (2014), de Céline Sciamma, donde Mariemme y las demás chicas no estarían muy lejos de las protagonistas de la película de Nora El Hourch, porque además de ser mujeres, son racializadas, y viven en uno de esos barrios de la otra Francia, la inmigrante, la de hijos de inmigrantes, la que no se ve en las noticias por cosas positivas, sino aquellas relacionadas con violencia y demás. Tanto las películas mencionadas como HLM Pussy quieren mostrar las múltiples caras de estos lugares, viéndolos desde un prisma más humano, menos estereotipado, donde también hay mujeres que se alzan ante la injusticia y el acoso diario, que tienen herramientas para decir NO, aunque a veces, se crucen ciertos límites que pueden poner en peligro cosas tan bonitas como la amistad, como la verdadera amistad, que en este mundo, son tan importantes y cruciales para ir todas a una y rebelarse ante la violencia y el miedo que quieren imponer algunos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Beast, de Bertrand Bonello

LA INCAPACIDAD DE AMAR.

“(…) Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz. Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo”.

El amenazado, de Jorge Luis Borges 

No es la primera vez, ni será la última que, coinciden dos obras basadas en el mismo original, tanto La bestia en la jungla, de Patric Chiha, estrenada el pasado 8 de marzo, como esta, The Beast (La bestia), de Bertrand Bonello (Niza, Francia, 1968), parten del cuento homónimo de Henry James publicado en 1903. No voy a comparar las dos películas, ni mucho menos, no es de recibo, y si que me voy a dedicar a la de Bonello, como hice en su momento cuando se estrenó la de Chiha. El universo del cineasta francés se ha caracterizado por retratar a personajes torturados, seres envueltos en un momento de sus vidas, donde la realidad y el tiempo les traspasan y les devora, deambulando perdidos sin entender nada, y mucho menos, sin nada a lo que agarrarse y de esa forma, encontrar algo de esperanza. 

Un cineasta que se ha sumergido en las infinitas posibilidades narrativas y formales, reflexionando sobre su oficio y las innumerables cuestiones que le amenazan con las nuevas tecnologías y demás inventos materiales. Recordamos a Jacques, el director del cine de adultos en Le Pornographe (2001), el realizador Bertrand en De la guerre (2008), o sus miradas al cine biográfico a través de Saint Laurent (2014), o al terrorismo con el thriller de Nocturama (2016), la mezcla de fantástico y terror en Zombi Child (2019). Con su nuevo trabajo vuelve al universo femenino que también retrató en L’apollonide (2011), en el París de 1899, sumergiéndonos en la intimidad, miedos y conflictos de un grupo de prostitutas. Con The Beast vuelve al universo femenino, ahora de forma individual, con el personaje de Gabrielle (que lleva la voz cantante, al contrario que el cuento de James), una mujer del año 2044 que, para borrar sus emociones, ha de volver a tres momentos de sus vidas pasadas para volver a empezar, al modo dickensiano. Con ese magnífico prólogo de Léa Seydoux/Gabrielle rodeada de croma verde con un intenso primer plano (que recuerda al arranque de Cara a Cara, de Bergman, con el rostro de una inquietante Liv Ullman, que nos perforaba). 

Bajo una premisa de ciencia-ficción cotidiana, que resulta más una apariencia que una estética definida, Bonello vuelve a profundizar en el melodrama romántico con tintes de terror y fantástico, saltando de un género a otro de forma natural y nada artificial, tejiendo una forma que coge de aquí y allá, para destrozar cualquier convencionalismo y ponerlo patas arriba, siempre con la intención de envolver al espectador en una historia que pueda parecer enrevesada, pero no es así, porque el cineasta francés se envuelve como pez en el agua en los tres mundos y tiempos que nos retrata. En el primero, estamos en 1910, unos pocos años después del cuento de James, en los albores de la Gran Guerra, el año de la inundación de París, donde los dos no amantes se conocen y se expresan, aunque la citada Gabrielle rechaza a Louis, con una atmósfera de película de Lubitsch y Ophüls, desbordados de elegancia, glamour y exquisitez. El segundo encuentro se produce en 2014, un siglo después, en la ciudad de Los Ángeles, donde Gabrielle trabaja de modelo a tiempo parcial y cuida de casas lujosas, y vuelven a reencontrarse con Louis y ambos se reprimen, con el joven convertido en un acosador peligroso, donde el ambiente ha cambiado con respecto al anterior, porque se nos muestra una ciudad banal, vacía, llena de soledades, donde las tecnologías se han apoderado de las personas y sus falsas y superficiales vidas y relaciones. 

El último capítulo con el año 2044, donde la Inteligencia Artificial mueve el mundo y es capaz de todo, como de borrar las emociones y recuerdos, en ese sentido, la película se hermana con aquella delicia que fue  Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004), de Michel Gondry, donde una mujer accede a borrar todos los recuerdos de la relación sentimental que tuvo con un hombre, que se niega a borrarlos. La cinta no oculta sus referencias, todo lo contrario, las hace evidentes, porque el cine de Bonello no huye de su representación, ni de la propia ni de la apropiada, aunque en su caso es tal la mezcla y la fusión que resulta tarea difícil encontrar las huellas, que las hay, porque el director francés nos invade con géneros tan dispares en su piel pero llenos de similitudes en sus profundidades, así como su forma y sus texturas, desde el 35 mm con el que construye el 1910, al digital que le sirve para retratar nuestro mundo, tan directo, tan agitado, tan acelerado y tan vacío, donde las relaciones y el supuesto amor se ha mercantilizado. El espectacular trabajo de cinematografía de Joseé Deshaies, siete películas con Bonello, amén de Nicolas Klotz, Denis Coté, Monia Chokri e Ira Sachs, entre otros. Unos encuadres y planos que hurgan en la intimidad y la cotidianidad, y escapan del habitual recurso de la decadencia y la hipérbole tecnológica de otras películas, para conseguir una atmósfera tan real que parece que el 2044 es el año que vivimos. 

Una historia que empieza con calidez y cercanía y cada vez se adentra en un espacio más gélido, con ese aire de frialdad y automatización que también describe la actualidad en la estamos. En la misma sintonía trabaja el cadente y pausado montaje de Anita Roth, que hizo el de Zombi Child (2019), y las últimas películas de Robin Campillo, en una película que se erige como todo un desafío tanto físico como psicológico para los espectadores, porque nos descompone en todos los sentidos, tanto en su trama, en su forma, y en su duración, ya que se va a los 145 minutos de metraje, en que Bonello opta por una película igual de larga que Saint Laurent, donde impone el tiempo en una sociedad acelerada, prevaleciendo la mirada y la reflexión del espectador y todo aquello que se cuece en nuestro interior. Como es habitual, he dejado esta parte para hablar de la pareja protagonista, un dúo que resulta especial y muy bien escogido. Por un lado, tenemos a George MacKay, que le hemos visto en películas como Pride, Captain Fantastic, El secreto de Marrowbone, y siendo uno de los soldados de 1917 (2019), de Sam Mendes. Su Louis es también un personaje visto durante tres tiempos, siendo primero un caballero de la alta sociedad parisina seducido por la inteligencia y la sofisticación de Gabrielle a la que no podrá conseguir. Cien años después, convertido en un psicópata misógino muy peligroso, y muy reprimido. Y finalmente, en alguien incapaz de disfrutar y perdido. Una interpretación que exigía un actor con gran capacidad camaleónica y entereza y MacKay lo consigue en su mejor papel hasta la fecha. 

Frente a él, tenemos a la mencionada Léa Seydoux, en su tercer trabajo con Bonello después de las experiencias breves de De la guerre y Saint Laurent, en un personaje/actriz donde la actriz francesa interpreta y se interpreta, en un viaje muy fuerte el que le propone la película, porque ha de ser la actriz y las múltiples representaciones, que forman la trama, que van de la más profunda intimidad a lo más alejado, a recordar y a olvidar, a no saber amar o simplemente, a tener miedo de amar, un mal de nuestro tiempo. Un personaje atrapado en su existencia por su constante huida, por estar y no estar, en la piel de una mujer que huye desesperadamente del amor, que espera ansiosa y tranquila una cosa fuerte que le ha de pasar y desconoce totalmente. Una persona acechada por la bestia que, quizás, la tiene en su interior, y/o no sabe que está ahí, o tal vez, su drama es que siente de verdad y no puede materializar esos sentimientos en la otra persona. Gabrielle no para de saltar en los diferentes tiempos, en un bucle incesante donde el miedo es una constante, el miedo a todo, a recordar, a olvidar, a amar, a no amar, en fin, un reflejo de la actualidad, de eso que llamamos realidad, eso que, en un tiempo no muy lejano, no sabremos descifrar de la realidad que hemos conocido con esas realidades simuladas de la IA. En fin, seguramente, seguiremos tan perdidos, zombies y tan solitarios como Gabrielle. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Not a Pretty Picture, de Martha Coolidge

FUI VIOLADA A LOS 16 AÑOS POR UN COMPAÑERO DE CLASE.   

“Esta película está basada en incidentes de la vida de la directora. La actriz que interpreta a Martha también fue violada cuando estaba en el instituto. Se han cambiado nombres y lugares”.

El cine tiene una inmensa capacidad para inventar con el propósito de enfrentarse a las historias que quiere contar para transmitir a los futuros espectadores. Cada historia necesita su propia mirada y sobre todo, su propia forma. Dicho esto, cuando la cineasta Martha Coolidge (New Haven, Connecticut, EE.UU., 1946), contaba con tan sólo 16 años y estudiaba secundaria fue violada por un joven de 21 años. A la hora de afrontar su primera película, Coolidge tenía la necesidad de hacer una película sobre el hecho traumático que supuso la violación 12 años atrás. La directora se aleja de la ficción convencional y construye un dispositivo magnífico, que consiste en un relato que tiene secuencias ficcionadas, que ocurren en el instituto y sobre todo, en el interior de un coche, camino a la fiesta donde se producirá la mencionada violación. A estas ficciones, les acompaña unas extraordinarias secuencias documentales, situadas en un destartalado loft en New York, en las que escenifican el momento de la violación, así como indicaciones y diálogos que mantienen la propia directora con amigos alumnos de la Universidad de la citada ciudad que interpretan a los personajes. 

De Martha Coolidge conocíamos sus películas posteriores a ésta, como La chica del valle (1983), Escuela de genios (1985), El precio de la ambición (1991), Angie (1994), y series de televisión como Sexo en New York (1998), C.S.I. Las Vegas (2000), y Cult (2013), entre otras. Una extensa carrera que abarca casi medio siglo de vida y más de 40 títulos. La pregunta es: ¿Por qué no conocíamos una película como Not a Pretty Picture?. Ya conocemos la respuesta. Por eso, por lo que cuenta y cómo lo aborda. Hasta ahora, porque gracias a la iniciativa de la restauración y el acierto de Atalante Cinema de distribuirla por estos lares, podemos verla y sobre todo, reflexionar en su fondo y forma. Lo que más sorprende de una película de esta naturaleza es la valentía y la mirada de su directora, Martha Coolidge de afrontar su propio dolor y el de muchas adolescentes que también fueron víctimas de la cultura de la violación tan naturalizada en los institutos. Estamos ante una película que es muchísimas cosas: desde el documento, de rememorar unos recuerdos dolores y difíciles de expresar, desde el ensayo, donde hay espacio para dialogar sobre lo que se está filmando y la forma de hacerlo, la ficción, como vehículo para desmembrar con más profundidad la complejidad de la realidad, y los componentes que la rodean. y desde lo humano y lo político, porque es tan importante lo que se muestra y el cómo se hace, donde en ese sentido.

La película es todo un ejemplo, ya lo era en su momento, en los pases que tuvo, porque no tuvo una carrera en cines comerciales, y lo es ahora, porque el problema sigue tan vigente como lo era entonces, donde el abuso y la violación siguen tan actuales, por desgracia. Not a Pretty Picture tiene el espíritu de los cineastas independientes de New York, los que se acogen en el Anthology Film Archives, como los Jonas Mekas y Peter Kubelka, entre otros, las películas de John Cassavetes, porque con una cámara de 16mm se acercan a las realidades más inmediatas pasadas por la ficción del cine y sus elementos más naturales y transparentes. Coolidge que tenía 28 años cuando hizo Not a Pretty Picture, se desdobla en dos miradas, la de la cineasta y la persona que mira su película y vuelve a aquel día fatídico donde fue violada, haciendo y haciéndose las preguntas y entablando diálogos con sus personas/personajes, donde su protagonista Michele Manenti, que hace de ella misma, también fue violada en el instituto, y las aportaciones de Jim Carrington, que es el violador, que habla desde el personaje y de él mismo, como los demás intérpretes, y la presencia de Anne Mundstuk, que fue compañera de la directora, interpretándose a sí misma.  

Una película denuncia y política, porque no sólo se queda en los hechos sino que va más allá, interpelando a esa cultura del abuso tan arraigada en los institutos y en los adolescentes que la ven como algo normal y consentido, cuando es al contrario. Desde su aparente sencillez, el aparato cinematográfico que cimenta Coolidge es, ante todo, una película que aborda un tema durísimo, pero sin ningún atisbo de revancha ni nada que se le parezca, sino desde la profundidad y la reflexión para comprender porque el abuso y la violación están tan naturalizados por los hombres y porqué se producen con tanta impunidad, creando el espacio para la conversación y el diálogo compartiendo experiencias, pensamientos y miradas. Por favor, hagan lo imposible por ver la película Not a Pretty Picture, de Martha Coolidge porque es toda una lección magnífica de cómo abordar un tema como la violación, el abuso, la intimidación y sobre todo, el miedo que rodea a la víctima ante un hecho tan doloroso, la dificultad de compartirlo con los demás y el asqueroso sentimiento de culpa que tienen las mujeres que han pasado por un trance tan horrible como este. Estamos ante una película de obligada visión por todos y todas, con sus maravillosos 83 minutos de metraje. 

Quiero agradecer enormemente a la directora estadounidense Martha Coolidge que hiciese esta película, por su audacia, por su talento y su forma de hacerla con ese espíritu indomable de la independencia y de la amistad, de compartir con los demás su violación y su dolor, y ser tan sencilla y tan transparente en su forma de mirar y reflexionar, en una película infinita, es decir, que usa las herramientas del cine para encarar el tema, y lo hace desde la profundidad más libre, natural y transparente, sin caer en tremendismos ni posiciones de un lado u otro, sino desde lo humano, desde lo político, pero en el sentido de reflexionar sobre el problema del abuso a las mujeres desde múltiples puntos de vista para mostrarlo sin edulcorantes ni nada de esa índole, sino desde la “verdad”, desde esa verdad de mirarnos de frente, sin tapujos ni sombras, sino con toda la claridad y transparencia posibles, y la directora lo consigue, porque habla desde lo personal y lo sencillo. Una película extraordinaria, abrumadora y sorprendente por lo que cuenta y cómo lo hace, tan moderna que no tiene tiempo ni está sujeta a nada ni nadie, sino al problema que retrata. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La tierra prometida (The Bastard), de Nikolaj Arcel

LOS DESHEREDADOS.  

“Hay en mí una obstinación que me impide doblegarme ante la voluntad de los demás. Mi valor aumenta cuando intentan intimidarme”. 

De la novela “Orgullo y prejuicio”, de Jane Austen 

Muchos de ustedes recordarán la existencia de Cable Hogue, aquel tipo abandonado a su suerte en mitad del desierto. Un tipo que encontró agua. Un tipo al que los poderosos le dieron la espalda, y sólo los expulsados como un predicador borrachín sin parroquia y sin siervos, una prostituta de la que se enamora, y demás personajes que pasan por allí, y encuentran refugio en el hogar de Hogue en mitad de la nada. La película es La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah, quizás la obra más personal, más profunda y más humanista de cuántas hizo el cineasta californiano. Pues digo todo esto, porque la sexta película de Nikolaj Arcel (Copenhague, Dinamarca, 1972), tiene mucho del espíritu que recorría la cinta de Peckinpah, en sus continuas semejanzas en su protagonista, Ludvig Kahlen, un veterano capitán que quiere crear un hogar en mitad de un páramo desierto y sin nada, al que se le juntarán otros expulsados que huyen de la civilización, como un matrimonio de criados que huye de la violencia del gobernador de turno, o un grupo gentes que tienen el robo y el saqueo como forma de subsistencia, y demás almas que buscan refugio. 

Del cineasta danés me encantó Un asunto real (2012), en la que seguía la amistad del rey Cristián VII y un doctor intelectual y progresista, que hacía Mads Mikkelsen, que se enamora de la reina Carolina Matilde. Un historia ambientada en la segunda mitad del siglo XVIII al igual que La tierra prometida (The Bastard), (Bastarden, del original, traducido como “Los bastardos”), con la que guarda muchas similitudes, porque estamos también ante una historia “Basada en hechos reales”, basada en la novela homónima de ida Jensen, con un guion que firma el director y guionista Anders Thomas Jensen (con guiones en el movimiento Dogma, Susanne Bier y Lone Scherfig, etc…), y el propio director, en su segundo trabajo después de La torre oscura (2017), que adapta un novela de Stephen King, a partir de una trama en la que sus protagonistas quieren vivir en paz y trabajar la tierra, y cambiar las cosas, y otros, los nobles de turno, sólo quieren mantener sus privilegios a costa del pueblo trabajador. La nobleza ahora es Frederik de Schinkel, un despiadado gobernador que impone su poder y abusa sexual y violentamente de todo aquel que le sirve. Aunque, el veterano capitán no se dejará avasallar, ya que tiene el permiso del rey, y se mostrará firme ante las acciones violentas del mencionado gobernador. 

Una minuciosa reconstrucción histórica que tiene el western crepuscular como base con una excelente cinematografía de Rasmus Videback, que ha trabajado en los 6 largometrajes de Arcel, en la que construye una planificación excelsa dando protagonismo a los rostros y sin embellecer el paisaje, todo lo contrario, apostando por la negrura de un lugar que continuamente se ve amenazado. La música de Dan Romer (con películas para Jonas Carpignano, Sara Dosa y Cary Joji Fukunaga), acentúa la balada y la sensibilidad de la historia, sin caer nunca en el tremendismo, en una película que hay violencia y mucha dureza, pero contada con cercanía y humanismo. Tenemos en el montaje un nombre como el de Olivier Bugge, que ha editado las 6 películas del director, a parte de las obras de Joachim Trier, amén de las del documentalista Fredrik Gertten, y una serie con Nicolas Winding Refn), llevando una película de metraje largo que alcanza los 127 minutos, pero que en ningún instante se hace pesado ni repetitivo, sino todo lo contrario, tiene dinamismo, naturalidad, y sobre todo, la pausa necesaria para contar una historia lineal, pero llena de interés por la complejidad moral de sus personajes. 

Como sucedía en Un asunto real, estamos ante un reparto bien elegido y mejor interpretado encabezado por un grande e inmenso Mads Mikkelsen, que ya estuvo en la citada como el doctor humanista, ahora enfundado en un capitán retirado que todavía cree en los imposibles y no dejará amedrentar por la violencia del gobernador, y seguirá, con dudas e inseguridades, firme en su idea de convertir el árido y desierto páramo en un hogar cueste lo que cueste. Le acompañan el “enemigo” en la piel del mencionado De Schinkel, que compone un soberbio Simon Bennebjerg, que hemos visto en película interesantes como el policíaco The Guilty, el drama El pacto, de Bille August, o en la magnífica serie sobre política Borgen. Tenemos a Ann Barbara, la criada huida del gobernador, que hace la actriz Amanda Collin, que se convierte en la sombra de Kahlen, una mujer que no cesará en su propósito de seguir entera junto al capitán, el cura de los desheredados Anton Eklund lo hace Gustav Lindh, del que habíamos visto Reina de corazones, Jinetes de la justicia, que nació de una idea de Anders Thomas Jensen, y tenía de protagonista a Mikkelsen, y en El hombre del norte, de Robert Eggers, y finalmente, Edel Helene, la prima prometida del gobernador que interpreta Kristine Krujath Thorp, que la vimos como protagonista en las comedias divertida de Ninjababy, y en la negra Stick of Myself, encarnado a esa joven, como ocurría con la reina que hacía Alicia Vikander, atrapada por las decisiones económicas y políticas de su familia a un matrimonio que no desea. 

La historia que cuenta La tierra prometida (The Bastard) es  una historia que hemos visto muchas veces, porque como mencionaba el poeta, la historia de la humanidad o lo que queda de ella, siempre fue la humanidad  luchando contra la maldad, y sus leyes, civilización y demás. Estamos ante un relato nada complaciente ni mucho menos cómoda, es una historia llena de oscuridad y violencia, pero también, es una historia de humanismo, de un pedazo de la historia de Dinamarca, y como todas, llenas de mucha explotación, impunidad y sangre, que tiene un personaje como Ludvig Kahlen que hace frente a la tiranía con lo que tiene, sus manos y su inteligencia, y su obstinación, porque cuando las cosas se ponen difíciles es cuando debemos seguir, porque sino siempre se vivirá a merced de los demás, de unos pocos privilegiados e inútiles que sólo desean su beneficio y volver a las cavernas y las cadenas. El capitán veterano y Ann Barbara encarnas a todos esos que nunca se rindieron, que siguieron batallando contra la injusticia, contra la maldad, y sobre todo, sosteniéndose el uno al otro, porque seguramente no conseguiremos lo que deseamos, pero sí alcanzaremos algo mucho mejor, encontrarnos aquello que no esperábamos y eso, por pequeño que sea, será mucho más de lo que nunca hemos soñado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dispararon al pianista, de Fernando Trueba y Javier Mariscal

¿QUÉ FUE DE TENÓRIO JR.?

“Es mejor ser alegre que triste. La alegría es la mejor cosa que existe, es así como la luz en el corazón. Pero para hacer una samba con belleza, es necesario un poco de tristeza”.

Vinicius de Moraes 

De las más de treinta películas que ha dirigido y producido Fernando Trueba (Madrid, 1955), podríamos dividirlas en dos bloques, como ya dejaban claro las dos primeras: Ópera prima (1980), excelente comedia romántica al mejor estilo del Hollywood clásico que cimentó un género con voz propia y rodado en Madrid, y Mientras que el cuerpo aguante (1982), documental muy libre sobre la figura del cantautor y filósofo Chicho Sánchez Ferlosio. La comedia romántica, con algún que otro acercamiento al drama y el melodrama, y el musical, a partir de documentos que rastrean el jazz y sus innumerables vertientes como el jazz latino, la bossa nova, y demás. Hay encontramos grandes títulos como Calle 54 (2000), Blanco y negro (2003), El milagro de Candeal (2004), y Old Man Bebo (2008), donde músicos de la talla de Michel Camilo, Bebo Váldes, Diego “El Cigala”, Carlinhos Brown, Caetano Veloso, entre otros, aportan su música, su testimonio y sobre todo, su pasión. 

Con Dispararon al pianista, Trueba vuelve a acompañarse del ilustrador Javier Mariscal (Valencia, 1950), como ya hicieron en Chico y Rita (2010), en la que también dirigió Tono Errando. Si en aquella nos trasladaban a La Habana de finales de los cuarenta y cincuenta para conocer los amores y desamores de un pianista y una cantante, en una animación  deliciosamente bien contada donde había música y melancolía. La animación vuelve a ser la protagonista, pero ahora nos movemos por las calles de Río de Janeiro, y por los mismos años, pero la ficción deja paso a un documental híbrido, es decir, donde hay género musical, drama, y thriller de investigación, y dos tiempos, aquellos años de explosión de la Bossa Nova en Brasil, y la actualidad de 2010, cuando Jeff Harris, un periodista neoyorquino investiga el género y se topa con el nombre de Tenório Jr., y su vida y su misteriosa desaparición en 1976 con sólo 35 años de edad en la Argentina a punto del golpe de estado, se vuelven obsesivos y se va a Brasil y Argentina a conocer qué fue de uno de los mejores instrumentistas brasileiros en su tiempo. 

La trama se mueve en las idas y venidas entre el ahora y los que quedan, tanto su registro como su persona, y ofrecen su testimonio aquellos que conocieron al pianista, sus mujeres, sus amores, sus hijos e hijas, y los músicos que le acompañaron tocando o escuchando como los Vinicius de Moraes, Tom Jobim, João Gilberto, Caetano Veloso, Milton Nascimento, Gilberto Gil, Paulo Moura, João Donato, Mutinho, Aretha Franklin, que además de poner la banda sonora de la película, vamos conociendo la explosión que supuso la Bossa Nova y el misterioso caso de Tenório Jr. A partir del narrador al que le pone voz Jeff Goldblum, viejo conocido de Trueba con el que hizo la inolvidable El sueño del mono loco (1989). Hay referencias a Godard y Truffaut, de éste último se coge como referencia el título de su segunda película Tirad sobre el pianista (1960), para inspirarse en el título Dispararon al pianista. Un montaje dinámico, lleno de ritmo, con sus 103 minutos que se hacen muy fugaces, al son de la música, entre la fiesta, la circunstancia de un momento único que cambió la música y ofreció un nuevo sonido, pero también hay drama y horror, firmado por Arnau Quiles Pascual, que ya hizo la edición de la mencionada Chico y Rita. 

Un magnífico thriller donde se mezcla la música, y se hace un recorrido por las dictaduras que se impusieron a partir de mediados de los cincuenta hasta los ochenta por toda centro y sudamérica. Trueba y Mariscal se mueven muy bien por los territorios de la animación, el documento y la música, en una trama caleidoscópica que va al pasado y vuelve al presente indistintamente, peor lo hace de forma sencilla y transparente, sin artilugios ni artificios para impresionar al espectador, sino todo lo contrario, ofrecen una historia bien narrada y mejor explicada, a pesar de todo el misterio que rodea la desaparición del pianista. Pero no olvidemos que, a pesar de la pérdida del músico que cuenta la película, la historia no es triste, ni mucho menos, tiene sus momentos, eso sí, porque Dispararon al pianista es, como hemos dicho un poco más arriba, una gran fiesta y un gran homenaje a la música Bossa Nova y a los músicos que la hicieron posible, y aún más, la película es una forma de homenaje a la música que ha quedado y a los músicos que, en su mayoría, las drogas, los accidentes de tráfico y la vida ya no están con nosotros, recogiendo su testimonio y su gran legado, y dejar constancia en una película que habla de ayer pero desde hoy, de una música que brilló desde Brasil a todo el mundo. 

Hemos disfrutado y llorado con Dispararon al pianista de Fernando Trueba y Javier Mariscal, porque habla de todos los que ya no están, de las huellas que nos dejaron y las que seguimos. Una película inteligente, rítmica y didáctica que sigue esa idea del documento de animación como ya hicieron grandes títulos como Pérsepolis (2007), de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, Valse avec Bachir (2009), de Ari Folman, Un día más con vida (2018), de Raúl de la Fuente y Demian Nenow, Chris the Swiss (2018), de Anja Kofmel, entre otros, en que la sociedad y la política se muestran desde situaciones donde se cuestiona la historia y sus huellas, y además, se hace visible las lagunas en las que nos llega la historia y sus personajes y sus hechos hasta nuestros días. Podemos disfrutar con la música de Tenório Jr., y la película recuerda su existencia, y aún así, a pesar de su desaparición, siempre nos quedará, como les ocurría a Rick e Ilsa, París, Chico y Rita, La Habana,y a nosotros, aquel Brasil de los cincuenta, Beco das Garrafas y la Bossa Nova, porque todo eso, por mucho que se empeñen los uniformes y todos los que les siguen, jamás nos lo podrán arrebatar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los colonos, de Felipe Gálvez

TIERRAS DE SANGRE. 

“La ficción de la legalidad amparaba al indio; la explotación de la realidad lo desangraba.”

Eduardo Galeano

Aquellos hombres mal llamados conquistadores, que en realidad, eran meros colonizadores. Anuladores de la vida y la dignidad de los indios. Nos han contado muchas historias, pero quizás, nunca nos han contado la historia, y no digo, aquella que sólo habla de maldad, que la hubo y mucha, sino aquella que nos habla de seres humanos que se convirtieron en colonos, trabajando para ellos y para otros, a la caza de fortuna, o vete tú a saber que, en unas tierras extranjeras para ellos, pero un hogar para muchos indios que, antes de la llegada del blanco, llevaba siglos viviendo en paz, junto a la naturaleza y todos los seres que la habita. La película Los colonos, ópera prima de Felipe Gálvez (Santiago de Chile, 1983), después de más de tres lustros dedicados al montaje para cineastas como Marialy Rivas, Kiro Russo y Alex Anwandter, entre otros, y de dirigir su cortometraje Rapaz (2018), en el que ya exponía los límites de la violencia en la sociedad. 

En su debut, el director chileno que coescribe junto a Antonia Girardi, con la que ya trabajó en Rapaz, la violencia es la actividad cotidiana de los empleados de Menéndez, un terrateniente que posee una vasta región en Tierra del Fuego allá por 1901. La misión de sus trabajadores consiste en recorrer esa infinita propiedad abriendo una ruta hasta el Océano Atlántico recorriendo la enorme Patagonia. Estamos ante una historia que nos cuenta una verdad, una de tantas que ocurrieron durante la colonización de esas tierras, y lo hace a partir de personajes reales y otros inventados, y sometiéndonos a una asfixiante y devoradora atmósfera donde hombre a caballo y paisaje se van fundiéndose creando una complejo y vasto espacio fílmico en el que sobresalen una magnífica cinematografía dura y cruda con el aspecto de 2:3 de Simone D’Arcangelo, del que vimos la interesante La leyenda del Rey Cangrejo, también ambientada en Tierra del Fuego, en la que arranca en el paisaje para ir cerrándose en los rostros de estos tipos, donde prima el cuadro estático, como hacía Bergman, donde lo humano y su espacio explican ese mundo interior que no vemos. Las tres almas en travesía que cargan la película son el Teniente MacLenan, del ejército británico, un sádico y sin escrúpulos hombres ansiosos de riqueza y gloria, le acompaña Bill, un rastreador muy fiel al patrón, y a sus ideas supremacistas, y finalmente, Segundo, mitad blanco mitad indio, uno de esos personajes explotados y sin tierra, testigo de este viaje sin sentido, algo así como lo era el joven Enrique en La caza (1965), de Saura. 

El cineasta chileno se esfuerza en crear una película que profundiza y reflexiona sobre el arte cinematógrafo, en cómo la ficción ha retratado la historia y sus hechos, y no lo hace con los típicos discursos de la razón a través del blanco y su cine, sino que lo hace desde la honestidad y la humildad, centrándose en la colonización del propio país, es decir, de los señores de la tierra, aquellos propietarios que exterminaron a indios, en este caso a los Selk’nam, con el beneplácito o el desinterés de los gobiernos de turno. Un relato compacto e intenso que contribuye su gran trabajo de montaje de Matthieu Taponier, que ha trabajado en las interesantes El hijo de Saúl y Atardecer, ambas de László Nemes, Beginning, de Dea Kulumbegashvili, y en la reciente Anhell69, de Theo Montoya, en una cinta muy física, donde suceden muchos acontecimientos, pero siempre desde lo calmo, sin prisas, sin esa cámara agitada que no explica nada, aquí todo se cuestiona, a un nivel moral y además, vemos las consecuencias de los hechos, a partir de estos tres personajes, estos errantes, estos empleadores de la ley, aquella que hace y deshace sin más, aquella que aniquila y limpia su propiedad. 

El inmenso empleo del sonido con esos golpes y hachazos que escuchamos y nos acompañan por estas llanuras desérticas y hostiles, que ha contado con dos grandes de la cinematografía china como Tu Duu-Chih y Tu Tse Kang, que tienen en su haber grandes nombres como los Wong Kar-Wai, Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Tsai Ming-Liang, entre muchos otros. La música de Harry Allouche también ayuda a crear esa atmósfera real y onírica, más cercana del cine del este dirigido por Jerzy Skolimowski, Béla Tarr, donde todo rezuma un hedor cargado y la pesadez del camino y de las almas que los acompañan. Sin olvidarnos de su extenso y extraordinario reparto de los que conocemos a Alfredo Castro, que presencia la del actor chileno, con su mirada y su gesto es Menéndez, ese amo y señor de todo lo que ve y más allá, Marcelo Alonso, que era el sacerdote que vigilaba a los curas malos de El club, de Larraín, hace de Vicuña, el esbirro del gobierno, el señor del cine, el señor con traje que tiene su propia redefinición de la historia, y luego, los más desconocidos pero no menos notables, como los Mark Stanley como MacLenan, Benjamin Westfall como Bill, Camilo Arancibia como Segundo, el mestizo explotado y obligado a participar en la muerte y destrucción, Mishell Guaña como Kiepja, una india capturada por los ingleses, y Sam Spruell como el Coronel Martin, menudo personaje, y finalmente, la presencia del gran Mariano Llinás, un topógrafo que está delimitando la frontera argentina-chilena. 

Los colonos es una interesante y profunda reflexión sobre los males de la colonización y una nueva muestra de la resignificación del género del western, donde la desmitificación de la épica y la grandeza queda reducida a la suciedad moral y violenta de unos tipos sin alma, como ya dejó patente la madre de todas las madres que fué The Searchers (1956), de John Ford, donde el genio enterró para siempre muchos mitos, leyendas y demás desvaríos del cine en favor de ficcionar una historia que no tuvo lugar. Y otros como los Ray, Peckinpah, Penn y Altman, se dedicaron a humanizar a los cowboys en un tiempo en que el western agonizaba. En los últimos tiempos películas como Meek’s Cuttof (2010), y First Cow (2019), ambas de la extraordinaria Kelly Reichardt, Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel, son algunos ejemplos de mirar la historia y su tiempo desde posiciones más de cuerpo y piel, de rebuscar la suciedad y la decadencia de una colonización que sólo arrastra violencia y muerte. No se pierdan una película como Los colonos y quédense con el nombre de su director, Felipe Gálvez, porque la película navega por varias ambientes desde el western y la de aventuras, pero íntima y humana, el terror y lo político, porque habla de colonización, de los tipos malolientes y violentos que la hicieron, que han quedado en el olvido, y los que no, los que sí estaban con nombres y apellidos también participaron en pos al progreso y la civilización, se acuerdan que decía al respecto una película como Los implacables (1955), de Walsh, pues eso, otra muestra imperdible del género que en ese momento empezaba a mirar de verdad su pasado y su resignificación en la historia, en contar una verdad, no lo que el cine inventó. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Montse Triola

Entrevista a Montse Triola, coproductora de la película «Pacifiction», de Albert Serra, en Andergraun Films en Barcelona, el lunes 3 de octubre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Montse Triola, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Seize printemps, de Suzanne Lindon

EL PRIMER AMOR DE SUZANNE.

“El primer beso no se da con la boca, sino con la mirada”

Tristan Bernard

El amor es una interpretación, algo subjetivo, irreal, emocionante, agridulce, un caos, una energía desbordante y ridícula, intensa, agobiante, dolorosa, y muchas cosas más. En el amor somos y no somos, o quizás el amor existe o no, nunca lo sabremos, y más, cuando tienes dieciséis años, no encajas con los de tu edad, te sientes sola y perdida, y encima, te sientes atraída por un adulto veinte años más mayor, que es actor y se llama Raphaël. Todo esto y más cuenta Seize pintemps, el sorprendente y sensible debut de Suzanne Lindon (París, Francia, 2000), que comenzó a escribir a los 15 años cuando estudiaba en el Liceo Henri IV de París. Hija de los intérpretes Vincent Lindon y Sandrine Kiberlain, ha vivido el cine desde que nació y su sueño era dedicarse al cine, como demuestra su precocidad, ya que en el verano del 2019, con apenas diecinueve años, empezaba a rodar una película escrita y dirigida por ella, en la que además de protagonizar, canta y baila.

La opera prima de la pequeña de los Lindon es una hermosísimo y breve relato sobre el primer amor, pero un primer amor muy diferente, porque está contado con una ligereza y sencillez que abruma por su sensibilidad y extrema delicadeza, enmarcada en una cotidianidad asombrosa y muy detallista. Muy pocas localizaciones, el piso que Suzanne comparte junto a sus padres y hermana, algunos espacios del instituto y un par de calles, uno de esos cafés donde se reúnen los enamorados, la plaza Charles Dullin del Distrito 18 de París, donde nos encontramos con el Théàtre de l’Atelier y su cercano y maravilloso café donde degustar una granadina… Suzanne es una náufraga, alguien que se aburre con los de su edad, que no encaja, que en casa tampoco manifiesta mucha cercanía con su hermana algo más mayor, y el instituto tampoco la motiva, aprueba sin más. Anda de casa al Instituto como una sonámbula, como una chica que está en ese tránsito vital donde todavía no ha dejado la infancia y mucho menos ha entrado en la época adulta. Ese estado de hastío cambiará cuando se fija en un joven actor de casi veinte más que ella que ha empezado a ensayar una obra en el l’Atelier. Alguien con el mismo estado de ánimo que Suzanna, tampoco encaja y también anda buscándose a sí mismo. Unos abundantes intercambios de miradas, algunas granadinas y alguna que otra cita, dan paso al amor, a un amor en silencio, que solo ellos sienten, que solo ellos comparten…

Lindon usa el scope para contarnos este primer amor, para ahondar aún más el aislamiento de sus dos criaturas, en el que la cámara no es intrusiva, sino observadora y testigo de una intimidad que está sucediendo aquí y ahora, en un gran trabajo de naturalidad y limpieza visual de Jérémie Attard, del que ya habíamos visto Mereces un amor (2019), de Hafsia Herzi, como el detallado y ágil montaje de Pascale Chavance que, además de un gran ejercicio de concisión con sus apenas setenta y tres minutos de metraje, consigue una película en la que apenas hay diálogos, todo se cuenta a través de las miradas y los gestos, priorizando el amor a las palabras, porque donde hay amor no hace falta nada más. Aunque lo que resulta innovador y muy sugestivo en estas Dieciséis primaveras es la fusión de tonos, músicas y géneros que conviven en la trama, porque se habla de literatura, vamos al teatro por delante y por detrás, hay momentos de danza, y escuchamos música clásica, pop y mucho más. Una fusión maravillosa y audaz que tiene los deslumbrantes, hermosísimos y sorprendentes instantes donde la música y el cuerpo se apodera del relato en forma de coreografías en los que, sin palabras, y mediante lo físico, se van contando las emociones que van experimentando los protagonistas. Resultan muy apropiadas y divertidas, como ese baile, muy al estilo Demy, que se marca Suzanne con el ritmo de “Señorita”, o ese maravilloso momento en el café con las granadinas en el que al unísono siguen “Stabat Mater”, de Vivaldi, que volverá a repetirse más tarde, o ese otro, con ese baile juntos mientras suena “la Dolce Vita”, de Christope, y el temazo que se marca la propia Suzanne Lindon, con esa voz cálida y tan sugerente. Y qué decir de la música de Vincent Delerm, que nos lleva a otro estado, a ese que puedes sentir cuando estás enamorado/a o crees estarlo, en que el tema “Danse”, actúa como leit motiv en la película, como ese maravilloso arranque, en el que la protagonista, ausente de la conversación de sus compañeros de mesa, comienza a juguetear y a garabatear con su caña y la granadina restante, formas imposibles o quizás, sueños e ilusiones futuras.

La directora ejecuta con acierto y cercanía la relación de la protagonista con su familia, con su hermana apenas hay contacto, demasiado diferentes y estados de ánimo, con su padre, al que tiene como de guía al que le va preguntando cuestiones a su affaire, y a su madre, que se convertirá en confidente llegado el momento. Amén de la naturalidad e intimidad con la que actúa, canta y baila la joven Suzanne, el resto del reparto brilla por su cercanía y sensibilidad, como demuestra Raphaël “le garçon du film”, Arnaud Valois, que recordamos de La chica del tren y sobre todo, de 120 pulsaciones por minuto, que no solo es el actor triste, sino también, alguien tan perdido y aislado como Suzanne, un adulto que trata a su joven enamorada como una mujer y una mujer muy especial. Rebecca Marder es Marie, la hermana tan diferente y alejada de la protagonista. Nos acompañan los “padres de Suzanne” que interpretan Florence Viala, que compartió cast con Valois en Mi niña, de Lisa Azuelos, y Frédéric Pierrot, que tiene en su haber grandes nombres como los de Tavernier, Ozon, Loach, Sorogoyen, entre otros.

La realizadora nos cuenta un período corto en la vida de Suzanne, un instante de su primavera, como hacía el cine de Rohmer, un breve espacio de tiempo, en el que sucederá el amor, un amor que sucederá sin más, inesperado e impredecible como lo son todos, un amor breve pero intenso, o eso creemos creer, porque la película no entra en detalles de su duración, eso deja que el espectador lo imaginemos. La película está llena de referencias de todo tipo, como ya hemos comentado, todas son visibles, porque la directora no quiere ocultarlas y mucho menos escapar de ellas, como el espejo en A nuestros amores (1983), de Pialat, con la que comparte nombre y esa sensación que la vida pasa y nada cambia, y el amor es esa cosa que no hace a nadie feliz, y si lo hace, es por poco tiempo. Pensar en la Michèle de Portrait d’une jeune fille de la fin des années 60 à Bruselles (1993) de Chantal Akerman, en el que la protagonista es un sombra de Suzanne, ya que siente y se desplaza sin soportar su entorno y aburrirse como una ostra, transitando por ese intervalo de la existencia en el que nos quedamos a mitad de cruzar el puente. Imposible no acordarnos de Lost in Translation (2003), de Sofia Coppola, con el amor de una joven con un señor mayor, un amor no físico, sino espiritual, donde lo físico es contado mediante otros elementos y gestos.

Seize printemps en el original, y Spring Blossom, en inglés, es un relato atípico, porque relatando la consabida historia romántica de chica conoce a chico o viceverse, huye del estereotipo y demás convencionalismos, para atraernos a un mundo muy particular, extremadamente atemporal, muy detallista y que deja lo verbal para adentrarse en un relato muy cinematográfico, donde prima la mirada, el gesto, la sonrisa y todo eso que sin decir nada dice tanto. Nos emocionamos con la primera película de Suzanne Lindon por su tremenda frescura, libertad y originalidad, porque no pretende contar nada que no conozca, y eso es muchísimo más que la mayoría de cineastas precoces que siempre nos cuentan relatos que no han vivido o simplemente copian a sus “adorados”, Lindon instala su pequeño y humilde cuento en el París que conoce, y en primavera, no hay un espacio ni una época mejor que, para mirar a alguien, intercambiar miradas, sonrisas cómplices, y sobre todo, enamorarse, porque el amor siempre llega así, de forma inesperada, extraña e inocente, porque cuando uno o una se enamora de verdad es como si lo hiciera por primera vez. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El origen del mal, de Sébastien Marnier

STEPHANE Y LA EXTRAÑA FAMILIA. 

“Por severo que sea un padre juzgando a su hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando a su padre”.

Enrique Jardiel Poncela 

Había una vez una mujer llamada Stephane. Una mujer que apenas sabía de su padre, un padre dedicado a los negocios y a las mujeres. Pero, un día Stephane conoce a su septuagenario padre en su rica mansión en mitad de una pequeña isla,  y su opulenta vida. Allí conoce su vida. Una vida en la que están una mujer sesentona, caprichosa y estúpida, una hija fría y calculadora que se ha puesto al frente de los múltiples negocios después del ictus del padre, una nieta que odia a su familia y quiere huir, y finalmente, una criada inquietante y oscura que sabe demasiado de todos y todas ellas. La realidad con la que se encuentra Stephane es muy inesperada, una situación que invitaría a huir y no volver jamás, aunque en el caso de la mujer e hija resucitada, todo será diferente, porque estará entre un padre que necesita a una aliada frente a sus “enemigas”, y las mujeres, necesitan otra mujer a su lado, alguien en confiar y derrotar al padre débil. 

La tercera película del director francés Sébastien Marnier, después de las interesantes Irréprochable (2016), y L’heure de la sortie (2018), sendos dramas ambientados en el trabajo y en la educación, se erige a través de un guion del propio director y la colaboración de Fanny Burdino, que tiene en su haber películas tan estupendas como Después de nosotros (2016), de Joachim Lafosse, El creyente (2018), de Cédric Kahn y Arthur Rambo (2021), de Laurent Cantet, entre otros. Un relato que, en su primera mitad, nos habla de una familia disfuncional, no son todas un poco o mucho, una familia enfrentada por la herencia de un padre débil de salud, en la que vemos sus relaciones y los diferentes roles de los personajes, tan excéntricos como cercanos. En su segunda parte, la película vira hacia el thriller hitchockiano, donde todo se torna aún más oscuro si cabe, y donde la historia se adentra en aspectos mucho más inquietantes y sorprendentes. El director francés nos sitúa en otro lugar muy Hitchcock, que recuerda a aquella mansión de Rebeca (1940), aunque está muy peculiar, llena de cajas y cajas llenas de artículos y productos que compra compulsivamente Louis, la mujer de George, el padre. 

Al igual que la siniestra familia, el lugar no podía ser diferente a tanta apariencia y lujo, como esa casa sobrecargada de elementos, a cuál más siniestro, como esos animales disecados, plantas y toda clase de objetos muy horteras que ofrecen un aspecto frágil y vulnerable a todo lo que allí acontece. Marnier vuelve a trabajar con el cinematógrafo Romain Carcanade, que ya estuvo en L’heure de sortie, que consigue esa luz etérea, donde enmarca a unos personajes que ocultan muchas cosas, con esos largos planos secuencia, como el que abre la película en el vestuario de la empresa de conservas, y las interesantes divisiones de la pantalla, tan significativas en el desarrollo emocional de los individuos. El preciso y brillante montaje de Valentin Féron, del que hemos visto Tan lejos, tan cerca y Black Vox, y Jean-Baptiste Beaudoin, del que conocemos Una íntima convicción y Promesas en París, que dota de ritmo y un in crescendo brutal a una película que se va a las dos horas de metraje. Una excelente música que va puntualizando los altibajos de unos personajes cercanísimos y misteriosos, firmada por el dúo Pierre Lapointe y Philippe Brault, que repiten después de la experiencia en El vendedor (2011), de Sebastien Pilot. 

Si el guion funciona como un mecanismo funcional lleno de capas complejas, y la técnica se pone a su servicio, el reparto debía estar a la altura de la exigencia. Tenemos a una Laure Calamy, que hace poco la vimos como la alocada Magalie en Las cícladas, de Marc Fitoussi, ahora su personaje está en las antípodas, porque su Stephane es una mujer que trabaja como operaria de conservas de pescado, vive en una habitación de alquiler y mantiene una relación tóxica con una reclusa. La llegada de su padre perdido dará un vuelco a su miserable vida. Le acompañan Doria Tillier en el papel de George, una mujer de armas tomar, siniestra y arribista, que hemos visto en películas de Quentin Dupieux y Nicolas Debos, entre otros. La joven Céleste Brunnquell como Jeanne, la pequeña menos contaminada de esta familia de locas, Verónique Ruggia Saura, que ha estado en las tres películas de Marnier, como Agnes, la criada que no está muy lejos de la Señora Danvers, y muchas saben de lo que hablo, Suzanne Clément como una detenida, amante de Stephane, que nos encandiló en las películas de Xavier Dolan, entre otros, y para terminar, dos grandes y veteranos de la cinematografía francesa como Dominique Blanc y Jacques Weber, en los roles de Louise y Serge, tal para cuál o un matrimonio que se odia más fuerte que el amor que quizás sintieron alguna vez en sus vidas. 

El origen del mal, de Sébastien Marnier, no es una película de esas que agradan a todos los públicos, porque no sólo habla de la familia, sino de una familia en particular, una familia que, salvando las distancias, se parece a las nuestras, aunque sea un poco, que ya es mucho, porque la familia y en este caso, esta familia no es diferente a la nuestra y la de nadie, porque en ella hay de todo, hay personas que se odian a sí mismas y a los demás, hay tensiones, mentiras, secretos, violencia, amor no lo sabemos, o quizás, el amor, en su complejidad, tiene demasiadas caras o quizás, el amor puede ser también eso, querer sin importar las consecuencias, o tal vez, el amor es querer sí, pero no querer a los demás demasiado, como hacen en esta familia, que usan el amor para querer, pero no a los que tienen más cerca, si no a lo que tienen, al maldito parné, que cantaba Miguel de Molina, o al vil metal, que decía Pérez Galdós, el dinero, esa cosa que mezclada con el amor da resultados muy sorprendentes e inquietantes, sino que le pregunten a Stephane y su nueva familia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La hija eterna, de Joanna Hogg

MI MADRE Y YO. 

“Parte de la historia habla de cómo nuestras madres – más que nuestros padres – tienen el poder de transportarnos de nuevo, da igual nuestra edad, a la infancia, como si usaran un hechizo. Incluso cuando se ha alcanzado los cuarenta o más, cuando se está cuidando a padres ancianos, la sensación de ser una persona adulta desaparece y vuelven las lágrimas y el sentimiento de vulnerabilidad”.

Tilda Swinton 

No nos dejemos llevar por el tono y la textura de cuento de terror gótico que almacena una película como La hija eterna, el sexto largometraje de Johanna Hogg (London, United Kingdom, 1960), porque alberga la misma mirada e inquietudes que ya estaban en las anteriores películas de la excepcional cineasta británica. La historia vuelve a hablarnos de familia, en este caso madre e hija, de entornos muy cotidianos y tremendamente domésticos y palpables, ese hotel que antes fue la mansión de la familia, y nuevamente, en estados vacacionales y de asueto, una directora que quiere armar su nueva película mientras se aísla unos días en ese lugar solitario y alejado de todos y todo, pensando, descansando y sobre todo, recordando. 

La británica una experta consumada en la observación de las grietas emocionales femeninas en el entorno familiar, ya lo descubrimos con Unrelated (2007), su ópera prima en la que seguía a una casada infeliz que se refugiaba en un joven, en Archipelago (2010), las tensiones de una familia también eran el foco de atención, así como en Exhibition (2013), con una pareja que debe abandonar el edificio que han construido y compartido, o en el magnífico díptico The Souvenir (2019), y su secuela, dos años después, en la que profundiza en el primer amor de una joven, su toxicidad y su recuperación. Julie es una mujer madura, sin hijos, cineasta de oficio, que pasa unos días con Rosalind, su anciana madre. En esos días de descanso y trabajo, envuelta en muchas sombras y nieblas, situada en una zona inhóspita como Moel Famau, en Gales, vivirá o quizás deberíamos decir, tendrá su Ebenezer Scrooge dickensiano particular, porque Julie recreará y volverá al pasado, aquel que compartió con su madre, en el que se destaparán recuerdos ocultos, invisibles y sobre todo dolorosos, en una especie de viaje espejo-reflejo en que la protagonista se sumergirá en una especie de ensoñación catártica, en la que la seguiremos, la sentiremos y la descubriremos, y nos adentramos en su interior, en todo aquello que oculta y nos oculta, y que irá emergiendo a la superficie más tangible, dejando sobre la superficie toda su relación y no relación con su madre. 

Como hemos mencionado el tono y la textura nos remiten de forma directa a los cuentos de terror clásicos de la época victoriana, a sus personajes solitarios, melancólicos y perdidos, que tan bien relataron nombres tan ilustres como los de Henry James y su inmortal Otra vuelta de tuerca, y su excelente adaptación cinematográfica The innocents (1961), de Jack Clayton, autores como William Wilkie Collins y Margaret Oliphant, entre otras, a películas de la Hammer basándose en relatos de Poe y Lovecraft, y a todo ese universo donde lo inquietante se apodera de la historia, y vemos al personaje metido en una sucesión de experiencias extrañas que no tienen una explicación racional ninguna, en que el grandísimo trabajo de cinematografía de Ed Rutherford, que ya estuvo tanto en Archipelago como Exhibition, el exquisito y conciso montaje de Helle Le Fevre, que ha trabajado en los seis títulos de la directora, que construye una armonía perfecta para condensar los noventa y seis minutos de metraje, así como la inquietante y cercana música de Béla Bartók (1881-1945), un gran compositor que su música se acopla con detallada perfección a las imágenes de la cineasta. 

Hogg acoge el cuento de terror gótico de forma natural y absorbente, pero sólo lo usa para sumergirnos y sobre todo, vapulear a su personaje, expulsándolo de su zona tranquila y llevándolo a ese otro espacio donde abundan las sombras, las tinieblas (qué maravillosa niebla, que recuerda a la de Amarcord, de Fellini), y los fantasmas, tanto los suyos como los ajenos, todos esos espectros que revivimos de tanto en tanto, todos los que nos rodean y damos cuenta de ellos en algunos instantes de nuestra existencia, cuando debemos investigarnos y encontrarnos, como el caso de Julie, que pretende hacer una película sobre su relación con su madre. La directora londinense es una maestra consumada en introducirnos, sin estridencias ni piruetas narrativas, casi de forma transparente, de un entorno íntimo y cotidiano en otro, muy oscuro y violento, pasando de un lado al otro del espejo de manera tan natural como sencilla, a través del diálogo, como esa recepcionista, tan inquietante como amable, que dice que el hotel está lleno y nunca vemos a nadie más, o la aparición del vigilante y jardinero, que recuerda a aquel otro de El resplandor (1980), de Kubrick, con el que Julie mantiene una relación, algo estrecha y que la transformará en muchos sentidos. La compañía del perro también se convierte en un elemento distorsionador que inquietará a la protagonista. 

La elección de Tilda Swinton, que ya estuvo en el díptico The Souvenir, para el doble papel tanto de hija como madre, no sólo consigue seducirnos desde el primer encuadre, sino que consigue capturar toda la retahíla de matices y detalles de los dos personajes y de todo lo que se ha cocido a su alrededor, en ese espejo-reflejo en bucle, y la estupenda compañía y no de los otros personajes, la rara recepcionista que interpreta la debutante Carly Sophia-Davies, coproductora de la cinta, y el enigmático y cercanísimo vigilante que hace Joseph Mydell, al que vimos en Manderlay (2005), de Lars Von Trier, y algunas series británicas, completan un breve reparto que no sólo hace aumentar la inquietud y la extrañeza que tenemos durante toda la película. No se pierdan La hija eterna, de Joanna Hogg, porque a parte de todas las cosas que les he comentado, es una película que recordarán por mucho tiempo, porque no es sólo una película más de terror con la Swinton, sino que es una película que nos habla de nosotros y sobre todo, nuestra relación con nuestra madre, y eso es fundamental, no sólo en nuestras vidas sino en nuestras relaciones y en todo aquello que sentimos, porque todo nace y se cuece cuando éramos pequeños y mirábamos a nuestra madre y ella nos miraba, o quizás no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA