Una bonita mañana, de Mia Hansen-Love

SANDRA EN LA MUERTE Y EN EL AMOR. 

“Nada más grueso que la hoja de un cuchillo separa la felicidad de la melancolía”. 

Virginia Woolf

El cine de Mia Hansen-Love (París, Francia, 1981), es de una gran belleza, y no sólo por lo que reflexiona, sino como lo muestra, porque en su aparentemente superficialidad y ligereza, oculta todo un entramado emocional complejo e inquietante, en el que sus personajes se mueven siempre entre contradicciones, paradojas y callejones de difícil salida. En Una bonita mañana, que nos llega con apenas ocho meses de diferencia respecto a su anterior película, La isla de Bergman, pone el foco en la vida de Sandra, una joven y viuda madre que vive junto a su hija Linn de ocho años y trabaja como intérprete, y acude a menudo a ver a su padre Georg, eminente profesor de filosofía, ahora muy delicado de salud. Dos situaciones van a alterar considerablemente su existencia. Por un lado, su padre debe ingresar en una residencia porque su estado empeora, y por otro, ha comenzado una relación intermitente con Clément, un antiguo amigo casado y con un hijo. Y así están las cosas para Sandra, debe despedirse de un padre que todavía está vivo pero ya no es él, y embarcarse o no en una relación con un casado. 

Desde su maravilloso arranque cuando la protagonista explica a su padre como abrir la puerta de casa desde el otro lado, deja bien claro que, a veces, los momentos más duros e insalvables se encuentran a una puerta de por miedo, que puede significar un gran obstáculo por el que hay que pasar inevitablemente, aunque no queramos. La familia, siempre importante en el imaginario de la directora francesa, tiene aquí un importancia abrumadora, como la tenía en su ópera prima Toda esta perdonado (2007), en la que también una hija debía pasar cuentas con su padre desaparecido, y en El porvenir (2016), cuando una esposa y madre tenía que volver a reconstruirse cuando su marido se iba de casa con una más joven. Como en casi toda su filmografía, la mujer es el centro de todo, mujeres de diferentes edades y una posición acomodada, mujeres con problemas sentimentales, casi siempre esperanzadas en un amor que les salve de la vida o de los conflictos internos que padecen, que en realidad están escondiendo esos miedos e inseguridades que todos tenemos a lo largo de nuestra vida, ya sean unos u otros. Sandra debe lidiar muchos frentes, batallas diarias que lleva con mucha entereza a pesar de todo, navegando por este temporal en una existencia anodina hasta ahora, en esos cinco años de soledad, o mejor digamos, de aparente felicidad, no por deseada sino porque no ocurría nada que altere esa vida o eso qué hacemos con nuestra vida o algo que se le parezca. 

En poco tiempo, Sandra se ve inmersa en dos frentes de órdago, dos luchas en las que se sumerge como puede, como hacemos todos, dos elementos contradictorios y sumamente complejos, porque debe decir adiós a su padre, a su referente y a su guía, que le ha enseñado el mundo del pensamiento y la palabra, y por otro lado, llega Clément, con su “problema”, que le ofrece una no relación de idas y venidas, en la que el cuerpo y la carne lo son todo. La imagen de 35mm, que usa en sus ocho películas hasta la fecha, si exceptuamos Edén (2014), da a cada encuadre y cada secuencia esa ligereza de la que hablábamos, ese tono tan cercano e íntimo que emanan los instantes del cine de Hansen-Love, como sus añorados Varda, Rohmer y Truffaut, con esos planos de paseos por París, por sus calles empedradas, sus largos escalones, sus plazas y miradores, en la que vuelve a contar con la mirada de Denis Lenoir, al igual que en el montaje, en la que la presencia de Marion Monnier, fiel compañera en toda su filmografía, dota de pausa y encanto a las casi dos horas de metraje, una duración que vemos sin prisa, pero con mucha intensidad y emoción. 

El tema musical “Liksom en herdinna”, de Jan Johansson, actúa como leitmotiv, porque lo escuchamos en varias ocasiones durante la película, que dice mucho de los entresijos emocionales por los que están pasando sus individuos. El buen manejo de la directora a la hora de componer sus personajes junto a intérpretes tan especiales como Léa Seydoux, que nos lleva de la mano con su inolvidable Sandra, una mujer entre dos frentes, y vaya frentes, despedirse de la persona que más has querido, y sobre todo, la persona que te ha guiado a ser quién querías ser, y esa otra persona que llega a tu vida con luz e ilusión, aunque traiga una mochila muy pesada, quién dijo que la felicidad venía fácil no sabía que era la felicidad y mucho menos la vida, esa cosa que nos da vida y nos mata y nos confunde, nos desoriente y sobre todo, ese densidad agridulce de no sé sabe qué. Al lado de Seidoux, nos cruzamos con el actor Rohmeriano Pascal Greggory en el papel de padre de Sandra, ese hombre que no ve, que ya no lee ni sus palabras ni las de otros, (Qué momentazo cuando la hija menciona que lo siente más en sus libros que cuando lo visita en la residencia), ni en su vida, sólo en el amor de su compañera.

Tenemos a otro pupilo de Rohmer como Melvil Poupaud haciendo de Clément, el casado que se ha enamorado de Sandra, con la que vive un amor de ida y venida, un amor de sexo y la complicidad y ternura que Sandra necesita en ese momento, no el mejor pero si el que necesita. Una estupenda Nicole García, con ese rollo de concienciada burguesa a su manera, con sus batalliltas sociales, como la exmujer y madre de Sandra, que después de 25 años divorciados, aún está presente cuando el padre se vuelve dependiente. Una bonita mañana habla sin estridencias ni sentimentalismos de temas muy importantes y muy difíciles emocionalmente hablando, de esos momentos cuando la vida te castiga y te lanza contra la tristeza y la desesperanza, temas que Hansen-Love los aborda desde una mirada desacomplejada y de verdad, en el que sentimos de todo y nos emociona, cuando caminamos por esas residencias, por esos lugares donde la vida se detiene y de qué manera, cuando los “otros” como Sandra miran a su alrededor y miran a su padre, al padre que ya no las conoce, al padre ausente, a la vida que se le va por un lado, y a la vida que empieza por otro, la vida en lo que es, una maraña de contradicciones y demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Joâo Pedro Rodrigues

Entrevista a Joâo Pedro Rodrigues, director de la película «Fuego fatuo», en el marco del D’A Film Festival, en el Teatre CCCB en Barcelona, el domingo 26 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Joâo Pedro Rodrigues, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Iñigo Cintas de Nueve Cartas Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño, y al equipo de comunicación del D’A Film Festival. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fuego fatuo, de Joâo Pedro Rodrigues

EL ROMANCE DEL PRÍNCIPE Y EL BOMBERO. 

¿Por qué volvéis a la memoria mía,

tristes recuerdos del placer perdido…?

José de Espronceda 

El universo cinematográfico de Joâo Pedro Rodrigues (Lisboa, Portugal, 1966), es un cine libre, diferente y muy revolucionario, porque se atreve con todo, a mostrar un mundo mutante y lleno de imaginación y tremendamente inventivo, donde predomina una libertad absoluta para retratar e indagar en la sexualidad que muestra sin tapujos y de forma explícita, en que los géneros desaparecen para fluir y mezclarse de formas y texturas asombrosas. Un cine que viaja por lo más sofísticado a lo más burdo, por la elegancia a lo basto, de lo sucio a lo más pulcro, contradicciones y complejidades que hacen del cine del director portugues una experiencia muy intensa y de descubrimiento constante. Tenemos ejemplos en sus más de veinte años de experiencia en corto y largometrajes como como El fantasma (2000), Odette (2005), Morir como un hombre (2009), La última vez que vi Macau (2012), y El ornitólogo (2016), entre otros títulos. Un cine en continúa búsqueda, que no cesa de preguntarse sobre sí mismo, un cine que experimenta, que muestra sin cortapisas y sobre todo, un cine sensitivo, muy corpóreo y un inmenso agitador en todos los sentidos. 

Con Fuego fatuo el cineasta lisboeta construye un híbrido impresionante y repleto de una gran inventiva para contarnos una fantasía musical, como la misma película advierte a su inicio, en la que fusiona de forma admirable y fabulosa la comedia, género que explora por primera vez de forma contundente, el musical, el romanticismo, el sexo, la biografía, la memoria, el ecologismo, la coreografía y sobre todo, una película-sensación que nos transporta a una fábula que tiene el aroma de aquellas de Perceval el galés (1978), y El romance de Astrea y Celadon (2007), ambas de Rohmer, en que la realidad transmuta en uncuento fantástico con resonancias directas a los problemas de la actualidad. Rodrigues construye un guion con su más ferviente cómplice que no es otro que Joâo Rui Guerra de Mata, con el que ha codirigido alguna que otra película, y Paulo Lopes Graça, en el que nos cuenta los recuerdos de Alfredo, un rey sin reino en su lecho de muerte, y sobre todo, cuando siendo príncipe tuvo una relación muy profunda con un bombero llamado Alfonso. 

La película tiene una duración breve, apenas llega a los setenta y siete minutos de metraje, pero nunca tenemos esa sensación, ya que su limpieza visual y la intimidad y la pulcritud que desprende es asombrosa, con esa luz tan cercana y natural que firma Rui Poças, que firma muchas películas del director, amén de haber trabajado con nombres tan significativos como los de Margarita Ledo, Miguel Gomes y Lucrecia Martel, entre otros. El exquisito y conciso montaje de otra cómplice del cineasta luso como Mariana Galvâo, contribuye a manejar con estilo y gracia esa fusión brutal entre realidad y ficción, entre lo real y el sueño, entre lo físico y lo espiritual, entre lo vivido y lo soñado, entre las emociones y la carne, entre aquello que vemos y lo que intuimos. Una película diferente, extraña y cercana, un cine que se descubre a cada encuadre, a cada secuencia, en una aventura que nunca acaba, en el que nunca sabemos qué ocurrirá y sobre todo, como ocurrirá, donde la música también juega esa mezcla de lo sublime con lo más cercano, en la que escuchamos a Mozart, y cantamos y bailamos al son de Joel Branco en una canción naif ecologista, o de Paulo Bragança en un fado intenso y conmovedor. 

Tenemos una pareja extraordinaria que componen unos personajes libres y totalmente abiertos a experimentar por los placeres sexuales, donde hay deseo y carne, y pollas erectas, como Mauro Costa como el príncipe que quiere experimentar, que quiere vivir de verdad, alejado de la rectitud y la superficialidad de su casa real sin reino, que decide ser bombero para salvar a los bosques, elemento esencial en el cine de Rodrigues, y que encuentra a Alfonso, que interpreta el bailarín André Cabral, un bombero que tendrá un tórrido romance con el príncipe, experimentando los placeres de la carne y demás. Fuego fatuo, de Joâo Pedro Rodrigues es una película que invita a dejarse llevar en todos los sentidos, a mirar la vida sin prisas ni prejuicios, solo dejarse llevar, que aunque parezca fácil y extraordinariamente muy placentero, muy poca gente lo practica, porque la película invita a mirarla, a descubrirla, a verla como si fuéramos niños otra vez, a recuperar unas imágenes que nos traspasan, que son una fiesta del cuerpo y el sexo, a detenerse, a mirar cada detalle, cada situación y cada follada, y sobre todo, descubrir para él que no lo haya hecho todavía, el cine del cineasta lisboeta, porque es un cine que se descubre y descubre a cada instante, que nos remueve y nos hace disfrutar a lo grande, porque es tremendamente imaginativo, lleno de incréibles hallazgos tanto de forma como de fondo, y huye de las estúpidas etiquetas y de la servidumbre comercial de tanta película sin vida y vacías, aquí es todo lo contrario porque es un cine que abre muchísimas puertas para el disfrute y para sorprenderse con cada personaje, cada situación, cone se humor irónico, perverso y disparatado, porque la vida y lo que ocurre con ella, es más llevadera si le ponemos humor, si nos reímos a carcajadas de ella y sobre todo, de nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Retorno a Seúl, de Davy Chou

LAS HERIDAS DE FREDDIE. 

“No quieres soltar la rabia ni los recuerdos dolorosos. Los acumulas en tus músculos en forma de contracciones que te dan la sensación de existir. Si los relajas, al desaparecer tu solicitud de ser amado, tus angustias de abandono o tus rencores, te sientes desaparecer. Crees, niño triste, que el sufrimiento es tu identidad.”

Alejandro Jodorowsky

Esta es la historia de Freddie, una joven de 25 años que vuelve a Corea del Sur, después que al nacer fuera adoptada y enviada a Francia con sus nuevos padres. También es la historia de alguien que necesita saber sus orígenes, volver a mirar a sus padres biológicos, y reencontrarse con quién es y su lugar en el mundo. Una mujer que habla francés, que casi no entiende el coreano, y se siente herida por tantas cosas, enfadada con ella misma y con los demás, alguien que se siente extraña en la se supone que es la tierra de su familia. Freddie es una especie de náufraga de sí misma, alguien a la deriva, una persona que al cumplir un cuarto de siglo de edad, sabe que hay algo en su vida desajustado, una ausencia que debe llenar para quitarse tanto peso de encima. Freddie ha emprendido el viaje más importante de su vida, o quizás, ha empezado a conocerse mejor a través de los que le precedieron. 

El cineasta campoyano-francés Davy Chou (Fontenay-aux-Roses, Francia, 1983), que tiene en su haber tanto documental como Golden Slumbers (2011), en la que explica el nacimiento del cine camboyano en los sesenta y su posterior destrucción por los Jemeres Rojos en 1975, y ficción como Diamond Island (2016), en la que los jóvenes sueñan con la modernización del país mientras actúan como si el genocidio camboyano no hubiera existido. Con Retorno a Seúl se enfrenta también a la memoria histórica del pueblo coreano, cuando la escasez y la pobreza originada por la guerra, obligó a muchas familias a recurrir a la adopción como vía de salvación de sus hijos. Freddie es la voz visible de muchos que, al igual que ella, vuelven a casa en busca de respuestas, de encuentros y de sanar sus heridas. A partir de un detallista y elaborado guion del propio Chou, caminamos junto a la protagonista, en una historia dividida en tres partes bien diferenciadas que se alarga en el tiempo durante ocho años en el que suceden muchas historias. En la primera parte abundan los interiores, comidas, fiestas y (des)encuentros con la familia paterna, en la que Freddie está siempre a la defensiva, a punto de estallar, con mucha rabia, filmada a través de planos cortos y cerrados. En el segundo tramo, la película se abre mucho más, en sintonía con el personaje de Freddie, y vamos viendo mucho más la ciudad de Seúl y sus ciudades costeras, en la que la trama va virando a un acercamiento entre todas las partes implicadas, y finalmente, la última parte, nos presenta a Freddie, de forma diferente, en la que la extrañeza de los inicios deja paso a otra mujer, más madura, más tranquila y sin rencores. 

La película abraza la pausa y la poesía, no tiene ninguna prisa en contarnos el periplo interior de Freddie, porque opta por la mirada y el gesto, porque no busca la empatía de forma abrupta y condescendiente, sino al contrario, quiere que el espectador entienda y se emocione junto a Freddie y viaje con ella, en su travesía emociona y catártica, sin prisas pero sin pausa, apoyándose en los silencios y la excelente música que llena esos huecos en las que las palabras no salen, que firman el dúo Jerémie Arcache y Christophe Musset, que ya trabajaron para el director en Diamond Island. La cinematografía íntima y delicada, con esos neones fluorescentes, tan característicos de las noches asiáticas, ayuda a que todo eso vaya produciéndose, en un gran trabajo de Thomas Favel, que ha estado en las dos películas citadas de Chou, amén de otras como Bella durmiente (2016), de Ado Arrieta, y otros directores como Benoît Forgeard y Pierre Léon, entre otros. Un preciso y ajustado montaje de Dounia Sichov, de la que hemos visto trabajando para directores de la talla de Sharunas Baratas, que abarca ocho años de la vida de Freddie, con sus vaivenes y roles diferentes, en una historia que se va casa a las dos horas de metraje, en la que se impone ese ritmo cadente y emocional que fusiona ese estado de ánimo agridulce que baña toda la historia. 

Una película que trabaja tanto las emociones de forma sutil y nada empalagosa y subrayada, necesitaba una actriz brillante como Ji-min Park, de profesión artista plástica en su primer trabajo como actriz, con una historia similar al de su personaje, porque también nació en Corea y a los ochos se trasladó a Francia, con una mirada que traspasa la pantalla, una mirada que lo explica todo sin decir nada, y su particular viaje conteniendo todo ese tsunami de emociones tan complejas y dolorosas, en una especie de zombie a la deriva cuando llega a Seúl y poco a poco, sintiendo que su dolor proviene de otras cosas y entendiendo y entendiéndose mejor, y sobre todo, abrazar el amor y desterrando la ira, la culpa y demás fustigadores que nos hacen sufrir. A su lado, nos encontramos con Oh Kwang-Rok, al que hemos visto en títulos de Park Chan-Wook, la actriz coreana Kim Sun-young, fiel escudera de Freddie, el actor francés Louis-Do de Lencquesaing, de amplia trayectoria al lado de directores vitales como Haneke, Sokurov, Emmanuel Mouret, Emmanuel Carreré, entre otros, en el rol de un hombre de negocios que se cruzará en la vida de Freddie. 

El cineasta camboyano-francés ha construido una película notable y muy actual y de siempre, que sigue a un personaje sumamente complejo, una persona que está herida, que busca, que está perdida, que tiene problemas con su identidad, con su pasado y su presente, que deambula por un país que no reconoce porque es el suyo pero no ha vivido en él, que está en un limbo emocional y también físico, ni aquí ni allá, que está metida en una especie de laberinto sin salida, lleno de puertas donde la esperanza se mezcla con el desánimo, donde la pequeña alegría de un encuentro se desvanece por la falta de incomprensión, ya sea por no saber coreano, o por no entenderse, o simplemente, porque todos son desconocidos que se conocen de oídas. Una película que habla sobre el significado de reconstruirnos constantemente, de aceptar los cambios y las circunstancias vitales, nos gusten o no, de conocernos por dentro y de seguir por la vida, aunque no sepamos donde estemos ni qué hacemos, lo importante es seguir y seguir, porque algún día nos descubriremos a través de los otros, y ese día todo cambiará y sin saberlo sabremos quiénes somos y qué debemos hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ellas hablan, de Sarah Polley

UN DÍA, UNA NOCHE. 

“Las mujeres del pajar me han enseñado que la consciencia es resistencia, que la fe es acción, que se nos acaba el tiempo. Pero ¿puede ser también la fe volver, permanecer, servir?”.

De la novela “Ellas hablan”, de Miriam Toews.

Conocimos el inmenso talento como actriz de Sarah Polley (Toronto, Canadá, 1979), antes que cumpliese los veinte años en la fabulosa El dulce porvenir (1997), luego la vimos a las órdenes de grandes cineastas como Cronenberg, Winterbottom, Bigelow, Wenders, aunque será de la mano de Isabel Coixet en Mi vida sin mí (2003), donde veremos su inmenso potencial en uno de esos personajes más grande que la vida. Dos años después, el tándem volvería a repetir en La vida secreta de las palabras. Al año siguiente, en el 2006 debuta como directora con Lejos de ella, un intenso drama sobre el amor y el alzheimer, basada en un libro de Alice Munro, que protagonizó Julie Christie, con la que había coincidido en la segunda película con Coixet. Cinco años después dirige Take This Waltz, un drama romántico protagonizado por Michelle Williams. Un año después, se pone a rescatar la figura de su madre fallecida a través de sus familiares y amigos en el imperdible Stories We Tell. 

Ahora, nos llega un intenso y asfixiante drama protagonizado por un grupo de mujeres menonitas a partir de la novela homónima de Miriam Toews, que participó como actriz en Luz silenciosa (2007), de Carlos Reygadas, ambientada en este grupo religioso patriarcal, machista y pacifista. Una película con una exquisita y cercana producción detrás auspiciada por dos grandes nombres del cine más independiente como son Dede Gardner y Jeremy Keliner, y también Brad Pitt, que tienen en su haber nombres de gran interés como Andrew Dominik, Terrence Malick, protagonizadas por el mencionado Brad Pitt, y otras dirigidas por James Gray y Barry Jenkins, entre otros. La directora canadiense huye de la fisicidad y el movimiento para encerrarnos en un pajar alrededor de siete mujeres. Mujeres que se han reunido en ese lugar para debatir qué hacer con sus vidas, ahora que los hombres quedarán libres después de las denuncias por años de abusos, explotación y violencia hacia ellas. Un grupo de mujeres menonitas sin derechos, sin educación y sin vida, a merced de la voluntad del macho, tienen un día y una noche para ver qué deciden: seguir en el pueblo y luchar, o en cambio, marcharse. 

Polley opta por una delicada e intensa pieza de cámara Brechtiana, en el que asistimos a un combate feroz de la dialéctica y el verbo, donde unas y otras exponen sus razones, sus miedos, sus tristezas, sus desilusiones y sobre todo, su incertidumbre y su miedo. La cineasta de Toronto vuelve a acompañarse de luc Montpellier en la cinematografía, como hiciera en sus dos primeros trabajos como directora, en el que optan por una luz naturalista y llena de contrastes, una luz que va evidenciando los diferentes y complejos estados de ánimo por los que transitan estas mujeres acorraladas y llenas de rabia y furia, unas más que otras. Una luz que se ve potenciada por la grandísima música de Hildur Sudnadóttir, de la que ya habíamos escuchado trabajos memorables como los de Joker (2019), de Todd Phillips, y la más reciente Tár, de Todd Field. Una música afilada donde suena una composición elegante y lijada que recorre con intensidad y suavidad todo lo que vamos viendo, sumergiéndonos en ese estado de espera y miedo en el que están unas mujeres que ya han dicho basta y no van a seguir reprimidas e invisibilizadas. El tándem de montadores que forman Christopher Donaldson, del que destacan sus trabajos en series tan importantes como American Gods y El cuento de la criada, y Crimes of the Future, la última del citado Cronenberg, y la editora Roslyn Kalloo, con experiencia en el medio televisivo. 

Todo el impecable trabajo técnico quedaría muy ensombrecido, si una película de estas características, donde se opta por la intimidad y la sensibilidad, a la hora de afrontar un relato sobre abusos y horror en el seno de una comunidad profundamente religiosa y pacifista. Un reparto que brilla con fuerza y sensibilidad, acercándonos a todas las posiciones enfrentadas entre ellas, un ejercicio verbal que daña, que interpela y que también, es muy violento en ocasiones. Un grupo de actrices que dejan de ser actrices para ser mujeres menonitas, todas muy diferentes entre ellas pero haciendo frente común porque todas sufren los innumerables abusos y horrores. Un grupo encabezado por Rooney Mara, tan cercana, tan transparente, con esa voz que da volumen a las palabras, un actriz portentosa que lo dice todo sin mover los labios, Claire Foy, que deja la serie The Crown, para meterse en una mujer fuerte, de carácter, la guerrera del grupo, la que no se deja amilanar por ningún hombre violento, Jessie Buckley, que siempre está excelente y sigue a un gran ritmo de grandes interpretaciones después de La hija oscura y Men, las veteranas Judith Ivey y Sheila McCarthy, y las otras más de reparto pero igual de importantes como Michelle McLeod, Kira Guloien, Liv McNeil, Kate Hallet, Shayla Brown, y está también Frances McDormand, que es otra productora de la película, pocas palabras hay que añadir para una actriz que es todo un portento de la mirada y el gesto, como demuestra el par de ratos que aparece en la película, solo su presencia llena cualquier personaje. Y no olvidemos, el único hombre de la función, un Ben Whishaw, el maestro del lugar, un tipo sensible, terriblemente eterno enamorado de Ona, el personaje de Rooney Mara, un hombre que es el anti hombre rudo, violento y machista menonita, que ayuda a escribir el acta de todo lo que allí se dice, se discute y sobre todo, se acuerda. 

Ellas hablan no es una película al uso, digamos convencional, en el que todo tiene un conflicto y una resolución y todo está para molestar poquito. Aquí las cosas van por otro lado, porque aunque Polley opta por una estructura aristotélica, la convencionalidad se acaba ahí, porque lo que se plantea es sumamente actual y muy complejo, porque estas mujeres menonitas, que tendrían su más clara referencia en Siete mujeres (1966), la película con la que se despidió del cine uno de los grandes como John Ford, han dicho basta, se han cansado de tanto humillación y violencia, y eso las sitúa en una película que habla tanto de la historia de todas las mujeres, de las humilladas y pisoteadas, pero también, de todas aquellas que dijeron basta, que se levantaron, que se enfrentaron a sus agresores, que no se callaron, y sobre todo, que decidieron por ellas mismas, porque hubo un día que todo cambia, y ese día y esa noche, ya nada volverá a ser igual, porque después de ese día y esa noche, las mujeres menonitas han dejado de estar calladas y han hablado de lo que sienten, han hablado de todo lo que les duele, y sobre todo, han hablado y han decidido por ellas mismas, y ese gesto, que nunca habían hecho, las convierte en otras personas, en mujeres que ya no miran atrás y se lamen las heridas, en mujeres que viven por ellas mismas, en compañía y nunca más solas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Almas en pena de Inisherin, de Martin McDonagh

A COLM YA NO LE CAE BIEN PÁDRAIC. 

“Vivimos como soñamos, solos”.

Joseph Conrad

Después de cuatro películas, podemos decir, sin ánimo de pecar de exceso, que el universo de Martin McDonagh (Camberwell, London, Reino Unido, 1970), está plagada de pobres tipos, de individuos solitarios y algo torpes, tanto física como emocionalmente, seres que deambulan por sus circunstancias muy solitarios y extraordinariamente tristes, perdidos en la inmensidad de su realidad y también, porqué no decirlo, ensimismados en unos sueños que saben que muy difícilmente se harán realidad, eso sí, en su afán por no sentirse más solos de lo que están, siguen empecinados en empresas abocadas al más absoluto fracaso. Sean lo que sean, porque aunque cambie el contexto, los personajes del cineasta británico son lo que son: los asesinos que deben desaparecer en una ciudad desconocida de Escondidos en Brujas (2008), el guionista sin inspiración y sus dos locos amigos en Siete psicópatas (2012), la madre desesperada por esclarecer el asesinato de su hija en Tres anuncios en las afueras (2017). 

Con Almas en pena de Inisherin el talento de McDonagh se pone al servicio de un relato sumamente sencillo, con un conflicto de esos que no llaman la atención, pero que tiene mucha miga, es decir, cuando nos hemos visto privados, ya sea de amistad o amor, de esa persona que queríamos profundamente, o al menos así lo sentíamos, y nos hemos visto privados de esa relación sin que haya ocurrido nada extraordinario, aunque quizás sí que pasaba y nosotros no éramos conscientes de tamaño desenlace. Porque la cosa de la película es que Colm ya no quiere ninguna relación de amistad con Pádraic, con el que ha sido amigo de muchos años, explicando que se aburre con él, y quiere pasar el poco tiempo que le quede de forma muy diferente. El problema es que, los dos ex amigos viven en en un pueblo llamado Inisherin, apartado y olvidado de la costa irlandesa allá por el año 1923, después de la Guerra de irlandeses con ingleses, y ahora enfrascados en una civil, con esos bombazos que vienen de otra isla cercana. Ante esa cercanía y lugares comunes, como son la iglesia de la misa de los domingos, el ultramarinos donde compran todos, los caminos pedregosos del pueblo, y sobre todo, la única taberna en la que los dos amigos pasaban las horas, uno aburriendo con sus repetitivas historias, y el otro, tocando su inseparable violín. 

La película se centra en las profundas heridas que supone un desarraigo emocional de semejantes características, que no es poco, cuando hay tan pocos alicientes en la vida y mucho menos en Inisherin. Pádraic sufre esa pérdida como puede, sufriendo mucho y deambulando por ese pueblo tan triste y desolador, contando con la ayuda y compañía de Siobhán, su hermana que vive con él, y que arde en deseos de abandonar la isla y marcharse a una más grande, y también, está Dominic, un joven obsesionado con las mujeres, golpeado por su padre, el policeman del lugar, y con problemas emocionales. Una cinta muy bien contada y mejor explicada, con un formidable guion que firma el propio director, con esa impecable cinematografía de Ben Davis, que ha estado en tres películas con el director, y con gente tan importante como Frears, Eastwood y Tim Burton,que imprime esa luz mortecina, tan propia de esos lugares, con esa luz natural fusionada con la velada, creando una aroma de penumbra y recogimiento que recuerda mucho a Zurbarán. La fantástica música de Carter Burwell, que ha puesto música a todas las películas del director londinense, y mítico músico de los hermanos Coen, y de Spike Jonze, y de Carol (2015), de Todd Haynes, que recoge con acierto toda esa melancolía, soledad y tristeza que radia en la película, sin olvidarnos de esa sátira y humor negro tan característico en el cine de McDonagh, que es una marca de la casa los mencionados Coen. 

El acertado y conciso montaje de Mikel E. G. Nielsen, que tiene en su haber a Thomas Vinterberg y Robin Wright, entre otros, que impone un ritmo pausado y elegante, condensado sus casi dos horas de metraje sin grandes alardes ni estridencias de ningún tipo, en que lo importante son esos tiempos sin nada que hacer que dicen mucho de lo que está ocurriendo y sobre todo, en el interior de los personajes, en el que cada gesto, cada mirada y cada no acción es cine y nada más, como decía mi querido Ángel Fernández-Santos. McDonagh recupera a sus dos actores más fetiche como Brendan Gleeson y Colin Farrel, ambos irlandeses que fueron los asesinos desterrados a Brujas en la película Escondidos en Brujas, amén de haber trabajado Gleeson en Six Shooter (2004), un cortometraje de veintisiete minutos, y Farrel en Siete psicópatas. Dos intérpretes de calibre curtidos en mil batallas, que componen unos personajes que cuesta creer que en algún momento pudieran ser íntimos amigos, porque son tan diferentes, Farrel más apocado, más rudo, más corto y más superficial, frente a Gleeson, en las antípodas del otro, músico, más emocional y sobre todo, más inteligente y sensible. Ambos consiguen mostrar sin mostrar, imbuidos en esa atmósfera cargada, asfixiante y pesada que reside en cada rincón de la isla, de ese Inisherin tan y tan irlandés con sus canciones, sus pintas, sus cotilleos y su idiosincrasia tan arraigada y tan apegada a un lugar y a una forma de ser. 

Ambos intérpretes están excelentemente bien acompañados por la irlandesa Kerry Condon, que vimos en Tres anuncios en las afueras, dando vida a Siobhán, la hermana que quiere volar y ser ella misma en otro lugar, con más carácter que su hermano y sobre todo, una mujer que sabe lo que quiere y no se deja intimidar por nadie. Barry Keoghan, que muchos recordamos por películas como El sacrificio de un ciervo sagrado, que hizo con Farrell, y Dunkerque, dirigido por Dolan, entre otros, dando vida a Dominic, ese bufón y tontolpueblo que, al igual que Pádraic y todos los personajes del pueblo, ansía un poco de compañía y algunas palabras, y luego todo un ramillete de intérpretes británicos a cual mejor, como Gary Lydon, el policeman del pueblo y padre maltratador de Dominic, David Pearse como el cura, que tiene unos momentazos llenos de ironía y sarcasmo con el personaje de Gleeson, y finalmente, Pat Shortt, uno de esos taberneros que hemos disfrutado y tronchado en películas que no hace falta nombrarlas para saber de las que estoy hablando. Amén de otros actores y actrices que conforman los simpáticos, cotillas y solitarios de Inisherin. 

McDonagh no olvida a sus referentes ni los oculta, sino que los mira con detenimiento y construye su película pensando en ellos, lanzando puentes y reflejándose en sus ambientes y personajes como El hombre tranquilo (1952), de John Ford, con su mítico Innisfree, que sería el padre cercano de Inisherin, y todos esos personajes de la película de Ford que podrían ser también de la del director británico, y La hija de Ryan (1970), de David Lean, más de lo mismo, eso sí, con historias muy diferentes, pero con atmósferas, lugares y estados de ánimo evidentes. Nos despedimos de Almas en pena de Inisherin, también de Colm, Pádraic, Siobhán y los demás, no porque nos sintamos a disgusto con ellos, pero ya se sabe que a los sitios ajenos hay que ir, verlos y marcharse cuánto antes mejor, no vaya a ser que los de allí se sientan espiados, invadidos y sobre todo, incómodos. Les dejamos con sus cosas, con sus tristezas, con sus canciones melancólicas, con sus soledades, y también, con sus almas, porque sí deja clara la película y su tema sobre la ruptura de una amistad es que, cuando algo se rompe es porque es mejor para todos, aunque en ese momento no lo entendamos, habrá un día que nos despertemos y sabremos el porqué, y ese día todo será diferente y nosotros también. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Diego Lerman

Entrevista a Diego Lerman, director de la película «El suplente», en els Jardins Miquel Martí i Pol en Barcelona, el martes 10 de enero de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Diego Lerman, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Silent Land, de Aga Woszczynska

LO QUE QUEDA DEL AMOR.   

“El amor puede hacerlo todo, y también lo contrario de todo”

Alberto Moravia

El amor es una especie de fantasma o espíritu que nos invade no solo el cuerpo, sino también el alma, un invasor al que nos rendimos sin oposición, un virus que nos contamina sin remedio, un algo que nos provoca las emociones más intensas y maravillosas, aunque también provoca lo contrario, porque el amor se siente o no, porque cuando se siente te desborda y te eleva, y cuando no, te produce la tristeza más profunda y terrible. En el cine hemos visto muchas parejas en crisis portagonizadas seres abatidos y deambulando por calles, playas o cualquier lugar, en solitario, rotos, vacíos y sobre todo, añorando lo que fue y lo que ya no será. Imaginamos a los personajes de las películas de Antonioni, a los de Ingmar Bergman, a los de Carlos Saura, y a tantos otros, invadidos por ese desamor o ese no amor, esa sensación de derrota, de vacío y tiempo perdido.

Adam y Anna son una pareja polaca que viaja a la isla italiana de Cerdeña a pasar sus vacaciones en una casa en una colina frente al mar. Cuando llegan la piscina no funciona y viene un joven magrebí a arreglarla que muere accidentalmente, hecho que removerá intensamente a la pareja y nacerá entre ellos miedos, inseguridades y distancia. La directora Aga Woszczynska (Lódz, Polonia, 1984), con formación en Varsovia y en la prestigiosa escuela de Lódz, debuta en el largometraje de ficción con un guion escrito junto a Piotr Jaksa Litwin apoyado una trama muy inquietante, de apariencia sencilla, donde todo parece moverse dentro de un marco raro y muy oscuro, porque su pareja protagonista, los citados Adam y Anna, pasan sus vacaciones entre silencios y monotonía, van y hacen dentro de un mapa diseñado y aparentemente perfecto y sin fisuras. La muerte del trabajador desenterrará demasiadas cosas entre ellos, llevándolos a terrenos complejos en el que emergerán muchas dudas y fantasmas.

Silent Land (del original Cicha Ziemia), es un magnífico drama psicológico, como ya no se hacen, donde el conflicto es muy profundo, peor su apariencia es muy sencilla, cercanísima y tremendamente cotidiana, en un espacio natural y doméstico, donde lo que ocurre no se ve, ocurre dentro de los personajes, en ese espacio donde les invade una oscuridad desesperanzadora y muy terrorífica. La pareja de Silent Land no está muy lejos de aquella otra, la que formaban Gitti y Chris, en Entre nosotros (2009), de Maren Ade, también en otra isla mediterránea, la de Córcega, y atrapados en una relación que va pero no sabemos hacia adonde, en un espacio de estancamiento muy fuerte. En una primera mitad asistimos a esa calma inquietante donde todo está programado y siempre en compañía: las comidas, las salidas a correr, los baños y el sexo, muy significativo su forma de hacerlo que ya evidencia demasiadas cosas. En la segunda mitad, que arranca con la muerte del joven, los veremos solos y estallará esa aparente calma, donde se alejarán sin remedio, y su intención de relacionarse con otras personas, aún más evidencia su distancia.

La cineasta polaca consigue generar esa atmósfera incómoda y perturbadora con pocos elementos, esa casa llena de luz y calidez con esos instantes apagados como los momentos sexuales y con la puerta de entrada, creando todo ese juego de contrastes que marca las emociones de los personajes, en un gran trabajo del cinematógrafo Bartosz Swiniarski, bien acompañado en el elaborado montaje que firma un grande como Jaroslaw Kaminiski, que tiene en su haber a directores de la talla de Pawel Pawlikowski y films como Rehenes (2017), de Rezo Gigineishvili y Quo Vadis, Aida? (2021), de Jasmila Zbania, consigue un detallado y preciso montaje que llena de secretos y silencios inquietantes los ciento trece minutos de metraje de la película. Un reparto bien elegido en el que sus interpretaciones se apoya en todo aquello que miran y callan, en esos silencios que son la base de todo el entramado emocional de la cinta, encabezados por la fantástica pareja protagonista con Dobromir Dymecki como Adam y frente a él, que ya no junta a él, Agnieszka Zulewska como Anna, dos almas en crisis en un amor o lo que queda de él, esos pedazos caídos y rotos que, quizás, ya sean perdidos o no quieren encontrarse.

Los otros invitados son una pareja que se dedica a vender submarinismo a los turistas como Jean Marc Barr, una maravillosa presencia que hemos visto en casi todas las películas de Lars von Trier, y con Raoul Ruiz y Christophe Honoré, entre muchos otros. A su lado, una convincente Alma Jodorowsky, que era una de las chicas de La vida de Adèle, y finalmente, Marcello Romolo, el casero italiano que regenta una trattoria, que recordamos en la serie de The Young Pope, de Paolo Sorrentino. Woszczynska ha construido una película excelente, que escapa del subrayado narrativo y formal, para adentrarse en elementos más complejos y oscuros, que la hermana con la recién estrenada Aftersun, de Charlotte Wells, donde también radiografía con bisturí unas vacaciones con padre e hija a finales de los noventa, sea como fuere, en las dos películas se deja constancia el distanciamiento entre una y otra de las personas que las habitan, porque las vacaciones, al igual que el amor, no tiene punto medio, y sobre todo, el amor y el desamor pueden estallar en cualquier momento, y más aún cuando nos alejamos de los deberes y obligaciones cotidianos y nos vamos de vacaciones con tiempo para descansar y sobre todo, pensar en nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El suplente, de Diego Lerman

EL DOCENTE HUMANISTA.

“Yo iba a enseñar y al mismo tiempo a aprender”

Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa

Tanto Bruno Cirino en Diario di un maestro (1973), de Vittorio De Seta, como Daniel Lefebvre en Hoy comienza todo (Ça commence aujourd’hui, 1999), de Bertrand Tavernier, pertenecen a esa clase particular de docentes que van más allá de lo que sucede en el interior de las aulas, porque conocen que la realidad social y económica de sus alumnos interfiere completamente en el desarrollo de sus vidas, y por ende de su educación. Son maestros dentro y fuera, ese tipo de docentes que se implica, que ayuda y sobre todo, ayuda al cambio tan necesario. Lucio, el docente del sexto largometraje de ficción de Diego Lerman (Buenos Aires, Argentina, 1976), amén de dirigir documental, producir cine y hacer teatro, es uno de esos tipos que sabe que la realidad de sus alumnos es dura y nada fácil, porque vienen de uno de esos barrios periféricos de la capital argentina, donde la realidad es triste, llena de peligros y donde campa el narco a sus anchas.

Lerman compone un drama social muy cercano y lleno de matices, sin caer en la moralina ni en el sentimentalismo, sino construyendo “una pequeña parte de la vida”, donde el hilo conductor es el mencionado Lucio, un tipo en crisis, alguien que aspiraba a más, a hacer una segunda novela que no acaba de llegar, a dar clases en una universidad prestigiosa, a ser mejor hijo, mejor ex y mejor padre, y sobre todo, a entenderse y no huir a la nada. El director bonaerense crea una trama sin estridencias y nada complaciente, que va desarrollándose sin alardes ni piruetas narrativas, centrándose en el hecho en cuestión, o mejor dicho, en varios sucesos, aunque el principal pivota en la relación entre Lucio y uno de sus alumnos, Dilan, que ha traicionado al narco del barrio y ahora su vida corre en peligro. Lerman vuelve a confiar en algunos de sus cómplices habituales como la guionista María Meiro, en muchas de sus películas, la aportación de la escritora Luciana de Mello y el propio director en la elaboración de un guion que se maneja muy bien entre la realidad social y la trama policiaca centrada en la investigación, donde Lucio, además de maestro, se convierte en una especie de detective para ayudar a su alumno.

El grandísimo trabajo del cinematógrafo Vojciech Staron con una luz tremendamente cotidiana y realista, gruesa y sucia, huyendo de la condescendencia y en el mensajito, donde destacan los elegantes movimientos de cámara, así como el entramado de espejos y reflejos que evidencian con detalle el estado de ánimo del atribulado protagonista, así como José Villalobos en la música, una composición que puntúa algunos aspectos de la primera mitad para luego escarbar más en los sentimientos de los protagonistas, pero siempre con respeto, y otro habitual como el editor Alejandro Brodersohn, que condensa con ritmo y pausa las casi dos horas de metraje. Qué decir del acertadísimo reparto de la película encabezado por un magnífico Juan Minujín, al que conocíamos por sus trabajos con Daniel Burman, Mariano Llinás y Lucrecia Martel, entre otros, metiéndose en la piel de un tipo que la vida le ha llevado a ser suplente, a enseñar literatura a unos chavales que pasan de todo, en el que deberá adaptar su clase a la realidad dura de sus alumnos, y conocer sus vidas y sus contextos, tarea que no le resultará nada fácil.

A Minujín le acompañan de forma estupenda una gran Bárbara Lennie, que ya había protagonizado la anterior película de Lerman, Una especie de familia ((2017), en el rol de la ex de Lucio, con una hija en común, que hace Renata Lerman, la hija del director, y fue premiada en el Festival de San Sebastián, y unas realidades bien distintas, porque ella ya ha pasado página y está en otros menesteres, y acepta la decisión y la rebeldía de la hija de ambos desde una perspectiva muy alejada que Lucio, que parece empecinado en seguir el camino y no plantearse ciertas contradicciones. La interesante presencia de un grande como Alfredo Castro, en el papel de padre del protagonista, al que curiosamente llaman “El chileno”, una especie de buen samaritano que trabaja en el barrio dando comidas e implicándose en las dificultades de sus habitantes, que mostrará una realidad bien diferente al protagonista. Y finalmente, Lucas Arrua haciendo de Dilan, al igual que los otros chicos, todos debutantes en el cine, generando esa solidez que requiere una película de estas características donde se fusionan los adultos profesionales con los jóvenes naturales.

El suplente es una película que nos habla de muchas cuestiones humanas, y sobre la vida, sobre aquellas cuestiones de la vida nada fáciles, que resultan incómodas, donde se abordan muchas cuestiones morales, con el mejor aroma de aquel cine policiaco de Hollywood de los treinta y cuarenta, donde los Lang, Hawks y Welman, y tantos otros, nos situaban en esas tesituras tremendamente difíciles de asumir y sobre todo, de decidir, en el que los y las protagonistas se veían inmersos en posiciones muy difíciles, en las que no sabían qué decir y mucho menos que hacer, un cine que desgraciadamente se está perdiendo, dejando paso a producciones blanditas que no molesten y tampoco sirvan para nada. La película de Lerman recupera esa complejidad, esa humanidad, con personajes de carne y hueso, con personas que les ocurren cosas como a nosotros, y sobre todo, dudan, tienen miedo y se enfrentan a los que les acojona, y a otras situaciones que ni se imaginaban, como a todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Eo, de Jerzy Skolimowski

EL BURRO Y EL MUNDO.

“Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Esta tan igual a mí, tan diferente a los demás que he llegado a creer que sueña mis propios sueños”

Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez (1917)

El cineasta Jerzy Skolimowski (Lodz, Polonia, 1938), pertenece a esa maravillosa terna surgida de la magnífica Escuela de Cine y Teatro de Lodz:  Andrew Vajda, Jerzy Kawalerowicz, Wojciech Jerzy Has, Krzystof Kieslowski, Andrzej Munk, Roman Polanski, Krzystof Zanussi y Andrzej Zulaski, entre otros que, a lo largo del siglo XX, crecieron haciendo cine en el bloque soviético con películas de fuerte carga crítica y poética, llenas de humor, que les abrieron las puertas al mercado y los certámenes internacionales. En el caso de Skolimowski, recordamos sus películas como Walkover (1965), La barrera (1966), y La partida (1967), filmado en Polonia, y las otras, rodadas en Gran Bretaña como Zona profunda (1970), El grito (1978), Trabajo clandestino (1982), The lightship (1986), entre otras. Su largo período dedicado a la pintura figurativa y expresionista. Su vuelta a Polonia con películas como Cuatro noches con Anna (2008), Essential Killing (2010), y 11 minutos (2015).

Después de siete años sin rodar, el cineasta polaco vuelve con Eo una hermosísima, poética y sensorial fábula contemporánea protagonizada por un pequeño burro grisáceo de raza sarda que es, ante todo, un sentido y honesto homenaje a Au Hasard Balthazar (1966), de Robert Bresson, quizás la película que mejor ha retratado el mundo de los animales, erigiendo al burro en un ser que, en su peculiar aventura recibe maldad y bondad, en un mundo cínico e implacable. Skolimowki vuelve a contar con la guionista Ewa Piaskowska, que le ha producido sus últimas cuatro películas, y con la que ha coescrito sus tres últimas, en un relato que nos devuelve el cine en su máxima esencia, ya que casi no hay diálogos, en un grandioso espectáculo visual y sensorial, donde nos sumergimos en una aventura que nos lleva por el rural polaco e italiano siguiendo los pasos de Eo, el pequeño burro protagonista, que, al igual que le sucedía al soldado afgano que interpretaba Vincent Gallo en Essential Killing, debe luchar contra los obstáculos y sobrevivir a un mundo demasiado hostil.

Eo será el alma de este cuento viviendo a través de un periplo difícil que lo llevarán a estar siempre de aquí para allá, como Eo que después de ser desahuciado del circo donde lo tienen trabajando, lo recluirán en una granja en la que no se adapta, para más tarde huir campo a través, y acabar siendo mascota a su pesar de unos salvajes seguidores de un equipo de fútbol, del que será apaleado por los hinchas del rival, y luego, curado para ser mal vendido como carne junto a unas vacas, y después, siendo rescatado por un joven italiano que tiene una relación extraña con una condesa, y mucho más. Desventuras en las que Skolimwski nos muestra una mundo-sociedad llena de peligros, pero también, de bondad y soledad, de pequeñas alegrías y tristezas, de unos humanos salvajes y egoístas que usan y tiran al pequeño animal según su conveniencia, mostrando así la relación de los sapiens con los animales y nuestro entorno natural, en que la película lanza una profunda y directa crítica hacia el trato y respeto que tenemos con los animales y la naturaleza.

La película reivindica los valores humanos a través del animal, deteniéndose en la inocencia, aspecto en desuso completamente en una sociedad en el que todo parece una lucha encarnizada de poderes en el que todo vale, donde estamos todos contra todos, y un sálvese quien pueda, y poco más, en una sociedad totalmente individualiza, solitaria y apática, donde rige la ley del talión y la desesperanza. Una película de contenido abrumador y ejemplar, tiene una parte técnica a su altura, con la exquisita y excelente cinematografía de Mychal Dymek, que tiene en su haber grandes trabajos como el que hizo en  la reciente Sweat, de Magnus von Horn, y su trabajo en el equipo de Cold War (2018), de Pawel Pawlikowski, el conciso, detallado y brutal montaje de Agnieszka Glinska, que ya estuvo en 11 minutos, en sus extraordinarios ochenta y ocho minutos de metraje, la impresionante música de Pawel Mykietyn, un habitual en la filmografía de Krzystof Warlikowski, y de otros como Wajda, Bartas y Małgorzata Szumowska, en una composición que se fusiona con armonía y belleza con la banda sonora que nos va transportando al mundo interior del asno protagonista.

Uno de los productores es el mítico Jeremy Thomas, el mítico productor de casi medio siglo de carrera, con más de setenta títulos producidos a nombres tan ilustres como Bertolucci, Cronenberg, Kitano, Miike, Wenders, Jarmusch y Guilliam, entre otros, que le produjo Skolimowski El Grito, y le ha coproducido las tres últimas, en una de esas colaboraciones que se extienden a lo largo de sus carreras extensísimas, donde la autoría deviene uno solo, en una idea de hacer cine desde la emoción y desde la necesidad de hacer lo que uno quiere, alejándose de modas y tendencias del momento, haciendo cine desde el alma, con el alma y sobre el alma. Aunque el equipo es el absoluto protagonista de la película, el animal va encontrándose personajes de toda índole y condición social encarnados por Sandra Drzymalska, una de las actrices jóvenes polacas más talentosas de su generación, el italiano Lorenzo Zurzolo, Mateusz Kosciukewicz, uno de los actores polacos más destacados del momento, y la maravillosa presencia de una grande como Isabelle Huppert. Celebramos el regreso al cine de Skolimowski que no solo mira a Bresson, sino a ese cine del que ya queda poco, donde lo primordial era contar una historia desde el corazón, construyendo emociones y sumergiendo al público a todo aquello que no se ve del cine pero está, donde se le mostraba una historia, se construía una mirada y había espacio para la reflexión a través de una mirada crítica sobre la sociedad y al fin y al cabo, sobre nosotros y todos los seres de nuestro entorno, ya sean animales como vegetales. No se la pierdan, porque es maravillosa y encima, sensible y humanista, porque todos deberíamos ser como ese asno, con la misma humanidad que tenían Platero, Balhazar y Eo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA