El perdón, de Maryam Moghadam & Behtash Sanaeeha

MINA PIDE JUSTICIA.

“Ser bueno es fácil; lo difícil es ser justo”

Víctor Hugo

Las dos últimas películas de la cinematografía persa que se han visto por estos lares tiene mucho en común: La vida de los demás, de Mohammad Rasoulof, y Un héroe, de Asghar Farhadi, tocan temas tan universales como la culpa, el perdón y la justicia, en el contexto de la actual sociedad iraní, en que las consecuencias de la pena de muerte están muy presentes de un modo central en la primera de las películas. El perdón (“The Ballad of a White Cow”, del original), de Maryam Moghadam (Teherán, Irán, 1970), y Behtash Sanaeeha (Shiraz, Irán, 1980), también nos habla también de los conflictos que genera la pena de muerte en la sociedad iraní, y lo hace desde la mirada de Mina, la viuda del ejecutado. Un año después de la ejecución, el estado encuentra al verdadero asesino y quiere compensar económicamente a Mina, que seguirá reclamando justicia.

El relato se centra en las dificultades burocráticas en las que se ve inmersa Mina, así como el recelo de la gente hacia una madre monoparental, ya que la mujer tiene una hija, Bita, sorda y enamorada del cine romántico. Las dificultades legales, y las de encontrar vivienda, debido a su condición de madre sola, y además, las tensiones con la familia de su marido, convierten la vida de Mina en una continua peregrinación en el que todo son trabas e injusticias. La aparición en su vida de Reza, un antiguo amigo de su marido que llega con dinero que debía al difunto, cambiará totalmente su existencia y las cosas se tornarán más claras y esperanzadoras. Aunque, Reza guarda un secreto que lo une con Mina, un secreto que los espectadores sabemos y Mina no. La pareja Moghadam y Sanaeeha en su tercera película juntos. La primera, Risk of Acid Rain (2015), en la que él dirigía y ella, protagonizaba. En la segunda, The Invincible Diplomacy of Mr Naderi, codirigida entre los dos, un documental sobre un personaje peculiar que quiere reconciliar Irán con EE.UU. En El perdón, su tercer trabajo al alimón, se decantan por la ficción, en la que ambos vuelven a codirigir y Moghadam se reserva el papel principal de Mina.

La película se posa en la mirada de Mina y su encuentro con Reza, una relación que se apoderará del relato, y se convertirá en una náufraga que es rescatada por una especie de ángel de la guarda. El perdón tiene una planificación formal férrea y brillante, firmada por el cinematógrafo Amin Jafari, que tiene en su filmografía a directores tan relevantes de la cinematografía iraní como Jafar Panahi y Majid Barzegar, entre otros, construida a partir de planos secuencia fijos, donde se va generando la tensión entre los diferentes personajes, así como el trabajadísimo montaje firmado por Ata Mehrah y Sanaeeha, donde consiguen imponer un ritmo denso en sus ciento cinco minutos, sumergiéndonos en una historia con muchos interiores que asfixian a los individuos, donde cada mirada, gesto y encuadre está estudiado con precisión. La extraordinaria pareja protagonista con Alireza Sanifar en la piel del enigmático Reza, ese amigo desconocido, ese ángel protector, o quizás, un tipo que también tiene mucho de culpa y lo hace todo por perdonarse y que le perdonen.

Frente a él, tenemos al epicentro de la historia, porque estamos convencidos que la película tiene mucho del inmenso trabajo de la maravillosa Maryam Moghadam como Mina, la actriz y directora que ya vimos protagonizando la película Closed Curtain (2013), codirigida por el citado Panahi y Kambuzia Partovi, en un extraordinario trabajo de contención, y sobre todo, de mirada, porque cada gesto y cada detalle de su interpretación es sublime, y no solo consigue atraparnos desde la poderosísima secuencia que abre la película, recorriendo esos largos pasillos de la cárcel para despedirse del marido que van a ejecutar, sino también en cada momento, cada instante, de esos momentos íntimos y hermosos que tiene con su hija sorda, esos diálogos casi en silencio y tan cercanos y especiales, y los demás instantes que hacen del personaje de Mina una persona que podríamos ser cualquiera de nosotros, viviendo en un estado que aplica la condena de muerte, y aplica una ley que va en contra de los intereses de los ciudadanos.

Nos alegramos por la codirección de Maryam Moghadam, que se suma a otras directoras iraníes como las conocidas Samira y Hana Makhmalbaf y Ana Lily Amirpour, entre otras, toda una proeza para las mujeres, tan perseguidas y mutiladas en el país árabe, que hacen un cine para todos en un país sometido a la Sharia Islámica que rige la sociedad con unas leyes misóginas que amputan de derechos y libertades a todos los individuos y en especial, a las mujeres. El perdón es una película que radiografía la idiosincrasia de la actual sociedad iraní, en aspectos tan importantes como la aplicación de la ley, la justicia, el perdón y la culpa. Una cinta que cala en todos los espectadores, por lo que cuenta y como lo cuenta, y sobre todo, por atreverse en contar la intimidad de las personas que han experimentado como sus vidas han sido destrozadas por la pena de muerte, todos las almas anónimas que siguen después de una injusticia, como la que viven, y no solo eso, como el estado y la sociedad los trata de forma tan ruin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La vida de los demás, de Mohammad Rasoulof

EL VALOR DE RESISTIR.  

“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”.

Albert Camus

En El verdugo (1963), de Luis García Berlanga, un pobre diablo que trabaja en una funeraria se enamora de la hija del verdugo, y no le queda otra, que pasar por el aro del sistema, es decir, ser verdugo como el suegro, y así, aprovecharse de las ventajas del puesto, una vivienda asequible y un trabajo con futuro, en un país donde el estado pone trabas para las primeras necesidades. La parte oculta no es otra que encontrar a primos, emborrachándolos de beneficios vitales, para que el estado siga ejecutando a reos, un trabajo que hagan otros, los ciudadanos de a pie. Seguramente, El verdugo, es una de las obras más contundentes y fundamentales, no solo para hablar de las prácticas deshumanizadas del franquismo, sino para reflejar el control estatal contra el ciudadano, y someterlo a sus necesidades. En La vida de los demás, último trabajo de Mohammad Rasoulof (Shiraz, Irán, 1972), vuelve a los temas sociales y políticos, componiendo una crítica feroz contra su país, que le han llevado a un férreo arresto domiciliario a la espera de sentencia, como nos anuncia el texto que vemos previo a la película.

En Sheytan vojud nadarad, título original de la película, nos habla de forma directa y sin atajos de la pena de muerte y todas las personas que, directa e indirectamente, participan en ella. Somos testigos de las prácticas terroríficas de Irán, de la utilización sistemática de sus ciudadanos, y sobre todo, de su juventud, para alienarlos a través del terror y la manipulación para que cometan actos irreversibles contra sus propios conciudadanos, una práctica horrible que no solo la película muestra de manera fría, sino que nos sumerge en las consecuencias morales y sociales para aquellos que han participado creyendo que cumplían con su deber. La pena de muerte y aquellos que las ejecutan son el eje central de la cinta, pero la película no solo se queda en la denuncia de un estado totalitario y corrupto, sino que profundiza en los conflictos morales de los ejecutores de esas sentencias de muerte, y sobre todo, en las terribles consecuencias que deben arrastrar no solo los protagonistas, sino lo que provocan todos esos actos en su entorno más cercano.

El director de cine iraní construye una película dividida en cuatro relatos, todos dirigidos por él, bajo los títulos de El mal no existe, donde seguimos la cotidianidad de Heshmat, un hombre corriente de cuarenta años, sus quehaceres diarios junto a su mujer e hija, sin más, en la que se nos muestra un día cualquiera, en una ciudad como otra, donde damos cuenta que oculta algo a los demás. En el segundo capítulo de título Ella dijo: “Puedes hacerlo”, nos sitúan en una habitación donde encontramos a cinco jóvenes haciendo el servicio militar obligatorio de dos años de duración que, entre otras cosas, tienen la desagradable tarea de ejecutar a los condenados a muerte. Un joven como otro, Pouya, elegido para llevar a cabo la ejecución,  hará lo imposible para librarse. En el tercer segmento, Cumpleaños, Javad, un joven soldado que ya ha sido verdugo en una ejecución, aprovecha un permiso de tres días para pedir matrimonio a su amada Nana, y se enfrentará a las catastróficas consecuencias de ese acto que lo perseguirá constantemente, cuando el destino se interpone en su camino. Y por último, en Bésame, el acto que cierra la película, que entronca con uno de los capítulos, encontramos a Bahram y Zaman, un matrimonio maduro que viven de las abejas en un pueblo alejados de todo y todos, reciben la visita de la joven Darya, que nos remitirá al pasado y a sus actos, y como repercuten en el presente más inmediato.

Rasouluf usa el cine como vehículo para hablar de las prácticas oscuras y represivas de la dictadura iraní, y sobre todo, como afectan a la vida cotidiana de sus ciudadanos que, al igual que José Luis Rodríguez, el pobre diablo de El verdugo, es usado como mano ejecutora de las leyes injustas y deshumanizadas que se llevan a cabo en el régimen de los Ayatolás. Un cine que nos habla de frente y directamente, sin vericuetos ni estridencias narrativas ni formales, componiendo una forma sencilla y realista, que huye de los subrayados y el discurso malintencionado. La rigurosidad de la película se centra en una narrativa sencilla y naturalista, que imprime la fuerza en la contundencia de su relato y en la actuación de sus intérpretes, y nos sumerge en las cuestiones morales de cada uno de los implicados, de forma compleja e inteligente. Un cine que lo acerca al universo de Panahi, también arrestado por el régimen debido a sus críticas contra un sistema represivo, y Farhadi, cineastas que utilizan un conflicto cotidiano para hablarnos de forma emocional de toda la represión a la que son sometidos los ciudadanos y ciudadanas de Irán. La película se alarga hasta los 150 minutos, pero en ningún momento su fuerza narrativa y argumental decae, todo lo contrario, su in crescendo es demoledor, no hay tregua, ni compasión con todo lo que ocurre y como afecta a sus personajes, y a cada relato de los cuatro que lo componen, su ritmo y sobre todo, su cuestión moral van en aumento, obligándonos al espectador a ser partícipe de sus historias y el contenido de ellas, nos obliga a mirar y conocer la intimidad que deben de arrastrar.

Una película bellísimamente filmada con el inmenso trabajo de cinematografía de Ashkan Ashkani, viejo conocido del director, y el cuidadísimo montaje que firman los hermanos Mohammadreza y Meysam Muini que saben manejar con elegancia el tempo de los diferentes relatos, bien resueltos en sus momentos de pausa y tensión, como su extraordinario reparto, apoyado en las miradas para explicar todo lo que sienten, que sabe dotar de humanismo, complejidad e intimidad a todo lo que les va ocurriendo. El cine de Rasoulof en un inicio se decantó por la alegoría como elemento para criticar el estado, pero a partir de 2010, su cine ha entrado en otro campo, el de la crítica feroz y directa, de forma clara y concisa, eso sí, centrándose en lo humano como espacio para que su crítica sea más realista, donde lo humano y la resistencia ante la injusticia de sus personajes adquiere un gran valor en torno a lo que cuenta y como lo hace, lanzando un motor de fe y algo de esperanza que inevitablemente saldrá de nuestro interior, de todo aquello que nos hace humanos frenteo a un estado de terror. Un cine que se parece a aquel cine italiano de los Bertolucci, Rossi, Bellocchio, Pasolini, y demás, que a través de lo humano, construían relatos del ciudadano pisoteado y reprimido por la maquinaria estatal, una organización que crea y distribuye dinero a su antojo y arbitrariamente, dejando al de abajo, al que realmente trabaja para el futuro del país, totalmente vendido y explotado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA