Las furias, de Miguel del Arco

af_cartel_furias_rgb_online_3219COMO EN LAS MEJORES FAMILIAS.

“Para mí la familia es el principio de todo. El microcosmos en el que nos formamos y que más tarde reflejamos, consciente o inconscientemente, en el macrocosmos al que somos lanzados como personas adultas. El que nos arma o nos desarma para defendernos en el mundo exterior”

Miguel del Arco

La frase que acompaña el cartel de la película nos advierte que hay que tener mucho cuidado con lo que uno hace con los suyos, si no te perseguirán “Las furias”, seres con cabeza de perro, alas de murciélago y serpientes en lugar de cabello, con la misión de obligarte a expiar tu culpa o enloquecerte. A continuación, arranca la cinta con el breve prólogo situado en el camerino del padre actor, después de una función,  rodeado de los suyos, con la compañía de la niña, iremos conociendo a todos los integrantes de la familia Ponte Alegre. Seguidamente, la película viaja hasta diez años después, más o menos, cuando la niña, María (excelente la joven Macarena Sanz) se ha convertido en una adolescente con problemas mentales, su madre, Casandra, la hija, (los tres hermanos compartes nombre extraídos de “La Ilíada”, de Homero) actriz frustrada, se gana la vida como loctura de radio escuchando las penurias ajenas, el padre, Gus, al cuidado de la hija, se ha olvidado de sí mismo y de su mujer. El hermano mayor, Héctor, de mediana edad, triunfador en las finanzas y felizmente enamorado de María, y el hermano menor, Aquiles, actor del montón, ahora se ha refugiado en el caserón de la infancia para escribir las memorias familiares. El padre, Leo, de más de setenta, famoso y carismático actor, ahora padece alzhéimer y ha olvidado su vida y los que le rodean, aunque en ocasiones irrumpe con su voz poderosa recitando pasajes de Shakespeare y demás. La madre, Marga, de alrededor de los setenta, mantiene una relación lésbica con Julia, una psiquiatra atractiva, que mantiene en secreto.

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Miguel del Arco (Madrid, 1965) que arrancó su carrera como actor, se ha convertido en una de las voces más interesantes y comprometidas del teatro actual, en el que ha adaptado a autores de renombre como Shakespeare, Gorki, Gógol o Molière, entre otros, además de escribir, dirigir y llevar un teatro. Desde el año 2000, dirige tres cortometrajes con numerosos premios tanto nacionales como internacionales, Las furias es su puesta de largo, y para ello se ha rodeado de algunos de los actores con los que ha trabajado a lo largo de estos años, y ha construido una película en torno a la familia, a todos sus logros, y sobre todo, fracasos. A ese extraño núcleo o grupo al que pertenecemos sin haberlo pedido, a ese mundo complejo de relaciones y confidencias, de secretos ocultos que no se dicen o situaciones del pasado que no se quieren volver a vivir, del implacable paso del tiempo y todo aquello que arrastra en su demolición natural, de los efectos, ilusiones, tragedias que se mascan en el seno de una familia muy vinculado al teatro, como no podía ser viniendo de Del Arco. El conflicto arranca cuando la madre, incapaz de afrontar la verdad (una constante que padecen todos los personajes) y desvelar su relación lésbica se escapa anunciando que va a vender la casa familiar, la casa de la infancia, de los recuerdos, de ese tiempo de esperanza, de juegos, de risas.

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Del Arco acota su obra en un fin de semana, un par de días en el que todos los componentes se reunirán para despedirse de la casa, situada en el norte con el cantábrico como testigo, y el paisaje de bosque frondoso y secreto, un lugar que los ha acogido con tanto amor, y de paso, asistirán a la boda de Héctor y María. Aunque la cosa de entrada pinta bien, pronto aparecerán los conflictos, rencores y diferencias entre ellos, todos, absolutamente todos, arrastran cargas emocionales muy pesadas que explotarán sin control durante esas 48 horas. El padre, que parece ausente, compondrá la figura marchita que ha perdido todo su esplendor de gran actor para caer en un olvido injusto, pero que quizás no parece tan perdido, la madre, pretendiendo ocultar su relación, se topará de bruces con la realidad y tendrá que hacerla frente, Gus y Casandra, distanciados por la mentira de ella, no tendrán más remedio que mirarse y hablar, Héctor y María con su boda quieren tapar una noticia terrible que ha roto sus vidas, y pronto saldrá a la luz, Aquiles, tendrá que hacer frente a su vida y dejar de huir, dejando atrás tantos castillos de cartón. Y finalmente, María, consumida por su enfermedad en medio de una familia perdida, hilarante y confundida (como suele ocurrir con todas, en mayor o menor medida) tomará una decisión que quizás ayudará a que todos se sientan menos solos, y manifiesten el amor que han olvidado, aunque solo sea ese fin de semana.

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Del Arco se ha rodeado de un reparto coral extrarodinario (como las películas de Berlanga) un elenco extraordinario encabezados por dos figuras de la interpretación como son José Sacristán y Mercedes Sampietro, con Carmen Machi, Gonzalo de Castro y Alberto San Juan, como los hijos perdidos de la Troya sitiada, con Emma Suárez y Pere Arquillué, como las parejas que resisten estoicamente, la maravillosa Bárbara Lennie, como la amante que quiere dejar de ser la asistente, y para finalizar, Macarena Sanz, la pequeña del clan que huye de sus demonios. El cineasta madrileño ha compuesto una lúcida, amarga y estupenda disección sobre la familia, (que recuerda en muchos aspectos a la deliciosa y cruel Mamá cumple cien años, de Saura, o más reciente en la negrísima Como en las mejores familias, de Cédric Kaplisch) que a ratos encoge el alama y en otros, se mueve entre el humor más cínico. Una tragicomedia de cimientos sólidos, que nos cuenta la vida de una familia de teatro, o al menos una que lo fue, de una familia de difícil y extraña complejidad que se mueve entre las sombras del pasado que fue diferente, y la incertidumbre de un presente, y de un tiempo oscuro en el que todos, cada uno a su manera, van a intentar escapar por otros caminos, aunque lo que desconocen que ese camino siempre lleva al mismo lugar, a ese espejo, sin trampa ni cartón, en el que debemos mirarnos para conocernos, saber quiénes somos y seguir adelante, aunque nos duela, porque siempre va a doler.

La madre, de Alberto Morais

lamadre_poster_a4_webLAZOS ROTOS.

La película arranca de forma abrupta, sin concesiones, de modo seco y muy duro, sin tregua al espectador, nacida desde las entrañas, sin embudos ni parafernalias, capturando la vida, o podríamos decir la no vida de Miguel, un chaval de 14 años que está solo, aunque viva con su madre, trapichea lo que puede dentro de su mísera existencia, el bocadillo del compañero de clase, vende paquetitos de pañuelos a dos euros en los semáforos, roba embutido de extranjis en el súper de la esquina, y ahí va, huyendo de su vida, de una madre irresponsable que ni lo cuida ni se cuida, de un entorno social que ahoga, que no da tregua, que simplemente aniquila todo lo diferente, lo que escapa de lo establecido.

El cuarto largo de Alberto Morais (Valladolid, 1976) es un leve cambio de rumbo en su filmografía, un golpe de timón hacia un cine directo, un cine anclado en la realidad de ahora, en el instante fugaz de la actualidad, de lo de ahora, si bien sigue manteniendo el tono de documento con lo social y lo inmediato que ya tenían sus anteriores trabajos, y la estructura de viaje, retratando el itinerario que siguen sus personajes, pero se desmarca levemente en el tema de la memoria que, estructuraba su filmografía hasta ahora, en la que debutó con Un lugar en el cine (2008), un bellísimo homenaje al cine en el que el director Theo Angelopoulos en compañía de otro insigne realizador, Víctor Erice, viajaban hacía Ostia, playa donde fue asesinado Pasolini, a la que siguió Las olas (2011), en la que un señor viajaba hacia el campo de refugiados de Arguelès-sur-mer después de la muerte de su mujer, y finalmente, Los chicos del puerto (2013), en la un chaval en compañía de sus amigos deambulaban por Valencia con la esperanza de devolver una chaqueta militar a un antiguo compañero de su abuelo fallecido.

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Morais que vuelve a colaborar en labores de escritura con Ignacio Gutiérrez-Solana (con el que escribió Los chicos del puerto), y con Verónica García Navarro (socia-productora) logran hilar un relato marcado por la desilusión, el drama cotidiano y doméstico, donde el ámbito familiar ha sido derrotado, excluido y roto, en el que Miguel deberá subsistir como puede, y donde pueda, con lo que pueda conseguir, se ha convertido en un barco a la deriva, sin cariño, sin amor, sin nadie. Unos encuadres y planos que asfixian a los personajes, que sigue sin descanso a unos seres angustiados, sin futuro, que más que caminar o desplazarse, se mueven porque tienen que hacerlo, sin nada ni nadie que les espere, siempre mirando hacia atrás, en esa continua huida que se ha convertido sus maltrechas vidas, con mochila al hombro y a la carrera, con el miedo de los servicios sociales siempre acechando, en una vida que no es vida, sino alma en pena, perdida y desamparada, en un abandono que duele, que mata, que no debería ser así, pero lo es.

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La fotografía de Diego Dussuel (colaborador de Isaki Lacuesta) consigue atrapar esa luz seca, que encoge el ánimo, que nos penetra en el alama sin nada a lo que agarrarse, y el montaje de Julia Juániz (en muchas películas de Carlos Saura, y en la fascinante El cielo gira, de Mercedes Alvárez) abrupto, de corte limpio, soportando esos planos que pesan, en los que no entra la luz y el aire, que muerden, y el sonido de Daniel Fontrodona, un experto en la materia, consiguiendo ese aroma de la inmediatez, en la que los sonidos invaden todos los lugares y los estados de ánimo de los personajes. Un reparto ajustado en el que cada intérprete apoya la mirada de Miguel (un excelente Javier Mendo, que ha crecido en la pequeña pantalla a través de la serie Los protegidos) una mirada donde se sustenta toda la trama de la cinta, en la que Laia Marull (que aparecía en Las olas) compone una madre sin trabajo, vacía, sin nada, alejada de sí misma, y sobre todo, de su hijo, que contrapone con la aparición de la siempre estimulante Nieve de Medina, como la mujer redentora, dispuesta a ofrecer una mano si hace falta a nuestra criatura indefensa, y la presencia de Ovidiu Crisan dando vida a Bogdan, actor rumano (Rumanía es el país coproductor de la película, junto a Paulo Branco, el reconocidísimo productor de nombres como Wenders, Tanner, etc…, que actúa como productora asociada) de gran presencia física y temperamento, dando vida al ex-amante de la madre.

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Morais ha conseguido una película brillante, de talle delicado, construida a través del abandono, de esa mirada triste, en la que no juzga a sus personajes, sino que los retrata de forma realista, manteniéndose a la distancia prudente de no caer en maniqueísmos ni sentimentalismos de otras producciones. Una película que bebe de la gran tradición del cine británico, desde los tiempos del Free Cinema a los Loach, Frears o Leigh, en retratar los ambientes sociales más complejos y duros, y buena parte de la cinematografía francesa como Truffaut, Pialat, etc… en los que abordan de manera concisa y terrible los problemas a los que se ven sometidos los menores, sin olvidarnos de la fantástica aportación a este terreno de los hermanos Dardenne en el niño de la bicicleta. Cine de gran contenido social, que describe de forma brillante, y necesaria los problemas que nos rodean cada día, en respuesta a los medios y gobernantes de turno que no se detienen ni lo más mínimo en su atención, y cuando lo hacen, lo abordan de una forma simplista y terrible.


<p><a href=»https://vimeo.com/166356815″>TRAILER LA MADRE</a> from <a href=»https://vimeo.com/user15386244″>Olivo Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Regreso a casa, de Zhang Yimou

489857LAS HERIDAS DE LA TIRANÍA.

La cinematografía de Zhang Yimou (1951, Xi’an, China) se dio a conocer internacionalmente en 1988, en el Festival de Berlín, con la película Sorgo rojo, que obtuvo el Oso de Oro. Protagonizada por Gong Li, nos relataba la durísima experiencia de una joven obligada a casarse con un terrateniente en la China rural de los años treinta. La fructífera relación entre ambos dio 5 títulos más: Ju dou (1990), La linterna roja (1991), Qui Ju, una mujer china (1992), ¡Vivir! (1994) y La joya de Shangai (1995), obras de extraordinaria belleza poética, que se caracterizan por desarrollar historias dramáticas, protagonizada por una mujer fuerte y valiente, que se ve inmersa en situaciones hostiles y muy adversas, teniendo todas ellas un marcado carácter político que crítica con dureza al estado opresor. En 1997, el cine de Yimou, rota su colaboración con Gong Li, empieza otra etapa, marcada por Keep Cool, que se centraba en los cambios sociales y económicos de la China contemporánea, le seguirán tres obras (Ni uno menos, El camino a casa y Happy times) protagonizadas por jóvenes adolescentes en las que vuelve a tocar temas ya expuestos en obras anteriores: las complejas relaciones entre los individuos y las dificultades tanto en entornos rurales como urbanos. En el 2002 con Hero, empieza su etapa menos interesante a nivel cinematográfico que, abarcará hasta el 2009, no obstante, todas ellas siguen disfrutando de la extraordinaria capacidad visual de Yimou y su sabiduría en plasmar relatos románticos con fuerza y energía, aunque sus guiones son menos punzantes y más condescendientes, con películas del género “Wu Xia”, de espadachines y caballeros errantes, muy populares en países asiáticos.

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En 2010 con Amor bajo el espino blanco, el cine de Yimou entra en otro campo, en un intento de recuperar el honor perdido, el cine que le hizo ganarse un espacio en el panorama de la cinematografía internacional, que se materializará con la obra Regreso a casa, décimo octavo título en la carrera de Yimou, que además de recuperar a su actriz fetiche, Gong Li (no obstante ya habían trabajado juntos en La maldición de la flor dorada de 2006, pero en un rol y contextos diferentes) en el personaje de una mujer fuerte (como los que protagonizará antaño) que tiene que tirar hacia adelante acarreando con la detención de su marido en plena Revolución Cultural (1966-1976) y criar a su hija, una excelente bailarina que opta a protagonizar una obra que ensalza las virtudes del líder Mao Zedong. Basada en la novela de Yan Geling (adaptada por realizadores chinos de prestigio como Joan Chen y Chen Kaige, y por el propio Yimou en Las flores de la guerra) y contando con el guionista Zou Jinzhi (que ya había colaborado con Yimou en La búsqueda, en la que un hombre emprende un largo viaje para estar cerca de su hijo gravemente enfermo del que lleva años sin saber nada) se adentra en los años de la tiranía de Mao Zedong, en el que todo aquel que se posicionaba en contra de su régimen inhumano era encarcelado y torturado. Yimou nos introduce en un ambiente íntimo a través de la sutileza de las miradas y gestos de sus personajes, que tienen que lidiar con un ambiente muy hostil, en un escenario de apariencias y mentiras, en el que hay que esconderse por miedo a ser delatado por algún camarada político, en unos años de purgas, desaparecidos y sangre.

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El cineasta chino logra recuperar la magia de su cine de antaño, dotando a sus personajes de una complejidad humana, a través de una sencillez conmovedora, además de lograr con enorme talento y sabiduría fundir la cotidianidad de sus criaturas que sobreviven en un contexto histórico terribles, explorando un pasado oscuro de la historia reciente de su país. A pesar de las penurias en las que viven sus personajes, Yimou logra en apenas un par de espacios y alguna que otra localización accidental, componer una obra de gran belleza, consiguiendo envolvernos en esa madeja tanto histórica como cotidiana en la que se mueven el padre, un opositor que debido a su lucha acaba escondiéndose y detenido en campos de trabajo, una mujer, que debido a las largas ausencias y la angustia sufrida acaba perdiendo la cabeza y sufriendo una enfermedad amnésica, y por último, la hija, la joven que olvida sus raíces y delata a su progenitor por miedo a perder la interpretación de su vida, y luego deberá asimilar su pasado familiar y reconciliarse con los suyos.

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Yimou ha vuelto, regresa a su cine, con esa gran dama del cine que es Gong Li, de extraordinaria belleza interpretativa, dotando de sensibilidad a un personaje que ha olvidado, no recuerda, su marido a través de cartas, fotografías y canciones intentará lo imposible,  con este drama de grandísima altura, filmado con sencillez y honestidad, que nos introduce en un tiempo de sombras, terrorífico, en que el estado eliminaba a todo aquel que pensaba diferente. Una obra sobre la voluntad humana, sobre la infinita paciencia, y capacidad inventiva de los seres humanos, y el trabajo emocional diario para reconstruir a alguien a recordar y ser quién era, una película sobre la identidad, la capacidad de los seres humanos por seguir hacia adelante, a pesar de los horrores que hayan sufrido o les haya tocado vivir. Una película excelente, que nos habla sobre la importancia de la memoria tanto histórica de un país como la personal, de cuidar lo que somos, de dónde venimos, y hacía adónde vamos, de reconstruirnos constantemente, y sobre todo, nunca perder la fe en nosotros mismos, independientemente de las situaciones adversas que tengamos que soportar. Yimou se destapa con una historia de extraordinaria humanidad que, encierra entre sus cimientos una de las historias de amor más bonitas y sensibles del cine de los últimos tiempos, a la altura de aquella que padecieron Lara y el Dr. Zhivago en medio del caos, la desesperanza y el terror, en el relato de Yimou, Lu Yanshi y su esposa, Feng Wanyu, deberán volver hacia atrás para seguir en pie y adelante, recuperar lo olvidado para volver a sentirse personas y seguir creyendo en ellos y en el amor que sienten.

Corazón gigante, de Dagur Kári

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Fúsi es enorme y tiene sobrepeso, ha pasado de los 40, pero todavía vive con su madre sobreprotectora. Trabaja en el aeropuerto transportando el equipaje, y soporta las humillaciones de sus compañeros, en sus ratos libres colecciona muñecos bélicos, juega con su vecina de 8 años, y cree ser un general en las simulaciones de batallas de la Segunda Guerra mundial que disputa con un vecino. Todas las noches conduce su automóvil hasta el puerto, y llama a la radio para que le dediquen un tema de rock. Y así, de esta manera tranquila y cotidiana pasa su existencia. Su madre, que se ha echado novio, le regala para su cumpleaños un curso de baile country, en el que conoce a Sjöfn, una mujer desorientada y falta de cariño. Bajo esta premisa y decorado, el director y músico Dagur Kári (1973, Francia), que estudió cine en Dinamarca, donde reside, y creció en Islandia, ha elegido estos antecedentes para contarnos su segundo trabajo, un relato sencillo, humanista y sensible.

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La película sigue la peripecia de este hombre corriente, reservado y silencioso, pero de enorme bondad y sentido del humor. Alguien diferente a los demás, en parte por su gran tamaño, y su carácter. Un ser que se ha encerrado en sí mismo, que le cuesta encajar, y cambiar su forma de vida. Kári ha construido una bellísima y emocionante comedia romántica, a base de detalles y elementos cotidianos, que escapa del tono sentimentalista y condescendiente de otras del mismo género, aquí nadie tiene éxito profesional ni belleza física, los personajes son seres cotidianos que nos podemos cruzar a diario, no destacan, ni lo pretenden, son gente que vive en barrios obreros, que intentan comprender a los demás y sobre todo, así mismos. El paisaje islandés hivernal y oscuro por el que se mueven los personajes, también ayuda a esa idea de película diferente, que camina por otros escenarios, el entorno es duro y frío, y el carácter nórdico, de pocas palabras, dibuja una narración apoyada en las miradas y silencios. Una cinta que explica su historia de manera tranquila, sin aspavientos ni salidas de tono, todo sucede de forma serena, construyendo las situaciones con tacto y sensibilidad, sumergiéndonos en la mirada inocente y cálida de Fúsi, ese gigante de gran corazón que protagoniza esta fábula moderna, algo así como una especie de Frankenstein o Qausimodo actual, seres que ante la intolerancia y la amenaza de los demás, debían esconderse y vivir entre las sombras, ocultos de todos.

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Kári nos habla de las dificultades que tenemos los seres humanos de aceptarnos a nosotros mismos, y relacionarnos con los demás, de nuestros miedos e inseguridades, de todo aquello que nos atenaza y acobarda. El realizador, danés de acogida, edifica una narración a base de tomas cortas, de planos cercanos, en sitios cerrados, en su totalidad, y la noche, como testigo, en la que crea esa intimidad necesaria y cercana, en la que entendemos a un personaje acomodado en el nido, que tarde o temprano, deberá volar hacía otros lugares, y librar sus propias batallas. Un grandullón que acaba conquistándonos desde lo más íntimo, casi sin pretenderlo, mostrándose como es, sin hacer nada más, en la que la extraordinaria interpretación y fisionomía de Gunnar Jónsson (cómico islandés de gran éxito) hace el resto. Estamos ante una comedia de “chico conoce chica”, y se enamoran, pero contada y filmada de otra manera, como se filmaban antes, más cercana a las comedias de Capra o Wilder, aquellas en las que los protagonistas eran poco agraciados, tenían trabajos de medio pelo, vivían en apartamentos compartidos y ruidosos, y no siempre, y para colmo de males, se acababan enamorándose de la chica que quería a otro, o simplemente, no los quería a ellos.

Reina Cristina, la mujer que fue Rey, de Mika Kaurismäki

reina_cristina-cartel-6712UN CORAZóN INDOMABLE.

El arranque de la película nos introduce de manera sutil y tenebrosa en el espíritu que transitaba en la Suecia del primer tercio del siglo XVII, un mundo lleno de caos, guerras y destrucción. Vemos a la futura reina Cristina, cuando apenas es una niña de 6 años, obligada por una madre de carácter fiero y trastornada, a besar el cadáver de su padre difunto, el rey Gustavo Adolfo II, que su madre sigue tratando como si estuviera vivo. Después de aquello, Cristina es nombrada heredera y trasladada al castillo para seguir su educación, bajo el amparo de la iglesia luterana. A los 18 años, es nombrada reina. El director Mika Kaurismäki (1955, Ormattila, Finlandia) – empezó su carrera junto a su hermano, el también director Aki, pero a comienzos de los 90 los dos hermanos separaron sus caminos, Mika se instaló en Brasil, donde ha seguido dirigiendo películas documentales, y dirigiendo en otros lugares, donde se ha labrado una interesante filmografía -.

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Kaurismäki, que ha necesitado de una década para levantar el proyecto, encontró en la figura de Michel Marc Bouchard (escritor quebequés de gran éxito, que también ha escrito para Xavier Dolan, y su obra Cristina, la reina hombre, de gran éxito en Canadá en 2012, y posteriormente, traducida al inglés en 2014) el vehículo perfecto para acercarse a la figura de la Reina Cristina. Un enorme esfuerzo de producción que ha agrupado a compañías de cuatro países como Finlandia, Canadá, Alemania y Suecia, y un rodaje de 40 días realizado en el sudoeste de Finlandia, y en la región de Bavaria en Alemania, para contar una película de época, cuidada hasta el más mínimo de los detalles, que huye de obras ambientadas en ese marco, aquí no hay heroísmos ni grandes discursos, ni la épica de grandes batallas y conquistas, la cinta viaja por otros derroteros, se centra en los personajes, empezando por la Reina Cristina, una mujer educada como un varón, ejecutiva, contradictoria, excéntrica y solitaria, que tiene que lidiar con su país, enfrascado en una guerra, llamada de los 30 años, entre católicos y protestantes, que la Reina quiere zanjar, y las continuas conspiraciones que le acechan. Una mujer adelantada a su tiempo, que tuvo que elegir entre la pasión y la razón, moderna, de espíritu libre, que lucha a espada con todos sus enemigos para modernizar su país del oscurantismo de la religión, dotando a su país de ideas nuevas, basadas en las ciencias y artes.

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Kaurismäki centra su relato en la Reina Cristina, en su mirada y sus gestos, su manera de moverse y ocupar la secuencia, una mujer que se mueve en un mundo dominado por hombres, que se enfrentará a todos y a ella misma, para ser la persona que quiere ser, y amar a quién desea, como su amor por la Condesa Ebba Sparre, a la que hace dama de compañía, y compañera de lecho, una relación oculta, y llena de deseo y pasión, que la llevará a múltiples problemas y conflictos, elegir entre su pueblo y ella, entre lo que uno siente, y lo que los demás desean. La amistad con el filósofo René Descartes le guiará a abrir su mente, a decidir por ella misma, abandonando la voluntad de Dios, y aceptar que más allá de las murallas de su reino y su vida, hay un mundo de saber y conocimiento que la espera a ser conquistado. Una película arrolladora, de excelente concepción formal, de narración enérgica, con personajes complejos y pasionales (como el canciller, aliado de la Reina), o los hombres que quieren conquistar el corazón solitario e independiente de la monarca, o la figura de la madre, que odia a su hija). Excepcional el trabajo de todo el elenco (en la que destaca la figura de Malin Buska, que interpreta con sabiduría y temple a la inquieta y confusa Reina). Una cinta de bellísima y fría luz obra de Gy Dufaux (cinematógrafo de Dennys Arcand, entre otros), que desde un tiempo pasado, aquel 1632, edifica las relaciones y lazos con la historia actual, con sus intrigas, conspiraciones y enfrentamientos políticos, en la que un mundo antiguo se niega a desaparecer y luchará para no hacerlo, enfrentado a otro, uno moderno que avanza sin cesar, a pesar de los obstáculos, para iniciar otro camino, provocando un cambio en la manera de pensar, dotado de una naturaleza más abierta, humana y honesta.

Entrevista a Clara Roquet

Entrevista a Clara Roquet, directora de «El adiós». El encuentro tuvo lugar el viernes 8 de enero de 2016, en el Parc de la Ciutadella de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Clara Roquet, por su tiempo, generosidad y cariño, a la gente de Lastor Media, por su paciencia, amabilidad y simpatía, y a una joven desconocida que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

El adiós, de Cara Roquet

350xeng_el_adios-cartell_50x70_[1]LA DIGNIDAD DEL OTRO.

En Diario de una camarera (1963), de Luis Buñuel, la joven Célestine llegaba a la casa señorial de los Montiel, unos nobles de provincia, en el que el genio aragonés utilizaba para criticar con enorme fiereza la miseria y decadencia de la burguesía provinciana. La joven Clara Roquet (1988, Malla, Vic, Barcelona) coguionista de 10.000 KM, debuta en la dirección con este sutil y enorme trabajo que nos habla, casi a susurros, de las relaciones entre criados y señores. Ya desde su arranque, con ese leve movimiento de cámara que se va acercando a la sirvienta que duerme, cuando el toque de una campana y el ladrido de un perro la despiertan, la directora deja claro sus motivaciones y nos muestra quién nos contará la historia. La trama es muy sencilla, se inicia con el fallecimiento de Ángela, la abuela, y las horas que le siguen al ritual de la despedida, la visita de amigos y familiares que viene a velar el cadáver, y luego el posterior funeral, que sabiamente Roquet no mostrará, y finalmente, la comida que se celebrará en la casa.

La cineasta muestra sutilmente y con una esmerada sobriedad todos los espacios y objetos de la residencia, donde se desarrollará la acción, construye su relato en ese paisaje doméstico de tonos oscuros y rendijas de luz, y sobre todo, a través del personaje de Rosana, la que obedece, Júlia, la niña inquieta con la que Rosana mantiene una relación más cercana, y finalmente, Mercè, la heredera y nueva señora, con ese carácter firme y serio, que impone sus reglas y mantiene la distancia de poder con Rosana. Roquet juega con el espacio y las no relaciones que se van sucediendo, la ritualidad de la muerte por parte de la criada, que al tratarse de origen latinoamericana, tiene una cercanía especial con el fallecido, que choca con el tabú de la muerte en la sociedad occidental, en la que todo se hace de otro modo, manteniendo las formas y distanciándose. Roquet consigue encerrarnos en ese lugar en el que las cuidadoras acaban conociendo el alma de los que cuidan, sabiendo quienes eran y sus deseos más profundos, como que vestido querían llevar cuando falleciesen.

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El adiós nos habla de forma acogedora y siniestra las relaciones de amos y criados, de una sociedad miserable y clasista que trata a los seres humanos según su posición económica, convirtiéndolos en meros sujetos que se les paga para que hagan su trabajo efectivo, rápido y silencioso. La cinta está edificada a través de planos medios y cercanos, que muestran lo que ocurre, sin enfatizar ninguna acción, mostrándose a la distancia correcta para que los espectadores sintamos lo que sienten los personajes, pero sin caer en ningún sentimentalismo que rompería la sobriedad formal impuesta. Un relato que invade de miradas y silencios todo aquello que se piensa y no se dice, todo lo que nos atrapa y nos desbarata, pero que nos callamos y guardamos. La sutil y acogedora interpretación de la debutante Jenny Ríos, es otro de los elementos que consiguen acercarnos lo que se nos cuenta de forma equilibrada y contenida. Habrá que seguir la pista de Clara Roquet que, en su primer trabajo detrás de las cámaras, leve y preciso, apenas un cuarto de hora, nos conmueve con la sutilidad y la sobriedad de una mirada que se acerca con fragilidad y contundencia a las relaciones afectivas cotidianas que brotan en cada espacio entre los que son sin pretenderlo, y los que pretenden ser.

 


<p><a href=»https://vimeo.com/134668086″>TRAILER EL ADIOS</a> from <a href=»https://vimeo.com/user14831798″>Clara Roquet Autonell</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Gemma Ferraté

Entrevista a Gemma Ferraté, directora de «Tots els camins de Déu». El encuentro tuvo lugar el jueves 3 de marzo de 2015, en la Plaza Gutenberg, en el Campus UPF, de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gemma Ferraté, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Eva Herrero de MadAvenue, por su paciencia, amabilidad y cariño, al Cine Zumzeig y a su equipo, por confiar en la película y proyectarla en su sala, y a Guillem Costas, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra la publicación.

 

Tots els camins de Déu, de Gemma Ferraté

Todos_los_caminos_de_Dios-909685323-largeEL AZOTE DE LA CULPA.

“Després de traïr al seu millor amic per trenta monedes de plata, Judes va voler tornar la recompensa i entregar-se enlloc de Jesús. Els clergues i els liders no ho van permetre. Llavors va fugir , i es va penjar”

(Mateu, 27:3-5)

Al amanecer, en una playa con el mar violento y amenazador, camina derrotado y a golpes, un joven que mira hacia el mar con rabia y frustración, se arrodilla y recoge treinta monedas de plata esparcidas por la arena. Se levanta con dificultad y emprende su camino, sin rumbo fijo, moviéndose entre penumbras, como el deambular de un fantasma. La primera película de Gemma Ferraté (1983, Barcelona) – que, despuntó con la obra colectiva Puzzled Love (2011), presentada en el Festival de San Sebastián, y la pieza Limón y chocolate (2013), trabajo de final de carrera en la ESCAC- es una obra arriesgada, sumamente libre y profunda, nacida de su empeño personal y el riesgo del colectivo Niu d’Indi (los responsables de la fascinante y brutal El llarg camí per tornar a casa, de Sergi Pérez) que, gracias a la colaboración de todo el equipo y mediante el crowfunding, consiguieron levantar una producción modesta y sencilla, pero de planteamientos artísticos personales y ambiciosos.

La realizadora imagina los tres días siguientes de un personaje icónico de la historia de la humanidad, Judas Escariote, después de traicionar a Jesús. Tres jornadas en las que la culpa lo avasallará sin medida, en el que se moverá por inercia, sin humanidad, sin consuelo, corrompido por la acción que ha hecho, herido en el alma, sin escapatoria de sí mismo, encerrado en la inmensidad de un bosque frondoso que lo atrapa como a un condenado. Ferraté ha planteado una película honesta y visual, sobre el alma de su personaje moribundo azotado por el dolor y la culpa, lo que hierve en su interior, como arrastra una acción que le produce un dolor sangrante difícil de asumir y superar. Un animal herido y perdido que viaja hacia el abismo. En su itinerario se cruzará con otro joven que lo acompañará, alguien en quien reflejarse, alguien con quien arrastrar y compartir su pena, alguien que le escuche o pueda sentir su aliento, o que simplemente camine a su lado. La cámara los sigue imperturbable, los escruta sin descanso, agobiándoles, sintiéndolos, y siendo su sombra, esa oscuridad que los atraviesa y los juzga sin tregua, muy al estilo de Béla Tarr, Gus Van Sant, y el Tropical malady, de Weerasethakul.

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El bosque actúa como un paisaje encerrado, sin escapatoria, un espacio en el que no vemos lo de fuera, nos atrapa, y nos envuelve en su madeja de locura y culpa. Ferraté nos sumerge en un espacio onírico, de sueño, donde seguimos el caminar de esta alma perdida, sin consuelo, acercándonos de modo significativo a su alma arrepentida, que grita desesperanzada un aliento de redención y salvación. Escuchamos la naturaleza, el crujir de las plantas, el deslizamiento de la hierba, el sonido del agua (bellísima y catalizadora la secuencia del baño, donde la comunión entre naturaleza y hombre, emerge manifestando el amor y la amistad que acaba fundiéndose en uno sólo, en unos encuadres de profunda plasticidad y montaje enérgico). Una obra de ínfimos diálogos, construida a través de los silencios y las miradas que llenan toda la pantalla. Una obra breve y concisa (70 minutos), llena de aristas emocionales, de este descenso a los infernos, en las que la culpa y el dolor se mostrarán en toda su negrura y oscuridad, en la que seremos testigos de una alma perdida y rota, sin más consuelo que su sombra desdibujada y corrupta, que clama al cielo redimirse de su mortal error.


<p><a href=»https://vimeo.com/62424476″>Tots els camins de D&eacute;u [All the ways of God] – Film Trailer</a> from <a href=»https://vimeo.com/niudindi»>Niu d’Indi</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Nahid, de Idah Panahandeh

Poster Nahid 70x100.aiSER MUJER EN IRÁN.

La mayor parte de la potente e interesante cinematografía iraní que llega a nuestras pantallas, se ha especializado en retratar las dificultades sociales, económicas, políticas y culturales que padecen sus habitantes en un estado regido por leyes extremadamente tradicionales y patriarcales. Muchos de esos cineastas han focalizado sus películas en retratar a las mujeres, las más perjudicadas por las imposiciones estatales. Desde Kiarostami en Ten (2002) o Shirin (2008), Panahi en El espejo (1997) o Offside (2005), Samira Makhmalbaf en La manzana (1998) o A las cinco de la tarde (2003), o Asghar Fahardi en A propósito de Elly (2009) o Nader y Simin, una separación (2011), han sabido extraer la parte sociológica y emocional de estas mujeres que se ven inmersas en situaciones dolorosas y terribles por reivindicar su feminidad e independencia.

La debutante Ida Panahandeh (1979, Teherán, Irán) – que lleva desde el 2005 realizando cortometrajes, documentales y tv movies, retratando a las mujeres y sus dificultades vitales y cotidianas – coge el testigo de sus otros colegas iranís para sumergirse en Nahid, una mujer que vive al norte de Irán, y se enamora por primera vez de Masoud, un apuesto maduro que regenta un hotel a las orillas del Mar Caspio. La intención de la pareja es contraer matrimonio, pero Nahid, cuando se divorció de Ahmad, una bala perdida que le hace la vida imposible, acordó mantener la custodia de su hijo si no volvía a casarse. Ante este difícil conflicto, la pareja opta por un matrimonio temporal, que aunque no está prohibido por la ley, lleva a Nahid a un laberinto sin salida donde deberá enfrentarse a su entorno familiar que rechaza su decisión. Panahandeh, con la ayuda de su coguionista, Arsalan Amiri, construye una película fría y gris, filmada durante el otoño, en una ciudad pequeña y austera, sumergiendo a sus personajes en existencias tristes y solitarias, donde emerge la mirada de Nahid, plagada de detalles y gestos, dotada de una profundidad que inquieta y conmueve. El conflicto kafkiano en el que se verá sometida diariamente hará mella en su interior, los problemas injustos e inhumanos que, no sólo la somete el estado, sino también su familia, la dejará en un callejón oscuro de difícil salida. Panahandeh huye del drama panfletario y paternalista, se interesa por el drama humano en el que se ven esclavizadas muchas mujeres iraníes que no les dejan llevar una vida en libertad e independiente.

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Un relato social, pero también profundo y humanista, que nos descubre a una mujer valiente y fuerte que deberá luchar para ser ella misma, en una sociedad represiva y dictatorial, y en continua amenaza, como ese mar violento que mira cuando se ve con su amante a escondidas. Nahid es una mujer joven, que además de tener que lidiar con un hijo rebelde y difícil, tiene que soportar a su ex, un adicto al juego de vida oscura, y además, enfrentarse al rechazo de una familia que la juzga y la encierra. Su única ilusión es mantener la custodia de su hijo y comenzar una nueva vida con Masoud, el hombre que la escucha y trata como una mujer y, sobre todo, como una persona libre, independiente y feliz. Queda patente el esfuerzo de Panahandeh en encauzar todos sus elementos narrativos, y construir una trama que va in crescendo, con planos cortos y cerrados en su mayoría, donde imprime esa angustia y vacío que siente su protagonista, que Sareh Bayat interpreta llena de matices creando una composición maravillosa y entregada (que muchos recordarán por su personaje de Razié en Nader y Simin, papel que desencadenaba el conflicto y le valió el reconocimiento en el Festival de Berlín) componiendo un personaje cimentado a través de sus miradas y silencios, convirtiéndose en uno de los grandes aciertos de este drama emocional, de vocación realista, donde un mujer de hoy tiene que enfrentarse a todos y todo, por su maternidad, y el amor que siente por el hombre que la ama.