Entrevista a Gemma Ferraté, directora de «Tots els camins de Déu». El encuentro tuvo lugar el jueves 3 de marzo de 2015, en la Plaza Gutenberg, en el Campus UPF, de Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gemma Ferraté, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Eva Herrero de MadAvenue, por su paciencia, amabilidad y cariño, al Cine Zumzeig y a su equipo, por confiar en la película y proyectarla en su sala, y a Guillem Costas, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra la publicación.
“Després de traïr al seu millor amic per trenta monedes de plata, Judes va voler tornar la recompensa i entregar-se enlloc de Jesús. Els clergues i els liders no ho van permetre. Llavors va fugir , i es va penjar”
(Mateu, 27:3-5)
Al amanecer, en una playa con el mar violento y amenazador, camina derrotado y a golpes, un joven que mira hacia el mar con rabia y frustración, se arrodilla y recoge treinta monedas de plata esparcidas por la arena. Se levanta con dificultad y emprende su camino, sin rumbo fijo, moviéndose entre penumbras, como el deambular de un fantasma. La primera película de Gemma Ferraté (1983, Barcelona) – que, despuntó con la obra colectiva Puzzled Love (2011), presentada en el Festival de San Sebastián, y la pieza Limón y chocolate (2013), trabajo de final de carrera en la ESCAC- es una obra arriesgada, sumamente libre y profunda, nacida de su empeño personal y el riesgo del colectivo Niu d’Indi (los responsables de la fascinante y brutal El llarg camí per tornar a casa, de Sergi Pérez) que, gracias a la colaboración de todo el equipo y mediante el crowfunding, consiguieron levantar una producción modesta y sencilla, pero de planteamientos artísticos personales y ambiciosos.
La realizadora imagina los tres días siguientes de un personaje icónico de la historia de la humanidad, Judas Escariote, después de traicionar a Jesús. Tres jornadas en las que la culpa lo avasallará sin medida, en el que se moverá por inercia, sin humanidad, sin consuelo, corrompido por la acción que ha hecho, herido en el alma, sin escapatoria de sí mismo, encerrado en la inmensidad de un bosque frondoso que lo atrapa como a un condenado. Ferraté ha planteado una película honesta y visual, sobre el alma de su personaje moribundo azotado por el dolor y la culpa, lo que hierve en su interior, como arrastra una acción que le produce un dolor sangrante difícil de asumir y superar. Un animal herido y perdido que viaja hacia el abismo. En su itinerario se cruzará con otro joven que lo acompañará, alguien en quien reflejarse, alguien con quien arrastrar y compartir su pena, alguien que le escuche o pueda sentir su aliento, o que simplemente camine a su lado. La cámara los sigue imperturbable, los escruta sin descanso, agobiándoles, sintiéndolos, y siendo su sombra, esa oscuridad que los atraviesa y los juzga sin tregua, muy al estilo de Béla Tarr, Gus Van Sant, y el Tropical malady, de Weerasethakul.
El bosque actúa como un paisaje encerrado, sin escapatoria, un espacio en el que no vemos lo de fuera, nos atrapa, y nos envuelve en su madeja de locura y culpa. Ferraté nos sumerge en un espacio onírico, de sueño, donde seguimos el caminar de esta alma perdida, sin consuelo, acercándonos de modo significativo a su alma arrepentida, que grita desesperanzada un aliento de redención y salvación. Escuchamos la naturaleza, el crujir de las plantas, el deslizamiento de la hierba, el sonido del agua (bellísima y catalizadora la secuencia del baño, donde la comunión entre naturaleza y hombre, emerge manifestando el amor y la amistad que acaba fundiéndose en uno sólo, en unos encuadres de profunda plasticidad y montaje enérgico). Una obra de ínfimos diálogos, construida a través de los silencios y las miradas que llenan toda la pantalla. Una obra breve y concisa (70 minutos), llena de aristas emocionales, de este descenso a los infernos, en las que la culpa y el dolor se mostrarán en toda su negrura y oscuridad, en la que seremos testigos de una alma perdida y rota, sin más consuelo que su sombra desdibujada y corrupta, que clama al cielo redimirse de su mortal error.
<p><a href=»https://vimeo.com/62424476″>Tots els camins de Déu [All the ways of God] – Film Trailer</a> from <a href=»https://vimeo.com/niudindi»>Niu d’Indi</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
La mayor parte de la potente e interesante cinematografía iraní que llega a nuestras pantallas, se ha especializado en retratar las dificultades sociales, económicas, políticas y culturales que padecen sus habitantes en un estado regido por leyes extremadamente tradicionales y patriarcales. Muchos de esos cineastas han focalizado sus películas en retratar a las mujeres, las más perjudicadas por las imposiciones estatales. Desde Kiarostami en Ten (2002) o Shirin (2008), Panahi en El espejo (1997) o Offside (2005), Samira Makhmalbaf en La manzana (1998) o A las cinco de la tarde (2003), o Asghar Fahardi en A propósito de Elly (2009) o Nader y Simin, una separación (2011), han sabido extraer la parte sociológica y emocional de estas mujeres que se ven inmersas en situaciones dolorosas y terribles por reivindicar su feminidad e independencia.
La debutante Ida Panahandeh (1979, Teherán, Irán) – que lleva desde el 2005 realizando cortometrajes, documentales y tv movies, retratando a las mujeres y sus dificultades vitales y cotidianas – coge el testigo de sus otros colegas iranís para sumergirse en Nahid, una mujer que vive al norte de Irán, y se enamora por primera vez de Masoud, un apuesto maduro que regenta un hotel a las orillas del Mar Caspio. La intención de la pareja es contraer matrimonio, pero Nahid, cuando se divorció de Ahmad, una bala perdida que le hace la vida imposible, acordó mantener la custodia de su hijo si no volvía a casarse. Ante este difícil conflicto, la pareja opta por un matrimonio temporal, que aunque no está prohibido por la ley, lleva a Nahid a un laberinto sin salida donde deberá enfrentarse a su entorno familiar que rechaza su decisión. Panahandeh, con la ayuda de su coguionista, Arsalan Amiri, construye una película fría y gris, filmada durante el otoño, en una ciudad pequeña y austera, sumergiendo a sus personajes en existencias tristes y solitarias, donde emerge la mirada de Nahid, plagada de detalles y gestos, dotada de una profundidad que inquieta y conmueve. El conflicto kafkiano en el que se verá sometida diariamente hará mella en su interior, los problemas injustos e inhumanos que, no sólo la somete el estado, sino también su familia, la dejará en un callejón oscuro de difícil salida. Panahandeh huye del drama panfletario y paternalista, se interesa por el drama humano en el que se ven esclavizadas muchas mujeres iraníes que no les dejan llevar una vida en libertad e independiente.
Un relato social, pero también profundo y humanista, que nos descubre a una mujer valiente y fuerte que deberá luchar para ser ella misma, en una sociedad represiva y dictatorial, y en continua amenaza, como ese mar violento que mira cuando se ve con su amante a escondidas. Nahid es una mujer joven, que además de tener que lidiar con un hijo rebelde y difícil, tiene que soportar a su ex, un adicto al juego de vida oscura, y además, enfrentarse al rechazo de una familia que la juzga y la encierra. Su única ilusión es mantener la custodia de su hijo y comenzar una nueva vida con Masoud, el hombre que la escucha y trata como una mujer y, sobre todo, como una persona libre, independiente y feliz. Queda patente el esfuerzo de Panahandeh en encauzar todos sus elementos narrativos, y construir una trama que va in crescendo, con planos cortos y cerrados en su mayoría, donde imprime esa angustia y vacío que siente su protagonista, que Sareh Bayat interpreta llena de matices creando una composición maravillosa y entregada (que muchos recordarán por su personaje de Razié en Nader y Simin, papel que desencadenaba el conflicto y le valió el reconocimiento en el Festival de Berlín) componiendo un personaje cimentado a través de sus miradas y silencios, convirtiéndose en uno de los grandes aciertos de este drama emocional, de vocación realista, donde un mujer de hoy tiene que enfrentarse a todos y todo, por su maternidad, y el amor que siente por el hombre que la ama.
El tándem formado por José Corbacho (1965, Hospitalet de Llobregat) y Juan Cruz (1966, Barcelona), nacidos en el seno de la productora televisiva El Terrat, han labrado una filmografía de películas estimables e interesantes, en las que a través de retratos intimistas y cotidianos, mezclaban con acierto la comedia y el drama, tomaban el pulso de las gentes de barrio, y las dificultades y alegrías en las que se enfrentaban en su deambular diario, con el denominador común de la ciudad colindante, obrera y emigrante de Hospitalet. En su debut, Tapas (2005), se centraban en la variopinta parroquia de seres que se reunían en un bar, todo contado con una frescura y encanto, en su segunda película, Cobardes, rodada tres años después, siguiendo la misma línea que la anterior, ahora el protagonismo se lo llevaba un joven acosado en el instituto, el tono era más social y dramático, pero seguían manteniendo el pulso de la descripción de personajes y el pulso del barrio. Un año después, dieron el salto al medio televisivo, la apuesta era Pelotas, de la que hicieron un par de temporadas, el protagonismo se lo llevaban unos personajes de barrio que se alegraban y enfadaban por culpa de un equipo de fútbol de regional, todo contado a través de esa comedia social con tintes dramáticos.
En su tercera película, han cambiado de rumbo, quizás mantienen el espíritu de alguno de sus personajes de barrio, pero ahora cambian de escenario, meten a sus criaturas a bordo de un tren que despega de Barcelona con destino a Madrid la noche de fin de año. En un momento del viaje, en mitad de la nada, la línea se queda sin tensión y el tren se detiene. A partir de ese instante, empezaremos a conocer a sus variopintos y extremos personajes: su tripulación, un maquinista obsesionado con su padre y el orden, un subalterno, simpático y enamorado de la chica de la cafetería, que anda muy perdida con ganas de salir corriendo, también, tenemos a un cargo público que huye junto a su amante, una pirada escolta, con un maletín lleno de dinero, una pareja que se morrean, él, psicótico y ella, japonesa, un modernillo enfermo de las nuevas tecnologías, un árabe con un bulto sospechoso, un joven matrimonio, él, obsesivo del móvil y tonto de capirote, y ella, de carácter y a punto de dar a luz, una atractiva sola y borracha, y para rematar el cuadro, una pareja de abuelos, que el marido se quedará fiambre.
Con este panorama, el intento de los directores es evidente, plantear una suerte de comedia disparatada, llena de situaciones rocambolescas, y cargas de tensión donde las horas que van pasando con el tren detenido, harán aumentar el nerviosismo de los personajes y la locura se irá apoderando de las relaciones y desencuentros que se van generando. La intención de hacer una comedia de lo disparatado de la realidad social del país tiene su gracia, aunque aquí, no acaba de funcionar, el mejunje es demasiado extremo, y no hace ni pizca de gracia, carece de complicidad con el espectador, unas situaciones demasiado rebuscadas que no acaban de implicar la necesaria empatía con los personajes, un microcosmos estereotipado que no cuaja y además se tiene la sensación que cada uno de los personajes está representado algo o alguien. Parece un humor de antes, trasnochado, que ya no cala en los espectadores, y para acabar de adobar todo el contenido, nos presentan unas entrevistas que aluden a lo ocurrido esa noche en el tren, que no encajan en la trama, y además rompen el ritmo que pretenden imponer en la historia. Ni el buen hacer del magnífico plantel de intérpretes salva la función. Recuerda en tono y situaciones a Los amantes pasajeros, de Almodóvar. Deseemos que Corbacho y Cruz vuelvan a su universo, a su barrio, que tan buenos resultados les había dado, a esos héroes cotidianos que trabajan duro por traer un trozo de pan a casa, de la cervecita del bar, el súper de la esquina, en el retrato de esas gentes humildes que tiran pa’lante con su vida como pueden junto a sus amigos y familia.
Entrevista a Montse Germán, actriz de «Sonata para Violonchelo». El encuentro tuvo lugar el viernes 20 de noviembre de 2015, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Montse Germán, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Eva Calleja de Prismaideas, por su paciencia, amabilidad y cariño, y a Diana Toucedo, montadora de la película, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.
La película arranca de forma brutal y terrorífica, vemos a la protagonista, Julia Fortuny mirándose al espejo, desencajada y perdida, se toma unas pastillas para acabar con su vida, en un intento de abandonar y romper con todo. Anna M. Bofarull (Tarragona, 1979) debuta en la ficción, ya había trabajado en algunos documentales, entre ellos Hammada (2011), donde realizaba una exploración personal y humana de los refugiados saharauis, y también colaboradora con Isaki Lacuesta en La noche que no acaba (2010). Ahora, partiendo de una vivencia personal (su madre padece fibromialgia) se enfrenta a una historia durísima y emocionante a la vez. Nos muestra la vida de Julia Fortuny, una mujer atractiva y elegante entrada en los 40, y violonchelista de éxito. Una mujer que ha dejado todo aquello que le apartaba de su pasión, la música, por la que vive, sufre y desea. Después de un tiempo de padecer dolores y sin conseguir un diagnóstico médico, un doctor le comunica que tiene fibromialgia. A partir de ese instante, Julia tiene que lidiar con los fuertes dolores de sus extremidades, y su único fin es seguir interpretando con su instrumento los conciertos que tiene comprometidos y seguir con sus clases de profesora.
Julia es una mujer dura, de fuerte carácter que se ve inmersa en una lucha difícil y constante por continuar con su vida. Julia es amante de la soledad y de su música, aunque también se relaciona con otras personas de manera mecánica y frugal, con Abel, un joven alumno con el que se acuesta alguna vez por pasar el rato, Rovira, su agente, que actúa como su hermano mayor, y su familia, una madre enferma que parece vivir en otro mundo, un padre, que le recrimina su actitud, y una hija, Carla, a la que lleva mucho tiempo sin decirle que la quiere. Bofarull nos cuenta la película a fuego lento, nos va descubriendo sus aristas y personajes, como se relacionan y que guardan en su interior, nos sumerge en este viaje al abismo, a lo más profundo del alma de cada uno, a ser testigos de cómo una alma herida que no cesará de luchar contra ese enfermedad que la aparta de su música, de ella misma. Un personaje que comparte las huellas de los personajes femeninos de Bergman, esas mujeres fuertes pero inmersas en un combate personal que las lleva a sufrir hasta el punto de hacerse daño, y al borde la locura. Una película seca, donde nos cuentan el dolor y el sufrimiento de alguien que no quiere reconocerse, ni con ella ni sobre todo, con los demás, alguien que ha decidido su vida, y la ha vivido a su manera, alejada de lo emocional, sólo destapando sus emociones a través de la música, su verdadero amor, que escucha en cualquier instante. Bofarull nos conduce por varios escenarios, que filma de manera distante y fría, hubiera sido muy fácil caer en esa sensiblería que encaran muchos films a la hora de mostrar la dureza de los enfermos, Bofarull se mantiene en su sitio, su sobriedad encoge el alma, y además emociona de manera sutil y nos envuelve de forma cadenciosa, siendo testigos del declive que va padeciendo la protagonista. Esos ambientes helados, tantos físicos como emocionales, nos describen un mundo a punto de derrumbarse, bajo esa capa de sofisticación y éxito que aparenta Julia, se esconde alguien sólo, muerto de sentimientos, que deberá empezar de nuevo o cambiar el camino para no sentirse sola.
La ambientación de Sebastian Vogler (autor de Història de la meva mort o Stella Cadente, entre otras), la luz tenue de Àlex Font, sin olvidarnos de la absoluta protagonista de la película, la música, que ambienta y explora las emociones que brotan como un cuchillo, y complejas de Julia, y esa composición de Dvoràk, que se convierte en la ruta dolorosa y sufrible en el que se inmiscuye la protagonista para convencerse a sí misma que con su esfuerzo y trabajo, como ha hecho siempre, volverá a conseguir su objetivo, aunque esta vez, tendrá que luchar contra un enemigo mayor, ella misma, que no cejará en su propósito, un combate durísimo que nos devuelve al cine de Kieslowski, Haneke o Ulrich, cineastas que han sabido explorar los miedos y la oscuridad de las almas humanos en febril guerra con ellas, y contra todos. Unos intérpretes bien dibujados que componen un microcosmos sencillo y complicado a la vez, en los que sobresale la magnífica interpretación de Montse Germán, que ya habíamos visto en obras de gran mérito, Ficció, en cine, o Germanes, en teatro. Una maravillosa actriz, en uno de sus mejores trabajos hasta la fecha, que consigue de forma sutil, sobria y cercana transformar una estatua fría que sólo ama su música, en otra que, poco a poco, deberá acercarse a ella misma, y de paso liberarse, entender y comprender al otro, a aquellos que le rodean, aunque sea por una vez, que en su caso ya sería mucho. Bofarull que ha levantado el proyecto con su medios y con muchísimo esfuerzo y trabajo, ha parido una película durísima, atroz y muy física, aunque cargada de emociones y belleza, y sobre todo, con una mirada cercana, realista y humana a una enfermedad terrible que nos apaga las fuerzas y nuestros deseos, lo que somos.
En el 2004, Bertrand Tavernier filmó La pequeña Lola, donde relataba de forma austera y sencilla el viaje a Camboya de una joven pareja francesa que se veía sumida en una infinidad de problemas en su deambular para adoptar una niña. Ahora, también nos cuentan la historia de una joven pareja catalana Natalia y Daniel que se han trasladado a un país ex soviético, nunca nos dicen de cuál se trata, para adoptar un niño rubio. Daniela Fejerman (1964, Argentina) abandona la comedia, en la que había dirigido 3 películas, dos de ellas con Inés París, para adentrarse en una historia que parte de una experiencia propia y personal, sumergiéndonos en un terreno inhóspito y extraño, en un escenario aterrador y difícil, donde la pareja que encarnan espléndidamente Nora Navas y Francesc Garrido, pasará por distintas fases emocionales a medida que avancen en su complejo y kafkiano itinerario para conseguir su objetivo. Poco nos cuentan de su pasado, sólo que se trata de una pareja consolidada, se quieren y ella tiene un padre doctor con el que mantiene una relación tensa.
Ahora, han llegado a este lugar hostil y helado, en muchos instantes muy inquietante y peligroso, cubierto por un manto de nieve, en el que resultará complicado respirar y caminar. Lo que ha empezado como un viaje lleno de ilusión y alegría, acabará convirtiéndose en una vía crucis donde se medirán y resquebrajarán muchas cosas entre la pareja y lo que sienten, que todavía no se habían manifestado. Un viaje que arranca con la pérdida de sus maletas, que podría parecer un caso aislado, pero que la directora ya nos quiere poner en guardia, informándonos que la pareja no lo tendrá nada fácil en su objetivo. Un país diferente, que todavía respira la herencia soviética, que servirá de telón de fondo austero que resulta complicado entender, (Frejérman añade un plus interesante, con la dificultad de entenderse debido al idioma, introduciendo situaciones cómicas), donde su particular y doloroso periplo les llevará por lugares fríos y muy hostiles, desde el apartamento triste en el que se alojan, donde la calefacción va cuando quiere, la visita a orfanatos donde les mostrarán niños con problemas de salud, conocerán funcionarios que parecen militares, su contacto, una señora que actúa como enlace, unas veces parece tenderles la mano, y otras, se muestra como su enemigo, doctores que primero ayudan y luego quieren sacar tajada. Todos viven en un estado decrépito y hundido, muerto, donde la corrupción está a la orden del día, a todos les hace falta dinero, y esta joven pareja, con la excusa del niño, son unas alimañas perfectas.
La pareja tendrá que soportar las humillaciones de la maraña burocrática que juega con ellos, reclamándoles tiempo y más dinero, una locura psicótica que en muchos momentos parece una película de terror, de esas donde la pareja parece que no se salvará. La relación de pareja se verá machacada y desgastada por los problemas a los que se enfrentan diariamente. Entonces, Frejerman que, nos había mostrado unos personajes y cómo actuaban, nos los gira, y nos encauza unos seres que se ven superados, el que parecía más fuerte, y más firme, se muestra más débil y vulnerable y viceversa. Un drama social de grandísima altura, que nos revela una cineasta seria y personal para un género que ya se había prodigado en sus guiones, (recordemos Sé quién eres, que escribió para Patricia Ferreira). Un guión de hierro escrito pro la directora junto a Alejo Flah, que navega con amplitud de detalles por estas aguas heladas y turbulentas. Otro de los grandes aciertos, aparte de la pareja protagonista, ya comentada, es la tenebrosa y fina luz de Juan Carlos Gómez, que se erige como el perfecto aroma que necesita la trama. Sin olvidarnos de la música, con esa pieza de piano de Véla Bartok, el cuarto de Beethoven que escuchamos y esa nana ucraniana que nos envuelve y da un poco de calor y esperanza a este particular y doloroso descenso a los infiernos.
Entrevista a Patricia Roda, directora de «El viaje de las reinas». El encuentro tuvo lugar el viernes 19 de junio de 2015, en la Cervecería Wall Street de Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Patricia Roda, por su tiempo, sabiduría y generosidad, al Observatori Cultural de Gènere, a los Cines Boliche (que inauguro con la película la Sala Agnès Varda), por organizar el evento y su dedicación, difusión y cariño hacía el cine más comprometido, a contracorriente y menos visible, y al joven empleado del local donde se hizo la entrevista, que tuvo la amabilidad de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.
Hace un par de años se estrenó entre nosotros Ida, de Pawel Pawlikowski, que retrataba, en un primoroso blanco y negro, la visita de una novicia a su tía amargada y alcohólica, en la Polonia de los años 60. Un encuentro que destapaba el oscuro secreto de una familia judía durante la ocupación nazi. Ahora nos llega, con dos años de retraso, (galardonada en más de una decena de certámenes, mejor dirección en la Seminci de 2013, entre ellos), la película dirigida por el matrimonio formado por los cineastas Joanna Kos y Krzysztof Krauze. Una cinta también polaca, y filmada en un sobrecogedor e imponente blanco y negro, que cuenta la historia de Bronislawa Wajs (nombre polaco de Papusza, que en romaní significa muñeca), la primera poetisa y cantante gitana que vivió entre 1910-1987. La película abarca la historia de Papusza desde su nacimiento, donde recibe una maldición que la augura soledad y miseria en el futuro, hasta la década de los 70.
Los directores optan por una estructura desordenada, plagada de abundantes flashbacks, y continuos saltos en el tiempo. Una prosa atrevida y desconcertante que deja al espectador el proceso de armar este puzzle en apariencia inconexo y complicado. La película se detiene en los momentos cruciales de la vida de Papusza, sus primeros pasos por el bosque, su despertar hacía la lectura, un matrimonio forzoso cuando todavía es una niña con su tío mucho mayor que ella, la ocupación nazi y los desastres de la guerra, la burocracia que les persigue y les impide llevar su propia vida, y la dificultad y los continuos problemas de una vida, la romaní, nómadas de tradición, que transitan por caminos polvorientos subidos en carretas tiradas por caballos, sus campamentos a la orilla de los ríos, y sus canciones, bailes, música e historias compartidas a la luz de una hoguera. Vidas errantes y duras son las que vive Papusza y los suyos. La llegada de Jerzy Ficowski, un joven escritor que huye de la justicia y es protegido por el marido de Papusza, convierte a la joven gitana en otra persona, descubre la poesía y su talento, y sobre todo, el amor. Jerzy con la ayuda de Julian Tuwin consiguen publicar los poemas de Papusza en la dura posguerra polaca. Lo que podría suponer una alivio económico y reconocimiento para la poeta romaní, se convierte en todo lo contrario, su pueblo la desprecia y la destierra por sacar a la luz sus tradiciones y su forma arcaica de vida, la acusan de traicionarles y venderse al mundo gadjikane (no gitano), y la expulsan de su cultura y costumbres. Este durísimo golpe que sufre Papusza la hace caer en una depresión de la que no logrará salir jamás (un caso parecido al que vivió Camille Claudel). Papusza es una pieza de orfebrería formal cocida a fuego lento, no hay grandes secuencias de llantos y gritos, todo se filma de manera respetuosa, casi en la lejanía, sin movimientos de cámara, en cámara lenta algunos instantes, aunque también hay primeros planos y medios (por momentos parece un documental sobre el modo y formas de vida de la cultura romaní de la primera mitad del siglo XX), entre todo ese mundo, surgida de otro tiempo, emerge la figura y el talento poético de Papusza, un ser autodidacta y maravilloso que pertenece a otro mundo, por su sensibilidad y su forma de ver lo que le rodea, como en un momento le explica a Jerzy: “Lo vemos todo igual pero lo vivimos de forma distinta”.
Una mujer perseguida e injustamente olvidada por su propia gente, una cultura basada en el patriarcado. Otra mujer condenada y proscrita que, a lo largo de la historia sufrieron los designios y voluntades de unos hombres que las maltrataban y asesinaban. En otro de los grandes momentos de la película, una Papusza en la cuarentena se lamenta de haber aprendido a leer, explica que si no lo hubiera hecho su vida habría sido más feliz. La película, que aunque logra hipnotizarnos con su blanco y negro, (un inmenso trabajo de Krzysztof Ptak, más cerca de los realizados, en la misma textura y tonos, por Fred Kelemen para El caballo de Turín, de Béla Tarr, y Christian Berger para La cinta blanca, de Michael Haneke, que por sus paisanos Lucasz Zal y Ryszard Lenczewski para la mencionada Ida) se echa en falta algunos momentos donde la emoción de las secuencias debería arrebatarnos, aunque nos desluce el resultado final de implacable factura.. Un relato que se abre y se cierra de forma primorosa, su plano final, estático, y entrando la música, mientras vemos la caravana de carretas una tras otra en un paisaje invernal, una vida romaní en continuo movimiento, de viajes sin destino, de seguir hacía adelante, sin tiempo y sin memoria.
“Volad, caballos de Dios, y las puertas del paraíso se abrirán para vosotros”
La relación del cineasta Nabil Ayouch (París, 1969) con el barrio de chabolas de Sidi Mumen, en Casablanca (Marruecos), nació en 1999, cuando rodó algunas secuencias de su primera película Ali Zaoua. Después de los atentados suicidas de mayo del 2003, volvió al barrio y filmó una pieza de 16 minutos donde hablaba con las víctimas, los supervivientes y sus familias. Aquel cortometraje fue el germen de hacer una película sobre los suicidas de los atentados, Adquirió los derechos del libro Les Étoiles de Sidi Mumen, de Mahi Binedine, donde el enfoque se parecía al pensado por Nayouch.
El cuarto trabajo del realizador francés-marroquí se centra en dos hermanos, Yachine y Hamid, y su familia, y arranca en el año 1994 y se cierra en el año 2003, los dos viven junto a su madre, que acarrea con todos, su padre depresivo, un hermano en el ejército, el otro casi autista y ellos dos. Hamid es el jefe del barrio y protector de Yachine, al que apodan “la araña negra” como el famoso portero, por su afición al fútbol. Cuando Hamid es enviado a la cárcel por traficar con drogas. Entonces, Yachine se dedica a trabajar con el chatarrero del poblado, y así huye de la violencia, la miseria y las drogas. Cuando sale de prisión, Hamid vuelve convertido en un fundamentalista islámico, y convence a su hermano y los amigos de éste para que acudan a la mezquita, donde serán adoctrinados como mártires contra los enemigos del Islam. Ayouch apoya su relato en la relación de los dos hermanos, como Caín y Abel, dos formas de entender la misma situación, dos hermanos que a lo largo del metraje, pasan por distintas fases, cambiando sus propios roles de actitud y creencias. Una película donde no hay ningún tipo de mensaje de adoctrinamiento del islam ni nada parecido, ni siquiera existe nada a modo de panfleto a favor de los suicidas, sino todo lo contrario, el realizador se introduce en el alma de estos jóvenes, en la humanidad de unos seres sin futuro, unos hombres dejados por el estado a su desdicha, que sobreviven en un poblado lleno de peligros y maldades.
Una película divida en dos partes, en la primera, la violencia y las drogas que reina en el barrio se convierten en el pan de cada día, y en la segunda mitad, el fundamentalismo religioso se apodera de la cinta, convirtiéndose la película en un estudio de cómo este tipo de líderes espirituales captan a los jóvenes desarraigados y a través de sus métodos de acercamiento a Dios, los van alejando de sí mismos, y de su entorno, para de esta manera, convertirlos en terroristas suicidas. Una obra contundente y visceral, como un puñetazo en el estómago que deja sin aliento, que atrapa desde lo más sencillo, una película necesaria y honesta, que se alzó con la Espiga de Oro en la 57 edición de la Seminci. Un ejercicio que nos retrae a obras como American history X, donde se expone el sinsentido de la violencia, ¿dónde nace?, ¿cómo se origina?, ¿qué fin busca? ¿Por qué existe?, muchas preguntas las planteadas en el film de Ayouch, preguntas difíciles y complejas que requieren una profunda reflexión por parte de la sociedad y sobre todo, los gobiernos, y sus políticas exteriores.