Entrevista a Álvaro García-Capelo

Entrevista a Álvaro García-Capelo, director de la película «Viento Sur», en el marco de BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 27 de abril de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álvaro García-Capelo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sílvia Maristany de Comunicación del Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Extraña forma de vida, de Pedro Almodóvar

EL AMOR VUELVE CABALGANDO. 

– ¿A cuántos hombres has olvidado? A tantos como mujeres recuerdas tú. -¡No te vayas! No me he movido. -Dime algo bonito. Claro. ¿Qué quieres que te diga? – Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Te he esperado todos estos años. -Dime que habrías muerto si yo no hubiera vuelto. Habría muerto si tú no hubieras vuelto. -Dime que me quieres todavía, como yo te quiero. Te quiero todavía, como tú me quieres. -Gracias, muchas gracias. 

Diálogo entre Johnny y Viena en Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray 

El primer encuentro entre el western y Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949), fue en Mujeres al borde de un ataque de nervios  (1988), cuando Pepa Marcos, actriz de doblaje, ponía su voz quebrada a la mítica secuencia que hemos reproducido al inicio de este texto, en la que el genio manchego fundía ficción y realidad ficcionada en uno de los grandes momentos de su filmografía. La segunda, que nosotros sepamos, fue su no a hacer la película Brokeback Mountain, una historia apasionada entre dos vaqueros a principios de los sesenta, que finalmente dirigió en 2005 con gran éxito Ang Lee. Han tenido que pasar 21 largometrajes y unos cuántos cortometrajes, entre ellos los recordados La concejala antropófaga (2009), en el que Carmen Machi explotaba su gran vis cómica, y The Human Voice (2020), rodado en inglés, con una grandísima Tilda Swinton enfrentándose al texto de Cocteau. 

Ahora, nos llega Extraña forma de vida, con sus 31 minutos de duración, y nuevamente filmado en la lengua de Shakespeare, y con el paisaje de Tabernas, en Almería, escenario de tantos espaguetis, que recupera el clasicismo del género, con su tragedia griega revoloteando, y esos amores del pasado que vuelven, marca de la casa Almodovariana, y por ende, la estructura más usada del oeste, aunque la idea no es repetir hasta la saciedad, sino mirarla desde otro lugar, no pretendiendo ser original, que sería absurdo, sino conseguir acercarse al género sin desmerecer, acompañándolo de la personalidad y el carácter del director español. La trama se resume rápido, Silva, un tipo cruza a caballo el desierto y llega a Bitter Creek. Allí se reencuentra con el Sheriff Jake, antiguo amigo de correrías cuando andaban en cuadrilla como outlaw. Entre ellos hay muchas cosas del pasado que les unen, pero ahora en el presente, también hay muchas que los separan, como el hijo de Silva, acusado por Jake de asesinato, y otras que preferimos no desvelar. Su apertura es magnífica y muy reveladora, con el fado cantado de Amalia Rodrigues, que desvela algo así como que no hay existencia más extraña que la que se vive de espaldas a los deseos. 

Encontramos al “equipo de Almodóvar”, a José Luis Alcaine en la cinematografía, nueve películas juntos, que recoge la grandeza del género con ese color tierra en los exteriores, y los contrastes en los interiores, el montaje de Teresa Font, que después del fallecimiento de Pepe Salcedo, ha recogido el testigo y llevan cuatro películas, consigue una edición rítmica y concisa, donde se explica lo necesario, con ese viaje al pasado, a una pedazo de secuencia que recuerda a un momento de El Quijote, o una de las secuencias más memorables de Parranda (1977), de Gonzalo Suárez. El arte de Antxón Gómez, otro puñado de películas juntos, que consigue dotar de grandeza e intimidad cada espacio de la película. La estupenda música de Alberto Iglesias, trece títulos juntos desde Todo sobre mi madre (1999), que funde lo clásico de Steiner con las guitarras de Morricone en otra de sus grandes composiciones para el cine de Almodóvar. No podemos olvidar el diseño de vestuario de Anthony Vaccarello, director creativo de Saint Laurent, compañía que coproduce la película, como hiciese con Lux Aeterna (2019), de Gaspar Noé, donde brillan los colores de Silva, con esa impresionante chaquetilla verde, que contrasta con el negro de Jake, y ese pañuelo rojo que los une y separa. 

No podemos olvidar a Juan Gatti con su enésimo diseño del cartel de la Almodóvar Factory que recupera al “Elvis pistolero”, de Warhol, y a su vez, tiene reminiscencias de aquel pistolero que nos apuntaba en Asalto y robo de un tren  (1903), de Porter, el primer western de la historia. Otro de los grandes elementos del cine del director español es la confección de su reparto en el que vemos jóvenes como José Conde y Manu Ríos que hacen la juventud de los protagonistas, con la aparición de Jason Fernández y Daniel Rived, reclutados por dos de las mejores directoras de reparto del país como Eva Leira y Yolanda Serrano, así como la participación del siempre efectivo Pedro Casablanc, en una gran secuencia con el sheriff, y Sara Sálamo, una de las tres mexicanas. La pareja protagonista, y nunca mejor dicho, son dos grandes. Tenemos a Ethan Hawke como el Sheriff Jake, un hombre que ha olvidado su pasado delictivo y se ha pasado al otro lado, aunque quizás no tanto. Una existencia tranquila que trastoca y de qué manera la llegada de Pedro Pascal como Silva, el viejo amigo, el compañero, el amor que vuelve cabalgando, esa pasión reprimida y olvidada, que, quizás, tiene otro capítulo más o no. 

La filmografía de Almodóvar está llena de amores de todo tipo, pero un amor tan salvaje y prohibido como el que tienen Jake y Silva, no lo habíamos visto desde aquel que mantenían Pablo y Antonio, los enamorados de La ley del deseo (1987), que mantenían aquel amor desaforado, aquella pasión destructora, el deseo irrefrenable por el otro, por lo prohibido, por lo que te mantiene vivo. Con Extraña forma de vida nos ocurre que nos encantaría seguir con los dos personajes ideados por Almodóvar, y ahí reside nuestro contradicción, porque como cortometraje es conciso, emocionante y humano, con la duración perfecta, pero, nos gustaría seguir con ellos, conocerlos un poco más, seguir en esos paisajes, con esas miradas y ese amor, porque estamos ante una historia compleja y magnífica, porque no sólo es el relato de un reencuentro y de un ex amor, es más que un western, porque recoge lo clásico, y también, lo crepuscular y el antiwestern de Peckinpah y Leone, la suciedad, el pasado, y lo extraño, con un desaforado amor, de esos que te hacen vivir y morir, de los que no se olvidan, de los que siempre recuerdas por muchos que vengan después, porque ya lo saben ustedes, siempre hay un amor del pasado que nunca olvidamos, un amor que sabemos que si aparece por nuestra puerta sería nuestra perdición, porque nos desmonta, nos mata y sobre todo, nos hipnotiza, y no sabemos por qué este sí, y otros no, quizás el amor es eso, aquello que no sabemos explicar pero sí que sentimos, y cómo sentimos, algo que se tiene que vivir y experimentar, como les ocurre a los dos pistoleros y amigos de la película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La hija eterna, de Joanna Hogg

MI MADRE Y YO. 

“Parte de la historia habla de cómo nuestras madres – más que nuestros padres – tienen el poder de transportarnos de nuevo, da igual nuestra edad, a la infancia, como si usaran un hechizo. Incluso cuando se ha alcanzado los cuarenta o más, cuando se está cuidando a padres ancianos, la sensación de ser una persona adulta desaparece y vuelven las lágrimas y el sentimiento de vulnerabilidad”.

Tilda Swinton 

No nos dejemos llevar por el tono y la textura de cuento de terror gótico que almacena una película como La hija eterna, el sexto largometraje de Johanna Hogg (London, United Kingdom, 1960), porque alberga la misma mirada e inquietudes que ya estaban en las anteriores películas de la excepcional cineasta británica. La historia vuelve a hablarnos de familia, en este caso madre e hija, de entornos muy cotidianos y tremendamente domésticos y palpables, ese hotel que antes fue la mansión de la familia, y nuevamente, en estados vacacionales y de asueto, una directora que quiere armar su nueva película mientras se aísla unos días en ese lugar solitario y alejado de todos y todo, pensando, descansando y sobre todo, recordando. 

La británica una experta consumada en la observación de las grietas emocionales femeninas en el entorno familiar, ya lo descubrimos con Unrelated (2007), su ópera prima en la que seguía a una casada infeliz que se refugiaba en un joven, en Archipelago (2010), las tensiones de una familia también eran el foco de atención, así como en Exhibition (2013), con una pareja que debe abandonar el edificio que han construido y compartido, o en el magnífico díptico The Souvenir (2019), y su secuela, dos años después, en la que profundiza en el primer amor de una joven, su toxicidad y su recuperación. Julie es una mujer madura, sin hijos, cineasta de oficio, que pasa unos días con Rosalind, su anciana madre. En esos días de descanso y trabajo, envuelta en muchas sombras y nieblas, situada en una zona inhóspita como Moel Famau, en Gales, vivirá o quizás deberíamos decir, tendrá su Ebenezer Scrooge dickensiano particular, porque Julie recreará y volverá al pasado, aquel que compartió con su madre, en el que se destaparán recuerdos ocultos, invisibles y sobre todo dolorosos, en una especie de viaje espejo-reflejo en que la protagonista se sumergirá en una especie de ensoñación catártica, en la que la seguiremos, la sentiremos y la descubriremos, y nos adentramos en su interior, en todo aquello que oculta y nos oculta, y que irá emergiendo a la superficie más tangible, dejando sobre la superficie toda su relación y no relación con su madre. 

Como hemos mencionado el tono y la textura nos remiten de forma directa a los cuentos de terror clásicos de la época victoriana, a sus personajes solitarios, melancólicos y perdidos, que tan bien relataron nombres tan ilustres como los de Henry James y su inmortal Otra vuelta de tuerca, y su excelente adaptación cinematográfica The innocents (1961), de Jack Clayton, autores como William Wilkie Collins y Margaret Oliphant, entre otras, a películas de la Hammer basándose en relatos de Poe y Lovecraft, y a todo ese universo donde lo inquietante se apodera de la historia, y vemos al personaje metido en una sucesión de experiencias extrañas que no tienen una explicación racional ninguna, en que el grandísimo trabajo de cinematografía de Ed Rutherford, que ya estuvo tanto en Archipelago como Exhibition, el exquisito y conciso montaje de Helle Le Fevre, que ha trabajado en los seis títulos de la directora, que construye una armonía perfecta para condensar los noventa y seis minutos de metraje, así como la inquietante y cercana música de Béla Bartók (1881-1945), un gran compositor que su música se acopla con detallada perfección a las imágenes de la cineasta. 

Hogg acoge el cuento de terror gótico de forma natural y absorbente, pero sólo lo usa para sumergirnos y sobre todo, vapulear a su personaje, expulsándolo de su zona tranquila y llevándolo a ese otro espacio donde abundan las sombras, las tinieblas (qué maravillosa niebla, que recuerda a la de Amarcord, de Fellini), y los fantasmas, tanto los suyos como los ajenos, todos esos espectros que revivimos de tanto en tanto, todos los que nos rodean y damos cuenta de ellos en algunos instantes de nuestra existencia, cuando debemos investigarnos y encontrarnos, como el caso de Julie, que pretende hacer una película sobre su relación con su madre. La directora londinense es una maestra consumada en introducirnos, sin estridencias ni piruetas narrativas, casi de forma transparente, de un entorno íntimo y cotidiano en otro, muy oscuro y violento, pasando de un lado al otro del espejo de manera tan natural como sencilla, a través del diálogo, como esa recepcionista, tan inquietante como amable, que dice que el hotel está lleno y nunca vemos a nadie más, o la aparición del vigilante y jardinero, que recuerda a aquel otro de El resplandor (1980), de Kubrick, con el que Julie mantiene una relación, algo estrecha y que la transformará en muchos sentidos. La compañía del perro también se convierte en un elemento distorsionador que inquietará a la protagonista. 

La elección de Tilda Swinton, que ya estuvo en el díptico The Souvenir, para el doble papel tanto de hija como madre, no sólo consigue seducirnos desde el primer encuadre, sino que consigue capturar toda la retahíla de matices y detalles de los dos personajes y de todo lo que se ha cocido a su alrededor, en ese espejo-reflejo en bucle, y la estupenda compañía y no de los otros personajes, la rara recepcionista que interpreta la debutante Carly Sophia-Davies, coproductora de la cinta, y el enigmático y cercanísimo vigilante que hace Joseph Mydell, al que vimos en Manderlay (2005), de Lars Von Trier, y algunas series británicas, completan un breve reparto que no sólo hace aumentar la inquietud y la extrañeza que tenemos durante toda la película. No se pierdan La hija eterna, de Joanna Hogg, porque a parte de todas las cosas que les he comentado, es una película que recordarán por mucho tiempo, porque no es sólo una película más de terror con la Swinton, sino que es una película que nos habla de nosotros y sobre todo, nuestra relación con nuestra madre, y eso es fundamental, no sólo en nuestras vidas sino en nuestras relaciones y en todo aquello que sentimos, porque todo nace y se cuece cuando éramos pequeños y mirábamos a nuestra madre y ella nos miraba, o quizás no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Venus, de Víctor Conde

LOS AMORES IMPOSIBLES. 

“(…) Je suis là, devant toi, toujours la même. Oh! Pourquoi est-ce encore toi que j’aime, que j’aime, que j’aime, que j’aime, tu es là, devant moi, toujours le même, Oh! Pourquoi ne puis-je pas te dire: Je t’aime, je t’aime, je t’aime”.

“Voilà”, de Françoise Hardy 

La ópera prima Venus, de Víctor Conde, fue primero una obra de teatro que se estrenó en el Pavón-Kamikaze en septiembre de 2017, cosechando un gran éxito que le llevó a los Teatros del Canal, donde también fue muy bien acogida. Ahora, nos llega su adaptación al cine, en un relato que nos sitúa en un café de uno de esos barrios obreros que crecieron durante los setenta, en una historia que nos lleva de la mano de Jorge, un personaje que ha pasado los cuarenta y ha vuelto al barrio por el funeral de su padre. Allí, entre idas y venidas, se convierte en un testigo privilegiado las personas que han formado parte de su vida en los últimos cuarenta años. La película viaja desde finales de los setenta hasta la actualidad, de forma desordenada y arbitrariamente, mezclando personajes y situaciones de diferentes épocas, generando una realidad diferente y muy hipnotizadora donde todos las personas en cuestión revivirán amores que han marcado sus existencias. 

El director Víctor Conde que ha tenido una amplia carrera en las tablas, y había dirigido algunos cortometrajes, hace su puesta de largo con una película que hace de su modestia y sencillez su mayor virtud, en que el omnipresente escenario del café se convierte en un universo en sí mismo, donde la totalidad de las cuatro décadas confluyen alrededor de unas mesas, una máquina de discos, un teléfono de monedas y unos cafés y mahous. Los personajes de Venus son individuos que tienen muchas cuentas pendientes con otros y otras y sobre todo, con ellos mismos, presos de esos amores imposibles, esos amores perdidos, esos amores que deambulan en busca de amantes sin miedo, de seres que quieran amar en libertad, de personas que sean capaces de sentir de verdad, de amar de verdad, de cecir y gritarlo en voz alta. Con una estética muy deudora de la Nouvelle Vague, arrancando con ese primoroso y cálido blanco y negro, que recuerda mucho a la mirada de Truffaut y Godard, con esos constantes guiños a Bande à part (1964), Una mujer casada (1964), y demás texturas, luces y demás, en un buen trabajo de Pol Turrents, del que hemos visto Negro Buenos Aires, de Ramón Térmens, Serie B, de Ricard Reguant, amén de Las invasoras (2016), uno de los cortos de Conde. 

La música de Alfonso Casado, que construye esa atmósfera de melancolía y realidad que tan bien le viene a la historia, con unos personajes que siempre deben lidiar entre lo que sueñan y lo que la realidad les va imponiendo. El estupendo trabajo de montaje de la debutante Mar Jorge Sotelo y un grande como Bernat Aragonés, que ha trabajado en películas de Isabel Coixet, del recientemente desaparecido Agustí Villaronga y Belén Funes, donde consiguen una naturalidad absorbente y mágica en una película que viaja tanto en el tiempo pero nada chirría ni resulta empalagoso en un metraje que se va a los noventa y siete minutos. El reparto, reclutado mayoritariamente de intérpretes que han trabajado en series de televisión, brilla con elegancia y sencillez en una película que pide tranquilidad y pausa, en esa idea que recorre todo el entramado que el tiempo no existe y es transparente. Tenemos a una presencia que dota de cercanía e intimidad como la de Antonio Hortelano dando vida a Jorge, el hilo conductor de la historia, el que va y viene y deambula por sus recuerdos. 

El personaje de Jorge, en ese viaje al tiempo y al amor se encontrará con el amor y con su amor escenificado en Alicia, a la que da vida Arina Bruguera, una estupenda Paula Muñoz haciendo de Paula, que tiene esa voz tan especial como comprobamos con los dos temazos que se marca, amén de las canciones que escuchamos de “De paso”, de Aute, y el tema central de la película, esa oda bellísima al amor imposible que es “Voilà”, interpretada por la gran Fraçoise Hardy, Carlos Gorbe es Miguel, ese cantautor que quiere formar un dúo con voz de Dylan, y Carlos Serrano-Clark como Mario, el fotógrafo amigo del grupo “Venus”. Luego, en breves apariciones vemos a Elena Furiase, Lolita, Miquel Fernández, que tiene una de esas pequeñas historias paralelas de la trama y que tanto se agradecen y sobre todo, llenan de profundidad todo lo que se cuenta, un breve instante de Ricardo Gómez, que estaban en Las invasoras, otro de Ana Rujas y ese otro impagable del desaparecido Juan Diego, uno de los mejores actores de la historia, que solo con su presencia se llena la pantalla de sabiduría. ¡Qué secuencia se marca con Hortelano!. 

Venus, la primera película de Víctor Conde, tiene sus cosas, como diría aquel, no es una película perfecta ni tampoco pretende serlo, porque no quiere ser más que una historia que nos interpela directamente a los espectadores y espectadoras, que nos mira de frente, que nos hace pensar en el amor que dejamos, que no supimos querer, o que simplemente no era el momento, porque a veces, y esto es verdad, aunque dos personas se quieran, y como se dice, están predestinadas a estar juntos, en ocasiones no es posible ese amor, y quién sabe, quizás en el futuro, porque eso nadie lo sabe, ese amor vuelva, ese mismo sentimiento vuelva, o en el fondo, ese amor nunca se ha ido, y hemos estado entretenidos con otros u otras creyendo que eso era amor, y el tiempo iba pasando y las cosas parecía que también, pero un día, resulta que vuelves al barrio donde creciste, al bar de siempre, y resulta que ese amor sigue ahí, ese amor sigue esperándote, así que, no demores el amor y vuelve donde una vez fuiste feliz, porque relaciones hay muchas, pero amores de verdad no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los cinco diablos, de Léa Mysius

LA NIÑA OBSESIONADA POR LOS OLORES.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

La trayectoria como guionista de Léa Mysius (Bordeaux, Francia, 1989), es realmente impresionante ya que ha trabajado en películas de Jacques Audiard, Arnaud Desplechin, André Techiné, Claire Denis y Stefano Savona. Ahí es nada. Como directora nos había encantado su opera prima Ava (2017), sobre una niña de trece años que se está quedando ciega durante sus vacaciones junto a su madre, rodeada de playas y mucho sol. Para su segundo trabajo, Los cinco diablos, la directora francesa se ha ido al otro extremo, a un lugar dominado por el frío y la nieve, más concretamente a la pequeña localidad de Rhönes Alpes, al pie de las famosa cordillera, y nuevamente, en el seno de una familia, una familia muy diversa y diferente, encabezada por Joanne, la profesora de natación, el marido Jimmy, jefe de bomberos de piel negra, y la hija de ambos, Vicky, una niña mestiza que está obsesionada por los olores, que logra diferenciarlos y almacenar sus aromas en botes que etiqueta y guarda celosamente.

Toda esa apariencia tranquila, pero muy incómoda y fría, se desatará con la llegada de Julia, la hermana de Jimmy, abre una profunda grieta en el seno familiar, porque destapará un pasado oscuro y tenebroso que el matrimonio intenta olvidar. Además, Vicky descubrirá por azar que uno de sus aromas la lleva físicamente a ese pasado que los adultos se callan. Mysius enmarca su película en el género fantástico, introduciendo el terror en una fábula tremendamente cotidiana y cercanísima, para profundizar en la condición humana, en todas las secuencias de nuestros actos del pasado, y la condena de vivir con esas acciones equivocadas. Temas como la diversidad, el odio, el racismo, la transmisión, la comunicación, el amor frustrado, el peso del pasado, y sobre todo, el silencio como forma de supervivencia y sufrimiento constante. La película juega mucho con los cuatro elementos de tierra, aire, fuego y agua, muy presentes en las existencias de los seis personajes en liza, en una estructura clásica en su forma pero enrevesada en su narración, por sus continuos flashbacks que se entienden sin problema, para generar esa oscuridad y silencio del presente y todos los acontecimientos adversos y complejos que vivieron en el pasado los diferentes actores del relato.

La cineasta francesa se rodea de estupendos técnicos para llevar a buen puerto su enigmática y a ratos, mística propuesta, y para ello recupera a dos cómplices de su primer largo, como Paul Gilhaume, que hace labores de coguionista junto a la directora y se encarga de la cinematografía, en un magnífico trabajo donde fusiona con credibilidad e intimidad lo gélido del lugar con la intensidad emocional que viven los protagonistas, donde se maneja con soltura a pesar de la complejidad de la historia, y la cómplice Florencia Di Concilio, en la música, importantísima en una película que debe callar información y construir esa inestabilidad emocional y física tan fundamental en una película de estas características, donde el silencio es tan importante como la música que escuchamos. La incorporación de Marie Loustalot en el apartado de montaje, que impone un eficaz y fabuloso ritmo de cadencia y concisión en un metraje de noventa y cinco minutos, donde abundan las miradas, los silencios y sobre todo, los abundantes secretos que se amontonan en las vidas pasadas y presentes de los personajes.

Un reparto lleno de contención y sencilla composición ayuda a la credibilidad tanto de los individuos como de la inquietante historia que se nos cuenta, encabezado por una extraordinaria Adèle Exarchopoulos como Joanne, esa madre y profesora de natación, que tanto guarda y tanto dolor lleva, con esos extraños baños en el lago helado. La niña Sally Dramé como Vicky, debutante en el cine, consigue con muy poco dar vida y aplomo a una niña que tan importante es en el relato, actuando como testigo del pasado siniestro que recorre a los adultos. Swala Emati como Julia, un personaje que parece una cosa pero es otra muy distinta, crucial en el devenir de la trama. Moustapha Mbengue, ese padre callado, casi ausente, que cada vez tendrá más presencia a medida que los acontecimientos se vayan desatando. Daphné Patakia es Nadine, amiga de Joanne, con su parte de implicación en el suceso en “Los cinco diablos”, un lugar metido en la memoria de los diferentes personajes, y finalmente, Patrick Bouchitey como el padre de Joanne, un tipo que niega muchas cosas y rechaza otras, como su racismo cotidiano, que no vocifera pero existe en mucha parte de la sociedad que no se considera racista.

Léa Mysius demuestra con Los cinco diablos (sugerente título que también es otro misterio que la película revelará a su debido momento), ha acertado de pleno con su mirada crítica a una sociedad cada vez más inmadura emocionalmente, incapaz de resolver sus conflictos, optando por la cobardía, en la que huyen por el distanciamiento y se ocultan en un silencio hipócrita y doloroso. Un relato aparentemente cotidiano, pero muy profundo en su quirúrgico análisis de la condición humana, en esta interesantísima mezcla de amores frustrados, drama íntimo y fantástico y terror, con el mejor aroma de The Innocents, de Clayton, El bebé de Rosemary, de Polanski, El resplandor, de Kubrick o más reciente Déjame entrar, de Alfredson, entre otras, para contarnos una película sobre nosotros, sobre la sociedad en la que vivimos, con nuestros prejuicios, miedos e inseguridades, en la cual debemos mirar al pasado, a todos nuestros errores, y si es posible, enmendarlos, porque el tiempo va en nuestra contra y quizás, nos estamos perdiendo a las personas que más nos han emocionado, y más hemos querido, no tarden, mañana ya es tarde, por la vida siempre pasa y más rápido de lo que nos gustaría imaginar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El color del cielo, de Joan-Marc Zapata

EL TIEMPO QUE FUIMOS.

“Nunca renuncies a pensar que te mereces algo mejor”.

Recuerdan al personaje de Rick que hacía Bogart en Casablanca, totalmente abatido por la casualidad, lamentándose porque Ilsa, su amor perdido en París, volvía a cruzarse en su vida entrando en su café americano. Una situación parecida les ocurre a la pareja protagonista de El color del cielo, la opera prima de Joan-Marc Zapata (Barcelona, 1989), porque ella, Olivia Brontë, una actriz de éxito internacional, vuelve a reencontrarse con alguien de su pasado, con él, Tristán del Val, un afamado filósofo existencialista, con el que tuvo un romance cuando eran jóvenes y soñaban con ser seres diferentes a lo que son ahora mismo. El lugar que los vuelve a cruzar es un lujoso hotel suizo, cercano a la ciudad de Lucerna. Zapata ha dirigido cortometrajes que han tenido recorrido internacional, como Bright side in D Minor (2018), que protagonizaban Núria Prims y Francesc Garrido, en el que nos hablaba de un matrimonio roto por la muerte de su hijo.

Para su debut en el largometraje, vuelve a contar con Garrido, y parte de su equipo como el productor Ivan Geisser, el editor Lluís Van Eeckhout, que vuelve a coescribir el guion junto al director, y el cinematógrafo Álex Pizzigallo, a los que se les une Marc Orts, una eminencia en el sonido, que tiene en su filmografía más de 150 títulos y nombres tan importantes de nuestro cine como Almodóvar, Isaki Lacuesta y Juanjo Giménez Peña, entre otros. Estamos ante una película que cuida con detalle la imagen con el formato de 4/3, que ayuda a profundizar en esas vidas rotas de los personajes, esas existencias perdidas y vacías, que se mueven entre dos mundos, aquello que se ve y aquello otro que ocultan. Como el especial y preciso trabajo de montaje que condensa con buen ritmo y pausa los ochenta y nueve minutos de metraje. El exquisito trabajo de sonido, en el que podemos escucharlo todo, hasta los detalles más superfluos, en ese espacio que asfixia a estos individuos que parecen estancados, sin alma. Un lugar tan gélido por el que se mueven los personajes, un espacio de lujo, pero totalmente desangelado, en ocasiones, fantasmal, donde todos los movimientos parecen obedecer al automatismo, a seres mecánicos, vacíos de vida, de ilusiones y simplemente, están sin más.

El color del cielo  es elegante en su forma y su fondo, con momentos de auténtica emoción, como ese paseo matinal por Lucerna, y ese paseo en barco observando la ciudad, con otros más tristes como todos esos instantes en el coctel del seminario de filosofía, o esos otros en la playa, una playa que parece cualquier cosa menos un lugar agradable. Aunque hay que resaltar que la película sería otra muy diferente sin la inmensa y magnífica pareja protagonista, que dotan de fragilidad y naturalidad a unos personajes que parecen haber conseguido muchas cosas en la vida, pero en realidad, se sienten vacíos, extraños de sí mismos y envueltos en una existencia que no desean y además, sienten que quieren huir de ella y sobre todo, de ellos mismos. Hacía tiempo que no veíamos a Marta Etura tan estupenda en una película, porque sabe transmitir toda esa coraza de éxito que solo sirve para esconder tanta desesperación y amargura, y frente a ella, un gran Francesc Garrido, que nunca está mal, volviendo a apostar por gente que empieza como hizo en Asamblea (2018), de Álex Montoya y en Occidente (2020), de Jorge Acebo Canedo, en otro personaje para enmarcar, ahora un hombre de pensamiento, pero también atrapado en una vida que no desea, que le arrastra a algo que le desespera, en fin, una vida que quería y ahora odia, con ese momentazo del cigarrillo y la explicación que acompaña, tantas cosas se pueden decir con esa interpretación de temple y sabia que es oro puro.

La presencia de Agustina Leoni, que debuta en el cine con un personaje que actúa como testigo de este reencuentro, con ese rol de youtuber desatada obsesionado con likes, que tiene esos increíbles momentos de miradas con los dos protagonistas, que dicen tanto de lo que hay en su interior sin emitir ningún diálogo. El color del cielo bajo su apariencia de elegancia y ambiente lujoso, oculta unas existencias amargas, vidas que deseaban tanto lo que tienen y se les olvidó de ser, de psicoanalizarse para no perder lo que fueron, como queda claro en toda esa secuencia donde se habla tanto de todo lo que había y ahora solo son meras sombras o cenizas. Una cinta que nos habla, que nos interpela al espectador, a todos nosotros, que algunos ansían una vida material, una vida de tener y no de ser, que al fin y al cabo es lo que hace que seamos y sobre todo, sintamos, porque Olivia, Tristán y Alabama no dejan de ser fachadas sin alma, meras existencias que se quedaron en el camino, que ya no les llena nada, que siguen buscando y olvidaron buscarse, que esa felicidad que se suponía que iban a conseguir se quedó perdida en algún lugar que ahora no recuerdan, y andan cansados de ser quiénes no son, y llamando a gritos sordos a la persona que un día fueron y si querían, quizás todavía estén a tiempo de recuperarla, o quizás, ya están demasiado ensimismados en todo lo que tienen y ya no hace falta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

My Beautiful Baghdad, de Samir

LAS REJAS DEL PASADO.

“Bagdad, todavía eres un prisionero tras las rejas. Pero has sustituido a un carcelero por otro. Bagdad, todavía estás en mi vida. Baghdad, todavía estás a mi sombra.”

La película se abre de forma intensa y muy descriptiva del tono y la forma. Una imponente panorámica sobre Baghdad que recorre el río Tigris va descendiendo para enmarcar un mural de Saddam Hussein. En una calle desierta que custodian dos hombres armados, irrumpen dos autos y se detienen frente a una puerta. De él bajan varios hombres armados, que llevan consigo dos hombres encapuchados, que son introducidos en el edificio a golpes. Estamos en pleno régimen iraquí, cuando la dictadura perseguía y torturaba a todos aquellos que consideraba enemigos. Pasamos a la actualidad, cuando Taufiq, un antiguo comunista y poeta, uno de los encapuchados, se ha exiliado en Londres. De repente, es llevado a la policía y es preguntado por unos hechos ocurridos en un parque. El director Samir (Baghdad, Irak, 1955), emigró a Zurich en los sesenta junto a su familia, y desde entonces ha compuesto una filmografía donde abundan elementos políticos y sociales tanto en la ficción, el documental y el cine experimental en una carrera que abarca más de cuarenta títulos.

A través de un imponente guion que firman Furat al Hamil y el propio director, My beuatiful Baghdad (en el original, Baghdad in My Shadow, que en dialecto iraquí-árabe tiene el doble significado de memoria y sombra), se estructura con un intenso flashback vamos conociendo la pequeña comunidad de iraquíes exiliados en Londres, que se reúnen en el Café Abu Nawas, que recibe el nombre de un poeta clásico que vivió hace 1300 años. El lugar epicentro, que sirve como centro cultural y también, como espacio donde convergen y se relacionan personajes dispares que tienen en común de ser iraquíes, en el que se reúnen varias generaciones como las del propio Taufiq, ahora vigilante nocturno, Amal, una mujer que quiere olvidar su pasado y volver a ilusionarse junto a su novio inglés, Muhanad, que debido a su condición homosexual debe esconderse, Zeki, el dueño del café, y su querida ex esposa, Naseer, sobrino de Taufiq, que se está radicalizando a través de la mezquita del barrio, que con la llegada de Ahmed Kamal, un antiguo esbirro del régimen de Saddam, se generará una tensión brutal entre todos los personajes en cuestión.

El director iraquí nos habla de tres tabúes importantes en el mundo árabe: el ateísmo enfrentado a los religiosos fanáticos, el adulterio, y sobre todo, la libertad de la mujer,  por último, la homosexualidad. Todos los temas son tratados con honestidad e inteligencia, sin caer en ningún instante en el estereotipo ni nada que se le parezca, sino profundizando en sus constantes contradicciones y disputas que padecen los personajes tanto a nivel interior como exterior. Este grupo de exiliados deben hacer frente a todo su pasado, y su presente, a vivir a pesar de todo, a pesar de los que aparecen para enturbiarles sus existencias, y la película lo muestra con sobriedad y contención, penetrando en esa intimidad de sus vidas, con todos sus traumas, tanto pasados como actuales, en una cafetería convertida en un oasis en el que convergen sus dos universos, el iraquí y el londinense, el ateísmo y al religión, la prisión y la libertad, como demuestra la apertura de la película con ese río que divide Baghdad, esos dos mundos enfrentados, dos mundos diferentes, dos formas de vivir y sobre todo, sentir.

Un grandísimo reparto que añade sinceridad, naturalidad y humanismo, encabezado por Haytham Abdulrazaq en el papel de Taufiq, Zahraa Ghandour como Amal (que ya nos encantó en la impresionante La decisión (2017), de Mohamed Al Daradji), Wassem Abbas en el rol de Muhanad, Shervin Alenabi como Naseer, Kabe Bahar como Zeki, Ali Daeem en Ahmed, Farid Elouardi como Yasin, el jeque radical, y los ingleses Maxim Mehmet en Sven, Andrew buchan como Martin y Kerry Fox como editora, entre otros. Es de agradecer que la distribuidora Surtsey Films apueste por este tipo de cine, y de un país como Irak, del que conocemos muy poco a nivel cinematográfico, con escasos títulos en nuestras carteleras, si exceptuamos algunas como Zaman, el hombre de los juncos (2003), de Amer Alwan, Las tortugas también vuelan (2004), de Bahman Ghobadi, y Homeland (Irak año cero) (2015), de Abbas Fahdel. Un cine profundo, magnífico y humanista que nos habla de la situación política, económica, social y cultural de un país, que tuvo su esplendor en materia de libertad y modernidad en los cincuenta y sesenta, y con la llegada de Hussein entró en la oscuridad y el terror del que todavía no ha salido. My Beautiful Baghdad no solo nos habla de exilio, sino también de algo mucho más universal, la necesidad de olvidar el pasado y sobre todo, de reconciliarse con él, a pesar de las decisiones que tuvimos que tomar, que quizás no eran las más adecuadas, pero fueron las que decidimos, y debemos continuar hacia adelante, perdonando y perdonándonos, para ver lo que vendrá de forma más humana y honesta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Liliana Torres

Entrevista a Liliana Torres, directora de la película «¿Qué hicimos mal?», en una cafetería de Gràcia en Barcelona, el lunes 13 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Liliana Torres, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¿Qué hicimos mal?, de Liliana Torres

DE ESO QUE CREEMOS “EL AMOR”.

“Ce soir le vent qui frappe à ma porte. Me parle des amours mortes. Devant le feu qui s’ éteint” / “Esta noche el viento golpea a mi puerta. Me habla de amores muertos. Frente al fuego que se apaga”.

Charles Trénet en “Que reste-t-il de nos amours”

El gran Charles Trénet cantaba a los amores y las ilusiones perdidas en la maravillosa apertura de Baisers Volés (1968), de François Truffaut. Se preguntaba que fue de aquel amor del pasado, de los hechos que propiciaron su final. La directora Liliana Torres (Vic, Barcelona, 1980), también se hace la misma pregunta: ¿Qué hicimos mal?, en referencia al porqué del final de sus relaciones, y emprende un viaje, un viaje físico y sobre todo, emocional, en el que volverá a sentarse frente a frente a aquellos amores para dialogar por las causas, y preguntarles porque terminaron. Esta fusión entre el documento y la ficción, o lo que es lo mismo, entre la realidad inmediata de la vida de la directora, y la invención, y la construcción propiamente dicha de la película, ya estaban en los cimientos de su opera prima Family Tour (2013), en la que nos situaba en el reencuentro y la relación entre ella y su familia, después de años fuera trabajando, la actriz Núria Gago era Lili, y su familia, la real, que entre todos generaban una suerte de película inteligente y muy íntima, en la que nunca sabíamos donde empezaba y acababa la ficción y el documento.

Con Hayati (2019), codirigida con al montadora Sofi Escudé, se centraba en las consecuencias de la inmigración en Barcelona a través de una familia siria. En ¿Qué hicimos mal?, tercer trabajo hasta la fecha, vuelve a los planteamientos y elementos que sustentaban su primer largometraje, con personas reales e intérpretes. Aunque esta vez, con una premisa mucho más clara, la propia directora hará de ella misma, con rasgos de su propia vida, pero interpretando a una mujer que dirige cine, o al menos intenta hacerlo, a pesar de los obstáculos económicos y emocionales, y además, mantiene una relación con David, una relación de tiempo, que empieza a tambalearse y a repetir viejos patrones del pasado. Mientras, maleta en mano, viajará a tres lugares diferentes: a Barcelona para reencontrarse con Kilian, su primer amor, el más idílico, donde hablarán de las causas que propiciaron la ruptura. En Italia, verá a Manuel, el amor caótico y salvaje, un amor a distancia, que también se rompió, y finalmente, se trasladará a México, donde visitará a Fede, el amor de tiempo, con siete años de relación, que también se fue en una tarde, y todavía hay mucho rencor por parte de él.

La película está construida a través de una naturalidad, transparencia y cercanía ejemplares, todo se cuenta desde una sensibilidad y fuerza magníficas, todo nace desde el corazón, con esa luz tan libre, tan de aquí y ahora, y tan acogedora, que firma la cinematógrafa Lucía C. Pan (de la que hemos visto grandes trabajos para gente como Xacio Baño, Andrés Goteira y Álvaro Gago), y el pausado y conciso montaje que firma Laia Artigal (con películas para Roser Aguilar, Elena Trapé y Sergi Pérez), para reforzar esa mirada en la que no hay sentencias ni buenos propósitos, solo búsqueda, quizás imposible, pero búsqueda ante todo, envuelto en un mar de dudas acerca del significado de hacer una película, de las relaciones, de sus crisis, la de ahora y las pasadas, en un juego que podría recordar a la novela “Canción de Navidad”, de Dickens, de viajar a lo que fuimos, a lo que somos, y tropezarnos con las mismas situaciones, los mismos conflictos, aunque el tiempo vaya pasando, y nosotros nos creamos más maduros e inteligentes. Liliana reflexiona sobre la persona que fue, sobre todo lo vivido y experimentado, y lo hace de forma clara y directa, no hay medias tintas, todo se cuenta desde la verdad, desde lo auténtico, desde nuestras  torpezas y miedos e inseguridades, con unos encuentros o reencuentros que va experimentando que la hacen ver y verse, desnudándose en todos los sentidos, en una hermosa y cruda declaración de sus objetivos e intenciones.

La cineasta-persona quiere saber, aunque para ello deba revivir situaciones felices, y también, dolorosas, pero armada de valor y con la cámara como testigo infalible y registradora implacable de ese instante, se lanzará a todo, en la que no esconde la construcción de la película, sino todo lo contrario, creando esa sensación de inmediatez, de ser testigos privilegiados de todo lo que ocurre, tanto delante como detrás de la cámara, y la directora-personaje se convertirá en un tercer elemento, en una persona que ante todo necesita saber, quiere pensar y sacar, si es posible, alguna que otra reflexión, a pensar en eso que creemos que es el amor, nuestras relaciones y nuestros amores, que diría Pialat, y lo hace con una mirada crítica y certera sobre la naturaleza de las relaciones de ahora, las que vivimos y las que viviremos, en contraposición, como ese reflejo del espejo que nos cuesta mirar, porque todas las relaciones que tendremos siempre nos remitirán a aquellas que tuvimos, a los errores del pasado, a todo aquello que sentimos, que dijimos y sobre todo, a todas las rupturas que tuvimos de amores que, ingenuamente, creíamos sólidos e inexpugnables.

Decía el poeta que amar es darse cuenta de lo solo que estás, también, es darse cuenta que el amor o eso que creemos el amor, es más una ilusión que una certeza, que cuando amamos o creemos amar, no es suficiente el amor, hay más cosas, cosas que olvidamos con demasiada facilidad, y el amor siempre está ahí, o creemos que está, porque todo está sujeto, si está realmente sujeto, de un hilo muy fino, invisible, que siempre está a punto de romperse, o quizás, ya se haya roto, y todavía no nos hemos dado cuenta, porque en el fondo, de lo que habla la extraordinaria película de Liliana Torres es que la experiencia en el amor siempre es muy engañosa, porque cada persona es un mundo, y cada relación una aventura incierta y llena de misterios que desvelar o no, porque como cantaba Trénet, quizás un día, recordemos aquellos amores del pasado, o aquel amor del pasado, y hagamos como Lili y tengamos la necesidad de volver a reencontrarnos con ellos y preguntarles tantas dudas, tantas cosas, y preguntarnos a nosotros mismos sobre el amor o aquello que creemos que es el amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La vida de los demás, de Mohammad Rasoulof

EL VALOR DE RESISTIR.  

“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”.

Albert Camus

En El verdugo (1963), de Luis García Berlanga, un pobre diablo que trabaja en una funeraria se enamora de la hija del verdugo, y no le queda otra, que pasar por el aro del sistema, es decir, ser verdugo como el suegro, y así, aprovecharse de las ventajas del puesto, una vivienda asequible y un trabajo con futuro, en un país donde el estado pone trabas para las primeras necesidades. La parte oculta no es otra que encontrar a primos, emborrachándolos de beneficios vitales, para que el estado siga ejecutando a reos, un trabajo que hagan otros, los ciudadanos de a pie. Seguramente, El verdugo, es una de las obras más contundentes y fundamentales, no solo para hablar de las prácticas deshumanizadas del franquismo, sino para reflejar el control estatal contra el ciudadano, y someterlo a sus necesidades. En La vida de los demás, último trabajo de Mohammad Rasoulof (Shiraz, Irán, 1972), vuelve a los temas sociales y políticos, componiendo una crítica feroz contra su país, que le han llevado a un férreo arresto domiciliario a la espera de sentencia, como nos anuncia el texto que vemos previo a la película.

En Sheytan vojud nadarad, título original de la película, nos habla de forma directa y sin atajos de la pena de muerte y todas las personas que, directa e indirectamente, participan en ella. Somos testigos de las prácticas terroríficas de Irán, de la utilización sistemática de sus ciudadanos, y sobre todo, de su juventud, para alienarlos a través del terror y la manipulación para que cometan actos irreversibles contra sus propios conciudadanos, una práctica horrible que no solo la película muestra de manera fría, sino que nos sumerge en las consecuencias morales y sociales para aquellos que han participado creyendo que cumplían con su deber. La pena de muerte y aquellos que las ejecutan son el eje central de la cinta, pero la película no solo se queda en la denuncia de un estado totalitario y corrupto, sino que profundiza en los conflictos morales de los ejecutores de esas sentencias de muerte, y sobre todo, en las terribles consecuencias que deben arrastrar no solo los protagonistas, sino lo que provocan todos esos actos en su entorno más cercano.

El director de cine iraní construye una película dividida en cuatro relatos, todos dirigidos por él, bajo los títulos de El mal no existe, donde seguimos la cotidianidad de Heshmat, un hombre corriente de cuarenta años, sus quehaceres diarios junto a su mujer e hija, sin más, en la que se nos muestra un día cualquiera, en una ciudad como otra, donde damos cuenta que oculta algo a los demás. En el segundo capítulo de título Ella dijo: “Puedes hacerlo”, nos sitúan en una habitación donde encontramos a cinco jóvenes haciendo el servicio militar obligatorio de dos años de duración que, entre otras cosas, tienen la desagradable tarea de ejecutar a los condenados a muerte. Un joven como otro, Pouya, elegido para llevar a cabo la ejecución,  hará lo imposible para librarse. En el tercer segmento, Cumpleaños, Javad, un joven soldado que ya ha sido verdugo en una ejecución, aprovecha un permiso de tres días para pedir matrimonio a su amada Nana, y se enfrentará a las catastróficas consecuencias de ese acto que lo perseguirá constantemente, cuando el destino se interpone en su camino. Y por último, en Bésame, el acto que cierra la película, que entronca con uno de los capítulos, encontramos a Bahram y Zaman, un matrimonio maduro que viven de las abejas en un pueblo alejados de todo y todos, reciben la visita de la joven Darya, que nos remitirá al pasado y a sus actos, y como repercuten en el presente más inmediato.

Rasouluf usa el cine como vehículo para hablar de las prácticas oscuras y represivas de la dictadura iraní, y sobre todo, como afectan a la vida cotidiana de sus ciudadanos que, al igual que José Luis Rodríguez, el pobre diablo de El verdugo, es usado como mano ejecutora de las leyes injustas y deshumanizadas que se llevan a cabo en el régimen de los Ayatolás. Un cine que nos habla de frente y directamente, sin vericuetos ni estridencias narrativas ni formales, componiendo una forma sencilla y realista, que huye de los subrayados y el discurso malintencionado. La rigurosidad de la película se centra en una narrativa sencilla y naturalista, que imprime la fuerza en la contundencia de su relato y en la actuación de sus intérpretes, y nos sumerge en las cuestiones morales de cada uno de los implicados, de forma compleja e inteligente. Un cine que lo acerca al universo de Panahi, también arrestado por el régimen debido a sus críticas contra un sistema represivo, y Farhadi, cineastas que utilizan un conflicto cotidiano para hablarnos de forma emocional de toda la represión a la que son sometidos los ciudadanos y ciudadanas de Irán. La película se alarga hasta los 150 minutos, pero en ningún momento su fuerza narrativa y argumental decae, todo lo contrario, su in crescendo es demoledor, no hay tregua, ni compasión con todo lo que ocurre y como afecta a sus personajes, y a cada relato de los cuatro que lo componen, su ritmo y sobre todo, su cuestión moral van en aumento, obligándonos al espectador a ser partícipe de sus historias y el contenido de ellas, nos obliga a mirar y conocer la intimidad que deben de arrastrar.

Una película bellísimamente filmada con el inmenso trabajo de cinematografía de Ashkan Ashkani, viejo conocido del director, y el cuidadísimo montaje que firman los hermanos Mohammadreza y Meysam Muini que saben manejar con elegancia el tempo de los diferentes relatos, bien resueltos en sus momentos de pausa y tensión, como su extraordinario reparto, apoyado en las miradas para explicar todo lo que sienten, que sabe dotar de humanismo, complejidad e intimidad a todo lo que les va ocurriendo. El cine de Rasoulof en un inicio se decantó por la alegoría como elemento para criticar el estado, pero a partir de 2010, su cine ha entrado en otro campo, el de la crítica feroz y directa, de forma clara y concisa, eso sí, centrándose en lo humano como espacio para que su crítica sea más realista, donde lo humano y la resistencia ante la injusticia de sus personajes adquiere un gran valor en torno a lo que cuenta y como lo hace, lanzando un motor de fe y algo de esperanza que inevitablemente saldrá de nuestro interior, de todo aquello que nos hace humanos frenteo a un estado de terror. Un cine que se parece a aquel cine italiano de los Bertolucci, Rossi, Bellocchio, Pasolini, y demás, que a través de lo humano, construían relatos del ciudadano pisoteado y reprimido por la maquinaria estatal, una organización que crea y distribuye dinero a su antojo y arbitrariamente, dejando al de abajo, al que realmente trabaja para el futuro del país, totalmente vendido y explotado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA