Entrevista a Albertina Carri

Entrevista a Albertina Carri, directora de la película «¡Caigan las rosas blancas!», en el marco de la retrospectiva que le dedica la Filmoteca de Catalunya, en la Sala Laya de la citada institución, el jueves 10 de abril de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albertina Carri, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Sandra López Jiménez de Nueve Cartas Comunicación, y a Jordi Martínez de Comunicación de Filmoteca, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Caigan las rosas blancas!, de Albertina Carri

VIAJE A NINGÚN LUGAR.   

“En el laberinto de mis pensamientos, encuentro la belleza en la oscuridad, la luz en la sombra, la esperanza en el abismo”. 

Alejandra Pizarnik 

El universo de Albertina Carri (Buenos Aires, Argentina, 1973), está construido en base a la constante exploración de las herramientas de lo cinematográfico, es decir, cada trabajo de la cineasta bonaerense nace de dos vías. En la primera, cuenta un relato o algo que se le parezca a esa definición, y en el segundo, somos testigos del proceso de ese no relato, donde la película continuamente muestra sus herramientas al natural, en que el descarte se convierte en materia fílmica y viceversa, en un continuo juego donde la película va cambiando, va yendo hacia lugares desconocidos que la hacen viva, de su tiempo y la convierten en un poderoso viaje lleno de cuestiones y nada convencional. De sus siete largometrajes, el puñado de cortometrajes y serie podemos decir que la mirada de la directora de la fascinante Los rubios (2003) ha navegado por todo tipo de mares: el documental, el archivo, la ficción, en que cada obra suya tiene de todo y se nutre de todo para crear un mundo único, profundo, inteligente y lleno de poesía y política, porque su cine es bello y trágico a la vez. 

En ¡Caigan las rosas blancas!, que podría encajar como díptico junto a Las hijas del fuego (2018), donde exploraba las posibilidades de la representación del porno a partir de un viaje en el que varias mujeres practican sexo poliamoroso y explicito en un hermoso canto feminista sobre la necesidad de compartir en libertad y en paz. En su nueva película, a partir de un guion que firman Agustín Godoy, la propia Carri y Carolina Alamino, la actriz que hace de Viole, la protagonista, en la que cuenta a través de Viole, la directora que, después del éxito de la anterior, es contratada para hacer un porno mainstream que la lleva a una crisis y acaba por renunciar, yéndose con tres amigas que trabajan en la película lanzándose a un viaje sin causa ni efecto. La película nos lleva por una travesía en el que continuamente va mutando en géneros y texturas, con el aroma de La flor (2018), de Mariano Llinás, a modo de episodios en los que transita por la road movie, la comedia disparatada y negra, el musical, el documental, el metacine, el melodrama, la de aventuras, el terror y el thriller y el fantástico, en la que volvamos a encontrarnos con las formas de representación y las diferentes miradas a estructuras, formatos y texturas, en que el video doméstico y el Súper 8 entran en escena, en una película en continua ebullición, a punto de explotar, como sucedía con Las hijas del fuego, donde la experimentación estaba cruzada con lo que se cuenta, en este caso, la crisis tanto profesional como existencial de Viole, la directora que ha perdido la ilusión del cine y de vivir. 

La magnífica cinematografía que firman el dúo Sol Lopatin (que ya estuvo en La rabia (2008), amén de Dúo, de Meritxell Colell y en películas de Daniela Goggi), y la brasileña Wilssa Esser, que ha trabajado con Anna Muylaert, y en la reciente Levante, de Lilah Halla, que contribuye a dar ese aroma de inmediatez que tiene toda la película, de una naturalidad asombrosa y una forma de contar que todo está pensado pero sin parecerlo, como si fuese todo espontáneo. La música de la española Paloma Peñarrubia, que tiene en su filmografía a cineastas como Samu Fuentes, Juan Schnitman y Rocío Mesa, entre otras, ayuda a fusionar el frenético y caótico viaje junto a lo poético y lírico que anidan en el alma de todo lo que sucede. El montaje de lautaro Colace, que ya trabajó con Carri en la serie 23 pares (2012), y cuatreros (2016),  con sus 122 minutos de metraje, que avanzan a muchas velocidades, con ese aire de western crepuscular a lo Monte Hellman, en que el viaje es una mera excusa para contar y contarnos las diferentes crisis tanto de la cineasta como de sus acompañantes, en una travesía que parece enroscarse y sin salida, en ese estado de soledad, pérdida y sin reconocerse a uno mismo, como sucedía en películas como Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel.  

El magnífico cuarteto protagonista empezando por la mencionada Carolina Alamino, siguiendo por Mijal Katzowicz, Rocío Zuviría y María Eugenia Marcet, que ya deslumbró en Las hijas del fuego, donde daban rienda suelta a sus pasiones y deseos sexuales en un desenfreno alucinante y contestatario. Ahora, también viven un viaje de aúpa donde les ocurre de todo, que recorre lo más rural de la Argentina hasta llevarlas hasta un lugar que mejor no desvelar para disfrute del espectador/a. Las cuatro actrices se atreven con todo, transmitiendo una naturalidad que traspasa la pantalla y nos devuelve a ese cine sin tanta impostura ni artificio. Les acompañan dos grandes como Laura Paredes, una actriz muy “pampera” que era una de las protagonistas de la citada La flor, aquí transformándose en un rol muy alejado de ella pero dándolo todo, una presencia tan brillante como la de Érica Rivas en Las hijas del fuego, en dos personajes en las antípodas. Destacada la presencia de la española Luisa Gavasa, en un rol que es mejor no desvelar, porque adquiere una importancia capital en la trama ya que es uno de esos personajes que no dejan indiferente, y sobre todo, nos habla de la raíz primigenia del cine, ya verán. 

Resulta muy agradable encontrarse con el cine de Albertina Carri y cada nuevo trabajo es una gran alegría para el cine y para su constante mutación, para preguntarse constantemente por qué se hacen películas y porqué se hacen como se hacen, y muchas más cuestiones que hacen del cine una herramienta en constante movimiento y evolución, donde siguen habiendo caminos y lugares por explorar, por indagar y por investigar. ¡Caigan las rosas blancas! es una de esas películas tan originales e irreverentes cargada de belleza, de poesía, de política, de cine, de su tiempo y de cualquier tiempo, que se atreve con aguas de todo tipo, y pasa de sofisticaciones ni de estridencias que tanto se llevan, para crear su propio mundo, tan cercano como extraño, tan natural como diferente, por donde pasa la vida, el erotismo, el sexo, las dudas, las crisis, las de allí y las de allá, en que el espectador sigue muy atento a todo lo que ocurre y cómo ocurre, porque en el cine de Carri nada es esperado y en el fondo, si, porque ella, al igual que le ocurre a Viole, emprende un viaje hacia adelante sin olvidar los orígenes, la propia esencia del cine, lo más básico y artesanal, encontrando la pureza de las cosas, lo primigenio, aquello que con tanto pompa e inmediatez, olvidamos y perdemos y debemos recuperar para seguir viviendo y soñando el cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esperando la noche, de Céline Rouzet

LA IMPOSIBILIDAD DE SER. 

“La valentía es no dejarse intimidar por el miedo”

Rebecca Solnit 

Erase una vez… Una familia que llega a una zona residencial, de esas tan tranquilas que parecen esconder algo oscuro, llenas de casas con su jardín verde tan natural como artificial, con piscina de agua demasiado azul, y demás lujos innecesarios de gente que no sabe en qué gastar el dinero que gana. La familia en particular son Laurence y Georges, madre y padre, Lucie, la hija pequeña y finalmente, Philémon, el hijo adolescente, demasiado pálido y extraño. A parte del hijo, lo demás no parece raro, aunque a medida que avanza la trama, nos daremos cuenta que la cosa si guarda ciertas rarezas. La directora francesa Céline Rouzet, que debutó con 140 km à l’ouest du paradis (2020), un documental sobre una de las zonas más remotas de Papúa Guinea que analiza el turismo y el neocolonialismo. Para su segunda película Esperando la noche (“En attendant la nuit”, en el original), se adentra en el género para contarnos una sensible e íntima historia sobre el difícil paso de la infancia a la adolescencia de un chaval, el tal Philémon, que tiene un secreto: necesita sangre humana para alimentarse. 

Rouzet huye deliberadamente del vampirismo como fenómeno terrorífico para situarse en los pliegues de ese momento vital, tan esperanzador como inquietante, en la que nos habla desde el alma de conflictos cotidianos en los que impone una naturalidad oscura, parecida a la de las películas de David Lynch, donde todo lo que vemos insinúa unas puertas para adentro donde ocurren los terrores más espeluznantes. Su relato se aleja de las argucias argumentales y construye un guion junto a William Martin en el que prevalece la honestidad, el secreto no es ningún misterio, porque como hacía Hitchcock, lo desvela al principio, así que, la trama se desarrolla en eso que comentábamos al inicio del texto, en el proceso de un joven que quiere ser aceptado por los jóvenes del lugar y aún más, en el miedo que siente en revelar su “secreto”. Por el camino, el film habla del sacrificio familiar para proteger a su hijo, llevándolos a hacer cosas ilegales y demás cosas. La película plantea lo vampírico como una enfermedad o discapacidad que nos puede alejar de los demás, incluso del amor como le ocurre a Philémon que se siente atraído por Camille. 

La cineasta francesa huye de los lugares comunes del terror más convencional, porque su película va de otra cosa, y la llena de lugares extremadamente domésticos y cercanos como la casa y las calles y el bosque y el río, siempre de día y en verano, con esa luz tranquila y pausada que firma el cinematógrafo Maxence Lemonnier, del que hemos visto hace poco HLM Pussy, de Nora el Hourch, en la que envuelve de cotidianidad y cercanía su película. El montaje de Léa Masson, habitual de Claire Simon, que además estuvo en el debut de Rouzet, huye del corte enfático y se instala en un marco reposado donde todo se cuenta con el debido tiempo, sin prisas ni estridencias, en sus 104 minutos de metraje. La excelente música de Jean-Benoît Dunckel, la mitad de “Air”, que ha trabajado en grandes títulos como María Antonieta, de Sofia Coppola, El verano de Sangaile, de Alanté Kavaïté y en Verano del 85, de Ozon, nos envuelve de forma natural e inquietante al anthéore de la película, confundido y torturado, en ese estado de ánimo entre el miedo, el conflicto y la necesidad de abrirse del protagonista, enfrascado en sus temores y oscuridades, y las otras, las de fuera, las que más miedo le producen, porque no sabe cómo reaccionan los otros cuando sepan su “secreto”.

La presencia del debutante Mathias Legoût Hammond en la piel del oculto Philémon es todo un gran acierto, porque el joven actor sabe transmitir todo el problema que arrastra un adolescente que quiere ser uno más y no puede, protegido por el amparo familiar pero con ganas de descubrir otros espacios de la vida como la amistad y el amor. Le acompañan una siempre arrolladora Elodie Bouchez como la la madre, que fácil lo hace y todo lo que genera una actriz dotada de un aura especial. Jean-Charles Clichet es el padre, que le hemos visto en películas de Honoré y Hansen-Love, entre otros, la niña es la casi debutante Laly Mercier, genial como hermana pequeña, tan lista como rebelde, y finalmente, la estupenda presencia de Céleste Brunnquell como Camila, la amada de Philémon, una actriz maravillosa que nos encantó en El origen del mal y Un verano con Fifí, entre otras, siendo esa mujer que, al igual que el protagonista, se transformará. No se pierdan Esperando la noche, de Céline Rouzet, si les gustan las películas de terror sin efectismos y que profundicen en el alma humana, sus verdades y mentiras, y sus brillos y oscuridades, y todo lo que nos hace humanos o no, y cómo reaccionamos ante el diferente y lo desconocido, que es eso lo que nos hace inteligentes  y sobre todo, bellas personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Shayda, de Noora Niasari

UNA VIDA SIN MIEDO. 

“Cada momento es una nueva oportunidad para elegir el amor en lugar del miedo”

Louise Lynn Hay

Los primeros instantes de Shayda, la ópera prima de la iraní Noora Niasari son de puro terror, se palpa la tensión, la inquietud y el miedo. La cámara se encierra en el rostro de la protagonista, la magnífica Zar Amir Ebrahimi, envuelta en un mar de dudas e incertidumbre, junto a Mona, su hija de tan sólo 6 años. Momentos de angustia que van de la llegada al aeropuerto y el posterior traslado a la casa donde se refugian otras mujeres maltratadas como ella. Apenas son necesarias las palabras, porque la angustia y el silencio están tan presentes que van más allá de la pantalla y se meten en nuestras conciencias. No sabemos de qué huye, lo sabremos más adelante, pero esa sensación de huir, de dejar atrás algo malo, y buscar refugio, una mirada cómplice y un abrazo que dé paz y tranquilidad. Shayda es una mujer iraní que ha pedido el divorcio de su marido iraní en algún lugar de Australia, lejos de su país, aunque su marido actúa como si siguieran en él. Así empieza la película, una forma que nos sujeta bien fuerte y no nos soltará hasta el final. 

Como sucedía con Aftersun (2022), de Charlotte Wells, con la que tiene mucha de hermandad en su tono, la directora Noora Niasari expone en su primer largometraje sus vivencias de niña y su relación con el mundo de los adultos, si en aquella eran unas vacaciones en Grecia junto a su padre, ahora, estamos en la otra parte del mundo, en otoño, y junto a su madre. El tono documento y de verdad de la historia viene de los años en que la directora viajó por el mundo realizando documentales como Casa Antúnez, entre otros, porque la directora construye una película que nace de la memoria, en la que se mete de lleno en temas como empezar de nuevo dejando un pasado de horror, la fraternidad entre las mujeres del refugio, la sensación de sentirse acompañada, pero también, en constante peligro, y la eterna y espeluznante burocracia para quedarse en un país cuando eres extranjera. Temas de ahora y de siempre que la película trata con sencillez y honestidad, sin alardes argumentales ni nada por el estilo, sino desde la mirada, el gesto y el diálogo pensado y transparente, introduciéndonos en una intimidad, sensibilidad y ternura que ayudan a paliar un relato muy duro y de puro terror, en muchos momentos. 

La parte técnica va al unísono con lo que se cuenta, desde la cercana y cámara-testigo que firma Sherwin Akbarzadeh, en la que cuenta y detalla cada mirada y gesto, siguiendo la mirada de las protagonistas, situándose en esos pliegues donde la película se mueve, en una línea muy frágil entre la alegría y la esperanza en construir una nueva vida y por ende, un hogar, un lugar de paz, con esos otros momentos en que la película se enfila, donde el marido iraní aparece y las cosas se tornan turbias, frías y muy peligrosas. El montaje de Elika Rezaee es ejemplar, porque explica sin mareos ni estridencias técnicas una historia sumamente compleja que se mueve entre unos personajes vulnerables y a punto de derrumbarse como el personaje principal con esos toques de leve esperanza con esos otros donde la violencia entra a saco. Un relato que consigue cimentar con pausa y sin prisas muchas realidades de mujeres que deben huir y refugiarse para encontrar una vida, sea donde sea, porque es una realidad que, desgraciadamente, existe en cualquier parte del planeta, en sus 118 minutos de metraje, que explican muy bien una realidad que, lejos de solucionarse, sigue creciendo. 

Ya he mencionado a la maravillosa Zar Amir Ebrahimi, que nos encanta, por su intensa mirada, su forma de moverse en el cuadro, y cómo habla y sus silencios que transmiten todo lo que está viviendo y sobreviviendo su Shayda, que hace muy poco la vimos en Tatami, que codirigía y cointerpretaba. A su lado, la sorprendente Selina Zahednia como Mona, la niña de 6 años que está estupenda, sin olvidarnos de los demás intérpretes como Osamah Sami como Hossein, el marido iraní, Mojean Ari como un amigo, Leah Purcell como Joyce, la encargada de la casa refugio, Jillian Nguyen y Rina Mousavi, y demás, dotan de profundidad a la historia que se cuenta y consigue esa naturalidad y complejidad tan necesaria en una película de estas características. Debo mencionar una de las productoras ilustres que ha tenido la película que no es otra que la gran actriz Cate Blanchett a través de Dirty Films junto a sus dos socios como Andrew Upton y Coco Francini, que da una visión más amplia de la magnitud de la historia de la directora Noora Niasari, tanto su importancia como su forma de abordar un tema tan candente y muy preocupante. Acérquense a ver una película como Shayda, porque les va hacer reflexionar y sobre todo, les va a mostrar muchas realidades ocultas e invisibles que, ahora mismo, siguen luchando por una nueva vida, y les dará un poquito de esperanza porque verán que todavía existe, aunque muy poco, valores como la solidaridad, la hermandad y la fraternidad, y eso, en el mundo qué vivimos, es muy grande. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tatami, de Guy Nattiv y Zar Amir

GANAR O MORIR.  

“Todo es política”

Thomas Mann 

Me gusta como empieza Tatami, y no lo digo por sus razones estéticas, que las tiene, y que más tarde nos detendremos en ellas, sino por su hipnótico arranque en el interior de un autobús en marcha, la cámara de forma pausada, va buscando a alguien, vamos viendo a judokas iraníes y, de repente, la música surgida de unos auriculares, nos lleva a una de ellas, y ya el cuadro no buscará más, se detendrá en ella, y la seguirá incansablemente. La judoka en cuestión es Leila Hosseini de Irán, una heroína nacional, que viaja al campeonato del mundo de 2019 que se celebra en Tiflis (Georgia), donde tiene muchas expectativas en la competición en la que puede llevarse el oro, o quizás, su gobierno tiene otros planes y no desea, por nada del mundo, un enfrentamiento contra la representante de Israel. La película se mueve entre dos universos, o quizás, entre uno, el público y el otro, el que se oculta, el de los empleados del gobierno que llevan a cabo a pies juntillas sus órdenes, sea cuáles sean, que harán todo lo imposible para que Hosseini siga las instrucciones de arriba, sin rechistar. 

Si recuerdan la excelente película Snake Eyes (1998), de Brian de Palma, sus extraordinarias tensión y agobio en mitad de un combate de los pesados, donde la cámara se deslizaba entre el público y sus inquietantes personajes, pues mucho de ésta podemos encontrar en Tatami, dirigida por Guy Nattiv (Tel Aviv-Yafo, Israel, 1973), y Zar Amir (Teherán, Irán, 1981). De él conocíamos películas como Strangers (2007), Skin (2019) y Golda (2013), y de ella, su trabajo como actriz en películas tan importantes como Shririn (2008), de Abbas Kiarostami, y la reciente Holy Spider, de Ali Abbasi, que le valió el premio en el prestigioso Festival de Cannes. Con el regusto de grandes títulos del boxeo como Más dura será la caída, Nadie puede vencerme, Cuerpo y alma y Toro Salvaje, entre otras, con todo el juego sucio y oculto que hay en el deporte, y ese primoroso y magnífico blanco y negro, que firma el cinematógrafo Todd Martin, del que vimos La aspirante (2021), de Lauren Hadaway, otra sobre el deporte y sus obsesiones, y una cámara convertida en otra extremidad de la protagonista, que observa y que viaje por los pasillos y diferentes espacios de la competición.

Un estupendo guion que firma Elham Erfani y el propio codirector, en el que se inspiran en hechos reales para contarnos la encrucijada de dos mujeres, la citada Leila Hosseini, y su entrenadora Maryam Ghanbari, que se vieron presionadas por su gobierno que las obligaba a retirarse de la competición ya que no querían un enfrentamiento con la judoka israelí. Construyen una excelente tensión que involucran al espectador, llevándolo por su asfixiante dilema, convirtiendo el cuadrilátero y los aledaños del espacio, en un laberinto sin salida, llena de miedos y prisas, con continuas llamadas de ida y vuelta, enfrentamientos y sobre todo, mucha inquietud e incertidumbre entre lo que va a suceder. Papel importante el que juegan la formidable música de Dascha Davenhauer, que ha trabajado con Kornel Mundruczó, y en la citada Golda, que no sólo va más allá de las imágenes que nos propone la película, sino que les imprime un carácter y un agobio que no dan tregua, así como el gran trabajo de montaje de Yuval Orr, que consigue gran realismo y convicción a través del ritmo con una historia que se va a los 105 minutos sin descanso y en muchos tramos contada en tiempo real y cercanísimo con leves viajes al pasado para desvelar acontecimientos importantes para el desarrollo de la trama. 

Si la parte técnica brilla, la interpretativa no se queda atrás, porque tiene a una dupla inolvidable, una pareja que pasarán por todas las fases emocionales y en un período breve de tiempo, que también vive su propio combate, con unas espectaculares Arienne Handi Leila, actriz estadounidense conocida por la serie The L Word: Generation Q, en la piel de una convincente y brutal Leila Hosseini, que pasa por su montaña rusa particular por diferentes estados de ánimo, arrastrando su miedo, su fuerza y su lucha constante, en una interpretación llena de sobriedad e ira, junto a ella, o podríamos decir contra ella, tenemos a la codirectora Zar Amir, que se mete en el difícil dilema de la entrenadora, que se debate entre cumplir las órdenes del gobierno iraní, o apoyar a su discípula para seguir en la competición e intentar que gane el campeonato. Compleja la tesitura cuando tu vida y la de los tuyos corre serio peligro. La película recibió los aplausos de un Festival de Venecia tan importante y riguroso, y no nos extraña por su bella e inquietante imagen a través de un blanco y negro que deslumbra y amarga a partes iguales, y la historia tan brutal que cuenta, situando a sus personajes al borde del abismo, sin tiempo para pensar, en una encrucijada terrible. 

Tiene la película de Nattiv y Amir un añadido, como todas las buenas películas, que es su narrativa o lo que es lo mismo, cómo se cuenta, con esas dosis de cine negro, cine político (aquí abrimos un paréntesis, y citamos a Aristóteles: “.. El estado (Pólis) es algo natural y el hombre es por naturaleza un animal político (Zoon Politikón)”), cine social, y sobre todo, cine en mayúsculas, un cine que hable de lo que pasa y que lo haga con negrura y complejidad, centrándose en las emociones y sentimientos contradictorios de unos personajes que tengan múltiples capas y espejos, porque la vida nunca es tan sencilla, y además, la existencia humana siempre está llena de situaciones que nos sobrepasa, y sobre todo, nos hace situarnos en callejones sin salida, o quizás, no. No dejen escapar una película como Tatami, ya saben las urgencias mercantilistas de este planeta en el que vivimos, porque es una película excelente que, desgraciadamente, nunca pasará nada, porque el deporte de alta competición nunca será un deporte, sino una extensión de la guerra, de quién es el más fuerte, sino que le pregunten a Mussolini y Hitler, que usaron el deporte y lo popularizaron como arma de estado, no andaban equivocados, porque seguimos en esas y lo que nos queda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La caja de cristal, de Asli Özge

TODOS CONTRA TODOS. 

“Quizás todos tienen miedo de los demás en este condenado mundo”

John Steinbeck

Cuando todos estábamos sumidos en la pandemia, y por ende, sometidos a un miedo irracional, un miedo en el que todo y todos nos inspiraban desconfianza, el exterior se convirtió en un campo de minas en la que nadie quería tropezar con el virus. El miedo se apoderó de todos nosotros, un miedo que controló nuestras vidas y lo que es peor, nuestra forma de pensar. La amenaza exterior estaba ahí, aunque quizás, no era tan temible como parecía. La historia que cuenta La caja de cristal (“Black Box”, en el original), tiene mucho que ver con aquellos tiempos de pandemia, porque el relato nos encierra en una comunidad de vecinos de un edificio céntrico berlinés, y más concretamente, en su patio interior, donde los inquilinos van y vienen porque fuera existe una amenaza desconocida, y la policía ha acordonado la zona sin dejar salir a nadie. Y todavía hay más, la inmobiliaria, propietaria del edificio, acosa a los vecinos para quedarse con sus viviendas, remodelarlas por su estado viejuno, y hacerlas de lujo para vecinos ricos. 

Detrás de las cámaras de la película está la directora turco-alemana Asli Özge (Estambul, Turquía, 1975), de la que conocemos Men on the Bridge (2009), y Para toda la vida (2013), ambas filmadas en Turquía, de corte social y la otra, la descomposición de una pareja, y All of a sudden (2016), ya en Alemania, sobre una pequeña comunidad y la violencia que se cierne entre ellos. Muchos elementos de esta última, que tiene como coproductores a Jean-Pierre y Luc Dardenne, los podemos reconocer en su último trabajo, porque volvemos a enfrentarnos a un pequeño grupo de personas, ya tensionados por el mobbing de la inmobiliaria y ahora, con esa amenaza exterior, los irá enfrentando unos a otros, en el que emergerá viejas rencillas no resueltas, con ese magnífico comienzo con los operarios introduciendo la famoso caja negra del título colocada a un lado del patio, una especie de oficina de control, el Big Brother del lugar, que todo lo ve y lo juzga. La directora impone una certera e interesante película muy de nuestro tiempo, y desgraciadamente, de cualquier tiempo, porque la tensión que se va generando, provocada por el miedo que se va instalando en cada uno de los personajes, que podríamos ser nosotros mismos, los va aislando y creando esos grupos maliciosos donde se va tomando partido más por las entrañas que de forma racional, enfrentándose todos contra todos, en una historia in crescendo de puro ritmo y tensión que nos va asfixiando sin tregua. 

Estamos ante una película social, pero es que muchas cosas más, tiene ese corte de thriller agobiante a contra reloj, donde la atmósfera se va enturbiando sin necesidad de efectismos propios del cine de terror, aquí todo pasa de día, a plena luz del día, pero el terror se siente y se padece, a partir de espacios cotidianos, y otros, también naturales, que irán descubriéndose y teniendo su importancia, como el ático y el subterráneo, que irán quitando las máscaras y destapando las verdaderas intenciones de la inmobiliaria, y los demás vecinos. La cinematografía de Emre Erkmen, que ha trabajado en todas las películas de Özge, del que vimos por aquí la excelente Un cuento de tres hermanas (2019), Ermin Alper, impone esos planos secuencia muy cortantes, donde se priman los rostros y hace hincapié en las diferentes reacciones de los diferentes individuos a medida que van conociendo los planes, o mejor dicho, todas las hipótesis que salen a relucir en una situación que los traspasa sin piedad. Al igual que el fantástico y medido montaje de Patricia Rommel, una veterana en la cinematografía germánica con más de 40 años de trabajo en películas como La vida en obras, de Wolfgang Becker, La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck, y sus películas con las directoras Caroline Link y Angelina Jolie, entre otras, en un gran ejercicio de dosificación de información y tensión sin florituras, sino a través de los rostros y los (des) encuentros de los personajes, en una película nada fácil con un metraje de un par de horas.  

El gran trabajo del reparto es otro de los elementos indiscutibles de la cinta con una magnífica Luise Heyer, que ha trabajado con Petzold, en la serie Dark, y ya estaba en All of a Sudden, en el rol de Henrike Koch, una actriz que llena la pantalla con su rostro e hilo conductor de la película, agobiada por la falta de trabajo y la imposibilidad de salir del edificio para una importante entrevista, cosa que le hará discutirse con su marido, Felix Kramer es el antipático administrador Johannes Horn, al que hemos visto recientemente en Algún día nos lo contaremos todo y Bastarden, el fascinante Christian Berkel, con más de medio siglo de trayectoria como actor con nombres como los de Tavernier, Hirschbiegel, Verhoeven, Tarantino, y más, siendo el tipo que se enfrenta al administrador recogiendo firmas entre los vecinos, y otros intérpretes igual de estimulantes y cercanos como Timur Magomedgadzhiev, Manal Issa, André Szymanski, Sacha Alexander Gersak, Anne Ratte-Polle y Jonathan Berlin y otro gran veterano como Hans Zichler, viejo conocido de la directora. No se pierdan una película como La caja de cristal porque tiene mucho que ver con nuestros mundos consumistas sin piedad que, anhelan riqueza a costa de todo y todos, y se relacionarán con el término de gentrificación, seguro que ya saben su significado, porque muchos de ustedes lo han sufrido o lo sufrirán, no le den más vueltas, la cosa es así, siempre ha sido así, pero no desesperen, si nos juntamos, unas con otras, podremos hacer algo, no piensen que es imposible, porque el sistema les va a hacer pensar que es así, que no tiene solución, no lo crean, sino ya estarán muertos, y sigan en la lucha, en la lucha de vivir mejor y sobre todo, de forma humana, que se nos olvida constantemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mamífera, de Liliana Torres

LOLA NO QUIERE SER MADRE. 

“Porque hay una historia que no está en la historia y que sólo se puede rescatar escuchando el susurro de las mujeres”

Rosa Montero 

En los últimos años hemos visto que la cinematografía española ha mirado y explorado las diferentes formas de maternidad. Películas como Els dies que vindran, de Carlos Marqués-Marcet, Cinco lobitos, de Alauda Ruíz de Azúa, Viaje al cuarto de una madre, de Celia Rico, Ama, de Júlia de Paz Solvas, y La maternal, de Pilar Palomero, son sólo algunos ejemplos de un cine que profundiza en el hecho de ser madre. Podríamos decir que Mamífera, de Liliana Torres (Vic, 1980), es el contraplano de todo ese cine, porque la película no nos habla de la maternidad, sino de la decisión de no ser madre. Una decisión que no es fácil, repleta de estigmatizaciones y sobre todo, de múltiples presiones y estereotipos sociales que cuestionan la moral de las mujeres que deciden no ser madres. La película se pregunta a sí misma, se cuestiona todo y a todas, y lo hace desde un personaje como el de Lola, una mujer feliz con su pareja Bruno que, al quedarse embarazada, le volverán todos los miedos del mundo a la hora de afrontar su decisión. 

A Torres la conocíamos con Family Tour (2013), una interesante propuesta que investigaba las relaciones y (des) encuentros de la propia directora, que interpretaba Nuria Gago, con su familia, que se interpretaba a sí misma,  después vimos ¿Qué hicimos mal? (2021), protagonizada por Liliana que visitaba a tres ex parejas y les preguntaba por la citada cuestión. Con Mamífera se cierra una especie de trilogía en la que aborda la maternidad, pero desde un prisma sensible y nada juzgante, desde lo más íntimo y cercano, desde una mirada sobre la aceptación de uno mismo y la de los demás, aunque tomen decisiones alejadas a las de la protagonista. El personaje principal Lola, hilo conductor, con la que viajamos por esa Barcelona y rodalies tan domésticos, la acompañamos en su deriva y temores en esos tres días de reflexión, según la ciencia, en la que interrumpirá el embarazo. Seremos su compañía y su espejo en el que reflejarse, arrastrando dudas, miedos y preocupaciones, visitando a las madres, a las que tienen y no tienen, y a su madre, para exponer sus reflexiones, sus ideas y pensamientos, en un viaje muy interior, parecido al que vivía la protagonista de Cléo de 5 a 7 (1962), de Agnès Varda, en otro contexto y situación pero tanto una como otra, llenas de incertidumbre y abismos. 

La cinematografía tan directa y traspasadora de Lucía C. Pan, que hemos conocido por sus trabajos para Xacio Baño, Andrés Goteira, Sonia Méndez y Álvaro Gago, entre otros, que ya estuvo en ¿Qué hicimos mal?, ayuda a crear un espacio íntimo y profundo, dejando de lado artificios y estridencias argumentales para seguir con una cámara que es una extensión de la propia Lola, rodeada de esos grisáceos de la periferia barcelonesa, con sus continuos viajes en tren o metro. El estupendo montaje de Sofi Escudé, que codirigió con Liliana el documental Hayati (Mi vida), que nos atrapa y asfixia en sus 93 minutos intensos y sin tregua, siguiendo a una Lola que deambula, que va y viene y no sabe adónde va, en un relato en primera persona y singular con esas partes oníricas tan ricas y profundas que materializan todos esos pensamientos y temores de la protagonista. La música de Joan Pons Vilaró, que también estuvo en Hayati (Mi vida), resignifica el tono y la forma de una película que navega sin prejuicios por el drama y la comedia, mezclándolos de forma natural como la montaña rusa de emociones y sentimientos en la que está Lola. 

Una película sencilla, transparente y nada pretenciosa como Mamífera requería de unos intérpretes que vayan más allá de lo que se cuenta, y cómo se cuenta, con esas miradas y silencios que hablan mucho más que los diálogos, con una magnífica y poderosa María Rodríguez Soto que, protagonizó junto a David Verdaguer la mencionada Els dies que vindran, ahora con el mismo arranque pero en unas decisiones y circunstancias totalmente diferentes, porque su Lola no quiere ser madre y debe lidiar con ese espacio de soledad y miedo ya que su entorno no ha tomado la misma decisión, y la actriz mezcla la fuerza y la vulnerabilidad de un personaje valiente y lleno de miedo. A su lado, Enric Auquer, la pareja cercana, sensible y cuidadora, aunque la decisión de Lola también generará conflictos y muchas palabras, quizás demasiadas. Tenemos una retahíla con personajes breves, pero igual de interesantes como los de Amparo Fernández haciendo de madre de Lola, Anna Alarcón y Ruth Llopis, una madre y otra que quiere, darán puntos de vista muy distintos y respetables para la protagonista. Y otras cómo Mireia Aixalà, Ann Perelló, Anna Bertran y Maria Ribera, entre otras. 

Me encantaría que el público fuera a ver una película como Mamífera, porque les hará cuestionarse muchas cosas de su propia vida y las de su alrededor, y quizás, ya no juzgarán tan a la ligera y se encerrarán en sus propios miedos, prejuicios y valores de mierda, porque la película aboga por la empatía, ese aspecto tan en desuso y en vías serias de extinción, en hacer el ejercicio y el esfuerzo en mirar más al otro que, posiblemente es el/la que tenemos más cerca, y necesita eso mismo, que los mires, los escuches y sobre todo, los entiendas aunque no tengas la misma idea de vida, de maternidad o lo que sea, porque lo que nos hace humanos no es pertenecer a esta especie, ni mucho menos, sino en esforzarnos en respetar y cuidar al otro/a y no imponerles nuestros valores, porque ellos tienen los suyos, y quizás, están muy lejos de los nuestros, y eso no quiere decir que sean mejores o peores, sino diferentes, y tenemos el deber de escuchar y respetar, y no juzgar, así que, ya saben y sabemos, vivan como puedan y sobre todo, miren de frente al otro/a, sólo eso, y créanme, eso cambiará muchas cosas, nos hará humanos y nos acercará los unos/as con los otros/as. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ferrari, de Michael Mann

DOS MUJERES Y UN COCHE. 

“Mire usted: cuando un coche sale de mi fábrica rumbo al circuito, me parece lleno de defectos y realmente feo. Por el contrario, si regresa triunfador, le admiro como si tratará de una obra de perfección.

Enzo Ferrari 

No es la primera vez que Michael Mann (Chicago, EE.UU., 1943), se enfrenta a un “Basado en hechos reales”, empezó con El dilema (1999), en la que nos situaba en la cruzada de un directivo de una tabacalera que destapaba las argucias para generar adicción con la ayuda de un productor televisivo, en Ali (2001), repasaba la vida del famoso boxeador Muhammad Ali centrándose en su legendaria pelea contra Foreman en Zaire en 1974, y Enemigos públicos (2009), donde seguía los pasos del agente del FBI para capturar al famoso criminal Dillinger en los años treinta. Catorce años después, vuelve al hecho real para meterse en la figura de Enzo Ferrari “Il Commendatore” (18989-1988), y como hiciese en la otras ocasiones, se aleja del manido “biopic” para construir una obra muy personal que sitúa en una fecha concreta, en la Italia de 1957, en la cual, el personaje en cuestión, se encuentra en dos frentes muy importantes. Por un lado, está casado y legalmente y vive con Laura, la madre del hijo que murió, pero está enamorado de Lina Lardi, con la que tiene un hijo secreto. Por el otro, necesita urgentemente ganar carreras con sus coches porque su empresa está al borde de la bancarrota. 

La película guarda planteamientos similares con la reciente La casa Gucci (2021), de Ridley Scott, porque las dos se centran en Italia, en sendas familias dedicadas a negocios millonarios que tienen dificultades económicas, dos mujeres fuertes y decididas, y temas como la ambición desmedida, la venganza, la rabia y el amor en el centro de la trama. Además, de tener a Adam Driver como protagonista. Si bien en la película de Mann, un cineasta que ha tocado el thriller en sus más diferentes facetas, su relato se mueve entre el melodrama romántico, con sus dosis de oscuridad, con el añadido de las carreras de coches, que podríamos situar en el thriller, donde ganar lo es todo y muy necesario para la viabilidad económica de la empresa Ferrari. La película se basa en la novela “Enzo Ferrari: The Man, The Cars, The Races, The Machines”, de Brock Yates, que guionizó las dos partes de Los locos del Cannonball, popular comedia de coches de los ochenta, que ha adaptado Troy Kennedy-Martin, un guionista que ha escrito Los vientos de Kelly, Danko: Calor rojo e Italian Job, entre otras, con la figura del citado Ferrari omnipresente, un hombre de negocios, un hombre de motor, un hombre que ama a la mujer con la que no vive, un hombre obsesionado con sus coches y las carreras para mantener su industria a flote, un hombre que se ocultaba de los demás, un hombre misterioso, callado y recto. 

La cinematografía de Erik Messerschmidt, que conocemos por sus trabajos con David Fincher, crea la atmósfera ideal que se maneja entre los claroscuros de una vida en mitad de un puente, y sin saber que camino optar, como la música de Daniel Pemberton (que ha trabajado con el mencionado Scott, Guy Ritchie, Danny Boyle, Aaron Sorkin, etc…), que acentúa esa dualidad, sin caer en el sentimentalismo ni las estridencias emocionales, dotando de sobriedad y densidad a la trama. El exquisito trabajo de montaje que firma el gran Pietro Scalia, que tiene en su haber películas con Oliver Stone, Bertolucci, Gus Van Sant, y debuta con Mann con un extraordinario trabajo en una película pausada y comedida, que va in crescendo, en un metraje que se va a los 130 minutos. Mann que siempre ha sabido rodearse de grandes intérpretes, sólo recordar a James Caan en su debut cinematográfico con Ladrón (1981), Daniel Day-Lewis en El último mohicano (1992), la pareja De Niro y Pacino y el resto del elenco de la ejemplar Heat (1993), nuevamente Pacino, Russell Crowe y Christopher Plummer en El dilema. Su maravillosa capacidad para dirigir y sacar lo máximo de sus actores y actrices como hizo con Will Smith en Ali, y Tom Cruise en Collateral (2004), y la terna Johnny Depp, Christian Bale y Marion Cotillard en Enemigos públicos

Su labor con su equipo artístico vuelve a ser maravillosa, porque Adam Driver, del que ya hemos apuntado alguna cosa, se mete en la piel de Enzo Ferrari, el alma mater de la historia, al que da sobriedad, elegancia, ambición y vulnerabilidad. Todo lo contrario del personaje de Laura que interpreta una espléndida Penélope Cruz, una mujer fuerte y rota, valiente y llena de miedo, una mamma italiana arrolladora, de carácter y firme, pero también débil y vacía, la imagen del declive y la decadencia de una familia que fue feliz pero ya no, y completa la terna la actriz Shailene Woodley, que hemos visto en películas como Los descendientes, de Payne, Snowden, de Stone, y la reciente Misántropo, de Damián Szifrón, que da vida a Lina Linardi, la otra, o quizás, la que mujer de Enzo, que oculta por miedo, pero que ella no se callará y luchará por hacerlo visible. Tanto Penélope como Shailene parecen los espejos distorsionados de la vida de Ferrari, dos mujeres, dos formas de ver las cosas y actuar. El resto del reparto lo completan el brasileño Gabriel Leone como un ambicioso piloto, Sarah Gadon como su chica actriz, Patrick Dempsey como el piloto veterano, y el británico Jack O’Connell como otro piloto de la escudería. 

La película Ferrari, de Michael Mann gustará a los amantes de las carreras de coches, y también a los de la escudería Ferrari, a sus inicios, a sus lamentos, a sus grandezas y miserias, a sus sueños y pesadillas y a todo el trabajo que hay detrás y las verdades y mentiras del famoso Cavallino Rampante, aunque también enamorará a aquellos que no les gustan las carreras, entre los que me incluyo, porque la película va más allá, como hemos comentado anteriormente, porque es un relato sobre la condición humana, todo aquello de nuestra alma, sobre sus sueños, ilusiones, sombras y ambiciones, escenificados en un hombre torturado por la muerte de su primer hijo, al que visita cada mañana en el cementerio. Un tipo que ambiciona el mejor de carreras de la historia, y que se mostraba firme con sus mecánicos y pilotos, y en los negocios, y por otro lado, era un tipo frágil y lleno de miedos e inseguridades con sus emociones que gestionaba fatal y sobre todo, ocultaba a los demás y a las personas que amaba. Tal vez, sólo amaba y dominaba sus coches por todo aquello que le podrían reportar, no lo sabemos, aunque logró aquello que ambicionaba, su sueño de construir el mejor coche se hizo realidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La consagración de la primavera, de Fernando Franco

LAURA CONTRA SÍ MISMA.

“Tu mirada se aclarará solo cuando puedas ver dentro de tu corazón. Aquel que mira hacia afuera, sueña; aquel que mira hacia adentro, despierta”.

Carl Jung

La tercera película de Fernando Franco (Sevilla, 1976), vuelve a transitar por las cotidianidades incómodas y oscuras que ya estructuraban sus dos anteriores trabajos. En La herida (2013), conocíamos a una mujer muy trabajadora pero con un grave déficit para relacionarse con los demás, y tendencias depresivas y de autolesión. En Morir (2017), una pareja se veía sumamente resquebrajada por la enfermedad de uno de ellos. En La consagración de la primavera, que acoge su título de la famosa composición de Ígor Stravinski, en un guion escrito por el propio director y Begoña Arostegui, con la que ha codirigido un par de cortometrajes de animación, nos lleva al rostro, a la piel y el cuerpo de Laura, un joven de Manacor, que ha llegado a Madrid para estudiar Químicas y está alojada en un Colegio Mayor de Monjas. Laura está sola, no conoce a nadie, deambula por la ciudad, por la Universidad, y una noche, de casualidad, conoce a David, un joven con parálisis cerebral, al que hará de asistente sexual.

Franco construye relatos muy cercanos y cotidianos, con muy pocos personajes, donde abunda la profundización de los aspectos psicológicos de los personajes. El director sevillano consigue sin aspavientos ni piruetas argumentales, sumergirnos en su microcosmos y enfrentarnos a situaciones difíciles y diferentes, accediendo a esos universos tremendamente incómodos, de los que huimos, a los que nos cuesta enfrentarnos, ya sea por educación, por moral, por miedo o simplemente, por desconocimiento. Laura está en un período de descubrimientos y experiencias nuevas, ya no está al amparo de una familia conservadora y cerrada, sino que ahora deberá enfrentarse a todo aquello que rechaza, a todo aquello que le atemoriza, enfrentarse a su entorno y sobre todo, así misma, una tarea que no le resultará nada fácil, una tarea donde se sorprenderá de todo lo que descubrirá de su interior. Un gran trabajo técnico empezando por esa luz mortecina y otoñal que firma el cinematógrafo Santiago Racaj, que ha estado en las tres películas de Franco, amén de trabajar con nombres tan importantes como los de Javier Rebollo, Jonás Trueba, Carlos Vermut y Carla Simón, entre otros.

El detallista y preciso trabajo de montaje de Miguel Doblado, fogueado en mil y una serie de televisión como las de Gran Reserva, Víctor Ros y Antidisturbios, entre otras, que consigue imprimir un ritmo pausado y cadencioso al relato, en el que no pasan de suceder cosas en sus ciento nueve minutos de metraje. Uno de los aspectos muy trabajados en el cine de Franco es la música, siempre diegética y tremendamente variada: música actual como techno y disco, y rock antiguo o el tema de Stravinski, un mosaico de piezas que pertenecen a ese mundo interior y complejo de los personajes, de as diferentes sensaciones, pensamientos y reflexiones de cada uno de los individuos que presenta la película. La consagración de la primavera guarda muchos paralelismos con Vivir y otras ficciones (2016), de Jo Sol, en su tratamiento de abordar aquello diferente, no normativo, en enfrentarse a los propios miedos y prejuicios y salir de tanto juicio moral y lanzarse a experimentar, a buscarse y sobre todo, a crecer sin miedo.

No estaríamos analizando con justicia la película de Franco, si solo nos quedásemos en el drama íntimo que en apariencia propone, porque la película va mucho más allá, y profundiza en muchos aspectos, usando diversas texturas y aspectos, como ese humor negro que tanto tiene, donde le da la vuelta a algunas situaciones y generando esa mirada donde todo tiene su lado cómico, o el revestimiento de comedia romántica, pero no al uso trillado de ciertos productos, sino con la maestría y la elegancia que las hacía Rohmer, en esas idas y venidas entre fiestas en pisos, cruzándose por los pasillos de la facultad y demás, y sobre todo, en el aspecto moral, donde la tolerancia y la apertura en todos los sentidos que se encuentra Laura con Isabel, la madre de David y el propio David, tan alejados al conservadurismo que trae de su familia. Laura encuentra su lugar en el mundo descubriendo que hay muchos mundos en este, que solo hace falta abrirse, atreverse y sobre todo, experimentar en libertad, abandonarse a esos universos de experimentación, de objetos sexuales y de pieles y cuerpos tocándose y sintiendo más allá de todo, de los prejuicios, miedos, inseguridades y mierdas.

Como ocurrían en sus anteriores películas, el grandísimo trabajo del equipo artístico es enorme, dotando a cada personaje de una magnífica naturalidad, a los que alguna vez no les hace falta ni tan siquiera hablar para expresar todo aquello que ocultan. Una Emma Suárez maravillosa y cercanísima, dando vida a Isabel, esa mujer que ha tenido que abrirse a los deseos de su hijo con parálisis cerebral y ser una madre tolerante y muy abierta, como deberían ser todas. Telmo Irureta un versátil intérprete, tanto en cine como en teatro, que ha dirigido varios cortometrajes, es el mejor David posible, con ese humor, esa música, y esos momentazos que nos regla a lo largo y ancho de la película, que consigue una comunicación espiritual y muy emocional con el personaje de Laura, que hace una fabulosa Valèria Sorolla, su primera vez en el cine, después de haberse curtido en el teatro y en televisión. Su Laura es uno de esos personajes de pocas palabras, todo lo expresa con esa mirada que nos atrapa, que nos hechiza, que encierra demasiadas oscuridades, y la seguiremos por su periplo emocional, por su travesía por todo aquello que debe dejar en el pasado para crecer de forma libre y sin ataduras en el futuro. No dejen de ver La consagración de la primavera, porque se alegrarán y mucho de conocer su historia y sus personajes, y sobre todo, les ayudará a cuestionarse muchas estupideces que todavía piensan y ya es tarde para abandonarlas y empezar a mirar las cosas desde otros ángulos y perspectivas, porque se están perdiendo un mundo asombroso y está muy cerca de todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El páramo, de David Casademunt

LA BESTIA QUE NOS ACECHA.

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”.

Alejandro Dumas

El convulso y sangriento siglo XIX en España, azotado por tres guerras Carlistas, desterró a muchas familias  que huían de los núcleos urbanos a la protección de las casas aisladas en páramos desiertos. El primer largometraje de ficción de David Casademunt (Barcelona, 1984), se instala en ese período y en ese lugar. Un lugar aislado, un espacio acotado por unas extrañas figuras talladas en madera que, a modo de tótems, acotan una entrada imaginaria, que pone barrera dejando fuera a esa terrible violencia que hay más allá. En ese sito, perdido de la mano de Dios, vive o más bien, sobreviven, una familia compuesta por un meditabundo, callado y rudo padre, una madre, Lucía, el pilar del hogar, y su hijo, Diego, inquieto y temeroso. De Casademunt conocíamos su paso por la Escac, dos de sus estupendos cortometrajes, Jingle Bells (2007), y La muerte dormida (2014), que abordaban las relaciones maternofiliales y las consecuencias de sus ausencias, elementos que continúan muy presentes en El páramo, y finalmente, la película Rumba Tres, de ida y vuelta (2015), que codirigió junto a Joan Capdevila, que a modo de documento, recogía la vida del famoso grupo rumbero barcelonés.

Un guion que firman Fran Menchón, Martí Lucas (que ya había trabajado con Casademunt), también surgidos de la Escac, y el propio director, nos sitúan en un lugar sin lugar, en un tiempo sin tiempo, en un paraje vacío, vasto y seco, donde esta familia vive atenazada por todo ese miedo que nunca vemos y está ahí, o al menos ellos así lo creen. Un aroma denso, de colores terrosos y oscuros, y una ambientación sólida, obra de Balter Gallart (que ha trabajado en thrillers de Paco Plaza, Nacho Cerdà, Oriol Paulo y Guillem Morales, entre otros), una música interesantísima que mezcla lo íntimo con lo más oscuro, con esas melodías de cuento de hadas que casan tan bien, en una banda sonora que firma Diego Navarro, habitual de Mar Targarona, que produce junto a Joaquín Padró y la hija de ambos, Marina Padró, que se incorpora a un equipo que ya había levantado los primeros largos de Bayona, y de los citados Morales y Paulo, y hacen lo propio con Casademunt, a través de Rodar y Rodar. El exquisito y formidable montaje de Alberto del Toro, reconocible por sus trabajos para Javier Ruiz Caldera, y finalmente, la magnífica luz tensa, sensible y atmosférica de Isaac Vila, que ya habíamos visto su talento en películas como Lo mejor de mí, de Roser Aguilar, El silencio del pantano, de Marc Vigil y Bajocero, de Lluís Quílez.

El páramo es un buen cuento de hadas, bien contado y toda una férrea y conseguida fusión entre el drama familiar rural con raíces lorquianas y carpetovetónicas, con el aroma del western crepuscular, donde todo sucede en el interior de los personajes, en sus dramas y tragedias emocionales, y en todos esos monstruos que experimentan y proyectan al exterior, como le sucedía a la heroína de la majestuosa El viento, de Sjöström, en una película que recoge mucho del genio del cineasta sueco, en la que se emula la escena famosa de los hachazos de La carreta fantasma, con esos ambientes claustrofóbicos y asfixiantes, con el interior/exterior cambiante, donde en un principio, el exterior es la amenaza, y el interior, la paz, y viceversa, confundiéndose y confinando a los personajes, amenazados por lo de fuera y por lo de dentro. La película juega con ese miedo que unas veces parece muy real, y otras, no, aunque la verdad, qué más da, porque toda la progresión que van experimentando los personajes es lo que hace sumamente atractiva la película, con un trío de intérpretes que manejan su cuerpo en ese espacio de formas muy interesantes, en unos individuos que hablan muy poco, y todo es muy físico, acarreando sus problemas y aquellos otros que no se ven, pero también están, ese miedo irracional de perder a los tuyos.

Un Roberto Álamo en su línea, con un personaje dolido y silencioso, que no estaría muy lejos de los que interpretó en Alegría Tristeza y El lodo, una Inma Cuesta que no la veíamos tan magnífica y compleja desde que interpretó a la presa y comprometida Hortensia en La voz dormida, y finalmente, Asier Flores, el chaval que conocimos siendo Salvador Mallo de niño en Dolor y gloria, de Almodóvar, aquí siendo la piedra angular del relato, ya que todo lo veremos a través de él, en ese traspaso de la infancia a la adolescencia, cruzando ese puente que jamás olvidará, en esa transición en el que dejará quién ha sido hasta ahora para ser el dueño de su destino en esa tierra hostil, violenta y salvaje. Debemos felicitar a Casademunt por su arrojo y perseverancia para levantar un proyecto de estas características, que si bien podríamos enmarcar en un cuento de terror, se aleja de lo convencional para mostrar el miedo de una forma más emocional, a partir de lo sugerente, de lo que intuimos sin llegar a ver, como hacían en Los otros, de Amenábar, también sostenida en la relación maternofilial,  en la mejor tradición de las clásicas películas de monstruos de la Universal, o aquellas que hacían nombres tan ilustres como los de Tourneur, donde lo importante no estaba en lo que ocurría en la pantalla, sino en todo aquello que imaginábamos que sucedía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA