Entrevista a Giacomo Abbruzzese, director de la película «Disco Boy», en el Instituto Francés en Barcelona, el lunes 11 de diciembre de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Giacomo Abbruzzese, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto talento, a Luca Di Leonardo y a Violeta Cussac de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Frase de “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad
Hay abundante cine bélico, pero hay muy poco que nos hable de la guerra desde las dos miradas en ciernes, es decir, que nos muestre los dos puntos de vista, que no solo nos hablen del invasor sino también del invadido, que la mirada no sea únicamente de aquí, sino también del de allá. Disco Boy, la ópera prima de Giacomo Abbruzzese (Taranto, Apulia, Italia, 1983), con formación en la prestigiosa escuela de cine Le Fresnoy, es una de esas películas que nos habla directamente de la guerra, pero huye de las escenas bélicas para adentrarse en el alma de los combatientes, de los verdugos y víctimas a la vez, y lo hace de una forma muy estética, pero sin caer en el efectismo ni mucho menos en lo bello, sino en lo que no vemos, en el alma de los soldados. Un face to face que junta a un legionario francés, que es un inmigrante bielorruso llamado Aleksei (del que somos testigos de su periplo hasta llegar a Francia, en un inmenso prólogo), y por el otro lado, tenemos a un guerrillero convertido en activista ecologista en el río Níger que recibe el nombre de Jomo.
Una historia que arranca en un bus de bielorrusos con destino a un partido de fútbol. Dos de ellos, el mencionado Aleksei y Mikhail, dos jóvenes que ven en Francia y su legión una forma de huir para encontrarse con un futuro mejor. Estamos ante una película muy física y naturalista en su primera mitad, donde abundan los cuerpos, los rostros y el continuo movimiento de los soldados franceses y su preparación, y luego, en su segundo segmento, entramos en un estado diferente, donde lo físico deja pasó a lo emocional, a lo onírico, a las alucinaciones y a los fantasmas, donde el horror y sinsentido de la guerra se vuelve contra Aleksei y lo encierra en una vorágine de sufrimiento, soledad y espectral. Una película apoyada en una estética oscura y nocturna, donde priman los destellos de luz fluorescente, las sombras y los espectros que no se ven pero ahí están, en un grandísimo trabajo de una de las grandes de la cinematografía actuales como Hélêne Louvart (que tiene en su haber nombres tan potentes como Varda, Doillon, Denis, Recha, Rosales, Rohrwacher, Wenders y Hansen-Love, entre otros), con una luz que evidencia el estado emocional que sufre el protagonista, y como todo su alrededor se va convirtiendo en un universo dentro de este plagado de monstruos acechantes que son los que provoca nuestra mente cuando no estamos bien.
El magnífico trabajo de montaje que firman Fabrizio Federico, del que conocemos por sus películas con Pietro Marcello y Gianfranco Rosi, Ariane Boukerche (que ya estuvo en Il Santi, el cortometraje de Abbruzzese), y el propio director, en un estupendo ejercicio donde priman las secuencias profundas e hipnóticas para someternos tanto al personaje como a los espectadores a ese estado entre la vida y la muerte escenificados en la terna de los ríos fronterizos por donde deambulará Aleksei: Oder (que separa Polonia de Alemania), Níger (que separa de las empresas petrolíferas que lo contaminan frente a los autóctonos que lo necesitan para vivir, y el Sena (que convierte a París en ese mundo donde hay gente que se va de fiesta y otra que vive en condiciones infrahumanas). La música del dj y productor de música electrónica Vitalic, del que conocíamos su única soundtrack para la película La leyenda de Kaspar Gauser, de Davide Manuli en 2012, ayuda a crear ese universo de sombras y fantasmas, en que nos movemos al paso aletargado y doloroso de Aleksei, con la añadidura de otros temas que generan esa sensación de miedo, locura y soledad en el que está el protagonista.
Una película muy visceral, donde lo sonoro y lo visual se fusionan para construir un relato donde prima lo invisible y lo oculto, que bebe mucho de la literatura de Joseph Conrad y más concretamente su memorable novela “El corazón de las tinieblas”, en esa no aventura en que el horror se va apropiando de los seres convirtiéndolos en meros desechos completamente deshumanizados sin razón y sin alma. Disco Boy es un viaje hacia lo más profundo de cada uno de nosotros, siguiendo el itinerario de Aleksei, magníficamente interpretado por Franz Rogowski, que nos cautivó junto al director Christian Petzold, y en algunas otras como A la vuelta de la esquina y Great Freedom, que define mucho la Europa actual, que no cesa de construir muros y leyes en contra de inmigrantes y por otro lado, sigue su abusiva política internacional donde permite que sus empresas sigan destrozando vidas y ecosistemas en pos de una riqueza explotadora y esclavista. Le acompañan dos intérpretes muy desconocidos para el que suscribe, el actor gambiano Morr Ndiaye como el activista ecológico Jomo, y la influencer feminista activista Laëtitia Ky como Udoka, la hermana de Jomo. Dos personajes que tendrán mucho que ver con Aleksei, en ese frente al otro, donde todos son víctimas de un sistema occidental podrido y lleno de basura, hipócrita y salvaje con los otros. También encontramos al actor serbio Leon Lucev, que conocemos por haber trabajado con nombres tan interesantes como los de Jasmila Zbanic, Ognjen Glavonic y Dalibor Matanic, entre otros, dando vida a un duro instructor legionario, el italiano Matteo Olivetti, como compañero de fatigas de Aleksei, y el actor polaco Robert Wieckiewicz en un rol muy inquietante.
Si están interesados en películas nada complacientes, con una imagen muy atmosférica y densa, que habla de la guerra desde el rostro y sus cuerpos y sus almas como lo hacía la citada Denis en la impresionante Beau travail (1999), con la que la cinta de Abbruzzese tiene muchas conexiones, que escarban en lo más oculto e invisible del alma humana, todo aquello que no mostramos a los demás, y que lo haga de forma tan poética y de verdad. Un film que nos habla de nosotros y de la Europa que vivimos, donde se profundiza en las oscuridades que perpetran nuestros gobiernos en países que nunca salen en el informativo, y de los horrores que ocasiona la guerra en el individuo, en todo su engranaje no científico, sino más bien, en todo lo que le sucede en la mente, en el alma al enfrentarse a una situación muy hostil en pos de la paz de unos blancos con dinero que creen que el mundo se divide en los que explotan y los explotados. Una película de una estética alucinógena, que nos va sometiendo a la psicosis de Aleksei, un tipo que viaja en el mismo tren que Juan, el exiliado que volvía en busca de “El Andarín”, en El corazón del bosque (1978), de Manuel Gutiérrez Aragón, y que el capitán Willard de Apocalypse Now (1979), de F. F. Coppola. Tres individuos que se perderán en los horrores de la guerra y el sinsentido de la condición humana, y se perderán en lo más profundo y oscuro del alma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La gloria es fugaz, pero la oscuridad es para siempre”
Napoléon Bonaparte
La relación de Ridley Scott (South Shields, Reino Unido, 1937), y Napoléon Bonaparte (1796-1821), viene de muy lejos, ya que su espíritu rondaba entre Feraud y D’Hubert, sus dos oficiales que se batían en duelos fratricidas en la inolvidable Los duelistas (1977), la primera película del británico. Casi medio siglo después y más de treinta títulos a sus espaldas, Scott vuelve o mejor dicho, se enfrenta al emperador face to face, y lo hace a partir de un guion de David Scarpa, del que ya había dirigido otro retrato, el del multimillonario Jean Paul Getty en Todo el dinero del mundo (2017), en un relato que abarca quince años de la vida del citado entre 1800 y 1815, cuando pasó de cónsul a Emperador de todos los franceses (1804-1815), pasando por sus innumerables invasiones y batallas como las de Egipto, el frío polar de Rusia, y las recordadas Austerlitz (1805) y la madre de todas las batallas que fue la de Waterloo (1815), que significó su fin, sin olvidar, por supuesto, su compleja y oscura relación con Josefina de Beauharnais (1763-1814), que convirtió en emperatriz en 1804.
Dos vértices: Josefina y el amor, y la guerra son los dos pilares en los que se sustenta la película, en su retrato sobre una de las figuras más controvertidas y peculiares de la historia de Francia y por ende, de la historia. Como ha ocurrido con la reciente Los asesinos de la luna, de Martin Scorsese, volvemos a tener a Apple Studios detrás de una superproducción en la que no se ha escatimado ningún esfuerzo de producción para hacer creíble la historia del famoso emperador. Las secuencias bélicas son de una majestuosidad y detallismo brillante, sólo citar la que se desarrolla en Rusia con ese inmenso bloque de hielo que vemos bajo el agua, en una fascinación de colores y texturas entre el blanco rígido del hielo, el resquebrajamiento de los bloques mezclados con la sangre de los soldados que van cayendo, y las batallas anteriormente citadas donde asistimos a la guerra en todos sus detalles, acompañada de una amalgama de colores, texturas y formas que se funden con la extrema violencia y crueldad, en unos enfrentamientos que recuerdan a los de Campanadas a medianoche (1965), de Welles, en ese caos absoluto que se va desarrollando de hombres a pie y a caballo de aquí para allá, reflejando la locura de esas batallas fratricidas.
No deberíamos caer en la tentación que Napoleón sólo es un grandioso espectáculo visual en su forma de retratar las batallas, porque no seríamos justos y esto es importante, con todo lo que cuenta la película, porque su antesala, esa Francia caótica y en pie de guerra social, también está fielmente capturada, porque no voy a entrar, como suele ocurrir, en valoraciones históricas fidedignas y bla bla bla, esto es una película sobre Napoleón, no un documental sobre su vida, su obra y milagros, se retratan algunos aspectos relevantes que así han decidido sus creadores, y ya está. Todo lo demás, nada tiene que ver con su calidad o no cinematográfica. Dicho esto, continuó hablando de la película. Esa antesala, o ese espacio de no guerra, donde la cama se instala buscando su mejor posición, en la que asistimos a esas otras batallas, una Francia en pleno polvorín, después de la fallida revolución, y ese vacío de poder e intereses, como el instante de la rebelión en el congreso, y ese baile donde se conocen Napoleón y Josefina, figura clave en la película, con una secuencia que podía haber filmado el mencionado Scorsese en su Lobo de Wall Street, porque la relación de aquella pareja no está muy lejos de los de esta.
Scott que nos ha brindado películas grandes como Alien, Blade Runner, Thelma & Louise, 1492, la conquista del paraíso, Gladiator, El reino de los cielos, American Gangster, Marte y El último duelo, con otras que, para el que suscribe, no lo son tanto, consigue con Napoleón, un gran espectáculo visual e íntimo, aunque, claro, las secuencias de interior y de alcoba no tengan esa grandeza o épica que tienen las batallas, eso sí, la decadencia y la oscuridad la retrata con maestría, deteniéndose en las partes más difíciles sin hacer escabechina ni ser condescendiente, ayuda y mucho la textura y la forma que usa para mostrarlos en un gran trabajo de cinematografía del polaco Dariusz Wolski, con el que Scott ha hecho 9 películas, amén de trabajar con cineastas sumamente estéticos como Proyas, Burton y Greengrass, con una luz etérea con neblina, para enseñar las alegrías y tristezas de una existencia muy convulsa, llena de guerra, muertes y algo de amor. Una película que se va a los 147 minutos debía tener a unos editores que supieran dotar de ritmo a una historia que tiene escenas de guerra dinámicas y llenas de energía con otras donde se impone la pausa y la precisión, en un exquisito montaje de Claire simpson, con cinco películas con Scott, al que le acompaña su discípulo más aventajado como Sam Restivo. la excelente música que capta todos esos momentos tan diferentes y detallistas de la mano de Martin Phipps, al que conocemos por sus trabajos en las series Peaky Blinders y The Crown, entre otras.
El magnífico trabajo de diseño de Arthur Max, 16 películas con el británico, ahí es nada, con un acabado apabullante, como los demás departamentos técnicos que se ponen al servicio de la historia. El apartado interpretativo debía tener uno de esos actores que sin hablar pudiera expresar todo el ánimo y desánimo de un hombre de guerra como Napoléon, y se ha encontrado en Joaquin Phoenix, que hace de cada interpretación un acto de valentía, de encontrar esa peculiar forma de caminar que define cada rol que ha interpretado, como demuestra su capacidad para transformarse con un gesto y un detalle, nada postizo, nada impostado, sólo él, con esa forma de mirar, de moverse y sobre todo, de su silencio. Para Josefina, nada fácil teniendo a Phoenix enfrente, se ha encontrado en la actriz Vanessa Kirby la mejor emperatriz, toda una mujer con carácter, con sabiduría, con esa forma de mirar desafiante y encantadora, resuelve con astucia y solvencia un personaje difícil que también libró su batalla con Napoleón. Como ocurre en estas películas el reparto debe librar también sus momentos con naturalidad y transparencia como ocurre con los Tahar Rahim, que siempre será para muchos Un profeta, de Audiard, la composición de Ludivine Sagnier, Ben Miles, Paul Rhys, y un excelente Rupert Everett como el Duque de Wellington, un gran adversario para el emperador francés en la famosísima batalla de Waterloo, y toda una retahíla de grandes intérpretes muy bien escogidos y mejor dirigidos.
Cuando se hace una película sobre Napoleón es inevitable pensar en Stanley Kubrick, por su película fallida sobre el emperador, y su cinta de Barry Lyndon (1975), que nos sitúa muy cerca de la época napoleónica a finales del XVIII, de la que Scott, como no puede ser de otra forma, usa como inspiración en las batallas, en las formas, en el detalle, en la luz, en esa ceremonia de la guerra y las costumbres burguesas, y demás detalles y sensaciones, porque la película de Kubrick va mucho más allá, no sólo cuenta una historia, sino que la cuenta de la mejor forma posible, seduciéndonos y completamente hipnotizados en la existencia de un sirvenguenza y arribista de la peor calaña, pero con una gran producción, llena de tacto y hermosísima. Quizás Napoleón no sea tan redonda como la de Kubrick, pero es una gran película, y lo es porque cuenta una parte de la vida del emperador con sus guerras tanto exteriores en el campo de batalla y muerte, humanizando la figura y retratando al hombre detrás de la máscara, como esa vomitera antes de la primera guerra, toda una declaración de bajar del pedestal a un hombre que le faltó humildad, sobre todo, en la guerra. Y las guerras interiores, las que libraba con los políticos, con su mujer, a la que quiso a su manera, y con él mismo, la más dura de todas ellas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Ya me las arreglaré para encontrar también la felicidad. Como usted sabe, la felicidad es una fiesta movible». Pero si no amas, no puedes divertirte realmente».
De la novela Al otro lado del río y entre los árboles (1959), de Ernest Hemingway
Después del verano, llega la marabunta de estrenos. Un montón de películas que se estrenan cada semana a borbotones. Por un lado, es una gran noticia que lleguen a salas muchas películas. Pero, por otro, la gran cantidad dificulta tener el tiempo y la calma suficientes para ir descubriendo cine. La película Al otro lado del río y entre los árboles es una de esas cintas que no debería pasar desapercibida para espectadores ávidos de cine, y digo cine, porque aunque pudiera parecerlo, no es tan casual encontrarse con cine en las películas que se agolpan en los cines. La película tiene muchos elementos que la hacen diferente y muy interesante. Primero de todo, está basada en una novela de Ernest Hemingway (1899-1961), uno de los mayores escritores del siglo XX, publicada en 1950, que todavía estaba inédita en el cine, con un estupendo y detallista guion de Peter Flannery, que se ha fogueado en series como La cortesana y New Worlds, entre otras, y dirigida por Paula Ortiz (Zaragoza, 1979), una cineasta que ha demostrado en películas como De tu ventana a la mía (2011), y La novia (2015), basada en las Bodas de sangre, de Lorca, su gran capacidad para la narrativa y la forma, donde se aprecia una mirada sensible y profunda para explorar el deseo y la sensualidad femenina.
En esta película, una obra de encargo para Ortiz, el protagonista es el coronel Richard Cantwell, un cincuentón cansado, enfermo, envejecido y triste de tanta guerra inútil, hijo desaparecido y amores frustrados, que llega a la Venecia inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial a pasar un fin de semana con la idea de cazar patos. Allí, se encontrará con la condesa Renata Contarini, una bellísima joven de 19 años, prometida para salvar el nombre arruinado de su familia, que lo único que desea es vivir y amar en libertad. La inusual pareja caminará y hablará por las calles casi vacías de una Venecia depresiva, llena de brumas y algo desolada. Macarrones entre velas, bailes en la madrugada, paseos entre la niebla, visitas a conventos entre pinturas, y traslados en lancha por las aguas oscuras de una ciudad que está como aletargada, a la espera de algo o alguien. La película se mueve entre magníficos diálogos sobre la vida, o el final de ella, la muerte, la vejez, la estupidez de la guerra, y la nada, donde el amor parece el único consuelo, o quizás, la única cosa que, sin tener sentido, tiene todo el sentido en esas circunstancias tan especiales. La película está vertebrada por historias de amor imposibles como Casablanca (1942), de Curtiz, Breve encuentro (1945), de Lean, Carta de una desconocida (1948), de Ophüls, y Noches blancas (1957), de Visconti, las dos últimas adaptaciones de Zweig y Dostoievski. Relatos sobre el amor, sobre su imposibilidad, atados a las circunstancias, y sometidos al contexto en el que han nacido.
A través de una implacable y arrolladora cinematografía en blanco y negro, con el mejor aroma de los títulos anteriormente citados, de un grande como Javier Aguirresarobe, en el que prima el preciosista marco por el que se mueven estas dos almas, estos dos fantasmas sin rumbo ni destino, atrapados en esas noches sin fin, en ese encuentro que no pueden evitar por mucho que deseen, a pesar de todo y todos, y de Venecia, que los acoge, los desarbola y los desnuda tanto emocionalmente como fisícamente. Una Venecia diferente y enigmática, fantasmal y a la deriva, y nunca mejor dicho, que hacía tiempo que no la veíamos tan gótica, quizás desde aquella joya de El placer de los extraños (1990), de Schrader, de una novela de Ian McEwan y guion de Pinter, ahí es nada. Un montaje del dúo Stuart Baird, con más de medio centenar de títulos para directores como Ken Russell, Richard Donner, Fred Zinnemann, Tony Scott y Martin Campbell, entre otros, y Kate Baird, que la encontramos en series como Cristal oscuro y The Witcher, una pareja que ha colaborado en varios de los títulos mencionados. Una exquisita y pausada edición con un gran ritmo y equilibrio en sus 106 minutos de metraje, que ayuda a encuadrar a estas dos almas solitarias y enamoradas, deambulando como sonámbulos en una ciudad desierta y todavía compungida por el miedo de la guerra que todavía sigue muy abierto y cercano.
La deliciosa y suave música de Mark Tschanz, que ha trabajado Jane Campion y Edward James Olmos, entre otras, consigue ese estado de letargo por el que viaja toda la película, en una especie de sonata a hurtadillas, casi en silencio, a poco volumen, donde estos dos seres y los demás e inquietantes personajes pertenecen a una amalgama de sombras y existencias en suspenso y en un limbo en el que todo parece haber sucedido o quizás, sucederá, quién sabe. Un reparto bien escogido y que consigue credibilidad y mucha naturalidad empezando por un soberbio Liev Schreider como el coronel, un personaje que casa maravillosamente bien con el actor estadounidense, una fascinante y cautivadora Matilde De Angelis como la condesa rebelde, y luego, los satélites como Josh Hutcherson como Jackson, la sombra del coronel, Danny Huston como un capitán-padre del coronel, y finalmente, una bellísima y enérgica Laura Morante. Las más de la veintena de novelas adaptadas al cine, con títulos que han pasado la historia como Adiós a las armas (1932), de Borzage, Por quién doblan las campanas (1943), de Wood, Tener y no tener (1944), de Hawks, Forajidos (1946), de Siodmak, El viejo y el mar (1958), de Sturges, Código del hampa (1964), de Siegel, entre otras, a las que hay que añadir con todo merecimiento por sus valores a Al otro lado del río y entre los árboles porque recupera el aliento de aquel cine romántico y suspense de los años treinta y cuarenta, con amores imposibles, soldados o pistoleros cansados, porque el coronel podría ser uno de los cowboys que también retrató King en El pistolero en 1950, igual que hizo Peckinpah en Grupo Salvaje en 1969.
Estamos ante una película que recupera el cine romántico más clásico e imperecedero, pero no de forma ñoña y aburrida, sino todo lo contrario, con solidez, belleza y complejidad, a través de unos personajes inolvidables, pero muy rotos por dentro, muy perdidos y muy enamorados, que se mueven de aquí para allá, por una ciudad que huye sin contemplaciones de la imagen de postal, convirtiéndola en otro personaje, una especie de laberinto en que la noche se muestra atrayente e inquietante, en ese cruce de espejos de lo que somos y jamás volveremos a ser, ni nosotros ni el mundo que nos rodea. Una película para degustar sin prisas, recorriendo las calles y los callejones de esa Venecia fantasmal y oscura, acompañando a un viejo y enfermo coronel que habla de temas como la guerra, el amor y la muerte, que jalonan las novelas de Hemingway, junto a una joven condesa que quiere huir lejos de allí y no le importaría hacerlo con este soldado o lo que queda de él. Esos otros intérpretes que dan la réplica y ayudan a la pareja protagonista a ir y venir, y no saber qué. Que no les tire para atrás su largo y precioso título Al otro lado del río y entre los árboles, porque se estarán perdiendo una gran película, de esas que se saborean con entusiasmo y sin expectativas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
De la historia, hay muchas historias que no nos cuentan, ya sea por miedo, por silencio o simplemente, por hacer una revisión de la historia simplista, interesada y que desea convencer a los de ahora escatimando la verdad de ese pasado. De la Revolución Francesa nos han contado muchos sucesos e interioridades, pero como suele ocurrir, no nos han contado todos los hechos, y la llamada “Guerra de la Vendée”, ha quedado olvidada y silenciada. Una guerra civil en toda regla entre los soldados de la Nueva República surgida en 1789, que después de “El año del terror”, en 1793, donde se decapitó al Rey Luis XIV, y con todas las monarquías europeas a las puertas de la guerra, el joven gobierno decretó alistar a la fuerza al pueblo, éste se levantó en protestas y la región de La Vendée, al oeste del país, se levantó en armas liderados por François-Athanase Charette de la Contrie, retirado del ejército siendo oficial de la Marina por la indisciplina de los marinos franceses. Un hombre monárquico y religioso que se organizó en una legión de hombres: campesinos y obreros de la Francia rural que combatió contra el ejército francés republicano, los llamados “Bleus”.
Un proyecto que nace a partir de la empresa Puy Du Fou, fundada por Philippe de Villiers en 1989, que tiene dos grandes parques temáticos históricos, uno en Francia (Les Espesses, en La Vendée, y en Toledo), y a partir del enorme éxito de su espectáculo “Le Dernier Panache”, basado en La Guerra de La Vendée, han producido la película Vencer o morir (“Vaincre ou Mourir”, el original), a partir de un guion del novelista Vincent Mottez que codirige junto a Paul Mignot, una película que no escapa de la heróica y el entretenimiento, reflejando con inteligencia y detalle las duras condiciones a las que se enfrentaron los combatientes de Charette, que lucharon en inferioridad, tanto en armas como en todo, ante el potente y numeroso ejército francés. Una Guerra Civil que se alargó tres años, tres durísimos años donde sufrieron bajas, abandonos y demás desastres. La película tiene una gran producción, no se ha escatimado en nada, la crudeza de lo humano queda muy bien reflejado en la estudiada y magnífica cinematografía de Alexandre Jamin, donde el plano y el encuadre está encima de los personajes y los hechos, que recuerda mucho al estilo de Welles en Campanadas a medianoche (1965).
El complejo y arduo montaje de la película que firman Tao Delport, Josselin Bellesoeur y Sam Briand, ejemplifica una trama que aborda muchos personajes y hechos durante tres largos años de guerras fratricidas, que se cuenta con la voz de Charette en sus rítmicos y apabullantes 99 minutos de metraje. Una música que ensalza la heroicidad y valentía de los personajes, que firman Nathan Stormetta, Martin Batchelar y Samuel Pegg. Un gran trabajo de detalle en arte, vestuario, caracterización y efectos, consiguen situarnos en el contexto de forma ejemplar y brillante, a lo que también ayuda el gran trabajo del equipo interpretativo empezando con Hugo Becker (al que hemos visto en películas con Whit Stillman, en la reciente Cuestión de honor, de Rachid Hami, y en muchas series de televisión), que da vida al protagonista François-Athanase Charette de La Country, cuya carisma y porte consiguen transmitirnos la furia y la valentía de un hombre que se levantó ante la injusticia del poder contra el poder, Gilles Cohen (un gran intérprete bajo la órdenes de Demy, Audiard, Chéreau y Leconte, entre muchos otros), da vida a su lugarteniente y veterano Jean-Baptiste de Couëtus, un tipo fiel que estará codo con codo, el joven actor Rod Paradot da vida a Prudent de La Robrie, otro compañero de armas fiel y valeroso en la batalla, la actriz Dorcas Coppin es Marie-Aélaïde de La Rochefoucauld, toda una guerrera, a la que llaman “Amazona”, que luchará igual que cualquier hombre, que libra otra batalla, la del amor de Charette con Constance Gay que interpreta a Céleste Bulkeley, otra mujer apodada “la irlandesa”, también soldado como los hombres.
Tenemos a los «otros», los del bando republicano, Grégory Fitoussi (un actor de largo recorrido con mucha carrera en televisión), que compone un gran antagonista como el oficial frances Jean-Pierre Travot, y finalmente, el gran actor Jean-Hugues Anglade (que tiene nombres tan importantes como los del citado Chéreau, Besson, los hermanos Taviani, Sautet, etc…), es el diputado Albert Ruelle, que sirve como enlace para construir la paz con Charette. Vencer o morir tiene su mejor arma, y nunca mejor dicho, en contribuir a desenterrar del olvido una parte negrísima de la Revolución Francesa y por ende, de la historia de Francia, de su especial homenaje a los más de 200000 personas que murieron en los tres años de ardua guerra civil, de los cuales el 85% eran campesinos y el resto, soldados franceses. Tiene el sello de una producción histórica francesa, con su calidad y reconstrucción. Su gran aportación ha sido volver a aquellos lugares de La Vendée, donde se ha filmado la película, respetando los lugares y hechos, aunque por contra, hemos de decir que,quizás, la historia resulta demasiado esquemática y abusa de lo heroico ante lo humano, y echamos en falta más profundidad de los personajes y sus interiores y complejidades y contradicciones, frente a tantos hechos y batallas. La película entretiene, es didáctica y sobre todo, nos ofrece una parte más de la historia, que no todo lo que ocurrió, pero sí una parte que faltaba. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“(…) Mis únicos amigos eran la plastilina, el pegamento, las tijeras y el lápiz. Hoy, siento la magia de esas formas en las manos contando una historia, una historia que viene de lejos, muy lejos. Mi padre contaba que en Italia había un pueblo llamado Ughettera. Allí todos tenían el mismo nombre que nosotros. Ughettera, la tierra de Ughetto. Todo empezó aquí, a la sombra del Monte Viso. Mi abuelo y mi abuela vivían en una casa como esta…”
Durante la presentación de su última novela Volver a dónde, el escritor Antonio Muñoz Molina mencionó la frase: “Todo lo que somos lo debemos a otros”. Una frase que casa totalmente con la película No se admiten perros ni italianos, de Alain Ughetto (Francia, 1950), el cineasta especializado en animación, del que conocíamos títulos como los cortometrajes La fleur (1981), L’échelle (1981), La boule (1984), y el largometraje Jasmine (2013), una historia de amor y revolución en la Francia de finales de los setenta. Con su nuevo largometraje, Ughetto echa la vista atrás y establece un ríquisimo y vital recorrido por la historia de sus abuelos, Luigi y Cesira, que abarca unos cuarenta años de vida.
Hay muchísimos elementos que hacen de la película una verdadera maravilla, empezando por su visualidad, con estos muñequitos animados con la técnica de stop motion, sus leves movimientos, todos los detalles que llenan cada plano y encuadre, y sobre todo, la mezcla finísima entre historia e intimidad, entre dureza y sensibilidad, entre realidad y magia, entre los que encontramos toques de poesía, belleza y crueldad. También, tiene especial singularidad la forma que nos cuenta el cineasta su película, porque establece un maravilloso diálogo ficticio entre su abuela Cesira (que hace la actriz Ariane Ascaride) y él mismo Alain, un diálogo de todas aquellas lagunas, secretos y olvidos que hay en todas las familias. Un diálogo en el que van interviniendo los demás personajes, y en el que además, existe una interacción mutua en el que se pasan objetos unos a otros, y viceversa. No se admiten perros ni italianos, brillante título para está fábula y vital que recorre los primeros cuarenta años de Italia y Francia y sobre todo, la de la inmigración italiana, con sus durísimos trabajos labrando la tierra, picando piedra para abrir nuevos caminos, torpedeando y escarbando la montaña para abrir túneles y extraer carbón, y demás, las nefastas guerras como la del 1911 de la Italia colonizadora en Libia, pasando por las dos guerras mundiales, el aumento de la familia, y los años que van pasando.
Un relato escrito por Alexis Galmot (que ha trabajado en películas de Cédric Klapisch y Anne Alix, entre otras), Ane Paschetta (que se ha especializado en documentales tan interesantes como A cielo abierto), y el propio director, donde construyen una película cercana y muy íntima, de las que se clavan en el alma, por su asombrosa sencillez y capacidad de concisión y brevedad para albergar toda una amalgama de historias y personajes y situaciones y circunstancias para una duración de apenas 70 minutos en un grandísimo trabajo de montaje de Denis Leborgne, así como el ejemplar empleo de la cinematografía por parte del dúo consumado en animación del país vecino como Fabien Drouet (que estuvo en el equipo de La vida de calabacín) y Sara Sponga (que hizo las mismas funciones en el film Nieve, entre otros). Toda la belleza y tristeza que contienen las imágenes de la película no se verían de la misma forma sin la excelente y sencilla música de un maestro como Nicola Piovani, cada mirada y gesto de la película, en una película en la que abundan, junto a la música del músico italiano adquiere una sonoridad y majestuosidad sublime, dotando a la historia de una capacidad maravillosa para universalizar un relato íntimo de gentes sencillas y del campo, en uno de los mejores trabajos de composición y ritmo de uno de los grandes de la cinematografía italiana con una trayectoria que abarca más de medio siglo con más de 150 títulos, con los más grandes del cine italiano como Antonioni, Fellini, los Taviani, Bertolucci, Monicelli, Bellocchio, Amelio, Moretti, y muchos más.
No se admiten perros ni italianos está a la altura de grandes obras sobre la familia y la inmigración como Rocco y sus hermanos, de Visconti, América, América, de Kazan, Los inmigrantes, de Troell, los primeros momentos de El padrino II, de Coppola, Lamerica, de Amelio, entre otras, en las que se habla de las personas como nosotros, personas que recorren medio mundo para encontrar ese lugar que les dé tierra para trabajar, comer y crecer. La película de Ughetto también se puede ver como una película de viajes, porque acompañamos la desventura de Luigi y sus dos hermanos por su Ughettera natal, pasando por tierras francesas como Ubaye, Valais, el valle del Ródano, Ariège y Drôme, etc… Idas y venidas por cuarenta años de vida, de ilusiones, de esperanzas, de tristezas, de trabajo duro, de guerras, de pérdidas, de despedidas, de amores y desamores, de hijos, de partidas y regresos, de fascismo, de nazis y cambios, de un tiempo que pasó, que el director francés de origen italiano recupera en forma de fábula sin huir de la dureza de los tiempos, de los cambios inevitables de la vida, de todo lo que deseamos y todo lo que somos al fin y al cabo.
Sólo nos queda decir, si ya no están convencidos, que no deberían perderse una película como No se admiten perros ni italianos, porque entra de lleno en el olimpo de las mejores películas de animación y del cine en general y en particular, porque les hará soñar con ese cine que ha hecho grande el cine, que sin dejar de fabular puede ser brillante, rigurosamente visual, y también, contarnos una historia profunda y reflexiva, recorriendo la historia, la que pasa delante de nosotros y la nuestra, aquella que empieza cuando se cierra la puerta del hogar, y tanto como una otra nos afecta, nos interpela, en ambas somos protagonistas y testigos. La película de Alain Uguetto no sólo es una obra sobre la memoria y la melancolía de un tiempo, devolviendo a sus abuelos un protagonismo, una vida que él apenas vivió, y el cine con su magia y su camino de regresar fantasmas, que también lo es, hace posible lo imposible, y volvemos a aquella vida y conocemos a Luigi, sus hermanos y su familia, a Cesira, la francesa, y la familia que forman, todos los lugares que recorren y los hogares que forman, con los hijos que van llegando y otros que van marchando, en fin, la vida, eso que pasa mientras nosotros estamos aquí, porque otros antes lo hicieron posible, no lo olvidemos, recordémoslo, antes que sea demasiado tarde. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Sólo nosotras esperamos aún, con una espera de todos los tiempos, la de las mujeres de todos los tiempos, de todos los lugares del mundo: la espera de los hombres volviendo de la guerra”.
Marguerite Duras
“Nadie sabrá de ti, Penélope, más que el diseño que te forjaron los homeros y las mitologías”
Olga Zamboni
En el imaginario de Carolina Astudillo (Santiago de Chile, 1975), cualquier imagen, sonido o texto escrito, sea cual sea su procedencia, casi siempre ajena, se descontextualiza por completo, como si la imagen se tratase de un objeto orgánico, un espacio que se abre, se profundiza y sobre todo, se resignifica, transformándose, en un minucioso trabajo de montaje, en otra imagen, y un significado completamente diferente al de su origen. Todo este proceso de Astudillo nos devuelve, no solo a reinterpretar constantemente el pasado de la historia, sino a resituarnos en relación a todas esas “nuevas” imágenes y como no, a todo el discurso que generan después de su vuelta a nacer.
Desde el primer trabajo que vi de la directora chilena afincada en Barcelona, aquel De monstruos y faldas (2008), y los posteriores siguientes, la mirada de la cineasta siempre se muestra atenta a la memoria, un cine que lucha contra el olvido, no solo de las imágenes, sino de todas aquellas personas que se vieron olvidadas por el discurso oficial. Su opera prima El gran vuelo (2014), ya buceaba en la historia de Clara Pueyo Jurnet, militante del Partido Comunista que desaparece sin dejar rastro después de su etapa en la cárcel, a través de otras imágenes que hacía suyas, y las voces que nos contaban su vida. Después de Ainhoa, yo no soy esa (2018), donde recuperaba la vida de joven y su desencanto vital, a través de sus huellas, en forma de diario, videos y voz. En Canción a una dama en la sombra, vuelve a la vida de Clara Pueyo i Jurnet, pero esta vez, en la peripecia vital de su hermano Armand, y la esposa de éste, Soledad Tartera, y nos convoca a las vidas olvidadas y fantasmales de una pareja separada por la guerra, un amor truncado por el exilio y la espera, que es como se divide la película, solamente esperanzada en las cartas que recibe la mujer desde el exilio francés, entre el septiembre del 39 a mayo del 40 cuando dejó de recibirlas.
El cine de Astudillo, siempre inquieto y curioso con la propia materia cinematográfica, en su incesante de búsqueda de imágenes, objetos y textos del pasado, va mucho más allá, adentrándose en otros espacios, en otras miradas. En primer lugar, vuelve a rodar material propio, como hiciera en la mencionada Ainhoa, yo no soy esa, eso sí, con una cámara de Súper 8, en el que acoge a dos actrices, Alicia González Laá y Padi Padilla, de reconocida trayectoria teatral, para que lean, respectivamente, las cartas de Armand a Soledad, y fragmentos de textos como el de El dolor, de Marguerite Duras, en el que escribía sobre la espera de su amor que fue encerrado en un campo nazi, y otros como los de Marcela Terra, entre otras. La realizadora chilena vuelve a sumergirnos en un profundo y magnífico caleidoscopio de imágenes, textos, sonidos, texturas y demás, en el que nos va envolviendo en una época triste, difícil y sumamente angustiosa, donde se juega a un elemento característico de la directora como la presencia-ausencia, y todo ese espacio límbico que queda, donde hay tiempo para la ilusión y la esperanza aunque sean efímeras y muy débiles.
Estamos ante la película de mayor duración de Astudillo, casi las dos horas de metraje, donde seguimos el periplo de una mujer, Soledad, que espera la vuelta de su marido, Armand, y un hombre que no puede volver a su vida, a su patria, y sobre todo, a una forma de vida que el fascismo ha roto. La directora vuelve a contar con dos de las cómplices más íntimas en su cine, Ana Pfaff en la edición, haciendo un grandioso trabajo de montaje, donde toda esa mezcla de imágenes, sonidos y textos de orígenes diversos, acaba adquiriendo una armonía increíble, llena de sensibilidad y reflexión, y Alejandra Molina en el diseño sonoro, una de las partes fundamentales en el cine de la chilena, porque el juego de diferentes y complejas capas, adquiere ese tratamiento sonoro capital que no resulta de acompañante, sino que va más allá, creando todo un espacio donde todo se desenvuelve hacia otros lugares. Destacamos las incorporaciones en el universo de Astudillo del cinematógrafo Américo Voltio, en el que consigue dotar de textura orgánica a las imágenes de Súper 8, y la excelente música de Carles Mestre que sabe dotar de intimidad y delicadeza a la dureza del tema que se trata en la película.
La cineasta chilena no habla de mujeres que solo esperan, como la Penélope de Homero, sino en ese sentido, también hay una mirada diferente al clásico, descontextualizándolo y creando una forma, más actual y feminista, donde Soledad, la mujer que espera en Canción de una dama en la sombra, espera activamente, trabajando en la fábrica y tirando hacia adelante a sus hijos, donde su historia es la historia de muchas mujeres que la guerra dejó solas pero no muertas, sino completamente resistentes, valientes, madres y mujeres, que la emparenta con Penélope (2017), de Eva Vila, donde hay también hay una mirada desde aquí al clásico, reinterpretándolo y sobre todo, situándolo en una visión más feminista y humanista. Astudillo crea imágenes muy potentes y reveladoras, porque dentro de su fusión de imágenes, sonidos, textos y texturas, construye un demoledor discurso sobre la importancia de la memoria, rescatando a tantas personas que se pierden en el olvido de la historia, desenterrando sus vidas, luchando ferozmente contra ese olvido que tantos gobiernos han pretendido inculcar.
Viendo el cine de Astudillo pensamos en la labor del cine o la idea del cine en los tiempos actuales, porque el cine, aparte de contar historias, debe generar reflexión, porque si no es cine, es otra cosa, es espectáculo y entretenimiento vacuo y superficial, y el cine de la directora chilena e mantiene firme y convencido en todo lo que quiere conseguir en el espectador, devolverle la historia de verdad, aquella que nos han ninguneado desde las élites poderosas, que no les conviene el pasado, porque rastrea sus orígenes que nunca son honestos ni humanos. El cine de la cineasta chilena lucha contra todo eso, desenterrando fantasmas, dándoles el espacio que otros les negaron, y sobre todo, devolviéndoles su dignidad, su valor, su valentía y su humanismo, para que las personas de ahora sepamos quienes fueron y además, rescatar la lucha en las sombras de tantas mujeres como Soledad, antes Clara, y tantas y tantas que desconocemos, porque también ellas hicieron su guerra, no en el frente, sino en casa, sobreviviendo y sobre todo, alimentando a sus hijos e hijas, las personas del mañana, y soportando una sociedad triste, beata, conservadora y militar, una vida que no fue nada fácil, y ellas también sufrieron su exilio y ausencia, sin amor, sin consuelo y sin vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Kumjana Novakova y Guillermo Carreras-Candi, directores de la película «Tierra removida», en el marco de La Inesperada Festival de Cine, en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el sábado 26 de febrero de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Kumjana Novakova y Guillermo Carreras-Candi, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miquel Martí Freixas y Núria Giménez Lorang, directores de La Inesperada, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La fuerza no proviene de lo que puedes hacer. Viene de superar las cosas que alguna vez pensaste que no podías”
Rikki Rogers
No es la primera vez que la cineasta Anna M. Bofarull (Tarragona, 1979), mira hacia el mundo árabe, porque en Hammada (2009), su segundo largometraje, penetró en la vida de Dadah, un niño saharaui que vive en el campamento de refugiados de Dajla, y a través del cine descubre otros mundos. Esta vez, vuelve a situarnos en una situación difícil, mucho más que la anterior, porque nos enmarca en el universo del Estado Islámico, también llamado “Dáesh”, que en junio de 2014 proclamó el califato desde la ciudad iraquí de Mosul. Pero, la directora tarraconense no lo hace desde la historia general, sino desde la historia íntima, centrándose en tres mujeres que han sufrido las terribles consecuencias de la violencia extrema del Estado Islámico. Conocemos tres mujeres: Hadia, una mujer jazidíe que vive en Sinjar, en la región de la frontera entre Irak y Siria, y es secuestrada junto a sus tres hijos y llevada como esclava sexual y sirvienta. Arjin es una adolescente que escapa del terror y acaba como soldado en las milicias kurdas. Y finalmente, Carlota, una enfermera catalana que descubre horrorizada como su hijo Marc huye para enrolarse en el Estado Islámico.
La película juega a tres bandas, describiéndonos la cotidianidad de las tres mujeres, y lo hace desde la credibilidad, desde lo íntimo, y sobre todo, desde la verdad. La película de Bofarull tiene como espejo los trabajos de Comandante Arian, una historia de mujeres, guerra y libertad (2018), y El retorno: la vida después del ISIS (2021), sobre las mujeres kurdas que luchan contra el Estado Islámico, y las mujeres occidentales que se unieron al grupo terrorista, ambos de Alba Sotorra. Un gran trabajo de producción que les ha llevado a rodar en el Kurdistán iraquí, en el que sobresalen el magnífico trabajo de sonido de Elena Coderch, que ha trabajado con Isaki lacuesta, Neus Ballús y la citada Sotorra, en un inmenso trabajo de sonido en off con la guerra encima. Otros cómplices de la directora que vuelven a verse por el camino, como el trabajo artístico de Laura Folch y Sebastián Vogler, que repiten con la directora, en un buen trabajo porque consiguen con lo mínimo hacer lo máximo, la excelente banda sonora de Gerard Pastor, que capta con sutileza todos los momentos intensos y sensibles que jalonan la trama, y el extraordinario montaje de Diana Toucedo, que crea un relato de gran fuerza dramática y lleno de tensión, con gran ritmo y agilidad, en una película complicada por sus ciento veintisiete minutos de duración.
Mención aparte tiene el excelente trabajo de cinematografía de Lara Vilanova, que estuvo en Trinta Lumes, de Toucedo, y en la citada El retorno: la vida después del ISIS, de Sotorra, en el que realiza un trabajo memorable, un inmenso trabajo que debería mostrarse en todas las escuelas de cine, porque la película filma una intimidad brutal, una intimidad que traspasa la pantalla, acercando una cámara invisible y muy observadora los rostros y gestos más cotidianos, en un grandioso ejercicio de precisión y detalle fílmico, y las impresionantes filmaciones de las secuencias bélicas, rodadas desde el punto de vista de la protagonista, creando todo ese campo bélico en off, donde el sonido juega una papel fundamental, donde lo físico y lo emocional nos atrapa en el caos de caos, disparos y explosiones. Sinjar nunca cae en el sentimentalismo ni la condescendencia, muestra el horror cotidiano sin esconderse, una extrema violencia física y emocional a las que están sometidas estas tres mujeres que duele y apabulla, pero que en ningún caso se recrea con el dolor ni la crudeza de lo que cuenta, todo está bien medido y muy pensado en todo lo que se muestra y lo que no, en un estupendo trabajo de concisión narrativa, construyendo una trama en continua tensión, llena de fuerza y vitalidad, donde los conflictos ahogan a sus tres principales personajes, mujeres que han perdido a sus seres queridos, a lo más importante de sus vidas, y el relato las sigue en sus respectivas construcciones emocionales y sus caminos difíciles y valientes.
Como ocurría en Sonata para violonchelo (2015), el reparto vuelve a brillar con fuerza, creando unos personajes complejos, pero tremendamente vivos y fieles a lo que sienten. Un trío protagonista impresionante encabezado por una Nora Navas como la desdichada Carlota, que poco hay que decir de su extraordinario talento para encarnar a mujeres rotas pero decididas. Su mirada y su gesto, tanto cuando habla como cuando calla es toda una lección de interpretación sin alardes y con la sutileza que requiere un personaje que recuerda a Julia, la violonchelista que también pierde lo que más quiere en la vida. Le acompañan Halima Ilter, una actriz turca que se mete en la piel de la esclava Hadia, una madre que sufre más por sus hijos que por ella, atrapada en el horror cotidiano del Estado Islámico, que sufre constantes abusos físicos, emocionales y sexuales, que lleva con toda la dignidad que puede. Una mujer que debe seguir a pesar de todo. Y finalmente, Eman Eido es Arjin, una adolescente yazidí que fue secuestrada en Sinjar durante cuatro años, desde los 9 a los 13, y logró escapar, y debuta en el cine. Una joven que deberá reconstruirse luchando contra aquellos que la han destrozado.
Nos encanta ver las interesantes presencias de dos intérpretes como Luisa Gavasa y Àlex Casanovas, en breves roles pero muy interesantes para la película, que contribuyen, al igual que el resto del reparto, a darle la profundidad necesaria que necesita una película de estas características, como Harit, el personaje árabe que interpreta el debutante Franz Harram. No pecamos de insensatez, cuando decimos que Bofarull ha hecho su mejor película hasta la fecha, porque no solo cuenta una historia de aquí y ahora, sino que lo hace con sabiduría y desde la intimidad, colocando la cámara en lo físico y lo emocional de sus tres criaturas, contándonos una cotidianidad que horroriza, pero haciéndolo desde lo humano, desde el interior, sin estridencias ni nada que se le parezca, con una sencillez y honestidad abrumadora que celebramos, con ese aroma que recuerda al western clásico en su forma de presentar la fortaleza femenina en situaciones duras, y el cine bélico del este, en su forma de representar la guerra y sus consecuencias emocionales, donde todo se sufre desde la soledad, el silencio y lo humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Esto es lo que hace la guerra. Y aquello es lo que hace, también. La guerra rasga, desgarra. La guerra rompe, destripa. La guerra abrasa. La guerra desmembra. La guerra arruina”.
“Ante el dolor de los demás” (2002), Susan Sontag
Conocía la existencia del conflicto kurdo, pero fue viendo La espalda del mundo (2000), de Javier Corcuera, que conocí la tremenda gravedad del problema. La película explicaba el caso de Leyla Zana, una parlamentaria encarcelada en Turquía por temas políticos. El capítulo seguía la gris y triste existencia de su familia exiliada en Suecia, después que el marido pasase dieciséis años en la cárcel. Cuatro años después, en Las tortugas también vuelan, de Bahman Ghobadi, ambientada en un campo de refugiados del Kurdistán iraquí, éramos testigos de las condiciones miserables de un pueblo como el kurdo condenado a la huida constante, intentando encontrar un lugar al que pertenecer. La cineasta Alina Gorlova (Zaporiyia, Ucrania, 1992), de la que conocíamos su trabajo en el campo documental con la película No Obvious Signs (2018), en la que retrataba a una soldada ucraniana en pleno proceso de rehabilitación por estrés postraumático.
En Esta lluvia nunca cesará (significativo y desesperanzador título), el retrato se centra en la vida de Andriy Suleiman, un kurdo sirio que abandonó el país árabe por la guerra de 2012, y se instala en Lysychansk, al este de Ucrania, país de origen de su madre. La cámara de Gorlova sigue la vida del joven, voluntario de la Curz Roja en la guerra del Donbass en 2014, y de su familia, y su periplo por varios países donde se encuentra diseminada su familia y amigos, como Irak, Kurdistán y Alemania, donde quiere empezar de nuevo. La cineasta ucraniana divide en diez partes su película, a modo de capítulos, y usa el blanco y negro para mostrar esas vidas errantes, grises, difíciles y rotas, vidas que son meras sombras debidos a los graves efectos y causas de la guerra, que parece seguirles allá donde van. El retrato es profundamente humano y alejado de sentimentalismos. Todo se cuenta desde la verdad, o mejor dicho, desde lo auténtico de unas vidas que quieren salir adelante y a duras penas lo consiguen, poniendo el foco en todas las personas anónimas que han huido de su país, sus trabajos y su vida, e intentan encontrar ese lugar en el que volver a estar tranquilos y en paz.
Gorlova construye una intimidad que traspasa, que nos seduce con muy pocos elementos, y nos convierte a los espectadores no solo en testigos privilegiados del drama humano de este grupo de kurdos, sino en personas que conocen una verdad que es en realidad la de muchos refugiados en todo el mundo, personas que lo dejan todo por la guerra, personas acogidas en países extranjeros, personas que deben luchar diariamente para no perder su identidad, no en un sentido nacionalista ni patriótico, sino en el concepto humano, de tus orígenes, de tu forma de vivir, de tus tradiciones, de todo lo que significa ser kurdo. Un documento excepcional y cercano, cimentado con la complejidad de las diferentes existencias, como la labor humanitaria del protagonista kurdo frente al desfile de la máquina militar pesada ucraniana que van a la guerra del Donbass, al este del país, una zona de eterno conflicto entre los prorusos y los ucranianos contrarios, un conflicto que retrató de forma magistral el cineasta ucraniano Serguéi Loznitsa en su película homónima de 2018. Las contradicciones de los bailes tradicionales kurdos y ucranianos, así como el desfile de soldados frente a la marcha del orgullo gay en Berlín.
Un mundo lleno de contrastes, de grises automatizados, de perversidad y alegría en la mismo espacio o según en la perspectiva que te encuentres o te toque circunstancialmente. Esta lluvia nunca cesará no es una película apológica ni se decanta por nadie ni por nada, si hay una idea política, porque en cualquier acción humana la hay, es sin lugar a dudas, la del lado de lo humano, de mirar de frente a todos aquellos que huyen por la guerra, a todos aquellos que, lejos de sus tierras, siguen viviendo la guerra diariamente, de los traumas que deja la guerra, el exilio y estar lejos de todo sin saber donde se está, de todos los espacios oscuros que construyen unos poquísimos y afectan a millones de personas alrededor del mundo, de la guerra como mal eterno de la historia de la humanidad que define mucho nuestra forma de vivir, de compartir y de mirar al otro. Andriy Suleiman es uno de tantos refugiados que cada día abandonan su vida para emprender un camino lleno de peligros y de dolor del que desconocen completamente donde les llevará y que será de ellos, y lo más incierto, si algún día podrán regresar a sus vidas y cuántas vidas costará tanto desastre imposible de detener. Aunque la película no solo muestra desgracia y tristeza, porque también hay tiempo para el reencuentro, para seguir adelante a pesar de todo, y sobre todo, hay tiempo para seguir se esté donde se esté. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA