Romería, de Carla Simón

LA MEMORIA EXILIADA. 

“Cuando pasa el tiempo todo lo real adopta un aspecto de ficción”. 

Javier Marías 

Hace unos años en la Filmoteca de Cataluña la cineasta Carla Simón (Barcelona, 1986) presentó una sesión donde pudimos ver Llacunes (2015), un cortometraje de 14 minutos donde construía la memoria de su madre Neus Pipó a través de sus cartas en las que recorría los lugares donde fueron escritas, entre ellos, Vigo. La ciudad portuaria gallega es el escenario de su tercer largometraje Romería, donde recupera el personaje de Frida, la niña de Estiu 1993 (2017), ahora reconvertida en Marina con 18 años que, como sucedía en el citado corto, emprende el viaje a la citada Vigo para reconstruir la memoria de sus padres junto a la familia paterna. La familia y sus avatares emocionales vuelven a estar presentes en el cine de Simón como en Alcarràs (2022), aunque en aquella su alter ego no estaba presente, pero sí la institución familiar como reflejo de nuestras felicidades, tristezas y demás. Este tercer capítulo no sólo se detiene en la memoria silenciada de aquellos años ochenta donde muchos jóvenes cayeron en la heroína y el sida, sino que, a través de la mirada de Marina recorre todo el silencio y las sombras de una generación totalmente silenciada y exiliada.  

La directora barcelonesa impone un tono y una atmósfera naturalista e íntima, en que la llegada de Marina revuelve un tiempo escondido, un tiempo en que los diferentes personajes de la familia paterna recuerdan a medias, inventando o simplemente ignorándolo, donde estamos frente a una familia que es la antítesis de Estiu 1993, donde todo era acogida, comprensión y cercanía, aquí es tensión, silencios y gestos malintencionados, donde el misterio y el miedo se ha impuesto en la “oveja negra” de la familia. La trama se instala en la imposibilidad de Marina de reconstruir aquellos días de verano de los ochenta de sus padres, mediante los testimonios confusos de todos y todas, las cartas reales de su madre, convertidas en un diario de ficción, y sobre todo, la imaginación o la invención, como ustedes prefieran, porque todo lo que desconocemos, por los motivos que sean, también podemos inventarlo, y así aproximarnos a lo que creemos que sucedió, o tal vez, no es más que otra ficción como aquello que llamamos realidad. Quizás, con este ejercicio de pura invención podemos acercarnos a la verdad de los hechos, que también tienen algo de ficción. 

La cineasta catalana se ha acompañado en este viaje a la memoria instalada en la ausencia de los otros, de las que ya no están, de sus huellas y sombras. Tenemos a la gran Hélène Louvart como cinematógrafa en un trabajo extraordinario donde los pasados, tanto el de  2004 como los ochenta están construidos a través de un luz muy natural, que ayuda a la idea que todo es un presente continuo, donde la realidad, los sueños y la ficción se mezclan y fusionan creando no un tiempo definido, sino un caleidoscopio donde las fronteras convencional se desvanecen creando una verdad muy íntima que, además, se va fabricando mediante las imágenes que va capturando la inquieta Marina, donde realidad y ficción se van haciendo uno, a través de las diferentes texturas y grosores. La maravillosa música de Ernest Pipó también acoge la historia desde lo más profundo e invisible generando todas esas amalgamas de sensaciones, inquietudes, sabores y atmósferas por las que transita la travesía emocional de la protagonista. El gran trabajo de sonido que firman el dúo Eva Valiño y Alejandro Castillo, que va muy bien para adentrarse en el universo real y onírico por el que atraviesa Marina con ese mar y ese olor como metáfora-testigo de todos y todo.  El montaje de Sergio Jiménez y Ana Pfaff opta por el cuidado y el detalle en un viaje tranquilo y reposado donde Maria se adentra en un laberinto muy oscuro y enterrado donde nadie habla y si hablan aún transmiten más inquietud y misterio, en unos poderosos y bellos 114 minutos de metraje. 

La excelencia en la parte interpretativa es una de las marcas de la casa del universo de Simón, en Romería, vuelve a contar con un elenco que brilla sin necesidad de aspavientos ni estridencias, adoptando una naturalidad que traspasa la pantalla, transmitiendo desde la mirada y el gesto todo el batiburrillo de emociones. La magnífica y debutante Llucía Garcia se hace con Marina, una joven que quiere saber o simplemente hacer las preguntas que nadie ha hecho de una familia obligada a vivir en la mentira o en el silencio que es lo mismo. Mitch es Nuno, primo de Marina, otro debutante, siendo esa especie de llave, esa intimidad y complicidad que necesita la joven, al igual que el tío Iago, que hace estupendamente el cineasta Alberto García. Encontramos a otros intérpretes de la talla de Tristán Ulloa, Myriam Gallego, Sara Casasnovas, Janet Novas, José Angel Egido, todos gallegos que ayudan a reflejar esa autenticidad que tanto busca en su cine la cineasta. Este viaje-romería que emprende Marina no sólo es al pasado de sus padres que no vivió, sino también a una verdad, como sucedía en Paisaje en la niebla (1988), de Theo Angelopoulos, en el que dos hermanos buscaban a su padre en una travesía en la que se enfrentarán a la vida, y a todas las esperanzas y tristezas que la rodean. 

Estamos ante una película que en su entramado formal y narrativo busca acercar al espectador sin agobiarlo, a partir de una historia llena de ausencias, silencios y muchos misterios, pero que en ningún momento resulta pesada y demasiado alejada, encuentra el equilibrio para contar el deseo de Marina de saber, de conocer, de desenterrar muertos y heridas que, por otro lado, nadie quiere desenterrar porque la desconocen o la callan por temor o vergüenza, y menos su abuelo que la trata como una extraña, una desconocida e incluso como una molesta forastera. Con sólo tres películas Carla Simón ha construido un meticuloso universo donde sus jóvenes protagonistas se relacionan con su familia, sea nueva o pasada o simplemente, ausente, de formas diversas y en eterna lucha, eso sí, desde lo que no se dice o lo que se oculta. Romería no responde todas las preguntas ni mucho menos, algunas sí, y otras, generan más interrogantes o silencios, porque la memoria es lo que tiene, y más cuando es la de otros, la de los ausentes, de los que ya no están, que no podemo preguntarles, y los que quedan, apenas saben y él que sabe, prefiere callar, silenciar y exiliar esa memoria, aunque ahí está Marina para reconstruirla ya sea con testimonios, con un diario, con una cámara o con su imaginación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los lazos que nos unen, de Carine Tardieu

SANDRA Y LOS AFECTOS. 

“El afecto no se puede crear; sólo puede ser liberado”. 

Bertrand Russell

Si pudiéramos prever los acontecimientos venideros de nuestras vidas, quizás, nuestras formas de encajarlas  podría ser muy diferente. La única verdad es que, por mucho que pensemos en aquello que nos está ocurriendo, hay una tsunami emocional que nos pasa por encima y es totalmente independiente a la razón, y sin darnos cuenta, nos va sometiendo a un universo del que jamás hubiésemos imaginado que íbamos a ser partícipes. Esto le sucede a Sandra, la protagonista de Los lazos que nos unen (“L’attachement”, en el original, que podríamos traducir como “El apego”), el quinto largometraje de Carine Tardieu (Francia, 1973), en la que basándose en la novela “L’intimité”, de Alice Fervey, traza una trama muy íntima y transparente, de las que se pueden tocar, en que la citada Sandra es una mujer muy independiente que trabaja en una librería femininsta, y las cosas del destino hacen que los vecinos de enfrente le dejen un día a Elliot, un jovenzuelo de 6 años muy espabilado, mientras ellos van al hospital por el inminente nacimiento de la niña. 

Un guion muy bien hilado y nada convencional escrito por Raphaële Moussafir, tercera película con la directora, Agnès Feuvre, que tiene en su haber películas como La fractura, de Catherine Corsini, y Un verano con Fifí y El teorema de Marguerite, entre otras y la propia directora, nos sitúa en un relato muy doméstico entre vecinos, y aún más cuando Alex, el padre se queda viudo con el mencionado Elliot, y la recién llegada Lucille, que irá marcando con sus meses el desarrollo de la historia. La vida de Sandra irá cambiando y se convertirá en una más en la familia de Alex y sus dos hijos pequeños. La contención y la sutileza se imponen en el tono de la película, porque los avatares que van alcanzando a sus personajes se van dando, casi sin querer, como la vida misma, donde los sentimientos y las emociones inesperadas, porque nunca son esperadas, van envolviendo a los respectivos y llevándolos a contradicciones y reflexiones alejadas a lo que ellos tenían en mente, sobre todo, al personaje de Sandra, hilo invisible y no tanto, y conductor de esta película que tiene apariencia de comedia ligera pero se va convirtiendo en una drama sin estridencias ni voladuras, sino todo lo contrario, muy ìntimo y nada pegajoso, dejando libertad y reflexión para la participación esencial de los espectadores. 

La directora francesa, de la que habíamos visto por estos lares la estupenda Los jóvenes amantes (2021), también distribuida por Karma Films, se ha rodeado de un equipo muy cómplice para abordar una película construida a partir de miradas y gestos, y pocas palabras. Tenemos al cinematógrafo Elin Kirschfink, dos películas con Tardieu, amén de otras con cineastas importantes como Mohamed Hamidi, Guillaume Senez y Léa Domenech, para dotar de una plasticidad tangible y nada ampulosa, que mantiene una atmósfera muy cálida y verdadera. La magnífica música de Eric Slabiak, cuatro películas con realizadora, que acoge las imágenes creando esa atmósfera tranquila y reposada donde las emociones van construyéndose desde los cimientos, casi imperceptibles e invisibles, que van arrastrando irremediablemente a los diferentes personajes. El montaje de Christel Dewynter, toda una jabata con más de 30 títulos que le ha llevado a trabajar con Mikhaël Hers, Thomas Lilti y Bruno Podalydès, y muchos más que, con sus 106 minutos de metraje, consigue atraparnos con muy poco, acentuando un ritmo reposado y nada agitado, con tensión y momentos de gran calado emocional, porque Sandra, más racional y concienzuda y los años que nunca engañan sabe mucho de tantas situaciones, aunque siempre existen esos resquicios que nos sorprenden inesperadamente. 

El reparto es brillante empezando por Sandra que hace una espectacular Valeria Bruni-Tedeschi, curtida en mil batallas y construyendo un personaje admirable, tanto en su forma de mirar como apegándose al pequeño Elliot, y la relación tan especial que tienen y aún más, una presencia que llena cualquier plano y encuadre como demuestra en muchos momentos de la película. A su lado, Pio Marmaï, un actor todoterreno con casi medio centenar de títulos, dando vida a Alex, el padre viudo lleno de temor e inseguridades en su situación, Vimala Pons es Emillia, una pediatra que llegará a la vidas de Alex y sus hijos, como un terremoto emocional, Raphaël Quenard es el padre de Elliot, un tipo muy curioso, dejémoslo ahí. Y finalmente, el joven César Botti que hace de Elliot, un chaval inteligente al que no se le escapa una. No se pierdan Los lazos que nos unen, de Carine Tardieu, porque descubrirán que la vida aparte de hacer planes que la mayoría no haremos, también tiene esa parte llamémosle accidental o inesperada que, la mayoría de las veces, se convierten en las partes más importantes de nuestra vida y nos la cambian de lleno, adentrándonos en un mundo desconocido pero lleno de emociones y amores maravillosos que, quizás, nos cambian muchas cosas, incluso nuestras ideas más profundas sobre esto o aquello. Estén despiertos porque estos accidentes inolvidables están ahí afuera o ahí adentro, nunca se sabe. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La primera escuela, de Éric Besnard

LA MAESTRA Y EL PUEBLO. 

“Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en el aula. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra”. 

Gabriela Mistral

Los más viejos del lugar cuentan que… En la campiña francesa, allá en el otoño de 1889, con las primeras luces del día llegó Louise Violet, una maestra de París que pretendía dar clases a los niños del lugar. Así empieza la novena película de Éric Besnard (Francia, 1964), que vuelve a la recreación histórica y lo rural como hizo en Delicioso (2021). Esta vez, un siglo después, cuando la República obligaba a la educación pública y en un entramado narrativo y formal que no está muy lejos de la citada, porque vemos a un señor rudo y cerrado, terrateniente del lugar, y frente a él, una mujer que llega a su casa con ideas diferentes y de otro lugar, que también escapa de un pasado oscuro. La mencionaba se centraba en la cocina, y los primeros lugares para servir comida, y la que nos ocupa, de la educación y la primera escuela que va haber en el pueblo. El gusto por lo humano y las relaciones que se van entretejiendo a partir de caracteres diferentes es lo que sucede a un cineasta como Besnard que, en los últimos años, su cine ha crecido enormemente tanto en temas como en sus ejecuciones. 

Un elemento sumamente ejemplar en La primera escuela (“Louise Violet”, en el original), es su ambientación y atmósfera empezando por su cuidadísimo trabajo de producción, con un excelente equipo que nos traslada a la Francia rural de finales del XIX empezando por los decorados de Virginie Tissot, el vestuario de una grande como Madeline Fontaine, con más de 40 películas entre las que destaca Amélie, Séraphine, Violette, Jackie y la reciente El profesor de esgrima, que ya trabajó en Delicioso, todas recreaciones históricas de ejecución acertadísima. En el arte encontramos a una leyenda como Pascal Chevé con más de 150 títulos con grandes autores de renombre como Jeunet, Frears, Haneke, Ozon, Farhadi, Polanski y Wes Anderson, entre muchos otros, amén de trabajar en la citada Delicioso. Una película de época que no está acartonada, ya que en cada secuencia todo emana cercanía y naturalidad, huyendo de los tópicos que, en muchas ocasiones, encontramos en este tipo de películas, mucho más interesadas en contarnos los grandes nombres y se olvidan de los invisibles y humildes que también forman parte de la historia.

La excelente cinematografía de Laurent Dailland, con más de 40 años de carrera, al lado de Catherine Breillat, Radu Mihaileanu, Agnès Jaoui y Régis Wargnier, en su primera película con Besnard en la que capta con sencillez y fuerza todos los espacios de una película con una luz cambiante porque pasa por todas las estaciones durante casi un año, tanto en exterior como exterior. La música de Christophe Julien, cinco películas con Besnard, y junto a sus habituales Albert Dupontel, Josiane Balasko y Pablo Agüero, entre otros, donde va mucho más allá que el simple acompañamiento y ejerce un elemento imprescindible para recoger todos los altibajos y complejidades humanas que se desarrollan en la trama. El montaje de Lydia Decobert, otra cómplice más que estuvo en Delicioso, amén del cine de Nicolas Boukhrief, donde en sus reposados e intrincados 108 minutos de metraje nos va contando de un modo clásico las peculiaridades de los principales personajes, las diferentes relaciones que se establecen y el conflicto y los conflictos que estallan con la llegada de Louise Violet, una especie de extraterrestre en forma de forastera que deberá ganarse la confianza de unos aldeanos poco dados a las nuevas amistades. La película alberga puntos en común con El cabezota (1982), de Francisco Lara Palop, ambientada en el Asturias de 1857 que relata el enfrentamiento de un aldeano y la maestra porque se niega a llevar a su hijo a la escuela. 

En el campo interpretativo tenemos a Alexandra Lamy que alberga más de 40 películas principalmente en comedias populares, que le da una enorme humanidad y complejidad a su Louise Violet que, la República ha dado una oportunidad expulsándola de la gran urbe por resistencia política, y enviándola al rural para reflexionar sobre sus actos. Uno de esos personajes que se quedan en el recuerdo porque no sólo quiere que sus alumnos aprendan sino que les ayuda a convertirse en buenas personas llenas de honradez y humildad. A su lado, Grégory Gadebois, protagonista de las tres últimas películas de Besnard, la ya comentada Delicioso, Las cosas sencillas (2023), y ésta, donde su terrateniente bruto con una gran coraza que esconde un enorme corazón se resentirá al principio y con el tiempo veremos que algo cambia en él. La veterana Annie Mercier recrea un personaje maravilloso, el de la madre del terrateniente, una especie de bruja y muy sabia que habla poco y mira aún más. Jérémy López, otro Delicioso, Jérôme Kircher y Patrick Pineau completan el reparto que se nutre de figurantes de la zona. Vayan a ver La primera escuela porque habla de educación, del hecho de enseñar, hay algo más bonito en este planeta que aprender, escuchar y descubrir el lenguaje, la historia y todo lo que ignoramos y sobre todo, saber y comprender que no estamos tan sólos, que hay más montañas tras los muros del lugar que te vio nacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Concha Barquero y Alejandro Alvarado

Entrevista a Concha Barquero y Alejandro Alvarado, directores de la película «Caja de resistencia», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el sábado 16 de noviembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Concha Barquero y Alejandro Alvarado, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo de comunicación de L’Alternativa, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Temps mort, de Fèlix Colomer

LA HISTORIA DE CHARLES THOMAS. 

“La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. 

Gabriel García Márquez 

Se cuenta que una vez, en un tiempo pasado, hubo un jugador de baloncesto estadounidense llamado Charles Ray Thomas que, no saltaba, simplemente volaba por encima de todos. Se contó que llegó a España a finales de los sesenta para jugar en el Sant Josep de Badalona, recién ascendido a la élite, donde fue el mejor. De ahí pasó al Barça donde hizo una dupla de oro con Norman Carmichael, mítico jugador de la sección en la que jugó nueve temporadas. Tenía una mujer Linda que lo adoraba y dos hijos pequeños. Pero aquellos de esplendor y de cielo infinito se truncaron con la importante lesión de rodilla frente al eterno rival Real Madrid. Después de todo aquello, la cosa cambió radicalmente, porque Thomas no fue el mismo. Aparecieron el alcohol y las drogas, su mujer lo abandonó y finalmente, un día de 1976 desapareció para volver a aparecer cuatro años después como una noticia que confirmaba su muerte. Una noticia nunca contrastada y por ende, abierta a ser cierta o no. La película Temps mort, de Fèlix Colomer (Sabadell, 1993), recoge su historia y la reconstruye de forma fidedigna, revelando información sobre la vida y la no vida de Charles Thomas, el jugador que voló.

De Colomer hemos visto películas como Sasha (2016), que recogía las vivencias de un niño ucraniano en su verano de acogida en Cataluña, Shootball (2017), que seguía el vía crucis de Manuel Barbero para destapar un caso de abusos en un colegio religioso, la serie Vitals (2021), sobre los primeros meses de la Covid en un hospital en su ciudad natal, en Fugir (2022), seguía a cinco hermanos ucranianos que huyen de la guerra, y El negre té nom, de este mismo año, donde daba buena cuenta del hombre disecado en Banyoles y la búsqueda sobre su identidad. La identidad en relación a lo humano es el leitmotiv de los trabajos del cineasta catalán, en que su cine-investigación se alimenta de seres que, en contra de todo y todos, deciden alzar su voz, luchar por la verdad, la dignidad y la justicia, en un camino lleno de obstáculos y presiones sociales y legales. Un cine bien contado, muy cercano, que usa un lenguaje directo y nada enrevesado, con una estructura con su parte didáctica e informativa, pero sin olvidarse del cine, es decir, con tensión, calma, giros inesperados y sobre todo, un incesante trabajo para destapar casos que han caído en el olvido, en algunos casos, y otros, que no han tenido la información adecuada y han quedado en suspenso. 

En Temps mort, con la complicidad del periodista Carlos Jiménez que investigó la figura de Charles Thomas, Colomer hace su Searching for Sugar Man, la película que siempre cita como la obra que lo llevó al documental, y rescata la vida y trayectoria del jugador, y lo hace componiendo una película que se hace con maravilloso material de archivo, en el que vemos a Ramón Ciurana, el señor que lo llevó a España, y algunos fragmentos de partidos de la época, imágenes del propio Thomas y su familia en sus momentos domésticos, e increíbles recreaciones, además de estupendos testimonios familiares del mencionado Ciurana, ex compañeros como el propio Carmichael, con el que eran íntimos amigos, Manolo Flores y Aito García Reneses, grandes jugadores como Santillana y Ramos, entre otros, para trazar un enigmático y contundente viaje por las luces y las sombras de un jugador que iba destinado a marcar una época pero la lesión de rodilla y la depresión lo alejaron de todos y de él mismo. Una película contado con un feroz ritmo, acompañado de una música excelente de Joaquim Badia, que ha trabajado en seis ocasiones con Colomer, amén de Ventura Pons, bien acompañado por temazos de la motown de aquellos años, con una brillante y lúcida cinematografía del dúo Juan Cobo y Pep Bosch, que ya estuvo en Sasha, y el febril montaje de Guiu Vallvé, habitual y pieza capital en el cine del director sabadellense, consiguen atraparnos y llevarnos en volandas por una historia llena de altibajos y sorpresas. 

La película evita la sorpresa tramposa, cuenta las cosas de forma honesta y nada especulativa, se centra en los hechos y los relata a partir de lo humano, sin necesidad de volantazos ni estridencias de ningún tipo, todo emana mucha verdad, es decir, vemos a personas que nunca son juzgadas, personas que son escuchadas atentamente, con la distancia justa y dotándolas de un espacio relajado y sin prisas. Temps mort es una gran película y lo es por su humildad y sencillez, con una trama digna del mejor thriller de investigación lleno de giros sorprendentes y totalmente inesperados, erigiéndose en un implacable retrato de historia, y de los personajes anónimos que son rescatados y sacados del olvido injusto del tiempo, porque no sólo nos sumerge en las antípodas de lo que era el baloncesto en España a finales de los sesenta y principios de los setenta, sino que traza un interesante, profundo y revelador cuento sobre la memoria, el tiempo, la amistad, la salud mental, el pasado que nos somete, el presente como oportunidad, y ejecuta un sólido e interesantísimo documento sobre los olvidados, los marginados y los invisibles, que quizás no están tan muertos, y siguen esperándonos para contarnos su historia, la suya y la de nadie más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

El volcán, de Damian Kocur

LA FAMILIA KOVALENKO. 

“La vida es un baile en el cráter de un volcán que en algún momento hará erupción”. 

“Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis”, de Yukio Mishima 

Cuenta la historia de la familia Kovalenko, procedente de Ucrania, lleva unos días en Tenerife disfrutando de unas merecidas vacaciones. Son Roman, sus hijos Sofía y Fedir, y Nastia, la nueva mujer. Los días pasan sin más, entre excursiones, momentos de playa y compartiendo comidas en el hotel y la habitación. Todo cambiará para ellos cuando el jueves 24 de febrero de 2022 Rusia invade Ucrania. La vuelta ya no es posible, con las maletas a cuestas, deben volver al hotel y esperar, o quizás resignarse a una situación llena de incertidumbre, miedo, rabia y angustia ante su situación y la de los suyos. La segunda película de Damian Kocur (Katowice, Polonia, 1976), toca de forma sincera y muy íntima las emociones que estallan en el seno de esta familia, que la cámara sigue muy de cerca, a modo de espejo, confrontando el conflicto bélico y las diferencias que se crean debido a la terrible noticia. Todo se cuenta de forma sutil, sin hacer algarabías ni estridencias argumentales, porque se busca naturalidad y honestidad, donde el paraíso se torna un espacio extraño mientras en su país de origen las cosas se han puesto horribles. 

La primera película del director Bread and salt (2022), cuando el joven Tymek volvía a su pueblo natal y asistía al conflicto entre árabes trabajadores de un kebab y los chavales del barrio. Dos obras que hablan de las diferencias y tensiones que se producen entre unos y otros que, en El Volcán (en el original, “Pod wulkanem”, traducido como “Bajo el volcán”), se generan en el interior de la familia, creando ese efecto espejo con la realidad entre Rusia y Ucrania, en un guion coescrito por Marta Konarzewska y el propio director, centrado en Sofía, la adolescente de la familia, con esas llamadas de puro terror con su amiga de Kiev, y su encuentro con el africano que reside ilegal en Tenerife huyendo de la guerra de su país. Contrastes y cercanías que se van produciendo en un Tenerife muy alejado de la típica estampa turista que nos venden. El supuesto paraíso se torna un lugar lleno de extrañeza, artificial y lejano, porque la elección se torna una prisión en la que deben permanecer cuando desearían estar en su país. El relato se convierte en un diario de esas primeras semanas, de la incertidumbre y el dolor y el miedo instalado en los Kovalenko y las tensiones y conflictos que se generan entre ellos debido a la situación compleja en la que están inmersos.

Kocur se acompaña de un equipo brillante arrancando con la cinematografía de Mykyta Kuzmenko, con esa cámara que sigue sin descanso a los diferentes integrantes de la familia en dos velocidades: la del grupo familiar que hacen cosas juntos como ir de excursión, la del Teide tiene su miga y hace saltar muchas cosa que todavía no habían saltado, y la otra velocidad, la de Sofía, que la cámara la sigue en sus encuentros con el citado africano, y su deambular por una ciudad nocturna cada vez más rara y diferente, ya que su estado de ánimo y por ende, el de toda la familia, ha cambiado y de qué manera. La música de Pawel Juzkuw también sabe crear esa atmósfera de película de terror, de cotidianidad cercana e inquietante a la vez, donde cada mirada y gesto aluden a una situación que se parece a la de antes y está totalmente alterada, generando esa sensación en los diferentes espacios y en la relación entre los cuatro personajes protagonistas. El montaje de Alan Zejer construye un ritmo pausado y de quietud de mucha tensión y terror, donde las cosas parecen que no han sido alteradas, pero los personajes saben que si, y con ese tempo, se consigue introducirnos en ese miedo constante de no saber qué hacer y con esa espera llena de pavor en sus implacables y tranquilos 105 minutos de metraje. 

El cineasta polaco ha reclutado un enorme reparto que ayuda a mostrar todas los miedos en la montaña rusa emocional que viven la familia, que tienen los mismos nombres que sus personajes empezando por la joven Sofía Berezovska, siendo la adolescente enfadada con la “nueva” mujer de papá, y con la situación en Ucrania, Roman Lutskiy es el padre, empeñado en alistarse en volver y coger las armas, Anastasiya Karpenko es la nueva mujer de Roman, que intenta mantener una calma tensa que cuesta mucho, y finalmente, el pequeño Fedir Pugachov, ajeno a todo. De la guerra de Ucrania habíamos visto muchos documentales que retratan los efectos de la guerra y la población civil, pero no habíamos visto una de ficción, y una como esta, que hablase de la retaguardia en el extranjero, como le sucede a la familia Kovalenko, donde la guerra en su país tiene su espejo en los conflictos interiores que se producen en esta familia que estaban en el paraíso disfrutando y  deben permanecer en él, siendo conscientes y con miedo en un lugar que se torna ajeno y extraño donde lo que antes parecía bonito, ahora se ha vuelto una prisión muy a su pesar, sin ánimo de disfrutar el espacio y sobre todo, con la mente en su país, en una tierra de nadie tanto física como emocionalmente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Weapons, de Zach Cregger

LOS 17 NIÑOS DESAPARECIDOS DE MAYBROOK.

“Se encuentra frente al gran misterio… Al que hace temblar a la humanidad desde su origen: ¡lo desconocido!”.

Gastón Leroux

Toda interesante película, independientemente del género y la textura, debe tener por decreto, un prólogo lleno de misterio, intriga e inquietante que produzca al espectador motivos para quedarse a verla. En Weapons, de Zach Cregger (Condado de Arlington, Virginia, EE.UU., 1981) se cumplen con creces esta regla no escrita pero sumamente eficaz. La historia se abre con una situación muy sorprendente: los 17 niños desaparecidos, en mitad de la noche, en un lugar tranquilo, familiar y sin más como Maybrook. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada. Ante esta premisa, nos introducen una voz en off de niña que nos guiará estos primeros instantes del relato. Los únicos hilos a los que tirar son dos: Justine, la maestra de los niños, que está atónita ante el hecho, y Alex, el único alumno que se ha personado en el colegio la mañana después. Una apertura digna de una película absorbente y estupenda de terror, aunque como comprobaremos en unos minutos, la película sabe manejar la dosificación de información para dejarnos atrapados en sus imágenes. 

A partir de un espléndido guion del propio Cregger con estructura “Rashomon”, es decir, parte de cinco episodios de los personajes principales: Justine, Archer, uno de los padres afectados, Paul, un policía, Marcus, el director del colegio y Alex en los que va desgranando sus cotidianidades, miedos y las relaciones que se producen entre ellos, en los que veremos las diferentes perspectivas de la misma historia. Un planteamiento excelente que se aleja completamente de ese terror de sustos y música alta tan popular en estos tiempos. Aquí hay inquietud, angustia y terror a través de la cotidianidad, construyendo un cuento de hadas, con sus elementos característicos, sí, pero llevado a nuestra contemporaneidad, generando ese toque de atemporalidad que se agradece y mucho, porque la historia va avanzando a través de lo desconocido, sin recurrir a estratagemas ni a sorpresas para engatusar al espectador, aquí no hay nada de eso, su fórmula se basa en lo clásico: contarnos una historia a través de personajes bien planteados y avanzar el relato desde la pausa, la mirada, el gesto y dosificando enormemente la información para producir esa sensación de adentrarse en un lugar del que no hay vuelta atrás.

A Cregger lo conocíamos por su faceta como actor en series populares, y haber codirigido alguna comedia juvenil, y su destape en el terror con Barbarian (2022), en una historia de casa encantada o al menos eso parece. Su cum laude lo consigue con Weapons, en la que se ha rodeado de grandes técnicos como el cinematógrafo Larkin Seiple, del que hemos visto su trabajo en To Leslie (2022), de Michael Morris, y en la reciente Wolfs, de Jon Watts. Su luz etérea y plomiza crea esa imagen sombría tan adecuada para la historia que nos cuentan, y unos planos y encuadres bien estudiados donde lo revelador se consigue mediante la quietud y no al contrario. La música la firman los hermanos Rayn y Hays Holladay, que ya hicieron Class Action Park, un documental que documentaba los accidentes y peligros de un parque acuático, y el propio Cregge, que debuta en estos menesteres. Los tres consiguen una soundtrack magnífica, donde no hay sorpresas sacadas de la manga, sino todo lo contrario, siguiendo el tono de la película, a partir de lo inquietante y lo sugerido más que lo mostrado. El montaje es de Joe Murphy, viejo conocido del director, ya que estuvo en Barbarian, del que sabemos sus trabajos con James Franco y Eliza Hittman y en films como Swallow. Su trabajo no era nada sencillo, en una película que se va a los 128 minutos de metraje, donde todo se sujeta a lo que no conocemos, creando esa atmósfera donde todo es muy oscuro. 

El director estadounidense se rodea de un brillante reparto en el que destaca la gran composición de Julia Garner como la maestra tan perdida como los demás en el condado, siendo uno de esos roles que tiene sus cosas, pero nada que ver con la desaparición, en otro gran papel después de The assistant y Hotel Royal, en una filmografía que pasa de los treinta títulos con apenas 31 años. Su antagonista se pone en la piel de Josh Brolin, que está muy bien como padre desesperado, este actor nunca está mal, y además elige buenos guiones que le hacen lucirse mucho más, a los que le pone carisma y humanidad a cada uno de sus personajes. Tenemos a Alden Ehrenreich como el policía, que anda con su conflicto a parte de los 17 niños desaparecidos, un actor de largo recorrido al que hemos conocido en papeles de reparto con Coppola, hermanos Coen, Woody Allen, entre otros, al igual que Benedict Wong que es el director de la escuela, un todoterreno del cine mainstream, y la veterana Amy Madigan, en un personaje clave en la trama, del que no desvelaremos nada más, con más de setenta títulos y cuatro décadas de carrera, junto a grandes como Altman, Malle, Romero, Holland, entre otros.

Sólo podemos rendirnos a una propuesta como Weapons (un título muy acertadísimo, ya lo sabrán cuando vean la película, y no de lo que imaginan ahora mismo), de Zach Cregger, un director al que habrá seguir de cerca, y no sólo si vuelve a plantearse una de terror, sino porque su forma de contarnos la historia, que bien saben, lo es todo, su alucinante atmósfera de cuento de terror a la antigua usanza, donde prima el relato, los personajes y un desconocido tan aterrador como cotidiano, y además, imponer un ritmo pausado y sin ninguna prisa, para sujetar a los espectadores con lo mínimo, llevándolo de la mano como si caminamos por un sendero, adentrándonos en un bosque donde hay una casita al que nadie hace caso, o quizás, abandonada, quién sabe. Vayan a verla, porque Weapons no es una película de terror más, es una magnífica película, llena de detalles y matices, con un misterio que hay que desvelar, un misterio que no es tan raro como imaginamos, porque como suele suceder, alrededor nuestro siempre hay monstruos, aunque con nuestras prisas y nuestras vidas ocupadas, nos olvidamos de mirar a nuestro alrededor y pasar desapercibido nuestra realidad y mucho más nuestra cercanía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Aquel verano en París, de Valentine Cadic

BLANDINE CONOCE A BLANDINE. 

“En el cine, las jóvenes solitarias suelen ir asociadas al drama o al peligro. Me interesa explorar esa soledad como espacio de descubrimiento. Con Blandine quería retratar a esas mujeres que superan la treintena sin ajustarse a las expectativas sociales, sin reivindicarlo necesariamente”.  

Valentine Cadic

Seguramente recuerdan a Delphine, la protagonista de El rayo verde (1986), de Eric Rohmer que, al llegar las esperadas vacaciones, no tenía con quién ir y decidía ir sola, y eso la llevaba a conocer una parte oculta y muy importante de su alma. Algo parecido le ocurre a Blandine, la protagonista de Aquel verano en París (en el original, “Le rendez-vous de l’été”, traducido como “Reuniones de verano”), ópera prima de ficción de Valentine Cadic que, al igual que Delphine, llega al París en pleno auge de Juegos Olímpicos en el verano de 2024 desde Normandía con la idea de ver la competición de la nadadora Béryl Gastaldello, que se interpreta a sí misma, y aprovechar su viaje para ver a su hermana mayor Julie, que no ve desde hace diez años, y de paso conocer a su sobrina Alma. 

A través de un guion coescrito entre Mariette Désert, que tiene en su haber films de Martin Rit y Mikaël Hers, y la propia directora, seguimos las peripecias, desventuras y tropiezos de Blandine, que soporta con estoicismo y buen humor todos los avatares de la turista que se pierde, que no puede entrar al recinto porque su mochila es demasiado grande y cosas de ese tipo. La película no oculta su sencillez e intimidad, sino que al contrario hace de ello su fortaleza y solidez para construir una historia que nos atrapa desde el primer instante, combinando las imágenes propias del documento que está sucediendo al instante con la obra de ficción que se fusiona generando una idea de vida y ficción que casa con claridad y de forma muy natural, como ya hizo Cadic en dos cortos como Les grandes vacances (2023), con un camping en plena temporada como telón de fondo, y en Omaha Beach, que reconstruye el desembarco de Normandía en los mismos lugares donde sucedió. Blandine nos sirve de guía en mitad de un caos de ciudad, llena de gente, y el reencuentro/desencuentro con Julie, más pendiente de su caos personal que de la visita de su hermana. 

La directora que ha actuado en las películas “Ava” de Léa Mysius y “Nuestras batallas” de Guillaume Sénez, se ha rodeado de una gran cinematógrafa como Naomi Amarger, que trabaja en las cintas de Marie-Castille Mention-Schaar, impone una luz clara y transparente que evidencia la humanidad de la joven protagonista, con la textura que da el celuloide como hacían en Mi vida con Amanda (2018), del citado MIkaël Hers, y en Una bonita mañana (2022), de Mia Hansen-Love, mostrando un París caótico sí, pero captando los contrastes entre las calles de multitud con los interiores más reposados. La música de Saint DX, que debuta en el cine, ayuda a establecer un interesante diálogo entre las imágenes festivas con los las emociones que experimenta Blandine, una especie de náufraga que más que salir de la isla quiere estar un rato en silencio y experimentando lo que es y lo que necesita. El montaje de Lisa Raymond, en una película breve, tranquila y nada complaciente, aunque a primera vista a algún espectador le pueda parecer lo contrario, en un montaje clásico, que no usa recursos modernos ni da que maquille lo que se cuenta y de la forma en que lo hace, en sus interesantes y profundos 77 minutos de metraje. 

Si el guion funciona a las mil maravillas con un París que se ve diferente, con una perspectiva de ciudad densa, multitudinaria y también, con pequeñas historias que suceden en silencio como la de Blandine, auténtica alma de la película con la magnífica y emocionante interpretación de Blandine Madec, que ya fue la antiheroína de la mencionada Les grandes vacances, con un personaje diferente pero con esa actitud de estar sola sin nadie alrededor. Le acompañan India Hair como Julie, que hemos visto en películas de Quentin Dupieux, Ursula Meier, Maïwenn y la reciente Tres mujeres, de Mouret, Arcadi Radeff que ra uno de los protagonistas de El cuadro robado, entre otros. Una película como Aquel verano en París es una rara avis porque reivindica la soledad como herramienta esencial para estar y conocerse a uno mismo para crecer, respirar y sentir a tu manera, despacio y sin prisas. Una película en ese sentido muy revolucionaria, porque en un mundo lleno de presiones sociales, donde estar soltero/a se relaciona a algo negativo y no a una elección muy personal, el relato de la directora francesa captura con gran sentido y claridad la necesidad de estar sola que tiene Blandine, y sobre todo, de tomarse la vida como viene, a aprender a dejar de amar, a una lección constante, a ser y estar como uno quiera sin necesidad de dejarse llevar por una sociedad tan libre que se olvida de sentir el verdadero significado de ser libre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cuadro robado, de Pascal Bonitzer

EL TESORO DE MULHOUSE. 

“Un cínico es alguien que, cuanto huele a flores, busca inmediatamente un ataúd”. 

Henry Louis Mencken 

Cuenta la historia de André Masson, un petimetre y endiosado empleado de Scottie’s, una prestigiosa casa de subastas de París. Un día, recibe una carta porque se ha encontrado el cuadro perdido “Los girasoles”, de Egon Schiele, desaparecido en 1939 por los nazis. Acude inmediatamente y descubre que es auténtico. Le acompañan su ex y colega Bertina. A partir de ahí, la cosa degenera de tal forma que el famoso y codiciado cuadro se convierte en el tesoro del que todos quieren sacar una gran tajada. La película se convierte en un relato clásico de espías e intrigas donde todos los personajes implicados juegan sus cartas marcadas intentando sacar el máximo engañando a sus rivales. El cuadro robado (en el original, “Le tableau volé”), de Pascal Bonitzer (París, Francia, 1946), nos cuenta hasta donde llegan los individuos que se dedican al mercantilismo del arte, en el que no hay reglas ni escrúpulos, sólo vale ganar y quedarse con el tesoro, o lo que es lo mismo, venderlo al máximo dinero posible para repartirlo entre los jugadores.

De Bonitzer conocíamos su extraordinaria carrera como guionista en la que ha trabajado con nombres tan excelentes como Rivette, Techiné, Raoul Ruiz, Akerman, Deray, Raoul Peck y Anne Fontaine, entre otros, amén de haber dirigido 9 títulos. Con El cuadro robado, con la colaboración en el guion de Agnès de Sacy, cómplice de Valeria Bruni Tedeschi, que ya había trabajado con el director en Tout de suite mantenant, que no se aleja demasiado de la que nos ocupa, dirigida en 2016 con Isabelle Huppert sobre la ambición desmedida en las altas finanzas, porque en ésta la cosa también se mueve por la codicia y las ansías de conseguir lo máximo usando a quién sea y cómo sea. El juego macabro que plantea la cinta es un juego muy sucio y oscuro entre varios personajes. Tenemos a André, tan engreído como estúpido, donde las formas y las apariencias lo son todo, un bicho malo capaz de todo. Le siguen la citada Bertina, del mismo palo, aunque con algo más de cordura y templanza, Maitre Egerman es la representante de Martin, el chaval obrero del turno de noche que tiene el cuadro. Y luego, están los otros, el dueño del cuadro, ya sabrán porqué, y los de más allá, los que quieren conseguir el cuadro por menos dinero del que vale. Un complejo rompecabezas en el que todos juegan como saben y tirando de farol e intentando engatusar a sus adversarios para conseguir el “Macguffin” que no es otro que la pintura.

El director francés se rodea de colaboradores estrechos como el cinematógrafo Pierre Milon, con más de 60 títulos, junto al desaparecido Laurent Cantet, Robert Guédiguian, Rithy Panh, entre otros, construyendo una luz cercana pero con el aroma de las películas de espías clásicas, en que la cámara se desliza entre los lugares más sofisticados con otros más mundanos. El músico ruso Alexeï Aîgu, al lado de Kiril Serebrennikov, Raoul Peck y Hirokazu Koreeda y más, que consigue atraparnos en esta enredadera que plantea la historia, con sutiles composiciones sin excederse manteniéndose a la distancia adecuada. El montaje de Monica Coleman, con medio centenar de títulos con nombres ilustres como los de Claire Denis, Amos Gitai, François Ozon, y muchos otros, con un trabajo espléndido y convencional, no por ello interesante en sus 91 minutos de metraje, en el que impone agilidad, tensión y oscuridad. En la producción encontramos la figura de Saïd Ben Saïd que, a través de su compañía SBS Productions ha levantado excelentes películas de Polanski, De Palma, Philippe Garrel, David Cronenberg, Kleber Mendonça Filho, Ira Sachs, Catherine Breillat y Sergei Loznitsa, y del propio Bonitzer.

Otro elemento que destaca en la película de Bonitzer es su elegante y magnífico reparto encabezado por un maravilloso André Masson que hace un soberbio Alex Lutz, que debuta en el universo del director haciendo de un tipo duro y vulnerable. Le acompañan la siempre genial Léa Drucker, una actriz tan sencilla como efectiva y tan creíble. Nora Hamzawi, vista en cintas de Olivier Assayas, guarda su as en la manga o quizás, la baraja, quién sabe. Louise Chevillotte es Aurore, la eficiente secretaria de André con el que mantiene un tira y afloja interesante. Arcadi Radeff es Martin, el “elegido” de encontrarse con el cuadro que verá su realidad bastante trastocada. Si deciden ver El cuadro robado, de Pascal Bonitzer se encontrarán una relato de “Muñecas rusas” al uso, donde los personajes juegan a muchas bandas y cada encuentro y desencuentro adquiere una dimensión inesperada. También, conocerán una cosa más de esta triste y deprimente sociedad mercantilista, donde no hay valores ni humanidad, sólo un gran fajo de dinero esperando al mejor postor, es decir, al más rápido, es decir, al que sea más mentiroso, más codicioso y más cínico. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bon voyage, Marie, de Enya Baroux

TOCARSE CON EL CORAZÓN. 

“En medio del clamor de la multitud estamos tú y yo, felices de estar juntos, hablando sin decir una palabra”. 

Walt Whitman 

La familia, ese espacio tan cercano como extraño, en el que cada persona se mueve como si estuviera en un lugar inhóspito y salvaje, con algunos momentos de intimidad y otros, en los que andamos perdidos, a la deriva y sin encontrarnos con nosotros y mucho menos, con los demás. La familia es una especie de limbo donde nunca sabes si estás bien o mal, un lugar en el que personas tan diferentes les une una corriente sanguínea, y en la mayoría de los casos, individuos peleados entre sí que no se escuchan ni tampoco se miran. Marie tiene 80 años y tiene una familia disfuncional, como todas, como las demás, tan imperfectas como alejadas. Su hijo Bruno, el eterno adolescente que empieza mil cosas y no acaba nunca en las que va acumulando deudas. Su hija Anna y nieta de Marie, está en esa edad donde ya no juega con muñecas y empieza a darse cuenta del padre irresponsable que tiene y de una abuela que debería visitar más. 

La ópera prima de la actriz y directora Enya Baroux (Francia, 1991), Bon voyage, Marie (en el original, “Iremos” o “Vamos a ir”), con un guion firmado por Martin Barondeau, Philippe Barrière y la propia directora, nos sitúan en Marie, enferma terminal de cáncer que ha decidido ir a Suiza y hacer el suicidio asistido. Se lo cuenta a Rudy, su asistente social, y se lo oculta a su hijo y nieta, que creen otra cosa, y con esas los cuatro emprenden un viaje a la citada Suiza en la vieja caravana del abuelo. Un tragicomedia en el que como las familias, encontramos de todo, momentos duros, otros no tanto, y la mayoría donde los integrantes de esta peculiar familia en la que hay nula comunicación, el mal moderno, se relacionan más o menos, se dicen muchas cosas y se guardan las importantes, como suele pasar. Y así, vamos almacenando kilómetros hasta la Suïsse. La película tiene el aroma de aquella maravilla de Pequeña Miss Sunshine (2006), de Jonathan Dayton y Valerie Faris, en el que una familia que tampoco hablaba de lo importante, emprenden un viaje porque la retoña quiere convertirse en una star del baile. Con perfectas dosis de drama y comedia íbamos descubriendo los matices y detalles de cada personaje. Una delicia. 

La directora que alcanzó fama como actriz en la película El visitante del futuro (2022), de François Descraques, se ha rodeado de un equipo joven como el cinematógrafo Hugo Paturel, que conocemos por haber trabajado en las películas de otra actriz-directora como Luàna Bajrami, que impone una luz clara y muy cercana que acoge con ternura y nada juiciosa esta familia en ruedas, como aquella maravilla que fue Familia rodante (2004), de Pablo Trapero, con la guarda muchas similitudes. La música de Dom La Nena, que tiene trabajos con los directores Julien Carpentier y Julien Gaspar-Oliveri, sabe acompañar con cariño y nada complaciente este viaje en el que veremos de todo, sí, muchos descubrimientos inesperados y otros, algo traumáticos. El montaje de Baptiste Ribrault, del que hemos visto la película Señor (2018), de Rohena Gera, y series como Parlament y Septième Ciel, entre otras que, en sus intensos 97 minutos de metraje, nos van llevando en una travesía que empieza a regañadientes y de morros y pronto, irá revelándose como una especie de confesionario rodante en el que cada uno expondrá lo que es, lo que siente, sus miedos, sus historias y todo lo que le encantaría ser y no se atreve.

Un reparto magnífico encabezado por Hélène Vincent como la querida Marie, con más de cuatro décadas de carrera al lado de grandes como Techiné, Kieslowski, Berri, etc… La vimos recientemente como la protagonista de la fantástica Cuando cae la otoño, de Ozon. Le acompañan Pierre Lottin como el asistente, con el que compartió reparto en la de Ozon, y en Por todo lo alto, de Emmanuel Courcol, David Ayala es el “hijo”, que hemos visto también en Misericordia, Corazones rotos y Érase una vez mi madre, y la recién llegada al mundo de la interpretación Julie Gasquet como la hija rebelde. Si apuestan por ver Bon voyage, Marie, de Enya Baroux, verán que su familia no es tan extraña como piensan que, en todas cuecen habas y en algunas, hasta kilos. Si creen que su familia se lleva la palma, quizás tienen razón, y por eso, no deberían ver la de esta película, porque así verán que, en los momentos más chungos, también puede haber espacio para mirar al otro, dejar de fingir y desembarazarse de hostias, y plantarse frente al otro y expresarse de verdad, abrirse y reencontrarse con el otro, porque, quizás, cuando se nos quite la gilipollez ya sea demasiado tarde. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA