Regreso a Montauk, de Volker Schlöndorff

EL TIEMPO QUE NOS AMAMOS.

“Siempre hay un amor en la vida que nunca se olvida”

Max, un maduro escritor, llega a Nueva York para promocionar su último libro, en el que cuenta de manera autobiográfica, una historia de amor que vivió en la ciudad 17 años atrás, con una bella mujer llamada Rebecca. De casualidad, se encuentra a Walter, un viejo amigo anticuario, que le informa sobre la situación de Rebecca. En ese instante, Max, que se reencontrará con su joven esposa Clara, que vive en la ciudad, se embarca en una aventura para reencontrarse con Rebecca. Este es el arranque de la nueva película de Volker Schlöndorff (Wiesbaden, Hessen, Alemania, 1939) que vuelve casi dos décadas después, a las historias contemporáneas, después de dedicar buena parte de su filmografía a los temas candentes de su país, como la memoria del pasado, como la segunda guerra mundial, la Alemania post nazi, siempre marcado desde un prisma histórico y político, y basándose en grandes novelas de autores tan prestigiosos como Böll, Yourcenar, Grass, Proust, Miller o Atwood, entre otros, en películas que algunas de ellas han pasado a la historia: El joven Törless, El tambor de hojalata, Un amor de Swann o El honor perdido de Katharina Blum, entre muchas otras.

Aunque la historia transcurre en la actualidad, se basa en una novela autobiográfica del escritor Max Frisch (1911 – 1991) con el que Schlöndorff firmó la adaptación de la novela del propio autor Homo Faber, que dio lugar a la película El viajero, de 1991 protagonizada por Sam Shepard. En esta ocasión, las labores de adaptación las ha compartido con otro escritor, el irlandés Colm Toíbín, en la que han prescindido de la estructura ensayística que presidía la obra de Frisch para centrase en las acciones. Schlöndorff cimenta el relato desde el punto de vista del escritor, un hombre que ha dirigido su vida en función de las mujeres con las que ha estado, la mayoría, por no decir todas, han significado poco o nada para él, solo una, Rebecca, la joven que amó 17 años antes, y a la que tiene idealizada, en una love story soñada y que desea volver a vivir, en una idea de no perder aquel amor que todavía le persigue. Su lugar soñado, o el que recuerda, aquel espacio que compartieron se encuentra a dos horas de Nueva York, situado al final de Long Island, en Montauk, un lugar solitario y alejado del mundanal ruido, donde se localiza un faro antiguo, el cielo infinito y unas playas gigantescas e interminables. Pero los años han pasado, y Rebecca ya no es aquella mujer joven que quería comerse el mundo en la abogacía después de huir de la RDA. Ahora es una mujer segura de sí misma, triunfadora en su carrera, y aparentemente ordenada, y de carácter y fuerte.

El realizador alemán cuece una película honesta y sincera, en la que apenas ocurre nada: presentaciones y lecturas del libro, cenas sin sentido, copas en tugurios de diseño medio ocultos, edificios demasiado sofisticados, por un Nueva York diferente, alejado de la imagen turística, y también hay tiempo, para escuchar alguna crítica sobre la idiosincrasia yanqui triunfadora y superficial. Un relato reposado sobre el amor y nuestros sentimientos, en este río sin fin de emociones que desembocará en un par de días en la añorada Montauk, pero las cosas han cambiado, o mejor dicho, ellos han cambiado, el lugar es el mismo, pero las circunstancias, no. Rebecca y Marx volverán a reencontrar aquel amor que tuvieron, se dejaran llevar por el rumor de las olas en invierno, por ese paraje bucólico que atrapa hasta las entrañas, por escuchar “I want you”, de Dylan, o compartir una cena en un bar de carretera mientras escuchan canciones de cuando se amaron, y por supuesto, compartir una cama para sentirse que vuelven a ser jóvenes y tienen el mundo por delante. Pero Max no está sólo, mantiene una relación con Clara, muchos más joven que él, pero que no parece sentirse enamorado, y también, está algo del pasado de Rebecca, algo que la atormenta y sobre todo, algo que la ha cambiado, la ha convertido en esa mujer frágil que no quiere mostrar a los demás, y menos a Max. Schlondörff ha construido una película de pocos personajes, centrados en una pareja casi fantasmal, en un lugar apartado, que también podría pertenecer a esas sombras del pasado que nos engañan y nos hacen creer aquello que nos empeñamos en ver, sin medir las consecuencias emocionales de nuestros actos.

Una película que nos habla de las emociones profundas de unos personajes que no parecen nada satisfechos con sus vidas, aunque aparentemente demuestren lo contrario, donde sus intérpretes brillan a gran altura con Stellan Skarsgard (habitual de Lars Von Trier) sobrio y elegante,  dando vida al escritor, Nina Hoss (actriz fetiche de Christian Petzold) es Rebecca, con esa mirada fascinante y de belleza cautivadora, la mujer soñada que acaba deviniendo en un fantasma triste consumido por el dolor, la efectiva Susanne Wolff es Clara, la enamorada esposa que no acaba de entender las huidas del escurridizo Max, la naturalidad de Isi Laborde-Edozien que da vida a Lindsey, la chica de prensa convertida en faro y confidente de la actitud inmadura de Max, y finalmente, Walter encarnado por el siempre elegante Niels Arestrup (muy solicitado por Audiard, Tavernier o Ferreri, e intérprete para Schlöndorff en su Diplomacia, su penúltimo trabajo) dando vida al enigmático bon vivant y guía de ese pasado turbio, complejo y a la vez soñado, que quiere recuperar Max, aunque hay veces que es mejor revivir en nuestros recuerdos aquellos años y lugares en los que fuimos felices, porque la realidad y la verdad que esta esconde, puede albergar situaciones que no queramos vivir porque nos pueden llevar a lugares contrarios en los que queríamos estar.

Entrevista a Carla Simón

Entrevista a Carla Simón, directora de «Estiu 1993». El encuentro tuvo lugar el jueves 6 de julio de 2017 en el hall de los Bosque Multicines en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carla Simón,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Entrevista a Tomasz Wasilewski

Entrevista a Tomasz Wasilewski, director de «Estados Unidos del amor». El encuentro tuvo lugar el miércoles 28 de junio de 2017 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Tomasz Wasilewski,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Lorea Elso de Golem Distribución, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño, y a Toni de Cinemes Girona, por su amabilidad y cariño.

Entrevista a Valérie Delpierre

Entrevista a Valérie Delpierre, productora de «Verano 1993», de Carla Simón. El encuentro tuvo lugar jueves 29 de junio de 2017 en la oficina de la productora Inicia Films en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Valérie Delpierre,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Montse Pedrós de Inicia Films, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Estados Unidos del Amor, de Tomasz Wasilewski

LAS MUJERES Y SUS SOLEDADES.

Ágata es una mujer atractiva que trabaja en sus labores y vive con su marido y su hija en una aparente felicidad, o al menos eso es lo que parece frente a los demás, aunque ella se siente sola y vacía, y no sabe el motivo, porque su marido la quiere y tiene sus comodidades. Se siente fuertemente atraída por el sacerdote del barrio, aunque sabe de antemano que es un deseo oculto que no podrá materializarse. En cambio, Iza trabaja como directora de la escuela, vive sola y mantiene una relación secreta con el padre viudo de una de sus alumnas, pero tampoco, al igual que Ágata, se siente bien, su relación está estancada y ya no le satisface, aunque se siente atrapada en un amor destructivo. Su hermana, Marzena, profesora de baile que fue miss, y ahora desea ser actriz, también vive sola, alejada de su marido que emigró por trabajo a Alemania Occidental. Su vida sentimental navega entre la frustración y el dolor, igual que sus amigas, navegan sin rumbo y sin alma. Y la última de esta terna es Renata, que se acaba de jubilar como profesora de ruso, enclaustrada en su apartamento, intenta encontrar su espacio y establece una especie de relación de amistad con Marzena, aunque poco satisfactoria, sus vidas van por caminos demasiados opuestos.

Cuatro mujeres, cuatro almas que se mueven por la Polonia de principios de los 90, aquella Polonia en tránsito, que dejaba la sociedad comunista y se adentraba en los albores del capitalismo, tiempos de cambio, de transición, de tiempo suspendido, como el barrio a las afueras donde viven, con bloques militares y espacios vacíos y fríos, reflejo del invierno que las azota. Un lugar gélido y demasiado cotidiano, reducido a la no vida, alineado, desesperado y doloroso, en el que los hombres trabajan en la fábrica estatal, todos haciendo lo mismo (herencia soviética) y ellas, las mujeres, casi todas, viven encerradas en sus casas, ocupadas en sus quehaceres domésticos y el cuidado de sus hijos, en los que las únicas distracciones sociales se remiten a los sermones del cura, encontrarse con las vecinas tomando café o en los ultramarinos haciendo la compra diaria, y nada más, con el aliciente, por decirlo de alguna manera, de un videoclub que despacha películas estadounidenses comerciales en VHS, posters de Whitney Houston, y así pasan los días y la vida.  La tercera película de Tomasz Wasilewski (Torun, Polonia, 1980) vuelve a construir un retrato femenino de grandes hechuras, serio, descarnado y profundo, como sus dos anteriores trabajos: W sypialni (En una habitación), filmado en 2012, centrado en el encuentro de un hombre y una mujer, y Plynacewiezowce (Rascacielos flotantes), del 2013, donde se centraba en un triángulo amoroso, historias de fuertes sentimientos y emociones complejas.

En Estados unidos del amor nos sitúan en una sociedad claustrofóbica y aislada, como si estuviese ubicada en el fin del mundo, de intimidades que no se comparten, de alegrías frías, y besos que no se dan, o polvos que se hacen por rutina, y emociones congeladas, a las que por mucho que se empeñen sus personajes no encuentran ese calor necesario que les haga más llevadera una existencia deudora de una sociedad demasiado anclada en las formas y y las apariencias, donde las emociones parecen no tener su espacio. Wasilewski filma a sus criaturas muy próximas de nosotros, pegadas a ellas, recogiendo sus miradas y alientos, las sigue a través de largos planos secuencias mientras transitan por sus no vidas, por sus ilusiones frustradas y sentimientos hambrientos que no les hacen sentir bien, mostrando una desnudez y sexualidad íntima y naturalista que contribuye a plasmar ese ambiente malsano instalado en sus acotadas y sumisas vidas, que desean una atisbo de libertad, aunque sea minúsculo.  Una película formalista y muy estilizada que contribuye a indagar en ese agobio y terror doméstico en el que se enfrentan estas heroínas domésticas que batallan como pueden con sus sentimientos, que ni ellas ni los demás logran entender. Mención especial para el trabajo de las cuatro actrices polacas Julia Kijowska, Dorota Kolack, Magdalena Cielecka y Marta Nieradkiewicz, que saben infundir el humanismo y estados de ánimo de sus personajes de soledades infinitas y vacios llenos de amargura.

La prodigiosa luz mortecina y apagada, fuertemente contrastada de Oleg Mutu, el cinematógrafo rumano colaborador de directores de prestigioso de la Nueva Ola del cine rumano como Cristi Puiu o Cristian Mungiu, realiza un trabajo soberbio, construyendo una fotografía que recuerda a la creada para Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, la magistral película de Roy Andersson, en la que también nos hablaban de seres solitarios e infelices, aunque con un tono jocoso y surrealista. Wasilewski ha construido una película concisa y sobria, sin ningún alarde dramático, todo sucede como si nada, a fuego lento, remarcando los momentos y situaciones que se van generando, siguiendo la tradición formalista y narrativa de la Escuela de Lodz y los Wajda, Zanussi, Skolimowski, Munk, etc…, sumergiéndonos en los conflictos de cada mujer, en un dispositivo argumental que nos explica las cuatro historias una tras otra, aunque todas se desarrollan en el mismo espacio y en el mismo tiempo, consiguiendo esa atmósfera de fuertes emociones, pero soterradas, no explicadas ni materializadas, sólo guardadas en su interior, como una coraza que quiere romperse, enfrentado al deseo de cambio y libertad, pero en esa lucha encarnizada, parece imponerse la solitud y la angustia de que los tiempos que iban a venir, soñados y tan esperados, todavía tendrán que esperar, o simplemente, nunca llegarán a ser como los imaginamos.

Verano 1993, de Carla Simón

LA NIÑA QUE NO PODÍA LLORAR

Érase una vez, en un pasado no muy lejano, una niña que se llamaba Frida. Frida tenía 6 años y vivía en la ciudad con su madre y abuelos. Un día, su madre murió, pero Frida no podía llorar, no le salían las lágrimas. Entonces, se fue a vivir con sus tíos y su prima Anna a un pueblo rodeado de montañas. A partir de esta premisa, la película se abre de manera concisa y elocuente, situándonos en la noche de San Juan, donde niños y mayores disfrutan de los petardos y la música. Frida, a la que vemos de espaldas, en mitad de la noche, observa a su alrededor, un niño se le acerca y le suelta: ¿Y tú, perquè no plores? Frida no contesta. A raíz de esta dicotomía, subyace toda la propuesta de la opera prima de Carla Simón (Barcelona, 1986) en la que nos invita a recordar su infancia, a volver a aquel verano de 1993, cuando su vida cambió, su vida dio un giro de 180 grados para recomenzar de nuevo, con otra familia, sus tíos Marga y Esteve, y su primita Anna, y en otro ambiente, una masía en mitad del bosque, y con los recuerdos de su vida hasta ese instante. Simón ya había explorado la memoria de su familia en sus anteriores trabajos, en Lipstick (2013) filmada en inglés, abordaba el vacío que dejaba el fallecimiento de la abuela en el entorno familiar, en Las pequeñas cosas (2014) la relación difícil entre una madre e hija, y finalmente, en Llacunes (2016) ejercicio que, a través de un tratamiento experimental, donde construía un dialogo con la memoria de su madre.

La directora catalana se sumerge en su propia vida para contarnos ese tiempo de tránsito, ese tiempo de duelo, en el que Frida deberá enfrentarse a ella misma y al entorno que la rodea, a mezclarse con ese paisaje hostil, y a la memoria de su madre, y el lugar y la familia que deja en la ciudad. Simón mezcla con sabiduría las emociones complejas y extrañas que va experimentando la niña con la época estival, en la que se suceden los diferentes juegos, los baños en el río, los disfraces, la bicicleta, las visitas a la piscina, la diversión en la plaza corriendo y trotando, perderse por el bosque, visitar la huerta y coger coles en vez de lechugas, arreglar la bicicleta, bailar al son del ritmo de moda, disfrutar dels “gegants i capgrossos” y bailar en la verbena de “Festa Major” etc… La experiencia de la vida durante la infancia en verano, en la que la alegría y la diversión forman parte de nuestro mundo, confundido con la tristeza por el dolor, en el que la ausencia y la pérdida van apareciendo en forma de actitudes extrañas que va manifestando Frida, en mostrarse hostil con ciertas cosas, imponer su criterio y engañar a su prima pequeña Anna, y sobre todo, sentirse que no pertenece a ese mundo, un mundo que se le ha impuesto, al que quiere abandonar, volver al piso que compartía con su madre, regresar con la que considera su familia de verdad, que le regalaron la hilera de muñecas que custodia celosamente en el quicio de la ventana, o el intento de fuga en mitad de la noche, o  los instantes que reza frente al altar en un hueco en el bosque, por indicaciones de su abuela (como cuando Wayne le hablaba a la tumba de su mujer en La legión invencible).

Simón logra una película bellísima, logrando capturar la vida en su esencia, con sus pros y contras, acercándose a la infancia quebrada, desde la delicadeza, mostrándose sensible a lo que nos cuenta, sin nunca caer en la excesiva dramatización, apenas hay música añadida, la que escuchamos forma parte del ambiente, como esa música de saxo que entra en los encuadres de forma suave. Simón nos cuenta un drama, donde la muerte tiene una gran presencia, la ausencia de la madre, sí, pero lo hace desde la vida, desde la alegría de vivir, en una cinta luminosa, divertida, pero también oscura, en el que Frida a veces se muestra cariñosa y alegre, y en otras, ausente, como en otro lugar, ensimismada en otro tiempo. Los tíos, Marga y Esteve (magníficos Bruna Cusi y David Verdaguer, demostrando con creces que tenemos intérpretes de gran altura para rato) intentan aportar calor y hogar a Frida, ellos también tienen que adaptarse a la nueva vida, a las emociones contradictorias y extrañas de la niña, a su duelo, a su incapacidad de llorar, a extraño comportamiento, a no entender que el mundo, y sobre todo, la vida nos tiene reservadas situaciones que nunca entenderemos, y más cuando somos niños.

Simón ha parido un cuento enorme, de concisión narrativa y argumental, en el que todo se cuenta a fuego lento, en el que su encuadre, de espíritu libre, se sustenta en la mirada de Frida, en su mirada triste y alegre, en esa complejidad emocional que atraviesa a la niña, y a todos los que le rodean, a su nueva familia, y a la otra que ha dejado, con la que quiere volverse, detener el transcurso de la vida, y sentir que nada ha cambiado, que todo puede volver a ser como antes, deseos insatisfechos de una niña demasiado pequeña que todavía no comprende ciertas cosas y que siempre pregunta por el estado del piso de la ciudad a su tía. Simón nos invoca a otros niños y niñas huérfanos, desamparados y perdidos como los Edmund Kohler, Antoine Doinel, la Paulette (de Juegos prohibidos, con la que guarda cierto paralelismo en muchos aspectos), la Dorothy de El Mago de Oz o la Alicia que se veía sorprendida en el país de las maravillas, o el François de La infancia desnuda, al que le costaba adaptarse a los ambientes familiares, o aquellos rubios que nutrían la memoria de Albertina Carri, o ciertos ambientes y vacíos que experimentan los del cine de Lucrecia Martel.

La cinta de Simón recuerda a aquel cine español de inicio de los setenta en el que autores como Saura o Erice recordaron su infancia, aquella fracturada por la guerra, como el Luis de La prima Angélica, o las Ana, tanto de El espíritu de la colmena, como de Cría Cuervos, niñas que se veían sometidas a la ausencia y la pérdida de un mundo infantil que dejaba paso a un tiempo de incertidumbre, de extrañeza, donde los sueños se convertían en pesadillas, y los monstruos hacían acto de presencia. Y no sólo en planteamientos narrativos, sino en métodos de producción, muy propios de la factoría Querejeta, como rodear a la debutante Simón con profesionales reconocidos como Santiago Racaj, en labores de cinematografía (en un trabajo excelso de naturalismo y detallista, que recoge los instantes fugaces de la vida) o Eva Valiño en el sonido, sin olvidarnos de la interesante labor de Ana Pfaff en montaje. Una fábula intimista y pedagógica, en el que las niñas Laia Artigas como Frida y Paula Robles como Anna, dos niñas en estado de gracia, trasnmitiendo esa naturalidad y vida que traspasa la pantalla, que nos ayudan a vivir esta historia real como parte de nosotros. Un cuento de verano sencillo y honesto, sobre todo lo que fuimos, sobre la pérdida y el dolor de cuando somos niños, cuando el mundo es un lugar inmenso por descubrir y descubrirnos, cuando todo está por hacer e inventar, cuando la vida nos coloca en lugares que no deseamos, cuando las cosas se rompen, y debemos pegar los trozos, volver a hacer, volver a nacer, enfrentarnos con nuestro pequeño mundo e inmenso a la vez, en ese tiempo de juegos, imaginación y diversión,  pero también, de pérdida, oscuridad, dolor, ausencia, en una celebración de la vida, de su alegría y tristeza, de lo que amamos y odiamos, de  lo que reímos y lloramos.

El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismäki

LA DIGNIDAD DE LOS INVISIBLES.

Desde que irrumpiera en el panorama cinematográfico a principios de los ochenta, Aki Kaurismäki (Orimattila, Finlandia, 1957) ha construido una de las filmografías más estimulantes, interesantes y humanistas (que sobrepasa la veintena de títulos entre largos de ficción y documentales) un universo que no sólo nos remiten al estado actual de las cosas, sino que nos recuerda a grandes cineastas humanistas que han hecho del cine una herramienta crítica, válida para la reflexión y sobre todo, un vehículo capaz de remover conciencias, y dar voz, y por lo tanto visibilidad, a todos aquellos que el sistema les niega su lugar en el mundo. Su cine se centra en individuos solitarios, aislados, los invisibles del sistema, almas en pena, que viven con muy poco o casi nada, que se mueven por barrios obreros y viven en pisos fríos y vacíos, o visitan bares apartados, donde se bebe mucha cerveza y se fuma mucho, se ganan la vida con trabajos precarios, que bordean o entran de lleno en la esclavitud, en los que aflora el individualismo y la servidumbre. Relatos sobre perdedores, a los que se les engaña, algunos acaban maltrechos o con sus huesos tras los fríos barrotes de una cárcel. Tipos parcos en palabras, más bien de mirar o hacer, aunque, el cineasta finés siempre encuentra un resquicio de luz, algún espacio, por pequeño que parezca, para ofrecer algo de calor a sus personajes en el gélido Helsinki, una ilusión, si, aunque frágil a la que agarrarse, como ocurría en las películas sobre Charlot.

Un cine en el que la música, casi siempre de rock y en vivo, se erige como un elemento primordial en su narrativa, actuando como eje vertebrador de lo que se cuenta, explicando más allá de lo que callan y sienten sus personajes. Otra característica esencial en su cinematografía son sus cómplices en los viajes, desde Timo Salminen, su cameraman desde los inicios, y sus intérpretes, los Kati Outinen, Sakari Kuosmanen, Matti Pellonpää, André Wilms, entre otros, actores y actrices que dan vida a esos errantes de vida negra que luchan para encontrar ese espacio que el estado les niega y acaba expulsando del «aparente» paraíso. Y finalmente, el humor que estructura todas sus películas, un sentido del humor nórdico, inteligente, y muy negro, transgresor e hirreverente, en algunas ocasiones, que compone una sinfonía pícara y de mala uva a todo lo que va ocurriendo, dejando una risa a medio hacer que a veces da calor, y otras, congela. En El otro lado de la esperanza, continúa una especie de trilogía (ya había perpetrado otra, sobre «lo proletario»,  compuesta por Sombras en el paraíso, del 86, siguió, dos años después, con Ariel, y finalizó con La chica de la fábrica de cerillas, en el 90) que Kaurismäki ha llamado “portuaria”, iniciada en el 2011 con Le Havre, en la que recuperaba al personaje de La vida de bohemia (1992), el idealista Marcel Marx, para conducirnos por una historia sobre un niño africano, que llega como polizón y necesita refugio,  era acogido por el protagonista, un viejo limpiabotas, hecho que le hacía enfrentarse ante la ley (siempre injusta y desigual con las clases más desfavorecidas).

Ahora, la terna es diferente, el sujeto en cuestión, o digamos, el iniciador del relato es Wikström, un vendedor de mediana edad de trajes y corbatas que, cansado y desilusionado por su vida, decide dejar a su mujer (magnífica, la secuencia que abre la película, por su sobriedad y concisa) y cambiar de trabajo, comprando un restaurante “La jarra dorada”, en el que parece que no frecuenta mucho personal. Paralelamente, Kaurismäki nos cuenta la llegada a Helsinki de Khaled, un inmigrante sirio, que después de perder a toda su familia, ha vagado por toda Europa con el objetivo de encontrar a su hermana. Pide asilo político, y todo su proceso burocrático que lo condena primero a un centro y luego a una espera, para dilucidar si es aprobada su petición. Un día, o mejor dicho, una noche oscura, Wikström descubre a Khaled, que ha tenido que fugarse, porque lo quieren deportar a Alepo, porque según las autoridades no entraña peligro, cuando está siendo devastada, junto a su basurero y le da trabajo. Kaurismäki, quizás, ha hecho la película más cercana a la actualidad que nos asalta diariamente, aunque el genio finlandés no nos habla del drama de los refugiados como los medios lo hacen cada día, no, la película huye completamente de la visión partidista y superficial, y se aleja de los discursos moralizantes de las élites y la mayoría de los medios imperantes, aquí no hay nada de eso.

Kaurismäki construye una película humanista, extremadamente sencilla, y muy honesta, podríamos decir que incluso inocente, pero no en la expresión de escurrir el bulto, sino todo lo contrario, en el que se aboga por una solución al problema de un modo humanista, mirando a todos aquellos que vienen y escuchando sus problemas, no haciendo oídos sordos al conflicto. La película cimenta en la humanidad y la fraternidad las armas contra el problema de los refugiados, sacando a relucir esos valores humanos que parece que la sociedad capitalista, individualizada y de consumo, nos ha arrebatado, o nosotros hemos olvidado. Soluciones sencillas contra males complejos, quizás algunos les parecerá naif, pero no hay nada de eso, el cine de Kaurismäki es profundo, enorme, y mira a la realidad desde el alma, exponiendo todas las posiciones, retratando a los que ayudan a Khaled, como los que no, explicándonos todo lo que le va ocurriendo al refugiado, que se mueve entre sombras y dolor, en esta odisea en la Europa actual, un continente que sólo sabe mirarse a su ombligo y esconder sus miserias, que las hay y muchas, bajo la alfombra sucia y podrida. Kaurismäki vuelve a mostrarnos una mise en scene minimalista (marca de la casa) fundamentadas en tomas largas, en las que apenas hay movimientos de cámara, y vuelve a adentrarnos en sus memorables espacios (desnudos, en las que apenas se observan muebles u otros objetos, en los que conviven anacronismos con la mayor naturalidad, en el que descubrimos sofisticados aparatos que registran huellas dactilares que conviven con máquinas de escribir, lugares en los que sobresalen los colores fuertes, como verdes o rojos, herencia del maestro Ozu).

Kaurismäki vuelve a emocionarnos y a concienciarnos con su cine, creando un hermoso canto a la vida, al humanismo y fraternidad de cada uno de nosotos, anteponiendo lo humano y los valores ante la barbarie deshumanizada que se ha convertido Europa, en la que sus líderes se empeñan en hablar de pueblos y hermandad, pero que la realidad es otra, donde se niega asilo y se expulsa a aquellos que sufren guerras y hambre provocadas por el imperialismo occidental. El cineasta finlandés recoge el testigo de los Chaplin, Renoir, Rossellini, Kiarostami o Jarmusch, entre otros, para contarnos una fábula de nuestro tiempo, en la que aboga por los valores humanistas frente al dolor o el sufrimiento del otro, extraer lo bueno de cada uno para ayudar a quién lo necesita, y sobre todo, una fraternidad valiente y amiga, en la que los más desfavorecidos se ayudan entre sí, a pesar de las dificultades que atraviesen, porque, como explica la película, es lo único que tenemos, porque el poder hace tiempo que ha dejado de interesarse por los que ya no existen, por todos los invisibles, todos los que se levantan cada día para trabajar por cuatro perras mal dadas y existir en una sociedad cada vez más hipócrita, desigual e injusta, por todos aquellos que Kaurismäki ha convertido en los protagonistas de su cine, en la que el genio finés les da voz, palabra, rock and roll y algo de aliento.

I Am Not Your Negro, de Raoul Peck

EL ACTIVISTA INDOMABLE.

“La ignorancia, aliada con el poder, es el enemigo más feroz que la justicia puede tener”

James Baldwin

La mirada incisiva y compleja de Chris Marker (1921-2012) uno de los cineastas más grandes, o quizás el más grande, en abordar los problemas políticos, sociales y culturales de la sociedad, a través de fascinantes ensayos fílmicos donde se cuestiona la validez de las imágenes, su función y las consecuencias que provocan, se convierte en la figura guiadora de buena parte del cine de Raoul Peck (Puerto Princípe, Haití, 1953) un realizador de raza negra que ha explorado de forma crítica todos los problemas raciales, tanto de su país como de naciones donde el problema negro persiste, con títulos como Lumumba, la muerte de un profeta (1990), documento sobre la figura del líder independentista y primer ministro del Congo independiente, que tuvo su película de ficción en 1990, en Siempre en abril (2005) investigaba el genocidio de Ruanda, y en Moloch tropical (2009) y en Murder in Pacot (2014) se centraba en los conflictos raciales de Haití, entre otros.

En I Am Not Your Negro, estructura su película a través de tres vías que confluyen en solo una: primero, tenemos la figura de James Baldwin (1924-1987) activista negro, intelectual y homosexual, que se posicionó abiertamente, a través de un discurso crítico, reflexivo e inteligente, en el que explica los orígenes del problema racial de EE.UU., sus consecuencias en la sociedad y caminos para solucionar un problema complejo que afecta al conjunto de todos los ciudadanos del país. Después, las distintas reflexiones escritas por Baldwin en un libro nunca publicado, Remember This House, un ensayo que analiza la segregación racial desde múltiples puntos de vista, a través de tres de los activistas negros más influyentes, amigos de Baldwin, que fueron brutalmente asesinados: Medgar Evers, en junio del 63, Malcolm X, en febrero del 65, y Martin Luther King Jr., en abril del 68. Peck, a través de la voz del actor Samuel L. Jackson que va leyendo las partes y fragmentos que escribió Baldwin, y finalmente, pueden ver la luz. Y para terminar, las imágenes de archivo (en un trabajo concienzudo de found footage) en el que Peck nos muestra imágenes que abarcan más de medio siglo de la historia racial de EE.UU., desde películas de los años 30 hasta las últimas movilizaciones producidas en el país, tanto imágenes documentales (de manifestaciones, enfrentamientos de negros con la policía, humillaciones de blancos contra negros, etc…) como extraídas de televisión (en el que vemos a Baldwin explicando sus reflexiones y debatiendo junto a otros…) y cortes de películas de Hollywood, donde se trata el problema racial, de un modo partidista, en el que el negro siempre tiene las de perder.

Peck construye un brutal y magnífico ensayo fílmico, siguiendo la mirada ya mencionada de Marker, a las que podríamos añadir las de Kluge o Godard, en las que analiza de forma precisa y crítica la naturaleza de las imágenes, y los diferentes contextos en las que fueron creadas y cómo han servido para crear una imaginario en el público, unas imágenes que nunca son inocentes, con la firme intención de posicionar a los espectadores en el lado del hombre blanco como ciudadano de primera en EE.UU., dejando fuera a todos aquellos de diferente raza. Las palabras de Baldwin resuenan profundamente en nuestras conciencias, consiguiendo analizar todos los problemas raciales desde aquellos años 60 hasta nuestros días, unos conflictos que perduran en la sociedad, unas reflexiones que asustan debido a su vigencia absoluta, en la que Baldwin construye un discurso que abarca todas las cuestiones dejando sin replica a todos aquellos que intentan rebatirle. Peck, no sólo cuestiona los problemas raciales que siguen viviendo en la actualidad, sino que reivindica la figura de un hombre de oratoria fascinante, un humanista indomable, un activista que siguió manteniéndose en pie a pesar del país que le tocó vivir, de pertenecer a una raza machacada, ignorada e invisible.

El bar, de Alex de la Iglesia

SÁLVESE QUIÉN PUEDA.

Una mañana cualquiera en un bar céntrico de un barrio cualquiera. La parroquia que transita el lugar es muy variopinta: Amparo, la dueña, sesentona, lenguaraz y de mucho carácter, Satur, el segundo de abordo, obediente y callado, un ex policía desconfiado y en estado de alerta, un tipo extraño con pinta de ejecutivo que agarra su maletín como si fuera su única posesión, un hipster eganchao a internet y encerrado en su mundo, El “Israel”, un vagabundo alcohólico que grita proclamas de la biblia y nunca paga en el bar, La Trini, una alcohólica enganchá a la tragaperras, sola y amargada, y finalmente, la última clienta que irrumpe en el bar, Elena, una pija que tiene una cita y se ha quedado sin batería. Todo transcurre como cada mañana a esa misma hora, con alguna mirada, reproche o gesto de más o de menos, según se mire. De repente, uno de los clientes que sale del bar, es alcanzado por un disparo que lo deja seco, el barrendero que sale auxiliarlo, encuentra el mismo destino.

La película número 13 de Alex de la Iglesia (Bilbao, 1965) arranca de manera brutal y acojonante, mostrándonos una serie de personajes que nada tienen que ver entre sí, y acaban todos encerrados, sin poder salir,  de un bar grasiento con olor a rancio. El director vasco hace un recorrido por cada uno de ellos, sacando a relucir todas sus miserias y exponiéndolas ante los demás, sacando el jugo a cada uno de ellos, moviendo a todos ellos de forma ejemplar por un único decorado, en una ágil y enérgica puesta en escena que nos mantiene atentos a la pantalla, consiguiendo que recordemos al mejor Berlanga, en sus magistrales secuencias llenas de gente a las que les pasaba de todo. Después de este arranque más propio de una película de suspense, al mejor estilo de The Twilight zone, con ese aroma de todos son culpables del mejor Hitchcock, la película se adentra en terreno pantanoso, donde cada uno de los personajes desconfía del otro, y más cuando, a fuera, la policía retira los cadáveres y la plaza ha quedado completamente desierta. Todo el ambiente se vuelve cargado, irrespirable, tenso e irrespirable, De la Iglesia combina la comedia negra con el mejor terror, manteniendo un ritmo imparable, que se irá agudizando a medida que vayan pasando las horas y siga creciendo la tensión entre los distintos parroquianos, todo hace dudar y desconfiar, un objeto, una bolsa, todo.

De la Iglesia es un cineasta de mundos absurdos, hostiles y decadentes, sus personajes se mueven por la codicia y la avaricia, mienten y matan, llegados el caso, con el propósito de conseguir sus objetivos, que suelen ser económicos, y en otros casos, son motivados por el ascenso social, unos seres pobres de espíritu, y otros, pobres diablos, que pretenden conseguir aquello que se les niega o simplemente, se les arrebata injustamente, aunque montaran la de Dios, cueste lo que cueste, y se lleven por delante a quién sea, por llegar a sus objetivos, algunos justos, otros miserables, nada más que eso. Esta es una película coral, como lo eran La comunidad (aquellos vecinos que andaban como locos por atrapar el dinero del muerto que casualmente había cogido una que pasaba por allí), 800 balas (un viejo actor de los westerns fingiendo ser lo que no es y huyendo de un pasado familiar tortuoso) Las brujas de Zugarramurdi (donde dos quinquis llegaban al pueblo de las brujas y se metían en la boca del lobo) o Mi gran noche (en el que una eterna fiesta de fin de año acababa en un cruce de mentiras, venganza y algo de amor), y también como ocurre en los títulos de terror claustrofóbico habrán sorpresas inesperadas, y sus inquilinos se irán reduciendo notablemente, debido a las envidias, la tensión y sobre todo, el miedo, esa cosa amarga y poderosa que sale a relucir de forma devastadora en los momentos de crisis.

A medida que avanza la trama, el interés va sufriendo algún altibajo, y más, cuando se nos descubre el pastel, que les ha ocurrido a los que mataron, sobre todo, por algo que también se encuentra en otras películas del director, la acumulación de golpes de efecto en el último tercio que deslucen el ritmo endiablado impuesto), tiene algunos momentos memorable, cuando la película se mueve por ese mundo oscuro, siniestro y demoledor que tanto le gusta a De la Iglesia, como sucedía en sus mejores títulos como El día de la bestia (un cura algo pirado, un excéntrico presentador de televisión y un heavy tirao luchaban ferozmente contra el anticristo) Muertos de risa (dos humoristas que se odian a muerte desde la España franquista de los 70 hasta finales de los 90 con todo ese país en ebullición aparentemente) Crimen ferpecto (un enterao y don juan arribista que encuentra la horma de su zapato) o Balada triste de trompeta (dos payasos en la década de los 70 que rivalizan encarnizadamente por la fama y por una mujer, quizás la película que mejor define el espíritu que atraviesa las películas de De la Iglesia).

El bar contiene lo mejor de su director, ambientes malsanos y deprimentes, poblado de seres miserables, que se mueven en un mundo superficial, sucio y lleno de maldades, donde todo huele a podrido, y nada ni nadie podrá tener algún tipo de esperanza, en el que la violencia acaba siendo el único camino para sobrevivir de uno mismo y de los demás, en el que el buen plantel de intérpretes entre los que destacan algunos de sus habituales, Mario Casas, Terele Pávez, Secun de la Rosa o Jaime Ordoñez, con las grandísimas aportaciones de los siempre perfectos Joaquín Climent y Carmen Machi, y la buenísima aparición de Blanca Suárez. Todos, en mayor o menor media, destacan en sus roles, unos personajes que lentamente irán descendiendo a sus infiernos personales y adentrándose en las cloacas de un mundo que se cae en pedazos en medio de una crisis (es clara la lectura política que construye el cineasta vasco) en una cinta que juega con el thriller oscuro y de pesadilla, con el aroma del mejor esperpento y comedia negra (elementos característicos que estructuran todo el cine de De la Iglesia) de esa que te hace reír, claro está, pero también daña, por lo que cuenta, y sobre todo, por cómo te lo cuentan.


<p><a href=»https://vimeo.com/196462199″>EL BAR – Tr&aacute;iler</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Rara, de Pepa San Martín

EL DESPERTAR DE SARA.

La cámara sigue a una niña, a la que no vemos el rostro, mientras camina entre el patio de su colegio, entra en uno de los edificios y después de bajar unas escaleras, se dirige hacia unas voces que escucha, se encuentra a unos compañeros de clase besándose, una niña la llama, pero ella sale corriendo. El primer plano de la película, que parece extraído de una película de los Dardenne, describe minuciosamente el entorno que nos será mostrado a lo largo del metraje, la sutileza y la elegancia narrativa con la que se nos cuenta una historia aparentemente sencilla y cotidiana, pero que explica con detalle y sensibilidad el despertar de una niña a la edad adulta, y todos los cambios de identidad que comporta, cómo se enfrenta a sus deseos, sus pérdidas, sus conflictos internos y demás comportamientos en un ambiente que comienza a resultar extraño, forzado y lleno de incertidumbre, y todo ello, en un entorno familiar diferente, conviviendo con su madre, que ahora tiene una novia, y su hermana pequeña, situación que su padre, de vida acomodada y monótona, no ve con buenos ojos.

La cineasta Pepa San Martín (Curicó, Chile, 1974) empezó de meritoria en varias películas, para luego despuntar con su cortometraje La ducha (2011) que tan buenas críticas obtuvo en la Berlinale. Ahora, en su primer largo, se adentra en la existencia de Sara, una niña de 13 años, en pleno proceso de cambios en su vida, en un período de tránsito, donde dejará de ser esa niña con coletas para convertirse en una mujer. San Martín no ser regodea en el drama, ni estira innecesariamente el conflicto, su mirada es diferente, libre y auténtica, convierte su fábula en un encuentro que constantemente interpela al espectadora, haciéndole partícipe de los conflictos de su protagonista. La película se posa, y con gran acierto, en la mirada de Sara, esa mirada inquieta, curiosa, y que acabará siendo desubicada provocada por ese entorno de prejuicios, de sociedad cerrada, esa Viña del Mar donde se desarrolla la película, aquí muy alejada de esa imagen turística. San Martín construye una oda sobra la diferencia, desde el más absoluto de los respetos, mirando con naturalidad y ternura hacia lo que incomoda a una mayoría conservadora, que se rige por unos principios obtusos y moralistas, que se rebela contra lo que considera antinatural, como representa la figura del padre, en cambio, la madre, que en ocasiones parece demasiado involucrada en su trabajo, parece llevar con respeto y naturalidad su relación y la convivencia con sus hijas.

Sara, excelentemente interpretada por la debutante Julia Lübbert, se siente desplazada y rara, como explica el título, todo su mundo, el que conocía, desaparece, y ahora, está en continuo cambio en su existencia, pero San Martín, en un alarde de síntesis argumental, nos lo cuenta como en un susurro, como si a Sara le diese vergüenza, como si tratase de ocultarlo, como guardarse secretos que antes compartía con su mejor amiga, revelarse ante su madre y querer celebrar el cumpleaños en casa de su padre o sentirse tonta cuando tiene cerca al chico que le gusta, cambios que forman parte del proceso de vivir, de hacerse mayor, dentro de un entorno que pretende y aparenta ser moderno, pero se resiste a seguir modelos familiares de otro tiempo, que hoy día se han quedado caducos y forman parte de un tiempo de represión, desconfianza y retrogrado. San Martín que ha tenido en la escritura del guión la colaboración del director compatriota Roberto Doveris (que hace poco también nos sorprendía con Las plantas, en la que también exploraba el despertar sexual de una niña pero en un entorno social de aislamiento y soledad). Rara se suma a las nuevas miradas del cine latinoamericano, que triunfa en festivales internacionales, que se preocupan del ocaso de la infancia, a través de sutiles e inteligentes propuestas que escarban de manera profunda y bellísima los avatares de ese proceso tan convulso que nos provoca el despertar a la adolescencia, como Juana a los 12, de Martin Shanly o Paula de Eugenio Canevari, entre otras. Propuestas sencillas, que a través de una admirable contundencia formal y sutileza narrativa, se sumergen en terrenos fangosos saliendo airosos de manera brillante.