The Party, de Sally Potter

FUERA MÁSCARAS.

En un instante de la película, uno de los personajes April, quizás el más irónico y cínico con su miseria y frustración, le suelta a Janet (amiga de toda la vida y recién nombrada ministra de sanidad) la siguiente advertencia: Yo no creo en la democracia, creo en ti. Toda una declaración de principios, y también, podríamos añadir que es donde descansa el verdadero propósito de la película, que no es otro que ese estado de ánimo, si todavía queda alguno, de los personajes que se encontrarán en el hogar de Janet y Bill para celebrar el nombramiento. Sally Potter (Londres, 1949) cineasta inquisitiva y crítica con los problemas personales y sociales, como ya demostró en películas memorables como Orlando (1992) o Ginger & Rosa (2012), plantea una película de gran pureza y naturalismo, en la que se despoja de todo artífico cinematográfico para sumergirse en la esencia de sus personajes y sus peculiaridades, desde su acción, que sigue el orden cronológico de los hechos, en un tiempo real, en esos intensísimos y frenéticos 71 minutos de duración, donde nosotros los espectadores asistimos como uno más, viviendo en directo lo que les va sucediendo a los personajes, a todo aquello que se va cociendo in situ. Otra de sus características es su color, o su falta de él, el blanco y negro naturalista y extremadamente sobrio, obra de Alexey Rodionov (íntimo colaborador de la directora).

La cinta nos sitúa en un solo espacio, el hogar ya citado, y su salón, donde se conocerán las mayores revelaciones, y también, la cocina, el baño y la terraza, ese espacio doméstico donde se hablará, discutirá y debatirá sobre todo, y digo todo, porque Potter atiza a todo, desde el romanticismo de los ideales, de la diferencia entre las ideas y los actos, de las verdades, aquellas reales y las inventadas, de la juventud, del tiempo, de la medicina de siempre y la natural, de la izquierda, del ultra capitalismo, del feminismo, la maternidad, la amistad, el amor, el agotamiento de la vida en pareja, de nuestros sentimientos, o lo que interpretamos que son, y la coherencia entre la vida profesional y la personal, y sobre todo, de todo aquello que deseábamos para nuestra vida y en algún momento, no sabemos cuándo, se quedó en alguna parte o lo dejamos por el camino, que para el caso es igual. Potter no deja títere con cabeza, y lo hace desde la comedia negra, muy negra, desde la fábula moral, aderezada con las canciones que suenan en ese viejo tocadiscos, que van describiendo el interior de cada uno de los personajes, que lo que empieza en una celebración, poco a poco se irá tornado de un tono más oscuro, más terrorífico, y derivará en el drama personal e íntimo, sin dejar nunca de lado esa mala uva tan característica del humor inglés.

Potter no mira a sus personajes con odio y recelo, sino todo el contrario, los mira y filma desde todos los puntos de vista, sin juzgarles ni admirarlos, en su sencillez humana, en sus contradicciones, en su insignificancia y miserias ocultas, sus miedos y sus mentiras, en una película que el punto de vista irá cambiando de mano, y cuando la película se detiene en uno, los demás acuden como espectadores insólitos para escuchar, oír y callar, solo algunos, porque otros sí que querrán decir la suya. Una velada con amigos, o con amigos que se mienten, o mejor dicho, que saben ser diplomáticos y sinceros cuando se les pide, y saben guardar las formas si la ocasión lo requiere, amigos al fin y al cabo. La cineasta británica va cociendo a fuego lento su (des) encuentro, moviéndose entre las figuras humanas, unas más reconocibles que otras, unas más sinceras que otras, llevando su drama hasta esa catarsis general en el que todo explotará, todo se destapará, y en el que todos, y cada uno de ellos, explicará su verdad, eso que tanto tiempo ha guardado, su vida, sus sentimientos, y todas las frustraciones que la política, la sociedad, la cultura y la maldita economía le han producido en su existencia.

Potter enmarca su película en lo que podríamos añadir como un género en sí mismo, con el aroma de cintas como El discreto encanto de la burguesía, Reencuentro o Los amigos de Peter, por citar algunas, nos referimos a esas reuniones de amigos, esos reencuentros o no, a esas veladas que empiezan con risas, palabras amables y formas elegantes, y los recuerdos del ayer, los perdidos, los encontrados o los inventados, que según avanza la reunión cordial y amigable, y sin saber cómo, o quizás sí, en algún momento, nadie sabe en qué momento, todo cambiará, las cosas cambiarán de rumbo, se tornarán diferentes, como si alguien las hubiera cambiado del revés, en una especie de hoguera de las vanidades doméstica, donde aparecerá todo, donde la mentira no aguantará más desplantes y vergüenzas, y la verdad se impondrá como un martillo ejecutor que golpeará a todos, sí a todos, sin olvidarse de ninguno, con la misma fuerza como si lo hiciera por última vez, porque después de esa noche ya nada volverá a ser igual, o quizás sí, pero con muchos matices, y todos deberán convivir sabiendo la verdad, y conociendo a lo que se atienen con sus conflictos interiores y sus relaciones con los otros.

Y como suele ocurrir en estas piezas de cámara humanas y sin trampa ni cartón, los personajes complejos, tan humanos y débiles, en el fondo, como somos todos, están interpretados por un reparto coral que raya a una grandísima altura, dotando a sus personajes de carne y hueso, entes de verdad, cuando esta hace acto de presencia, desde la anfitriona, Kristin Scott Thomas (esa ministra nombrada que tiene un incendio en su casa y además, tantas cosas que ocultar) su marido Timothy Spall (casi en el otro barrio, ausente, que más parece un fantasma, y aún guarda un as que le hará incendiar el cotarro) Patricia Clarkson (esa amiga devota del alma, pero que conoce sus fragilidades y frustraciones) y su marido, Bruno Ganz (mitad curandero, gurú y adicto a la autoayuda) Cherry Jones (la lesbiana madura que ha vivido contra todos para ser ella misma) su pareja y madre de sus trillizos Emily Mortimer (la gay que ataca a todo y todos, sin importarle los matices) y finalmente, Cillian Murphy (ese triunfador del capitalismo, adicto a la coca que se siente un perdedor y no sabe como retener a su esposa). Seres perdidos, seres idealistas, algunos, y otros, frustrados, o las dos cosas a la vez, pero que en el fondo, intentan sobrevivir a pesar de toda la falsedad política, la de los suyos, a los que creyeron en el cambio y que las cosas podían cambiar, aunque finalmente, no fue así, pero al menos soñaron con eso, o con algo parecido.

Celestial Camel, de Yury Feting

EL VIAJE BLANCO.

Cuentan los más ancianos que cuando nació Altynka, un camello albino, el abuelo de Bayir, como suelen hacer los calmucos, predijo años de bonanza, porque así lo dice la tradición de los pastores mongoles que habitan en la estepa rusa. Aunque parece ser que aquellos años de dicha se hacen de esperar, porque la sequía y el nacimiento del cuarto hijo, provocan que los padres de Bayir se vean en la obligación de vender a la cría de camello albina. Cuando los padres se marchan para el nacimiento de su hijo, dejan la responsabilidad a Bayir, el hijo mayor de 12 años. Pero, cuando se preparan para terminar el día, Mara, la camella madre de Altynka se escapa en busca de su hijo, y Bayir, no tiene otro remedio que salir tras ella, dejando en casa a sus dos hermanos pequeños. El cineasta Yuri Feting (Rusia, 1956) con amplia experiencia en el mundo del audiovisual, nos sumerge en un paisaje insólito, un escenario que parece de otro mundo, un lugar casi desértico, en el unos pocos de pastores siguen viviendo de los animales y la naturaleza. Entre ellos, encontramos a Bayir, el protagonista de esta aventura que le llevará a recorrer cientos de kilómetros detrás de la camella, pilar en el sustento de los suyos.

El cineasta ruso cuida cada detalle, tanto formal como argumental, sumergiéndonos en una road movie, donde el tiempo se dilata, en el que las distancias se hacen larguísimas y cada cosa que ocurre contiene en sí misma otra aventura. Bayir a lomos de una antigua moto tándem, emprende su viaje en el que vivirá experiencias de todo tipo y encontrándose con personas de todo calado, como la familia de pastores que le abre su casa para pasar la noche, lugar donde conocerá a una niña de su edad que le hará tilín, o el joven lama que medita en un lugar recóndito de la estepa, que confía en el destino como respuesta a los entuertos, o un narco que al escapar de la policía lo hace cómplice y es detenido, o Talismán, un chaval que desea trabajar en el circo mientras se alimenta de pequeños hurtos. Feting cede la voz a su joven protagonista, en su particular odisea cotidiana, que nos recuerda a aquellos niños de Kiarostami, Pahani, Majidi o Hana Makmalbaf, que se enfrentan a un mundo hostil, lleno de peligros y pequeñas aventuras que les llevarán a lugares extraños, que los exigirá tomar decisiones y hacerse mayores.

Bayir es un chaval espabilado y valiente, no cejará en su empeño de capturar a su camella y de paso, intentar recuperara a Altynka, aunque esto último resulto extremadamente complicado. Feting elabora una cinta que puede verse de varias formas, desde el documento antropológico (en el que asistimos a las formas y costumbres de vida de los pastores mongoles de la estepa rusa) o también, la pérdida de la inocencia de un niño que descubre un mundo que, en ocasiones, no resulta tan amable como cabría esperarse, o incluso, la importancia de la familia como núcleo central para la subsistencia en un territorio hostil y árido, y finalmente, el amor hacía los animales, no como mascotas, sino una parte más espiritual, formando parte esencial del trabajo y la subsistencia de la familia mongol, y finalmente, como una aventura fantástica, donde hay que estar dispuestos a aceptar lo indescifrable, la magia de lo cotidiano o esos sucesos que no tienen explicación, pero ocurrir, ocurren.

El director ruso no necesita de subrayados emocionales, ni tampoco de excesiva información adicional, para profundizar con sabiduría y sencillez en la odisea de Bayir, posando su película en la interpretación sutil y emocionante del joven Mikhail Gasanov, mirando a su protagonista de frente, a la altura de sus ojos, sin aleccionarlo, ni tampoco a los espectadores, a través de un estupendo ritmo que nos lleva de un lugar a otro, tomándose su tiempo y digiriendo cada encuentro y los nuevos personajes itinerantes que se van cruzando en el camino del joven protagonista. Una película honesta y extremadamente sencilla y transparente, donde su limpieza visual como argumental se agradecen, porque no quieren explicar con situaciones facilones todo lo que sienten los personajes, en la película todo es más directo, sus personajes viven su aventura, experimentando cada instante, como si no hubiese nada más, se vive el momento de manera intensa y febril. Estamos ante una cinta que bebe mucho del cine de Rossellini, en su labor humanista en su manera íntima y cálida de contarnos las sencillas odiseas que tienen que enfrentarse sus niños, unos niños que a veces deben vivir situaciones que los hacen crecer de repente, como les ocurría a Pasquale en la Italia en plena guerra o a Edmund en aquella Alemania devastada, niños que apartan sus juegos y su edad, y penetran en un mundo donde deberán tomar decisiones y responsabilizarse de sí mismos.

Encuentro con Manuel Muñoz Rivas

Encuentro con Manuel Muñoz Rivas, director de «El mar nos mira de lejos», en el marco de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, junto a su codirectora Cristina Riera. El encuentro tuvo lugar el domingo 19 de noviembre de 2017 en el auditorio del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Muñoz Rivas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Sonia Uría de Suria Comunicación,  a Laura Mercadé de La Costa Comunicació, por su tiempo, generosidad, amabilidad y cariño, y a Tess Renaudo y Cristina Riera, codirectoras de l’Alternativa y su equipo, tan amable, maravilloso y querido.

Entrevista a Manuel Muñoz Rivas

Entrevista a Manuel Muñoz Rivas, director de «El mar nos mira de lejos», en el marco de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona. El encuentro tuvo lugar el sábado 18 de noviembre de 2017 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Muñoz Rivas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Sonia Uría de Suria Comunicación,  a Laura Mercadé de La Costa Comunicació, por su tiempo, generosidad, amabilidad y cariño, y a Tess Renaudo y Cristina Riera, codirectoras de l’Alternativa y su equipo, tan amable, maravilloso y querido.

Call Me by Your Name, de Luca Guadagnino

EL VERANO DEL PRIMER AMOR.

“El amor, al no entender de geografía, no conoce fronteras”

Truman Capote

Una mañana de verano de 1983, en una villa familiar del siglo XVII, cerca del pueblo de Crema, en la región de la Lombardía italiana. Cuando todo parece tranquilo, sin más ruido que la música de la naturaleza, llega, como cada año, el nuevo alumno del profesor Sr. Perlman, en este caso se trata de Oliver, un joven norteamericano de 24 años que realiza su doctorado sobre cultura grecorromana. Elio, el hijo del profesor, que pasa el tiempo reescribiendo música junto a su piano, se lanza escaleras abajo, a saludar al nuevo invitado que pasará 6 semanas de verano estudiando, conociendo y descubriendo el bucólico, apasionante y bellísimo paisaje del lugar. El quinto trabajo de Luca Guadagnino (Palermo, Italia, 1971) en palabras del propio director, cierra una trilogía sobre el descubrimiento del deseo, que se iniciaría con Yo soy el amor (2009) en el que una familia burguesa de la Lombarda más tradicional se veía trastocada por el amor de dos de sus empleados, a la que seguiría Cegados por el sol (2015) en el que exploraba las turbulentas relaciones de dos parejas durante unas vacaciones en una villa, que bebía libremente de la película La piscina, de Jacques Deray. Si en aquellas el deseo y las relaciones eran apasionadas, aunque de cariz turbulento, doloroso y enfermizo, en Call me by your name, el deseo estaría en el otro lado del espejo, en el que se explora la naturaleza apasionada del deseo, del primer amor, del descubrimiento de nuestros sentimientos y sobre todo, de nosotros mismos, la primera vez que experimentamos unas sensaciones agradables y apasionantes hacia alguien, al que deseamos y amamos.

Basándose en la novela de André Aciman, y con un guión del reputado y veterano cineasta James Ivory, que también actúa como coproductor, autor de celebres obras como Las bostonianas, Una habitación con vistas, Regreso a Howards End o Lo que queda del día, entre muchas otras, y Maurice (1987) la historia del primer amor entre dos chicos en la moralista Inglaterra de primeros del siglo XX, una película en la línea de la de Guadagnino. El cineasta italiano parece emular a sus dioses cinematográficos como Renoir, Rivette, Rohmer o Bertolucci, y nos introduce de forma tranquila, como una brisa de verano, casi sin tocarnos, como un caricia,  en una película que nos habla de muchas cosas, como el arte y su historia, y su importancia en la actualidad (como ese impagable momento en el lago cuando “resucita” de las profundidades una obra perdida, que interpela directamente a sus protagonistas, como ocurría en el descubrimiento de los amantes calcinados en Pompeya en Viaggio in Italia), o esas largas conversaciones con amigos mientras degustan un vino tinto, o los paseos en bicicletas recorriendo caminos entre naturaleza salvaje (como otro instante bellísimo, cuando los dos jóvenes piden agua a una señora que parece sacada de Novecento o El árbol de los zuecos), tradición y modernidad, pasado y presente, se mezclan en un relato sobre el amor, nuestras emociones y nuestras relaciones, donde el amor se cuece a fuego lento, como casi sin querer, quizás la verdadera naturaleza del amor, ese sentimiento invisible que sin ser conscientes de ello, se va apoderando de nosotros mismos, de lo que somos, de nuestra voluntad, arrastrados a esa persona desconocida que lentamente se va convirtiendo en el protagonista de nuestros sueños y deseos.

La sencilla y naturalista fotografía de Sayombu Mukdeeprom (hatual del cine de Apichatpong Weerasethakul) construye el marco ideal para el desarrollo de esa vida del amor y el deseo, acompañado del arte de Violante Visconti (sobrino de Visconti) donde descubrimos obras de arte, mapas históricos, muebles tradicionales e infinidad de libros, consiguiendo el hogar ideal donde historia y personajes se mezclan con detalle, y el audaz y ligero montaje de Walter Fasano (habitual de Guadagnino), que consiguen ese ambiente ideal, donde el amor nace y se reproduce, en el que el impecable trabajo de los intérpretes hace el resto, como la fresca y natural composición de Timothée Chalamet dando vida a Elio, Armie Hammer como Oliver, con la madurez y el cuerpo del joven estadounidense, que llega a la villa como una luz cegadora dispuesto a enamorar a propios y extraños, la ingenuidad y belleza de Marzia, la joven enamorada de Elio, interpretada por Esther Garrel (de familia cineasta) y los padres de Elio, interpretados por los siempre convincentes Michael Stuhlbarg y Amira Casar.

Guadagnino ha hecho una película bellísima, llena de sensualidad y amor, donde su ligereza y complejidad se mezclan de manera sencilla y sobresaliente, un retrato sobre el amor y sus consecuencias, sus dudas y tormentos, en el que sus más de dos horas de metraje se pasan como una brizna de aire, ese viento que acaricia nuestros sentidos, mientras nos quedamos absortos mirando como el sol se pone frente a nosotros, mientras baña de un caleidoscopio de colores en un nuevo día que se nos va, en el que nos trasporta a ese verano de estudio, de sol y frutas (como el melocotón que hace descubrir nuevas cosas del joven Leilo) de visitas a ruinas, de paseos en bicicleta que acaban en lagos solitarios donde dar rienda suelta a lo que sentimos, sin preocuparnos de lo que dirán, o esas fiestas nocturnas de borracheras y besos entre sombras, o ese deseo sexual inconsciente del primer polvo entre Leilo y Marzia, y sobre todo, el descubrimiento de lo desconocido, del primer instante que sentimos algo diferente por alguien, en el que el adolescente Leilo siente por Oliver, ese amor puro, de amistad, y sexual que sienten los dos jóvenes, sin más verdad que la que sienten, y sin más tiempo que el que tienen en ese instante, en el que hay noches eternas, donde es imposible dormir, abrazados para la eternidad en el verano del amor, en el verano de bañarse al amanecer o sentir que el mundo y el tiempo se han detenido, y sólo hay tiempo para el amor, para amarse y descubrir a la otra persona, su interior y a nosotros mismos, en un eterno balanceo de amor y sexo, de sentimientos que deseamos eternos, pero quizás la única eternidad es el instante que vivimos con intensidad.

El mar nos mira de lejos, de Manuel Muñoz Rivas

EL TIEMPO DETENIDO.

Se cuenta que, en las tierras del sur de España, en la zona de Huelva, lo que ahora es el parque de Doñana, bajo los densos arenales erosionados por el incesante viento, se oculta la ciudad de Tartessos, una antigua civilización griega que anduvo por estos parajes un siglo antes de Cristo. Muchos aventureros y científicos han arribado a estas tierras para encontrar los restos de aquellos primitivos hombres, como aquellos provenientes de Hamburgo que llegaron a finales del siglo XIX, y buscaron y buscaron, pero aunque no lograron dar con los restos, se fueron pensando que allí se escondía un tesoro. La ciudad de Tartessos sigue alimentando la leyenda y el mito de esa ciudad escondida bajo la arena, oculta de los ojos de curiosos, codiciosos y demás forasteros. El cineasta Manuel Muñoz Rivas (Sevilla, 1978) se ha labrado una fructífera carrera como editor y guionista en algunas de las películas más emblemáticas del cine surgido en la periferia de la industria como El árbol (2009) Ocaso (2010) Slimane (2011) Arraianos (2012) Hotel Nueva Isla (2014) o Dead Slow Ahead (2015), títulos que ha cosechado excelentes reconocimientos a nivel internacional.

Ahora, debuta en el largometraje como director, apoyándose en muchos de los autores con los que colaboró como José Alayón o Mauro Herce, para construir una película poética sobre el paisaje, tanto natural como humano, que se desarrolla en la zona del Parque de Doñana, en un espacio que convergen varios elementos en el que los turistas se mezclan con algunos moradores que alejados de todos y todo, parecen seguir resistiendo al mundo capitalizado, a los caprichos del viento que constante zumba cambiando el territorio de los arenales. Hombres tranquilos, de mar, provistos de pocos elementos, que se mezclan incesantemente con el  paisaje, convirtiéndose en paisaje propiamente dicho, como si hubieran estado ahí desde siempre, cuando se formaron estos arenales, frente al mar, con su viento, que no cesa en su empeño de cambiar su dibujo, su rumor y su silencio. Muñoz Rivas utiliza elementos propios del cine de ficción y documental, para realizar una película de una factura prodigiosa, en el que la abrumadora y enigmática luz de Mauro Herce, que aquí vuelve a dejarnos maravillados con su sutileza para enmarcar el paisaje y construir la belleza a través de ínfimos detalles, filmando con detenimiento el dibujo que hace la arena cuando el viento la seduce y la hace bailar (en uno de sus mejores trabajos, que recuerda al que hizo para Mimosas).

La película se mueve entre la realidad y el mito, entre lo inventado y lo sucedido, entre aquello que algunos dicen que pasó, y lo que se ha convertido en leyenda, en ese espacio de ficción, si queremos llamarlo así, donde todo es posible, donde en un mismo lugar, puedan vivir unos que se muestran ajenos a todo, que se sirven de su alrededor para sobrellevar su vida, entre recoger piñas vacías o troncos para la candela, o comerse una mandarina cuando el sol más aprieta en invierno, o aquellos de más allá, que salen a pescar y anudan las redes creando nuevas trampas para los peces, o esas tardes de compañía, donde se bebe y se cantan a aquellos amores que nunca fueron. Un mundo sin tiempo, o donde el tiempo tiene otro ritmo, sólo movido por el silencio del viento, donde los arenales parecen cambiar de sitio, en un continuo rumor que los lleva y los trae, como los turistas que vienen y van, o los bañistas que en verano inundan las playas, donde toman el sol, juegan a ser felices o intentan capturar clochinas para pasar el rato mientras el domingo va pasando.

El cineasta sevillano nos seduce desde la honestidad con unos encuadres bellísimos que traspasan nuestra mirada y nos devuelven a otro mundo, no muy lejos de éste, pero si alejado del vaivén del mundo moderno, un mundo dominado por lo natural, por todo aquello que no podemos controlar y sobre todo, ver, sólo sentir, como el tiempo de cada plano, que convive sin fisuras con el viento que sigue soplando y moviendo todo el paisaje a su antojo, a su merced, y descubriéndonos espacios recónditos y sumamente ocultos que sólo podemos con el alma. Muñoz Rivas nos invita a penetrar en un mundo de arena, un universo envuelto en arena, en el que el tiempo ya no cuenta, solo el viento, un viento que se mueve y mueve todo, aunque en ocasiones, no sepamos verlo, porque aunque no se vea, sigue ahí, impertérrito, agitador, en su deambular de un lugar a otro, acariciando el paisaje, cambiando de sitio la arena, como a sus gentes, que siguen con sus días, y sus quehaceres diarios, a aquellos que siguen en pie frente al mar, junto al viento y la arena, a aquellos que el tiempo y los nuevos que vendrán, se detendrán a mirarlos con ojos inquietos y sorprendidos, pero siempre en silencio.

Recuerdos desde Fukushima, de Doris Dörrie

VIVIR CON FANTASMAS.

“A  menudo  entro  en  pánico  cuando  veo  la  dirección  que  está  tomando  mi vida. ¿Estoy compartiendo mi vida con la persona correcta? ¿Tengo el trabajo adecuado? ¿Tengo buen aspecto? ¿Gano suficiente dinero? ¿Estoy aprovechando mi vida? ¿Soy feliz? ¿Debería de vivir de manera diferente? Y así sucesivamente Un flujo de preguntas asediándome y llenándome de ansiedad. No puedo evitar preocuparme todo el tiempo. ¿Qué pasaría si? ¿Qué pasaría si pierdo todo lo que me importa? ¿Hasta dónde  caería? ¿Cómo podría empezar de nuevo?”

En 1948, Roberto Rossellini filmó su película Alemania, año cero, en las ruinas del Berlín devastado después de la Segunda Guerra Mundial. Cuatro años después, Alain Resnais con guión de Marguerite Duras, se trasladó hasta Hiroshima para filmar Hiroshima mon amour, entre las ruinas y la catástrofe de las consecuencias de la Bomba atómica. En 2016, Doris Dörrie (Hannover, Alemania, 1955) también se trasladó a Fukushima (lugar que sufrió una hecatombe después del maremoto del 11 de marzo del 20111, que provocó un accidente en su central nuclear, provocando la muerte de cientos de miles de personas, y la pérdida de miles de casas, y contaminando de radiación la zona de Minimasoma).

Es la tercera vez en la filmografía de Dörrie que Japón se convierte en el epicentro de sus relatos, primero fue con Sabiduría garantizada (2000) donde dos hermanos alemanes viajan hasta el país milenario para curar sus heridas emocionales, luego, en el 2000 con Cerezos en flor (que evocaba en cierta manera el espíritu de Cuentos de Tokio, de Yasujiro Ozu) en el que un matrimonio anciano alemán quería realizar su último viaje a Japón. Ahora, y acercándose al espíritu de Resnais y Duras, vuelve a remitirnos a una alemana Marie, que viaja a Japón, a través de la asociación Clowns4Help para entretener y llevar algo de alegría a los supervivientes de la catástrofe nuclear que todavía viven en refugios temporales. Aunque Marie se siente sobrepasada por los acontecimientos y acaba viviendo con Satomi, la última geisha del lugar, que aburrida y triste en su refugio, opta por volver a su casa que se encuentra en la zona contaminada.

Dörrie que ha vuelto a reunirse con el equipo que hizo posible Cerezos en flor (el fotógrafo Hanno Lentz, los productores Harry Klüger y Molly von Fürstenberg y el distribuidor Benjamin Herrmann) para encerrarnos en un espacio, a través de dos mujeres heridas, dos mujeres que cargan su culpa y dolor, Satomi lo ha perdido todo, y quiere volver a reconstruir su pasado, en su hogar, mirando de frente a sus recuerdos, y por el otro lado, Marie que hizo daño a su marido y necesita aliviar su carga ayudando y sobre todo, ayudándose, para que esos fantasmas que la hostigan en lo más profundo de la noche, dejen de hacerlo. La cineasta alemana cuenta su poética y bellísima historia a través de un blanco y negro primoroso, y de una gran fuerza, obra del camarógrafo Hanno Lentz, que ayuda a describirnos y sumergirnos ese paisaje devastado y ruinoso, donde todo está igual, donde cada rincón oculto respira memoria y recuerdos, donde vemos muebles y objetos amontonados, rotos, desperdigados, y fotografías borrosas, donde se aprecian pocas imágenes y figuras casi fantasmales.

Un espacio donde el tiempo y la memoria se ha detenido, donde ya no queda nadie para hablar de ello porque ya nadie habita esos lugares desiertos, desolados, sin vida, solo esos espectros que claman ayuda o vagan sin saber porque y menos sin saber adónde. Dörrie construye una película intima, como si nos la fuese contando a susurros, protagonizado por dos mujeres, que parten de sus diferencias para lentamente, irse encontrando, aliviando sus cargas emocionales, y encarando su presente con vitalidad y quizás alguna sonrisa. La cineasta alemana huye de la sensiblería o de los planos o diálogos descriptivos, su cámara se mueve caminando entre sus personajes, sin molestar con su presencia, manteniendo la distancia prudente en la que las cosas suceden de forma tranquila, donde el espectador observa y participa, sin guiar sus emociones, atrapándolo desde lo íntimo, como si la luz el atardecer entrará sin apenas darnos cuenta, como ese viento matutino, como un leve suspiro.

Protagonizado por dos actrices en estado de gracias como la joven alemana Rosalie Thomass, de carrera interesante dentro del cine alemán de autor, y la veterana actriz nipona Kaori Momoi, que ha trabajado con cineastas de la talla de Kurosawa, Ichikawa, Imamura, Yamada o Sokurov, dos intérpretes que componen sus respectivos personajes a través de la delicadeza de las miradas y los detalles, trasnmitiendo con todo aquello que no se dice pero se siente. Un relato emocionante y conmovedor sobre las cargas del pasado, sobre el dolor que no nos deja avanzar, y sobre todo, los mecanismos que tenemos a nuestro alcance, aunque sea con una desconocida que jamás habíamos visto,  para aliviarnos de aquello que nos duele, a través de las pequeñas cosas, como compartir la ceremonia del té o dormir en el suelo, todas esas cosas que tenemos alrededor, que aunque parezca que han dejado de ser útiles, porque están rotas, amontonadas y aparentemente inservibles, pero que con paciencia y tiempo, pueden volver a tener su significado, el valor que tuvieron antes, porque a pesar de la devastación, de las pérdidas personales y familiares, siempre queda algo que continúa en pie, como ese árbol que recuerda el dolor de los que ya no están, pero también, adquiere otro significado, revelando aquello que nos ayuda a seguir con nuestras vidas a pesar de lo ocurrido, porque al fin y al cabo, es lo único que tenemos para perdonarnos y perdonar.

En la playa sola de noche, de Hong Sangsoo

TIEMPO DE (DES)AMOR.

«La gente quiere ir más allá de las apariencias e intentar alcanzar el interior. Pero no siempre es fácil, ya que las apariencias externas nos atraen y nos arrastran. A veces cometemos errores, pero eso es lo que somos. Es importante intentar superar la ilusión de la apariencia y llegar al interior, pero nunca podemos escapar de su atracción.»

Hong Sangsoo

El cine de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) nace y se retroalimenta de la propia vida del cineasta, quizás en su caso, es una afirmación muy próxima a la naturaleza de su cine, ya que sus películas están pobladas por gente del cine, que casi siempre están preparando o filmando películas, donde se enamoran o están a punto de hacerlo, y en las que hay muchas secuencias donde dialogan y discuten alrededor de una mesa mientras comen, y sobre todo, beben. Aunque su última película asevera aún más si cabe esta afirmación, porque aquí tendríamos serias dificultades para discernir aquello que forma parte de la propia vida del cineasta y su entorno, o lo que es puramente inventado, aunque tenga muchísima conexión con los hechos reales, como el cine de Ingmar Bergman o Woody Allen, donde la vida y el cine se mezclan sin discernir con exactitud dónde empieza uno y acaba el otro.

Su última película es quizás la más personal de su carrera, ya que Hong Sangsoo cuenta un hecho vivido por él mismo, que tiene que ver con la actriz Kim Minhee, con la que tuvo un romance durante el rodaje de la película Ahora sí, antes no (2015), situación compleja ya que el director estaba casado y los medios sensacionalistas aprovecharon para derramar ríos de difamación y escándalo. Si bien en la anterior película de Sangsoo, Lo tuyo y tú (2016) nos convocaba en un relato sobre el desamor visto desde los diferentes puntos de los (des)enamorados. Ahora, se centra exclusivamente en ella, en una especie de exorcismo personal en el que la propia persona que vivió su affaire protagoniza la película, la propia Kim Minhee, una mujer herida que pone tierra de por medio, y se toma un tiempo alejándose de él y de todos, visitando a una conocida de Hamburgo. Sangsoo captura el desamor a través de un poderosísimo retrato femenino sobre una mujer que se acuerda demasiado de su amor, de ese amor que no pudo ser, aquel que se perdió, aunque duela lo recuerda, y camina o más bien deambula, sola o acompañada, intentando aparentar lo que no siente, aunque ella sabe que no es así.

De la playa fría, casi helada de Alemania, pasa a la playa hibernal, pero más cercana de Corea del Sur, y lo que son las cosas, huyendo de su reciente pasado parece que consigue el efecto contrario o al menos a ella se lo parece. Una hermosísima película, delicada y sensible, que nos atrapa desde la propia melancolía que siente el personaje, dejándonos llevar por casi el silencio que viene arrastrando esta mujer triste y herida, una mujer en pleno desamor, o quizás podríamos decir atravesada por el amor, por ese amor cruel y doloroso, ese que por mucho que nos alejemos físicamente, sigue rondándonos, como si fuera una sombra que inútilmente queremos alejar. La sutil interpretación de Kim Minhee, llena de miradas y matices, consigue con mucha dulzura atraparnos en sus altibajos emocionales, donde parece odiar a los hombres, y beber para olvidar, aunque parece que cuanto más bebe, más se acuerda de aquel que quiere olvidar.

Sangsoo es una especie de demiurgo de las emociones humanas, investigando en los recovecos del (des)amor, unas emociones que describe con cercanía y sumergiéndose en todos los puntos de vista, mostrándolos en su forma más primaria y natural, dejando al espectador sacar las pertinentes conclusiones, si así lo desease. Yonghee es una de esas heroínas cotidianas que amaron y ahora no saben cómo se sienten, pretenden que la distancia se convierta en olvido, pero fracasan en su intento, sólo consiguen recordar con más nitidez, porque en el eterno combate que lidian los pensamientos con las emociones, nunca hay un ganador, sólo alguien que recuerda y siente más de lo que le gustaría, aunque sea recostada en la arena de una playa en invierno, que su tranquilidad y solitud no sean suficientes para alejar sus sentimientos, porque aunque estemos solos, sin nadie a nuestro alrededor, al que siempre escucharemos, aunque no queramos, será a nuestro corazón, a ese aliado o no motor en continua marcha, que nos ayuda a levantarnos cuando las circunstancias nos hayan vencido.

La herida, de John Trengove

UN AMOR PROHIBIDO.

El “Ukwaluka” es un rito iniciático tradicional que practica la etnia Xhosa, en la zona del Cabo Oriental en Sudáfrica, en el que cada año grupos de adolescentes que reciben el nombre de “iniciados”, se reúnen en el interior del bosque con sus mentores, y pasan unas semanas sometidos a pruebas físicas (circuncisión) y mentales para así convertirse en adultos que se casarán, tendrán hijos y formaran un hogar. Xolani, uno de los tutores que tiene la misión de tutelar el ritual de Kwanda, ama secretamente a Vija, otros de los tutores, y los dos mantienen encuentros furtivos alejados de las miradas moralistas y costumbres endiosas que practican fielmente en la etnia. El primer trabajo del director Sudafricano John Trengove, en un relato escrito con Thando Mgqalozona (autor de la novela “A man who is not a man” centrada en el rito “Ukwaluka”) construye un obra que profundiza y reflexiona sobre los roles de masculinidad de la Sudáfrica actual, centrándose en la relación homosexual de dos mentores, Xolani y Vija, que aparentemente tienen que conducir a sus discípulos por un rito que les llevará a convertirse en hombres tradicionales heterosexuales, muy alejados a lo que ellos son. Y añade al conflicto la presencia de Kwanda, un chaval de la ciudad procedente de familia acomodada que además de pertenecer a otro ámbito tendrá fuertes conflictos con los demás iniciados, muchos de ellos procedentes de comunidades rurales.

Trengove crea un trabajo minimalista, donde hay pocos diálogos, y planos cercanos y cortantes, creando ese ambiente de ambientes, donde el paisaje tradiciones que nos muestran, esconde otras actitudes que se ocultan y vagan entre sombras. El relato claustrofóbico y complejo se desarrolla principalmente desde la excelsa fotografía que contribuye enormemente a crear la complejidad de paisajes bellos que encierran historias ocultas y conflictos interiores, manejando con especial detalle todo el entramado de miradas y gestos de los personajes. El realizador sudafricano maneja su relato a través de tres almas, tres seres en desdicha en el fondo, que adoptan una identidad que no es la suya, la identidad aceptada, ya que promulga con los estándares tradicionales que profesan los más viejos del lugar, y que no acepta otras actitudes, y que tienen que desarrollar la suya escondiéndose, ocultándose de las miradas moralistas, en una existencia perversa de doble personalidad que los lleva a tremendos conflictos interiores.

Trengove ha creado una película moral que implica al espectador de manera directa, penetrando en sus convenciones y prejuicios, abriéndole una puerta a otras realidades del continente africano, muy alejada de la que venden los medios, más basadas en ideas preconcebidas y tradiciones ancestrales construidas a través de la literatura, el cine y demás. Aquí, nos alejamos de esa idea y nos adentramos en un paisaje rural llevados por unos personajes homosexuales que viven escondidos su amor, un amor prohibido, un amor que no se desarrolla con libertad y plenitud. Un amor como tantos otros que tiene que no vivir y luchar en las tinieblas contra el espíritu de los que lo padecen, porque la sociedad imperante tradicionalista y moral lo prohíbe, no lo concibe, en una actitud hipócrita que no sólo no les deja avanzar como pueblo, sino que los anquilosa en el pasado más oscuro, creando hombres frustrados, inseguros y tristes.

La magnífica elección de los intérpretes con la presencia del música Nakhane Touré que compone a Xolani, el joven obrero protagonista que se mueve entre la tutela tradicional y ese amor prohibido que siente por Vija, un tipo que lleva más allá su masculinidad para de esta manera no crear dudas sobre su homosexualidad oculta, y finalmente, Kwanda, el adolescente iniciado que deberá convivir con un ambiente ajeno y hostil, y además, conocerse a través de unos sentimientos inesperados que le llevarán a penetrar en un mundo complejo y difícil, aunque semejante actitud lo pondrán en situaciones que no esperaba vivir durante su camino de iniciación. Trengove ha hecho una película valiente, seria y necesaria, que vuelve a poner a debate algunas tradiciones ancestrales que pretenden seguir alienando a muchos hombres y llevándolos por el camino esperado, perteneciendo a esa masculinidad basada en su sexo, sin tener en cuenta a la persona y su individualidad, sus necesidades y deseos.

Spoor (El rastro), de Agnieskza Holland

ANIMALES SALVAJES.

Nos encontramos en un pueblo de montaña en la frontera checo-polaca, en pleno invierno, en una casa alejada del pueblo vive Duszejko, una ex ingeniera, astróloga y vegetariana que roza la setentena. La mujer vive en consonancia con la naturaleza y su pasional amor hacia los animales que protege ante las temporadas de caza. Un día, sus dos perros desaparecen y nadie los ha visto. A partir de ese instante, Duszejko, ya cansada de denunciar las atrocidades en las cacerías, iniciará una cruzada contra aquellos que atentan contra lo que ella más quiere. Una aventura en la que tratará con su vecino de su misma edad Matoga, un tipo solitario y callado, Buena nueva, una jovencita desarraigada que acaba de putita en las manos de un sinvergüenza sin escrúpulos, Dyzio, un informático que trabaja para la policía que oculta sus ataques epilépticos, y finalmente, Boros, un señor que estudia el comportamiento de los insectos. Un grupo aparentemente alejado pero que la trama los irá acercando y los llevará a trabajar por ese bien común en el que todos acaban creyendo.

La nueva película de Agnieszka Holland (Varsovia, 1948) basada en la novela elogiada por crítica y publico «Sobre los huesos de los muertos», de Olga Todarczuk, que actúa como coguionista junto a la directora, se detiene en las injusticias contra los animales, representada en la figura de esta señora que, aunque resulte excéntrica y bastante loca, hará lo imposible para luchar y protestar contra esos atentados a los más indefensos. En el otro lado, sus enemigos no son otros que las élites del pueblo, el gobernador, el jefe de policía, el sacerdote y el empresario de turno, todos ellos corruptos, gentuza que aprovecha su posición para vivir a costa de los demás, sin ningún miramiento ni compasión. Holland que aquí tiene la colaboración de su hija Kasia Adamik en labores de dirección, ha construido una filmografía honesta y sin fisuras, desde sus comienzos allá por 1978 con Provincial actors, muy aplaudida internacionalmente, y su consagración con Europa, Europa (1991), que trataba la odisea de dos judíos con el telón de fondo de la Segunda Guerra mundial, y también su labor como guionista con Krzystof Kieslowski en su trilogía Tres colores (1993) acercándose a géneros más clásicos como Washington square (1997) adaptación de “La heredera”, o Copying Beethoven (2006) o volviendo al tema judío con In Darkness (2011), y trabajar en el medio televisión dirigiendo episodios en algunas de las series más reputados de los últimos años como The Wire, Treme o House of Cards, entre otras.

Una carrera sincera, a contracorriente, que ha sabido manejar los distintos géneros y apuestas artísticas, dentro de unas temáticas donde se exploraba la vida de los más débiles, aquellos que huyen, o los que se esconden. En Spoor nos sumerge en un relato que podríamos decir que mezcla géneros, porque podemos advertir el thriller psicológico de ambiente rural, el drama social, las historias de amor sencillas y el documento antropológico, en el que además de mostrarnos la vida cotidiana de estos lugareños, saca a la luz esa lucha eterna y ancestral entre la naturaleza contra la codicia humana, entre aquello inmutable frente a esa apisonadora del capitalismo que, a través de la fuerza y la imposición aniquila todo aquello que tiene a su merced, sin importarle la destrucción de la fauna salvaje y la mutilación del entorno natural. La película se apoya en Duszejko, esa señora que se pone de pie como voz de los animales asesinados, que pueda parecer extravagante y ruidosa, incluso que ha perdido la razón y un montón de cosas más, pero, en su vida se ha propuesto acabar con esas cacerías terribles, que aunque no lo consiga, al menos, luchará hasta la extenuación para que ese salvajismo afecte lo menos posible a sus queridos animales.

Holland acota su película en un año, donde asistimos a las diferentes temporadas de caza (en las que se dispara contra ciervos, corzos, jabalíes…) donde se van acumulando los cadáveres de esos “hombres de bien” que van apareciendo asesinados en mitad del bosque, siempre con las sospechas del ataque de animales que, parecen vengarse de tantas atrocidades cometidas contra ellos. Una película de ritmo cadente, en el que las diferentes relaciones entre los personajes nos va sumiendo en esa atmósfera oscura y densa, donde parece que unos mandan y otros obedecen, romper esa injusticia social será el propósito de la misión de Duszejko (fantástica composición de la actriz Agnieszka Mandat, que tiene en su filmografía nombres tan importantes del cine polaco como Andrzej Vajda) en una película que ha significado una esfuerzo de producción de varios países europeos como Polonia, Alemania, R. Checa, Suecia y la R. Eslovaca, en la que aborda de un modo realista, nada complaciente y certero esas inquinas rurales que persisten entre unos y otros, entre quiénes se creen con el derecho de poseer todo lo que está a su alcance, y entre los otros, aquellos que respetan el medio en el que viven y se han posicionada junto a los más deprimidos, marginados e invisibles, aquellos que no encajan en esta sociedad clasista y deshumanizada, donde los aparentemente más civilizados, acaban siendo los más hipócritas y salvajes, y se mueven sobre dos piernas y empuñan armas. 


<p><a href=»https://vimeo.com/237575857″>Trailer SPOOR (EL RASTRO) – vose</a> from <a href=»https://vimeo.com/festivalfilms»>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>