Rock Bottom, de María Trénor

EL AMOR DE BOB Y ALIF.  

“Pareces diferente cada vez. Vienes de la salmuera con cresta de espuma. Es tu piel brillando suavemente bajo la luz de la luna. En parte pez, en parte marsopa, en parte cachalote. ¿Soy tuyo? ¿Eres mía para jugar? Bromas aparte (…)”

Letra de “Sea Song”, de Robert Wyatt

Este año se ha cumplido medio siglo de la aparición del disco “Rock Bottom”, mítico disco de Robert Wyatt (Bristol, Reino Unido, 1945), obra capital de la música psicodélica y rock progresivo, con la ayuda de Nick Mason, batería de Pink Floyd, Brian Eno, Fred Frith y Mike Oldfield. Ahora también es el título del primer largometraje de María Trénor (Valencia, 1970) que, después de varios cortometrajes, entre los que destaca ¿Dónde estabas tú? (2019), emerge con una película inspirada en la vida del citado músico y la letrista y artista visual Alfreda Benge y el amor tortuoso, desesperado y fou que vivieron el verano de 1972 en Deià, Mallorca. La directora nos presenta a Bob y Alif que, envueltos en ese amor negruzco y muy apasionado, envueltos en alcohol, drogas, la omnipresente música de Wyatt como leit motiv narrativo y formal, baños en el mar, desesperación, salidas y demás pasatiempos para matar un tiempo que parece detenido, ausente y sin futuro. Un tiempo en que el músico estaba componiendo y soñando en el disco que sacaría un par de años después, tras recuperarse del accidente de 1973. 

La cineasta valenciana, que siempre se ha movido en el campo de la animación, compone un guion junto a Joaquín Ojeda, que firma el montaje y ya estaba en el cortometraje citado más arriba, que tiene películas junto a Marc Recha y Sigfrid Monleón, donde se aleja del biopic al uso, y construye unas imágenes que se integran de forma natural y profunda con la vorágine que se vivía en una época de agitación política y búsqueda espiritual, tanto en Mallorca como New York, un ambiente de post hippies, como refleja el arranque de la película con esa fiesta en el piso de la citada ciudad estadounidense. Un relato que se descompone en dos atmósferas diferentes e iguales a la vez, dónde la realidad y lo onírico se van fusionando para construir un mundo de cotidianidad y ensoñación donde el efecto del alcohol, las drogas y ese amor tan fuerte como frágil, van generando unos ambientes límbicos en el que los espectadores nos vamos sumergiendo en esos universos artificiales y reales por los que transita la magnífica película, donde asistimos al nacimiento del futuro álbum, sus primeros compases, las alegrías y tristezas y demás conflictos que se van originando en esa fusión de vida, desesperación, felicidad y tristeza por el que se mueven sus personajes.

La animación se convierte en el vehículo esencial para sumergirnos en la existencia de Bob y Alif, rodeados de mundos imposibles, de cotidianidades diversas, táctiles y nada convencionales. Estamos frente a una película que mezcla con acierto y tremenda sabiduría la ficción que nace de vidas reales e imaginadas, el documental nada convencional para explicar situaciones que serían difíciles con la imagen real, y el retrato de una generación de músicos vitales para la música que sentaron las bases en un tiempo irrepetible, eso sí, contando sus talentos, su trabajo, y también, sus miserias, adicciones y demás pozos oscuros. Si tuviéramos que encontrar películas inspiradoras de Rock Bottom nos viene a la cabeza el cine de René Leloux y su extraordinaria El planeta salvaje (1973), y aquella maravilla que fue Heavy Metal (1981), de Gerald Potterton, junto a la delicia de Vals con Bashir (2008), de Ari Folman, en que las posibilidades del cine animado llegó a cotas realmente sorprendentes sentando las estructuras por donde andar a los futuros cineastas, porque consiguen de forma clara y concisa introducirnos en universos cercanos, íntimos y alucinantes.  

Estamos ante una película convertida de culto instantáneamente, y no exagero cuando les escribo estas palabras, y si no al tiempo, o más aún, cuando la vean, verán que Rock Bottom, de María Trénor, es una obra mayor y no sólo de la animación, sino del cine y de cualquier cine, porque nos adentra en un tiempo donde la música y las drogas y el alcohol siempre iban de la mano, retratando a la, quizás, mejor generación de músicos de la historia, y el retrato de unos años que más parecen pertenecer al mundo de los sueños, de la alucinación, de la libertad y del compromiso con la música como vehículo y motor de cambio, de reflexión y de agitación política, cultural y social. También podemos ver la película como una historia de amor fou, como mencionaba Buñuel, donde los amantes se aman y también se dañan, se desean y se matan, se quieren y se odian, donde no hay límites ni nada esperado, todo es extremo, todo es indiferente y todo es profundo. Una love story de las de verdad, alejada de los convencionalismos y sensiblería de otras producciones, aquí todo se vive de forma intensa, íntima y sin mirar atrás, y si no compruebenlo por ustedes mismos, y verán y sobre todo, sentirán esos otros mundos que rodeaban a Bob y Alif, cuando están juntos o separados, es lo mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El aspirante, de Juan Gautier

LA BESTIA QUE HAY EN MÍ. 

“La virilidad es un mito terrorista. Una presión social que obliga a los hombres a dar prueba sin cesar de una virilidad de la que nunca pueden estar seguros: toda vida de hombre está colocada “bajo el signo de la puja permanente”. 

Georges Falconnet y Nadine Lefaucheur (1975)

El director español Juan Gautier dirigió en 2015 el cortometraje El aspirante, una historia muy negra y terrorífica sobre las novatadas en los colegios mayores. Casi una década después ha tomado su génesis y ha convertido en un largometraje homónimo un relato situado en 24 horas donde dos jóvenes novatos se ven sometidos a las vejaciones múltiples de los veteranos. (Por cierto, una práctica prohibida por ley desde hace dos años). La película se mueve entre el drama social y el terror en una cinta asfixiante y muy tensa donde en un formidable in crescendo vamos descendiendo de forma vertiginosa siguiendo las vidas de los jóvenes citados. Víctimas y verdugos se mueven por las catatumbas del colegio, entre continuos maltratos y risas, donde sus amos hacen padecer a Carlos y Dani, que pasarán por innumerables estados emocionales desde el miedo, la desesperanza, la euforia y demás.

Gautier se ha labrado una filmografía donde ha realizado cortometrajes de ficción de gran recorrido con más de 86 premios y más de 300 selecciones en certámenes, amén de largos documentales como Sanfermines 78 (2005), Caso pendiente (2012), y Shooting for Mirza (2022), y Tánger gool (2015), en el que mezclaba documento y ficción. Con El aspirante, su segundo trabajo de ficción, inspirado en las peligrosas novatadas, a partir de un guion que firman Josep Gómez Frechilla, Samuel Hurtado y el propio director, donde lo local va dejando pasar a un tema mucho más directo y actual como la masculinidad y sus equivocadas formas de tratarla y gestionarla. Los dos protagonistas en un inquietante juego de roles donde pasan por antagónicas posiciones durante todo el metraje, desde la amistad, el enfrentamiento y la complejidad, en una película que nos sumerge en los tradicionales roles de los hombres y las ansías por pertenecer al grupo aunque para ello traicionen su carácter y sus convicciones. Gautier no hace una película complaciente ni mucho menos, sino que consigue enfrentar a los espectadores con situaciones muy incómodas para generar esas exploraciones personales tan necesarias de quiénes somos y cómo nos relacionamos y sobre todo, el significado de ser hombre en la actualidad. 

El cinematógrafo Roberto Moreno, que ha trabajado con Gautier en cinco de sus trabajos, impone un encuadre muy cercano y angustioso, donde seguiremos sin descanso a los protagonistas, generando un espacio de violencia emocional y física, tanto en lo que vemos como el off, en un psicótico laberinto en el que estamos atrapados sin remedio. La música de Cirilo Fernández, que trabajó en Tánger gool, consigue esa continua sensación de agobio y esa montaña rusa de emociones en el que se instala la película, así como el montaje de Mikel Iribarren y Gautier, que trabajó en los largometrajes Los objetos amorosos (2016), de Adrián Silvestre y Amanece (2023), de Juan Francisco Viruega, entre otros, donde destaca su imponente ritmo y concisión en esa frenética noche muy física en sus agobiantes 94 minutos de metraje sin descanso ni respiro. El gran trabajo de sonido de un especialista como Jorge Alarcón en los créditos de películas de Víctor Erice, Carlos Vermut, Icíar Bollaín en más de 120 títulos, porque nos mete en las entrañas todo el mejunje físico y terrorífico al que someten a los novatos. 

Un extraordinaria elenco formado por Lucas Nabor, el salvador de Dani que hace Jorge Motos, visto en Lucas, de Álex Montoya, Eduardo Rosa como Pepe, el cabecilla de los verdugos, Pedro Rubio, otro de los matones del colegio, que ya formó parte del reparto del corto El aspirante, y Catalina Sopelana, que formaba parte del elenco de películas tan importantes como Modelo 77, Mantícora y La estrella azul, entre muchas otras y Felipe Pirazán, otro novato. Entre los productores encontramos al propio director, que ha coproducido películas como La vida era eso, Diego Sainz y Manuel Manrique que, en tres años, han producido más de 10 cortometrajes, y el actor y director Zoe Berriatúa, y Rosa García Merino, amén de la mencionada La vida era eso, ha levantado películas como Josefina y No sé decir adiós. No se queden sólo con la excusa argumental de las novatadas de El aspirante, sino que déjense llevar sobre muchas actitudes malsanas que siguen conviviendo en la cotidianidad de muchos hombres, dispuestos a enfrentarse los unos con los otros para mostrar su hombría, su estupidez o qué sé yo, porque el trabajo de Gautier, en algún momento desigual, mantiene una solidez y una naturalidad que ya lo querrían muchos cineastas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Volveréis, de Jonás Trueba

¿ADIÓS, AMOR?.

“Es otro año más de cualquier verano, el último a tu lado. La brisa en el mar comienza a bailar. Y nos está anunciando. Septiembre está llegando. Aún no sé qué pasará, si volveré o serás tú quien volverá. Quien de los dos será quien mire al otro pasar”

El comienzo de la canción “Volveréis”, de Adiós amores, que abre la película.  

La primera imagen que vemos de Volveréis, la película número 8 de Jonás Trueba (Madrid, 1981), su personalísima y particular «Noche americana» en Madrid, es ennegrecida, a poquísima luz, en la que reconocemos a una pareja dormida, o al menos es lo que parece. Escuchamos a Álex que interpreta Vito Sanz, decir que deberíamos hacer lo que dice tu padre, eso de celebrar una fiesta de separación. Ale que hace Itaso Arana, se levanta y va a la ventana y después de mirar al cielo dice que va a llover. Es 30 de agosto, sábado por la noche, y el verano se está acabando como nos explica la canción que abre la película y encabeza este texto. Una primera secuencia que explica toda la película, y deja claro su tono, su mirada y la melancolía de un amor que fue, que se está yendo como el verano y además, verbaliza lo que nunca sabremos de esta pareja, las causas que les han llevado a separarse después de 14 años, aunque la historia irá, entre los pliegues de las acciones, dejando entrever alguno de los motivos.   

Cada película de Jonás que veo es una aventura en sí misma, una aventura de la cotidianidad, una nueva variación del eterno conflicto sentimental (como las de Rivette, Rohmer, Hong Sang-soo y otros exploradores de los sentimientos), unas variaciones incompletas, partes mínimas de unas fugaces y pequeñas vidas de unos personajes que viven en Madrid y van y vienen con sus vidas. Son relatos sencillos, nada convencionales, apuntes y esbozos de una vida, de esas intersecciones o intermedios de la vida, cuando todo parece en transición formándose hacía otra cosa, lugar o vete tú a saber. Sus películas captan instantes fugaces de la existencia, anclados en breves espacios de tiempo, llenas de imperfecciones y esa cualidad, porque es una cualidad, es la que las hace tan especiales y conmovedoras. No son comedias ni tampoco románticas, ni mucho menos dramas, pero contienen todo eso, así como también interesantes reflexiones sobre la vida, el amor, el cine y sus procesos y eso que nos ilusiona a través de amistades, libros, películas, y demás circunstancias de aquí y allá. Sus personajes no son ejemplos de nada, sino meros humanos que aciertan poco y se equivocan mucho, como hacemos todos, sin vidas extraordinarias, porque lo extraordinario en el cine de Jonás es su simpleza, su cercanía, su modestia y su enriquecedora transparencia, a partir de guiones de apariencia sencilla pero tremendamente complejos sentimentalmente hablando. 

Su octava película remite muy especialmente a Los ilusos (2013) la no película que se hace cuando los cineastas no hacen películas, y título de la productora de Jonás y sus amigos, entre ellos Javier Lafuente: Los Ilusos Films, de la que han aparecido 6 películas del propio Jonás, y Las chicas están bien (2023), de la citada Itsaso. Y porque digo esto, porque si aquella era una película sobre la imposibilidad del cine, seis películas después, Jonás ha derribado varias puertas con Volveréis. La primera y más evidente es el guion, que comparte con sus dos protagonistas, como en la trilogía Antes de… de Linklater, y más cosas como volver a hablar del cine desde dentro, donde la imposibilidad de aquella se ha convertido aquí en una realidad cotidiana donde el cine está muy presente, como vemos a Itsaso, directora que, está montando su próxima película, en la que comparte imágenes con Volveréis, o quizás, ahí reside la naturaleza del cine de Jonás, donde vida y cine, o lo que es lo mismo, documento y ficción se dan la mano, se mezclan y forman parte de un todo, como sucedió en Quién lo impide. Por su parte, Vito es el actor de la película de ficción y actor que nunca llaman, cansado de los putos selftapes de moda. Sus amigos trabajan en el cine, como la secuencia que los reúne a todos para ver el primer corte de la película, o ese otro momento en que aparece Francesco Carril, dirigido por Sorogoyen, en una serie romántica. 

Otro muro evidente es el de hablar de los suyos: de su padre, Fernando y su película más especial Mientras el cuerpo aguante (1982), que ya homenajea en Los ilusos, pero aquí está más presente donde el cine se hace con amigos y se comparte y se muestra su materia prima, y además, Fernando Trueba está como actor, y qué bien lo hace haciendo de padre de Itsaso e instigador de la famoso fiesta de preparación, que más joven eso sí, pero con el batín y rodeado de libros y hablando de películas y con ese aire de despiste y aislado, como el Luis Cuenca de la maravillosa La buena vida (1996), de David Trueba. Un padre que habla de música y de cine y de libros, como “El cine, ¿Puede hacernos mejores?, de Stanley Cavell, clave en la película de Jonás, como el de Kierkegaard del amor repetición. Apunte a su abuelo Manolo Huete, pintor y actor de películas. Amén de muchas otras referencias cinéfilas como ocurre en cada película de Jonás, la que hace a Bergman y Ullman y esa peculiar baraja de cartas, a Truffaut, y las canciones tan presentes: Nacho Vegas y alguna que otra melodía y la canción que cierra la película, que es mejor no desvelarla para ocultar la sorpresa de los futuros espectadores. El cine de Jonás no sólo ha dado un paso más, sino que se ha atrevido a exponer y exponerse de forma más clara y directa, sin perder ningún atisbo de su esencia y el alma que recorren sus películas-experimentos donde en cada una se atreve más a enseñar y mostrarse sin ningún tipo de pudor, con elegancia y sin titubeos ni complacencias. 

No podían faltar en otra aventura “ilusa”, el equipo que viene acompañándola como Santiago Racag en la cinematografía, donde la luz es tan ligera, tan cercana y tan conmovedora, Marta Velasco en el montaje, gran ritmo y concisión a una película de casi dos horas, Miguel Ángel Rebollo en el arte, que piso tan certero, con esas dos plantas, dos espacios, dos personas y dos mundos, y tantos marcos y trastos de por medio, Laura Renau en el vestuario, Álvaro Silva en el sonido directo, Pablo Rivas Leyva en diseño de sonido y mezclas, y demás cómplices para dar forma a unas películas que capturan la vida, el cine y todo lo que le rodea, desde la realidad y la ficción, o ese limbo donde el tono y su atmósfera fusiona ambas cosas, generando una forma en la que todas las películas se parecen, donde sus historias parece que están sucediendo a la vez, y en cierta manera, funcionan como independientes una de las otras, como esa pareja que se ha ido a vivir fuera como sucedía en Tenéis que venir a verla, las torpezas de Vito con los idiomas como en Los exiliados románticos, los personajes que se quedan en verano en Madrid como en La virgen de agosto, y muchas más.  No sólo hay referencias al cine y la literatura y la música como he mencionado, sino que también a los “amigos” como a Ángel Santos y su película Las altas presiones (2014), que vemos por ahí, y su pareja protagonista Andrés Gertrudix y la citada Itsaso, ahora como hermanos, y algunas más que prefiero mantener en secreto.

En el apartado actoral tenemos a dos fieras como Itsaso Arana y Vito Sanz, los Ale y Álex de la historia. La pareja que se separa y no para de decir que estamos bien. Esas maravillosas contradicciones de la vida que también retrata Jonás en su cine, con esa discusión tras película que sin excederse, define el punto en el que se encuentra la pareja y su decisión. La película es radicalmente simple en su estructura, porque va de cómo esta pareja va informando a sus allegados su separación e invitándolos a la fiesta que harán para celebrarlo. Aunque parezca banal no lo es ni mucho menos, porque sin explicar lo que ocurre se va explicando casi a susurros, sin entrar nunca de lleno, porque estamos ante una película que habla de una separación sin hablar de ella, mientras la vida, el cine, los amigos van ocurriendo y pasando por ese final del verano, a un mes vista de la fiesta. Con ese Madrid omnipresente, donde vive Jonás, con sus calles, su rastro de los domingos, los pocos bares de barrio que quedan, con el pirulí apuntando a todo o a nada, los trayectos en autobús, donde la ciudad y la cómplice mirada de Jonás va enseñando sus vidas, sus ilusiones, sus tristezas y sus sueños, y todo eso que está en nosotros y casi nunca explicamos. 

El octavo trabajo de Jonás podría ser vista como la imposibilidad de contar el amor y el desamor en el cine, ya desde su peculiar título “Volveréis”, que no nace en la pareja sino en los otros, que es lo dicen al enterarse de semejante propuesta. Porque la película de Jonás se mueve entre líneas, entre los intermedios de la vida y del amor, aunque la vida continúe pero sus personajes se encuentran en mitad de un puente, o en ese momento que sales de la sala porque has de ir al lavabo y te pierdes un trozo de la película, o cuando dejas un libro y vuelves más tarde, o empiezas a escuchar una canción y la paras porque ha surgido algo. Todos esos instantes de la vida, donde se detiene lo que estabas haciendo y con quién, están retratados con sensibilidad, naturalidad y complicidad en las películas de Jonás, y quizás, es lo que las hace tan especiales, tan diferentes y sobre todo, tan ellas. Me permitirán que acabe con algo personal, viendo a Ale y Álex me he acordado de lo difícil que es acabar el amor y que me hubiera gustado terminar con una fiesta una relación que tuve, celebrando no el amor que ya no está, sino celebrar la vida, el tiempo de amor y los amigos y todo lo demás. Quizás seamos siempre principiantes en el amor como se citaba en La reconquista, y quizás el amor es una ilusión y nada más, no lo sé, y tal vez, el cine no nos hace mejores, lo que si sé es que el cine es un lugar maravilloso para estar y olvidarse de este planeta por un rato, y olvidarse de uno, de quién es y mirar la vida de personas como Ale y Álex, porque seguro que nos ayuda a sentirnos menos solos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El método Farrer, de Esther Morente

LAS CARTAS DE LOS ALUMNOS DE FARRER. 

“No creas en el Maestro que dice que te está enseñando; cree en el Maestro que sin enseñarte te hace cambiar viendo su modo de vivir”.

Norys Uribe Santana

Una de las funciones del cine, y de cualquier arte, es la de descubrir a seres anónimos, y no digo aquellos que hayan hecho acciones extraordinarias, sino a todos aquellos mucho más desconocidos, a los que con su labor y amor diarios inducen a algún cambio que, por pequeño que parezca, significa mucho para un grupo amplio de personas. Porque, como decía el poeta, la historia no sólo se hace en los grandes lugares, sino también, en aquellos que con el tiempo ya nadie recuerda. La directora valenciana Esther Morente, también actriz y guionista, encontró para su ópera prima la historia de Bruce Farrer, un profesor de instituto ya retirado que, en la pequeña localidad canadiense de Fort Qu’appelle, al sur del país, empezó en 1997 una curiosa actividad junto a sus alumnos de 14 años, ellos debían escribir una carta de su puño y letra, como se describen a ellos y su entorno y también, cómo se veían de aquí a veinte o veinticinco años. Farrer guardaba las cartas y pasados los años, las enviaba a cada uno de ellos. 

La película está contada como si fuese un cuento, una fábula que tiene una narradora muy especial, la actriz Rosana Pastor, que se autodenomina como la luz o la esencia, en la que nos invita a viajar por un mundo real e imaginario a la vez, un universo en el que conoceremos a “El guardián de los recuerdos” o lo que es lo mismo, a Bruce Farrer, el maestro instigador de una peculiar y emocionante tarea con sus alumnos, cuando tenían 14 años y luego, después de 20/25 años, a los que la película entrevista y recoge sus ideas, impresiones y testimonios de su etapa adolescente cuando escribieron sus cartas, y luego, ya adultos, todos esos momentos cuando recibieron las mencionadas cartas. Una entrevista entre su yo del pasado y del adulto que son ahora, donde la memoria de lo que fueron contrasta con la realidad actual del adulto que soñaron y del que en realidad son. Un viaje por el tiempo, y por la vida a través de la memoria que sigue impregnada en una carta sobre las reflexiones de un adolescente, cargada de miedos, sueños, tristezas, esperanzas, en fin, una mezcla de emociones y sentimientos encontrados y diferentes. Una amalgama de sensaciones que, pasados los años, vuelven para enfrentarnos a ellos y sobre todo, en el lugar qué quedaron ocultos o quizás, presentes. 

La película tiene una factura técnica esplendorosa, cada cosa está para meternos en el túnel del tiempo y rescatar el niño que fuimos una vez o al menos, para hacernos pensar un poco en aquel adolescente que pasó por nosotros. Desde la extraordinaria música de Xema Fuentes, del que conocemos por sus trabajos en Los chicos del puerto y La madre, ambas de Alberto Morais, el thriller El lodo, de Iñaki Sánchez Arrieta, que ayuda con una composición llena de sensibilidad y juguetona para conducirnos por la historia a través de los diferentes ejes, pasado y presente: las entrevistas citadas a los alumnos ahora adultos, y en la vida actual de Farrer, y su particular laberinto kafkiano para dar la última carta a una alumna que no encuentra. El conciso y reposado montaje de 79 minutos de metraje que firma Alfonso Suárez, que ha trabajado en Coses a fer abans de morir y y en series de para televisión como CCC Stories. La cinematografía de Carlos Aparicio, habitual en el campo documental, algunos como el de Yo tenía una vida, de Octavio Guerra que, sitúa a los protagonistas-testimonios en la naturaleza, en lugares del ayer, es decir, en esos lugares que tuvieron su tiempo y ahora, están poco habitables, y por los diferentes lugares como el citado pueblo, protagonista de la historia y su recuerdo, y otros como Regina, Banff y Calgary, entre otros, donde siguen las pesquisas de Farrer para encontrar a la destinataria de la última misiva. 

La cinta de El método Farrer, de Esther Morente nos devuelve a todos y todas a nuestra adolescencia, a aquellos años estudiantiles, cuando la vida era una cosa muy intensa, llena de aventura, de facilidades, y también, de oscuridades, de desilusiones y tristezas. Un relato para mirarnos al chaval que fuimos, adónde quedó, cómo lo recordamos, cómo nos sentimos al hablar de aquellos años, de quién queríamos ser y dónde fue a parar todo aquello o que queda de nuestro otro yo. Tantas cuestiones que la película muestra a través de las diferentes opiniones de los distintos protagonistas, que hablan sobre todo de la grandísima labor de un maestro como Bruce Farrer, alguien muy especial como profesor y en sus vidas, alguien que con un gesto sin importancia dejó una huella imborrable a sus alumnos. La película hace hincapié a otras formas de enseñar y aprender, a la buena educación como motor para crear personas, a todo lo que significa la humanidad y todo lo que significan nuestros actos y nuestros destinos, de todas las circunstancias vitales que nos han llevado a ser la persona que somos hoy en día. La película es un homenaje, sin hacer ruido ni aspavientos, desde la más absoluta humildad a un tipo tan grande como Bruce Farrer, alguien que amó su trabajo, su vida, y fué capaz de enseñar y aprender junto a sus alumnos con amor, cercanía, sensibilidad y sobre todo, dejando que cada uno y una de sus estudiantes fuese la persona que quisiera ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Isla perdida, de Fernando Trueba

UN AMOR OSCURO.  

“Todos tenemos nuestro pasado y hemos llegado hasta aquí huyendo de él”.

El universo cinematográfico de Fernando Trueba (Madrid, 1955), está compuesto de dos caminos bien diferenciados. Por un lado, tenemos la comedia costumbrista y muy de aquí, en la que ha querido acercarse a sus queridos maestros como Berlanga, Ferreri y Azcona, y Wilder, Hawks, Cukor, etc… que le ha dado su mayor reconocimiento con títulos como Ópera prima (1980), Sé infiel y no mires con quién (1985), El año de las luces (1986), Belle Époque (1992), y La niña de tus ojos (1998). Por el otro, tenemos sus fantásticos musicales y su exploración al jazz latino, flamenco, bossa nova y demás estilos como Calle 54 (2000) y El milagro de Candeal (2004), entre otros. Hay una tercera vía, está menos frecuente, donde ha querido aunar comedia y el idioma inglés, rodando en los EE.UU. como hizo con la comedia Two Much (1995), y sus otras incursiones, en el género negro y romántico, el «amour fou» que decía Buñuel, también en inglés, como El sueño del mono loco (1989), basándose en la novela de Christopher Frank, Dispararon al pianista (2023), de animación y con Javier Mariscal como hicieron en Chico y Rita (2010), donde el género del suspense se convierte en el tono y la atmósfera del que se cuenta la historia.

Con Isla perdida (“Haunted Heart”, en el original, que podríamos traducir como Corazón embrujado), vuelve al suspense y al inglés, para contarnos el amor de Alex y Max. Ella, una catalana que llega a una pequeña isla perdida de Grecia para trabajar como metre en el restaurante de Max, un estadounidense exiliado y casi oculto del que nadie sabe nada. Un guion escrito por Rylend Grant y el propio director, situado en las tres fases que son las que van del verano, pasando por el otoño y para terminar en invierno, siguiendo el amor entre estas dos almas tan diferentes, porque ella es alegre, natural y transparente, mientras él, es todo lo contrario, un tipo de pasado muy oscuro y oculto, alguien en continua huida, receloso con su vida y la de las demás, incluida Alex. Estamos ante una película que tiene dos partes bien conseguidas en las que mantiene el pulso narrativo y la atmósfera que se va enturbiando a medida que los personajes se acercan más entre ellos, en que emocionalmente se van distanciando por tantos grisáceos e inquietud, con una parte final menos interesante, donde todo se enreda demasiado, aunque su despedida está a la altura de los grandes títulos. El aparentemente paraíso se va encerrando en sí mismo y una vez acabado el verano cuando todos se van marchando y la pareja se queda sola, parece que todo se va volviendo cada más difícil y oscuro.  

El gran equipo técnico con el que se ha acompañado Trueba ayuda a construir una película de gran factura con una cinematografía del colombiano Sergio Iván Castaño, con el que ya hizo El olvido que seremos (2020), otro de sus grandes trabajos en los que profundizó en el melodrama, con una luz que empieza muy mediterránea para ir volviéndose poco a poco más gótica, propia de Inglaterra, más cerrada y más tenebrosa, así como la excelente música de un grande como el polaco Zbigniew Preisner, que tiene en su filmografía a nombres tan importantes como Krzysztof Kieslowski, Agnieszka Holland y Louis Malle, entre otros, con el que ha trabajado en La reina de España (2016) y la citada El olvido que seremos, que vuelve a crear una música muy atmosférica y llena de luz y más oscura conforme avanza el relato y sus consecuencias, con algún que otro tema de jazz como no podía faltar en un erudito del tema como el director.  El sonido de una grande como Eva Valiño, con más de 90 títulos, debuta con Trueba después de haber sido asistente en El embrujo de Shanghai (2002), donde la banda sonora es crucial para enmarañar todo ese enjambre de emociones y contradicciones que sobrevuelan el amor turbulento de la pareja protagonista. Finalmente, tenemos el montaje de Marta Velasco, una habitual de los Trueba, que ha trabajado con Fernando en tres cintas., con una misión nada fácil en una película de corte clásico, sí, pero que se va a los 128 minutos de metraje. 

Rodar en otro idioma conlleva muchas dificultades como acoplar un reparto que conecte y sea creíble, y en la película está más que logrado con una extraordinaria Aida Folch en el rol de Alex, que nos lleva con una facilidad y naturalidad por toda la película haciendo creíble su personaje con una mirada cómplice y un leve gesto. Un pedazo de actriz que debutó precisamente con Trueba en la citada El embrujo de Shanghai hace 22 años, la volvió a recuperar en la extraordinaria El artista y la modelo (2012), y ahora le da la cámara y el plano para deleite de los espectadores. Ella es la película y la aguanta con inteligencia. A su lado, tenemos a Matt Dillon como el enigmático Max, un personaje muy Ripley, muy del Renoir noir y Highsmith, que nos atrae, nos embruja y nos inquieta a partes iguales, con el rostro de un actor curtido en mil batallas que no está muy lejos del tono y del laberinto oscuro en el que se metía Dan Gillis, el personaje que hacía Jeff Goldblum de la mencionada El sueño del mono loco. Por último, tenemos a un personaje vital para la historia, un tipo buscavidas, amante de las mujeres y viva la vida como Chico, un brasileiro que habla mil idiomas y sabe hacer otras tantas cosas, en la piel del colombiano Juan Pablo Urrego, otro gran acierto que ya trabajó con el director en la citada El olvido que seremos

Agradecemos a Fernando Trueba que haya hecho una película como Isla Perdida que, aunque su parte final no nos haya convencido, sí que nos alegramos por su aventura de explorar otros géneros alejados a los que nos tiene acostumbrados, porque nos convence que el cine ante todo sea un camino de exploración, de atreverse, de escarbar en las historias que uno se proponga contar, como esta, en la que una joven de la que apenas conocemos su vida, pero no tiene nada que ocultar, y un tipo, mayor que ella, un leitmotiv que se repite en muchas de las películas de Trueba, del que que no conocemos nada y sabemos que lo oculta todo, o quizás, oculta algo demasiado oscuro e inquietante, no sabemos, la película con la mirada inquieta y curiosa de Aida Folch nos ayudará a resolverlo o a marearnos mucho más, habrá que descubrirlo mientras la vemos. ¿Ustedes que creen?. La película nos invita a descubrirlo si hay algo que se oculta en Max o no, resulta atrayente la propuesta, eso sí, no se dejen llevar por las apariencias, y sabrán que Alex no lo hace, porque está dispuesta a todo por su amor, uno de esos amores complicados y muy oscuros, sí, pero quizás no lo sean la mayoría, los que valen la pena. ¿Ya me dirán ustedes?. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Celia Giraldo y Eva Llorach

Entrevista a Celia Giraldo y Eva Llorach, directora y actriz de la película «Un lugar común», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el viernes 5 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Celia Giraldo y Eva Llorach, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Haizea Viana, Laura Martínez y Celia Dosal de Viva Producción, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mia Sala-Patau

Entrevista a Mia Sala-Patau, actriz de la película «Un lugar común», de Celia Giraldo, en el hall de los Bosque Multicines en Barcelona, el miércoles 7 de agosto de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mia Sala-Patau, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Haizea Viana, Laura Martínez y Celia Dosal de Viva Producción, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA