Entrevista a Silvia Rey

Entrevista a Silvia Rey, directora de la película «Wan Xia», en el marco de LAlternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en los Jardins Mercè Vilaret en Barcelona, el viernes 25 de noviembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Silvia Rey, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Mariona Borrull de Comunicación de L’Alternativa, por su labor como traductora, y su especial trabajo, amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Erich Wildpret y Johanna Juliethe

Entrevista a Erich Wildpret y Johanna Juliethe, intérpretes de la película «Jezabel», de Hernán Jabes, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el jueves 28 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Erich Wildpret y Johanna Juliethe, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación del festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Diego Lerman

Entrevista a Diego Lerman, director de la película «El suplente», en els Jardins Miquel Martí i Pol en Barcelona, el martes 10 de enero de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Diego Lerman, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Silent Land, de Aga Woszczynska

LO QUE QUEDA DEL AMOR.   

“El amor puede hacerlo todo, y también lo contrario de todo”

Alberto Moravia

El amor es una especie de fantasma o espíritu que nos invade no solo el cuerpo, sino también el alma, un invasor al que nos rendimos sin oposición, un virus que nos contamina sin remedio, un algo que nos provoca las emociones más intensas y maravillosas, aunque también provoca lo contrario, porque el amor se siente o no, porque cuando se siente te desborda y te eleva, y cuando no, te produce la tristeza más profunda y terrible. En el cine hemos visto muchas parejas en crisis portagonizadas seres abatidos y deambulando por calles, playas o cualquier lugar, en solitario, rotos, vacíos y sobre todo, añorando lo que fue y lo que ya no será. Imaginamos a los personajes de las películas de Antonioni, a los de Ingmar Bergman, a los de Carlos Saura, y a tantos otros, invadidos por ese desamor o ese no amor, esa sensación de derrota, de vacío y tiempo perdido.

Adam y Anna son una pareja polaca que viaja a la isla italiana de Cerdeña a pasar sus vacaciones en una casa en una colina frente al mar. Cuando llegan la piscina no funciona y viene un joven magrebí a arreglarla que muere accidentalmente, hecho que removerá intensamente a la pareja y nacerá entre ellos miedos, inseguridades y distancia. La directora Aga Woszczynska (Lódz, Polonia, 1984), con formación en Varsovia y en la prestigiosa escuela de Lódz, debuta en el largometraje de ficción con un guion escrito junto a Piotr Jaksa Litwin apoyado una trama muy inquietante, de apariencia sencilla, donde todo parece moverse dentro de un marco raro y muy oscuro, porque su pareja protagonista, los citados Adam y Anna, pasan sus vacaciones entre silencios y monotonía, van y hacen dentro de un mapa diseñado y aparentemente perfecto y sin fisuras. La muerte del trabajador desenterrará demasiadas cosas entre ellos, llevándolos a terrenos complejos en el que emergerán muchas dudas y fantasmas.

Silent Land (del original Cicha Ziemia), es un magnífico drama psicológico, como ya no se hacen, donde el conflicto es muy profundo, peor su apariencia es muy sencilla, cercanísima y tremendamente cotidiana, en un espacio natural y doméstico, donde lo que ocurre no se ve, ocurre dentro de los personajes, en ese espacio donde les invade una oscuridad desesperanzadora y muy terrorífica. La pareja de Silent Land no está muy lejos de aquella otra, la que formaban Gitti y Chris, en Entre nosotros (2009), de Maren Ade, también en otra isla mediterránea, la de Córcega, y atrapados en una relación que va pero no sabemos hacia adonde, en un espacio de estancamiento muy fuerte. En una primera mitad asistimos a esa calma inquietante donde todo está programado y siempre en compañía: las comidas, las salidas a correr, los baños y el sexo, muy significativo su forma de hacerlo que ya evidencia demasiadas cosas. En la segunda mitad, que arranca con la muerte del joven, los veremos solos y estallará esa aparente calma, donde se alejarán sin remedio, y su intención de relacionarse con otras personas, aún más evidencia su distancia.

La cineasta polaca consigue generar esa atmósfera incómoda y perturbadora con pocos elementos, esa casa llena de luz y calidez con esos instantes apagados como los momentos sexuales y con la puerta de entrada, creando todo ese juego de contrastes que marca las emociones de los personajes, en un gran trabajo del cinematógrafo Bartosz Swiniarski, bien acompañado en el elaborado montaje que firma un grande como Jaroslaw Kaminiski, que tiene en su haber a directores de la talla de Pawel Pawlikowski y films como Rehenes (2017), de Rezo Gigineishvili y Quo Vadis, Aida? (2021), de Jasmila Zbania, consigue un detallado y preciso montaje que llena de secretos y silencios inquietantes los ciento trece minutos de metraje de la película. Un reparto bien elegido en el que sus interpretaciones se apoya en todo aquello que miran y callan, en esos silencios que son la base de todo el entramado emocional de la cinta, encabezados por la fantástica pareja protagonista con Dobromir Dymecki como Adam y frente a él, que ya no junta a él, Agnieszka Zulewska como Anna, dos almas en crisis en un amor o lo que queda de él, esos pedazos caídos y rotos que, quizás, ya sean perdidos o no quieren encontrarse.

Los otros invitados son una pareja que se dedica a vender submarinismo a los turistas como Jean Marc Barr, una maravillosa presencia que hemos visto en casi todas las películas de Lars von Trier, y con Raoul Ruiz y Christophe Honoré, entre muchos otros. A su lado, una convincente Alma Jodorowsky, que era una de las chicas de La vida de Adèle, y finalmente, Marcello Romolo, el casero italiano que regenta una trattoria, que recordamos en la serie de The Young Pope, de Paolo Sorrentino. Woszczynska ha construido una película excelente, que escapa del subrayado narrativo y formal, para adentrarse en elementos más complejos y oscuros, que la hermana con la recién estrenada Aftersun, de Charlotte Wells, donde también radiografía con bisturí unas vacaciones con padre e hija a finales de los noventa, sea como fuere, en las dos películas se deja constancia el distanciamiento entre una y otra de las personas que las habitan, porque las vacaciones, al igual que el amor, no tiene punto medio, y sobre todo, el amor y el desamor pueden estallar en cualquier momento, y más aún cuando nos alejamos de los deberes y obligaciones cotidianos y nos vamos de vacaciones con tiempo para descansar y sobre todo, pensar en nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El suplente, de Diego Lerman

EL DOCENTE HUMANISTA.

“Yo iba a enseñar y al mismo tiempo a aprender”

Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa

Tanto Bruno Cirino en Diario di un maestro (1973), de Vittorio De Seta, como Daniel Lefebvre en Hoy comienza todo (Ça commence aujourd’hui, 1999), de Bertrand Tavernier, pertenecen a esa clase particular de docentes que van más allá de lo que sucede en el interior de las aulas, porque conocen que la realidad social y económica de sus alumnos interfiere completamente en el desarrollo de sus vidas, y por ende de su educación. Son maestros dentro y fuera, ese tipo de docentes que se implica, que ayuda y sobre todo, ayuda al cambio tan necesario. Lucio, el docente del sexto largometraje de ficción de Diego Lerman (Buenos Aires, Argentina, 1976), amén de dirigir documental, producir cine y hacer teatro, es uno de esos tipos que sabe que la realidad de sus alumnos es dura y nada fácil, porque vienen de uno de esos barrios periféricos de la capital argentina, donde la realidad es triste, llena de peligros y donde campa el narco a sus anchas.

Lerman compone un drama social muy cercano y lleno de matices, sin caer en la moralina ni en el sentimentalismo, sino construyendo “una pequeña parte de la vida”, donde el hilo conductor es el mencionado Lucio, un tipo en crisis, alguien que aspiraba a más, a hacer una segunda novela que no acaba de llegar, a dar clases en una universidad prestigiosa, a ser mejor hijo, mejor ex y mejor padre, y sobre todo, a entenderse y no huir a la nada. El director bonaerense crea una trama sin estridencias y nada complaciente, que va desarrollándose sin alardes ni piruetas narrativas, centrándose en el hecho en cuestión, o mejor dicho, en varios sucesos, aunque el principal pivota en la relación entre Lucio y uno de sus alumnos, Dilan, que ha traicionado al narco del barrio y ahora su vida corre en peligro. Lerman vuelve a confiar en algunos de sus cómplices habituales como la guionista María Meiro, en muchas de sus películas, la aportación de la escritora Luciana de Mello y el propio director en la elaboración de un guion que se maneja muy bien entre la realidad social y la trama policiaca centrada en la investigación, donde Lucio, además de maestro, se convierte en una especie de detective para ayudar a su alumno.

El grandísimo trabajo del cinematógrafo Vojciech Staron con una luz tremendamente cotidiana y realista, gruesa y sucia, huyendo de la condescendencia y en el mensajito, donde destacan los elegantes movimientos de cámara, así como el entramado de espejos y reflejos que evidencian con detalle el estado de ánimo del atribulado protagonista, así como José Villalobos en la música, una composición que puntúa algunos aspectos de la primera mitad para luego escarbar más en los sentimientos de los protagonistas, pero siempre con respeto, y otro habitual como el editor Alejandro Brodersohn, que condensa con ritmo y pausa las casi dos horas de metraje. Qué decir del acertadísimo reparto de la película encabezado por un magnífico Juan Minujín, al que conocíamos por sus trabajos con Daniel Burman, Mariano Llinás y Lucrecia Martel, entre otros, metiéndose en la piel de un tipo que la vida le ha llevado a ser suplente, a enseñar literatura a unos chavales que pasan de todo, en el que deberá adaptar su clase a la realidad dura de sus alumnos, y conocer sus vidas y sus contextos, tarea que no le resultará nada fácil.

A Minujín le acompañan de forma estupenda una gran Bárbara Lennie, que ya había protagonizado la anterior película de Lerman, Una especie de familia ((2017), en el rol de la ex de Lucio, con una hija en común, que hace Renata Lerman, la hija del director, y fue premiada en el Festival de San Sebastián, y unas realidades bien distintas, porque ella ya ha pasado página y está en otros menesteres, y acepta la decisión y la rebeldía de la hija de ambos desde una perspectiva muy alejada que Lucio, que parece empecinado en seguir el camino y no plantearse ciertas contradicciones. La interesante presencia de un grande como Alfredo Castro, en el papel de padre del protagonista, al que curiosamente llaman “El chileno”, una especie de buen samaritano que trabaja en el barrio dando comidas e implicándose en las dificultades de sus habitantes, que mostrará una realidad bien diferente al protagonista. Y finalmente, Lucas Arrua haciendo de Dilan, al igual que los otros chicos, todos debutantes en el cine, generando esa solidez que requiere una película de estas características donde se fusionan los adultos profesionales con los jóvenes naturales.

El suplente es una película que nos habla de muchas cuestiones humanas, y sobre la vida, sobre aquellas cuestiones de la vida nada fáciles, que resultan incómodas, donde se abordan muchas cuestiones morales, con el mejor aroma de aquel cine policiaco de Hollywood de los treinta y cuarenta, donde los Lang, Hawks y Welman, y tantos otros, nos situaban en esas tesituras tremendamente difíciles de asumir y sobre todo, de decidir, en el que los y las protagonistas se veían inmersos en posiciones muy difíciles, en las que no sabían qué decir y mucho menos que hacer, un cine que desgraciadamente se está perdiendo, dejando paso a producciones blanditas que no molesten y tampoco sirvan para nada. La película de Lerman recupera esa complejidad, esa humanidad, con personajes de carne y hueso, con personas que les ocurren cosas como a nosotros, y sobre todo, dudan, tienen miedo y se enfrentan a los que les acojona, y a otras situaciones que ni se imaginaban, como a todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Maija Isola. Ella, el color y la forma, de Leena Kilpeläinen

LA MUJER Y LA ARTISTA.   

“El diseño industrial necesita las bellas artes detrás para estar vivo”

Maija Isola

Muchos desconocíamos la figura de Maija Isola (Rrihimäki, Finlandia, 1927 – 2001), posiblemente la diseñadora y pintora textil más importante de la segunda década del siglo XX y más allá. La artista hizo más de 500 dibujos y diseños para objetos del hogar como manteles, delantales, cuadros, ropa de vestir y para aerolíneas, y mucho más. Un trabajo que la convirtió en la artista más icónica de todos los tiempos en la marca Marimekko, a la que le dedicó treinta y seis años de trabajo desde la década de los cincuenta hasta finales de los ochenta. La directora finesa Leena Kilpeläienn, con formación en Moscú, cinematógrafa y directora del documental The Voice of Sokurov (2013), que dedicó a la figura del genial cineasta ruso, vuelve con otro retrato, un retrato sobre la figura de Maija Sola, construyendo un recorrido muy exhaustivo y profundo desde su nacimiento hasta sus últimos días, pero aunque opte por una estructura lineal, la película no es nada convencional, adecuándose al arte de la Maija Isola.

A saber, la vida de la artista es contada por la propia artista, a través de sus documentos, reflexiones y demás, también participan su hija y nieta, que han seguido sus pasos en el universo textil. Además, la película se nutre de importantísimas imágenes de archivo, tanto personales como externas, tanto actuales como del pasado, donde nos contextualizan la época y los diferentes lugares por los que pasó la insigne artista. También se recurre a la animación para dar vida a los innumerables diseños y dibujos de Isola. Todo este puzle de textos, voces, imágenes se desarrolla a través de los tres pilares del trabajo de la artista: la luz, el color y la forma, que se nutrían de la naturaleza, el folk y los incontables viajes que realizó Maija Sola. La película es mucho más que un retrato de una artista, porque ante todo está la mujer, una mujer que rompió esquemas y todos los moldes posibles de la sociedad conservadora de mitad del siglo XX, porque siempre quiso ser ella, completamente independiente, amó con pasión y sin cortapisas tanto su trabajo como los hombres con los que estuvo. Una mujer que no es solo un referente para el diseño industrial, sino también por su forma de vivir y estar en el mundo y en la sociedad, porque fue una incansable amante de la vida, de los lugares y de las personas.

La cinta huye de cualquier atisbo de condescendencia y sentimentalismo, y no solo hace un retrato profundo y personal de Maija Isola, sino que nos sumerge en el significado de su trabajo, en el arte en sí mismo, en su actitud frente a sus diseños y sobre todo, en la parte humanista que encierra toda una forma de búsqueda, experimentación y de movimiento, donde la luz resulta fundamental, los llamativos y fusión de colores vivos, intensos y llenos de vida, sin olvidar las diferentes formas, texturas y mezclas que proponía la artista, y la alejaron del conservadurismo de la época y rompió definitivamente con los estampados y las formas clásicas, dotando al mundo del diseño textil de nuevos caminos y rutas por las que transitar, totalmente inciertas, llenas de aventuras y sobre todo, llenas de pasión y vida infinitas. Porque aparte de la artista, la película nos muestra esa otra parte interior, donde encontramos una mujer modernísima, a contracorriente de todo, con un mundo espiritual absorbente y lleno de luz y color, conociendo sus diferentes parejas, recorriendo sus diferentes travesías por lugares como su Finlandia natal, donde huía de las pequeñas urbes conservadoras y vacías, adentrándose en la naturaleza como refugio para experimentar y sentirse viva, ese París tan lleno de vida y formas que experimentar, la España del sur y la colonial, donde perderse por la cultura árabe y sus diferentes formas de vestir y vivir, ese Estados Unidos donde ver, conocer y sentir, y muchísimos más, donde Maija vivía, buscaba y encontraba formas y caminos que conocer y atrapar.

Nos alegramos que existan trabajos como Maija Isola. Ella, el color y la forma, con un subtítulo muy revelador de la figura que nos vamos a encontrar en este camino por su vida, sus pensamientos, sus hijas, sus viajes, sus amores, sus experiencias, y sobre todo, sus diseños que siguen maravillando a todos y todas las personas que los descubren por primera vez, como le ha ocurrido al que escribe todo esto, porque con el trabajo de Isola ocurre que ya lo habíamos visto, pero no sabíamos que eran de ella, por eso esta película es tan importante, porque tiene ese espacio didáctico, que el arte siempre ha de tener, descubrirnos y mostrar a personas que no deberían tener esa invisibilidad, porque Maija Isola, no solo es una gran artista, sino que fue una mujer que abrió muchas puertas, ventanas y mundos a todas las otras artistas que le sucedieron, y eso es muy grande, y no todas las personas dejan un legado tan impresionante tanto a nivel artístico como humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Víctor Checa

Entrevista a Víctor Checa, director de la película «Tiempos futuros», en el marco del D’A Film Festival en el Hotel Regina en Barcelona, el miércoles 4 de mayo de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Checa, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de Comunicación del Festival, por por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nicolás Martín y Gabriela Alonso

Entrevista a Nicolás Martín y Gabriela Alonso, directores de la película «Tener tiempo», en el marco del D’A Film Fest, en el Hotel Regina en Barcelona, el jueves 5 de mayo de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nicolás Martín y Gabriela Alonso, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación del festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los verdes años, de Paulo Rocha

UNA HISTORIA DE AMOR. 

“La misma historia puede contarse de dos maneras, una buena y otra mala, y ser exactamente la misma historia. Que yo priorice la puesta en escena es por lo tanto una guerra contra la pereza, contra la pereza mental, contra la pereza moral (…) en Los verdes años intenté ir en contra de eso. Lo que más me interesaba era la relación entre el decorado y el personaje, el tratamiento de la “materia cinematográfica”. 

Paulo Rocha

¿Cuántos cineastas siguen enterrados en el olvido? ¿Cuántos cineastas todavía no conocemos?. ¿Cuántos cineastas todavía nos faltan por descubrir?. Si el año que acabamos de dejar descubrimos a la cineasta Márta Mészáros de la mano de Lost&Found Films. Ahora, de la mano de Atalante Cinema, volvemos a descubrir a un cineasta como Paulo Rocha (Oporto, Portugal, 1935 – Vila Nova de Gaia, Portugal, 2012), uno de esos cineastas abanderado del “Novo Cinema Portugués”, que no tenía vocación de abogado, pero sí de cineasta, por eso estudió cine en el Institut des Hautes Études Cinématographiques en París, y fue asistente de dirección en Le caporal épinglé (1962), de Jean Renoir y en Acto da primavera (1963) y en A caça (1964), ambas de Manoel de Oliveira, para inmediatamente al año siguiente debutar en el largometraje con Los verdes años.

La película se centra en un encuentro, el encuentro que protagonizan Julio, un muchacho de 19 años recién llegado del pueblo a Lisboa para alojarse con su tío Afonso, y trabajar de zapatero. Allí, conoce a Ilda, una joven que trabaja de empleada doméstica. Los dos jóvenes se enamoran. Con esa premisa argumental, leída y vista muchas veces, la película se quedaría ahí. Pero, la película va muchísimo más allá. Rocha, influenciado por la corriente de los “Nuevos Cines” que se iba instalando en todo el panorama internacional, y con la ayuda del escritor Nuno Bragança, construye un guion sólido y lleno de detalles y de matices, asentado en los contrastes que recorren toda la historia, entre aquello que viven los personajes y aquello que no consiguen tener para tener una vida digna que se les niega, con ese primer choque entre diferentes realidades sociales y económicas, con esas casas metidas en un hoyo de la periferia lisboeta frente a los edificios altos de los incipientes barrios de la ciudad, que queda muy bien reflejado en la mise en scene con esas cuestas y esas maravillosas secuencias descriptivas de subidas a edificios y a montes para divisar la ciudad que queda a los pies y tan lejos de la realidad de la joven pareja enamorada.

Porque si hay un elemento esencial en la película del cineasta portugués es el decorado físico, porque la ciudad se muestra llena de desigualdades, entre aquellos que la sueñan y otros aquellos que la viven, donde ese decorado físico actúa de forma demoledora y profundamente precisa en no solo el aspecto social de los protagonistas, sino en el estado de ánimo de ellos mismos, con esas secuencias largas entre los dos jóvenes caminando por los caminos alejados de la urbe, sin nada que hacer y sobre todo, sin dinero que gastar en esos domingos eternos, vacíos y tristes, acompañados de la misma sensación que los enamorados protagonistas de Un domingo maravilloso (1947), de Akira Kurosawa. Una cinematografía en luminoso y doloroso blanco y negro que firma Luc Mirot, que había trabajado como cámara para Max Ophüls y Henri Decoin, y como cinematógrafo para Jean-Pierre Melville en El silencio del mar. El montaje conciso que llena de melancolía y una no vida en sus ochenta y nueve minutos de metraje que hace Margareta Mangs, que volvería a trabajar con Paulo Rocha. La excelente música de Carlos Paredes, que trabajó con Manoel de Oliveira, con esa guitarra que va marcando no solo los pasos, sino también ese caminar deambular por la no ciudad de los enamorados, un tránsito donde la vida parece detenida, donde la vida no se parece a la vida ni mucho menos a la ilusión que puedan tener una pareja que se quieren, porque el decorado les golpea con esa realidad económica tan dura y tan difícil para los más jóvenes.

Una película tan pensada en el apartado de realización y escenarios, no podía tener un elenco frío y alejado, sino todo lo contrario, porque sus intérpretes consiguen transmitirlo todo con apenas unas miradas, sus silencios y unos diálogos que ocultan toda esa desazón anímica que sienten. Un reparto por los desconocidos de entonces Isabel Ruth, una gran dama del cine protugués que después ha trabajado con Manoel de Oliveira, Teresa Villaverde, Pedro Costa y Rita Azevedo Gomes, entre otros, da vida a Ilda, la joven que sueña con tener su pequeño negocio de costura, que añora a su madre fallecida, que tiene ese momentazo en el que sueña con esa otra vida que se le niega diariamente, probándose los trajes de su señora y creyéndose esa otra, esa que la vida y la sociedad le niega diariamente. A su lado. Rui Gomes, que interpreta a Julio, el joven recién llegado que choca contra los prejuicios y las desigualdades sociales y económicas de la gran ciudad, y encuentra en Ilda una especie de tabla de salvación, en la que los días son menos duros y las ilusiones parecen más reales. Tenemos a Afonso, el tío de Julio, que hace Paulo Renato, la antítesis del joven, el hombre realizado con su trabajo y que se engaña con esa vida que sin ser nada, él cree que es mucho, y la breve presencia como actor del cineasta Manoel de Oliveira.  

Cada plano, cada encuadre y cada mirada de los personajes de Los verdes años nos lleva a muchos lugares, muchos estados de ánimo, y sobre todo, nos lleva a aquellos años sesenta en que el cine se detuvo a mirar a su alrededor, a describir las ciudades que crecían con mano de obra barata y explotada que venía de los pueblos. Un cine que todavía resuena y siendo un grandísimo retrato de aquellos años, ahora lo vemos como una excelente descripción de la vida en la juventud, que sea como fuere, nos remite a tantas otras películas y sus momentos, como aquellos infelices que llegaban a Madrid del pueblo en Surcos (1951), de José Antonio Nieves Conde, o aquellos otros italianos en Rocco y sus hermanos (1960), de Luchino Visconti, y aquellos otros enamorados que deambulaban y se sentían atrapados en una ciudad grande en miserias y pequeña en sueños como Nubes flotantes (1955), de Mikio Naruse, Calle mayor (1956), de Juan Antonio Bardem, El pisito (1958), de Marco Ferreri, Ascensor para el cadalso (1958), de Louis Malle, La noche (1961) y El eclipse (1962), ambas de Antonioni, Nueve cartas a Berta (1966), de Basilio Martín Patino, y otras tantas que siguen ahí, capturando unos años que después de la Segunda Guerra Mundial se esperaban de otra manera, pero la realidad económica siempre va hacia otro lado, desconocemos cual es, eso sí, muy alejado de la realidad y la necesidad de las personas, y muchos menos de lo que se atreven a enamorarse, porque en los tiempos de ahora, de ayer y de siempre, el amor siempre se ha visto amenazada por la sociedad, esa que no cree en nada y sí en cosas tan estúpidas como el dinero, la riqueza y lo material, una lástima, porque la vida y el amor se nos escapa sin remedio alguno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Franco Piavoli

Entrevista al cineasta Franco Piavoli, con motivo de la retrospectiva en el marco de la Mostra de Cinema Espiritual en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el miércoles 16 de noviembre de 2022

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Franco Piavoli, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Lucas por su gran trabajo como intérprete, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y a Jordi Martínez de comunicación de la Filmoteca, por por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA