Entrevista a Diego Lerman

Entrevista a Diego Lerman, director de la película «El suplente», en els Jardins Miquel Martí i Pol en Barcelona, el martes 10 de enero de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Diego Lerman, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El suplente, de Diego Lerman

EL DOCENTE HUMANISTA.

“Yo iba a enseñar y al mismo tiempo a aprender”

Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa

Tanto Bruno Cirino en Diario di un maestro (1973), de Vittorio De Seta, como Daniel Lefebvre en Hoy comienza todo (Ça commence aujourd’hui, 1999), de Bertrand Tavernier, pertenecen a esa clase particular de docentes que van más allá de lo que sucede en el interior de las aulas, porque conocen que la realidad social y económica de sus alumnos interfiere completamente en el desarrollo de sus vidas, y por ende de su educación. Son maestros dentro y fuera, ese tipo de docentes que se implica, que ayuda y sobre todo, ayuda al cambio tan necesario. Lucio, el docente del sexto largometraje de ficción de Diego Lerman (Buenos Aires, Argentina, 1976), amén de dirigir documental, producir cine y hacer teatro, es uno de esos tipos que sabe que la realidad de sus alumnos es dura y nada fácil, porque vienen de uno de esos barrios periféricos de la capital argentina, donde la realidad es triste, llena de peligros y donde campa el narco a sus anchas.

Lerman compone un drama social muy cercano y lleno de matices, sin caer en la moralina ni en el sentimentalismo, sino construyendo “una pequeña parte de la vida”, donde el hilo conductor es el mencionado Lucio, un tipo en crisis, alguien que aspiraba a más, a hacer una segunda novela que no acaba de llegar, a dar clases en una universidad prestigiosa, a ser mejor hijo, mejor ex y mejor padre, y sobre todo, a entenderse y no huir a la nada. El director bonaerense crea una trama sin estridencias y nada complaciente, que va desarrollándose sin alardes ni piruetas narrativas, centrándose en el hecho en cuestión, o mejor dicho, en varios sucesos, aunque el principal pivota en la relación entre Lucio y uno de sus alumnos, Dilan, que ha traicionado al narco del barrio y ahora su vida corre en peligro. Lerman vuelve a confiar en algunos de sus cómplices habituales como la guionista María Meiro, en muchas de sus películas, la aportación de la escritora Luciana de Mello y el propio director en la elaboración de un guion que se maneja muy bien entre la realidad social y la trama policiaca centrada en la investigación, donde Lucio, además de maestro, se convierte en una especie de detective para ayudar a su alumno.

El grandísimo trabajo del cinematógrafo Vojciech Staron con una luz tremendamente cotidiana y realista, gruesa y sucia, huyendo de la condescendencia y en el mensajito, donde destacan los elegantes movimientos de cámara, así como el entramado de espejos y reflejos que evidencian con detalle el estado de ánimo del atribulado protagonista, así como José Villalobos en la música, una composición que puntúa algunos aspectos de la primera mitad para luego escarbar más en los sentimientos de los protagonistas, pero siempre con respeto, y otro habitual como el editor Alejandro Brodersohn, que condensa con ritmo y pausa las casi dos horas de metraje. Qué decir del acertadísimo reparto de la película encabezado por un magnífico Juan Minujín, al que conocíamos por sus trabajos con Daniel Burman, Mariano Llinás y Lucrecia Martel, entre otros, metiéndose en la piel de un tipo que la vida le ha llevado a ser suplente, a enseñar literatura a unos chavales que pasan de todo, en el que deberá adaptar su clase a la realidad dura de sus alumnos, y conocer sus vidas y sus contextos, tarea que no le resultará nada fácil.

A Minujín le acompañan de forma estupenda una gran Bárbara Lennie, que ya había protagonizado la anterior película de Lerman, Una especie de familia ((2017), en el rol de la ex de Lucio, con una hija en común, que hace Renata Lerman, la hija del director, y fue premiada en el Festival de San Sebastián, y unas realidades bien distintas, porque ella ya ha pasado página y está en otros menesteres, y acepta la decisión y la rebeldía de la hija de ambos desde una perspectiva muy alejada que Lucio, que parece empecinado en seguir el camino y no plantearse ciertas contradicciones. La interesante presencia de un grande como Alfredo Castro, en el papel de padre del protagonista, al que curiosamente llaman “El chileno”, una especie de buen samaritano que trabaja en el barrio dando comidas e implicándose en las dificultades de sus habitantes, que mostrará una realidad bien diferente al protagonista. Y finalmente, Lucas Arrua haciendo de Dilan, al igual que los otros chicos, todos debutantes en el cine, generando esa solidez que requiere una película de estas características donde se fusionan los adultos profesionales con los jóvenes naturales.

El suplente es una película que nos habla de muchas cuestiones humanas, y sobre la vida, sobre aquellas cuestiones de la vida nada fáciles, que resultan incómodas, donde se abordan muchas cuestiones morales, con el mejor aroma de aquel cine policiaco de Hollywood de los treinta y cuarenta, donde los Lang, Hawks y Welman, y tantos otros, nos situaban en esas tesituras tremendamente difíciles de asumir y sobre todo, de decidir, en el que los y las protagonistas se veían inmersos en posiciones muy difíciles, en las que no sabían qué decir y mucho menos que hacer, un cine que desgraciadamente se está perdiendo, dejando paso a producciones blanditas que no molesten y tampoco sirvan para nada. La película de Lerman recupera esa complejidad, esa humanidad, con personajes de carne y hueso, con personas que les ocurren cosas como a nosotros, y sobre todo, dudan, tienen miedo y se enfrentan a los que les acojona, y a otras situaciones que ni se imaginaban, como a todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Planta permanente, de Ezequiel Radusky

LOS ÚLTIMOS MONOS.  

“Trabajamos para comer para obtener la fuerza para trabajar para comer para obtener la fuerza para trabajar para comer para obtener la fuerza para trabajar para comer para obtener la fuerza para trabajar”.

John Dos Passos

Seguramente hay pocas películas que hablen no del trabajo, sino del sistema laboral, aquel que se rige por necesidades económicas, que usa arbitrariamente a personas para que cumplan con eficacia todos los objetivos que, en su mayoría, solo sirven para seguir manteniendo un sistema desigual, injusto y terrorífico, que solo beneficia a unos pocos privilegiados, que desde tiempos ancestrales, siguen manteniendo el poder y deciden sobre el resto. Planta permanente habla de estas cuestiones y más. Se trata de la segunda película de Ezequiel Radusky (San Miguel de Tucumán, Argentina, 1981), con la producción de Diego Lerman, director entre otros de Mientras tanto, RefugiadoUna especie de familia), que ha producido a cineastas tan interesantes como Alejandro Landes y Ana Katz.

El relato se centra en Lila y Marcela, dos amigas del alma que limpian en uno de esos edificios estatales, en este caso el de Obras Públicas. La primera lleva más de tres décadas en el puesto, es una más o no, y la otra, más ambiciosa, más impaciente, será la que no se conforme con las decisiones de la nueva jefa del barco. Las dos mujeres son comadres e íntimas, y además, mantienen un comedor casero para los empleados en una de esas salas que se amontonan en este tipo de lugares. Pero las cosas cambian, y la nueva directora, cercana y de discursos complacientes y vacíos, como la mayoría de gobernantes, viene dispuesta a cambiarlo todo, como despedir a los contratados, entre los que se encuentra la hija de Marcela, que enemista a las dos amigas, ya que la perjudicada quiere que Liliana, más de treinta años en el puesto, medie. Y así, con el resto. Igual que ocurría en su primer trabajo, Los dueños (2012), donde ya se profundizaba en las complejas relaciones y conflictos que se generaban entre criados y señores, entre los de arriba y los de abajo.

En Planta permanente vuelve a los mismos planteamientos, en este caso, entre trabajadores y jefes, y volviendo al espacio único, la casa cede el lugar al edificio laboral, y pocos personajes, con esa cámara que filma por los diferentes espacios y pasillos, usando planos cortos y muy cercanos, con esa luz mortecina y opaca para los lugares por los que se mueven los operarios, y esa luz más brillante y aireada de los sitios de los jefes, un grandísimo trabajo de cinematografía que firma Lucio Bonelli (que tiene en su filmografía nombres tan importantes como los de Lisandro Alonso, Mariano Llinás y Julia Solomonoff, entre otros), el excelente montaje de Valeria Racioppi (con una larga trayectoria en el campo documental entre los que destacan títulos como Ficción, de Andres di Tella y El silencio es un cuerpo que cae, de Agustina Comedi), y qué decir de esa música de Maximiliano Silveira (del que habíamos visto trabajos en Bezinho y Mi amiga del parque), que logra con una melodía que se va repitiendo a lo largo de la película, esa sensación de bucle que es el trabajo.

Radusky opta por una trama centrada en las decisiones arbitrarias y alejadas de la realidad de los jefes, más de cara a la apariencia de los más arriba que a la buena relación en el trabajo, acaban afectando de manera muy importante a los empleados, enemistándolos entre ellos, y creando ese distanciamiento entre unos y otros, donde los empleados de menos rango siempre tendrán las de perder. La película opta por un conflicto sencillo, casi invisible, en el que la amistad entre las dos protagonistas se tornará en una guerra cruel, donde había concordia reinará la maldad, donde la historia deja clara esa maligna idea en que se ha convertido el mundo laboral, ya sea público o privado, donde la gestión se produce por acumulación de trabajos, sean o no importantes, y los constantes cambios de los nuevos directores, que así creen que su trabajo queda mejor reflejado, siempre de cara a la opinión pública, provocando el malestar de los de abajo, los últimos de la empresa.

Dos grandes actrices que ya habían estado en la anterior película de Radusky, interpretan de manera sutil y sobria unos personajes que apenas hablan, y miran mucho y reflexionan aún más. Por un lado tenemos a Liliana Juárez, la veterana y servicial Lila, la que más sabe, incluso más que los directores, que ya ha visto unos cuántos, más prudente y la que mejor se mueve en el laberintico edificio, y sabe tratar con todos. Frente a ella, Rosario Bléfari que hace de Marcela, el lado opuesto a la otra, la entrometida, que constantemente se precipita y Lila le saca de todos sus apuros, más guerrera y menos reflexiva que la compañera, con una vida personal más compleja que Lila, dos formas de ver las cosas aunque compartan el mismo trabajo y categoría. El director argentino provoca la reflexión en unos escasos 78 minutos de metraje, mirando a sus personajes de la forma más humana e íntima posible, dejando las respuestas, si es que las hay, a los espectadores, porque lo que nos cuenta Planta permanente es que el sistema laboral parece que funciona para que unos se cuelguen medallas sin merecerlas, y otros, los de abajo, mereciéndoselas, no saben ni que existen tales reconocimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA