Entrevista a Carlos Vermut, director de la película «Mantícora», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 23 de noviembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Vermut, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y a Lara Pérez Camiña de BTeam, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Me gustan tus monstruos. Tienen mucha vida interior… ¿no?. Tienen esa mirada melancólica, como si les preocupara algo…”
El universo cinematográfico de Carlos Vermut (Madrid, 1980), se mueve en los espacios de una aplastante cotidianidad, en los que la acción física está supeditada a lo emocional, a la parte psicológica, a esos mundos interiores donde sus personajes luchan contra sí mismos, deambulando por sus infiernos particulares, en una pesadilla constante del que hacen lo imposible para salir de ella, aunque con resultados extraños y perturbadores. Un cine de terror, peor un terror que de tan cercano, asusta más, porque los monstruos de sus películas no tienen un aspecto terrible, sino que son como nosotros, incluso nosotros, seres heridos que se mueven entre las sombras ocultas, entre las tinieblas de sus realidades, y sobre todo, monstruos sensibles, melancólicos y solitarios que inevitablemente no pueden huir de ellos mismos. Con Mantícora, esa criatura mitológica con cabeza humana y cuerpo de animal, vuelve a los terrenos que transitó en Magical Girl (2014), que era heredera directa de aquella gran sensación que fue Diamond Flash (2011), con esos personajes complejos y sus discutibles acciones, y deja el melodrama de terror que practicó en Quién te cantará (2018).
La película se centra en Julián y lo sigue en esa especie de diario de su protagonista, un joven modelador de monstruos para videojuegos, como esa apertura sensacional de la película, en que vemos en la pantalla el resultado virtual del monstruo que está diseñando el protagonista. Un tipo que se debate entre dos realidades, la suya propia, que intenta ocultar por todos los medios, y esa otra, la virtual, aquella en la que su imaginación se suelta y se libera. Todo ese quehacer diario de casa y trabajo, se rompe con la irrupción de Diana, una veinteañera de otra ciudad que está en Madrid cuidando de su padre enfermo, y en un momento de su vida en pleno tránsito, pensando que hacer con ella. Vermut plantea una película sencilla y muy trabajada, donde nada deja al azar, desde el implacable diseño de producción de Laia Ateca, que estuvo en la citada Quién te cantará y en La abuela, con guion de Vermut y dirigida por Paco Plaza, el conciso y cortante montaje que se va a las dos horas de metraje, medida habitual del director madrileño, que firma Emma Tusell, que vuelve a trabajar con el director después de la experiencia de Magical Girl, y esa luz claroscura de tonos suaves que impregna la trama de Alana Mejía González, que tiene en su haber el último trabajo de Carla Simón, y el interesante cortometraje Forastera (2020), de Lucia Aleñar Iglesias.
Y qué decir de su asombrosa y peculiar pareja protagonista formada por un Nacho Sánchez, que después que flipáramos con su Ismael en Diecisiete (2019), de Daniel Sánchez Arévalo, en un rol contenido y de hermano mayor, y de su estrambótico Carlo en Doctor Portuondo, la serie de Carlo Padial para Filmin, nos encontramos con otro registro muy diferente en el que da vida a Julián, un tipo solitario y melancólico, como los monstruos que diseña, alguien encerrado que con la aparición de Diana, deberá enfrentarse a todo aquello que esconde. Y la otra parte de esa inusual y bien escogida pareja es Zoe Stein, que nos había encantado en L’oreig (2014), de Blanca Camell, y en la mencionada Forastera, sendos cortometrajes en los que interpretaba a adolescentes, una en el final de un tiempo, y otra, en ayudar a la demencia de su abuelo. En Mantícora es Diana, un joven que, como Julián, se encuentra perdida, sola y sin más vida que una realidad difícil y sin rumbo. Una pareja que nos encanta por su absorbente naturalidad, cercanía y ese lado complejo que también muestran y ocultan según el momento.
La película de Vermut es un inquietante y perturbador cuento de terror, que se asemeja mucho a aquellos films de los sesenta y setenta como los que hacían Losey, Melville, Polanski, Saura, Fernán Gómez y Erice, entre otros, donde prima más el aspecto psicológico de los personajes, siempre en espacios domésticos, donde la carga del pasado es sumamente importante, y donde la cotidianidad los ahoga y se sientes desencajados y desplazados del resto y una sociedad demasiado hedonista y material. Las historias del cineasta madrileño se mueven a partir de conflictos invisibles, donde aparentemente, sus individuos parecen ajenos a lo que sucede, donde sus tramas están estructuradas a partir de un crescendo magnífico, en el que a los espectadores nos va envolviendo de forma sutil y elegante, casi sin darnos cuenta, en unas construcciones que recuerdan al imaginario hitchcockiano, recuerdan aquellas de Encadenados, Recuerda y La sombra de la duda, donde se juega a todo aquello que se muestra y a todo aquello que se oculta, en un juego macabro en que el respetado público deberá decidir sobre la moral de las acciones de los personajes, si es que se ve capaz, porque nunca es sencillo y mucho menos claro.
Vermut nos habla de temas incómodos, invisibles y muy tenebrosos, peor lo hace de forma inteligente, pausada y sin estridencias ni atajos sensibleros ni ninguna otra artimaña de trilero. Todo lo hace desde la emocionalidad, desde la sensibilidad de acercarse a unos personajes oscuros, a unas personas que no se muestran mucho, de escarbar en su cotidianidad, en sus pequeñas acciones, en sus relaciones sencillas, en todo aquello que está en sus vidas pero hay que acercarse detenidamente para poder verlo, construyendo todo el artificio cinematográfico de la forma más natural e íntima para que todo lo que nos ocultan se revele frente a nosotros, sin obstáculos, sin mediadores, mostrándose en toda su fealdad, mirándonos fijamente, sin poder desviar la mirada, sumergiéndonos en todo eso que intentamos no ver ni aceptar, pero que está, y el cine de Vermut lo mira, lo describe, y sobre todo, reflexiona sobre ello, y lo hace de forma inteligente y brillante. No se pierdan Mantícora, porque indaga en lo más oscuro de la condición humana y aunque no queramos asumirlo, también pertenece a lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Con el tiempo y la madurez, descubrirás que tiene dos manos: una para ayudarte a ti misma y otra para ayudar a los demás”.
Audrey Hepburn
No hace ni un mes que se estrenaba la magnífica Un año, una noche, de Isaki Lacuesta, donde daba buena cuenta de la diferente gestión de estrés postraumático de una pareja de supervivientes de los atentados terroristas de la sala Bataclan de París del fatídico 13 de noviembre de 2015. En Memorias de País, cuarto trabajo de Alice Winocour (París, Francia, 1976), escrito por la propia directora y la colaboración del coguionista Jean-Stépahne Bron y Marcia Romano, que ha colaborado con Ozon y ha escrito la reciente El acontecimiento, de Audrey Diwan, en la toma un punto de partida parecido, en este caso fue un ataque a uno de los restaurantes y se centra en una de sus supervivientes, Mia, una mujer que, como sucedía con el protagonista masculino de Un año, una noche, tiene flashbacks de aquel día, y su memoria recuerda confundiéndolo todo, sin poder tener un recuerdo global de lo sucedido durante el ataque.
No es la primera vez que la cineasta parisina se centra en los problemas mentales de sus protagonistas, ya lo hizo en Augustine (2012), sobre el trabajo de un psiquiatra y su paciente diagnosticada de histeria en la Francia de finales del XIX, y también, en Disorder (2015), centrándose en los problemas traumáticos de un soldado. Otro dato importante en el cine de Winocour son sus protagonistas, porque ya en Próxima (2019), la soledad que sufría una astronauta que se separaba de su hija por una misión, que la emparenta de frente con Mia, otra mujer que deberá enfrentarse a su trauma en soledad, porque su marido nunca llegará a entender lo que sufre porque no la ha vivido, y además, actúa como si nada hubiera pasado y todo pudiese volver como antes, una situación parecida a la que vivía Geni con su marido en la estupenda Todos queremos lo mejor para ella, (2013), de Mar Coll. La trama se centra en Mia y su proceso de reconstrucción, acudiendo al restaurante donde se celebran encuentros de víctimas, donde vemos las distintas reacciones de cada persona que sobrevivió recordando o intentando recordar el atentado. Allí, conocerá a Thomas, alguien que recuerda y sufre heridas físicas, y entre ambos reconstruirán su memoria.
La película se centra en dos miradas, la de Mia y la de la ciudad de París, donde ambos se volverán a reencontrar y sobre todo, a reconstruirse después de la tragedia, a volverse a mirar y volver a caminar por sus calles y lo demás sin miedo. Una película de gran factura técnica con la inquietante e íntima atmósfera de la cinematografía elaboradísima de Stéphane Fontaine, que tiene en su haber a nombres tan importantes como los de Jacques Audiard y Mia Hansen-Love, el excelente montaje de Julien Lacheray, que es el habitual de Céline Sciamma y Rebecca Zlotowski, y ha editado todas las películas de Winocour, que detalla cada gesto, cada mirada, en una película de búsqueda de uno mismo y de los demás, como el inmigrante senegalés que cogió de la mano a Mia y ella quiere encontrar. Y la inquietante y atmosférica música de Anna Van Jausswolff, de la que ya habíamos escuchado en Personal Shopper, de Assayas, y en el documental El chico más bello del mundo, sobre la figura de Björn Andréssen, el chico que protagonizó con 15 años la inolvidable Muerte en Venecia, de Visconti.
El magnífico reparto que encaja a la perfección con toda la complejidad y los diferentes matices en los que profundiza la película, como ya había mostrado en sus anteriores trabajos formando parejas muy diferentes entre sí, pero muy complementarias, como dos reflejos del mismo espejo, con los Vincent Lindon y Chiara Mastroianni, los Matthias Schoenaerts y Diane Kruger, y Eva Green y Matt Dillon, ahora les toca a Virginie Efira y Benoît Magimel, maravillosos y naturales, que hacen los heridos emocionalmente Mia y Thomas, en los que se ayudarán, se reconstruirán y volverán una y otra vez a aquel día, aquel momento. Les acompañan Grégoire Colin, el marido de ella que está empeñado en volver a la rutina sin más, Maya Sansa es Sara, una superviviente que organiza y escucha en los reencuentros de los afectados, Amadou Mow es Assane, el senegalés que ayudó a Mia y ésta quiere encontrar, y finalmente, Nastya Golubeva, que hemos visto en Holy Motors y Anette, ambas de Leos Carax, siendo una chica que perdió a sus padres en el atentado y ahora necesita reconstruirse haciendo las cosas que ellos hacían.
Winocour ha construido una película muy especial, una película también muy difícil, que necesita la complicidad de un espectador que bajará a los infiernos junto a los personajes, a través de los recuerdos reales de su hermano que fue uno de los supervivientes de Bataclan, en el que estamos en una especie de limbo, tanto de Mia como la ciudad de París, en el que todos deben recordar y ayudarse a recordar, para volver a mirarse y mirar, a reencontrarse y reencontrar su alma rota y en pedazos, tanto de ellos como de la ciudad, en una historia sobre fantasmas, sobre los ausentes y los presentes, sobre volver al terror, al miedo y la sangre, para sanar, para estar y sobre todo, para recordar sin sentir miedo y terror, la memoria como acto de reconciliación con uno mismo y con todo lo que le rodea, y no solo recordar, sino también, y esto es lo más importante, compartir con los otros, con los demás, mirarse y reconocerse, sin prisas, con pausa, volver a cogerse de las manos, volver a ser humanos, y volver a sentir, a volver a abrazar y volver a amar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Es una verdadera lástima que los cortometrajes se destinen, principalmente, al circuito de festivales, amén de algunas plataformas, porque tener la posibilidad de poder verlos allana el camino en el momento de poder analizarlos y sobre todo, reflexionar en relación a sus posteriores trabajaos. Por eso resulta realmente revelador haber visto todos los trabajos de una cineasta como Elena López Riera (Orihuela, Alicante, 1982), desde que tuvo el privilegio de ver Pas à Genève (2014), en el D’A Film Festival en Barcelona, largometraje codirigido por el colectivo lacasinegra, formado por la propia Elena, junto a Gabriel Azorín, Carlos Pardo y María Antón Cabot. Ya en solitario, una especie de trilogía no declarada sobre su pueblo y los mitos y tradiciones que allí perduran, como Pueblo (2014), Las vísceras (2016), y Los que desean (2018), tres trabajos donde encontramos los gérmenes de El agua, su debut en solitario en el largometraje.
La opera prima de López Riera se sitúa en su espacio, Orihuela, al sur de Alicante, fronterizo con Murcia, en la comarca de la Vega Baja del Segura, en uno de los pasos del río Segura, fuente esencial para su agricultura, y también, fuente que, en ocasiones, ha arrasado inundando la zona. La película construye ese lugar límbico, entre dos mundos, entre dos lugares, entre el no lugar, con elementos que ya estaban en sus cortometrajes. El fuerte arraigo de mitos y leyendas que se va heredando a través de la tradición oral de las mujeres, que ya estaba en Las vísceras, las relaciones materno-paterno-filiales y así como la tradición del palomo deportivo tan arraigado de Los que desean, la vuelta a los orígenes en una especie de empezar de nuevo, la noche como aliada para la extrañeza y la soledad, y la fuerte tradición católica que vimos en Pueblo, y esa constante de la falta de oportunidades laborales que obliga a los más jóvenes en huir de su lugar, y ese continuo deambular de la juventud de no saber qué hacer ni adonde ir, tan presente en sus trabajos.
Todos esos elementos están presentes en El agua, y siguen siendo motivo de exploración y reflexión por parte de la oriolana, desde la fábula cotidiana que se mimetiza con el paisaje, a través de la fisicidad de la tierra con esa otra parte más espiritual, donde el más allá forma parte de la vida diaria de sus habitantes, son dos componentes vitales en la película, donde conocemos a Ana, un hilo conductor que nos va mostrando esa realidad-irrealidad tan mezclada y confusa por donde se mueve y se alimenta la película. Una adolescente que, como muchas antiheroínas, ha entrado en esa etapa de transición de la adolescencia, donde va a descubrir el primer amor, un amor que la hace vibrar y también, le da miedo, por ese continuo vaivén por el que transita la trama, entre lo terrenal y lo emocional, entre la realidad y la fantasía, entre la infancia y la edad adulta, entre continuar en el pueblo y huir lejos, entre lo que uno siente y lo que no es empujado a hacer, entre las madres y padres y los amigos de siempre, entre la tierra y el río, entre esa inmovilidad en continuo movimiento, pero sin rumbo ni ilusión, entre la alegría y el miedo, entre la dura realidad del día y la familia, y la compañía de la noche, símbolo de amistad y libertad.
López Riera se acompaña para la aventura de su primer largometraje en solitario, de muchos de sus cómplices de viaje en los cortometrajes, como Milagros Mumenthaler y David Epiney en la producción, que ya estaban en Los que desean, y tienen en su haber autores tan importantes como Milagros Mumenthaler, Jean-Gabriel Péirot, Lluís Galter, Luis López Carrasco, ahí es nada. Philippe Azoury, en el guión, que ya fue cámara en Las vísceras, Giuseppe Truppi en la cinematografía y Raphaël Lefèvre en el montaje, que ya estuvieron tanto en Pueblo como en Los que desean, Mathieu Farnarier en sonido que trabajó en Los que desean, y los nuevos compañeros de itinerario como en sonido con Carlos Ibáñez y Denis Séchaud, que han trabajado con nombres tan ilustres como los de Miguel Gomes e Isaki Lacuesta, entre otros, la música de Nadine Knoepfel, que afianza esos dos universos y estados de ánimo tan fusionados de la historia, el arte de un grande como Miguel Ángel Rebollo, con una filmografía excelente junto a Javier Rebollo, Jonás Trueba y Rodrigo Sorogoyen, entre otros, y finalmente, la asistencia en dirección de Adrián Orr, uno de los cineastas más interesantes del actual panorama.
Como no podía ser de otra manera, la directora alicantina vuelve a contar con actores no profesionales para su película, un elemento capital en todos sus cortometrajes, donde se consigue esa idea de verdad, naturalidad e intimidad, como las amigas adolescentes de la protagonista como Irene Pellicer, Nayara García, Lidia Mária Canóvas, y Pascual Valero, y la fabulosa pareja protagonista, tan del lugar y tan de cualquier lugar, formada por los debutantes Alberto Olmo como José, el chico que ha vuelto o quizás, no se ha ido, o simplemente se ha ocultado de todos y todo, que se debate entre seguir con la tierra y no saber qué hacer, que se enamora de Ana, a la que da vida la impresionante Luna Pamies, con esa mezcla de inocencia, fragilidad y fuerza, que se debate entre su triste realidad, siendo la tercera de su familia, donde tanto su abuela como su madre alimentan esa leyenda de las mujeres y el río, junto a unas sólidas y cercanísimas Nieve de Medina como la abuela, medio bruja, llena de sabiduría y humana, y una Bárbara Lennie, despojada de todo armazón, siendo una madre liberal, juvenil y demasiado independiente.
El agua es una película muy atávica y muy actual, porque nos habla de pasado y presente, de lo que fuimos y todos lo que arrastramos, de vidas en suspenso, y mujeres perdidas y valientes. Tiene ese aroma de cuento que nos contaban nuestras abuelas y madres mientras se hacía la comida, en la que consigue una fusión perfecta entre el documento, con esas voces orales de las mujeres de la región explicando sus relaciones con las leyendas y mitos que rodean el lugar, y esa crónica de una juventud encarcelada, desesperada y sometida a la falta de todo, donde lo rural trasciende y se vuelve otra cosa, mucho más universal y penetrante, donde nos sumergimos en otro lugar, otro estado de ánimo, y la ficción, donde entra la fantasía y el terror, vivos y muertos, presentes y ausentes, habitantes y fantasmas, en un cuento sobre mujeres que sueñan, que alimentan el mito y la leyenda sobre el río que se desborda y destruye todos sus sueños e ilusiones, sobre tradiciones que viven y perviven entre las mujeres y se pasan entre generaciones, para que cuando el río se quiera llevar a alguna de ellas, estén alerta, y hagan lo imposible para que el río no se desborde y el agua inunde a todas y se les meta dentro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Justin Lerner, director de la película «Cadejo blanco», en el Hotel Casa Fuster, el miércoles 14 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Justin Lerner, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“hay una manera de salir del bosque oscuro, pero la mala noticia es que el camino atraviesa el infierno. Y”
Mihaly Csikszentmihalyi
Según la Real Academia de la Lengua Española, el término “cadejo”, recoge la siguiente definición: En la mitología popular de países como Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, se trata de un animal fantástica al que se le atribuye aparecerse a algunas personas para asustarlas o llevárselas. A partir de esta premisa, el cineasta Justin Lerner (State College, Pensilvania, EE.UU., 1980), en un viaje para abrir una escuela de cine en la Ciudad de Guatemala, conoció las “cliclas”, bandas desorganizadas e ilegales llenas de jóvenes delincuentes que se dedican al narcotráfico, al robo y al asesinato. Con todos estos elementos imagina la historia de Sarita, una joven guatemalteca que, una noche después de desaparecer su hermana Bea, sigue al ex novio de esta, Andrés, que la llevará a la ciudad portuaria de Puerto Barrios, en el noreste del país, en la que se infiltrará en la banda a la que pertenece el joven para conocer el paradero de su hermana desaparecida.
Con un guion escrito por el propio Lerner, seguimos el descenso a los infiernos que protagoniza Sarita, una joven sin nada, que nada tiene que perder, y sobre todo, le obsesiona la desaparición de su hermana, un objetivo que no la detendrá a pesar de meterse en lo más profundo de la violencia extrema de Guatemala. Con un gran trabajo de cinematografía que firma el austriaco Roman Kasseroller, del que conocíamos sus trabajos en Juana a los 12, de Martin Shanly, y Cocote, de Nelson Cairo de los Santos Arias, el relato se centra en la mirada y la posición de la protagonista, sumergiéndonos en ese infierno en el que Sarita hará todo y mucho más para ser una más y ganarse la confianza de los delincuentes y así saber que fue de su hermana. Un gran trabajo de montaje del propio director y César Díaz (del que hemos visto su película como director Nuestras madres, sobre los desaparecidos de la dictadura de Guatemala), en el que prima la pausa y el realismo crudo y sucio para una película de ritmo intenso y oscuro que se va a las dos horas.
Díaz también actúa como productor, junto a otros grandes nombres del cine independiente como Mauricio Escobar, en los trabajos de Jayro Bustamante, y el productor estadounidense Ryan Friedkin, responsable de películas como Monos, de Alejandro Landes, y la última de Ruben Ostlund, y Gino Falsetto, detrás de nombres tan potentes como Clint Eastwood y Martin Scorsese. El espectacular trabajo de sonido de un grande como Frank Gaeta, que está al frente de películas de Alexander Payne, Walter Salles y otros productos blockbuster. Un grandísimo reparto encabezado por Karen Martínez dando vida a Sarita, inolvidable protagonista de La jaula de oro, de Diego Quemada-Díez, que ejecuta a la perfección un personaje aislado, que se mete en la boca del lobo en soledad, con valentía y mucho de inconsciencia,. Una joven temeraria y tenaz en su propósito sin calibrar las consecuencias de tan tamaña y peligrosa empresa. Una mujer que radia fragilidad, belleza, fuerza y un coraje inquebrantable.
Un reparto que se completa con Rudy Rodríguez como Andrés, un antiguo miembro de una “clica”, que bajo las órdenes de Tatiana Palomo, una prestigiosa coach de actores no profesionales que, aprendió en la escuela de Carlos Reygadas, actúa de forma natural ante la cámara, al igual que los otros amateur de la película que forman la “banda”. También encontramos a otro de La jaula de oro, el actor Brandon López como Damian, otro de los “gallitos” de la cinta, y al actor guatemalteco Juan Pablo Olyslager, que hemos visto como protagonista en Temblores, y en el reparto de La llorona, ambas de Jayro Bustamante, en un rol de gánster y malcarado. Cadejo blanco tiene el aroma de películas como Accattone (1961), de Pasolini, con esos jóvenes de la periferia, sin futuro y echados al crimen como una salida para sobrevivir, o títulos como Hardcore (1979), de Paul Schrader, en la que un padre buscaba a su hija desaparecida en los tugurios del sexo más depravado, y en Matar a Jesús (2017), de Laura Mora, donde una joven se introducía en los bajos fondos de la violencia en Colombia para vengar el asesinato de su padre. Bajo una apariencia de thriller de investigación, el relato nos guía por un país muy desigual e injusto, muy bien reflejado en la relación de Sarita y el joven de clase alta con el que se relaciona sexualmente.
Un país en el que una buena parte de su población está destinada a vivir de forma pobre y miserable o eligiendo salidas como las “clicas” dirigidas por sinvergüenzas como “el patrón”, un tipo aparentemente buen ciudadano, padre de familia y simpático, que capitanea esa legión de jóvenes delincuentes que hacen el trabajo sucio para su enriquecimiento. Un gran acierto es no hacer una película condescendiente ni edulcorada, donde las cosas sean blancas o negras, sino llenas de matices e innumerables grises, en que la línea que separa lo honesto y la violencia es finísima, donde uno o una debe cuidarse a sí mismo y hacer lo que tiene que hacer, a pesar de cruzar todas las líneas posibles e imposibles. Sarita no quiere vengarse, solo quiere saber qué ha sido de su hermana, y para ello, no se detendrá ante nada ni nadie, siendo consciente o no del peligro que corre su vida, pero cuando has perdido lo que más querías, porque no arriesgarse en conocer la verdad, aunque está te haga cruzar el lado más oscuro de la condición humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Era la vida lo que los separaba, la sangre que bombeaba aún con demasiada fuerza”
“Nadie está a salvo” (2011), de Margaret Mazzantini
En la edición número veinte de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, me llamó muchísimo la atención una película alemana de título Das merkwürdige Kätzchen, que se llamó El extraño gatito, de Ramón Zürcher (Aarberg, Suiza, 1982), una extraña comedia absurda, surrealista y cotidiana sobre una excéntrica familia en Berlín. Nueve años después vuelvo a encontrarme con una película de Zürcher, que ahora escribe y dirige junto a su hermano gemelo Silvan, y nos vuelve a deleitar con otra película con una estructura muy parecida a la anterior. La acción es sencilla y muy minimalista, nos encontramos en un par de días y su noche, en la que Lisa, una joven deja su piso compartido con Mara y Markus, para irse a vivir sola. La acción es muy activa y tremendamente física, porque asistimos a los quehaceres cotidianos de una mudanza en la nueva vivienda, donde unos van y vienen, el ruido de los golpes, los muebles y demás enseres arrastrándose y el trasiego de los habitantes que allí se encuentran, con la inclusión de los vecinos alertados que entran a ver qué ocurre.
Una coreografía serigrafiada en el que abundan los géneros mezclados, porque encontramos tragicomedia, amistades que se rompen, amores que parecen empezar, tensiones y encuentros sexuales, y ese marco de cuento de hadas urbano e íntimo, donde se mezcla el movimiento físico, las penetrantes miradas que se dedican unos a otros, y una cámara generalmente muy estática que recoge todo ese mundo y submundo que está sucediendo en directo para nosotros. Durante la noche, se celebra una fiesta en el piso que deja Lisa, en el que muchas cosas abiertas durante la mañana se resolverán y otras se abrirán entre los diferentes personajes, y la incorporación a la trama de unas vecinas. Vemos la película desde la posición emocional de Mara, extraña y esquiva, que está pero no ayuda ni mucho menos participa en el trabajo observa detenidamente, habla poco, mira muchísimo más. La película no necesita del diálogo para exponer los conflictos que están, lo desenvuelve casi todo mediante las miradas y el sonido, añadiendo música de piano de Philipp Moll, el vals bielorruso “Gramophone”, de Eugene Doga, que actúa como visagra de los diferentes actos de la acción, y el tema ochentero “Voyage, Voyage”, de Desireless, que rastrea con suma delicadeza el estado emocional de Mara.
El arrollador y extremo dispositivo ayuda a generar ese espacio doméstico convertido en un enredado laberinto emocional, generando las múltiples tensiones y conflictos emocionales, así como las pulsiones sentimentales y sexuales entre los personajes, entre la herida de la separación entre Lisa y Mara, el deseo sexual entre Astrid, la madre de Lisa y Jurek, el jefe de mudanzas, la atracción entre Jan, el ayudante de mudanzas y Mara, la tensión sexual entre Markus y Kerstin, la vecina de abajo, y las neuras gatunas, otra vez un gato en el relato, de Ms. Arnold, la anciana rarísima del piso de arriba. Todo funciona con brillantez y armonía desde la grandísima cinematografía de Alexander Haiskerl, que repite con los Zürcher, el tremendo trabajo de montaje que estructura ritmo y agilidad a una película de noventa y ocho minutos de metraje que firman Katharina Bhend y Ramón Zürcher, el trabajadísimo sonido que apabulla y genera un nerviosismo atroz en el espacio que firman Balthasar Jucker y Luces Oliver Geissler. Una película casi en su totalidad de interiores, de espacios reducidos y tensos, en el que hay algún que otro momento exterior en el que los personajes miran hacia la vida en la calle, o ese otro fantástico con las miradas entre los del piso y la camarera a través del gran ventanal de la cafetería. Un grandísimo reparto que compone con naturalidad, sutileza y calidez unos personajes complejos y muy callados, en el que encontramos a Henriette Confurius como Mara, Liliane Amuat es Lisa, Ursina Lardi como Astrid, Flurin Giger es Jan, Dagna Litzenberger Vinet es Kerstin, Lea Draeger es Nora, entre otros.
Estamos ante una narración directa, que está ocurriendo en ese momento y muy acotada en el tiempo, a penas veinticuatro horas en la vida de estas personas, eso sí, pocas horas que marcará el final de una etapa importante en Lisa y Mara y el comienzo de otra, otra en la que ya no estarán juntas, otra que empezará con la añoranza del pasado y la vulnerabilidad ante un tiempo incierto y misterioso, como marcan las ensoñaciones con la antigua morada de la habitación de Lisa, que se supone que es una camarera de barco, o los flashbacks que remiten a un tiempo extinguido, un tiempo pasado que no volverá. Los directores se acogen a la influencia de películas como Estaba en casa, pero… (2019), de Angela Schanelec, a la que podríamos añadir Del inconveniente de haber nacido (2020), de Sandra Wollner, y las relaciones que construía con sutileza y tensión el genio de Rohmer, donde todo parecía ligero pero encerraba una fuertísima tensión entre los personajes, y los silencios incomodísimos de Bresson y Antonioni, en los que los individuos decían mucho más que con las palabras. Aplaudimos y celebramos que la distribuidora Vitrine Films apueste por películas como La chica y la araña, porque no solo aportan una visión del cine muy personal, sino que captura la vida, sus conflictos, sus heridas, su fugacidad y su feroz vulnerabilidad e incertidumbre de forma sencilla, muy plástica y excelente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No heredamos la Tierra de nuestros antepasados. La legamos a nuestros hijos”
Antoine de Saint-Exupery
El trabajo es el tema principal en las tres películas que ha filmado como director Sébastien Pilote (Chicoutimi, Saguenay, Canadá, 1973). En Le vendeur (2011), el cierre de una planta afecta a los trabajadores de un humilde pueblo. En Le démantèlement (2013), un granjero de sesenta años debe vender sus propiedades para ayudar a una hija, y finalmente, en La disparition des lucioles (2018), el entorno industrial asfixia a una adolescente que no encuentra la forma de encontrar su lugar. Podríamos decir que Maria Chapdelaine es su película más ambiciosa por varios factores. Se basa en una novela de éxito publicada en 1914 por Louis Hémon, que nos traslada a la década del diez del siglo pasado, al seno de la familia Chapdelaine, que viven a orillas del río Péribonka, al norte del lago Saint-Jean en Canadá. Una familia alejada de todos y todo, que trabaja la difícil tierra, en la que hay que talar los árboles en verano y cosechar para tener alimento para el durísimo invierno.
Los Chapdelaine tienen una vida muy dura, donde siempre hay algo que hacer, una vida que obliga a los hombres a pasar el invierno en las madererías para labrarse un futuro. El director canadiense construye su cuarta película a través de dos pilares fundamentales. En uno, la cinta funciona como una suerte de film antropológico, en el que asistimos a una forma de vida ya desaparecida, con el trabajo físico de la tierra, la madera y el ganado, el hogar familiar y las relaciones entre sus individuos, y por último, las visitas de amigos al hogar de los Chapdelaine. En el otro, que alberga la última hora de la película, la trama se instala más profundamente en la mirada de la joven protagonista, la Maria del título, con sus diecisiete años, que está dejando de ser una niña para convertirse en una mujer, una etapa en la vida que conlleva elegir esposa para formar su propia familia. Así aparecen los pretendientes, muy diferentes entre sí, con François Paradis, el amor desde la infancia, pero con una vida de trampero, aventurero y guía, luego está Lorenzo Suprenant, el de la ciudad, que le ofrece una vida urbana muy alejada de su familia y su tierra, y por último, Eutrope Cagnon, el vecino, que le da una vida en el bosque, como ahora, trabajando duro la tierra y un porvenir futuro.
Uno de los grandes aciertos de una película inmovilista, en la que siempre estamos en el mismo espacio, es esa idea de dentro y fuera, lo emocional con lo físico, con la interesante reflexión que hace no solo de su entorno, sino también, de los ciclos de la naturaleza y por ende de la vida, y la maravillosa construcción de las miradas y los silencios de la acción, donde se sustenta todo su entramado emocional, en el que sobresalen esos momentos impagables de los encuentros con las visitas, donde se cuentan relatos de tiempos pasados, donde asistimos a la evolución de la vida y las formas de hacer, y esos otros de puro romanticismo, como el paseo de Maria y François buscando arándanos en el día de Santa Ana como manda la tradición, y qué decir de esos otros, donde madre e hija miran desde el porche a lo lejos a los hombres trabajar la madera, un silencio solo roto por los sonidos de desbroce. La película está filmada con detalle, belleza y sensibilidad, como esa apertura en el interior de la iglesia con esa mirada, y luego, el camino de vuelta a casa con la nieve cubriéndolo todo.
La exquisita y poderosa cinematografía de Michel la Veaux, en su cuarta colaboración con Pilote, teje con acierto y visualidad un espacio que podría caer en la postal, pero la película se aleja de esa idea, para conmovernos con sus poderosísimas imágenes tanto exteriores con la fuerza y la quietud de la naturaleza, y unos maravillosos interiores con los colores cálidos y terrosos, donde los quicios de las puertas y las ventanas actúan como lugares para mirar hacia afuera, creando esa idea de interior-exterior que nos remite, completamente, al western y a los relatos fordianos, y más concretamente aquella maravilla de ¡Qué verde era mi valle! (1941). La grandiosa labor de montaje de Richard Comeau, del que hemos visto Polytechnique (2009), de Denis Villeneuve y sus trabajos para Louise Archambault, entre otros, en un estupendo trabajo de concisión y ritmo para una película larga que supera las dos horas y media. La música de Philippe Brault, tercera película con el director canadiense, consiguiendo una elaboradísima composición que nos introduce con naturalidad a los avatares alegres y sobre todo, tristes de la película, sin caer en el preciosismo ni nada que se le parezca.
Un reparto bien conjuntado que emana vida, trabajo e intimidad, con la debutante Sara Montpetit en la piel de la anti heroína de este conmovedor y durísimo retrato. Le acompañan sus “padres” Sébastien Ricard y Hélène Florent, que muchos recordarán como una de las protagonistas de Café fe Flore (2011), de Jean.Marc Vallée, los “pretendientes” Émile Scheneider como François, Robert Naylor como Lorenzo y Antoine Olivier Pilon como Eutrope, que vimos como protagonista en Mommy (2014), de Xavier Dolan, algunos de los “visitantes” como Martin Dubreuil, un trabajador incansable y muy divertido, Danny Gilmore como el cura, Gabriel Arcand como el doctor y Gilbert Sicotte como Éphrem, amén de los otros hermanos de Maria. Pilote ha construido una película excelente, que se cuece a fuego lento, sin prisas y con mucha pausa, elaborando con mimo y sabiduría cada encuadre y cada plano, cada encuentro y cada desencuentro, generando esa agradable sensación en la que el espectador va conociendo los sucesos agridulces de la vida al mismo tiempo que los espectadores, en un retrato sobre la tierra con el mejor aroma de los que hacía Renoir, como por ejemplo El hombre del sur (1945), y otros como El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi, donde familia, tierra y una forma de vivir adquirían toda la fuerza y también, toda la dureza de esas vidas ya desaparecidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Libra mi alma de la espada; mi amor del poder del perro”
Salmo 22:20 de La Biblia.
La película Bright Star (2009), sobre el poeta John Keats y su amor con Fanny Bawne en la Inglaterra del XIX, era hasta la fecha la última película de Jane Campion (Wellington, Nueva Zelanda, 1954). Una cineasta que ya había demostrado con crecer su grandísimo talento para esto de contar historias con imágenes y sonido, como lo demuestran Sweetie (1989), y Un ángel en mi mesa (1990), antes de cosechar un excelente éxito internacional con El piano (1993), que la aupó a los laureles del cine de autor a escala mundial. Le siguieron otras películas como Retrato de una dama (1996), basada en la novela de Henry James, Holy Smoke (1999), En carne viva (2003), y la citada Bright Star, amén de algunas series y películas colectivas. Con El poder del perro, Campion vuelve a asombrarnos con un sensible y profundo western, basado en la novela de un especialista del género como el estadounidense Thomas Savage (1915-2003), ambientado en la Montana de 1925, en la que dos hermanos antagónicos y dueñas de una prospera ganadería.
Dos hermanos. Por un lado, tenemos a Phil Burbank, rudo, malcarado y hostil, el hombre de la tierra, del sudor, del barro, de cabalgar y ensuciarse, y uno más de la cuadrilla, que representa los valores más ancestrales y viejunos de lo masculino. En el otro lado, nos encontramos con George, amable, de buenas maneras, elegante en el vestir y la cabeza pensante, además del hombre que conduce, con esa idea de hombre moderno, con un trato diferente con la sensibilidad y la dulzura. Los dos hermanos viven en una armonía extraña, una relación que se distancia con la aparición de Rose Gordon, una atractiva viuda muy sola, que empieza una relación sentimental con George. Un pack que también viene con Peter, el hijo de Rose, un joven sensible y muy inteligente que estudia medicina. El grueso de la trama se desarrolla un verano en la hacienda de los Burbank. La película muestra dos conflictos bien diferenciados: en uno, tenemos el cisma que provoca la llegada de Rose en los dominios de Phil, que lo rechazará haciendo la vida imposible a la forastera que él considera. Por el otro, la película muestra un modo de vida, casi de forma antropológica, en un trabajo de hombres, con los caballos, el ganado, el trabajo físico, una masculinidad que nace y muere en la tierra y en esa época de cowboys.
La película no solo se queda la apariencia sin más, sino que profundiza en la intimidad y la soledad de cada uno de los personajes principales, y ahí radica uno de esos grandes aciertos, porque no lo hace de forma explícita, sino que nos lo relata desde lo íntimo, mostrando esa vida pública en el que ofrece un rostro esperado, común en su naturaleza, el que se espera, y luego, en la retaguardia, cuando nadie los ve, descubrimos de qué pasta están hechos, y difiere completamente del que hemos visto. La directora neozelandesa construye el alma de sus personajes desde la sutileza, desde lo más profundo e íntimo de su ser, en esos espacios ocultos e invisibles al resto, donde ellos y ellas se sienten de verdad consigo mismos, alejados de ojos inquisidores, y salen a relucir sus anhelos, sus secretos más ocultos, lo que en realidad son y las formas en que sienten, que chocan con esa idea conservadora y grupal en la que se edifica la sociedad y los prejuicios de entonces.
El poder del perro es un western atípico en muchos sentidos, si que tiene la épica del género, pero no esa de las batallas y el heroísmo, sino aquella otra del paisaje, la memoria de los ancestros y la tierra como bien común, que es salvaje y bella, la misma que atesoraba Horizontes de grandeza (1958), de William Wyler, con la que guarda muchos puntos en común, así como con Días del cielo (1978), de Terrence Malick, donde la historia pasa de largo, y las situaciones se centran en la cotidianidad del anónimo, aquel que trabaja la tierra para hacerse una vida, que no es poco. Campion cuida cada detalla y encuadre de la película, como hace en su filmografía, en la que la parte técnica es una asombrosa majestuosidad que nos deja hipnotizados, como la cinematografía que firma Ari Wegner, del que habíamos visto sus trabajos en Lady Macbeth (2016), de William Oldroyd, y en In Fabric (2018), de Peter Strickland, con esos espectaculares encuadres, donde abundan los planos desde el interior al exterior, entre los quicios de la puerta y las ventanas, que recuerdan a los westerns de John Ford, el exquisito y rítmico montaje de Peter Sciberras, habitual del cine de David Michôd, que hace un grandísimo trabajo de concisión en sus ciento veintiocho minutos de metraje.
Qué decir del brutal trabajo de música de Jonny Greenwood, del que cada vez que lo escuchamos nos transporta a esos mundos de forma magistral y bellísima, destilando poesía y sencillez, que recuerda a su trabajo en la película Pozos de ambición, uno de sus tantas colaboraciones para Paul Thomas Anderson, y los otros departamentos que también destacan por su sobriedad y detalle como el arte de Grant Major, y la caracterización de Noriko Watanabe, dos viejos conocidos de la directora. Pero la película no sería lo que es sin el inmenso trabajo de interpretación del cuarteto protagonista, que no solo brillan por su sencillez y cercanía, sino que hacen todo un alarde de la no interpretación, aquella que se sustenta en las miradas y gestos, esa que no necesita el diálogo, como hacían en los orígenes, cuando el sonido no existía, toda una marca de la casa en el cine de la neozelandesa que, en El poder del perro, significa la película, con el inconmensurable Benedict Cumberbatch, quizás el mejor actor de su edad, porque es capaz de hacer lo difícil tan sencillo, como esos momentos en soledad bañándose en el lago, donde conocemos la verdad del personaje. Un trabajo que debería enmarcarse, para mostrarlo a todos aquellos que algún día soñaron con ser actores, por el londinense es todo un virtuoso en el oficio de interpretar.
También brillan la calidez y sensibilidad de Kirsten Dunst, que decir de una mujer que lleva tantos años trabajando en tantas buenas películas. Aquí en la piel de una mujer compleja, una mujer que se siente extraña y acosada por su mal cuñado, una mujer que se refugia en el dolor y la tristeza, alguien estigmatizada, alguien que necesita ayuda y sobre todo, mucho cariño. Jesse Plemons es George, el “hermano”, la cara amable y sensible de la trama, un actor que hace de la intimidad y la sencillez su mejor arma, alguien que habíamos visto en los repartos de películas de Spielberg, Frears, Scorsese, Charlie Kaufman, y finalmente, Kodi Smith-McPhee en la piel de Peter, que fue el niño que acompañaba a Viggo Mortensen en La carretera, y es un asiduo de los blockbusters, aquí en un personaje introvertido pero muy sorprendente, amén de un reparto que destaca por su verosimilitud y naturalidad. El poder del perro de Jane Campion es una de las mejores películas de los últimos años, porque recupera la grandeza del género, con sus paisajes indómitos, sus personajes complejos y atrevidos, por su aguda y rica indagación en los diferentes roles y juegos de poder e identidades como la homosexualidad, y sobre todo, por la reflexión de todas esas personalidades mostradas, ocultadas y encerradas en las que nos encontramos a nosotros mismos y a los demás. Una bellísima y brutal película que no deja a nadie indiferente y celebramos con inmensa alegría la vuelta al largometraje de Campion y deseamos volver a reencontrarnos con su grandísimo cine, ese que no necesita explicarse, solo sentirse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Más traiciones se cometen por debilidad que por un propósito firme de hacer traición”
François de La Rochefoucauld
Muchos conocimos el cine de Hany Abu-Assad (Nazaret, Israel, 1961), con la impresionante Paradise Now (2005), trabajo notabilísimo sobre la jornada de dos suicidas palestinos. Más tarde nos fijamos en Omar (2013), otro grandioso thriller político en que un joven enamorado tenía dificultades con su mejor amigo y la policía israelí. Después de algunas producciones más comerciales que le han llevado a filmar en EE.UU., entre otros lugares, nos llega La traición de Huda, que vuelve a transitar los caminos de las dos mencionadas, pero esta vez, a partir de dos mujeres. Dos mujeres que parecen muy alejadas en sus cotidianidades, pero reflejadas en el mismo espejo macabro, aunque descubriremos que las dos están metidas en el mismo agujero, muy a su pesar. Por un lado, tenemos a Huda, una peluquera que narcotiza a Reem, le hace unos fotos muy comprometidas para chantajearla y que colabore con el servicio secreto israelí. Aunque la cosa no termina ahí, porque la resistencia detiene a Huda y la interroga por sus actos en contra de la causa palestina.
El director palestino ya había profundizado en temas tan complejos como la traición y el heroísmo, entre la lealtad y la infidelidad, como les ocurría a los dos amigos desdichados suicidas, o al propio Omar, enfrentados a todos y todo, metidos, sin quererlo, en encrucijadas que los situaban en lugares solitarios y muy duros. Es inevitable pensar en el Tema del traidor y el héroe, de Borges. Un cuento que reflexiona sobre la finísima línea que separa estos dos conceptos muy oscuros, porque según la circunstancia, uno puede ser uno u otro, y esta sombra asfixiante es la que aborda en su cine Abu-Assad, pero no lo hace desde el prisma simplista y acomodaticio, sino que lo envuelve en una cotidianidad que asusta, a partir de las dos realidades de estas dos mujeres palestinas, cogidas al azar, que podrían ser cualquiera. La película se detiene en las dos realidades de las dos mujeres, dos tiempos que suceden a la vez. En una, Huda, es interrogada por Hassan, uno de los jefes de la resistencia, en un oscuro y sombrío agujero bajo tierra, donde prevalece el diálogo y también, el incesante juego de miradas, gestos, confidencias y sobre todo, un perverso juego del gato y del ratón.
En la superficie el mismo juego perverso, en la realidad que vive Reem, la otra mujer, metida en un inquietante laberinto en el que no encuentra escapatoria y huye como puede de su marido muy celoso que no la cree y la resistencia que quiere capturarla. Los mismos días, día y noche, y la misma oscuridad, en la que las dos mujeres están atrapadas, metidas en una ratonera sin salida, desplazándose a hurtadillas por esa finísima línea entre la tradición y la lealtad, empujadas a una guerra que ellas querían no librar. El magnífico trabajo de cinematografía del tándem Ehab Assal, que ya trabajó con Abu-Assad en Omar e Idol, y el finés Peter Flinckerberg, que tiene experiencia en películas de su país y en EE.UU., siempre de corte independiente, firman un glorioso ejercicio de luz en un trama que tiene dos formas y texturas diferentes, la oscuridad del sótano y la luz asfixiante del exterior, en el que logran el objetivo de tensionar el relato sin dejar respirar de angustia a los espectadores. El estupendo montaje de Ellas Salman, que también estuvo en Omar e Idol, condensa con una gran fuerza y inquietud, como si de una película de género de terror se tratase, los noventa y un minutos de intenso e inquietante metraje.
El director palestino, gran director de intérpretes, se acompaña de cuatro almas que destilan naturalidad, solidez y cercanía como Maisa Abd Elhadi como Reem, que ya se había puesto a las órdenes del director en Idol, y recientemente la vimos en Gaza Mon Amour, de Arab y Tarzan Nasser, dando vida a una mujer atrapada, en continua huida, a la que nadie cree y todos buscan con malas intenciones. Le sigue Ali Suliman como Hassan, que era uno de los inolvidables suicidas de Paradise Now, que vuelve con Abu-Assad dieciséis años después, un actor internacional que le ha llevado a trabajar con Ridley Scott y Peter Berg, amén de una enorme carrera en la cinematografía árabe, se mete en el cuerpo y la mirada de un tipo también oculto y perseguido, alguien que vive en las sombras, que mantendrá un juego tenso con el personaje de Huda, que interpreta Manal Awad, toda una eminencia en el cine palestino, que ya había trabajado con el director y en la citada Gaza Mon Amour, da vida a la mencionada Huda, una mujer también atrapada como Reem, que deberá luchar para resolver su encrucijada y victimismo. Y finalmente, Samer Bisharat como Said, que fue uno de los protagonistas de Omar, aquí hace el marido celosísimo de Reem, alguien metido en su cabeza y que no ve más allá de esos pensamientos negativos que son producto de su terrible inseguridad y malestar personal.
Hany Abu-Assad ha vuelto a construir una impresionante película, que toca temas tan duros como la traición, la lealtad, el chantaje, la extorsión, la mentira, la verdad, la complicidad, la maldad, y la libertad, y las diferentes causas por las que se lucha o se mueven las personas, y todo lo hace desde una cotidianidad e intimidad abrumadoras, introduciéndonos con sencillez y naturalidad en ese microcosmos que plantea la película, donde nada es lo que parece y la calle más tranquila puede albergar tensiones políticas de primer orden, en un gran juego donde toca diferentes géneros como la comedia de situación y costumbrista de la secuencia que abre la película, al drama social de vivir en un lugar ocupado por un invasor que lo controla y hostiga a todos, y el citado thriller político, donde el espionaje no tiene nada de aventurero y glamuroso como venden las producciones palomiteras, sino que aquí todo pende de un hilo, donde cualquiera puede ser un espía o víctima más, depende de que hace y cómo lo hace, donde la máscara está a la orden del día, en que la guerra sucia de los estados, como hablamos la semana pasada con Un escándalo de estado, de Thierry de Peretti, tiene aquí otro capítulo más, igual de siniestro y malvado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA