Benediction, de Terence Davies

LA IMPOSIBILIDAD DE AMARSE.

“No hay necesidad de apresurarse. No hay necesidad de brillar. No es necesario ser nadie más que uno mismo”

Virginia Woolf.

Una tarde cualquiera y entrar en un cine para ver una película de Terence Davies (Ensington, Liverpool, Reino Unido. 1945), es una de las experiencias más maravillosas y especiales que puede tener un amante al cine. Porque el imaginario del cineasta británico es único, muy íntimo y cotidiano. Sus historias están llenas de individuos atrapados, seres que luchan en silencio contra los avatares de una sociedad castradora y simplista, profundamente dogmática, enajenada en sus codicias, estupideces y en despreciar a todo aquello que es diferente y personal. Podíamos, sin ánimo de ofender a nadie, agrupar la filmografía de Davies en dos grandes bloques. En uno, incluiríamos su cine más autobiográfico, aquel que arranca en 1976 con Children, le seguirá Madonna and child (1980) y cerrará con Death and Transfiguration (1983), tres películas cortas que siguen la vida de Robert Tucker en un barrio obrero de Liverpool, idéntico espacio en el que se desarrollarán sus largometrajes Voces distantes (1988), El largo día acaba (1992), y La biblia de Neón (1995), en los que se amontonan los recuerdos y las vivencias de la infancia de niños que viven experiencias parecidas a las del director. Con la entrada del nuevo siglo, comienza una nueva etapa en su cine, repleto de adaptaciones de novelistas tan ilustres como Edith Wharton con La casa de la alegría (2000), le seguirán The Deep Blue Sea (2011), del autor Terence Rattigan, Sunset Song (2015), de Lewis Grassic Gibbon, la biografía de la escritora Emily Dickinson en Historia de una pasión (2016). Todas ellas melodramas intensos, de gran calidad formal y estética, en la que Davies retrata personas encerradas en un universo de convicciones, prejuicios y maldad, personas que desean vivir y amar, a pesar de todo y todos los que le rodean.

En Benediction se centra en la figura del poeta Siegfried Sassoon (1886-1967), para contarnos una intensísima sobre la incapacidad de vivir y amar según tus convicciones. Un relato que también ahonda en la biografía de Davies, aunque alejados en el tiempo, sí, en la identidad, en la que tanto Sassoon como el director se reflejan en espejos que no estarían muy distantes. La acción arranca en plena Primera Guerra Mundial (1914-1918), con Sasoon criticando con dureza el conflicto bélico, que le llevará a ser diagnosticado con “neurosis de guerra” y apartado en un hospital de convalecientes. Su poesía se centrará en los horrores de la guerra y en la estupidez de los gobernantes de no detener semejante carnicería sin sentido. Mientras veremos la existencia de un hombre apasionado que no encuentra el amor de verdad en sus relaciones con hombres, en su mayoría artistas, escritores y cantantes narcisistas y superficiales que ven el amor como un pasatiempo sexual y promiscuo. El cineasta británico, aunque plantea casi toda su película desde la juventud de Sassoon, hay algunos pasajes del poeta en su edad madura, en el que vemos a una persona amargada y peleada con todos y consigo mismo.

El director recurre a las imágenes documentales de la guerra para generar esos dos mundos en continua colisión, el del poeta, completamente contrario a la locura y sinrazón de la guerra, y la guerra, ese caos de sangre, de vidas mutiladas y perdidas. Uno en un apagado color, donde destacan los rojos y verdosos, y el otro, en blanco y negro, borroso y terrorífico. La exquisita, abrumadora y detallista cinematografía de Nicola Daley, que ha trabajado en documentales y en series tan populares como The Letdown, Harlots: Cortesanas y El cuento de la criada, ayuda a crear ese mundo de sofisticación, bohemio y oscuro y triste, de pura apariencia y glamur de escaparate, bien acompañado por el grandísimo trabajo de montaje de Alex Mackie, con mucha experiencia en televisión y responsable de Mary Shelley (2017), de Haifaa Al-Mansour, entre otras, hace un delicado empleo de la elipsis, las transparencias y la concisión en un metraje que abarca los ciento treinta y siete minutos, en la que nos llevan por diferentes épocas, espacios y estados de ánimo con una ligereza asombrosa, casi sin darnos cuenta, como si de un viaje se tratase, con sus paradas, sus diferentes pasajeros, sus estaciones, sus pensamientos y sobre todo, con sus emociones, algunas alegres y otras, no tanto.

Sin olvidarnos de mencionar los otros apartados técnicos que, como ocurre en la filmografía, brillan por su perfección, sensibilidad y contención, no sobra nada ni falta nada, como la música de Ed Bailie y Abi Leland, el exquisito y detallista vestuario, el implacable y excelso trabajo de arte y caracterización, sublime en todos los sentidos. Qué decir del reparto de la película, otro de los elementos esenciales en el cine de Davies, porque no solo son intérpretes sumamente escogidos para los diferentes roles, sino que son actores y actrices británicos, posiblemente los más expertos en la concisión y en lenguaje corporal y en esas miradas y gestos que traspasan. Un elenco a aúna veteranos y experimentados con otros más jóvenes y con un interesante trayectoria como Jack Lowen en el piel del desdichado y atribulado Siegfied Sassoon en su juventud, y Peter Capaldi en su vejez, la gran Geraldine James como su madre, el experimentado Simon Russell Beale, y los jóvenes de gran trayectoria como Jeremy Irvine, Tom Blyth y Kate Phillips como Heter Gatty, la esposa del protagonista, amén de otros y otras intérpretes que ayudan a crear esa profundidad, cercanía y belleza que destilan las imágenes, las relaciones y los conflictos que cuenta la película.

Benediction no es solo la octava película de ficción de uno de los cineastas más impresionantes, respetados y maravillosos de nuestro tiempo, sino que tiene todo lo bello y triste de los relatos melancólicos del cine británico, con sus casas señoriales, sus días de campo, sus días de lluvia y sus amores inquietos, no correspondidos y apasionados, porque es más que una película, porque no solo habla de amor, de homosexualidad, de religión, de los difíciles caminos y formas de aceptación de los individuos, de la melancolía, tan presente en la cinematografía del director británico, sino que nos devuelve al cine, después de un lustro y una pandemia de por medio, la figura de Terence Davies, uno de esos cineastas únicos en la historia del cine, un maestro de contar historias, con la elegancia y la belleza que requiere un relato de esas características, donde tiempo y espacio van creando uno solo, una forma sublime y especial de acercarse a esos mundos, a esas personas y esos espacios. Un cineasta con mayúsculas como lo fueron y son Öphuls, Minnelli, Visconti, y alguno otro que ahora no recuerdo, cineastas de la belleza, la plasticidad, la elegancia, la cotidianidad, la melancolía, el amor y sobre todo, cineastas de la condición humana y de todo aquello que vivimos, que soñamos, y amamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sundown, de Michel Franco

EN LA CIUDAD QUEMADA.

“Estoy cansada de tratar de llenar mis espacios vacíos con cosas que no necesito y personas que no me gustan”

Virginia Woolf

Las familias desordenadas y la violencia que azota la sociedad mexicana son dos de los elementos imprescindibles en el cine de Michel Franco (Ciudad de México, 1979). El director mexicano ha abordado los conflictos personales y familiares en sus siete largometrajes hasta la fecha. A partir de relatos íntimos y sencillos, los problemas se desatan en una inexistente unidad familiar, siempre enturbiada por la falta de comunicación, viéndose inmersa en la mentira, la distancia y la violencia. Después de Nuevo orden (2020), una película que abordaba la lucha de clases, otro elemento indispensable en su filmografía, y profundizaba en la violencia como una enfermedad difícil de erradicar en México. Con Sundown, vuelve al cine intimista y de pocos personajes, profundizando en la desunión familiar que tanto le interesa al director mexicano, a través de la figura de Neil, un tipo ambiguo del que poco sabemos de su vida, solo que finge el olvido del pasaporte para no volver a Inglaterra con su hermana y los hijos de esta, cuando la madre muere súbitamente. En cambio, deja el hotel lujoso en Acapulco, en la costa sur del país, y se va a un hotel de medio pelo en un barrio popular junto al mar, en un gesto premonitorio en su particular descenso a los infiernos.

La historia sigue a Neil Bennett, del que iremos descubriendo muy poco a poco lo que hace y lo que va sintiendo, aunque siempre de forma sutil, como es habitual en Franco, porque todo se va ennegreciendo dentro de una cotidianidad que hace daño de lo cercanísima que resulta. Neil conoce a Berenice, no es causal el nombre, una mujer que trabaja vendiendo souvenirs, con la que entabla una relación sentimental y sexual. La nueva vida de Neil y su estado emocional, recuerda mucho a Paul, el personaje que interpretaba Bruno Ganz en la maravillosa En la ciudad blanca (1983), de Alain Tanner, un marino que sin nada que hacer, deambulaba por el Lisboa del 82 y conoce a Rosa, una mujer con la que pasará el tiempo. Tanto Franco como Tanner se alejan del relato al uso, adentrándose en el estado emocional del individuo que retratan, en una idea de letargo o ensoñación que experimentan ambos personajes. Son hombres que parece que fueron, porque ahora mismo no son, se dejan llevar por la ciudad, por el sol, por la mujer que conocen, en una experiencia de olvidarse de todo, de todos, y sobre todo, de ellos mismos.

Franco nos sitúa en la ciudad costera de Acapulco, una ciudad que, al igual que el personaje, también fue antaño una ciudad diferente. Ahora, una urbe de vacaciones en el que todo parece enturbiado, porque en cualquier momento puede estallar una violencia soterrada que contamina la ciudad y el país. Una tranquilidad extraña y muy tensa como suele ocurrir en la filmografía del director mexicano, donde la violencia siempre irrumpe de forma salvaje y sin concisiones, una violencia que descoloca a los personajes y los lleva a la oscuridad más brutal, una violencia que se torna cotidiana, demasiado cotidiana. La cinematografía de Yves Cape, todo un referente en el cine más vanguardista francés con nombres tan ilustres como los de Bruno Dumont, Claire Denis, Leos Carax y Bertrand Bonello, entre otros, que ha trabajado en las cuatro últimas películas del cineasta mexicano, otorga esa luz donde el sol abrasador es parte intrínseca de todo lo que está sucediendo al personaje principal, donde lo cotidiano se apodera del relato, una intimidad que está filmada como si un documental fuese, en que la inquietud está presente en cada encuadre de la película.

El estupendo trabajo de montaje que firman el propio director junto a Óscar Figueroa, otro de los nombres imprescindibles del cine mexicano con más de medio centenar de películas en su haber, condensando una trama que abarca los ochenta y tres minutos de metraje, en el que se cuenta todo lo imprescindible, y sobre todo,  con un buen ritmo y agilidad, sin caer en lo superfluo y mucho menos en lo evidente, siempre de forma sutil, profundizando en la existencia de Neil, que no estaría muy lejos de aquellos pistoleros cansados y envejecidos que solo buscan un poco de paz, algo de sol, un trago y quizás, algo de compañía. La maravillosa presencia de Tim Roth, que repite con Franco después de la interesante Chronic (2015), amén de coproducir la película, en otro personaje silencioso y solitario, del que poco sabemos. Un personaje hermético y espectral, que parece que la vida ya no le dice nada o tal vez, él ya se ha cansado de su familia enriquecida con el negocio de la carne, y de esa forma de vivir lujosa y vacía. Le acompañan una fantástica Charlotte Gainsbourg, hermana del protagonista, en las antípodas del personaje de Roth. Iazua Larios como la Berenice que se cruza con Neil, y Henry Goodman como Richard, el amigo y abogado de los millonarios Bennett. Franco nos invita a tomar el sol en Acapulco, a pasear y contemplar la vida con Neil, o con lo que queda de él, porque todos somos un poco como el protagonista, en un momento de nuestras existencias, solo querremos tomar el sol, olvidarnos de nosotros y vagar sin rumbo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Arthur Rambo, de Laurent Cantet

ARTHUR RAMBO VS KARIM D.

“Aprendí a reconocer la completa y primitiva dualidad del hombre; Me di cuenta de que, de las dos naturalezas que luchaban en el campo de batalla de mi conciencia, aun cuando podía decirse con razón que yo era cualquiera de las dos, ello se debía únicamente a que era radicalmente ambas.”

De “El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde”, de Robert Louis Stevenson

“La otra Francia”, la que es francesa, pero nunca se han sentido como tal, la de padres inmigrantes, la de otro color, otras costumbres, la que crece en la periferia, la que siempre está excluida de esa Francia oficial, de esa Francia burguesa, bien pensante y de derechas. Esa otra Francia ha sido muy retratada por el cineasta Laurent Cantet (Melle, Francia, 1961), y más centrada en su juventud, como el joven ingenuo de Recursos humanos (1999), que cree que ayudará a conciliar entre empresa y trabajadores y acaba siendo un esbirro más, el joven haitiano de Hacia el sur (2005), que encuentra en las mujeres blancas y solas una forma de vida, los jóvenes alumnos de Entre les murs (2008), y aquellos otros que pululaban por el Taller de escritura (2017). Todos jóvenes que empiezan a darse cuenta de la realidad de Francia, una verdad que dista mucho de las proclamas de libertad y demás, porque ellos viven en un espacio aparte, donde no llega esa Francia de principios, valores y oportunidades.

Como hiciera en El empleo del tiempo (2001), en la que se basaba en un caso real muy mediatizado, en el que un joven desempleado miente a su familia inventándose un trabajo en las Naciones Unidas, Cantet ha mirado a la realidad de Mehdi Meklat, para crear una ficción que lleva el nombre de Arthur Rambo, pseudónimo de Karim D., un joven de la periferia que se ha convertido en el autor de moda, después de escribir un novela basada en las vivencias de su madre argelina. Aunque lo que parecía el ascenso de alguien sin nombre que llega a la cumbre y se codea con la Francia respetable, se convierte en una pesadilla cuando salen a la luz los tuits de su alias Arthur Rambo, un personaje inventado que lanza mensajes de odio y violencia en Twitter. El cineasta francés logra concentrar todo ese mundo despiadado y sin control de las redes sociales, en un exquisito y brutal guion que firma junto a Fanny Burdino y Samuel Doux, que ya colaboraron juntos en las películas El creyente, de Cédric Kahn y Carole Matthieu, de Louis-Julien Petit, en una trama acotada en solo dos días, en una road movie urbana en que la seguimos sin descanso a Karim/Arthur, en un juicio intenso y sin descanso en el que es sometido por todos: los responsables de la editorial, su editor, sus íntimos, su familia, y por él mismo. Todos quieren saber el porqué.

La película no busca culpables ni inocentes, sino que hace un análisis profundo y detallado sobre el funcionamiento de las redes sociales, ese espacio infinito, que alcanza a todos y todo, como los mensajes sobreimpresionados en la pantalla que empiezan siendo legibles para poco a poco, y a medida que avance el acoso contra el protagonista, a llenarse sin descanso y ocupando toda la pantalla y contaminándola abruptamente. El ritmo de la película se acoge al estado de ánimo del personaje principal, con la vertiginosidad del primer bloque para pasar a un tempo más lento, más de quietud, más de reflexión, donde el personaje va de la cima al fango, o lo que es lo mismo, pasando por las dos Francias, la del brillo del éxito y la cumbre a aquella otra, la de la periferia, la de la inmigración y la de la miseria, en un grandioso trabajo del cinematógrafo Pierre Milon, que ha trabajado en todas las películas de Cantet menos en la primera, y en buena parte de la filmografía de Robert Guédeguian, y el no menos espectacular ejercicio de montaje de Mathilde Muyard, que ya estuvo en Taller de escritura.

Una película basada en el particular vía crucis de un personaje que debe mirarse en su interior, y descubrir quién es o por lo menos, no olvidarse de dónde viene, sin entrar en juicios ni nada por el estilo, solo dejándolo enfrentándose a él, y al resto, necesitaba un intérprete que lo transmitiera todo con una mirada o un gesto, porque después de escupir tanta violencia verbal por Twitter, ha llegado el momento de callar y reflexionar. Un actor excelente en la piel de Rabah Naït Oufella, que muchos recordamos como uno de los alumnos del profe François Bégaudeau de Entre les murs. Le acompañan el gran trabajo de Bilel Chegrani como el hermano pequeño, que tiene a Karim como un espejo donde mirarse que se le viene abajo después del escándalo, Antoine Reinartz es el editor que también pregunta e intenta comprender, Sofian Khammes es Rachid, el íntimo de Karim, que lo rechaza, y demás intérpretes que, como suele habitual en el cine de Cantet, componen unos individuos complejos, de grandísima naturalidad y que nos seducen con su humanidad.

Cantet es de esos cineastas que encuentra en la realidad más inmediata, en esa realidad que se amontona a diario, el germen perfecto para abordarla, pero siempre desde el análisis profundo, en el que florecen una gran complejidad, en sus crónicas sobre la Francia que ha crecido con él, multicultural, diferente, cercana, desilusionada, abandonada, invisibilizada y protagonista cuando se trata de lo más oscuro y perverso, con Karim D./Arthur muestra a un ser sumamente complejo, de múltiples rostros con sus tuits, una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, dos tipos en solo uno, o quizás la mitad de otro que todavía no conocemos, el joven creador de la periferia que ha retratado a los suyos de forma veraz y auténtica, pero también, el hater sin filtros que ataca violentamente contra los suyos y todos los de la periferia. La película no juzga, deja al espectador que sea testigo y saque sus propias conclusiones, si es que es capaz de sacar alguna, el debate está candente sobre las redes sociales y todo lo que las envuelve, entre ese mundo virtual y el de aquí, que cada vez parece más virtual, o quizás ya lo es. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Compartimento nº 6, de Juho Kuosmanen

LOS VIAJES EN TREN…

“Voyage, voyage” / plus loin que nuit et le jour / (voyage, voyage) / dans l’espace inouï de l’amour / Voyage, voyage / sur l’eau sacrée d’un fleuve indien / (voyage, voyage) / et jamais me reviens”

Letra de la canción  “Voyage, voyage”, de Desireless

Los que viajamos en tren, ya sea en cercanías o larga distancia, podríamos contar las mil y una que nos han pasado en esos viajes. Viajes con un destino fijado, viajes con billete de ida y vuelta, viajes donde muchas veces era más intenso el propio viaje que el destino final. Recuerdo especialmente uno de ellos, uno que sin saberlo entonces, iba a cambiarme la vida en todos los sentidos. Un viaje en cercanías, un viaje en el que conocí a alguien, a alguien muy diferente a mí, a alguien que formaría un tiempo parte de mi vida. Un tiempo que me iba a cambiar para siempre, y todo empezó en un viaje en tren. Una experiencia similar es la que les ocurre a Laura y Ljoha, los dos protagonistas de Compartimento nº 6, la segunda película de Juho Kuosmanen (Kokkola, Finlandia, 1979), después de la interesantísima El día más feliz en la vida de Olli Mäki (2016), donde retrataba el año 1962 en un melancólico blanco y negro, la vida de un boxeador vulnerable, atrapado a sus circunstancias y muy enamorado.

El director finés ha escrito un guion junto a Livia Ulman y Andris Feldmans, basado en la novela homónima de Rosa Liksom, en el que vuelve a los ambientes cotidianos que poblaban su primer trabajo, a esos personajes perdidos, atrapados en su existencias anodinas, en una especie de huida no se sabe dónde, metidos o encerrados en un minúsculo compartimento que deberán compartir dos personajes opuestos, o quizás no lo son tanto, porque, entre otras cosas, ambos viajan desde Moscú en el transiberiano con destino al puerto ártico de Murmansk en la Siberia. Ella, finlandesa, huye de una relación insatisfecha, y desea ver unos petroglifos, unas pinturas rupestres. Él, ruso, viaja para trabajar en la mina. La película nos abre una ventana para conocer a estos dos individuos, en una relación distante y llena de altibajos, porque deben compartir cuando no quieren, pero a medida que avance el viaje los iremos conociendo más profundamente, les iremos viendo sus virtudes y defectos, sus inquietudes, sus ilusiones, y demás oscuridades y alegrías.

La trama se sitúa en un tiempo indeterminado de los años noventa, cuando todavía las nuevas tecnologías no habían convertido la sociedad en un mero espejo artificial donde la individualidad prima sobre el otro, y la película aboga por eso mismo. Por mirar al otro, aceptarlo por muy diferente que aparentemente sea de nosotros, por ofrecerlos la oportunidad y la experiencia de entablar un diálogo, y quizás una conexión, nunca se sabe, y la empatía, ese valor tan desuso en los tiempos de ahora, donde cada uno se obceca en ser él, sin importarle el resto, y sobre todo, lo que sienten los demás. Estamos hablando de un viaje de más de 1900 kilómetros, de sur a norte, que recorre toda la parte oeste de Rusia, que en los años noventa aúna duraba mucho más que ahora, con sus días y noches, sus paradas nocturnas, el vagón comedor, y los parones para echar un cigarro o estirar las piernas. Unos viajes que se convertían en una auténtica odisea. Un viaje que requería mucho tiempo para llevarlos a cabo. El tiempo, sumamente importante en la película, porque nos obliga a mirar a los personajes, a estar con ellos y a compartir. Todo lo contrario que en la actualidad, donde el tiempo se ha convertido en un enemigo implacable, un elemento que hemos perdido en la actualidad, donde todo se hace con prisas y no hay tiempo para nada.

La excelente cinematografía, naturalista e íntima, donde sentimos el frío y la cercanía de los personas, los objetos y sus sonidos, que firma J-P Passi, como lo hizo en la primera película de Kuosmanen, y el inmenso trabajo de montaje de Jussi Rautamieni, que también estuvo en la opera prima del director finés, que encaja con oficio e inteligencia los ciento siete minutos de la película, dotándola de ritmo y tensión, en apenas un par de espacios reducidos del tren. La maravillosa pareja protagonista de la película, tan ajenos y tan cercanos, que son el alma mater de una historia en la que buena parte de su metraje ocurre en un compartimento muy estrecho, donde se respira casi al unísono, y todo está demasiado cerca. Seidi Haarla, muy popular en Finlandia, por trabajos en la televisión en series como Force of Habit, da vida a Laura, la aspirante arqueóloga, que todavía no sabe que hará después de los petroglifos, porque quiere alargarlo todo lo posible por miedo a no saber dónde ir después. Una mujer que se encuentra de viaje, porque detenerse es reflexionar y mirarse hacia dentro y descubrir que las cosas no andan bien y hay que cambiarlas, y ese miedo todavía no tiene fuerzas para afrontarlo. Frente a ella, el actor ruso Yuriy Borisov, que hemos visto en Elena (2011), de Andrey Zvyagintsev, entre otras muchas películas rusas, interpreta al arrogante y vulgar Ljoha, un tipo que viaja para incorporarse a la industria minera, alguien que oculta muchas buenas cosas en su interior, pero va de duro y distante con Laura, pero entre los dos, y los kilómetros de viaje y tren, todo irá cambiando.

Kuosmanen ha construido una película que habla de muchas cosas, de la vida, de quiénes somos y cómo vemos a los demás, de amor o no, que tiene a la canción “Voyage, Voyage”, de Desireless, que pegó muchísimo en toda Europa a finales de los ochenta y principios de la nueva década, que actúa como leti motiv de la película, donde miramos la vida pasar, desde la ventanilla del compartimento nº 6 de un tren que nos lleva a Murmansk, a ese espacio del ártico, donde hace un frío que pela en pleno invierno, donde Laura y Ljoha van a parar. Y recuerden, siempre es un buen momento hacer un viaje en tren. Así que, estacionen su vehículo, compren un billete, da igual el destino, y déjense llevar por el viaje, sin expectativas, disfrutando de cada instante, tanto de ustedes como de los otros, alrededor de desconocidos que quizás se conviertan en muy cercanos, eso sí, apaguen el móvil, como antes, cuando el dichoso aparatito no existía y dejaba libertad para mirar nuestro entorno, para mirarnos a los ojos, para hablar con el otro, porque nunca un viaje en tren los dejará indiferentes, y quizás, ese viaje les cambie la vida, igual que me ocurrió a mí… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un héroe, de Asghar Farhadi

LA FRAGILIDAD HUMANA.  

“Lo más horrible de este mundo es que todos tienen sus razones”

Jean Renoir

Después de la aventura española con Todos lo saben (2018), un reflexivo ejercicio sobre la mentira en la familia. El talento de Asghar Farhadi (Khomeini Shahr, Irán, 1972), vuelve a su país de origen, pero deja la bulliciosa y frenética Teherán para viajar hasta Shiraz, situada en el centro-sur del país. En ese lugar conoceremos a Rahim, un treintañero que sale de la cárcel con un permiso de dos días, con la intención de conseguir unos cheques que convenzan a su antiguo avalista y ex cuñado Bahram, que lo denunció por no pagar y fue encarcelado. Aunque la cosa parece resuelta, la cosa se irá complicando y mucho para los intereses del protagonista, y más, cuando su novia Farkhondeh, le dice que ha encontrado un bolso con lingotes de oro. Su primera intención es venderlas, pero el bajo precio les insta a devolverlo, cosa que lo convertirá en un héroe, en alguien ejemplar, pero todo se volverá en su contra, porque la gente empezará a sospechar de él y de sus verdaderas intenciones, y su vida será un infierno y todos se pondrán en su contra.

El cineasta iraní es un explorador de la condición humana, de sus virtudes y sobre todo, de sus contradicciones. Sitúa a sus personajes siempre en situaciones morales donde los conflictos los desnudan emocionalmente y los empujan a enfrentarse a sus miedos más ocultos. Como ocurre en la literatura kafkiana, en el cine de Farhadi nada es lo que parece, y sus individuos actúan siguiendo sus instintos y condenados a sus razones, que los llevan a enfrentarse a situaciones muy dolorosas y que los superan, obligándolos a tomar decisiones de los que intentan huir por todos los medios. Son personas llenos de dudas, moviéndose como pollos sin cabeza, que no saben ni hacen lo que quieren, abrumados por los demás, por su entorno demoledor. Rahim cree hacer lo correcto, cree que su gesto ayudará a conseguir una buena recompensa y así salir de la cárcel, no contempla las consecuencias adversas con las que deberá lidiar. El realizador iraní toca el tema de las redes sociales, un espacio donde opinar con acritud, cebándose con aquel o aquella, un escaparate donde todos somos aves de rapiña y ejecutores de nuestra verdad.

Un lugar importante para todos los involucrados, donde se premio o castiga al protagonista, donde cada acto y gesto tiene consecuencias terribles. La película se mueve al son del movimiento del protagonista, que va de aquí para allá, sin descanso, intentando por todos los medios no volver a prisión, en que la cámara del cinematógrafo de Ali Ghazi, escruta y observa detenidamente cada mirada, cada gesto y cada espacio. El magnífico y conciso montaje de Haydeh Safiyari, que trabaja con Farhadi desde A propósito de Elly (2009), que resuelve con astucia los 127 minutos de la laberíntica trama. Farhadi construye desde el guion una trama apoyada en los diálogos, se habla mucho en la película, y la acumulación de los hechos, aplastando la resistencia del protagonista, envolviéndolo en una masa de duda y rumores, donde cada persona o conjunto de personas pone en cuestión su relato y toda su necesidad, como la asociación que le ayuda a recolectar el dinero, o ese tipejo de la moral, que describe la ley iraní, donde todo está supeditado al orden moral y religioso, una moralidad ancestral, donde el honor lo es todo, y donde se castiga de manera aplastante cualquier error, como le sucede a Rahim.

La película huye de la relamida historia de buenos y malos, nunca en esa trampa infantil, sino que Farhadi compone una radiografía del pueblo iraní – que podría ser cualquier reflexión sobre la forma de hacer de muchas personas en la actualidad, independiente del lugar en el que vivan -, en el que todos se mueven por su razones y todos defienden lo suyo, anteponiendo su verdad y su prestigio, y nunca llegamos a saber quién miente y quién no, porque todos los individuos que pululan por la historia dicen la suya, explican sus motivos y razones, y todos pueden estar en  su verdad, y quizás, muy alejados de la verdad, que nunca se nos detalla o se nos explica, porque a Farhadi no le interesa, le parece más interesante reflexionar sobre cómo nos comportamos y sobre todo, como nos dejamos manipular por todo aquello que leemos y escuchamos que nos alimenta del exterior, a partir de fuentes poco fiables y opiniones a la ligera, una información que, al fin y al cabo, usamos para hacernos nuestros pensamientos y llegar a nuestras ideas.

Como no podía ser de otra manera, el conjunto de intérpretes que componen unos personajes complejos, naturales y muy imperfectos, resultan de una brillantez extraordinaria y humanidad conmovedora, como sucede en todas las obras del director iraní. Encabeza el extenso reparto coral un extraordinario Amir Jadidi que se mete en la piel de un desdichado Rahim, un tipo con mala suerte, alguien que no está muy lejos de esos antihéroes del cine clásico hollywoodiense, que también retrató el cine de Frank Capra, esos tipos que hagan lo que hagan siempre saldrán trasquilados, o por ellos mismos o por la impecable multitud. Le acompañan Sahar Goldoust como Farkonden, la pareja de Rahim, que intenta ayudarle, que está junto a él, a pesar de la oposición de su hermano, a pesar de todos y contra el mundo, Mohsen Tanabandeh es Bahram, el “malo” de la película, pero con sus razones y su oposición, que la película describe en silencio, con pocos diálogos. Saleh Karimi como Siavash, el hijo pequeño de Rahim, que intenta estar con su padre y echarle una mano, al igual que la adolescente hija de Bahram, que hace Sarina Farhadi, hija del director, representando esa infancia que mira el mundo de los adultos y protegen como saben y pueden. Farhadi ha vuelto a construir una película excelente, como lo eran Nader y Simin, una separación (2011), y El vigilante (2016), en que Un héroe entra de lleno convirtiéndose en uno de sus endiablados cuentos morales, con la clara referencia al “Tema del traidor y le héroe”, que también profundizo Borges, dejando invisible esa línea que separa uno del otro, según la perspectiva de los involucrados. Una lección de cine potentísimo y lleno matices y detalles, donde todos los personajes acaban moviéndose según se parecer, no como manda lo establecido, y errando en sus decisiones, mostrando su vulnerabilidad y la fragilidad de sus ideas, de sus mundos y sus circunstancias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Primavera en Beechwood, de Eva Husson

EL AMOR IMPOSIBLE DE JANE FAIRCHILD.

“El espíritu busca, pero el corazón es el que encuentra”

George Sand

La historia arranca el treinta de marzo de 1924, el llamado “El domingo día de las madres”. Ese día será crucial para la vida de Jane Fairchild, la criada de los Niven. Un día que tiene libre. Un día que pasará la mañana en compañía de su amante, una relación que ya dura siete años. Una relación imposible porque su amante, el Sr. Paul Sheringham, un rico heredero de una familia cercana, está a punto de contraer matrimonio. Basada en la novela “Mothering Sunday”, de Graham Swift, los productores de Number 9 Films, Elizabeth Karlsen y Stepehn Woolley, que tienen en su haber grandes títulos como Carol, Byzantium y En la playa de Chesil, entre otros, adquirieron los derechos de la novela y encargaron a la guionista Alice Birch la adaptación, que tiene en su haber el guion de Lady Macbeth, y en las series Sucession y Normal People, y la dirección a Eva Husson (Le Havre, Francia, 1977), responsable de títulos como Bang Gang (une histoire d’amour moderne) de 2015, y Les filles du soleil (2018), en su primera aventura en inglés.

Primavera en Beechwood tiene su pilar en el día citado. Un día que viviremos en primera persona por la desdichada Jane, su encuentro amoroso y sexual con Sheringham, Pero la historia no solo se queda en ese instante, porque a partir de los acontecimientos que se desarrollaran ese día, el relato también se trasladará a finales de la década de los cuarenta, cuando Jane, convertida en una importante escritora, echa mano de sus recuerdos, y mira a su pasado, y más concretamente, a los sucesos del mencionado día. La película está narrada con pulso, intensidad y pausa, con el romanticismo de las novelas de Jane Austen y las hermanas Brontë, y el aroma de los mejores títulos british, como los recordados melodramas de Ivory-Merchant. Todo está en su sitio, pensando en el más mínimo detalle, donde brilla la parte técnica, con esa excelente música de Morgan Kibby, que vuelve a trabar con Husson, al igual que Emilie Orsini, en el apartado de montaje, amén de tener en su filmografía a Sally Potter, la luminosa cinematografía de Jamie Ramsay, y el grandísimo trabajo de arte, caracterización, y vestuario que firma Sandy Powell, la responsable de Carol.

Qué decir de la composición del reparto, con interpretaciones soberbias y sobre todo, concisas y sin estridencias, todo muy comedido, desde dentro a fuera, con toda esa retahíla de estupendos intérpretes, otra de las marca de la casa de este tipo de películas, que todos son importantes, todos. Tenemos a dos grandes en estas lides como son Colin Firth y Olivia Colman, como el matrimonio Niven, riquísimos pero tristes, ya que han perdido a sus tres varones en la maldita guerra. La maravillosa presencia de Glenda Jackson, una de las actrices británicas más importantes de la historia, aquí en un breve pero interesante papel, las interesantes aportaciones de Sope Dirisu como Donald, el novio de Jane en los cuarenta, también escritor como ella. Josh O’Connor como Paul Sheringham, que habíamos visto destacar en Tierra de Dios, Regreso a Hope Gap y Emma, entre otras, y la australiana Odessa Young que se queda el rol protagonista de Jane Fairchild, una actriz que ya nos había llamado la atención en películas como Shirley y Nación salvaje, entre otras. Odessa ilumina cada fotograma y sale muy bien parada del envite que tenía en frente, con una gran composición llena de intensidad, aplomo y formidable, llena de esas miradas y esos silencios arrebatadores y llenos de vida y energía. Todo un acierto por parte de los responsables y un precioso descubrimiento para el que escribe estas palabras.

Husson no lo tenía nada fácil con la empresa que se le venía por delante, y la saca con fuerza y brillantez, con un texto ajeno basado en una novela de éxito, un guion firmado por otra, sus dos anteriores películas estaban escritas por ella misma, un idioma nuevo, una película de época, contada en varios tiempos, y una traba desestructurada, todo un reto que la directora francesa saca adelante con energía y pulso narrativo, creando esa inquietante atmósfera que va desde el romanticismo ya mencionado, y algunas incursiones del thriller, donde el espectador sabe todo lo que ocurre, muy acertado por parte de la película, y los personajes lo irán o no descubriendo, creando ese marco de suspense y nerviosismo que ayuda a entender ese universo burgués donde todo se oculta bajo la alfombra, una alfombra llena de mugre, que desprende un olor demasiado pestilente, y todo eso la película lo hace desde la naturalidad y sin caer en el sentimentalismo o el dramatismo exacerbado, todo contado con ritmo, pausa y amor, todo el que se procesan los protagonistas, todo ese amor que deben de ocultar, que deben callar, que deben sentir sin demostrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Apples, de Christos Nikou

LA NUEVA IDENTIDAD.

“Me pregunto si la identidad personal consiste precisamente en la posesión de ciertos recuerdos que nunca se olvidan”.

Jorge Luis Borges

En el hermosísimo plano que cierra la magistral Primavera tardía (1949) de Yasujiro Ozu, en el que observamos como el anciano Shukichi pela pacientemente una manzana, metáfora de la inminente soledad que le espera después de la ruptura con su hija Noriko. El mismo sentimiento recorre la existencia de Aris cuando hace la misma acción, una soledad de alguien que no recuerda quién es. Dos almas solitarias que, en circunstancias completamente diferentes, deben hacer frente a lo que son sin el amparo de alguien a su lado. Muchos conocemos la trayectoria de Christos Nikou (Atenas, Grecia, 1984), por la excelente acogida internacional de KM (2012), un cortometraje que protagonizaba Aris Servetalis, y de sus trabajos como ayudante de dirección con Yorgos Lanthimos en Canino (2009), y con Richard Linklater en Antes del anochecer (2013). Para su opera prima, el cineasta griego nos sitúa en una sociedad muy parecida a la nuestra, en la que imagina una pandemia que ha afectado en la memoria de la mayoría de ciudadanos, una dolencia que ha provocado amnesias masivas en la población.

Apples («Manzanas», en el original), con un guion que firman Stavros Raptis y el propio director, y tiene a la gran actriz Cate Blanchett como productora ejecutiva, nos sitúa en el aquí y ahora de la existencia de Aris, interpretado por Servetalis, que vuelve a ponerse a las órdenes de Nikou, en un personaje del que solo conocemos su presente, no sabemos nada de su pasado, solo que no lo recuerda. La película se enfunda en clave de thriller psicológico, pero muy emocional, lleno de quietud y pausa, donde un equipo de médicos ha diseñado una serie de actividades muy curiosas y rutinarias para que los pacientes aprendan o mejor dicho, reconstruyan su “Nueva identidad”. La película navega de forma transparente y natural por el drama íntimo, la comedia negra, el romanticismo, la ciencia-ficción, y el citado thriller, y la atemporalidad como marco muy identificable, creando una atmósfera fría, grisácea y surrealista en muchos tramos, una excelente cinematografía que firma Bartosz Swiniarski, donde destaca el formato 4:3, en la que hay cercanía pero también frialdad, y el preciso trabajo de montaje de Giorgos Zafeiris, y la música de Alexander Voulgaris, y el añadido de las canciones rockeras americanas que alimentan ese aspecto de no tiempo y no sociedad que tanto se busca, después del apocalipsis al que se han enfrentado del que nosotros solo conocemos sus traumas y consecuencias.

Apples ni reniega ni escapa de los marcos psicológicos y extraños de muchas de las películas surgidas de Grecia en la última década como las dirigidas por el citado Lanthimos, Xenia (2014), de Panos H. Koutras, Chevalier (2015), de Athina Rachel Tsangari o Love me Not (2017), de Alexandros Avranas, entre otras. Un cine pegado a lu realidad más inmediata de la catástrofe económica de su país, pero con propuestas, formatos y texturas propias del cine de género, construyen todo un discurso sobre los males ancestrales de la sociedad, y sobre todo, las terribles consecuencias en los habitantes. Otro elemento extraordinario de Apples, como ocurre en todo el cine griego actual, es su trabajado y formidable reparto, empezando por su inolvidable protagonista, el mencionado Aris Servetalis, al que habíamos visto en Alps (2011), de Lanthimos, en un rol de tipo perdido, con esa barba frondosa, y esa ropa tan corta, con esos movimientos mecánicos, convertido en una especie de espectro automatizado, realizando con exactitud y voluntad todas las actividades rutinarias, con esas fotografías Polaroid, a la vez que divertidas e inquietantes.

A su lado, Sofia Georgovassilli como Anna, la mujer con el mantiene una relación que no logramos definir, ni falta que le hace, y luego, dos de los encargados del método médico como Anna Kalaitzidou, que ya estuvo en Canino, y Argyris Bakirtzis. Nikou ha construido una película con carácter y humana, que bucea en los laberintos imposibles de la mente humana, pero no a partir de la explicación, sino de la acción, una acción emocional y también, física, adentrándose en la irracional condición humana, huyendo completamente de la identificación del espectador, sino generando sensaciones y emociones contradictorias en el público, tendiendo ideas y reflexiones muy reveladoras para los tiempos de pandemia que estamos viviendo, y esa idea malvada y alineadora del gobierno, la de llenar de actividades rutinarias a los amnésicos, no para que recuerden la vida de antes, sino para que se construyan una nueva, una que sea más manejable para el poder, porque lo que la película deja muy claro que, a pesar de todo lo ocurrido, la amnesia es solo una desesperanzadora metáfora de una sociedad que no cambiará, y seguirá generando muchos pacientes con problemas mentales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Patricia López Arnaiz

Entrevista a Patricia López Arnaiz, actriz de la película «La hija», de Manuel Martín Cuenca, en el Gallery Hotel en Barcelona, el miércoles 24 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Patricia López Arnaiz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López de Caramel Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manuel Martín Cuenca

Entrevista a Manuel Martín Cuenca, director de la película «La hija», en el Gallery Hotel en Barcelona, el miércoles 24 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Martín Cuenca, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López de Caramel Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La hija, de Manuel Martín Cuenca

LA MATERNIDAD OSCURA.

“Las ideas fijas nos roen el alma con la tenacidad de las enfermedades incurables. Una vez que penetran en ella, la devoran, no le permiten ya pensar en nada ni tomar gusto a ninguna cosa”.

Guy de Maupassant

De las seis películas de ficción que forman la trayectoria de Manuel Martín Cuenca (El Ejido, Almería, 1964), amén de sus documentales, tienen su base en la ambigüedad moral de sus personajes, unos individuos obsesivos en su tarea, capaces de todo para conseguir sus objetivos, en unos relatos en los que tanto víctimas como verdugos juegan sus roles, en muchas ocasiones, confundiéndolos, mezclándose unos con otros, donde todos se manipulan, en los que el poder va variando según quién lo obtenga y lo sepa mantener. Los trabajos de Martín Cuenca suelen situarse en paisajes, tanto urbanos como rurales, aislados, tanto físicos como emocionales, gentes que a pesar de sus ideas y sus acciones, siempre alejadas de lo moral, se sienten con el derecho de acometerlas, se lleven por delante quién se lleven, perseguidos por sus propias obsesiones y atrapados en una vorágine de desesperación y miedo.

Después de El autor (2017), basada en la novela “El móvil”, de Javier Cercas, donde un escritor incapaz de escribir su novela, empieza a espiar y a manipular a sus vecinos hasta límites obsesivos.  Ahora nos llega La hija, en un guion que firman el propio director y Alejandro Hernández, que además actúan como coproductores, un guionista que ha estado en todas sus obras de ficción, exceptuando La flaqueza del bolchevique (2003), y en el documental El juego de Cuba (2001), para elaborar una historia oscurísima, llena de tensión y muy obsesiva, con ese aroma que tanto le gustaban a Hitchcock y Lang, donde los personajes viven por y para su objetivo, mintiendo y traspasando todos los límites habidos y por haber, donde nos encontramos un lugar aislado, una casa metida en lo alto de la sierra, alejada de todos y todo, y con una pareja Javier y Adela, en una relación sentimental casi rota, y obsesionados con ser padres, y no se les ocurre otra cosa que, convencer a una niña, Irene, de 15 años, embarazada e interna de un centro de menores desamparados, donde trabaja Javier, y proponerle un plan siniestro, la cuidarán y cuando tenga el bebé se lo entregara.

Las cosas, dentro de una fragilidad inquietante, parecen ir bien, pero a medida que vayan pasando los meses, todo se enturbiará y el plan que parecía fuerte, empieza a resquebrajarse y empezarán las dudas, los miedos y ese mundo oscuro del que no podrán salir. Con una estupenda cinematografía de Marc Gómez del Moral (que también tiene en cartelera su trabajo en Pan de limón con semillas de amapola, de Benito Zambrano), con esos encuadres brillantes, donde se palpa la constante tensión entre todos los personajes, y esos planos cenitales de la casa y el paisaje rocoso donde se sitúa la historia. El inmenso trabajo de sonido de Eva Valiño, ayuda a crear esa hostilidad y persecución tremenda a la que se ven arrojados la pareja, y esa idea de casa aislada y llena de inquietud, con esos aires terroríficos como la morada aislada de El resplandor, de Kubrick, y el brillante montaje de Ángel Hernández Zoido, un grande de nuestro cine con más del centenar de títulos en su filmografía, que ha montado todas las películas de Martín Cuenca, sabe imprimir esa fuerza de tensión y suspense que persigue toda la película.

Como suele pasar en los trabajos del director almeriense, el reparto están bien compuesto y tanto los principales como los de reparto siguen una línea ascendente y brillan en sus cometidos, y cada uno de los personajes tienen su momento, aunque sean poco extensos. En este caso, encabezan unos grandísimos intérpretes, tenebrosos y llenos de miedo como la pareja que forman Javier Gutiérrez, que vuelve con Martín Cuenca después de El autor, y Patricia López Arnaiz, llenos de aristas, y lados oscuros, quizás la única cosa que todavía les une es el siniestro pacto en el que están metidos hasta el alma, la joven debutante Irene Virgüez Filippidis, que pasa por muchos estados y posiciones, reflejando esa imagen de fractura y fragilidad, sin nada que perder o mucho, según se mire, y esos maravillosos actores y actrices de reparto, como Juan Carlos Villanueva, el amigo policía de la pareja, que se pasará de tanto en tanto, creando esa hostilidad que llevará a los protagonista hasta el límite, Sofian El Benaissati es Osman, el novio de Irene, que también aparecerá en el momento más inesperado, y María Morales, la compañera de trabajo de Javier, presencias que ayudan a crear esa atmósfera turbia y hostil que emana de cada instante del relato.

La hija es un trabajo extraordinario, lleno de sensibilidad, tensión y de tremenda inquietud, que juega con el thriller y el terror, erigiéndose como en una nueva aproximación de Martín Cuenca a a la condición humana, a todas esas zonas oscuras que nos obsesionan, y sobre todo, nos dominan, arrastrados por esos deseos incumplidos, esas heridas que nos trastornan y nos empujan al abismo, y nunca mejor dicho en el caso de esta película, porque la casa, situada en lo alto de una colina, evidencia el profundo y oscuro estado de ánimo que domina a los protagonistas. Una película de pocos personajes, con momentos de cine de altura, donde todo emana honestidad y naturalidad, donde se asoma el thriller rural, el que se cuece en los ambientes pequeños y domésticos, salvaje y carpetovetónico, de azada y escopetazo, siguiendo la gran tradición española de la literatura como Delibes, Baroja, Ferlosio y Fernández Santos, y en el cine con los Saura, Camus, Gutiérrez Aragón y Borau, y demás, con ese realismo doloroso y maldito, con una profunda crítica social al país, y a sus ciudadanos y sus formas deshumanizadas y bestias de tratar y tratarse, evidenciando un universo siempre hostil, que se va resquebrajando y donde matar o ser matado es el pan de cada día. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA