The Limehouse Golem, de Juan Carlos Medina

AQUÍ ESTAMOS DE NUEVO.

La película se abre en el interior de una sala barroca de music hall donde un actor, el popular Dan leno, disfrazado de mujer muy burdamente, comienza el relato de unos asesinatos ocurridos años atrás, cuando en el barrio londinense de Limehouse acontecieron una serie de crímenes atroces que mantuvieron en vilo a toda su población. Basada en la novela “Dan Leno and he Limehouse Golem”, escrita por Dan Ackroyd en 1994, y adaptada por la prestigiosa guionista Jane Goldman (autora, entre otras, de La mujer de negro y El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, o la nueva saga de X-men) nos enfrenta a dos vías de investigación, por un lado, la muerte de John Cree, fracasado dramaturgo casado con Elizabeth “Lizzie” Cree, ésta última exitosa actriz de music hall, que es acusada de su asesinato por envenenamiento. Y por el otro, los asesinatos cometidos en el barrio, sin aparente ligazón, pero todos ellos comparten que el asesino dibujó una gran letra “M” en la escena del crimen (referencia al clásico M, de Fritz Lang, donde también se andaba tras la pista de un asesino, en ese caso de niñas en la Alemania pre nazi). La investigación es encargada al inspector maduro John Kildare en una encerrona. Sus pesquisas lo llevan a un libro escrito más de medio siglo atrás, “El asesinato considerado como una de las bellas artes”, de Thomas De Quincey, donde una serie de pistas lo conducirán a esclarecer la identidad del asesino.

Juan Carlos Medina (Miami, EE.UU., 1977) que ya dio buena cuenta de su buena mano en el género de terror y suspense con Insensibles (2012), su opera prima, en la que mezclaba realidad y ficción con un relato oscuro y siniestro que destapa un caso terrible con niños durante la guerra civil española. En su segunda película, hace propio un guión ajeno para convertir una historia convencional en un trabajo serio, personal y profundo, que nos traslada al Londres victoriano de 1880, y más concretamente a Limehouse, uno de aquellos barrios llenos de miseria, inmoralidad, prostitución, suciedad, y mucha gente de baja estofa, donde los asesinatos estaban a la orden del día. En ese ambiente lúgubre, de calles malolientes, tabernas ruidosas, y cuartuchos insalubres, se sitúa la película, teniendo el teatro de music hall como uno de los escenarios principales, donde las obras actúan como reflejos de los ocurre fuera nutriéndose de sus relatos macabros. Kildare se obcecará con salvar la vida de la joven Lizzie, creyéndola inocente de la acusación de asesinato de su marido, mientras que su jefe le hostiga para que encuentre al asesino apodado por la prensa sensacionalista, como Golem (nombre basado en el ser mitológico de la cultura judía, un gigante de barro para defender los edificios de ataques antisemitas).

El director español, plantea una película de interiores, con colores etéreos y oscuros, de gran ritmo y muy agobiante, que asfixia y encoge el alma, de ahí sus planos tan cercanos, que siguen el sudor y las dudas de cada personaje, en un ambiente malsano, de pobreza moral y también física, en el que todo sucede de manera macabra y terrible. Aunque la película se presenta de manera lineal siguiendo el curso de la investigación, hay algunos flashbacks, que nos remiten al pasado tortuoso y miserable de Lizzie, y no sólo seguimos el punto de vista del inspector en su trabajo, sino que escuchamos la narración de Lizzie y todos los sucesos que le llevaron de ser una pobre criatura de los muelles (como la Lillian Gish en Lirios rotos, de Griffith) a convertirse, primero en una gran actriz del music hall y luego, ser la esposa de Cree, aunque permitiendo que la visitara su amante, la acróbata Aveline Ortega. Medina conjuga de forma admirable los distintos escenarios, la investigación policial, los secretos inmundos y las relaciones de los diferentes actores y demás en el teatro, y sobre todo, la miseria moral que reinaba en aquella época, donde todo valía y nadie, absolutamente nadie, estaba libre de caer en las trampas de la corrupción, el chantaje, el deseo o los arducias más siniestras.

Un plantel de intérpretes de auténtico lujo capitaneados por Bill Nighy, dando vida al inspector serio, sagaz y paternal con Lizzie (que recuerda al inevitable Holmes, o a la inteligencia de Laughton en Testigo de cargo) Lizzie, la cándida e inocente actriz traspasada por los acontecimientos, a la que interpreta Olivia Cooke, surgida de la serie Bates Motel, Avelina Ortega, la amante de Cree y rival de Lizzie, interpretada de manera sensual y elegante por María Valverde, Douglas Blooth da vida a Dan Leno, el actor de music hall que actúa como testigo y trovador de las historias que se suceden en el barrio, y las buenas actuaciones de Sam Reid (como el desdichado John Cree), Daniel Mays (como el agente bonachón y fiel escudero del inspector) y finalmente, el siempre efectivo Eddie Marsans, como propietario del teatro que guarda un secreto escabroso. Medina se inspira en los grandes de la cinematografía británica como Hitchcock, Powell, Russell, la Hammer, etc…, y la novela victoriana de Stoker, Poe y compañía, para conseguir ese ambiente malsano y lúgubre que acompaña toda la película, en un interesante y angustiante thriller con toques sociales, en el que las relaciones oscuras y viles entre los personajes ayudan a darle ese toque terrorífico que tanto ayuda a la película, con un grandísimo trabajo de luz y arte, que cimenta ese submundo de miserables y arpías que se mueven por un fajo de libras o por mucho menos.

Ghost in the shell, de Rupert Sanders

SUEÑAN LOS ANDROIDES.

En 1989 apareció el manga Ghost in the shell, de Masamune Shirow, que pronto se convirtió en un fenómeno de público. Seis años después, se produjo la película basada en el manga, dirigida por Mamoru Oshii, auténtica obra de arte del género de la animación, siguiendo la estela de Akira (1988), de Katsuhiro Otomo, su potencia visual, acompañada de una exquisita banda sonora, que devenía en una compleja estructura narrativa en la que se profundizaba sobre la contaminación tecnológica, la sobreexplotación de la información y el ciberterrorismo, catapultando al estrellato la película convirtiéndola en un icono del llamado “cyberpunk”. Le siguió una secuela e incluso una serie, y otras sagas como Matrix, que le deben muchísimo. Más de dos décadas después, la maquinaria hollywoodiense se ha puesto manos a la obra para adaptar el manga a imagen real, en el camino se cayeron varios proyectos que nunca llegaron a ver la luz. El director elegido es Rupert Sanders (Westmister, Reino Unido, 1971) de amplia trayectoria en el mundo publicitario y director de Blancanieves y la leyenda del cazador (2012) una adaptación oscura del clásico, con multitud de efectos, estética visual y muchísima acción.

Ghost in the shell  nos sitúa en un futuro distópico, en el que las grandes corporaciones acaparan un mercado mundial dominado por las últimas tecnologías, la información tiene un valor incalculable, y tanto como los gobiernos como los delincuentes trafican con ella, a través de hackear cuentas y vender esa información. La película se centra en la Sección 9, una división antiterrorista compuesta de soldados de élite que luchan encarnizadamente con las mafias del robo de información. Su mejor arma es “La Mayor” (mitad humana, mitad robot) una cyborg perfecta, una fembot diseñada y construida para matar, y el resto de su equipo, todos ellos con alguna parte de su cuerpo robotizado. El conflicto que se plantea es el siguiente: un cyborg está hackeando cuentas y eliminando a todos aquellos que pertenecen a la Kanka Corporation (empresa que construye los cyborg). Sanders construye una primera mitad interesante, donde, a través de las señas de identidad inspiradas del manga japonés, como la fantástica estética visual, una atmósfera inquietante y muy oscura, y además, una intriga que atrapa y logra atraparnos en la madeja argumental.

En la segunda mitad, ya es otra cosa, la acción se apodera del espectáculo, pero no consigue levantarnos del asiento, se deja atrás la parte más importante de la trama, la reflexión política y el uso desmedido de la tecnología en pro del avance económico, dejando atrás colmenas de gentes que viven aislados o simplemente no existen, en la parte filosófica la película se pierde y no consigue emocionarnos. Un thriller que arranca con fuerza, pero a medida que avanza, va cayendo en lo convencional, hasta la parte final, donde se destapa el pastel, que ya se bien intuyendo, dicho sea de paso, y asistimos al duelo final. Una cinta a la que le influyen demasiado sus referencias, como la novela de ciencia ficción de los 50 y 60, como Yo robot o Fundación, ambas de Asimov, Dune, de Frank Herbert, o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, hitos de la literatura robótica que algunas de ellas fueron adaptadas consiguiendo grandes títulos como Blade Runner, clave en el género que con el tiempo se ha convertido en auténtica piedra angular sobre cómo la tecnología afecta a nuestras vidas, y la idea de un futuro decadente, vacío y deshumanizado, dentro de una estética visual asombrosa, una estructura apabullante y una poética magnífica.

Ghost in the shell es una película oscura y entretenida, muy lejos de su antecesora, que si bien mantenía una estructura compleja (muy propia de la animación japonesa) conseguía una película enérgica, que apabullaba a través de sus imágenes y su tremenda análisis sobre una sociedad perdida y narcotizada de tecnología. Un reparto de altura que manejan con brío y corrección sus personajes, encabezados por Scarlett Johanson (muy criticada su elección), Juliette Binoche como la Doctora creadora de la fembot, Michael Pitt en un rol siniestro y fantasmal, del reverso del hijo prodigo, y “Beat” Takeshi Kitano, con alguna secuencia que recuerda a sus magníficos thrillers, componen un reparto heterogéneo, como suelen ser las grandes superproducciones made in Hollywood. Una película que se deja ver, con escenas de acción, persecuciones, intriga de manual, y algo de reflexión filosófica sobre quiénes somos y sobre todo, hacía donde vamos y de dónde venimos.

El bar, de Alex de la Iglesia

SÁLVESE QUIÉN PUEDA.

Una mañana cualquiera en un bar céntrico de un barrio cualquiera. La parroquia que transita el lugar es muy variopinta: Amparo, la dueña, sesentona, lenguaraz y de mucho carácter, Satur, el segundo de abordo, obediente y callado, un ex policía desconfiado y en estado de alerta, un tipo extraño con pinta de ejecutivo que agarra su maletín como si fuera su única posesión, un hipster eganchao a internet y encerrado en su mundo, El “Israel”, un vagabundo alcohólico que grita proclamas de la biblia y nunca paga en el bar, La Trini, una alcohólica enganchá a la tragaperras, sola y amargada, y finalmente, la última clienta que irrumpe en el bar, Elena, una pija que tiene una cita y se ha quedado sin batería. Todo transcurre como cada mañana a esa misma hora, con alguna mirada, reproche o gesto de más o de menos, según se mire. De repente, uno de los clientes que sale del bar, es alcanzado por un disparo que lo deja seco, el barrendero que sale auxiliarlo, encuentra el mismo destino.

La película número 13 de Alex de la Iglesia (Bilbao, 1965) arranca de manera brutal y acojonante, mostrándonos una serie de personajes que nada tienen que ver entre sí, y acaban todos encerrados, sin poder salir,  de un bar grasiento con olor a rancio. El director vasco hace un recorrido por cada uno de ellos, sacando a relucir todas sus miserias y exponiéndolas ante los demás, sacando el jugo a cada uno de ellos, moviendo a todos ellos de forma ejemplar por un único decorado, en una ágil y enérgica puesta en escena que nos mantiene atentos a la pantalla, consiguiendo que recordemos al mejor Berlanga, en sus magistrales secuencias llenas de gente a las que les pasaba de todo. Después de este arranque más propio de una película de suspense, al mejor estilo de The Twilight zone, con ese aroma de todos son culpables del mejor Hitchcock, la película se adentra en terreno pantanoso, donde cada uno de los personajes desconfía del otro, y más cuando, a fuera, la policía retira los cadáveres y la plaza ha quedado completamente desierta. Todo el ambiente se vuelve cargado, irrespirable, tenso e irrespirable, De la Iglesia combina la comedia negra con el mejor terror, manteniendo un ritmo imparable, que se irá agudizando a medida que vayan pasando las horas y siga creciendo la tensión entre los distintos parroquianos, todo hace dudar y desconfiar, un objeto, una bolsa, todo.

De la Iglesia es un cineasta de mundos absurdos, hostiles y decadentes, sus personajes se mueven por la codicia y la avaricia, mienten y matan, llegados el caso, con el propósito de conseguir sus objetivos, que suelen ser económicos, y en otros casos, son motivados por el ascenso social, unos seres pobres de espíritu, y otros, pobres diablos, que pretenden conseguir aquello que se les niega o simplemente, se les arrebata injustamente, aunque montaran la de Dios, cueste lo que cueste, y se lleven por delante a quién sea, por llegar a sus objetivos, algunos justos, otros miserables, nada más que eso. Esta es una película coral, como lo eran La comunidad (aquellos vecinos que andaban como locos por atrapar el dinero del muerto que casualmente había cogido una que pasaba por allí), 800 balas (un viejo actor de los westerns fingiendo ser lo que no es y huyendo de un pasado familiar tortuoso) Las brujas de Zugarramurdi (donde dos quinquis llegaban al pueblo de las brujas y se metían en la boca del lobo) o Mi gran noche (en el que una eterna fiesta de fin de año acababa en un cruce de mentiras, venganza y algo de amor), y también como ocurre en los títulos de terror claustrofóbico habrán sorpresas inesperadas, y sus inquilinos se irán reduciendo notablemente, debido a las envidias, la tensión y sobre todo, el miedo, esa cosa amarga y poderosa que sale a relucir de forma devastadora en los momentos de crisis.

A medida que avanza la trama, el interés va sufriendo algún altibajo, y más, cuando se nos descubre el pastel, que les ha ocurrido a los que mataron, sobre todo, por algo que también se encuentra en otras películas del director, la acumulación de golpes de efecto en el último tercio que deslucen el ritmo endiablado impuesto), tiene algunos momentos memorable, cuando la película se mueve por ese mundo oscuro, siniestro y demoledor que tanto le gusta a De la Iglesia, como sucedía en sus mejores títulos como El día de la bestia (un cura algo pirado, un excéntrico presentador de televisión y un heavy tirao luchaban ferozmente contra el anticristo) Muertos de risa (dos humoristas que se odian a muerte desde la España franquista de los 70 hasta finales de los 90 con todo ese país en ebullición aparentemente) Crimen ferpecto (un enterao y don juan arribista que encuentra la horma de su zapato) o Balada triste de trompeta (dos payasos en la década de los 70 que rivalizan encarnizadamente por la fama y por una mujer, quizás la película que mejor define el espíritu que atraviesa las películas de De la Iglesia).

El bar contiene lo mejor de su director, ambientes malsanos y deprimentes, poblado de seres miserables, que se mueven en un mundo superficial, sucio y lleno de maldades, donde todo huele a podrido, y nada ni nadie podrá tener algún tipo de esperanza, en el que la violencia acaba siendo el único camino para sobrevivir de uno mismo y de los demás, en el que el buen plantel de intérpretes entre los que destacan algunos de sus habituales, Mario Casas, Terele Pávez, Secun de la Rosa o Jaime Ordoñez, con las grandísimas aportaciones de los siempre perfectos Joaquín Climent y Carmen Machi, y la buenísima aparición de Blanca Suárez. Todos, en mayor o menor media, destacan en sus roles, unos personajes que lentamente irán descendiendo a sus infiernos personales y adentrándose en las cloacas de un mundo que se cae en pedazos en medio de una crisis (es clara la lectura política que construye el cineasta vasco) en una cinta que juega con el thriller oscuro y de pesadilla, con el aroma del mejor esperpento y comedia negra (elementos característicos que estructuran todo el cine de De la Iglesia) de esa que te hace reír, claro está, pero también daña, por lo que cuenta, y sobre todo, por cómo te lo cuentan.


<p><a href=»https://vimeo.com/196462199″>EL BAR – Tr&aacute;iler</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

La chica desconocida, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

UN CADÁVER EN LA CONCIENCIA.

“Filmamos lo que no se suele ver, lo que no se quiere ver”

Jena-Pierre y Luc Dardenne

Nos encontramos en la periferia de un barrio cualquiera de Lieja. Allí, en ese lugar alejado de todo y de todos, junto a la autopista atestada de automóviles que van a toda velocidad, ajeno al mundo, se instala la consulta de medicina general regentada por la joven doctora Jenny Davin. Una noche, una hora después de que finalicen las consultas, alguien llama al timbre. Tanto, Jenny como su ayudante, no abren la puerta. Días después, la policía se presenta en la consulta y preguntan por una víctima que quizás pasó por allí. Consultan las grabaciones de la cámara de seguridad, y encuentran a una adolescente negra llamando a la consulta sin respuesta. La policía informa a Jenny que la han encontrado asesinada cerca del río.

La décima película de Jean-Pierre (1951) y Luc Dardenne (1954), ambos nacidos en Lejia (Bélgica) arranca como si fuese una cinta de misterio, un thriller en toda regla con cadáver incluido, con la investigación que emprende la doctora angustiada por el sentimiento de culpabilidad que le mata la conciencia. Aunque podríamos estar ante una película que mantiene esas características del género, pero la cosa no va por ahí, los hermanos Dardenne, máximos exponentes del cine social y conciencia moral desde que debutasen, primero haciendo documentales y después, desde el prisma de la ficción, aunque no será hasta su tercer trabajo que, tanto la crítica como la industria, se rendirían a su talento cinematográfico, nos referimos a La promesa (1996) en la que Igor, un adolescente que tiene como padre a un traficante de inmigrantes, se debatía entre el amor paternal y su moral humanista, una película que mantiene ciertos paralelismos con La chica desconocida, donde los Dardenne vuelven al tema de la inmigración (tristemente más vivo que nunca, con el drama de los refugiados) en la que su protagonista se enfrenta a su conciencia y al entorno insolidario en el que se mueve, tema que también tocaron en El silencio de Lorna (2008) donde una joven albanesa mantenía un matrimonio de conveniencia para lograr la documentación.

Con Rosetta (1999) lograrán el reconocimiento mundial, con Palma de Oro de Cannes incluida, en la que contaban con extrema dureza la sordidez y las extremas condiciones de vida de una adolescente con madre alcohólica. Volverán a triunfar en Cannes con El niño (2005) en la que un joven ladronzuelo y su novia tienen un hijo y eso les llevará, sobre todo a ella, a plantearse su vida con alguien así. Entre medias, realizaron El hijo (2002), durísimo retrato de los niños conflictivos enfrentados a un hombre de pasado tortuoso que les ayuda en su rehabilitación. Con El niño de la bicicleta (2011) volvían a los niños abandonados por sus padres que, afortunadamente, encontraba consuelo en los brazos de una peluquera comprometida. En Dos días, una noche (2014), con Marion Cotillard, seguían los pasos de una despedida que necesitaba los votos de sus compañeros para ser readmitida a cambio de perder una paga extra.

Los Dardenne sitúan sus películas en los suburbios de Lieja, bajo una forma naturalista, casi documental, generalmente siguen a adolescentes o jóvenes, tanto niños como niñas, todavía ingenuos e inocentes, en situaciones de riesgo de exclusión, y enfrentados a un sistema que los aparta, manteniéndolos desplazados, sin herramientas válidas para construirse un porvenir. Individuos que se mueven en los márgenes de la sociedad y dada su situación,  trasgreden la ley a menudo, seres que encuentran acostumbran a encontrarse con el rechazo de los demás, aunque logran encontrar algún resquicio de luz que los empuja inevitablemente hacia algún lugar en el que pueden encontrarse mejor. Un cine de calado moral, comprometido, hijo de su tiempo, valiente, social, alejado de cualquier discurso ideológico o manierista que, investiga y desmenuza la idea de Europa, un continente que vende humanismo y solidaridad, pero de puertas hacia afuera, en el fondo, en sus entrañas, en su más ferviente cotidianidad, ha devenido un continente individualizado, materialista y egocéntrico.

En La chica desconocida nos hablan del sentimiento de culpa y el dolor que produce dejar una muerte más sin nadie que la acoja, una adolescente negra, inmigrante y pobre, dedicada a la prostitución ha muerto y parece que a nadie le importe, pero Jenny que atiende diariamente a esos excluidos de la sociedad, a los que no llegan a final de mes, los que no tienen recursos económicos ni de ningún tipo, y el estado, además de negárselos, los excluye de forma miserable del sistema. Jenny se adentra en la investigación de la niña, quiere saber, conocer quién era, metiéndose donde no la llaman, pero siguiendo en sus trece, preguntando a los individuos a los que se encuentra y recabando información para averiguar su identidad. Los Dardenne construyen una película sobre la moral de cada uno de nosotros, nos interpelan directamente, nos impiden mirar hacia otro lado, nos muestran las complejas relaciones humanas que abundan en su cine, seres huidizos, con miedo que, intentando sobrevivir a duras penas, acaban metidos en líos con la justicia.

Los Dardenne recogen el espíritu del neorrealismo, los Rosellini, De Sica, y demás, que ponían el foco de la acción en la deprimente realidad de la Italia de posguerra, de la miseria, tanto moral como física, que se había instalado en una población derrotada y pobre, y sus deudores como Karostami, Kaurismaki… La inclusión de la joven intérprete Adèle Haenel (con su ingenuidad e inocencia, muy diferente a su rol en Les Combattants) recogiendo el aroma de otras heroínas dardennianas como Rosetta, Sonia, Lorna, Samantha o Sandra, todas ellas mujeres que siguen en pie a pesar de todas las heridas que arrastran, y la inclusión de los Olivier gourmet y Jérémie Renier, dos de los actores fetiche del universo de los Dardenne. El cine de los cineastas belgas rescata a una sociedad invisible, ese mundo de los nadies, de aquellos que desaparecen de un día para otro y nadie pregunta, de aquellos que existen y no se ven, de los que se resisten a morir.

El viajante, de Asghar Farhadi

LA FRAGILIDAD DE LA MORAL.

El arranque de la película resulta ejemplar y elocuente en el devenir de la historia. Se abre con la evacuación de un edificio que amenaza derrumbe, todos los vecinos salen con lo puesto escaleras abajo. En un instante, la cámara se detiene en uno de los vidrios que está resquebrajado, plano detalle de una grieta que recorre todo el cristal a punto de hacerlo pedazos, o lo que es lo mismo, el anticipo de la rotura que se producirá en el seno emocional de la pareja que acabamos de ver. El séptimo título de la filmografía de Asghar Farhadi (Khomeyni Shar, Irán, 1972) continúa explorando en profundidad esas grietas y roturas que se producen en el ámbito doméstico, a partir de un conflicto externo que cuestiona los principios morales y sociales de los individuos en cuestión.

Aunque su carrera se inició en el año 2003 con Bailar con el polvo, no fue hasta su cuarta película, A propósito de Elly (2009) que, el cine de Farhadi, empezó a estrenarse regularmente en nuestros cines, después de su reconocimiento en los festivales de prestigio. Una cinta, con reminiscencias a La aventura, de Antonioni,  en la que relataba a un grupo de amigos que se ven sorprendidos y cuestionados después que, una de las chicas del grupo desaparezca misteriosamente en la plaza, le siguió Nader y Simin. Una separación (2011), aquí una pareja en trámites de divorcio, deben tratar un problema que surge a través de la asistenta y su desatención al padre de uno de ellos, y continúo con El pasado (2013), su primera película rodada en el extranjero (Francia), en la que volvía a sumergirnos en el ámbito doméstico y como los problemas no resueltos del pasado invadían la tranquilidad de una pareja aparentemente enamorada.

En El viajante, Farhadi nos presenta a Emad y Rana, una pareja de clase media en Teherán que se gana la vida como docentes y en su tiempo libre ensayan Muerte de un viajante, de Arthur Miller. Farhadi describe a su pareja instalados en la clase media a la que parece que las cosas no les van del todo mal. El conflicto arranca con el cambio de vivienda, por el motivo que ya hemos indiciado al principio, su nuevo piso, con terraza (en la que Farhadi utiliza para mostrarnos el Teherán en continuo cambio estructural al que a ellos parece no afectar). El nuevo hogar, de prestado por un amigo, será el espacio que hará estallar la acción, cuando Rana es atacada por un desconocido (que Farhadi no muestra, como suele hacer en su filmografía, sino que será por medio de la elipsis, recurso que el cineasta iraní emplea de forma magistral). A partir de ese momento, en el que en apariencia todo parece reconducirse, comenzará el verdadero análisis emocional de Farhadi, y lentamente, con una maestría en la utilización de la dosificación de la información, y en sus peculiares descensos a los infiernos, eje estructural del cine del iraní, asistiremos al descubrimiento del pasado del edificio, alquilado por una mujer de vida alegre (que recuerda a destellos de El quimérico inquilino, de Polanski, y en el que Emad y Rana, se sumergirán en un laberinto emocional que no sólo cuestionará su percepción moral, sino también resquebrajará su relación de pareja.

El paralelismo con la obra que ensayan es demoledor, el Willy Logan y su mujer, Linda, se transmutarán en esta pareja que debe hacer frente a sus heridas como individuos y seguir hacia adelante. Logan y su familia, atravesados por la modernización, sucumben al desplazamiento y la falta de oportunidades de un mundo sangrante y atroz falto de sentido social que aniquila a todos aquellos que no siguen girando la rueda. Farhadi cuenta su película de forma naturalista, una planificación que en ocasiones parece que estemos ante una película social del modo de vida en Teherán, filmando tomas largas que mezcla con planos cortantes, muy próximos a sus personajes, de modo que podemos respirar con ellos y seguir su penoso devenir, en el que deberán enfrentarse a sus principios, y batallar contra su rabia, el odio, o la humillación a los que se ven sometidos.

Otro de los grandes elementos del cine de Farhadi es su dirección de actores, unos intérpretes que desprenden una veracidad aplastante, aunque el cineasta iraní está más interesado en la investigación de las relaciones humanas, sus complejidades y cuestionamientos, y en todo aquello, oscuro y profundo que se esconde bajo la apariencia física, y Farhadi, y de ahí deviene su inmenso talento, lo hace de forma prodigiosa, construyendo una película de calculada precisión argumental, con tintes de thriller, del que lentamente va agobiando y asfixiando a sus personajes, en la que nos muestra u oculta, según su parecer, para de esa manera, someter al espectador a un enjambre de secuencias, en las que nuestra conciencia se verá sometida a un espejo moral y deformante, en el que se cuestionan todos nuestros convencimientos y descubrimos que las situaciones nunca son como parecen, y nuestras ideas sobre la vida y los demás, aparentemente fuertes y firmes, siempre tienden de un hilo muy fino a punto de romperse y arrastrarnos con ellas, llevados hasta los lugares más oscuros de nuestra alma.

Train to Busan, de Yeon Sang-ho

train-to-busan-34333-g3APOCALIPSIS A BORDO.

El clásico zombie La legión de los hombres sin alma, de argumento similar a El gabinete del Doctor Caligari, ya profundizaba en los efectos desastrosos producidos por la mente humana sobre los individuos, convertidos en indefensas ratas de laboratorio y expuestos a experimentar los resultados de experimentos terroríficos. Una década más tarde, en Yo anduve con un zombie, magistral aproximación al género a través de la magia negra y el vudú, ya dejaba constancia los efectos irreversibles en la conciencia de las almas. A finales de los 60, el género experimenta una revitalización formidable con La noche de los muertos vivientes, filmada con un irrisorio presupuesto planteaba los resultados desastrosos de unas radiaciones de un satélite convirtiendo a los seres en hordas asesinas a la caza de carne fresca, además de convertirse en una metáfora de la segregación racial en EE.UU. y la guerra de Vietnam, diez años más tarde, nuevamente George A. Romero, volvía al género pero esta vez criticando el capitalismo feroz trasladando a sus muertos vivientes a un centro comercial. A principios del siglo XXI, vuelve el género a primera línea con 28 días después y su secuela filmada un lustro más tarde, 28 semanas después, introduciendo una variedad interesante, los zombies ya no se mueven torpemente y lentamente, ahora son rápidos y ágiles, y más destructivos si cabe. Cabe mencionar Rec y Planet Terror, de la misma década, como aproximaciones interesantes de la vertiente zombie.

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Ahora nos llega Train to Busan, dotando al género de un nuevo aire, porque no hay historias demasiado vistas, sino falta de ingenio, de la mano de Yeaon Sang-ho (Seúl, Corea del Sur, 1978) que viene de realizar tres films de animación adulta, The King of pigs (2011), The fake (2013) y Seoul Nation (2016), esta última especie de precuela de la película que nos atañe. El cineasta surcoreano, en su primera película de imagen real, sigue con sus mismas directrices, en las que plantea películas que mediante el thriller social, rastrea la sociedad de su país, la jerarquización en la que se ha convertido, en la que ricos y pobres viven alejados y sin mezclarse, provocando así unos niveles de desigualdad exasperantes y conflictivos. La premisa argumental es bien sencilla, una serie de pasajeros suben al tren de alta velocidad en Seúl con destino a Busan, un viaje de 453 quilómetros en la que en último momento se subirá un pasajero con síntomas muy sospechosos. La película se cuenta a través de Seok-woo, un treintañero gestor de fondos divorciado, más preocupado por sus negocios que el cariño de su hija Su-an, que acompaña porque la niña quiere visitar a su madre para celebrar su cumpleaños. Cuando estalla el conflicto, iremos conociendo las actitudes de cada uno de los pasajeros, el propio Seok-woo, reacio a cooperar inicialmente, se convencerá que la única manera de salir con vida del tren será a través de la ayuda de los demás. Sang-ho se sirve de los zombies como metáfora (una de las características del buen cine de género) para criticar el modelo de sociedad de su país, las hordas de zombies provocan que las clases desaparezcan en el tren, y tantos unos como otros, los de buena cuenta corriente como los de no, tengan que mezclarse y sobrevivir mediante la ayuda que se prestan unos a otros, pero el cineasta surcoreano no lanza un discurso maniqueo en absoluto, unos entienden el problema de cooperación al instante, otros tardan más, e incluso alguno no lo entiende, y hasta el último instante, sigue anteponiendo su voluntad sin importarle el destino de los demás.

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La película tiene un ritmo endiablado y es pura adrenalina, cada nueva parada del tren en las distintas estaciones, se convierte en una nueva muestra del ingenio del cineasta, en la que nos somete a un ejercicio de suspense admirable en el que somos presos de una admirable puesta en escena, en la que juega con la tensión del espectador, con unos personajes expuestos a los ataques de los sanguinarios zombies, utilizando todos los recursos cinematográficos a su alcance, convirtiendo cada secuencia en una fantástica mezcla de tensión, nervios, persecuciones… en el que los personajes viven el drama y el horror por su vida y las que le rodean. Sang-ho nos lleva por este viaje alucinado que no parece tener fin, en que a cada momento el drama, lo social y lo fantástico se mueven al unísono, en el que asistimos a una descripción no sólo de la fisicidad de la película y cada personajes, sino del carácter y la actitud de cada uno de ellos, que Sang-hoo utiliza para describir los aspectos más oscuros de la sociedad de su país.

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Otro punto a destacar es la sutil utilización de los fx de la película, en la que se mezcla imagen digital (sin abusar, no como en otras películas, que su uso es endemoniado, creando un aspecto demasiado falso a lo que se cuenta) con trucajes y maquetas de la vieja escuela, creando una atmósfera asfixiante y terrorífica que le va ni que pintada a la película. Sang-ho vuelve a demostrar su talento para el cine profundo y de factura y ritmo endiablado, siguiéndola estela de otros realizadores coetáneos como Park Chan-wook, Kim Ki-duk, Bong Joon-ho o Na Hong-jin, cineastas que han encontrado en el thriller el vehículo perfecto para explorar las miserias de su país. Sang-ho ha realizado una película de terror, pero sin olvidar su vertiente humana, sobre la capacidad de los individuos de no sólo mirarse hacia dentro, sino también, mirar hacia el otro, al que tienen al lado, construyendo un mensaje de solidaridad en esos tiempos de sociedades mercantilizadas, en las que se prima el individualismo en perjuicio del cooperativismo y lo humano.

 

Tarde para la ira, de Raúl Arévalo

tarde_para_la_ira-821487359-largeVIAJE SIN RETORNO.

La película se abre de forma magistral y enérgica, en unos primeros minutos donde deja claro sus intenciones, en la que nos amordazará contra la pared y nos dejará así hasta que finiquite su historia. Filmando un atraco desde el punto de vista del conductor que espera en el interior del automóvil a sus compinches (recuerda a la situación parecida que se desenvolvía en Sólo se vive una vez, de Lang) que espera nerviosamente a que los ejecutores salgan y puedan salir cagando leches. Pero, algo ha salido mal, la policía llega y el conductor que se llama Curro, tiene que salir a toda hostia, que después de escabullirse un par de calles, los perseguidores le provocan un accidente y es detenido. La película viaja hasta ocho años después, cuando Curro (estupendo Luis Callejo en un rol lleno de sequedad, amargura y violencia) está a punto de cumplir su condena.

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Raúl Arévalo (1979, Madrid) que lleva más de una década dedicándose a la interpretación bajo la dirección de autores tan relevantes como Daniel Sánchez Arévalo, Isaki Lacuesta o Pedro Almodóvar, entre muchos otros (a los que agradece en los créditos lo mucho que ha aprendido de ellos) interviniendo en películas notorias como Azul oscuro casi negro, Murieron por encima de sus posibilidades, La isla mínima o Cien años de perdón, las dos últimas emparentadas con el thriller dramático por el que transita su primera película como director. Arévalo nos sumerge en una historia dura, áspera y muy violenta, bajo un decorado que se mueve entre dos espacios, por un lado, los barrios obreros madrileños, en los que pululan gente de mal vivir, gimnasios tapaderas, bares de cafés por la mañana, menú de mediodía, partidas de mus y partido los domingos, y por el otro, el paisaje rural, hostales de carretera, casas de pueblo a los que ir para descansar, fiestas mayores de pueblo con baile en la plaza, animales y huerta, en los que nos encontramos a gente humilde, gente con escaso dinero, que tira pa’lante como puede o como le dejan.

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La acción arranca con José (excelente Antonio de la Torre, buque insignia en los últimos tiempos de ese cine negro que tan buena salud manifiesta en nuestro cine) del que poco conocemos, un ser roto, alguien que lo ha perdido todo, alguien que viene a ajustar cuentas con el pasado con todos aquellos que un mal día se cruzaron con las personas que más quería, sabemos que ha hecho amistad en el bar, donde va a menudo, y se siente fuertemente atraído por Ana (descomunal la interpretación de Ruth Díaz, premiada en Venecia, que deja sin aliento, moviéndose  entre la fragilidad de su físico, que desprende una carnalidad desaforada, su fuerte carácter y esa belleza mezclaza con la desilusión de tantos años sola tirando del carro) la mujer que espera a Curro y trabaja en el bar que comparte con su hermano. Arévalo opta por el formato súper 16 mm, contando en tareas de fotografía con Arnau Valls (responsable entre muchas otras de Toro o Tres bodas de más) para insuflar a sus planos de esa textura granulada, que penetra en los personajes, amén de una cámara que no deja ni a sol ni a sombra a sus personajes, acercándose a sus entrañas y perforando cada poro de su piel. Un montaje cortante y sobrio obra de Ángel Hernández Zoido (autor de La mujer sin piano o Caníbal…) envuelve la película de forma prodigiosa llevándonos en volandas por esta historia seca, abrupta, que nace del interior, que camina con fuerza en este viaje muy físico hacia la muerte, en el que no hay vuelta atrás, en este macabro y brutal descenso a los infiernos, a ritmo de rumba y quejíos, protagonizado por seres corrientes que el fatal destino los ha llevado a conocerse en las circunstancias más adversas y terribles.

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Arévalo se enfunda el traje de faena, consigue transmitir y agujerearnos con momentos de tensión de gran altura,  que se desatan en las diferentes situaciones entre los personajes, una tensión bien manejada que va in crescendo en una trama desarrollada con avidez y eleganci, dosificando con inteligencia la información de cada uno de las criaturas que se mueven entre las sombras y la oscuridad que teje cada salpicadura de la cinta. Una película con aroma a Peckinpah y su Perros de paja, con clara referencia al personaje de David Summer (interpretado por un imberbe Dustin Hoffman) que tiene mucho que ver con José, el urbanita de vida cómoda que el fatal y caprichoso destino lo convertirá en un ser armado con una escopeta que clama justicia ante los maleantes impunes que se va ir encontrando. También, encontramos aires del cine rural español, con las novelas de Sender o Aldecoa, y el cine de Saura a la cabeza, y los Borau o Isasi-Isasmendi, entre otros, un cine metafórico en el que la realidad social del momento se convertía en ese espejo deformante que nos guiaba para reflexionar sobre los males interiores tanto individuales como colectivos, y las oscuras complejidades que baten el alma de los seres humanos. Arévalo se ha destapado de forma prodigiosa y excelente en labores de dirección en una película contundente, rabiosa, y llena de negrura, que atrapa desde el primer instante, envolviéndonos en un ambiente en el que los paisajes ahogan, no dejan vivir, que arrastran y agobian a unos personajes que tratan de respirar y sobrevivir, y huir de un pasado que quieren olvidar, pero bien sabido es que hay cosas que por mucho que las entierres, no hay manera de ocultarlas, siempre salen a la superficie para saldar cuentas y continuar con su camino.

La mina (The Night Watchman), de Miguel Ángel Jiménez

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Películas como El sabor de la venganza, de Joaquín Romero Marchent, La sabina, de José Luis Borau,  Angustia, de Bigas Luna, Los otros, de Alejandro Amenábar, Bosque de sombras, de Koldo Serra, entre muchas otras, son algunos ejemplos de cine español, rodado en España y en inglés, con equipo técnico y artístico con representación internacional. La mina, en su versión española, y The night watchman, en su versión inglesa, es la última producción con este tipo de características. La película nace de la cabeza del guionista Luis Moya, que ya había trabajado anteriormente con el director Miguel Ángel Jiménez (1979, Madrid) en las interesantes y premiadas Ori, que nos trasladaba a una devastada Georgia después de la guerra y cómo sobrevivían unos seres castigados y dolientes, en Chaika, la podredumbre de Kazajistán servía como telón de fondo para contarnos un durísimo relato de unas mujeres obligadas a prostituirse. Ahora, nos lleva a Kentucky, en un ambiente podrido, desolado y asfixiante de la América profunda (en realidad filmado en los bosques de Artikutza, en Oiartzun, en el País Vasco) y cómo epicentro de la trama una mina abandonada (localizada en Monsacro, en Asturias).

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El relato arranca con la llegada de Jack, un joven treintañero que vuelve a casa (una especie de Ulises y su Ítaca soñada) después de cumplir condena en la cárcel por su pasado con las drogas, allí se reencuentra a su todavía esposa Alma, y su hijo sordomudo Raymond de 8 años, los acompaña y acoge su hermano mayor Mike, metido a predicador del pueblo. Jack empieza a trabajar como vigilante nocturno en la mina para evitar los saqueos que se producen, la relación distante y tensa con su mujer y su hermano marcan la vida de Jack, que además debe lidiar contra su pasado, de alcohol y drogas, y una extraña aparición en la mina. Jiménez nos adentra en una película densa y siniestra, con una agobiante e inquietante atmósfera, en un paisaje que ahoga y mata lentamente, un lugar perdido, alejado del mundo, y habitado por seres perdidos, en constante espera, y ajados de ilusiones y vida, en el que las apariencias y lo oculto priman sobre la sinceridad y el cariño. La película mantiene la tensión latente durante todo su metraje, sumergiéndonos suavemente en el terror irrespirable que acecha en el pueblo, y sobre todo, en las paredes y galerías olvidadas de la mina.

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El director madrileño crea a partir de la figura del desdichado Jack un relato oscuro y macabro en que el pasado terrorífico de su familia, y los consecuentes traumas del joven juegan una parte importante en el trasfondo psicológico de los personajes. Una cinta sincera y honesta que contiene el inmenso trabajo de luz de Gorka Gómez Andreu, otro habitual de Jiménez, y el preciso montaje de Iván Aledo (fetiche del cine de Medem) y una excelente producción de los veteranos José Luis Olaizola y Edmundo Gil, que nos recupera los ambientes opresivos y con lectura política del cine setentero estadounidense como Yo vigilo el camino, de Frankenheimer, Defensa, de Boorman o Perros de paja, de Pekinpah, un cine que se agarraba en lo más profundo del alma, y exploraba con inteligencia las amarguras y soledades de unos seres atrapados en sus miserables pueblos, donde imperaba el fascismo y el terror inhumano hacía el otro, un cine recuperado por cineastas como Sayles, con el que comparte ciertos elementos, Jeff Nichols y sus excelentes Take Shelter y Mud, o la fascinante Winter’s bone, de Debra Granik. El trabajo interpretativo con unos enormes Matt Horan (que toca a la guitarra un par de temas), como el «losser» que huye de sí mismo, Kimberley Tell, la atractiva y atrapada esposa y madre, Jimmy Shaw, el enviado de Dios con múltiples caras, y Denis Rafter encarnando al viejo minero Stan. Un cine de gran factura que mezcla con sabiduría géneros como el drama social, el western, y el terror psicológico, con buenas dosis de suspense. Cine interesante y entretenido contado con tranquilidad y dosificando inteligentemente la información para atraparnos lentamente en su oscura madeja, expectantes ante todos los hechos  que acontecerán.

Toro, de Kike Maíllo

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Desde tiempos inmemoriales, el buen cine se ha revelado como un fiel reflejo de la situación social, política y económica del país en cuestión, erigiéndose como metáfora en la que se reflejaban todos los males de una sociedad enferma, perdida y corrupta. Después de la interesante e hipnótica Eva (2011) con la que debutó en el largo Kike Maíllo (1975, Barcelona), su nuevo trabajo supone una vuelta de tuerca en relación a la citada película. Si en Eva, componía un relato a medio camino entre la literatura de ciencia-ficción clásica, la búsqueda interior y una “love story” interrumpida, bajo una imagen estética de gran belleza, en la que se imponía una historia a la que le faltaba algo más de emoción. En Toro, se ha decantado por dos guionistas de gran calado y experiencia como Fernando Navarro (Anacleto, agente secreto) y Rafael Cobos (habitual de Alberto Rodríguez), en la que no falta de nada: ese sur, el de Marbella, Torremolinos…, de fuertes costumbres y tradiciones, la arquitectura vacacional de edificios con aliento espectral que desafían los límites arquitectónicos y estéticos, el mundo oscuro de los bajos fondos, persecuciones rodadas con gran nervio y sentido del espectáculo, y un buen puñado de personajes con enjundia emocional, apoyados por una fuerte estilización de la imagen que impregna la historia de ese aroma de pérdida, desilusiones y mugre que contamina todo el ambiente y a los personajes.

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El film se sumerge en una trama frenética y sangrienta, nos mete de lleno en 48 horas, en las que un pardillo e inmaduro tipejo que se hace llamar López, ha robado al capo, a Don Rafael Romano, éste envía a sus matones para cobrar, y López acojonado, pide ayuda a su hermano pequeño, Toro, que dejó ese mundo de mafiosos y gentuza, y está a punto de pasar al tercer grado de una condena de cinco años. Toro ha cambiado de vida, conduce un aerotaxi y vive con su novia. Pero todo cambia, y para peor, Toro, López, y la hija de este se sumergen en un huida a toda hostia, en la que deberán esconderse como alimañas perseguidas por Don Rafael y sus secuaces. La quemada y abstracta luz que impone Arnau Valls (responsable de la imagen de Eva, Anacleto o Naufragio, de Pedro Aguilera) actúa de forma impecable para llenar de contrastes y desazón todo lo que sienten unos personajes al límite y llenos de malasangre. Un montaje punzante y eléctrico obra de Elena Ruiz (las últimas de Coixet, entre otras) que mezcla con sabiduría los momentos que van a toda velocidad con los de apaciguamiento, llenan una película valiente, honesta y rabiosa, que se ve con mucho interés y atrapa desde el primer instante (con ese sublime arranque de luz tenebrosa en la que Don Rafael se encuentra con la echadora de cartas, en la que el destino toma la palabra y las emociones se disparan).

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Una cinta de buenos personajes, desde los matones a sueldo que limpian la mierda del jefe, destacando a Ginés, su hombre fiel, un tipo que obedece a un diablo con apariencia paternal, López (contenido y fantástico Tosar) en un personaje miserable, cobarde y vilipendiado, que no hace más que meter en líos a sus hermano, y vagar como un pobre diablo, Don Rafael Romano (como aquel Pepe, figura del macho en La Casa de Bernarda Alba, de Lorca, que además de citar a los clásicos, suelta perlas del tipo: “España es un país de malos hermanos” ó “La mala memoria, otros males de este puñetero país”), interpretando magistralmente por José Sacristán (convertido en icono y figura esencial en el cine español actual) que realiza toda una inacabable gama de recursos interpretativos, desde su forma de mirar, hablar y moverse. Sacristán es el capo del dinero sucio, la figura paternal para ellos, de los que saca toda la sangre y la vida, lo mejor de cada uno de ellos para su beneficio, un señor elegante, señorito andaluz, de la vieja escuela, vestido de los pies a la cabeza, sin escrúpulos, cofrade mayor, y que se maneja como Dios en ese inframundo de gentuza sin escrúpulos que mata sólo con oler el dinero.

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Y para finalizar, Toro (con un Mario Casas en plena forma física y emocional, que defiende un personaje fuerte pero sensible) representa a ese joven que ha dejado el mundo de Don Rafael, pero inevitablemente tiene que volver a él, y peor aún, enfrentarse a su figura. Toro es esos chicos de infancia perdida, de sinsabores y huidas constantes, que han sido amamantados por seres infectos e inmorales, que los han utilizado y exprimido para su beneficio económico y emocional, que no han conocido otra vida. Toro no puede dejar su pasado atrás, lucha contra fuerzas superiores que no puede vencer, su camino es ingrato y lleno de miseria y podredumbre, está condenado a un destino que lo persigue y lo ahoga sin remedio, sin posibilidad de escape, como los Cagney, Bogart, etc…, que también describía el cine clásico de los 30 y 40. La película no esconce sus referencias, los clásicos setenteros de Peckinpah, Lumet, Siegel, Pakula, Boorman o Pollack, por citar algunos, o el Spaghetti western de los Leone, Corbucci, etc… están muy presente, o los más cercanos en el tiempo y estructura, los thrillers asiáticos, o los trabajos de Díaz Yanes (Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto ó Sólo quiero caminar), Urbizu (La caja 507 ó No habrá paz para los malvados) ó Rodríguez (Grupo 7 ó La isla mínima), películas que demuestran el buen pulso del género patrio, y que convierten a Toro, en una buena muestra de ese cine, en el que se mezclan las raíces más intrínsecas de lo nuestro, patria, religión, sangre y familia, con la mentira, extorsión y el retrato de un país amoral, lleno de sinvergüenzas que mienten, roban, y llegados al caso, asesinan y te borran del mapa.

Madrid, above the Moon, de Miguel Santesmases

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Un joven treintañero hace fotos mientras pasea por la Plaza de Oriente de Madrid. Habla en inglés con turistas y acaba flirteando con ellas. Algunas acaban en su cama, otras no. Se hace llamar Miguel y que se dedica a hacer fotografías, incluso las lleva hasta su casa. Pero en realidad, no es así, él no es quién dice ser. Está suplantando la vida y el trabajo de su amigo, que le ha dejado unos días su casa. De esta manera tan envolvente y peculiar arranca la cuarta película de Miguel Santesmases (1961, Madrid), que tras un período prolífico en el que hizo tres films en 7 años, llevaba una década sin dirigir, la última fue Días azules en el 2006.

Dedicado durante ese período a la docencia, Santesmases tenía ganas de volver a dirigir, pero quería hacer una película modesta y sencilla, que nadie debía aprobar, que se haría en cooperativa con la ayuda desinteresada de muchos y su rodaje se llevaría a cabo en Madrid. Una película de alguien que fantasea con ser otro, Ernesto se ha pasado la vida queriendo ser otro, no ser quién es, quizás por falta de valentía a decidirse por algo o alguien, en una eterna huida que pretendiendo escapar de los demás, no se da cuenta que de quién está escapando es de sí mismo. Santesmases ha filmado una cinta sencilla, que sucede casi siempre de día, y casi en un único escenario, la Plaza de Oriente, el origen y lugar emblemático de la capital, un espacio donde se concentran turistas por doquier, el lugar idóneo donde Ernesto puede pasar desapercibido, siendo otro, en el que habla en inglés, en el que liga con turistas, mujeres de paso, personas que pasarán por su vida como una brizna de viento, nada que lo pueda devolver a la realidad, y mantenerlo en esa extraña ensoñación inmadura en la que se encuentra. La cámara del realizador madrileño observa con la debida distancia, no juzga a sus personajes, sigue a Ernesto, al que acompaña el sonido ambiente y la suave melodía de la guitarra española, lo mira desde afuera, como el que mira a alguien que acaba de llamar su atención, permite a los espectadores seguir lo que acontece sin inmiscuirse, sin molestar, con atención, eso sí, pero dejándose llevar por los acontecimientos que se van presentando.

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La primera mitad de la película está construida como una comedia romántica de chico conoce a chica, aunque con matices, parece que el chico sólo quiere ligar con chicas, sin llegar a conocerlas. En la segunda parte de la cinta, el género romántico se mantiene, pero la comedia deja paso a una cinta de misterio o thriller, en el que aparece una chica, que como le ocurre a Ernesto no dice quién realmente es, oculta cosas de su vida y se aparta de sí misma. Santesmases nos habla de un mundo de apariencias, de mentira, de un mirada crítica hacía las relaciones superficiales en las que nos movemos en el mundo contemporáneo, también hay lugar para el metacine, en el que la película se construye a medida que la estamos viendo, con aparición incluida del director (como sucedía en Los ilusos, de Jonás Trueba, película con la que comparte más de un paralelismo). Un cine de aquí, que reflexiona sobre la dificultad de hacer cine, y de las complejas y oscuras relaciones. Un cine que nace desde dentro, hecho artesanalmente, de calidad, con unas interpretaciones naturales y honestas entre las que destaca Víctor Vidal como el joven “fotógrafo” perdido, Rocío León, la enigmática y cálida Alma y Helena Sanchis como la desaparecida y atractiva Susan. Una historia ligera, que se ve con tranquilidad, sin prisas, (que recoge el espíritu de aquella comedia madrileña de finales de los 70 y primeros de los 80, en títulos como Tigres de papel, Opera prima o el primer Almodóvar) en el que conocemos personajes como nosotros, que quieres ser otros, o simplemente huir de ellos mismos, aunque esa perpetua huida acaba teniendo un final, un punto finito en el que tenemos que mirarnos a nuestro espejo interior y saber quiénes somos y sobretodo, quién queremos ser y hacer.