El desentierro, de Nacho Ruipérez

LAS HERIDAS ABIERTAS.

“Conocer la verdad no cambia nada”

La película se abre con un plano aéreo que recoge la resolución del conflicto, un conflicto que nos llevará primero tres días antes de ese último plano, y luego, nos llevará aún más allá, porque la película pivota entre dos frentes abiertos, el año 1996 y el 2017, en la asistimos a constantes idas y venidas entre los dos tiempos, porque todo lo que sucede en el presente, se verá condicionado a aquellos años, a veinte años atrás. La trama arranca con la llegada de Jordi para asistir al funeral de su tío Félix, político muerto en extrañas circunstancias, donde se reencontrará con Diego, su primo hermano e hijo del político fallecido. Jordi sigue traumatizado por la desaparición de su padre Pau veinte años atrás, y con la ayuda de Diego empieza a investigar posibles cabos sueltos. La aparición en escena de Germán Torres, antiguo socio político de Félix, hace aún más si cabe que la madeja del pasado oscuro que envuelve a esos personajes, se relacione con la desaparición de Pau. La puesta de largo de Nacho Ruipérez (Valencia, 1983) rastrea aquellos años 90 de esplendor discotequero con la famosa “Ruta del bacalao”, la corrupción que campaba sin límites por las tierras levantinas, y los cientos de puticlubs que afloraban en las carreteras nacionales, tiempos que ahora se miran desde la distancia, desde las pesquisas de Jordi y Diego, rastreando los lugares abandonados o en estado ruinoso de aquellos años de falsa magia y chanchullos políticos. Los arrozales y las tierras valencianas se convierten en el escenario perfecto para buscar a los ausentes, para abrir cajas cerradas a cal y canto, y volver a aquellos lugares y aquellos personajes que pululaban por aquel ambiente de dinero negro, putas maltratadas y mentiras.

El director valenciano maneja con astucia y credibilidad los dos tiempos en los que se sustenta la cinta, construyendo una atmósfera sobria y clásica para hablarnos de los años 90, en la que hay dos líneas argumentales, la corrupción política de Félix y su socio, por un lado, y la historia de amor de Pau y Tirana, la prostituta en las redes de la trata. Dos tramas que se verán mezcladas y tendrán tintes dramáticos para algunos de los personajes implicados. En la actualidad, Ruipérez cimenta la trama en un thriller setentero, a lo Pakula o Boorman, áspero y sangriento, donde la cámara se mueve con la misma energía que los acontecimientos, y el descenso a los infiernos a los que van los dos primos irremediablemente, porque hay cajas que es mejor no intentar abrir, y dejarlas cerradas para siempre. El amor y el deseo de saber la verdad conduce la película hasta ese camino sin retorno, hasta lo más oscuro de la condición humana, porque saber es el único camino para Jordi y su primo Pau, que deberán enfrentarse a los suyos y a sus miedos e inseguridades para digerir esa verdad que los cambiará para siempre.

Los lugares vacíos que antaño fueron concurridos y llenos de neones, los inmensos arrozales que ahora parecen desiertos de almas perdidas, esas fábricas abandonadas que fueron prosperas en su tiempo, o seres que vagan sin rumbo, que acarrean pesadas mochilas de mala conciencia o incluso algún que otro cadáver a sus espaldas doloridas y maltrechas, es la inquietante y tenebrosa atmósfera que Ruipérez construye con aplomo y sinceridad, dejando que el espectador vaya descubriendo la luz ante tanta oscuridad, y lo hace a través de un ritmo pausado y honesto, donde no caben las sorpresas sacadas de la manga o personajes de la nada, como suelen ocurrir en muchos thrillers actuales, donde manejan tramas superficiales, donde hay buenos y malos, Ruipérez prescinde de todo eso, y crea uno de los debuts más estimulantes de los últimos años en cine de género, manejando con inteligencia a sus personajes, sus diferentes tramas y esa luz sombría y cegadora que abruma a sus protagonistas, obra del gran Javier Salmones, contribuyendo a ese ritmo infernal y reposado que imprime la maestría de la veterana Teresa Font.

El cineasta valenciano se ha nutrido de un reparto que mezcla juventud con nombres consagrados, dotando a la película de complejidad y ambientes oscuros y llenos de matices y detalles, donde abundan los personajes que mienten, llenos de rabia, donde el miedo y la inseguridad forman parte inquietante que casa con naturalidad con ese paisaje de pasados sombríos,  como los dos primos, Michel Noher y Jan Cornet, que atrapan naturalidad y sinceridad, bien acompañados por Nesrin Cavadzade como Tirana, y Jelena Jovanova como su hija, y el siempre conciso Leonardo Sbaraglia como el desaparecido Pau, y los Jordi Rebellón como Félix, un tirano Francesc Garrido como Germán Torres y Ana Torrent, la esposa seria y oscura de Félix. El desentierro es una thriller con hechuras que pone el foco en la corrupción y esos amores fou que suelen acabar olvidados en espacios oscuros y abandonados, donde las almas inquietas y rotas acaban por encontrar aquello que nunca buscaron, pero en el fondo no podían encontrar otro destino que no fuese fácil y feliz.

Animales sin collar, de Jota Linares

DEUDAS CON EL PASADO.

El espectacular arranque de la película en la que nos sitúan en el interior de un automóvil en plena noche, en el que dos individuos jóvenes, uno, el que conduce, es un manojo de nervios, balbucea y está al borde del colapso, el otro, en cambio, anda moribundo y con un pie en el otro mundo. El coche circula a toda velocidad, todo ocurre muy rápido, sin tiempo de respirar, los planos son cortos y agitados. De repente, pasamos a general y el coche se detiene y deja al moribundo en la entrada de urgencias de un hospital, y sale a toda pastilla. Corte a un parking de discotecas, estamos unos años atrás, el que conducía se encuentra con una mujer, los dos se miran y saben que, a partir de ese momento, sus vidas quedarán ligadas muy a su pesar. De la noche del inicio pasaremos a la luz cálida, en ocasiones abrasadora y asfixiante de esa Andalucía rural, alejada de ruido, tráfico y prisas. La puesta de largo de Jota Linares (Cádiz, 1982) está inspirada libremente en Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, la heroína Nora metida en un berenjenal íntimo, social y político de finales del XIX pasa a la Andalucía actual en otro embrollo de la misma naturaleza que mezcla el pasado y el presente, la política y lo íntimo, en el que se respira una atmósfera oscura y agobiante que contrasta con los espacios llenos de luz de la película, y la paz que, presumiblemente tienen esos ambientes.

La película lleva el sello de la productora Beatriz Bodegas, artífice de Tarde para la ira, de hace un par de años, también debut como director del actor Raúl Arévalo, un intenso y brutal thriller urbano en él que también se jugaban cartas con el pasado. Ahora, de la mano de Jota Linares, que ya había llamado la atención con sus cortometrajes como 3,2 (Lo que hacen las novias), Ratas o Rubita, planteando historias oscuras y perversas dentro de la cotidianidad, vuelve a esas premisas para hablarnos de varias cuestiones. Por un lado, tenemos el pasado, en el que Nora, el personaje femenino que hace una extraordinaria Natalia de Molina, será la encargada de llevar el peso de la trama, en el que Linares descansará toda la parte emocional soterrada, aquella que no se ve, pero bulle en su interior como una olla a presión a punto de estallar, en el que sentiremos toda su angustia, dolor y rabia en los acontecimientos que irán surgiendo.

Luego,  tenemos la política, con el personaje de Abel, que interpreta un sobrio y elegante Daniel Grao, uno de esos políticos jóvenes que viene a hacer borrón y cuenta nueva ayudando a los desfavorecidos y los olvidados con un partido que se llama “Pueblo Unido” (si hacen sus cábalas encontrarán su símil en la realidad) un marido tranquilo y sereno que tiene en ese lunes el día más importante de su carrera política, el discurso de investidura como presidente de la Junta de Andalucía. El tercer vértice de la trama encontramos a Víctor, estupendamente interpretado por Ignacio Mateos, en el que sentimos su desesperación y miseria,  un alto cargo manchado de corrupción con padre en la cárcel y madre senil, que remueve el pasado para no perder sus privilegios, chantajeando a Nora y provocando el cisma de la película, uno de esos tipos que ha utilizado la política como moneda de cambio, como espacio para acaudalarse y ahora, se ve perdido y herido como un lobo dando sus zarpazos a diestro y siniestro.

Encontraremos a dos personajes más, a Virginia, con el temple de una fantástica Natalia Mateo, en uno de esas almas a la deriva que pertenece al pasado de todos y de ninguno, que llega a servir de ayuda a una desesperada Nora, y también, conoceremos a Félix, al que da vida un convincente Borja Luna, interpretando un fotógrafo, también del pasado, que será testigo de todo la revolución emocional que está a punto de estallar. El cineasta gaditano nos encaja su película en sólo 3 días, que irá puntualizando como si fuesen capítulos, con esa penterante luz de Junior Díaz , también debutante, que baña la intimidad con suavidad, pero con esa negrura que sólo las almas sin consuelo conocen. Linares dota a su trama de un ritmo pausado, a fuego lento, sin prisas ni aspavientos emocionales ni sentimentales, en un magnífico thriller intenso,  íntimo y social donde todo escuece y nada es lo que parece, en un brutal ejercicio de sobriedad y estilo, donde todo se cuenta desde las entrañas, donde crecen y brotan lo más sucio y miserable de la condición humana, donde los males nos hacen polvo a nosotros y aquellos que queremos, en esos espacios del alma en los que nadie miente, donde la verdad es dolorosa y no deja luz para aliviarla.

La película toca muchos palos, desde el thriller seco y áspero, como el que hacían Fleischer, Fuller, Ray o Boorman, a ese cine rural violento y sangrante de Pascual Duarte o Furtivos, el western, con esos paisajes desérticos, donde antes pasaban carreteras y se podía oler la vida, al estilo de Hellman o Peckinpah, de esos tipos tirados y perdidos con su coche a cuestas como único hogar o final, la política, como juego de bandos y aniquilación del adversario, el pasado como arma arrojadiza del que no puedes despegarte y del que deseas enterrar por siempre jamás, y la mirada femenina, esa mujer que hace lo (im) posible para manejar los problemas y tiene que acarrear un montón de penurias y conflictos internos para que la armonía y esa paz, sólo de apariencia, siga siendo el motor de la vida de su marido, aunque a veces, todo es demasiado hostil y doloroso para seguir manteniéndose fuerte y valiente, porque hay momentos que también uno tiene que mirar por sí mismo y dejar que otros agarren las riendas de su vida y se enfrenten a sus propios conflictos.

Corporate, de Nicolas Silhol

LAS MISERIAS DEL SISTEMA.

“Esta película es una obra de ficción, pero está basada en métodos administrativos reales”

Entre los años 2008 y 2009, la empresa de telecomunicaciones francesa France Télécom se convirtió en el ojo del huracán, porque 35 de sus empleados se quitaron la vida. La empresa salió en su defensa aludiendo que acabaría con el mal que le acechaba. Aunque, detrás de todos estos casos de suicidio se ocultaban métodos deshumanizados de la empresa para aniquilar psicológicamente a sus empleados y que ellos mismos optaran por la baja voluntaria. A partir de este caso real, el director francés Nicolas Silhol se ha inspirado para dirigir su puesta de largo adentrándose de forma seria y rigurosa en esta parte oscura de los trabajos sucios que emplean grandes empresas contra sus empleados, a través de un personaje, Emilie, la directora de RRHH contratada para llevar a cabo tal misión, todo parece indicar que la operación marcha bien, hasta que uno de los empleados se lanza al vacío. A partir de ese instante, el ambiente se turbará en las oficinas, y ya nada volverá a ser igual, y la aparición de una inspectora de trabajo que comenzará una investigación para averiguar las causas ocultas del suceso. Silhol nos somete a una trama que casi ocurre en su totalidad en las habitaciones de la empresa, entre pasillos y salones blancos, todo de diseño, pero que esconden las miserias más terribles, donde se suceden las reuniones, los (des) encuentros y la desconfianza que se instala en Esen, el nombre ficticio de la empresa en cuestión.

La película nos habla de la responsabilidad de nuestros actos, y de la naturaleza de nuestro trabajo, de la toma de decisiones personales, y cómo nos afectan a nosotros mismos, de los límites a los que estamos dispuestos a sobrepasar con tal de cumplir con nuestro trabajo, y las consecuencias de obedecer órdenes de los jefes que consideramos injustas y que atentan contra la dignidad de los empleados. Silhol presenta una película de corte negro, donde la investigación de las autoridades lentamente irá sacando lo peor de cada uno, y de su verdadera identidad, primero a un nivel personal, y luego a un nivel colectivo. Todo se nos cuenta a través de una frialdad que espanta, desde un punto de vista ético, donde no hay amigos, donde las cosas funcionan porque es lo mejor para la empresa, en el que el trabajo sucio se hace sin más, como si fuésemos robots, donde no hay espacio para las emociones, en el que vamos eliminando compañeros de trabajo como si fuesen piezas de ajedrez, sin asumir las terribles consecuencias para ellos.

Un sistema podrido, deshumanizado y salvaje, donde el trabajo se ha convertido en una mera excusa para acumular beneficios sin fin, donde tu trabajo y sobre todo, tu dignidad como ser humano, quedan fuera de la empresa, y dejas de ser quién eres para convertirte en un esbirro de la empresa, cumpliendo a rajatabla sus órdenes, y siempre dispuesto a asumir y sin protestar, cualquier deseo de los jefes. Corporate viene a incorporarse a este tipo de películas donde la deshumanización del trabajo convierte a sus empleados en auténticos depredadores que no tendrán ningún problema en eliminar a su adversario de  la mesa de al lado, como explicaban en Glengarry Glen Ross o en Smoking Room, en las que la aparente tranquilidad y compañerismo sólo eran una fachada de la cena de navidad, el resto del tiempo era una jungla laboral, donde se intentaba ser más que el otro, utilizando todos los métodos habidos y por haber. Silhol ha construido una película humanista, de nuestros comportamientos siniestros en el trabajo, y cómo afecta a nuestro entorno, tanto profesional como personal, en el que la investigación del suicidio, se mezcla de manera natural e inteligente en la trama y los acontecimientos del relato, siguiendo la actitud de Emilie, una mujer con carácter que deberá mirar su trabajo y sus emociones con más detalle, y asumiendo su responsabilidad en los actos horribles que ha cometido en nombre de la empresa.

Céline Sallette interpreta a Emilie, dotándola de esa frialdad que suavemente se va despojando de toda ese caparazón de indiferencia, bien acompañada por Lambert Wilson dando vida a ese jefe sin escrúpulos que todo lo hace porque la empresa lo necesita, donde sus decisiones son dolorosas pero necesarias, puro cinismo, y Violaine Fumeau, que compone a la inspectora de trabajo con esa función de ogro del relato, que deja bien claro las deficiencias del sistema para finalizar con los abusos de las empresas, y que se muestra como una mujer decidida y dispuesta a encontrar la verdad. Silhol ha hecho una película valiente, rigurosa y seria, en la que nos habla del ambiente laboral o lo que queda de él, como si estuviésemos delante de un thriller de investigación llena de oscuridad y terror,  para abrirnos los ojos de los métodos brutales y horribles de tantas empresas que campan a sus anchas, o podríamos decir de un sistema laboral que deshumaniza a sus empleados y los convierte en meros entes sin emociones y sin vida que pueden ser despedidos cuando sea necesario.

Entrevista a Xavier Legrand

Entrevista a Xavier Legrand, director de la película «Custodia compartida». El encuentro tuvo lugar el miércoles 18 de abril de 2018 en los Cines Boliche en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xavier Legrand, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de los Cines Boliche, y a Lorea Elso de Golem Distribución, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El aviso, de Daniel Calparsoro

EN EL MISMO LUGAR DIEZ AÑOS DESPUÉS.

Un lugar, una tienda de 24 horas con su gasolinera. Una fecha, 3 de abril. Un suceso, un asesinato a sangre fría. Dos tiempos, el año 2008 y diez años después. Y dos protagonistas, Ion, un joven genio de las matemáticas con problemas emocionales, que es testigo del suceso en 2008, cuando su mejor amigo es disparado, y Nico, un niño de diez años, que en el 2018, será el destinatario de la bala. Ion investigará el suceso con su amigo David, y se dará cuenta, que en el mismo lugar, ha habido sucesos parecidos a lo largo de los años. Entonces, la tarea de Ion será hacer todo lo posible para avisar a Nico, aunque ocurra diez años más tarde. El décimo trabajo de Daniel Calparsoro (Barcelona, 1968) se imprime en el thriller psicológico, con grandes dosis de intriga, misterio y acción, para contarnos un relato de tintes oscuros en los que hay en juego varios elementos como el amor, la amistad, la maternidad, las secuencias numéricas, y contada a través de dos espacios temporales, en los que el fantástico tendrá su dosis de protagonismo.

Partiendo de la novela homónima de Paul Pen, en un guión firmado por Jorge Guerricaechevarría (uno de los guionistas más prolíficos, que ya escribió la anterior película de Calparsoro, Cien años de perdón) Chris Sparling (autor entre otras del libreto de Buried) y Patxi Amezcua (director de las interesantes 25 kilates y Séptimo) conforman una historia de suspense e intriga envolvente que cita a varios personajes, encabezados por Ion, un joven que será el encargado de llevarnos de un lugar a otro mediante la investigación que lleva de los asesinatos cometidos en ese lugar que parece maldito, luego está Andrea, su antiguo amor , ahora novia de su mejor amigo, y por otro lado, en el otro tiempo, diez años después, nos encontramos a Nico, el niño de 10 años que a su pesar, será protagonista del suceso que ha tener lugar ese 3 de abril, y su madre, Lucía, que al principio, no parece dar crédito a la nota amenazante que recibe su hijo, pero poco a poco, se dará cuenta de la gravedad de los hechos.

La película tiene muchos elementos del cine de Calparsoro, en el que conviven relatos de fuerte carga dramática, donde se desata la violencia, en los que suelen haber tríos sentimentales, con unos personajes marginales o pasando por situaciones traumáticas, en los que durante el relato deberán enfrentarse a sus miedos e inseguridades para seguir adelante en los entuertos. Si bien la película está contada con fuerza y sobriedad, describiendo unos personajes complejos y gran intensidad, quizás hay momentos que la trama se encalla y parece que la película se pierde en su argumento, aunque logra desmadejar el entrabado argumental, consiguiendo una narración y ritmo desiguales, pero que alcanza momentos muy intensos, sobre todo, los que protagoniza el buen hacer de Raúl Arévalo (que vuelve a las órdenes de Calparsoro después de Cien años de perdón) y algunos secundarios como las inquietantes presencias de Antonio Dechent, Luis Callejo o Julieta Serrano, que sin llegar a la altura de Cien años de perdón (una película de atracos que describía aspectos tan brutales de la política española como la corrupción) es un estimable thriller vestido de intriga policiaca, donde se ponen en liza varios elementos actuales como el amor hacia los demás, el acoso escolar, o la creencia de aquello que no se ve, lo intangible, lo que no sigue una ciencia cierta o palpable, algo que se nos escapa de nuestro entendimiento, lo que no podemos explicar, pero sabemos que ahí está, que se mueve entre nosotros, aunque seamos incapaces de verlo y mucho más, de entenderlo.

Como suele ocurrir en los trabajos de Calparsoro, la película tiene un excelente empaque narrativo y visual, donde los momentos sombríos y oscuros están bien conseguidos, dotando a su cine de una personalidad propia que no deja indiferente, sin olvidar otro de sus huellas características como su plantel de intérpretes, siempre convincentes y sensibles, aparte de los mencionados, tenemos al niño Huga Arbués, que defiende con solvencia su personaje, o Belén Cuesta, aquí muy alejada de sus personajes cómicos, o la sobriedad de Aura Garrido, una actriz que destila una dulzura y una mirada que pueden sostener cualquier encuadre por muy dificultoso que este se presente. Calparsos sigue en su línea perpetrando thrillers de buen factura y entramados inteligentes, algunos más conseguidos que otros, pero nada desdeñables de aquellas películas del mismo estilo que nos vienen de otras latitudes, más dadas a la espectacularidad porque si, y menos a la elaboración argumental, y sobre todo, dotar a las películas de personalidad y sobriedad, que sus imágenes puedan dar ese plus psicológico por el que atraviesan sus personajes en muchos casos abatidos, perdidos y desolados.

Cuando dejes de quererme, de Igor Legarreta

LA VERDAD SOLO TIENE UN ROSTRO.

“La tierra manda, el lugar condiciona”

El pasado, por mucho que se intente enterrar, siempre vuelve, y vuelve para saldar cuentas, para enfrentarnos a aquello que pretendíamos olvidar cierto día. La aparición del cadáver de Félix Careaga devolverá a su única hija Laura, a aquellos días convulsos de finales de los sesenta, cuando el país vivía sometido a las injurias políticas y sociales de un tiempo de silencio y horror. Igor Legarreta (Bilbao, 1973) con experiencia en el guión de Regreso a Moira, de Mateo Gil, y también, en la escritura de Autómata, de Gabe Ibáñez, en la que también dirigió al segunda unidad, misma labor que realizó en Zipi y Zape, hace su puesta de largo en una película donde se mezcla el drama familiar con el thriller de investigación (con los orígenes de ETA de por medio) en el que Laura, una joven nacida en Durango pero ahora instalada en Buenos Aires, regresa para descubrir la verdad de su padre, al que apenas recuerda. Le acompañará Fredo, su padre adoptivo, y les ayudará en las pesquisas Javier, un joven agente de seguros que se sentirá atraído por la joven.

La película nos habla de dos tiempos, el año 2002 y el lejano, y a la vez tan próximo, 1968, y de dos lugares, Durango y Buenos Aires, distanciados en 10000 kilómetros, pero que en la trama se encontrarán en cierto lugar, sin tiempo ni espacio. Legarreta arropa a su trama la elegancia y la luz sombría del norte, para encerrarnos en un misterio en el que todos los implicados con el suceso parecen guardar silencio, a veces por miedo, y otras por conveniencia. La luz apagada y fantasmal del norte, obra del cinematógrafo debutante Imanol Nabea, esa luz mortecina de Durango, atraviesa la película dotándola de fuerza, aportando el ambiente inquietante y ese juego laberíntico por el que transita la cinta. Un montaje clásico obra del experimentado Alejandro Lázaro (habitual colaborador de Alex de la Iglesia) que ayuda a espaciar los acontecimientos y a viajar de un tiempo a otro, casi sin darnos cuenta, a medida que avanzan las investigaciones. La especial y penetrante score del reputado Lucio Godoy (con más de dos lustros de carrera con obras como Tarde para la ira o la serie Crematorio) crea esa atmósfera de fantasmas y sombras que se han instalado en la vida de Félix Careaga.

La película avanza a ritmo pausado y cadente, todo se nos cuenta de forma clara y precisa, apoyándose en un relato lleno de preguntas sin responder y personajes que callan más de lo saben, en un viaje emocional de Laura (bien interpretada por la actriz argentina Flor Torrente) una joven que se enfrenta a su identidad y orígenes, una joven que quiere saber, quiere darle dignidad a aquel padre del que poco sabe, aquel padre que todos dicen que se fue y jamás volvió, que abandonó a su madre y a ella, que descubrirá también sus sombras, pero que al fin y al cabo, era su padre, y en este camino, descubrirá más cosas de las que imaginaba, y quizás se descubra a sí misma a través de sus sentimientos. El personaje de Fredo (magnífico la composición de Eduardo Blanco) que además de aportar ese faro vigilante emocional a Laura, introduce las dosis de humor para relajar el ambiente oscuro de la película. Miki Esparbé realiza un buen trabajo, interpretando al enamoradizo de Laura que le ayuda poniendo en peligro su trabajo. Y el gran acierto de la película son los magníficos actores y actores de reparto que pueblan la cinta como el padre asesinado Eneko Sagardoy, el oscuro y silencioso Joaquín Climent, la mano amiga de Mario Pardo, el rudo y serio Kandido Uranga, el antipático y profesional Josean Bengoetxea, y la aparición estelar de Antonio Dechent como picoleto fascista.

Una película que navega con delicadeza y  sensibilidad por las diferentes capas y tiempos que la conforman, sumergiéndonos en aquellos tiempos de la dictadura franquista donde a veces la vida valía poco o nada, donde en un pequeño pueblo se sabía todo de todos, donde no había salida posible, en el que todos los que sabían se callaban, por miedo a hablar, o por las continuas represalias que allí se cocían, en el su intensa atmósfera y puesta en escena nos recuerda al aroma del gran policíaco de los ochenta, donde con audacia y nervio se mezclaba el drama familiar o social con el ambiente político áspero y tenebroso en el que películas como El arreglo, La muerte de Mikel, El pico, Ander y Yul, entre muchas otras. Cine valiente y contundente, cine que además nos explicaba las inquietudes e ilusiones de un país que arrastraba los fantasmas del pasado y andaba dando tumbos sin poder enfrentarse a su pasado más reciente. Legarreta aprueba con nota su debut, explorando el thriller psicológico con el drama más intimo y personal donde las cosas nunca son lo que parecen, y es necesario desenterrar a nuestros muertos y darles una memoria digna, porque aunque el tiempo haya pasado, hay heridas que jamás se curan.


<p><a href=»https://vimeo.com/249368623″>TRAILER OFICIAL CUANDO DEJES DE QUERERME (HD)</a> from <a href=»https://vimeo.com/centuriafilms»>Centuria Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Spoor (El rastro), de Agnieskza Holland

ANIMALES SALVAJES.

Nos encontramos en un pueblo de montaña en la frontera checo-polaca, en pleno invierno, en una casa alejada del pueblo vive Duszejko, una ex ingeniera, astróloga y vegetariana que roza la setentena. La mujer vive en consonancia con la naturaleza y su pasional amor hacia los animales que protege ante las temporadas de caza. Un día, sus dos perros desaparecen y nadie los ha visto. A partir de ese instante, Duszejko, ya cansada de denunciar las atrocidades en las cacerías, iniciará una cruzada contra aquellos que atentan contra lo que ella más quiere. Una aventura en la que tratará con su vecino de su misma edad Matoga, un tipo solitario y callado, Buena nueva, una jovencita desarraigada que acaba de putita en las manos de un sinvergüenza sin escrúpulos, Dyzio, un informático que trabaja para la policía que oculta sus ataques epilépticos, y finalmente, Boros, un señor que estudia el comportamiento de los insectos. Un grupo aparentemente alejado pero que la trama los irá acercando y los llevará a trabajar por ese bien común en el que todos acaban creyendo.

La nueva película de Agnieszka Holland (Varsovia, 1948) basada en la novela elogiada por crítica y publico «Sobre los huesos de los muertos», de Olga Todarczuk, que actúa como coguionista junto a la directora, se detiene en las injusticias contra los animales, representada en la figura de esta señora que, aunque resulte excéntrica y bastante loca, hará lo imposible para luchar y protestar contra esos atentados a los más indefensos. En el otro lado, sus enemigos no son otros que las élites del pueblo, el gobernador, el jefe de policía, el sacerdote y el empresario de turno, todos ellos corruptos, gentuza que aprovecha su posición para vivir a costa de los demás, sin ningún miramiento ni compasión. Holland que aquí tiene la colaboración de su hija Kasia Adamik en labores de dirección, ha construido una filmografía honesta y sin fisuras, desde sus comienzos allá por 1978 con Provincial actors, muy aplaudida internacionalmente, y su consagración con Europa, Europa (1991), que trataba la odisea de dos judíos con el telón de fondo de la Segunda Guerra mundial, y también su labor como guionista con Krzystof Kieslowski en su trilogía Tres colores (1993) acercándose a géneros más clásicos como Washington square (1997) adaptación de “La heredera”, o Copying Beethoven (2006) o volviendo al tema judío con In Darkness (2011), y trabajar en el medio televisión dirigiendo episodios en algunas de las series más reputados de los últimos años como The Wire, Treme o House of Cards, entre otras.

Una carrera sincera, a contracorriente, que ha sabido manejar los distintos géneros y apuestas artísticas, dentro de unas temáticas donde se exploraba la vida de los más débiles, aquellos que huyen, o los que se esconden. En Spoor nos sumerge en un relato que podríamos decir que mezcla géneros, porque podemos advertir el thriller psicológico de ambiente rural, el drama social, las historias de amor sencillas y el documento antropológico, en el que además de mostrarnos la vida cotidiana de estos lugareños, saca a la luz esa lucha eterna y ancestral entre la naturaleza contra la codicia humana, entre aquello inmutable frente a esa apisonadora del capitalismo que, a través de la fuerza y la imposición aniquila todo aquello que tiene a su merced, sin importarle la destrucción de la fauna salvaje y la mutilación del entorno natural. La película se apoya en Duszejko, esa señora que se pone de pie como voz de los animales asesinados, que pueda parecer extravagante y ruidosa, incluso que ha perdido la razón y un montón de cosas más, pero, en su vida se ha propuesto acabar con esas cacerías terribles, que aunque no lo consiga, al menos, luchará hasta la extenuación para que ese salvajismo afecte lo menos posible a sus queridos animales.

Holland acota su película en un año, donde asistimos a las diferentes temporadas de caza (en las que se dispara contra ciervos, corzos, jabalíes…) donde se van acumulando los cadáveres de esos “hombres de bien” que van apareciendo asesinados en mitad del bosque, siempre con las sospechas del ataque de animales que, parecen vengarse de tantas atrocidades cometidas contra ellos. Una película de ritmo cadente, en el que las diferentes relaciones entre los personajes nos va sumiendo en esa atmósfera oscura y densa, donde parece que unos mandan y otros obedecen, romper esa injusticia social será el propósito de la misión de Duszejko (fantástica composición de la actriz Agnieszka Mandat, que tiene en su filmografía nombres tan importantes del cine polaco como Andrzej Vajda) en una película que ha significado una esfuerzo de producción de varios países europeos como Polonia, Alemania, R. Checa, Suecia y la R. Eslovaca, en la que aborda de un modo realista, nada complaciente y certero esas inquinas rurales que persisten entre unos y otros, entre quiénes se creen con el derecho de poseer todo lo que está a su alcance, y entre los otros, aquellos que respetan el medio en el que viven y se han posicionada junto a los más deprimidos, marginados e invisibles, aquellos que no encajan en esta sociedad clasista y deshumanizada, donde los aparentemente más civilizados, acaban siendo los más hipócritas y salvajes, y se mueven sobre dos piernas y empuñan armas. 


<p><a href=»https://vimeo.com/237575857″>Trailer SPOOR (EL RASTRO) – vose</a> from <a href=»https://vimeo.com/festivalfilms»>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

El tercer asesinato, de Hirokazu Kore-eda

NADIE DICE LA VERDAD.

En la primera secuencia de la película, bajo el manto oscuro de la noche, nos sitúan cerca de un río, en el que vemos a dos hombres caminando uno tras el otro, en un momento, el de atrás, asesta un golpe al otro, que cae al suelo, inmediatamente después, el hombre en pie, se agacha y remata al otro propinándole más golpes que acaban con su vida. Seguidamente, rocía el cuerpo con gasolina y le prende fuego. Somos testigos de unos hechos, si, pero la nueva película de Hirokazu Kore-eda (Tokio, 1962) la número 11 en su filmografía, se centra en las pesquisas de un reconocido abogado Shigemori para esclarecer las causas que han llevado a su defendido Misumi, a cometer semejante crimen, la cosa no resultará nada sencilla ya que el acusado asume su culpa. El cineasta japonés deja de lado sus dramas familiares basados en experiencias muy personales, para adentrarse en otro marco, en el cine de género, el thriller judicial de investigación.

La película se centra en las pesquisas del abogado y su equipo para esclarecer la verdad de los hechos, empresa compleja, por no decir imposible, en un entramado de personajes, La mujer e hija del asesinado, y algún que otro trabajador de la empresa de alimentación de la que era dueño también el muerto. Aunque entre esta tela de personas que callan más que hablan, ocultando una verdad que jamás sabremos con exactitud, y que como es sabido el juicio tampoco la buscará, ya que el proceso judicial de nuestras sociedades existe para dirimir los intereses particulares de las partes implicadas en el proceso, sin ningún atisbo de buscar esa verdad que, por un lado, sería el primer mandato de cualquier proceso judicial, y por otro, nos haría entender el porqué de muchas cosas que ocurren. Kore-eda enmarca su película, como es habitual en su cine, en una trama de pocos personajes, si bien, la película se sitúa en el marco judicial, hay rasgos significativos que anidan en su mirada hacía las familias, centro de análisis de buena parte de su filmografía, aquí, volvemos a encontrarnos con familias desestructuradas, rasgadas por separaciones, odios, mentiras y enormes faltas de cariño entre ellos.

La película avanza en dos direcciones, los careos entre abogado y acusado, en los milimétricos y apabullantes encuentros filmados en la cárcel, donde descubrimos algo más de lo que se cuece en el interior de estos dos personajes, uno intentando levantar aire y mar para desempolvar la verdad de los hechos, que curiosamente, defiende a un hombre que treinta años atrás también, y con su padre de juez, fue condenado por doble asesinato. Y frente a él, al acusado, un hombre solo, contradictorio, que está alejado de su única hija, y parece asumir su destino o no. Kore-eda nos lanza infinidad de cuestiones al aire, sin inmiscuirse en la moral de sus personajes, dejándolos ir y venir, con sus consecuencias, por la película, eso sí, dejándonos a nosotros, sus espectadores, encontrar la verdad o no, a partir de todos los argumentos de unos y otros, y no sólo sus necesidades vitales, económicas y demás, sino aquellas que ocultan, aquellas que mantienen en secreto, que a la postre, son las verdaderas razones que les han llevado a obrar de una manera u otra.

Dejando la fotografía naturalista que nos tenía acostumbrados en sus películas familiares, Kore-eda opta por una luz artificial, obra de Mikiya Takimoto, muy propia de los clásicos americanos, en la que la cámara filma a sus personajes muy cerca, creando esa atmósfera inquieta, plaga de claroscuros que también viste en estas películas, que tanto en argumento como forma nos recuerda a El infierno del odio o Anatomía de un asesinato. Una película de ritmo cadencioso, suave, como susurrándonos al oído, sin esas incomodas sorpresas sacadas de la nada, aquí, no hay nada de eso, Kore-eda nos propone un intenso y emocionante thriller judicial, un apabullante tour de force entre sus dos intérpretes, Masaharu Fukuyama y Koji Yakusho, abogada y acusado, tanto monta, monta tanto, dos personajes atrapados en este entramado de apariencia y mentiras, a través de unos personajes complejos que se mueven entre las tinieblas de una sociedad demasiado agarrotada en sus falsas mentiras, en un mundo de trajes oscuros, pero de doble moral, que contribuye a un mundo cada vez más legal con el sistema e ilegal con las personas, donde convertirse en adulto es comenzar a mentir como mencionaba Pessoa, reflexión que nos debería empezar a replantearnos qué tipo de sociedad estamos creando y para quién demonios sirve.

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS.

“El dolor te recuerda que la alegría que sentías era real”

En Testigo de cargo, su director Billy Wilder nos pedía encarecidamente que ningún espectador desvelase la trama tan misteriosa y peculiar que encerraba su película. La misma demanda nos advertía un texto introductorio de Denis Villeneuve en su película Blade Runner 2049. La esperadísima continuación de Blade Runner, de Ridley Scott, una de las cintas que revolucionó el género de la ciencia-ficción a principios de los 80, con su mezcla con el noir, nos sumergía en una atmósfera agobiante, oscura y decadente donde Deckard, un agente policial tenía la misión de “retirar” a unos replicantes amotinados. Si bien es cierto, la apuesta de su director Ridley Scott necesitó su tiempo para convencer a propios y extraños y convertirse en la película de culto, admirada por millones, que es en la actualidad. Quizás su apuesta por lo diferente, lo osado, su estética tenebrosa, más propia del cine de terror, y un protagonista, solitario, con problemas de identidad profundos, sus reflexiones filosóficas, y convertido en un vil asesino, se toparon con un público ávido de una ciencia-ficción más dada al universo de Star Wars y no a cuestiones más complejas sobre el alma humana.

Aunque su fama de gran película, bien ganada, le haya perjudicado a la hora de afrontar una segunda entrega, y han tenido que pasar más de tres décadas, 35 años en concreto para que podamos descubrir que fue de Deckard y Rachael en su desesperada huida de enamorados perseguidos. Ridley Scott, ahora en funciones de producción, ha necesitado un guión de su agrado, que vuelve a recuperar la trama y personajes de la novela «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?», de Philip K. Dick, escrito por Hampton Fancher (autor de la primera) con la colaboración de Michael Green (guionista de Logan, entre otras) y un director a la altura como Denis Villeneuve (Gentilly, Canadá, 1967) para dar forma a esta segunda entrega, que mantuviese el espíritu de su predecesora, pero desviando su premisa argumental, no un calco, sino un film con personalidad propia.  La película se abre en el año 2049, treinta años después, donde conocemos a K (como el desdichado hombre de El proceso, de Kafka) un agente “Blade Runner” que tiene que retirar a un modelo antiguo de Nexus 8. Después del trabajo, se encuentra con una flor bajo un árbol, que destapará una caja enterrada que le abrirá un nuevo camino que empezará a desgranar con sus pesquisas.

A través de una atmósfera fascinante, entre la ciencia ficción decadente, el noir más inquietante, el romántico gótico y fou, y el terror más tenebroso, donde la oscuridad, la humedad y la opresión se han adueñado de la ciudad de Los Ángeles, en el que los problemas que anunciaba la primera entrega se han acuciado y nos encontramos en una no ciudad decadente y terrorífica donde existe un deterioro urbano, de ruina total, el cambio climático (no cesa de llover, en un ambiente frío, de nieve y mucho barro, acompañado de un aire denso lleno de partículas contaminantes) en el que la ingeniería genética se ha convertido en el pilar fundamental de la no sociedad, la existencia de una sobrepoblación asfixiante y caótica, adicta a todo tipo de sustancias, que viven en la oscuridad o en subterráneos, donde todo es falso y vacío como la comida, el sexo y demás, y una división social terrorífica y grandes estratos económicos, etc… Por otra parte, nos encontramos a la nueva compañía que juega a ser Dios, la Wallace Corporation que coge el relevo de la Tyrell, en su afán de crear replicantes perfectos que puedan engendrar otros seres, aunque su creador, el oscuro Niander, no ha encontrado la fórmula secreta.

Estamos ante una obra magnífica y maravillosa, donde el policía solitario y silencioso, de vida vacía y entregada a su trabajo, nos recuerda a Jeff Costello, el asesino interpretado por Delon en la estupenda El silencio de un hombre, de Jean-Pierre Melville, donde se recogía lo más clásico del cine noir junto al antihéroe del western, en una mezcla poderosa donde el hermético “retirador” acababa encontrándose con su inevitable destino. Aquí, el agente K deberá vencer a sí mismo y volver a sus orígenes, emprender su propio camino, aunque eso signifique ir en contra de las órdenes de su jefa, y además, tener que enfrentarse a las argucias de la Wallace Corporation que tiene otros planes. Villeneuve construye una película digna sucesora de Blade Runner, imaginando una trama que rescata con acierto la original y sumergiéndonos en un mundo distópico donde todo es artificial y sintético, en el que hay fembot de compañía virtuales que aman, acompañan y escuchan a tantos solitarios de este mundo, y también, otras fembot asesinas que trabajan a sueldo para intereses de compañías ávidas de poder y endiosadas, donde nos encontramos a viejos agentes escondidos y alejados de todo y todos, porque a veces para ser uno mismo, uno tiene que huir y esconderse, olvidándolo todo, incluso aquello que tanto amó.

El cineasta canadiense vuelve a penetrar en el alma humana creando un thriller filosófico intenso, donde la identidad es el armazón donde se sustenta toda su trama, envolviendo su película en un mundo ruinoso, oscuro, industrial, olvidado, que se cae a trozos, donde se mezcla la tecnología más desarrollada con las penurias más brutales, donde todo es extremo y nada parece tener fin, en un no mundo deshumanizado, repleto de fantasmas, de espectros que ya no saben discernir entre lo real y lo construido, donde humanos y replicantes sobreviven sin muy bien saber quiénes son y para qué de su existencia. Una película de una gran calidad técnica donde sobresalen la formidable fotografía de Roger Deakins (colaborador con Villeneuve en Prisioneros o Sicario), el asombroso trabajo en el diseño de producción de la mano de Dennis Gassner (colaborador de los coen, las últimas de Bon o Tim Burton, entre otros) y la elegancia y romántica música de Hans Zimemr, acompañado de un estupendo cast en el que Ryan Gosling ejecuta a la perfección el agente solitario, callado y huidizo. La aparición espectral de Harrison Ford haciendo de Deckard o lo que queda de él, una fría e inquietante Robin Wright como jefa de K, una simpática y hermosa Ana de Armas como Joi (la fembot de compañía de K) y su contrapunto Luv, una Nexus 9 asesina de la Wallace que capitanea su creador, un perverso y siniestro Jared Leto, y otra aparición estelar, Edward James Olmos volviendo a su Gaff o lo poco que sabemos de él.

Después de penetrar en el género de los thrillers potentes y bien contados, con personajes abrumados y sobrepasados por las circunstancias, Villeneuve vuelve a la ciencia ficción después de La llegada, un relato de gran factura técnica que escarbaba en las relaciones entre humanos y extraterrestre a través de la comunicación. Ahora, su cambio ha sido completamente radical, devolviéndonos un clásico que sigue en la retina de muchos, en el que recoge su espíritu construyendo un universo deudor, en el que no hay tiempo para el diálogo, ya no quedan palabras, todo se ha perdido, el tiempo de antes, donde todavía había tiempo para deleitarse con la música escuchando a Sinatra o Elvis, todo ese mundo ha dejado paso a unas máquinas que ya no funcionan bien y ya nadie sabe para qué sirven, en el que los recuerdos sólo sirven para seguir no viviendo los días, porque ya sabemos que nada nos pasará hacia adelante, que todas nuestras vidas se concentran en el pasado, en aquello que vivimos y amamos, sean experiencias reales o no.

El amante doble, de François Ozon

LOS DESEOS OCULTOS.

La apertura de la película es muy significativa y no deja lugar a dudas a una constante narrativa en el cine de Ozon. Una vagina se adueña de la pantalla y se funde con el ojo de Chloé, la protagonista del relato, que se encuentra tendida en la consulta de un hospital. Dos elementos como el sexo y la mirada, que trascienden nuestro deseo convirtiéndonos en esclavos de nuestras pasiones más íntimas y bajas. La película número 17 de François Ozon (París, 1967) después de Frantz, una película de corte clásico en la forma que también experimentaba con la identidad y el amor como motor de enfrentarse al dolor. Ahora, cambia totalmente de registro, centrándose en Chloé (una nueva chica perdida en su viaje de búsqueda interior, un elemento habitual en el cine de Ozon) empleada de museo, un lugar donde observa y mira a los demás, sin moverse, sólo mirándolos, rodeada de obras de arte. Chloé (la inolvidable Isabelle de Joven y bonita, del propio Ozon) deja su mirada inocente y perversa que lucía con agrado encarnando a la joven prostituta, para introducirse en el mundo de una joven neurótica, con graves problemas depresivos que acude a terapia. Allí, conoce a Paul, su psiquiatra, se enamoran y se van a vivir juntos. Aunque, las sospechas de Chloé sobre la identidad de Paul comienzan a florecer y descubre que tiene un hermano gemelo, Louis, con el que da rienda suelta a sus deseos más ocultos, aquellos que es incapaz de mostrar a Paul.

Ozon siempre interesado en las historias cotidianas que trasgreden los límites de cada uno de nosotros, mezclando con audacia géneros antagónicos, en los que el thriller y el suspense tienen un espacio reconocible, donde reformula los espacios de realidad y fantasía, que logra confundir y crear una nueva dimensión, en la que salen a flote el interior de cada uno de nosotros, esas emociones oscuras, perversas, y sobre todo, sinceras, aquellas que ocultamos a los demás. El director parisino se inspira en una novela corta “Vidas gemelas” de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates, para dar rienda suelta a nuestros deseos sexuales más íntimos, componiendo una trama erótica, muy sexual, en el que hay espacio para uno de los temas favoritos del director francés, la identidad, haciéndose las preguntas que tanto nos obsesionan a los seres humanos, ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Preguntas que se hace Chloé, la depresiva crónica, la mujer de apariencia débil, pero que encierra una boma sexual en su interior, aquella que oculta a Paul, el reservado y silencioso, que parece guardar algún que otro misterio, pero encuentra la horma de su zapato en Louis, el hermano gemelo, que es pura pasión, energía, y radia sexo por todos sus poros. Dos almas iguales físicamente, pero completamente diferentes en su interior, que describen a Chloé, una mujer atrapada en su sexo, en lo que siente, arrastrada a una pasión sexual oscura y terrible.

Ozon construye una mise en scene elegante y sofisticada, llena de contrastes y perversiones, incluso en los objetos, como esos gatos disecados, o la calidez que desprende la consulta de Paul, frente a la frialdad que destila la de Louis,  o las obras que cuelgan del museo, que si al principio ofrecen esteticismo, lentamente, y a medida que la neurosis de Chloé va en aumento, vemos obras más orgánicas y rompedoras, situándonos en un ambiente urbano vacío, de calles sin personalidad, y pisos modernos pero carentes de vida, automatismo y predecibilidad, para una vida insulsa, solo rota por los juegos sexuales de Chloé y el otro. Un thriller erótico de fuerza expresiva e intensidad narrativa, que se ve con pausa y que va perforando nuestra psicología adentrándose en terrenos privados donde cada uno se muestra tal y como es, sin prejuicios, amabilidad y respeto, sólo dejándonos llevar por lo que sentimos, por aquello que nos excita y se apodera sexualmente de nosotros.

Ozon se inspira en los maestros como Hitchcock, un cineasta que también supo explorar los espacios oscuros y perversos de los seres humanos a través de inquietantes y terroríficas tramas, o su discípulo más aventajado, Brian de Palma, que recogió su testigo y cosecho buenos thrillers con la firma del maestro, o Cronenberg, en sus relatos psicoanalíticos, donde sus personajes se mueven entre lo real, lo fantástico y sus miedos, donde su Inseparables, protagonizada por Jeremy Irons, sería un espejo transformador y malvado dónde las criaturas de Ozon podrían mirarse, aunque el reflejo que le respondería no sería de su agrado. Marine Vacht compone una Chloé fascinante y muy sexual, una mujer adicta a sus pasiones como vía para escapar de su neurosis, y de esa manera entender lo que no logra con la terapia, aunque en ocasiones no hay nada que comprender, sino dejarse llevar, aunque el viaje sea doloroso, frente a ella, Jérémie Renier (el actor fetiche de los Dardenne, que hemos visto crecer en el cine) juega un doble papel, encarnando a los dos hermanos, diferentes entre sí, pero los dos igual de misteriosos y peligrosos. En un papel breve pero también sumamente interesante encontramos a Jacqueline Bisset, con su madurez que aparece en la vida de Chloé de manera inquietante y para descubrirle aún más el pasado oculto de Paul. Ozon ha vuelto a sumergirnos en un relato complejo y muy oscuro, donde el psicoanálisis ejecuta los elementos en juego, dotando a cada personaje de varias identidades, aquella que vemos, aquello que ocultan, y sobre todo, aquella otra que ni ellos mismos conocen.