Wonderstruck. El museo de las maravillas, de Todd Haynes

LA AVENTURA DE LA INFANCIA.

“Todos estamos en el fango, pero algunos miramos a las estrellas”

Oscar Wilde

Érase una vez en el caluroso verano del 77 en un pueblecito de Minnesota, que vivía Ben, un niño de 12 años que había perdido a su madre y ahora estaba junto a sus tíos. Un día, Ben encontró una pista que le tenía que llevar a Nueva York para conocer a su padre, pero, una noche de fuerte tormenta, un rayo impactó en la casa y dejó a Ben sordo. En el hospital, Ben aprovechó a escaparse y emprender un viaje que le llevará a reencontrarse con sus orígenes. Paralelamente, también descubrimos otro tiempo y otro lugar, el del año 1927, cuando una niña Rose, de la misma edad que Ben, y también sorda, echa de menos a su madre, una famosa actriz, y decide salir de su Nueva Yersey natal, al lado de un padre autoritario,  y emprender un viaje a Nueva York a encontrarse con su madre. Dos relatos, dos tiempos, y la misma búsqueda, la de dos niños que desean conocer sus orígenes y reencontrarse con sus progenitores a los que no han olvidado para conocer sus raíces.

El séptimo trabajo en cine de Todd Haynes (Los Ángeles, EE.UU., 1961) basado en la novela “Maravillas”, de Brian Selznick, autor también del guión (el mismo escritor del libro La invención de Hugo, que adaptó Scorsese, donde también nos hablaban de un niño desamparado en busca de su lugar) nos vuelve a envolver en una aura romántica, en una fábula protagonizada por dos niños, en la que nos descubre la misma ciudad de Nueva York, pero a través de dos tiempos muy significativos y completamente diferentes, la ciudad del 27 era una sociedad de cambio, de crecimiento, de ilusión y de nuevas oportunidades, en cambio, la ciudad del 77 es todo lo contrario, en plena crisis del petróleo, la city se cae a pedazos, y está llena de miseria y violencia. En estos dos paisajes se desarrolla la trama de Haynes, que dos años más tarde de la delicia y maravillosa Carol, parece querer volver a sus orígenes, y nos sumerge en una historia protagonizada por niños, como su debut Poison (1991) y aquel blanco y negro, como el que desarrolla en la trama ambientada en el 27, y el amor al cine (como la magnífica secuencia en el cine cuando Rose entra en una sala para ver una película protagonizada por su madre, Lillian Maywen -homenajea la famosa actriz Lillian Gish- ya que las imágenes que vemos tienen mucho que ver con aquella maravilla de El viento).

Haynes aprovecha la sordera de los dos niños, y que ninguno de ellos conoce la lengua de signos, para sumergirnos en un mundo silente, donde los espectadores somos estos niños, en una ciudad que no escuchamos (solo acompañada por la bella música de Burwell) una ciudad que vamos descubriendo desde esa mirada inocente y perdida, desde esa estatura, maravillándonos por cada detalle, por ese nuevo mundo tan al alcance y tan lejano a la vez, y en el profundo contraste de colores de las dos ciudades, el maravilloso y elegante blanco y negro, herencia del cine mudo, con aquella gama de colores vivos y cegados por el sol, y filmada también de dos maneras diferentes, el 27 con el espíritu de belleza del cine silente (que ya avanzaba la llegada del sonoro) y el 77, con la forma rompedora del cine setentero que cambiará las formas con el cine clásico, el cine de Cowboy de medianoche o The French Connection, dos mundos opuestos pero hermanados, donde las dos historias convergerán en una, en la misma línea temporal que tendrá su epicentro en el Museo Natural de Historia y el año 77.

El cineasta estadounidense hace gala de su característica forma de filmar el paisaje y sus personajes, con esa elegancia y belleza que encierran sus relatos, llenos de poesía, donde el más leve gesto o detalle capta nuestra atención y llena de armonía y singularidad, haciéndolo bello y sutil, donde las tramas funcionan a las mil maravillas, en el que todo se nos cuenta desde lo más íntimo, desde aquel espacio que no podemos ver, pero en cambio, sentimos con muchísima emoción. El cineasta californiano se vuelve a juntar con sus colaboradores habituales, el camarógrafo Ed Lanchman (aquí en un inolvidable trabajo donde la combinación de las diferentes texturas y colores resulta asombrosa y cálida) el montador Afonsso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los Coen) que vuelve a deleitarnos con esa score sencilla y delicada, envolviéndonos en el espíritu de conocimiento, sabiduría y aventura que se respira en toda la película.

Un reparto realmente compenetrado que respira autenticidad y magia en el que destacan los dos niños, Oakes Fegley que da vida a Ben, y Millicent Simmonds, debutante, que interpreta a la inquieta Rose, los acompañan Julianne Moore (una pieza clave en la filmografía de Haynes desde sus inicios) y Michelle Williams (que aunque su rol sea breve, tiene esa aura especial que conecta con su personaje) dando vida a unos personajes a los que el pasado los ha guiado y convocado en la ciudad de Nueva York, esa ciudad que nunca duerme, esa ciudad misteriosa y decadente, la urbe por antonomasia, donde suceden las cosas más imprevistas y extrañas, donde los personajes encontrarán aquello que buscaban, aunque eso no signifique que sacie sus ansias de conocer y descubrir ese paisaje ajeno, peligroso y fascinante, porque Haynes ha vuelto a construir una película maravillosa y emocionante, sobre la aventura de ser niños, del saber, llena de vida, de aventura, que reivindica la importancia de los museos como archivos indispensables para preservar y almacenar la memoria, la que ya no está, y la que estará, para concoer y conocernos, con todas aquellas historias y personajes que el tiempo va borrando de nuestras vidas, y lo hace a través de los ojos de dos niños, Ben y Rose, que llegarán a conocerse en el tiempo, en ese espacio inexistente, que va llenándose con nuestras historias, las personas que conocemos, y aquellos que ya no están pero que jamás olvidamos.

Proyecto Lázaro, de Mateo Gil

proyecto_lazaro-cartel-7111UN HOMBRE SÓLO.

Marc Jarvis se despierta en el año 2084, después de haber estado muerto durante 70 años. Un grupo de científicos le explica que se trata del primer ser humano resucitado de la historia. Con este arranque tan espectacular, se inicia la cuarta película de Mateo Gil (Las Palmas de Gran Canaria, 1972) que incide en los temas que más ha explorado en su carrera: el thriller psicológico (en el que se acentúa el universo emocional de los personajes de forma sobria, oscura y contundente, un cuidado diseño de ambientes cotidianos con apariencias artificiales que convierte el escenario en metáforas a medio camino entre la realidad y el sueño, tramas que inciden en la compleja relación de los personajes, y sobre todo, el protagonista, un ser perdido y cansado, que le cuesta encajar en el mundo que le rodea, y frente a él, un antagonista, que actúa como espejo transformador, que lo domina y somete a su voluntad. Proyecto Lázaro, película de diseño primoroso, tanto en esfuerzo de producción (filmada en Tenerife en 7 semanas y con un equipo técnico principalmente de aquí) como en su temática, en la que investiga la siguiente cuestión: las consecuencias, tanto positivas como negativas, de resucitar a alguien en otro tiempo y en otro lugar, muy diferente al que la persona conoció en su vida.

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Gil se decanta por un relato de ciencia-ficción, pero no con las moderneces de ahora, repletas de efectos digitales, tramas enrevesadas imposibles de seguir y llenas de persecuciones sin fin. El realizador canario huye de todo eso para construir un relato de exquisita textura, de laberíntica estructura, con innumerables saltos en el tiempo, en la que hay ciencia-ficción, claro está, pero teniendo presente la más ferviente actualidad, con el espíritu de los clásicos, como metáfora para describir la sociedad en la que vivimos, también, thriller del bueno, del que se sumerge en los laberintos oscuros de la mente del protagonista, lanzando muchas preguntas que será el espectador que tendrá que responder, cine de género, en el que las cosas van sucediendo dentro de una mise en scéne minimalista, en la desnudez de elementos y espacios, en el que existe un juego estético de colores y artificialidad que ayuda a la película de forma estupenda, creando ese universo irreal, fantástico y de pesadilla que envuelve al protagonista. Hay también reflexión sobre la posición de la ciencia en su trabajo y la forma de plantearlo, las consecuencias humanas de sus experimentos y la validez de sus estudios.

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Gil nos conduce a través de la mirada de Marc Jarvis, el joven apuesto y diseñador de éxito que, un cáncer de garganta, lo aparta de su vida, y sobre todo, de Naomi, su amor. Esperanzado en recuperar su vida, ahora que la enfermedad la va a extinguir, opta por la crionización, para que en un futuro la ciencia logre resucitarlo y así tener una vida que ahora es imposible (planteamiento parecido a la película Abre los ojos, de Amenábar, en la que Mateo Gil fue coguionista, en la que su protagonista, César, amargado por su aspecto físico, recurría a la crionización, aunque éste vivía un sueño virtual de consecuencias desastrosas, en ésta, la cosa va por otros derroteros, preguntándose qué sucedería si el sujeto en cuestión se despertase siete décadas después). Gil es un cineasta de atmósferas, la realidad sufre una metamorfosis en su cine, creando universos paralelos, en la que se crea mundos que parecen de otro tiempo y lugar, con sus propias reglas, ya sea en la Sevilla postexpo, en plena Semana Santa, en la que un pirado con delirios de grandeza se dedicaba a jugar y asesinar en un macabro juego en el que su compañero de piso era su objetivo, o en los desiertos sudamericanos que servían de escenario para que un pistolero viejo y proscrito se intentase esconder de su salvaje perseguidor, y en ésta, en la que sólo conoceremos el futuro a través de los grandes ventanales de la empresa donde está recluido el protagonista, un mundo cerrado, más parecido a una cárcel, en el que Jarvis volverá a nacer y sobre todo, a darse cuenta en quién se ha convertido, y que desea en esta nueva vida, llena de recuerdos de la anterior.

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Un casting internacional para una producción filmada en inglés, entre los que destacan Tom Hugues, intérprete británico visto en varias series, que encarna al bello y atormentado protagonista, a su lado, Elizabeth, su cuidadora, guía y amante, más parecida a las fembots de Blade runner o Eix-machina, que da vida la actriz canadiense Charlotte Le Bon, el jefe de los científicos, el Dr. West, con sus aires de Dr. Frankenstein, y su trabajo paranoico para conseguir sus objetivos cueste lo que cueste, interpretado por el actor Barry Ward, que se ha podido ver en películas de Loach o Winterbottom, y finalmente, la “otra”  chica de la cinta, Naomi, el amor de su vida, el inmortal, el que parece que nunca morirá, interpretado por Oona Chaplin, de extraordinaria frescura y magnetismo, de apellido ilustre y vista en Juego de tronos, y la estimulante presencia de Julio Perillán. Un grupo de técnicos de reconocido prestigio como el músico Lucas Vidal (Nadie quiere la noche o Palmeras en la nieve, que le valió varios premios) el cinematógrafo Pau Este Birba (Buried, Hermosa juventud o Caníbal) o el montador Guillermo de la Cal (con Claudia Llosa y Balagueró) completan la terna de una producción que se aleja de las producciones de género al uso estadounidense, para centrarse en la imaginación de novelistas expertos en la materia como Philip K. Dick o Arthur C. Clarke, o en el aroma de cintas de los años 60 o 70, como THX 1138, Cuando el destino nos alcance o Almas de metal… o más actuales como Gattaca, Minority Report, Moon… Cine de ciencia-ficción, cine de terror psicológico, donde importa mucho más el interior de los protagonistas, sus complejidades y sobre todo, su soledad, ese aislamiento, tanto físico como emocional, en los que se ve inmerso, en un mundo ajeno, como le ocurría al desdichado monstruo de Frankenstein, un mundo que ya no reconoce ni es reconocido, ni tampoco encuentra la forma de hacerlo, un mundo lleno de peligros, de tristeza y oscuridad infinita.

La tortuga roja, de Michael Dudok de Wit

clickEL MISTERIO DE LA VIDA.

Había una vez un hombre, del que desconocíamos su procedencia, que naufragó en una isla tropical. Allí, en ese lugar inhóspito, con la única compañía de animales, vegetación y rodeado de agua, sobrevivivió a duras penas alimentándose de pescado y frutos, aunque su verdadero propósito era abandonar el lugar a bordo de una embarcación construida por él mismo, pero sus esfuerzos resultaron vanos, porque ya en alta mar, se encontraba con una tortuga roja que le destrozaba la balsa impidiéndole avanzar. La puesta de largo del cineasta Michael Dudok de Wit (Acoude, Países Bajos, 1963) mantiene los conceptos ya explorados en sus anteriores trabajos: la nostalgia y la eternidad (un guion firmado con Pascale Ferran , responsable de Pequeños arreglos con los muertos, Lady Chatterley o Bird People, obras de prestigio en los ambientes autorales) además de una animación sencilla y poética, compuesta de trazo limpio y formas reposadas, que estructuraban sus obras predecesoras y premiadas: Le moin et le poisson (1996) galardonado con el César, nos hablaba de las desventuras de un monje intentando capturar un pescado, y en la siguiente Father and Daughter (2001), que se llevó el Oscar al mejor cortometraje de animación, el relato giraba en torno a una niña que se convierte en mujer y hace su vida, aunque nunca podrá olvidar el recuerdo hacía su padre que se marchó en un barco siendo ella pequeña.

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En su primer largo animado Dudok de Wit tiene el mejor de los compañeros de viaje, la coproducción del prestigioso Studio Ghibli, en su primera coproducción europea (Fundado en 1985 por Hayao Miyazaki e Isao Takahata con una filmografia de órdago en el campo de la animación con títulos ya clásicos como La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro o La tumba de las luciérnagas…, películas construidas a través de una animación artesanal de magnífica composición, tanto de formas como colores, dotadas de una infinita  imaginación, en el que conviven de forma natural el mundo más cotidiano y sus fantasmas con la fantasía más bella y poética, en la que transmiten valores humanos como la amistad, la tolerancia hacia los demás, y el respeto hacia la naturaleza y todo aquello que nos rodea. La tortuga roja se alimenta de todos estos valores, además de recoger la tradición de la animación francesa de los 70 y 80,  de René Leloux (El planeta salvaje o Los amos del tiempo), y las recientes El secreto del libro de Kells (Tom Moore, 2009) o Ernest & Célestine (2012), para conseguir una fábula atemporal, una alegoría humanista y bellísima sobre la vida, el tiempo y los ciclos vitales.

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Construida a través de un dibujo artesanal, que apenas ha recurrido a lo digital, que se mueve entre la luminosidad de colores por el día, y una luz velada para las noches dibujadas en blanco y negro, consigue una conjugación absorbente y veraz de los sonidos de la naturaleza, como el viento, el mar y los animales, centrándose en los detalles más ínfimos, componiendo una sinfonía muda, en la que se han evitado los diálogos con el fin de centrarse completamente en la naturaleza y sus sonidos, envolventes y realistas que ayudan a componer la poética del film, en la que destaca una score de grandísimo nivel obra del compositor Laurent Pérez del Mar, una música de melodías finas y rítmicas que envuelven la historia en una majestuosa poesía de formas, colores y sonidos que nos transportan a otro mundo, aquel en el que todo puede suceder, a un mundo mágico, un universo de sueños, en el que cohabitan de manera natural hombres, naturaleza, animales y espíritus, ya sean reales o mitológicos, en el que todos y cada uno de los seres vivos funcionan a la par en un organismo vivo y en continuo movimiento y cambio. La estructura lineal y circular nos invita no sólo a ser testigos de la deriva emocional del náufrago que, a pesar de sus intentos arduos de abandonar la isla, no consigue su objetivo y deberá enfrentarse a un ser, la tortuga roja, al que no puede vencer y no tendrá otro remedio que resignarse a esa fuerza de la naturaleza que parece condenarlo a su soledad.

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El cineasta holandés compone un poema de connotaciones universales, del que no conocemos casi nada, ni el origen del hombre ni en que lugar del mundo en que se encuentra la isla, sólo sabremos su periplo vital, y las situaciones en las que se vera inmerso, y sobre todo, el mundo interior del naufrago, con sus alegrías y tristezas, sus miedos, y cómo afectan a sus emociones sus vivencias a partir de su encuentro mágico con la tortuga. Dudok de Wit nos propone un viaje sobre el alma, una obra de maravilloso prodigio visual, sobre el destino de cada uno de nosotros, de todo aquello que somos y todo lo que nos rodea, de todos los seres, tanto animales como vegetales, que forman nuestro universo, incluso aquellos microcosmos que se muestran invisibles ante nosotros, pero si nos acercamos a ellos y los miramos con detenimiento, podremos no sólo descubrir más cosas, sino descubrirnos a nosotros mismos, admirando nuestras virtudes y siendo benévolos con nuestros defectos.

 

Gernika, de Koldo Serra

gernika_cartelAMOR BAJO LAS BOMBAS.

Nos encontramos en Bilbao, en abril de 1937, en plena Guerra Civil, el frente vasco es un hervidero de balas y muertos, la lucha es encarnizada, se pelea por cada metro, por cada soldado, por cada pueblo… En ese marco histórico nos sitúan en un escenario, la oficina de propaganda del ejército republicano. Allí, en ese espacio donde deambulan periodistas de toda índole y condición, y funcionarios idealistas republicanos que hacen todo lo posible por mantener el espíritu y la moral de un ejército cada vez más maltrecho, trabaja Teresa, una joven atractiva que quería ser escritora, pero debido a su don de lenguas, acaba trabajando para la oficina, donde traduce textos y censura el contenido de las crónicas periodísticas si van en contra del ideario de la República, su mando es Vasyl, un soviético estalinista que asesora al gobierno, un hombre fiel a su país, y secretamente enamorado de Teresa con la tuvo una relación. El tercero en discordia e hilo conductor, junto a Teresa, de la trama, es Henry Howell (basado en las experiencias de George Steer, periodista de “The Times” que fue el primero en escribir sobre el bombardeo) un periodista norteamericano venido a menos, los años de gloria y pasión por su trabajo han desaparecido, convirtiéndolo en un borracho de tres al cuarto que ha perdido la ilusión y la autoestima, que se encuentra en medio de una guerra de la que quiere huir en cuanto pueda.

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Tres almas que deambulan por esta historia, en la que la guerra y el bombardeo del pueblo de Guernika son utilizados como telón de fondo para contarnos un drama épico, en la segunda incursión cinematográfica de Koldo Serra (1975, Bilbao) que después de debutar en el 2007 con Bosque de sombras (drama rural violento con aires de Peckinpah protagonizado por Gary Oldman) se ha dedicado casi la década que separan las dos cintas, a trabajar en televisión realizando películas y series, y la dedicación a tres proyectos que finalmente no salieron, resulta caprichoso el destino, porque su segundo film no es un proyecto propio, sino ajeno, una iniciativa de un par de productores sevillanos, José Alba y Víctor Clavijo (también autor del guión junto al estadounidense Barry Cohen), en el que se han enfrascado en una producción internacional, filmada en inglés, y ambientada en plena guerra civil, en la que su objetivo era rodar el bombardeo de Guernika, un suceso que conmovió al mundo entero provocando una gran repercusión internacional. Serra filma con brío, mano firme y elegancia este drama romántico al estilo de los grandes clásicos, cuando el amor surge en el momento más inesperado y en las circunstancias más adversas, provocando el caos emocional en las personas en cuestión.

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La película asombra por su grandísimo esfuerzo de producción en la que ha conseguido crear una ambientación exquisita y realista de la época retratada, en la que conviven varios idiomas con naturalidad (inglés, castellano, euskera…) un acontecimiento histórico que cambió el curso de la guerra (en la que la Alemania nazi utilizó como banco de pruebas para la Segunda Guerra Mundial) y de todas aquellas personas que participaron. Serra se centra en las semanas anteriores al bombardeo, que se produjo el 26 de abril, en la que la oficina rinde a plena ebullición, entre recepciones con el ayuntamiento, y sensación que todo está bajo control, se pasan los días en una oficina en la que coexisten todo tipo de personajes, unos implicados y otros venidos de vuelta, hay fotógrafas americanas (que podría ser una Gerda Taro o Capa) que se juegan la vida buscando la foto del frente, periodistas de todas las nacionalidades (semejantes a los Hemingway o Dos Passos) franceses, o portugueses fascistas que se hacen pasar por quiénes no son, cronistas españoles que se pierden por las carreteras, policías de Stalin que se pasean a la caza de algún enemigo, personajes de toda índole y con diferentes objetivos, en un tiempo de guerra, de caos, de miseria y muerte.

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La película reluce y de qué manera en la parte técnica, las secuencias bélicas están filmadas con gran verismo y contundencia, y el plato fuerte de la obra, el bombardeo de Guernika, que representa el tramo final de la película, no tiene nada que envidiar a ninguna producción estadounidense, rodado con gran despliegue de medios técnicos, su veracidad y autenticidad quedan suficientemente demostradas, consiguiendo que asistimos en primera persona a todo lo que aquel fatídico día aconteció, sus habitantes sorprendidos corriendo como hormigas indefensas y huyendo despavoridos a protegerse de tal magnitud, las bombas explotan delante nuestro, miramos con rabia y espasmo la barbarie que se cometió contra un pueblo indefenso e inocente. Los intérpretes resuelven con solvencia y honestidad sus personajes, en los que sobresale el inmenso trabajo de María Valverde componiendo a la joven Teresa, una mujer fuerte, idealista y temperamental que se erige con un valor inquebrantable que representa a todas aquellas mujeres que en los años 30 y gracias a la República sacaron la cabeza y empezaron a ser protagonistas en un mundo dominado por los hombres (las Montseny, Kent, Ibarruri, Campoamor…), James D’arcy como el periodista Henry y Jack Davenport como Vasyl, son dos rostros que parecen una cosa y acabarán por sacar su verdadero rostro, enfrentándose entre ellos por Teresa y sobre todo, por las diferentes posiciones políticas frente a la contienda.

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Amén del resto del reparto, entre los que destacan Bárbara Goenaga, Alex García, Ingrid García-Jonsson, Irene Escolar, intérpretes jóvenes pero de largo recorrido, que actúan con oficio y provocan algunas tramas paralelas que algunas no llegan a funcionar o son prescindibles. La luz precisa y cálida de Unax Mendía (que ya colaboró con Serra en Bosque de sombras, y en otras como No habrá paz para los malvados, de Urbizu) ayudan a envolver este drama bélico romántico que reflexiona sobre la propaganda, los ideales, la pasión, la honestidad en el trabajo, la relación con los semejantes, y la lucha por lo que uno siente a pesar de todo, como Teresa y Henry, dos almas atrapadas y presas de su destino y los intereses del poder, que raras veces tienen relación con los derechos de los ciudadanos, ellos, dos personas de carne y hueso que no tienen más remedio que enfrentarse a la guerra, a los que eran sus colaboradores, y a todos los elementos habidos y por haber, para salvar lo que sienten el uno por el otro, pese a las gravísimas circunstancias en las que se encuentran con todo en su contra, porque como decía el poeta que cuando todo está perdido, ya no nos quede nada, lo único que le aliviaba era aquel bello rostro de su amor que jamás podrá olvidar.


<p><a href=”https://vimeo.com/177211111″>Gernika – Trailer VOSE</a> from <a href=”https://vimeo.com/pecadofilms”>Pecado Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

La mina (The Night Watchman), de Miguel Ángel Jiménez

ClvM-9iWAAAV8CUEL ESTIGMA DEL PERDEDOR.

Películas como El sabor de la venganza, de Joaquín Romero Marchent, La sabina, de José Luis Borau,  Angustia, de Bigas Luna, Los otros, de Alejandro Amenábar, Bosque de sombras, de Koldo Serra, entre muchas otras, son algunos ejemplos de cine español, rodado en España y en inglés, con equipo técnico y artístico con representación internacional. La mina, en su versión española, y The night watchman, en su versión inglesa, es la última producción con este tipo de características. La película nace de la cabeza del guionista Luis Moya, que ya había trabajado anteriormente con el director Miguel Ángel Jiménez (1979, Madrid) en las interesantes y premiadas Ori, que nos trasladaba a una devastada Georgia después de la guerra y cómo sobrevivían unos seres castigados y dolientes, en Chaika, la podredumbre de Kazajistán servía como telón de fondo para contarnos un durísimo relato de unas mujeres obligadas a prostituirse. Ahora, nos lleva a Kentucky, en un ambiente podrido, desolado y asfixiante de la América profunda (en realidad filmado en los bosques de Artikutza, en Oiartzun, en el País Vasco) y cómo epicentro de la trama una mina abandonada (localizada en Monsacro, en Asturias).

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El relato arranca con la llegada de Jack, un joven treintañero que vuelve a casa (una especie de Ulises y su Ítaca soñada) después de cumplir condena en la cárcel por su pasado con las drogas, allí se reencuentra a su todavía esposa Alma, y su hijo sordomudo Raymond de 8 años, los acompaña y acoge su hermano mayor Mike, metido a predicador del pueblo. Jack empieza a trabajar como vigilante nocturno en la mina para evitar los saqueos que se producen, la relación distante y tensa con su mujer y su hermano marcan la vida de Jack, que además debe lidiar contra su pasado, de alcohol y drogas, y una extraña aparición en la mina. Jiménez nos adentra en una película densa y siniestra, con una agobiante e inquietante atmósfera, en un paisaje que ahoga y mata lentamente, un lugar perdido, alejado del mundo, y habitado por seres perdidos, en constante espera, y ajados de ilusiones y vida, en el que las apariencias y lo oculto priman sobre la sinceridad y el cariño. La película mantiene la tensión latente durante todo su metraje, sumergiéndonos suavemente en el terror irrespirable que acecha en el pueblo, y sobre todo, en las paredes y galerías olvidadas de la mina.

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El director madrileño crea a partir de la figura del desdichado Jack un relato oscuro y macabro en que el pasado terrorífico de su familia, y los consecuentes traumas del joven juegan una parte importante en el trasfondo psicológico de los personajes. Una cinta sincera y honesta que contiene el inmenso trabajo de luz de Gorka Gómez Andreu, otro habitual de Jiménez, y el preciso montaje de Iván Aledo (fetiche del cine de Medem) y una excelente producción de los veteranos José Luis Olaizola y Edmundo Gil, que nos recupera los ambientes opresivos y con lectura política del cine setentero estadounidense como Yo vigilo el camino, de Frankenheimer, Defensa, de Boorman o Perros de paja, de Pekinpah, un cine que se agarraba en lo más profundo del alma, y exploraba con inteligencia las amarguras y soledades de unos seres atrapados en sus miserables pueblos, donde imperaba el fascismo y el terror inhumano hacía el otro, un cine recuperado por cineastas como Sayles, con el que comparte ciertos elementos, Jeff Nichols y sus excelentes Take Shelter y Mud, o la fascinante Winter’s bone, de Debra Granik. El trabajo interpretativo con unos enormes Matt Horan (que toca a la guitarra un par de temas), como el “losser” que huye de sí mismo, Kimberley Tell, la atractiva y atrapada esposa y madre, Jimmy Shaw, el enviado de Dios con múltiples caras, y Denis Rafter encarnando al viejo minero Stan. Un cine de gran factura que mezcla con sabiduría géneros como el drama social, el western, y el terror psicológico, con buenas dosis de suspense. Cine interesante y entretenido contado con tranquilidad y dosificando inteligentemente la información para atraparnos lentamente en su oscura madeja, expectantes ante todos los hechos  que acontecerán.