Los pasajeros de la noche, de Mikhaël Hers

UNAS VIDAS DURANTE LOS OCHENTA.

“Quedará lo que fuimos para otros. Trocitos, fragmentos de nosotros que quizá creyeron entrever. Habrá sueños de nosotros que ellos nutrieron. Y nosotros no éramos nunca los mismos. Cada vez éramos esos magníficos desconocidos, esos pasajeros de la noche que ellos se inventaron, como sombras frágiles, en viejos espejos olvidados en el fondo de las habitaciones”.

El universo del cineasta Mikhaël Hers (París, Francia, 1975), pivota sobre la idea de la ausencia, la que sufrían Lawrence y Zoé, novio y hermana de la fallecida Sasha en Ce sentiment de l’eté (2015), y David, que perdía a su hermana mayor y debía hacerse cargo de la hija de esta, Amanda en Mi vida con Amanda (2018). El mismo vacío que padece Élisabeth, una mujer a la que su marido acaba de dejar para irse a vivir con su novia en el lejano 1984. Un guion de libro, bien detallado que firman Maud Ameline, que vuelve a trabajar con el director después de Mi vida con Amanda, Mariette Désert y el propio director, que recoge el ambiente de aquellos años con sutileza, con momentos felices, tristes y agridulces.

La película arranca con unas imágenes reales, las de aquel 10 de mayo de 1981, el día que Mitterrand ganaba las elecciones francesas y se abría una etapa de euforia y felicidad. Inmediatamente después, nos sitúan en 1984, en el interior de las vidas de la citada Élisabeth y sus dos hijos, Judith, una revolucionaria de izquierdas en la universidad, y Matthias, un adolescente de 14 años, pasota y perdido. La llegada de Talulah, una chica de 18 años, que vive sin lugar fijo y frecuenta mucho la noche, cambiará muchas cosas en el seno de la familia, y sobre todo, los hará posicionarse en lugares que jamás habían imaginado. La mirada del director, que en la época que se sitúa su película era un niño, es una crónica de los hechos de verdad, muy humana y cercanísima, alejándose de esa idea de mirar el pasado de forma edulcorada y sentimentalista, aquí no hay nada de eso, sino todo lo contrario, en los que nos cuentan la idea de empezar de cero por parte de Élisabeth, una mujer que debe trabajar y tirar hacia adelante su familia, con la inestimable ayuda de un padre comprensivo y cercano.

La historia recoge de forma extraordinaria la atmósfera de libertad y de cambio que se vivía en el país vecino, con momentos llenos de calidez y sensibilidad, como esos momento en el cine con los tres jóvenes que van a ver Las noches de luna llena, de Éric Rohmer, protagonizada por la mítica actriz Pascal Ogier, desaparecida en 1984, una referencia para Talulah, con la que tiene muchos elementos en común, el momento del baile que da la bienvenida a 1988, y qué decir de todos los instantes en la radio con el programa que da título a la película, “Los pasajeros de la noche”, para todos aquellos que trabajan de noche, y todos aquellos otros que no pueden dormir, y necesitan hablar y sentirse más acompañados. A través de dos tiempos, en 1984 y 1988, y de dos miradas, las de madre e hijo, la película nos habla de muchas cosas de la vida, cotidianas como el despertar del amor en diferentes edades, la soledad, la tristeza, la felicidad, la compañía, aceptar los cambios de la vida, aunque estos no nos gusten, y demás aspectos de la vida, y todo lo hace con una sencillez maravillosa, sin subrayar nada, sin dramatizar en exceso los acontecimientos que viven los protagonistas.

Como ya descubrimos en Mi vida con Amanda, que se desarrollaba en la actualidad, Hers trabaja con detalle y precisión todos los aspectos técnicos, donde mezcla fuerza con naturalidad como la formidable luz que recuerda a aquella ochentera, densa y luminosa, que firma un grande como Sébastien Buchman, con más de 70 títulos a sus espaldas, un exquisito y detallista montaje de otra grande como Marion Monnier, habitual en el cine de Mia Hansen-Love y Olivier Assayas, que dota de ritmo y ligereza a una película que abarca siete años en la vida de estas cuatro personas que se va casi a las dos horas. Un reparto bien conjuntado que emana una naturalidad desbordante y una intimidad que entra de forma asombrosa con un excelente Didier Sandre como el padre y el abuelo, ayuda y timón, que en sus más de 70 títulos tiene Cuento de otoño, de Rohmer, Megan Northam es Judith, la hija rebelde que quiere hacer su vida, la breve pero intensa presencia de Emmanuelle Béart haciendo de locutora de radio, solitaria y algo amargada.

 Mención aparte tiene el gran trío que sostiene de forma admirable la película como Quito Rayon-Richter haciendo de Matthias, que encuentra en la escritura y en Talulah su forma de centrarse con el mundo y con el mismo, con esos viajes en motocicleta, que recuerdan a aquellos otros de Verano del 85, de Ozon, llenos de vida, de juventud y todo por hacer, una fascinante Noée Abita, que nos encanta y hemos visto en películas como GénesisSlalom y la reciente Los cinco diablos, entre otras, interpretando a Talulah, que encarna a esa juventud que no sabe qué hacer, y deambula sin rumbo, sola y sin nada, que conocerá el infierno y encontrará en esta familia un nido donde salir adelante, y finalmente, una deslumbrante Charlotte Gainsbourg, si hace falta decir que esta actriz es toda dulzura y sencillez, como llora, como disfruta, ese nerviosismo, esa isla que se siente a veces, como mira por el ventanal, con ese cigarrillo y esa música, que la transporta a otros tiempos, ni mejores ni peores, y ese corazón tan grande, que nos enamora irremediablemente. Nos hemos a emocionar con el mundo que nos propone Mikhaël Hers, que esperemos que siga por este camino, el camino de mirar a las personas, y describiendo con tanta sutileza y sensibilidad la vida, y sus cosas, esas que nos hacen reír, llorar y no saber lo que a uno o una les pasa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vasil, de Avelina Prat

EL REFLEJO DEL OTRO.

“Tengo que conocer a la otra persona y a mí mismo objetivamente, para poder ver su realidad, o, más bien, para dejar de lado las ilusiones, mi imagen irracionalmente deformada de ella”.

«El arte de amar» (1956), Erich Fromm

¿Qué extraño mecanismo consigue que conectemos con alguien, o por el contrario, no lo soportemos? ¿Qué detonantes o elementos, y no me refiero a los materiales, construyen una relación estable, o por el contrario, hacen que naufrague estrepitosamente?. Muchas de estas cuestiones son las que se exponen en Vasil, el primer largometraje de la directora valenciana Avelina Prat, que empezó como arquitecta, peor pronto acudió a la llamada del cine, donde ha trabajado como script en más de cuarenta títulos junto a nombres como los de Fernando Trueba, Javier Rebollo, Jonás Trueba, Manuel Martín Cuenca, Cesc Gay, entre otras, amén de dirigir algunos cortometrajes de ficción y documental. Para su opera prima se ha decantado por un relato sobre un (des) encuentro con el otro, en la que Alfredo, un arquitecto jubilado de vida tranquila y algo huraño, y carácter muy peculiar, por circunstancias ajenas a su voluntad, debe convivir en su casa con Vasil, un búlgaro que necesita un sitio donde quedarse.

Prat cocina a fuego lento una historia cotidiana, sencilla y nada complaciente, donde a través de la curiosa situación entre los dos hombres mencionados, seremos testigos de todos los cambios que se van produciendo en la persona de Alfredo, eso sí, muy sutiles y casi sin darnos cuenta. La película con suma delicadeza y sensibilidad, que no ñoñería ni sentimentalista, nos sitúa en medio de estas dos almas, tan diferentes y extrañas entre sí, pero que poco a poco, se irán conociendo, reconociendo en el otro y sobre todo, cambiando, sobre todo el cascarrabias Alfredo. Hay otros elementos curiosos que hacen de Vasil, una película atípica, como su escenario localizado en Valencia, que huye de lo típico mediterráneo a la que se relaciones, para situar la historia en invierno, en un lugar nublado, tristón y apagado, en que la cinematografía de un grande como Santiago Racaj ayuda a dotar a la trama de ese aspecto distante al principio, y después, mucho más cálido, así como su preciso montaje que acoge con detalle sus noventa y tres minutos de metraje, que firma Juliana Montañés, que tiene en su filmografía a directores como Carlos Márques-Marcet, Clara Roquet y Nely Reguera, entre otros.

La excelente música que acentúa ese aspecto agridulce que recorre toda la película obra de Vincent Barrière, que ha trabajado con Adán Aliaga, Claudia Pinto, Alberto Morais y Roser Aguilar, etc… Con la producción de Miriam Porté que, a través de Distinto Films ha producido a Neus Ballús, Sílvia Quer, Laura Mañà y Patricia Ferreira, entre otras. Dos juegos, muy opuestos entre sí, en apariencia, porque los dos requieren de conocimiento, concentración y habilidad, se convierten en el quid de la trama. Uno de ellos es el ajedrez, convertido aquí en un juego que sirve de puente para salvar las diferencias entre los dos protagonistas, y el bridge, el famoso juego de cartas formando parejas, donde la habilidad de Vasil en ambos juegos, lo convierte en los demás en una pieza muy codiciada. Con unos protagonistas cercanos y complejos, entre los que, sin saberlo a ciencia cierta, se necesitan más de lo que son capaces de admitir, hay también unos personajes de reparto que no solo muestran las diferentes realidades ocultas de los principales, sino que profundizan en los sinsabores de una realidad difícil para los recién llegados como Vasil, y las eternas burocracias que más que ayudar, marean y dañan.

Tenemos a Alexandra Jiménez, en un personaje muy alejado de las comedietas que nos tiene acostumbrados, dando vida a Luisa, la hija de Alfredo, una experta en idiomas que, durante las comidas semanales con su padre, estallarán más de un conflicto por lo parco en información de Alfredo. Susi Sánchez es Carmen, una experta jugadora de bridge, que verá en Vasil una oportunidad de ganar a sus odiosas contrincantes en el club, y de paso, conocer mejor al búlgaro talentoso, y Sue Flack, con más de treinta títulos en España, da vida a Maureen, otra jugadora del bridge, antigua compañera de juego de Alfredo, que ayuda a Vasil. Mención especial tiene la pareja protagonista, que tiene el aroma de aquella memorable que hacían Jack Lemmon y Walter Matthau, en la piel de un Karra Elejalde, en uno de sus mejores interpretaciones, un tipo solitario, apasionado del ajedrez y cansado y hastiado de la vida, con sus pequeños placeres y poco más, que con la llegada de Vasil todo su espacio y su microcosmos se ve amenazado y cambiado.

Frente a él, el tal Vasil, que interpreta Ivan Barnev, viejo conocido por estos lares por protagonizar películas como La lección y The Father, ambas del tándem Kristina Grozeva y Petar Valchanov, y Destinos, de Stepahn Komandarev, siendo el mejor Vasil posible, un tipo de gran inteligencia y aplomo, con una grandísima actitud ante la adversidad, digno de admiración por parte de un sorprendido Alfredo. Nos alegramos de la fantástica incorporación a la dirección de largometrajes de Avelina Prat y por su reposada y profunda mirada, para hablarnos a hurtadillas de una historia muy contemporánea que aborda los grandes problemas de las sociedades actuales; la soledad, el miedo al otro, la actitud ante la adversidad, y sobre todo, los conflictos con los demás y son uno mismo. Y todo esto lo hace con una asombrosa sencillez, humanidad, con unos personajes de carne y hueso, sumamente complejos y cercanísimos, igual que las personas que nos cruzamos diariamente en nuestras vidas, con sus cosas, que como Alfredo y Vasil, tienen sus cosas y se parecen mucho a las nuestras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Unicorn Wars, de Alberto Vázquez

OSITOS AMOROSOS VS. UNICORNIOS.

“El mal está sólo en tu mente y no en lo externo. La mente pura siempre ve solamente lo bueno en cada cosa, pero la mala se encarga de inventar el mal”.

Goethe

Recuerdo la primera vez que vi Bird Boy (2011), de Pedro Rivero y Alberto Vázquez (A Coruña, 1980), me estalló la cabeza, estuve tiempo flipando con sus imágenes en blanco y negro y muy oscuras e inquietantes, sus personajes infantiles pero con conflictos de adultos y contemporáneos, y la impactante idea de un mundo postapocalíptico, donde la miseria moral y la violencia se han instalado. Cuatro años después, dirigido por el mismo tándem, se estreno el largometraje Psiconautas, los niños olvidados, protagonizaba nuevamente por Bird Boy y Dinki, una pareja de amigos que intentaba sobrevivir ante semejante paisaje dantesco. Vi más trabajos de Vázquez, ahora en solitario, como Decorado (2016) y Homeless Home (2020), y Sangre de unicornio (2013) que, al igual que sucedió con Bird Boy, se ha convertido en un largometraje llamado Unicorn Wars.

El director gallego, ilustrador y dibujante de cómics, sigue explorando la condición humana, sus zonas más oscuras y violentas, y vuelve a construir personajes infantiles pero con almas en conflicto. El centro de la trama está contado a partir de dos personajes, dos hermanos, un Caín y Abel, dos ositos amorosos, dos almas muy diferentes. Uno, Azulín, es un ser abyecto, corroído por la rabia y violento, que se disputa desde niño el amor de su madre con su hermano gemelo Gordi, un osito obeso, torpe y acomplejado, pero lleno de amor. Dos almas contrarias que acaban en el campo Corazón, un campo de entrenamiento militar en el que reza el lema “Honor, dolor y mimos”, en el que se preparan para combatir contra los unicornios, sus enemigos ancestrales en que combaten para apoderarse el Bosque Mágico. El relato explota cuando Azulín, Gordi y un grupo de ositos emprenden una misión al citado bosque para encontrar a un destacamento que ha desaparecido, y la conquista de la sangre de los unicornios, que parece tener efectos inmortales. Vázquez vuelve a enmarcar su historia en un no mundo donde reina el mal, la competitividad, la oscuridad y la violencia gratuita, en una guerra fratricida, que recuerda  aquel cortometraje Carne de cañón (1995), de Katsuhiro Otomo, que muchos recordamos por su inolvidable film Akira (1988), donde en una ciudad futurista se dispara un cañonazo diario contra un enemigo invisible.

A medida que la misión de los ositos amorosos avanza nos encontraremos con un Bosque Mágico que dista mucho del paraíso que los jerarcas militares y el cura, con sus proclamas religiosas, les han inculcado a los soldados. La película construye una dualidad constante, a partir del conflicto entre los que quieren guerra y los que no. Guerra entre hermanos, guerra entre ositos, masculinos, contra unicornios, que son femeninos, al igual que las demás criaturas del bosque, entre civilización contra naturaleza, entre el bien contra el mal. Nos maravillamos con esa profunda y grave del narrador que nos es otro que el excelente actor Ramón Barea. Guerra y diferencias que quedan muy marcadas a nivel cromático y composición musical, donde Vázquez cuenta con cómplices que le han acompañado a lo largo de su filmografía como Iván Miñambres, en tareas de producción, Joseba Hernández en fx, Joseba Beristain en música, y Víctor García, en música adicional, y la aportación de Estanis Bañuelos e Iñigo Gómez en el montaje. La película viaja por diferentes géneros como el drama íntimo y personal, la fantasía y el terror, y una explícita violencia que saca lo peor del alma humana, hay poco espacio para la felicidad y la alegría, elementos que cuestan en un mundo dominado por la guerra, el militarismo y la violencia sin sentido.

Una película como Unicorn Wars es tristemente, una auténtica rareza en el panorama cinematográfico español, por eso deberíamos celebrar con gran entusiasmo que exista y sobre todo, ir a verla en masa, porque no solo abre vías de exploración en el mundo de la animación para adultos, sino que engrosa como una más a los grandes del género como Ralph Bakshi, Gerald Potterton, René Laloux, Katsuhiro Otomo, Hayao Miyazaki, Isao Takahata, Satoshi Kon, y las agradables aportaciones de Wes Anderson, con sus zorros y sus perros, y otros cineastas que usan la animación convencional para romper los códigos, dadles la vuelta y construir relatos que hablen de todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor, en un mundo cada vez más triste, más autómata y carente de valores humanos. Unicorn Wars es una película marcadamente antibelicista, atacando a todos aquellos males que someten al ser humano, como la religión dominante que incita a la guerra y la destrucción, y una miseria moral, como la reparte Azulín, un ser que usa la violencia y la mentira para escalar posiciones sociales y aniquilar a sus oponentes cueste lo que cueste.

La cinta no oculta sus referentes como Apocalypse Now y Platoon, con continuas referencias a la religión y a la biblia, mezclando los mitos y las leyendas en un relato sobre la deshumanización de la humanidad, y abocada al individualismo, la competitividad y la maldad como medio de supervivencia imponiendo las ideas de unos contra otros, y sobre todo, destruyendo sin ningún miramiento nuestra entorno, generando un lugar lleno de oscuridad y terror como el llamado Bosque Mágico, trasunto de la sociedad actual en la que vivimos, donde vale más lo que hacemos que lo que somos, en el que todo se consume, se agota y se sacia a ritmo frenético, dejando el mundo como un espacio vacío, siniestro y caduco. Deseamos y esperamos que Alberto Vázquez siga regalándonos historias como las que suele hacer, porque no solo son grandes películas, convertidas en clásicos de culto al instante, sino que resultan películas completamente universales, porque habla de lo hacemos diariamente, y sobre todo, como nos comportamos con la naturaleza, con los otros, y con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una historia de amor y deseo, de Leyla Bouzid

AHMED CONOCE A FARAH.

“No parecen gran cosa, las palabras. Parecen inofensivas, desde luego, como bocanadas de aire, soniditos que brotan de la boca, ni calientes ni fríos, y fáciles de captar en cuanto llegan por el oído, al enorme aburrimiento gris del cerebro. Bajamos la guardia ante las palabras y llega la desgracia”.

La periferia parisina ha sido objeto de representación y estudio en la cinematografía francesa en películas como El odio (1995), de Mathieu Kassovitz, Los miserables (2019), de Ladj Ly, París, distrito 13 (2021), de Jacques Audiard, Arthur Rambo (2021), de Laurent Cantet, entre otras. Cine que mira a los suburbios parisinos, cine social y muy potente, que está muy alejado de la condescendencia habitual, para construir relatos sobre la dura realidad que se vive, en contraposición con el centro de la ciudad. A Leyla Bouzid (Túnez, 1984), que estudió literatura francesa en la Sorbona y cine en la Fémis, la conocimos con Al abrir los ojos (2015), su ópera prima que seguí los pasos de Farah, una argelina de 18 años, a pocos meses del estallido popular y revolucionario, de vida disoluta que la enfrentaba al conservadurismo de su familia.

Con Una historia de amor y deseo, su segundo trabajo, vuelve a hacer un retrato íntimo y personal sobre Ahmed, un chaval de 18 años, de familia argelina y de la periferia parisina, que empieza literatura en la Sorbona, y un día conoce a Farah, una joven tunecina que ha dejado su país para estudiar también literatura. Entre los dos jóvenes nace un amor y un deseo, aunque Ahmed luchará íntimamente entre su deseo sexual hacia Farah contra las ideas religiosas y tradicionales que le han inculcado desde niño. La directora tunecina construye con pausa y sensibilidad una película entre dos mundos, entre dos formas de pensar y sobre todo, sentir, donde siempre hay un forma y su reflejo, porque nos habla de literatura árabe del siglo XII, sumamente sensual y erótica, y por otro lado, está la idea tradicionalista del mundo árabe, y las diferentes formas de pensar y sentir entre los países árabes del norte de África, como pueden ser la Argelia de Ahmed y el Túnez de Farah. Dos jóvenes en las antípodas del pensamiento y los sentimientos pero que se han cruzado, y la mirada de Bouzid los retrata de forma humanista, con sus ilusiones, tristezas, miedos, inseguridades, deseos y sexualidad.

Una detallista y cromática escala de colores y luces que firma el cinematógrafo Sébastien Goepfert, que conoció a Bouzid mientras estudiaban en la Fémis, y ya se encargo de la luz de al abrir los ojos, bien acompañado por un gran trabajo de montaje de Lilian Corbeille, que la conocemos por sus trabajos en Les combattants, Mentes brillantes y la serie Vernon Subutex, entre otras, que condensa con sabiduría los ciento tres minutos de metraje, que suceden de forma rítmica y con intensidad. La extraordinaria música casi experimental del casi debutante en cine Lucas Gaudin, describe con suavidad todos los demonios interiores del joven Ahmed, bien acompañada por esos otros momentos sublimes donde escuchamos música en directo como esos hermosísimos momentos del saxofonista a orillas del Sena, el concierto de Ghalia Benali y el baile que se marca Ahmed a ritmo de las darboukas. Otro de los aspectos fundamentales de Una historia de amor y deseo es su pareja protagonista, que bien están los dos, Sami Outalbali es Ahmed, que se ha fogueado en series de televisión. Un intérprete extraordinario que sabe construir un personaje entre dos universos, un mundo interior en pleno tsunami emocional, luchando frenéticamente entre lo que siente, lo que desea y lo que se niega a ser y desear, su impulsos sexuales, sus miedos y su cobardía para enfrentarse a quién quiere ser.

Frente a él, una increíble Zbeida Belhajamor, una actriz amateur de teatro en Túnez, que se mete en el rostro, la piel y el cuerpo de una fantástica Farah, dando la réplica y el contrapunto idónea al personaje de Ahmed, agitándolo para que tome las riendas de su vida, y empiece a caminar libre de ataduras e ideas prejuiciosas, sin olvidarnos del resto del reparto, intérpretes todos desconocidos pero con un gran naturalidad para componer sus diversos y complejos personajes. Aurélia Petit, una actriz francesa que ha trabajado con grandes como Haneke, Ozon, Donzelli y Amalric, entre muchos otros, da vida a la profesora de literatura que todos hemos tenido alguna vez, esa profe que nos ha abierto la mente, que nos ha mostrado otras formas de ver, de pensar y sobre todo, de sentir, en este caso, la inmensa y desconocida literatura árabe medieval llena de erotismo, sensualidad y sexo, todo un abanico de sabiduría y posibilidades que enriquecen el universo de Ahmed y Farah y todos aquellos que tengan inquietudes y curiosidad.

Solo nos queda agradecer a la distribuidora Flamingo Films que siga apostando por este cine hecho desde la verdad, un cine social potente y real, muy alejado de la moralina y los estereotipos habituales en producciones que pretenden mostrar una realidad y acaban haciendo cine propagandístico, superficial y lo que es peor altivo y pretencioso. En la película de Leyla Bouzid no encontramos nada de todo eso, sino todo lo contrario y mucho más, porque su cine enmarca a todas las realidades que convergen en esos espacios y lo hace desde la mirada del que quiere conocer, situando la cámara a la altura de los ojos de sus inquietos y complejos personajes, sumergiéndose en todas las diferentes particularidades de aquellos que viven y vienen de la periferia parisina, de la amalgama de formas de pensar y sentir entre todos los inmigrantes que han llegado y de sus hijos, nacidos en Francia, pero envueltos en tantos mundos que los hace confundir y les dificulta su existencia, aunque como ocurre en la película, siempre les quedará la poesía árabe para dejarse llevar por sus sentidos, su erotismo y experimentar su sexualidad como les sucede a Ahmed y Farah. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Inés Toharia Terán

Entrevista a Inés Toharia Terán, directora de la película «Film, the Living Record of our Memory», con motivo de la celebración de «10 anys al Raval», en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 22 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Inés Toharia Terán, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La traición de Huda, de Hany Abu-Assad

DOS MUJERES.

“Más traiciones se cometen por debilidad que por un propósito firme de hacer traición”

François de La Rochefoucauld

Muchos conocimos el cine de Hany Abu-Assad (Nazaret, Israel, 1961), con la impresionante Paradise Now (2005), trabajo notabilísimo sobre la jornada de dos suicidas palestinos. Más tarde nos fijamos en Omar (2013), otro grandioso thriller político en que un joven enamorado tenía dificultades con su mejor amigo y la policía israelí. Después de algunas producciones más comerciales que le han llevado a filmar en EE.UU., entre otros lugares, nos llega La traición de Huda, que vuelve a transitar los caminos de las dos mencionadas, pero esta vez, a partir de dos mujeres. Dos mujeres que parecen muy alejadas en sus cotidianidades, pero reflejadas en el mismo espejo macabro, aunque descubriremos que las dos están metidas en el mismo agujero, muy a su pesar. Por un lado, tenemos a Huda, una peluquera que narcotiza a Reem, le hace unos fotos muy comprometidas para chantajearla y que colabore con el servicio secreto israelí. Aunque la cosa no termina ahí, porque la resistencia detiene a Huda y la interroga por sus actos en contra de la causa palestina.

El director palestino ya había profundizado en temas tan complejos como la traición y el heroísmo, entre la lealtad y la infidelidad, como les ocurría a los dos amigos desdichados suicidas, o al propio Omar, enfrentados a todos y todo, metidos, sin quererlo, en encrucijadas que los situaban en lugares solitarios y muy duros. Es inevitable pensar en el Tema del traidor y el héroe, de Borges. Un cuento que reflexiona sobre la finísima línea que separa estos dos conceptos muy oscuros, porque según la circunstancia, uno puede ser uno u otro, y esta sombra asfixiante es la que aborda en su cine Abu-Assad, pero no lo hace desde el prisma simplista y acomodaticio, sino que lo envuelve en una cotidianidad que asusta, a partir de las dos realidades de estas dos mujeres palestinas, cogidas al azar, que podrían ser cualquiera. La película se detiene en las dos realidades de las dos mujeres, dos tiempos que suceden a la vez. En una, Huda, es interrogada por Hassan, uno de los jefes de la resistencia, en un oscuro y sombrío agujero bajo tierra, donde prevalece el diálogo y también, el incesante juego de miradas, gestos, confidencias y sobre todo, un perverso juego del gato y del ratón.

En la superficie el mismo juego perverso, en la realidad que vive Reem, la otra mujer, metida en un inquietante laberinto en el que no encuentra escapatoria y huye como puede de su marido muy celoso que no la cree y la resistencia que quiere capturarla. Los mismos días, día y noche, y la misma oscuridad, en la que las dos mujeres están atrapadas, metidas en una ratonera sin salida, desplazándose a hurtadillas por esa finísima línea entre la tradición y la lealtad, empujadas a una guerra que ellas querían no librar. El magnífico trabajo de cinematografía del tándem Ehab Assal, que ya trabajó con Abu-Assad en Omar e Idol, y el finés Peter Flinckerberg, que tiene experiencia en películas de su país y en EE.UU., siempre de corte independiente, firman un glorioso ejercicio de luz en un trama que tiene dos formas y texturas diferentes, la oscuridad del sótano y la luz asfixiante del exterior, en el que logran el objetivo de tensionar el relato sin dejar respirar de angustia a los espectadores. El estupendo montaje de Ellas Salman, que también estuvo en Omar e Idol, condensa con una gran fuerza y inquietud, como si de una película de género de terror se tratase, los noventa y un minutos de intenso e inquietante metraje.

El director palestino, gran director de intérpretes, se acompaña de cuatro almas que destilan naturalidad, solidez y cercanía como Maisa Abd Elhadi como Reem, que ya se había puesto a las órdenes del director en Idol, y recientemente la vimos en Gaza Mon Amour, de Arab y Tarzan Nasser, dando vida a una mujer atrapada, en continua huida, a la que nadie cree y todos buscan con malas intenciones. Le sigue Ali Suliman como Hassan, que era uno de los inolvidables suicidas de Paradise Now, que vuelve con Abu-Assad dieciséis años después, un actor internacional que le ha llevado a trabajar con Ridley Scott y Peter Berg, amén de una enorme carrera en la cinematografía árabe, se mete en el cuerpo y la mirada de un tipo también oculto y perseguido, alguien que vive en las sombras, que mantendrá un juego tenso con el personaje de Huda, que interpreta Manal Awad, toda una eminencia en el cine palestino, que ya había trabajado con el director y en la citada Gaza Mon Amour, da vida a la mencionada Huda, una mujer también atrapada como Reem, que deberá luchar para resolver su encrucijada y victimismo. Y finalmente, Samer Bisharat como Said, que fue uno de los protagonistas de Omar, aquí hace el marido celosísimo de Reem, alguien metido en su cabeza y que no ve más allá de esos pensamientos negativos que son producto de su terrible inseguridad y malestar personal.

Hany Abu-Assad ha vuelto a construir una impresionante película, que toca temas tan duros como la traición, la lealtad, el chantaje, la extorsión, la mentira, la verdad, la complicidad, la maldad, y la libertad, y las diferentes causas por las que se lucha o se mueven las personas, y todo lo hace desde una cotidianidad e intimidad abrumadoras, introduciéndonos con sencillez y naturalidad en ese microcosmos que plantea la película, donde nada es lo que parece y la calle más tranquila puede albergar tensiones políticas de primer orden, en un gran juego donde toca diferentes géneros como la comedia de situación y costumbrista de la secuencia que abre la película, al drama social de vivir en un lugar ocupado por un invasor que lo controla y hostiga a todos, y el citado thriller político, donde el espionaje no tiene nada de aventurero y glamuroso como venden las producciones palomiteras, sino que aquí todo pende de un hilo, donde cualquiera puede ser un espía o víctima más, depende de que hace y cómo lo hace, donde la máscara está a la orden del día, en que la guerra sucia de los estados, como hablamos la semana pasada con Un escándalo de estado, de Thierry de Peretti, tiene aquí otro capítulo más, igual de siniestro y malvado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El perdón, de Maryam Moghadam & Behtash Sanaeeha

MINA PIDE JUSTICIA.

“Ser bueno es fácil; lo difícil es ser justo”

Víctor Hugo

Las dos últimas películas de la cinematografía persa que se han visto por estos lares tiene mucho en común: La vida de los demás, de Mohammad Rasoulof, y Un héroe, de Asghar Farhadi, tocan temas tan universales como la culpa, el perdón y la justicia, en el contexto de la actual sociedad iraní, en que las consecuencias de la pena de muerte están muy presentes de un modo central en la primera de las películas. El perdón (“The Ballad of a White Cow”, del original), de Maryam Moghadam (Teherán, Irán, 1970), y Behtash Sanaeeha (Shiraz, Irán, 1980), también nos habla también de los conflictos que genera la pena de muerte en la sociedad iraní, y lo hace desde la mirada de Mina, la viuda del ejecutado. Un año después de la ejecución, el estado encuentra al verdadero asesino y quiere compensar económicamente a Mina, que seguirá reclamando justicia.

El relato se centra en las dificultades burocráticas en las que se ve inmersa Mina, así como el recelo de la gente hacia una madre monoparental, ya que la mujer tiene una hija, Bita, sorda y enamorada del cine romántico. Las dificultades legales, y las de encontrar vivienda, debido a su condición de madre sola, y además, las tensiones con la familia de su marido, convierten la vida de Mina en una continua peregrinación en el que todo son trabas e injusticias. La aparición en su vida de Reza, un antiguo amigo de su marido que llega con dinero que debía al difunto, cambiará totalmente su existencia y las cosas se tornarán más claras y esperanzadoras. Aunque, Reza guarda un secreto que lo une con Mina, un secreto que los espectadores sabemos y Mina no. La pareja Moghadam y Sanaeeha en su tercera película juntos. La primera, Risk of Acid Rain (2015), en la que él dirigía y ella, protagonizaba. En la segunda, The Invincible Diplomacy of Mr Naderi, codirigida entre los dos, un documental sobre un personaje peculiar que quiere reconciliar Irán con EE.UU. En El perdón, su tercer trabajo al alimón, se decantan por la ficción, en la que ambos vuelven a codirigir y Moghadam se reserva el papel principal de Mina.

La película se posa en la mirada de Mina y su encuentro con Reza, una relación que se apoderará del relato, y se convertirá en una náufraga que es rescatada por una especie de ángel de la guarda. El perdón tiene una planificación formal férrea y brillante, firmada por el cinematógrafo Amin Jafari, que tiene en su filmografía a directores tan relevantes de la cinematografía iraní como Jafar Panahi y Majid Barzegar, entre otros, construida a partir de planos secuencia fijos, donde se va generando la tensión entre los diferentes personajes, así como el trabajadísimo montaje firmado por Ata Mehrah y Sanaeeha, donde consiguen imponer un ritmo denso en sus ciento cinco minutos, sumergiéndonos en una historia con muchos interiores que asfixian a los individuos, donde cada mirada, gesto y encuadre está estudiado con precisión. La extraordinaria pareja protagonista con Alireza Sanifar en la piel del enigmático Reza, ese amigo desconocido, ese ángel protector, o quizás, un tipo que también tiene mucho de culpa y lo hace todo por perdonarse y que le perdonen.

Frente a él, tenemos al epicentro de la historia, porque estamos convencidos que la película tiene mucho del inmenso trabajo de la maravillosa Maryam Moghadam como Mina, la actriz y directora que ya vimos protagonizando la película Closed Curtain (2013), codirigida por el citado Panahi y Kambuzia Partovi, en un extraordinario trabajo de contención, y sobre todo, de mirada, porque cada gesto y cada detalle de su interpretación es sublime, y no solo consigue atraparnos desde la poderosísima secuencia que abre la película, recorriendo esos largos pasillos de la cárcel para despedirse del marido que van a ejecutar, sino también en cada momento, cada instante, de esos momentos íntimos y hermosos que tiene con su hija sorda, esos diálogos casi en silencio y tan cercanos y especiales, y los demás instantes que hacen del personaje de Mina una persona que podríamos ser cualquiera de nosotros, viviendo en un estado que aplica la condena de muerte, y aplica una ley que va en contra de los intereses de los ciudadanos.

Nos alegramos por la codirección de Maryam Moghadam, que se suma a otras directoras iraníes como las conocidas Samira y Hana Makhmalbaf y Ana Lily Amirpour, entre otras, toda una proeza para las mujeres, tan perseguidas y mutiladas en el país árabe, que hacen un cine para todos en un país sometido a la Sharia Islámica que rige la sociedad con unas leyes misóginas que amputan de derechos y libertades a todos los individuos y en especial, a las mujeres. El perdón es una película que radiografía la idiosincrasia de la actual sociedad iraní, en aspectos tan importantes como la aplicación de la ley, la justicia, el perdón y la culpa. Una cinta que cala en todos los espectadores, por lo que cuenta y como lo cuenta, y sobre todo, por atreverse en contar la intimidad de las personas que han experimentado como sus vidas han sido destrozadas por la pena de muerte, todos las almas anónimas que siguen después de una injusticia, como la que viven, y no solo eso, como el estado y la sociedad los trata de forma tan ruin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pablo García Pérez de Lara

Entrevista a Pablo García Pérez de Lara, director de la película «Camino incierto», en su domicilio en Barcelona, el lunes 14 de junio de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo García Pérez de Lara, por su tiempo, generosidad, amistad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Compartimento nº 6, de Juho Kuosmanen

LOS VIAJES EN TREN…

“Voyage, voyage” / plus loin que nuit et le jour / (voyage, voyage) / dans l’espace inouï de l’amour / Voyage, voyage / sur l’eau sacrée d’un fleuve indien / (voyage, voyage) / et jamais me reviens”

Letra de la canción  “Voyage, voyage”, de Desireless

Los que viajamos en tren, ya sea en cercanías o larga distancia, podríamos contar las mil y una que nos han pasado en esos viajes. Viajes con un destino fijado, viajes con billete de ida y vuelta, viajes donde muchas veces era más intenso el propio viaje que el destino final. Recuerdo especialmente uno de ellos, uno que sin saberlo entonces, iba a cambiarme la vida en todos los sentidos. Un viaje en cercanías, un viaje en el que conocí a alguien, a alguien muy diferente a mí, a alguien que formaría un tiempo parte de mi vida. Un tiempo que me iba a cambiar para siempre, y todo empezó en un viaje en tren. Una experiencia similar es la que les ocurre a Laura y Ljoha, los dos protagonistas de Compartimento nº 6, la segunda película de Juho Kuosmanen (Kokkola, Finlandia, 1979), después de la interesantísima El día más feliz en la vida de Olli Mäki (2016), donde retrataba el año 1962 en un melancólico blanco y negro, la vida de un boxeador vulnerable, atrapado a sus circunstancias y muy enamorado.

El director finés ha escrito un guion junto a Livia Ulman y Andris Feldmans, basado en la novela homónima de Rosa Liksom, en el que vuelve a los ambientes cotidianos que poblaban su primer trabajo, a esos personajes perdidos, atrapados en su existencias anodinas, en una especie de huida no se sabe dónde, metidos o encerrados en un minúsculo compartimento que deberán compartir dos personajes opuestos, o quizás no lo son tanto, porque, entre otras cosas, ambos viajan desde Moscú en el transiberiano con destino al puerto ártico de Murmansk en la Siberia. Ella, finlandesa, huye de una relación insatisfecha, y desea ver unos petroglifos, unas pinturas rupestres. Él, ruso, viaja para trabajar en la mina. La película nos abre una ventana para conocer a estos dos individuos, en una relación distante y llena de altibajos, porque deben compartir cuando no quieren, pero a medida que avance el viaje los iremos conociendo más profundamente, les iremos viendo sus virtudes y defectos, sus inquietudes, sus ilusiones, y demás oscuridades y alegrías.

La trama se sitúa en un tiempo indeterminado de los años noventa, cuando todavía las nuevas tecnologías no habían convertido la sociedad en un mero espejo artificial donde la individualidad prima sobre el otro, y la película aboga por eso mismo. Por mirar al otro, aceptarlo por muy diferente que aparentemente sea de nosotros, por ofrecerlos la oportunidad y la experiencia de entablar un diálogo, y quizás una conexión, nunca se sabe, y la empatía, ese valor tan desuso en los tiempos de ahora, donde cada uno se obceca en ser él, sin importarle el resto, y sobre todo, lo que sienten los demás. Estamos hablando de un viaje de más de 1900 kilómetros, de sur a norte, que recorre toda la parte oeste de Rusia, que en los años noventa aúna duraba mucho más que ahora, con sus días y noches, sus paradas nocturnas, el vagón comedor, y los parones para echar un cigarro o estirar las piernas. Unos viajes que se convertían en una auténtica odisea. Un viaje que requería mucho tiempo para llevarlos a cabo. El tiempo, sumamente importante en la película, porque nos obliga a mirar a los personajes, a estar con ellos y a compartir. Todo lo contrario que en la actualidad, donde el tiempo se ha convertido en un enemigo implacable, un elemento que hemos perdido en la actualidad, donde todo se hace con prisas y no hay tiempo para nada.

La excelente cinematografía, naturalista e íntima, donde sentimos el frío y la cercanía de los personas, los objetos y sus sonidos, que firma J-P Passi, como lo hizo en la primera película de Kuosmanen, y el inmenso trabajo de montaje de Jussi Rautamieni, que también estuvo en la opera prima del director finés, que encaja con oficio e inteligencia los ciento siete minutos de la película, dotándola de ritmo y tensión, en apenas un par de espacios reducidos del tren. La maravillosa pareja protagonista de la película, tan ajenos y tan cercanos, que son el alma mater de una historia en la que buena parte de su metraje ocurre en un compartimento muy estrecho, donde se respira casi al unísono, y todo está demasiado cerca. Seidi Haarla, muy popular en Finlandia, por trabajos en la televisión en series como Force of Habit, da vida a Laura, la aspirante arqueóloga, que todavía no sabe que hará después de los petroglifos, porque quiere alargarlo todo lo posible por miedo a no saber dónde ir después. Una mujer que se encuentra de viaje, porque detenerse es reflexionar y mirarse hacia dentro y descubrir que las cosas no andan bien y hay que cambiarlas, y ese miedo todavía no tiene fuerzas para afrontarlo. Frente a ella, el actor ruso Yuriy Borisov, que hemos visto en Elena (2011), de Andrey Zvyagintsev, entre otras muchas películas rusas, interpreta al arrogante y vulgar Ljoha, un tipo que viaja para incorporarse a la industria minera, alguien que oculta muchas buenas cosas en su interior, pero va de duro y distante con Laura, pero entre los dos, y los kilómetros de viaje y tren, todo irá cambiando.

Kuosmanen ha construido una película que habla de muchas cosas, de la vida, de quiénes somos y cómo vemos a los demás, de amor o no, que tiene a la canción “Voyage, Voyage”, de Desireless, que pegó muchísimo en toda Europa a finales de los ochenta y principios de la nueva década, que actúa como leti motiv de la película, donde miramos la vida pasar, desde la ventanilla del compartimento nº 6 de un tren que nos lleva a Murmansk, a ese espacio del ártico, donde hace un frío que pela en pleno invierno, donde Laura y Ljoha van a parar. Y recuerden, siempre es un buen momento hacer un viaje en tren. Así que, estacionen su vehículo, compren un billete, da igual el destino, y déjense llevar por el viaje, sin expectativas, disfrutando de cada instante, tanto de ustedes como de los otros, alrededor de desconocidos que quizás se conviertan en muy cercanos, eso sí, apaguen el móvil, como antes, cuando el dichoso aparatito no existía y dejaba libertad para mirar nuestro entorno, para mirarnos a los ojos, para hablar con el otro, porque nunca un viaje en tren los dejará indiferentes, y quizás, ese viaje les cambie la vida, igual que me ocurrió a mí… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Beatles y la India, de Ajoy Bose y Peter Compton

EL VIAJE ESPIRITUAL DE LOS CUATRO DE LIVERPOOL.

“Al final, estás tratando de encontrar a Dios. Ese es el resultado de no estar satisfecho. Y no importa cuánto dinero, o propiedades, o lo que sea que tengas, a menos que estés feliz en tu corazón, entonces eso es todo. Y, desafortunadamente, nunca se puede obtener la felicidad perfecta a menos que tengas ese estado de conciencia que lo permita”

George Harrison

En febrero de 1968, los componentes de The Beatles: John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, junto a sus esposas, amigos y sequito, llegaron a Rishikesh, en el norte de la india, para un retiro espiritual en el santuario de Maharishi Mahesh Yogi. Los cuatro jóvenes veinteañeros de Liverpool ya era la banda de música popular más famosa del planeta. A sus espaldas cargaban 13 discos, gran cantidad de conciertos alrededor del mundo y unas ventas millonarias que no cesaban de aumentar. Pero toda esta relación de The Beatles con la India había comenzado tres años atrás de la mano de George Harrison, gran aficionado a la música hindú, que introdujo en los álbumes del grupo el instrumento tradicional de sitar, y a uno de sus más virtuosos, el músico hindú Ravi Shankar.

La música vino acompañada por la meditación trascendental y el grupo llegó a la India aquel febrero del 68 para un retiro espiritual para encontrarse con ellos mismos y olvidarse del mundo y sus legiones de fans que no les dejaban un segundo. Unas sesenta personas, entre ellas la actriz Mia Farrow y Mike Love de The Beach Boys, entre muchos otros, se encontraron escuchando, meditando y conviviendo en la casa del Maharishi Mahesh Yogi. Los debutantes Ajoy Bose, bengalí-india, periodista de profesión, corresponsal del diario The Gaurdian en la India, y conocedora de The Beatles, ya que publicó el libro “Across the Universe_ The Beatles in India”, en 2018, y Peter Compton, que ha trabajado casi medio siglo en la industria discografíca y el video, y productor ejecutivo de otro documental de la banda que tenía de título It Was Fifty Years Ago Today – The Beatles: Sgt. Pepper & Beyond (2017), han recopilado infinidad de imágenes de archivo, recogido testimonios valiosos de descendientes y expertos en The Beatles, y han filmado en los restos del santuario, ahora convertido en museo, para ilustrar el paso de la banda por ese lugar y todo lo que ocurrió.

Se ha hablado mucho de lo prolífica que fue la estancia del grupo en la India, de la que nació uno de sus mejores discos, el “The Beatles”, que se conoce coloquialmente como “White Album”, pero desconocíamos todos los detalles, matices y (des) encuentros que sucedieron en aquel lugar. La película nos habla del antes y del durante, y lo hace a modo de intenso y apabullante caleidoscopio donde se va creando un mosaico de imágenes, fusionadas con las voces de los cuatro de Liverpool, y los abundantes testimonios indios que se cruzaron con ellos o los hijos de los que sí se los trataron. El documento, interesantísimo aborda desde la sencillez y la naturalidad de los cuatro tipos, alejados de todo el oropel y popularidad que los seguí allá donde iban, a los que conocemos desde otro punto de vista, sus relaciones y sus distancias y todo lo que les rodea. La película muestra otra faceta de ellos, muchísimo más desconocida, haciendo un repaso de aquellos años, hablándonos de la fama y sus peligros, su fascinante encuentro con la música hindú, y sus creadores, y su viaje mental por el país, y sus turbulencias en la amistad con el Maharishi, aunque los testimonios en este aspecto no llegan a ninguna conclusión, el hecho es que algo hubo, y lo que hubo los distanció.

The Beatles y la India es un documento extraordinario, fascinante e hipnótico sobre el período más artístico, humanista e importante de The Beatles, y del que se conocía poco o nada, o se conocía a través de otros, que inventaron. Ahora, el trabajo respetuoso, concienzudo y ordenado de la pareja Bose y Compton consigue un documento de grandísima importancia no solo para muchos seguidores de la banda, entre los que me incluyo, sino de todos aquellos que alguna vez en su existencia se han planteado en conocerse y descubrirse su mundo espiritual, mucho más intenso que el mundo físico y material. Conoceremos todo lo que influyó a los cuatro músicos, en su etapa más prolífica artísticamente hablando, que por otra parte, también significó el principio del fin, con la disolución del grupo dos años más tarde, apenas diez años de vida que no solo revolucionaron la música popular de la segunda mitad del siglo XX, sino que además, cambiaron las reglas del juego de la industria musical y se creó el fenómeno de los fans, hasta ese instante no de la multitud planetaria que se vivió con The Beatles. No dejen de ver The Beatles y la India, no por la música de The Beatles, sino por todo lo que significó para ellos conocer el país asiático y sobre todo, su cultura y su mundo espiritual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA