Burning, de Lee Chang-Dong

¿PUEDES VER LAS MANDARINAS?.

“Todos los animales y objetos en este universo son el HAMBRE GRANDE. Las estrellas en el cielo nocturno tiemblan porque están haciendo la Danza del HAMBRE GRANDE, conscientes de que se desvanecerán y su luz morirá. El rocío de la mañana es la lágrima derramada por las estrellas”.

(Cita de un Bosquimano del desierto de Kalahari)

El cine de LeeChang-Dong (Daegu, Corea del Sur, 1954) se centra en pocos personajes, sus historias suelen estar protagonizados por hombres o mujeres que se relacionan con alguna persona que otra, y en ambientes cotidianos y reducidos. Un cine basado en la psicología de sus personajes, sus miedos, inseguridades y demás aspectos humanos, a los que el cineasta surcoreano despeja de cualquier sentimentalismo, para someterlos en relatos donde alguna herida que otra los sacude emocionalmente, y los lleva a enfrentarse a su entorno, tanto emocional como físico, y sobre todo, a ellos mismos. Cuentos contemporáneos sobre la realidad política, social y cultural de Corea del Sur, protagonizados por personajes que, en muchos casos sobreviven instalados en una realidad anodina, vacía y sin futuro, una realidad que Cang-Dong describe con mimo, con reposo y haciendo gala de un uso extraordinario del tempo cinematográfico, donde convierte aquello cotidiano en un verdadero enigma para el espectador, en el que a través de una precisión absoluta de la forma, envuelve a los espectadores en aventuras urbanos o rurales donde los sentimientos dirigen las emociones oscuras y maltrechas de sus protagonistas.

En su quinto largometraje, basado en un cuento de 20 páginas de Haruki Murakami titulado Quemando graneros, que en la película se ha traducido con el nombre de quemando invernaderos (que adopta el título de una novela corta de Faulkner) con reminiscencias argumentales en la película. Chang-Dong convierte el exiguo relato de Murakami (un maestro en construir misterios a partir de pocos elementos anclados en la cotidianidad más absoluta) en una película  de 148 minutos, en la que nos sumerge pausadamente, sin prisas ni aspavientos misteriosos ni sentimentales, en un relato fuertemente psicológico protagonizado por Jongsu, un joven repartidos a tiempo parcial que, un día como otro cualquiera, se reencuentra con una antigua vecina de su misma edad llamada Haemi. Los dos empiezan a verse y se acuestan. Un día, Heami que tiene que viajar a África a conocer las tradiciones ancestrales de los bosquimanos, le pide a Jongsu que cuide de su gata “Caldera”. Mientras la joven está ausente, Jongsu acude a su piso y le deja comida al felino que nunca veremos, aunque si tendremos rastros de su existencia o no. Cuando vuelve Haemi, viene acompañada de un chico misterioso que responde al nombre de Ben, un tipo engreído y riquísimo que apenas explica nada de su vida, amén de enseñar su lujoso piso y automóvil. Entre medias, Jongsu ha vuelto a su pueblo, ya que su padre está en la cárcel por un altercado con un funcionario, y tiene que cuidar de un ternero que no consigue vender.

Este vértice singular y poco convencional irán encontrándose y dialogando entre ellos, en que el misterio se irá apoderando de su extraña relación, y sobre todo, del relato que nos cuenta Chang-Dong, y construyéndolo de un modo sencillo y absorbente, casi sin darnos cuenta, apreciándolo suavemente, con momentos magníficos como el par de bailes inolvidables sobre todo el segundo, en el patio de la casa de Jongsu que se marca una Haemi con los pechos al aire al atardecer, imitando la danza africana de “Los grandes hambrientos”. Aunque, esa aparente armonía del trío un día se zanjará de forma brusca y sorprendente cuando Haemi de forma inesperada desparece sin dejar rastro. En ese instante, la película cambia de forma, color y textura, lo que hasta ese momento había sido una reflexión concienzuda sobre los jóvenes surcoreanos y la juventud en general, sobre sus desesperanzas en una sociedad cada vez más individualista y sin futuro, con relaciones esporádicas y líquidas (como mencionaba Bauman), se convierte en una película donde el thriller se apoderará del relato, pero huyendo de los convencionalismos del género, en el que Jongsu empieza una búsqueda incesante de Haemi (que recuerda al aroma de las tramas psicológicas y misteriosas de Antonioni y esos personajes que deambulan y hablan, peor que no sabemos absolutamente nada de sus existencias) la que parece haberse esfumado por completo, en el que comenzará a seguir al enigmático Ben, que cada vez se vuelve más oscuro e impenetrable, si cabe, frecuentando sus amigos y otra novia.

Su vida envuelta en el misterio se irá desvelando a través de la mirada de Jongsu, porque la película juega admirablemente, no solamente con el enigma de la desaparición de Haemi, sino con el propio enigma cinematográfico, mostrándonos aquello que va descubriendo o imaginando Jongsu, en un laberíntico y brutal juego de espejos donde el misterio se adueñará de la trama y comenzará a sacudirnos de forma psicológica, a medida que Jongsu va aclarando el entuerto o no, porque Chang-Dong nos cuenta las pesquisas del joven de forma extraordinaria, con ese ritmo pausado, donde todo lo miramos con Jongsu, aunque dudaremos de sus investigaciones, sus argumentos y sobre todo, su enigma, porque la película no toma posición por nada ni nadie, dejará que nosotros los espectadores tomemos esa posición, imaginándonos que ha sucedido con el destino de Haemi, a través de todo aquello que se nos ha ido desvelando a lo largo de los 148 minutos de metraje.

El cineasta surcoreano consigue con escasos elementos extraídos de la más absoluta cotidianidad, introducirnos en un gran misterio, que nos atrapará inexorablemente, sin dejarnos respiro ni descanso, llevándonos por esas calles al estilo de Vértigo, de Hitchcok, donde Jongsu sigue el automóvil de Ben, o dejándonos caer por el piso ordenado de Haemi, que será todo lo contrario como lo había dejado en su anterior viaje, o encontrándonos con familiares o conocidos de Haemi que nos irán informando o no sobre Haemi y su entorno, tan misterioso como la existencia de Ben, y nos llenarán de dudas a cada paso que vamos dando, a la par que Jongsu, nuestro guía en la película, dándonos pistas fiables o no, como el relato enigmático de Ben cuando explica a Jongsu que su afición es quemar invernaderos, y Jongsu empieza una carrera casi a contrarreloj investigando los invernaderos abandonados de su vecindario.

Chang-Dong añade elementos como la pantomima, la gata, el reloj de pulsera rosa o la caída del pozo, todos misterios o no, presencias y ausencias, que formarán parte de ese imaginario real o no, de la verdad que describe o no la película, a través de cada uno de sus personajes, donde parece que lo importante no es saber si estás viendo o no las mandarinas, lo importante está en si piensas que realmente existen las mandarinas que no estás viendo) que parecen llevarnos a pensar en unas situaciones, pero no de forma clara y concisa, sino de una manera diferente, como si la desaparición de Haemi fuese imaginaria o real, nunca lo sabremos a ciencia cierta, o formase parte de la imaginación de Jongsu, escritor en ciernes, en busca de algo interesante que contar, todos los caminos son válidos o no, o simplemente la película es un retrato sobre las apariencias, las verdades de todo color o forma, y el enigma es simplemente una excusa, una especie de macguffin que nos hace movernos de un lugar a otro, y todo forma parte de nuestra mente, imbuidos en un estado de hipnosis en el que la película y lo que cuenta nos ha llevado sin remedio. Todos las ideas son válidas o no.

 

The Imitation game, de Morten Tyldum

EL HÉROE SILENCIADO

Descifrando Enigma, es el subtítulo que reza en la versión que llega a nuestras carteleras. Si bien el grueso central de la película se localiza en el Londres de  1943 y los años que duró la Segunda Guerra Mundial, la cinta de Morten Tyldum (Noruega, 1967) -4º título de una carrera que despegó con su tercer film, Headhunters (2011), un thriller de producción noruega sobre robos que tuvo una gran acogida internacional- se desarrolla en tres instantes que marcaron la vida de Alan Turing (1912-1954), célebre matemático, pionero y precursor científico de la computación e informática moderna, entre otras muchas cosas… La película, basada en la biografía de Alan Turing: El Enigma escrita por Andrew Hodges, arranca en 1954, cuando Turing fue acusado de homosexual –condición que hasta 1967 fue castigado como delito por las autoridades británicas- para llevarnos hasta el 1943 citado, cuando el pleno conflicto bélico, el gobierno británico lo reclutó junto a otras mentes brillantes para descifrar Enigma, la máquina nazi que codificaba y descodificaba los códigos secretos de sus operaciones navales, que gracias a la máquina que construyó Turing, se lograron descifrar y detener infinidad de ataques y decantar la guerra a favor de los aliados. El tercer segmento, se sitúa en 1928 en el internado donde estudió Turing y descubrió su homosexualidad junto a otro chico. Tres momentos en la vida del científico que condicionaron completamente su existencia y su injusto olvido hasta que en diciembre de 2013, la propia reina Isabel II promulgó el edicto que anulaba todos los cargos en su contra. Un silencio de más de medio siglo que originó que en la película Enigma (2001), dirigida por Michael Apted, que recogía parte de la historia de Turing, se cambiasen todos los nombres, obviando los reales, sin aparecer ninguna mención al célebre científico. La cinta de Tyldum tiene todos los ingredientes de producción british: corte clásico, planificación sencilla que atrapa a través de la honestidad, personajes humanos y complejos, secundarios bien cuidados, una trama pausada y de intriga, tramas secundarias importantes, y unas actuaciones contenidas apoyadas en la mirada y en los gestos, amén de unos diálogos vivos llenos de ironía. Elementos que el realizador noruego, en su primera producción hablada en inglés, acopla concienzudamente creando un relato de intriga, de política y espías, sin olvidarse de las relaciones personales y los conflictos que van surigiendo en el equipo que capitanea Turing. Todo arropado por unos técnicos eficaces como el montador William Goldenberg, el músico Alexandre Desplat, destacando la presencia del cinematógrafo español Oscar Faura (habitual de Bayona). Oscar Benedict Cumberbatch –famoso por su personaje de Sherlock Holmes en la serie con el mismo título- desarrolla un personaje enigmático, reservado, complejo, que oculta su condición homosexual por miedo a la sociedad imperante, a veces irritante, pero siempre brillante, que empieza entre tinieblas, aislado, para lentamente abrir nuevas ventanas y socializar con los demás. A su lado, Keira Knightley –elegante y emocionante- que recrea a Joan Clarke, otra mente brillante a la que también se le debe buena parte del desciframiento de Enigma. Una película llena de detalles, de zonas vivas y oscuras, que denuncia como la furia estatal de un tiempo eliminó una de las mentes más brillantes del S. XX, cómo la historia arrinconó y apartó a pesar de todo su trabajo, capacidad y generosidad en favor de las comunicaciones, la modernidad, la paz y la libertad.