Azor, de Andreas Fontana

LOS BANQUEROS Y LOS ASESINOS.

“Los banqueros son como un pozo oscuro; no sabemos si el pozo es muy profundo o simplemente está vacío”

Jonathan Swift

El descriptivo y conciso arranque de la película deja claro la actitud moral del banquero suizo protagonista de la película. Se inicia con una imagen estremecedora. Dos militares cachean y detienen a un par de jóvenes ante la impasividad de todos los presentes, entre ellos, Yvan De Wiel, el banquero mencionado. Esa actitud pasiva, fría y alejada de todo lo que ve, todo lo que escucha y sobre todo, esa determinación de que ha llegado a la Argentina de finales de los ochenta, en plena dictadura, no le perjudica, porque el banquero suizo tiene una misión, convencer a las altas fortunas de que su banco es el mejor para guardar y de paso, ocultar, su dinero. La opera prima de Andreas Fontana Ginebra, Suiza, 1982), nos devuelve el mejor cine político de los setenta, aquel que filmaron los Costa Gavras, los Bertolucci, Rosi, los Petri, etc… Un cine que no solo explicaba las relaciones siniestras y oscuras de los estamentos del poder con la banca, la iglesia, y el ejército que, en muchas casos asumía el poder, sino que ofrecía algo de luz a unos tiempos convulsos y llenos de miserias.

Fontana que ya despertó bastante interés con sus trabajos en el cortometraje, se ha fogueado como asistente con directores de la talla como Jean-Stéphane Bron, Ingrid Wildi, David Maye y Mathias Staub, de los que ha aprendido mucho y se ha labrado una mirada concisa, crítica y profunda sobre las relaciones entre la dictadura y la banca suiza. Azor (que en el argot bancario viene a decir “cuidado con lo que dices”), es un inteligente y soberbio thriller político, excelentemente bien narrado, en un guion que firma el propio director con la colaboración de un grande como Mariano Llinás, que se reserva una breve aparición, y tiene al albaceteño Gabriel Azorín, director de Los mutantes, como consejero de Fontana, en una película en la que brilla su detalladísima y cuidada forma, y un relato que nunca se pierde, sino todo lo contrario, a medida que avanza la historia, más intrigante se torna, y menos claro en las intrigas que han sucedido, como esa inquietante desaparición de Keys, el antecesor de Yvan De Wiel, envuelto en una sombra difícil de descifrar.

Nos movemos de la mano de Yvan, el recién llegado, un tipo a la vieja usanza, falta de carisma, que tendrá su bautismo a prueba de balas, sin tiempo para pensar, sino con muy poco para reaccionar. Acompañado por Ines, su esposa, que continuamente le insta a ser más agresivo en los negocios. Nos moveremos por casas lujosas, piscinas tranquilas, haciendas inmensas, muchos caballos, fiestas de alta alcurnia, clubs exclusivos, restaurantes de relumbrón, y demás lugares, y escucharemos a políticos, arzobispos, herederos, riquísimos y militares, muchos militares, en definitiva, la alta y burguesa sociedad argentina que aupó, apoyó y trabajó para la dictadura militar de Videla. La exquisita y claroscura cinematografía de Gabriel Sandrau, del que vimos ya su gran trabajo en La idea de un lago (2016), de Milagros Mumenthaler, que colabora en la película, con esa luz que habla de aquella época desde cualquier tiempo, rompiendo el esquema de la clásica película historicista para abrazar una película sin tiempo. La gran banda sonora del debutante Paul Courlet, que consigue generar esa atmósfera cotidiana y terrorífica que baña toda la trama, y el cuidadoso trabajo de montaje del chileno Nicolas Desmaison.

Una película que basa buena parte de su entramado en las relaciones que se gestan en el poder, debía tener un reparto muy competente y formidable para generar toda esa ambigüedad y oscuridad que reside en cada gesto y mirada de los señores de negro que pululan por toda la película, y lo hace a través de la palabra, con unos diálogos confidenciales y alejados del mundanal ruido, con esa cámara que detalla y registra, pero siempre a una distancia prudencial, donde cada intérprete está en su sitio, como la espectacular pareja protagonista que forman la francesa Stépahnie Cléau y el belga Fabrizio Rongione, habitual en el cine de los Dardenne, bien acompañados por la poetisa Carmen Iriondo en la piel de una sorprendente Mrs Lacrosteguy, el veterano Juan Trench en el rol del hacendado Augusto-Padel Camon, la fascinante presencia de la uruguaya Eli Medeiros en un doble registro, el enigmático Frydmer interpretado por el francés AlexandreTrocki, el abogado Dekerman que hace Juan Pablo Gerreto, el líder religioso que hace Pablo Torre Nilsson, hijo del gran director argentino LeopoldoTorre Nilsson (1924-1978), y demás intérpretes que consiguen decir mucho con mucha concisión y apoyándose en las miradas.

Azor es una excelente muestra de cine bien hecho y mejor narrado, con una grandiosa y férrea estructura, que mira a los horrores del pasado a través del presente y lo que sucede en la actualidad, creando esa relación deromante de espejos y reflejos, con el mismo aroma que las chilenas Los perros (2017), de Marcela Said, y Araña (2019), de Andrés Wood, en las que se profundiza en las terribles alianzas de la burguesía con los regímenes dictatoriales, y la uruguaya-española El año de la furia (2020), de Rafa Russo, desde una mirada de los artistas censurados y las operaciones militares antes del estallido. Una trama en la que vamos avanzando con su protagonista por estos laberintos y zonas oscuras del poder, de ese lugar de malvados que hacen y deshacen la vida de los que cada día se levantan para trabar para el país, y no lo hace de manera superficial y estridente, sino optando por el cine, por esa forma de contar y mostrar el terror desde lo más cotidiano y humano, desde todo ese universo que extorsiona y asesina con el beneplácito de muchos colaboradores, entre ellos banqueros suizos, que carecen de moral, que carecen de humanidad, porque solo les interesa captar estos “clientes” podridos de dinero, un dinero sucio, manchado de sangre, una forma de ser, de vivir, que no acabó con la dictadura argentina o de cualquier otro país, sino que es una forma de hacer y deshacer en el sistema económico en el que estamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Drive My Car, de Ryûsuke Hamaguchi

LA VIDA… Y LUEGO NOSOTROS.

“Cuando se carece de verdadera vida, se vive de espejismos…”

De la obra “Tío Vania”, de Anton Chéjov

Apenas tres meses del estreno de La ruleta de la fortuna y la fantasía, volvemos a cruzarnos con otra película de Ryûsuke Hamaguchi (Kanagawa, Japón, 1978), y como no podía ser de otra manera, volvemos a reencontrarnos con sus personajes de existencias cotidianas, de instantes fugaces, de sentimientos vulnerables, con sus conflictos existenciales, sus continuas derivas emocionales, y sobre todo, volvemos a mirar de frente aquellos problemas invisibles, aquellos que ocultamos a los demás, y también, y sobre todo, a nosotros mismos. El cineasta nipón nos habla sobre la vida, o mejor dicho,  sobre aquello que creemos que es vivir, sobre todo aquello que nos ocurre, sobre todas esas heridas y el dolor que nos producen las situaciones vitales, y sobre como gestionamos ese dolor, la forma en que nos relacionamos con él, y como lo usamos o no frente a los demás. Sus relatos se van sucediendo frente a nosotros como ocurría en las obras de Ozu, casi sin darnos cuenta, aplastadas por la cotidianidad de nuestros quehaceres diarios, unos relatos breves y fugaces que se perdían casi sin llamar la atención, pero que continuaban viviendo en nuestro interior. Esos pequeños conflictos a los que apenas damos importancia, pero acaban dirigiendo nuestras vidas, porque están ahí, quietos, sin revolver, viviendo en nosotros, agazapados y esperando su oportunidad, donde serán expuestos y enfrentados y quizás, resueltos o no.

En esta ocasión, la mirada de Hamaguchi toma prestado un cuento homónimo de Haruki Murakami (de título extraído de una canción de The Beatles), que apareció en el libro “Hombres sin mujeres”, y escribe junto a Takamasa Oe un guion que nos sitúa frente a una pareja dedicada a contar historias. Él, Yusuke Kafuku, actor y director teatral, y ella, Oto, guionista de televisión. Una pareja que se quieren, y poseen una peculiar forma de contarse las diferentes historias que van inventándose. El automóvil de él, un Saab 900 Turbo, un vehículo de más de diez años de vida, es el encargado de acoger esas historias y funciona como espacio donde los personajes se abren mucho más y exponen más sus emociones y por ende, descubrimos lo que son en realidad. Estamos ante una película donde la interpretación y la fabulación son usadas como máscaras, como escaparates ficticios para ocultar los verdaderos sentimientos en forma de heridas. No obstante, veremos dos obras de teatro representadas. La primera, Esperando a Godot, de Beckett, la obra que más ha buceado por el hastío y el vacío vital, que explica con detalles todo lo que le sucede al personaje masculino, y luego, en las dos terceras partes siguientes, asistiremos a los ensayos de Tío Vania, de Chéjov, una de las obras que mejor ha descrito la desesperación y el vacío de la vida, en la que cada uno de los personajes arrastra sus heridas y su desconsuelo vital.

El automóvil actúa como acicate ante tanto dolor no compartido, la parsimonia de la circulación y la paz que le produce al protagonista es usado como bálsamo de paz, porque mientras conduce va escuchando la obra recitada por su mujer Oto. No es casualidad que la acción suceda en Hiroshima, la ciudad junto a Nagasaki, arrasadas por las bombas atómicas. Una ciudad de dolor, sobre el dolor, en la que todavía se perciben las secuelas de la tragedia y el inmenso dolor que produjo. En ese espacio, en sus calles, va a parar Yusuke, arrastrandon su dolor, y mientras trabaja en el montaje de “Tío Vania”, recorrerá sus calles y diferentes espacios con un chófer que le pone el festival de teatro, la elegida que conducirá su coche es Misaki, una joven de veinte años, que será su compañera, confidente y escuchadora durante esos dos meses en Hiroshima. Otro personaje clave en la película es Koshi Takatsuki, un actor que volverá a la vida de Yusuke, que pertenece a su pasado, a ese pasado que compartió con Oto.

Los aspectos técnicos del cine de Hamaguchi son extraordinarios y sumamente elegantes y llenos de matices. Desde todo el anacronismo existente en la película, con ese automóvil en la cabeza, un modelo del pasado, con sus cintas de casete donde vamos escuchando las obras, o ese tocadiscos, con sus discos de vinilo que escucha la pareja. La excelente banda sonora que escuchamos firmada por Eiko Ishibashi, donde se van detallando con suma delicadeza todos los sentimientos de los personajes que van aflorando tímidamente. El ágil, exquisito y rítmico trabajo de edición de Azusa Yamazaki,  como si se tratase de una partitura musical, para aligerar sus ciento setenta y nueve minutos de metraje, que se nos pasan casi sin darnos cuenta, completamente ensimismados por sus imágenes, sus palabras y sus emociones. La cinematografía de Hidetoshi Shimoniya ayuda a armonizar toda esa gama de sentimientos complejos que arrastran los dos personajes principales, donde la ligereza y suavidad de sus imágenes, confronta con todo ese espacio interior, donde todo es complejidad, oscuridad y dolor.

La mirada de Hamaguchi no está muy lejos del cine de Rohmer y Hong Sang-soo, otros dos autores-cronistas sobre las dificultades emocionales ante la vida y sus catástrofes, con sus personajes sin tiempo, que hablan y discuten, y miran y se mueven intentando ser, que nos es poco. Hamaguchi es otro creador maravilloso de personajes, porque es a través de ellos que se cuentan los diferentes conflictos, a través de sus hermosos y transparentes diálogos, y sus importantísimos silencios, quizás más elocuentes y auténticos, con ese revelador detalle del personaje que no habla y solo se comunica con el lenguaje de signos. Sus criaturas son individuos como nosotros, cercanísimos en sus problemas emocionales, en el que cada uno de ellos actúa como reflejo del otro, como espejo deformador de sus propias existencias, donde las diferentes composiciones, en los que abundan los personajes femeninos fuertes y sensibles, como sucede en Drive My Car, con esa Oto y Misaki, quizás dos mujeres muy diferentes o no, que conducirán, y nunca mejor dicho, la existencia y el trabajo de Yusuke. Un grupo de grandes intérpretes como los Hidetoshi Nisgijima, al que vimos recientemente en El teléfono del viento, de Nobuhiro Suwa, da vida a Yusuke, el tipo que encontrará en la actuación la terapia para acompañar y vivir su dolor, aunque quizás la amargura de Vania esté demasiado cerca para poder interpretarlo.

Y los de reparto, igual de importantes que los principales, por la huella y la presencia-ausencia que dejan en estos, como Tôko Miura es Misaki, la joven que también arrastra su herida, y se convertirá no solo en la eficiente chófer de Yusuke, sino en su confidente, y su hermana de dolor, y los dos compartirán mucho más que la mera relación profesional. Reika Kinishima es Oto, una mujer compleja, enamoradísima y una herida difícil de llevar, y finalmente, Masaki Okada es Koshi, el joven actor que aparecerá en las vidas de la pareja de forma inesperada e intensa. Hamaguchi ha vuelto a construir una grandiosa película, como son las grandes películas, de armazón ligero, suave como una brisa frente al mar, y denso y complejo en su interior, con unos personajes cercanos e íntimos, pero convertidos en una especie de islas emocionales, llenos de heridas, llenos de dolor, que les iremos conociendo y sintiendo en su proceso de acompañar el dolor, de mirarlo de frente, de no huir de él, de vivir con ello, porque la vida a pesar de su tristeza y su sin sentido, siempre está ahí para regalarnos una conversación con alguien, una mirada cómplice o simplemente, compartir unas miradas y un silencio que lo dicen todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Almudena Amor

Entrevista a Almudena Amor, actriz de la película «La abuela», de Paco Plaza, en el Hotel Seventy en Barcelona, el martes 21 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Almudena Amor, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La abuela, de Paco Plaza

SUSANA Y LA VEJEZ.

“Todo el mundo quisiera vivir largo tiempo, pero nadie querría ser viejo”.

Jonathan Swift

Uno de los primeros trabajos de Paco Plaza (Valencia, 1973), fue el cortometraje Abuelitos (1999), una excelente fábula de terror sobre una misteriosa residencia de ancianos, cargada de una atmósfera inquietante, en la que se sugería mucho, se hablaba poco y se decía más. El tema de la vejez siempre ha estado presente en la filmografía del cineasta valenciano, de una forma u otra, aunque en La abuela, parecen haber convergido dos de los temas que ya había tratado en dos de sus anteriores filmes. En Verónica (2017), producida por Enrique López Lavigne, una adolescente debía hacerse cargo de sus pequeños hermanos en un espacio donde lo doméstico se convertía en una cárcel, donde el más allá irrumpía con fuerza, y en Quién a hierro mata (2019), la vejez en forma de residencia de ancianos era una parte fundamental de la trama, así como el legado y la herencia de nuestros mayores. En La abuela, escrita por el cineasta Carlos Vermut, vuelve a la vejez y al espacio único de lo doméstico, un piso donde habita el tiempo, la memoria y sobre todo, la cárcel de la vejez, y como los jóvenes se relacionan con ella.

La acción es bien sencilla y directa, Pilar, octogenaria sufre un derrame cerebral, y su único pariente es Susana, una modelo que vive en París de su belleza y su cuerpo. Susana viaja a Madrid y cuida de la abuela, como ella hizo a su vez cuando la joven era niña y perdió sus padres. Todos los intentos de Susana se encaminan en deshacerse de esa carga y buscar a alguien que cuide de la abuela, totalmente ausente y dependiente. Con el mismo aroma y tono de las películas inquietantes y domésticas de Polanski, amén de Repulsión, La semilla del diablo y La locataire, el terror irá tomando la casa, igual que le ocurría a Verónica, y convertirá la existencia de Susana en una pesadilla terrorífica, donde confluirán el tiempo, la memoria, la vejez, y sobre todo, la vivienda se tornará una cárcel imposible de escapar de ella. Todos los elementos confluyen para que todo cuadre de forma tenue y cotidiana, empezando por su luz, que en películas de este estilo es fundamental, la textura del 35 mm consigue esa sensibilidad en el espacio, tanto de sus objetos como su atmósfera, con ese peso en el aire y en cada espacio de la casa, un gran trabajo de cinematografía de Daniel Fernández Abelló, que había estado en los equipos de cámara de películas tan interesantes como Blog y Buried.

El ágil y preciso ejercicio de edición que firma David Gallart, un cómplice estrecho de Plaza, que ha estado en varias de sus películas, que usa con pausa e intensidad los cien minutos del metraje, la música de Fátima Al Qadiri, que puntúa con sabiduría y llena todos los silencios que explican mucho más de lo aparentemente parecen, una de las marcas más características que encontramos en la filmografía del autor levantino, como la presencia de esos temas musicales, que tanto dicen, como los de Vainica Doble, Estopa y Los panchos. La gran labor de arte de Laia Ateca, que repite después de Quién a hierro mata, adornada con todos objetos como los espejos y sus reflejos, los objetos del pasado común, y demás detalles que pululan por toda la casa, así como su impactante sonido, que viene de la mano de Diana Sagrista, que en una película de este calibre, donde se sugiere más que se muestra, como el terror más auténtico y clásico, el que hizo grande el género, sino que se lo digan a los monstruos de los treinta de la Universal, o a los grandes títulos de Tourneur o la Hammer. Una producción elegante y cuidadosamente bien ejecutada que corre a cargo del ya citado Lavigne, y la incursión de Sylvie Pialat, mujer del desparecido director francés, con hechuras de una película que toca temas muy cercanos y a la vez, universales y sin tiempo.

La abuela nos habla de grandes temas de ahora y siempre como el inexorable paso del tiempo, con la vejez convertida en una prisión que nos dificulta lo físico y lo emocional, dependiendo de los otros, y convirtiéndonos en espectros de nosotros mismos, y también, como nos relacionamos con todos esos problemas, como los más jóvenes, los que fuimos cuidados, hacemos lo impensable para quitarnos el conflicto de encima, no queriendo ver, no queriendo participar, sacándolo de nuestras vidas, donde la culpa y la traición entran en juego, como bien introduce la trama de la película. Como planteaba Verónica y Quién a hierro mata, la presencia de pocos personajes y dotados de una complejidad que casará con todo lo que se está contando, y lo consigue con dos actrices completamente desconocidas. Por un lado, tenemos a la brasileña Vera Valdez, modelo de profesión que enamoró a Chanel y compañía, con pocos títulos en el cine, consigue con Pilar una interpretación inconmensurable, en un rol mudo, que apenas emite sonidos o algunas risas inquietantes, escenifica una anciana llena de pasado y un presente que lo domina todo, un grandioso acierto de la película, porque llena la pantalla sin emitir ninguna línea de texto, como ocurría con las grandes heroínas del mundo como la Gish o la Swanson.

Frente a Valdez tenemos a la no debutante Almudena Amor, que ya vimos no hace mucho en la mordaz El buen patrón, de Fernando Léon de Aranoa, siendo una paternaire excelente de Javier Bardem, en un personaje de loba con piel de cordera, en La abuela, tiene un rol completamente diferente, siendo esa mujer joven que vive de su cuerpo y belleza, tiene que afrontar la vejez de su abuela, los secretos que se ocultan en esa casa y sobre todo, en la relación enigmática que irá descubriendo a medida que avance la acción. Con muchos elementos que la relacionan con la Verónica que hacía Sandra Escacena, su Susana es otra joven enfrentada a lo maligno, a lo desconocido, pero en su casa, en su pasado, en todo lo que ella fu y es, y no se atreve a reconocerse y admitir. Plaza ha construido un extraordinario cuento de terror, donde se huye del efectismo y lo espectacular, para adentrarse en una atmósfera muy terrorífica, todo muy bien contado, con su ritmo y su pausa, con tranquilidad, con ese tono en el que nada parece estar sucediendo, pero en realidad todo sucede, con ese toque psicológico que hiela la sangre, con ese crujir de puertas y sonidos que no sabemos de dónde proceden, quizás, todo viene de nosotros, o quizás somos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En un muelle de Normandía, de Emmanuel Carrèrre

LA PRECARIEDAD DE PRIMERA MANO.

“El capitalismo no es un régimen armonioso, cuyo propósito sea la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, sino un régimen antagónico que consiste en asegurar las ganancias a los capitalistas”

Michal Kalecki

En la maravillosa Los viajes de Sullivan (1941), de Preston Sturges, un director de cine obsesionado con hacer una película sobre la miseria se disfraza de vagabundo y recorre el país conociendo la realidad más sucia y tiste. Una experiencia parecida es la que vive Marianne Wincler en En un muelle de Normandía, una escritora escritora que para conocer de primera mano la oscura realidad de las mujeres limpiadoras se convierte en una de ellas. Emmanuel Carrèrre (París, Francia, 1957), se ha hecho un gran nombre como escritor de novelas de no ficción entre las que destacan El adversario, Dos vidas ajenas o El reino, entre otras, y paralelamente, ha escrito sobre cine en libros y revistas especializadas, y ha dirigido películas de no ficción como Retour à Kotelnitch, y de ficción como La moustache (2003).

Ahora nos llega su tercer trabajo como director amén de coescribir el guion junto a Hélène Devynck, basado en la novela “El muelle de Ouistreham”, de Florence Aubenas, en una cinta que no estaría muy lejos de los temas y elementos que pululan en su obra literaria, como la mentira y la impostura. Tenemos a una escritora, que se hace pasar como mujer recién abandonada por su marido, que llega a una pequeña ciudad como Caen, al norte de Francia, un lugar gris, triste y en invierno, una atmósfera que recuerda a la que sentíamos en La vida soñada de los ángeles (1998), de Èrick Zonca. Asistimos a la cotidianidad de una mujer desde cero, una anónima más que se levanta a diario para ganarse la vida, o al menos intentarlo, como mujer de la limpieza, limpiando bungalows o ferris donde los turistas pasan su tiempo libre. A modo de crónica periodística, Carrèrre nos sumerge en ese submundo de personas corrientes y de carne y hueso, como Cristéle, una madre soltera con tres hijos pequeños y muy lanzada, con la que Marianne entablará una estrecha amistad. También, conoceremos a Marilou, una joven que sueña con huir de Caen junto a su novio, Justine, una rubia atractiva que trabaja cada día con la esperanza de salir de esos trabajos precarios, y algunas más, todas mujeres que trabajan a destajo por una vida mejor, o por una dignidad tan difícil de encontrar.

Con un excelente trabajo de cinematografía que firma el veterano Patrick Blossier, que tiene en su haber películas con Costa-Gavras, Tavernier, Agnès Varda y Bigas Luna, entre muchos otros, construyendo un espacio muy real, cercanísimo, que tanto recuerda a los trabajos de Alain Marcoen para los hermanos Dardenne. El exquisito y ágil montaje de Albertina Lastera, que tiene en su filmografía a nombres como los de Téchiné y Abdellatif Kechiche, que condensa con intimidad y sensibilidad los 106 minutos de la película.  La película trata con sabiduría y tacto temas morales muy complejos y nada complacientes, desde los límites del periodismo para acercarse a otras realidades, el engaño como parte del trabajo, y sobre todo, profundiza en temas como la amistad y el compañerismo entre unas mujeres que malviven en unos trabajos, si les puede llamar así, donde trabajan a velocidad de crucero, se destrozan la salud, y encima, deben dar gracias. Una realidad explotada y muy precaria de las mujeres que limpian, que pudimos ver en el interesante trabajo de Hotel explotación: Las Kellys (2018), de Georgina Cisquella.

La misma realidad que muestra En un muelle de Normandía, una realidad cruda y sin concesiones, pero de verdad, sin embellecerla, ni convirtiéndola en mera excusa de trama, sino acercándose a través de la cotidianidad, sus relaciones y su no futuro,  mirándola sin titubeos, y sobre todo, sin condescendencia ni sensiblería, sino mostrando cuerpos, miradas y relaciones que viven a diario, con mucha incertidumbre, y soportando trabajos de mierda y situaciones laborales terroríficas. La parte interpretativa está a la misma altura que la parte técnica, porque no lo componen personajes transparentes y llenos de matices y complejos, sino que son personajes convertidos en personas, personas como nosotras, personas con las que te cruzas a diario, en un gran trabajo de casting porque casi todas son actrices no profesionales, como las magníficas Hélène Lambert, Léa Carne, Emily Madeleine, Patricia Prieur, Evelyne Poreé, entre otras, que dan esa verosimilitud y autenticidad que tanto necesita una película de estas características.

Y qué decir de Juliette Binoche que no se hay dicho ya. Su Marianne es una auténtica obra de arte, porque la actriz parisina se mete en la piel de una mujer normal, una mujer sola, una mujer que trabaja, una mujer que quiere conocer, una mujer que quiere verlo de primera mano, una mujer que conocerá, se reirá y sobre todo, sufrirá con el trabajo. Un trabajo que recuerda a aquel que hizo Marion Cotillard para los mencionados Dardenne en Dos días, una noche en el 2014, donde no hay máscara, ni caracterización, sino verdad, sensibilidad y sobre todo, humanidad, porque tanto la película de los Dardenne como la de Carrèrre nos hablan de humanismo, de ese aspecto y dignidad que tanto se menciona y que tan poco vemos en la sociedad que vivimos, o como ocurre con las mujeres que limpian de la película, donde sus vidas ya no son vidas, sino sombras, las mismas sombras que tropiezan contra un modelo de turismo de pura explotación,  donde todo se gasta y se consume, tanto trabajadores como turistas, esos visitantes ajenos a las realidades tan oscuras y miserables con las que se cruzan por un pasillo, unos turistas que lo gastan todo, ya sean edificios, hoteles, calles, comidas, y nunca ven más allá de todo eso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¿Qué vemos cuando miramos al cielo?, de Alexandre Koberidze

EL AMOR, LA CIUDAD, EL VERANO Y EL FÚTBOL.  

“La vida es una película mal montada”

Fernando Trueba

Los amantes del cine solo conocíamos el cine georgiano a través de Otar Iosseliani, magnífico cineasta de películas como Adiós tierra firme (1999),  Lundi matin (2002), y Jardines en otoño (2006), entre muchas otras. Un cine sobre el peso de la cotidianidad, la falta de alegría y el deseo de huir y sentirse vivo, siempre a través de comedias absurdas, donde hay mucho humor negro y una idea de la vida más emocional, excéntrica y despreocupada. Unas películas deliciosas, con la elegante música de Nicholas Zourabichvili, y la fascinante cinematografía del gran William Lubtchansky, toda una eminencia en el cine francés, ya que ha trabajado con tótems como Godard, Rivette, Straug &Huillet, Truffaut y Garrel, entre otros. El año pasado, el Festival de Cine de San Sebastián alumbró otro nombre del cine georgiano, el de Dea Kulumbegashvilli con su sorprendente opera prima Beginning, un intenso drama sobre la religión y los abusos sexuales, bajo un tono muy oscuro y denso. Y, en poco tiempo, volvemos a toparnos con otro gran valor de la cinematografía georgiana, ya que otro festival internacional, como la prestigiosa Berlinale, concedió el Fipresci de este año a Alexandre Koberidze (Tbilisi, Gerogia, 1984), por su segunda película ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?.

El director georgiano estudió cine en Berlín, y habíamos visto Let the Summer Never Come Again (2017), en la que relataba las vicisitudes de un joven de pueblo en la gran ciudad para ser bailarín, a través de un sólido drama sobre el amor y sus desilusiones. Con su segundo trabajo, nos sitúa en las calles de la ciudad de Kutaisi, la tercera ciudad más poblada de Georgia, antigua capital del país, en la que un día, por casualidad, Lisa, una joven investigadora y Giorgi, un joven futbolista, se tropiezan fortuitamente y se enamoran y quedan en una cafetería bajo el puente. Pero, un encantamiento se ceba con ellos, y Lisa, olvida quién es, y Giorgi, cambia su aspecto físico, y coinciden en la citada cafetería como trabajadores sin reconocerse. A partir de ese cruce de comedia sentimental y fantástico, la película, ya desde su onírico título, porque el director no se centra en lo que vemos en el cielo, sino en todo lo contrario, lo que hay a ras del suelo, como su maravillosa construcción en la secuencia que abre la película, la del encontronazo entre los dos jóvenes desconocidos, filmada desde el suelo, en la que solo vemos sus piernas y escuchamos en off su diálogo.

La cotidianidad del verano de Kutaisi, y más concretamente, la que recoge el período del Mundial de fútbol, un campeonato del que sabemos que se desea que conquiste la Argentina de Messi. Otro elemento fantástico de la película, porque los instantes que recoge la película se asemejan al Mundial 90 celebrado en Italia, que si bien Argentina jugó la final, no la ganó y además, el estandarte era el gran Maradona. De hecho en una estupenda secuencia de unos niños jugando al fútbol en un parque, vista de manera ralentizada, se escucha “Un’ estate Italiana”, himno oficial del citado mundial. A partir de un tono ligero, transparente y enormemente cotidiano, un narrador, el propio director, nos va describiendo la ciudad, y sobre todo, a sus habitantes, todo aquello que no se ve, y todo aquello que se escapa a las imágenes, esa otra historia que va sucediendo sin que nos vayamos percatando. También, nos habla de sus tradiciones de siempre, esos locales donde van a ver los partidos del mundial, así como, ese irreverente sentido del humor que recorre toda la película, como esos perros callejeros aficionados al fútbol.

La fragilidad y fugacidad de la vida se dan cita en esta película especialísima, con esa sensible y naturalista cinematografía que firma Faraz Fesharaki, que nos recuerda mucho al cine francés de los Rohmer y Truffaut, y a los trabajos del citado Lubtchansky y Néstor Almendros, donde la vida, el documento, y la magia se van apoderando de cada plano, cada encuadre y cada rincón de la ciudad, con su luz, su puente, y su realidad transformada, esa que solo el cine puede ver y mirar, aquella que la vida real no consigue ver ni capturar. El cine de Koberidze no está muy lejos del marco trágico, melancólico y cómico que tanto les gusta a cineastas como Tati, Kaurismäki y Roy Andersson, en esa forma tan desesperanzada y la vez, tan ilusoria de mirar la vida. Su cotidianidad, sus personajes, y las situaciones y circunstancias a las que se ven inmersos. Y qué decir de todos esos personajes que pululan por la película, a cual más extraño, excéntrico e inolvidable, como el señor mayor y dueño de la cafetería bajo el puente, un lugar al que no va nadie, un lugar en el  que parece que todo se ha detenido, o los niños que van de aquí para allá, hipnotizados por la fiebre del fútbol con el mundial en marcha, los que juegan en el parque, los otros que van a por helado a la cafetería que no va nadie, o los que desafían el juego de aguantar en la barra que lleva Giorgi, un invento del dueño para atraer clientes a la cafetería que no va nadie.

Otros personajes llamativos son los empleados de la pastelería, en esa maravillosa secuencia donde su coreografía nos invita a un musical de los que hacía Demy, que resulta muy novedosa y cercana. La música ligera, romántica y romántica de Giorgi Koberidze, que recuerda mucho a la de grandes como Georges Delerue y Jean-Louis Valero. Sus ciento cincuenta minutos de metraje podrían parecer excesivos de entrada, pero a medida que va avanzando la película, nos parecen pocos, porque todo se cuenta desde la emoción, desde la tragedia del par de enamorados protagonistas, con esa inquietud que nos abruma, donde parece que no puede hacerse nada para romper el hechizo. Koberidze ha construido una película magnífica, arrolladora y llena de sensibilidad, con ese verano en Kutaisi que no es un verano más, es un verano con mundial, un verano donde nace el amor, aunque no se reconozcan, un verano lleno de cosas, acciones, cotidianidades, circunstancias, y sobre todo, un verano que cambiará las vidas de Lisa y Girogi, porque aunque no lo sepan, el amor está muy cerca de ellos, o mejor podríamos decir, que ellos están cerca del amor, que no es lo mismo, porque para enamorarse hay que creer que es posible, y este verano de Kutaisi, quizás es el mejor lugar para enamorarse, o al menos, para esta cerca del amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

I Never Cry, de Piotr Domalewski

VIDAS AUSENTES. 

“Los muertos pesan, no tanto por la ausencia, como por todo aquello que entre ellos y nosotros no ha sido dicho”.

Susana Tamaro en “Donde el corazón te lleve”

En Cicha Noc (Silent Night), la opera prima de Piotr Domalewski (Lomza, Polonia, 1983), un inmigrante polaco volvía a casa dejando muy estupefactos a los suyos. En I Never Cry, el viaje es a la inversa, como si nos mirásemos desde el otro lado del espejo, andar los mismos pasos del que ya no está, viajar con Ola, una joven de 17 años de edad que, después de la accidental muerte de su padre en Dublín (Irlanda), viaja desde Polonia para realizar los trámites de repatriación del cadáver. El director polaco nos sitúa en una joven euro-huérfana, término que se usa para calificar a todos aquellos que tienen padres emigrados a la otra Europa cuando Polonia ingresó en la Unión Europea en el 2005. Ola solo tiene un deseo, que no es otro que aprobar el carnet de conducir para tener el automóvil que su padre le prometió. Aunque ha vuelto a suspender por tercera vez, emprende el viaje, instada por su madre que cuida a su hermano discapacitado. En esa otra Europa, enriquecida y muy dura para los inmigrantes, la joven Ola se encontrará con las huellas de su padre, lo que era y sobre todo, lo que queda de él.

La odisea de Ola la llevará a lo que fue la vida del padre muerto, personándose en la empresa donde se produjo el accidente donde falleció, conocerá a un polaco que se dedica a emplear a los inmigrantes recién llegados, a sus compañeros de trabajo, se enfrentará a los quebraderos de cabeza ocasionados por una burocracia estúpida y desalentadora, y se encontrará con personas de la vida de su padre muy inesperadas. Toda la película la vemos a través de Ola, a partir de sus idas y venidas por Dublín. Una ciudad hostil, fría y triste, un lugar donde hay diferentes ciudadanos europeos, los de allí, que pertenecen a la parte enriquecida, y los que llegan, de esa Europa empobrecida. Una Europa, crisol de realidades sociales muy alejadas entre sí, una falsa unión que solo ayuda a los que tienen y la padecen los que no tienen. En ese continente que vende unidad, que vende prosperidad, y solo hay para unos pocos, como los ambientes en el que viven y trabajan los inmigrantes polacos. Un lugar donde la fraternidad y el cooperativismo han desaparecido y todo tiene un precio demasiado elevado, ya sea emocional o material. La joven polaca se mueve entre esos dos mundos en los que se plantea la película.

La idea que tiene ella de su padre, tan alejada de la realidad, y su fatal egoísmo, en que reprocha cruelmente a un padre ausente que no conoce. La cámara insistente y pegada al cuerpo de Ola que la sigue sin descanso, en un gran trabajo de luz que firma Piotr sobocinski Jr, que ya estuvo en la primera película de Domalewski, y tiene en su haber excelentes películas como Dioses, de Lukasz Palkowski y Corpus Christi, de Jan Komasa, entre otras. El excelente y cortante montaje de Agnieszka Glinska, que ha trabajado en las recientes Lamb, de Valdimar Jóhansson y Sweat, de Magnus von Horn, ayuda a sentir ese agobio constante y esa sensación laberíntica y de extrañeza que recorre a la joven Ola. Los noventa y siete minutos de metraje van acelerados, no hay tregua, todo ahoga en la existencia de Ola, en una especie de navegación sin rumbo, en el que irá redescubriendo la verdad de un padre que ella creía completamente diferente, un padre ausente que ella ha construido a su manera, llenándolo de acusaciones sin fundamente.

I Never Cry no solo nos habla de las condiciones miserables de vida y trabajo de muchos inmigrantes de la Europa del Este en la Europa capitalista, sino que también, nos habla de padres e hijas, de todas esas relaciones rotas y difíciles debido a la inmigración-ausencia de los padres, de todos esos vínculos rotos y nunca construidos, de ausencias y existencias a medio camino, de vidas tristes en barrios con pocas oportunidades, de hijos injustos y padres que no lo son debido a sus vidas precarias y sobre todo, una sociedad que vende vida y solo da dificultades y sacrificios que no tienen billete de vuelta. En 1982, la película Trabajo clandestino, de Jerzy Skolimowski, se centraba en la miseria de unos trabajadores polacos que, encerrados en una casa inglesa, trabajaban ocultos e ilegalmente. Cuarenta años después parece que las cosas han cambiado, pero no han mejorado mucho para los “otros”, porque los inmigrantes sí que llegan legalmente a esa otra Europa, pero siguen siendo esclavizados y humillados en sus trabajos y destinados a unas vidas ausentes y poco más, y encima, alejados de los suyos.

Una película sencilla, directa y honesta como la que ha construido Domalewski, necesitaba un reparto de verdad, alejado de rostros conocidos y sobre todo, que imprimieran toda la autenticidad que respira la película, mostrando una realidad que no está muy lejos de las realidades de este frustrante continente.  Tenemos a Kinga Preis que da vida a la madre de Ola, que habíamos visto trabajando a las órdenes de una grande como Agnieszka Holland, Arkadiusz Jakubik como el trabajador polaco que ayuda a emplearse a los recién llegados, y finalmente, la auténtica revelación de la película, la joven debutante Zofia Stafiej que da vida a Ola, reclutada en un casting en el que se presentaron más de 1200 candidatas. Una mirada triste y desesperada, una joven rebelde y obsesionado por su objetivo de ser alguien en la vida, y huir de su barrio y de la vida precaria de sus padres, una mujer que está a punto de convertirse en una adulta, una nueva vida que descubrirá en sus días en Dublín, una vida difícil y compleja, una vida que nunca es como la queremos, una vida en la que hacemos lo que podemos, que ya es mucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Delicioso, de Éric Besnard

LA BUENA COCINA AL SERVICIO DE TODOS.

«¡Mantequilla, mantequilla! Trabajo, energía y mantequilla. Vamos, señores, sean generosos. Hielo para el pescado y fuego para la caza. ¿Cómo está esa carne? El pichón, poco hecho. La verdura crujiente y el pichón poco hecho. No basta con cocinar, hay que cocinar bien, hay que sobresalir, hay que cocinar con sabor. Hay que hacer disfrutar”.

Nos encontramos unos meses antes de la Revolución Francesa con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. Pero no estamos en la urbe parisina, sino alejados de ella, en la Francia rural, y siguiendo los pasos de Manceron, un cocinero al servicio del Duque de Chamfort. Aunque todo cambiará en la vida de Manceron, porque en uno de esos ágapes con los que la nobleza agasajaba a sus invitados, el cocinero introduce una idea a su menú, presentando “Delicioso”, una empanada elaborada con patata y trufa. Tanto el clero como el marqués rechazan la propuesta porque todo lo que nacía bajo tierra era innoble, y el cocinero es expulsado del paraíso. Entonces, Manceron se refugia junto a su hijo en la casa familiar y se dedica a ser granjero. La llegada de Louise, una misteriosa mujer que quiere ser aprendiza de cocinera, hará despertar en Manceron viejas ilusiones.

El séptimo trabajo de Éric Besnard (Francia, 1964), se desvía de sus anteriores películas, ya que es la primera de época, adentrándose en el Siglo de las Luces y la Revolución, pero desde la cocina, y más concretamente, desde la clase más humilde, posicionando la cocina como centro de la acción, en un momento en que solo la nobleza tenía el privilegio de la buena cocina, dejando a la pleve de los platos más corrientes y vulgares. El tono de la película juega con el momento político del momento del momento, mostrándonos todo ese universo de nobles que disfrutaban de la vida, y el resto, el pueblo, que lo servía sin rechistar. Hay costumbrismo en la película, en un espectacular trabajo de ambientación que firma Sandrine Jarron (que ha trabajado con grandes nombres como los de Polanski y Ozon), la excelente partitura musical de Christophe Julien, cinco trabajos con Besnard, el exquisito y ágil montaje de Lydia Decobert, en una película muy activa, ya que hay constantes cambios de giro, y la magnífica y cálida luz de Jean-Marie Drejou, cuatro películas con el director, que sabe acercarnos todo ese mundo de la cocina que en palabras de Manceron está compuesto por gesto, fuego, instrumento y paciencia.

El guion que firman el director y Nicolas Boukhrief (que ya colaboró con Besnard en la película 600 kilos de oro puro del año 2010), plantea una película de pocos personajes, peor muy bien definidos. Tenemos a Manceron, el cocinero que desea volver a las órdenes del Marqués, Louise, la mujer que parece una antigua cortesana que guarda un secreto, el citado Marqués, representando a esa nobleza aburrida y vacía que solo disfrutaba de sus privilegios comiendo y de fiesta, Hyacinthe, el criado del Duque, ese lacayo que cree en las clases, aunque él las sufra, Jacob, el hijo de Manceron, que lee a los filósofos de la ilustración, y está al día de los aires revolucionarios que se avecinan, y finalmente, el abuelo, cazador furtivo y borrachín, que desea que su hijo y nieto sean felices. La trama de la película se mueve entre ese tono de fábula amable, con aires románticos y sensuales, a través de la cocina y la elaboración de los platos, y la introducción del noir con el suspense de por medio, y con los movimientos revolucionarios que van llegado al lugar, en que la película maneja con soltura los diferentes marcos pasando de forma pausada de uno a otro, sin aspavientos, ni nada que se le parezca.

La idea del primer restaurante de París, con su idea, creación, funcionamiento, y sus continuos altibajos, es el centro de una historia que escenifica con exactitud todo lo que se cocía en la última década del XVIII, donde la cocina representaba todas las injusticias que anidaban en una sociedad en que la nobleza vivía y derrochaba y el pueblo se moría de hambre. Un gran reparto encabezado por un maravilloso Manceron, al que daba vida Grégory Gadebois, que habíamos visto en películas de Polanski, Ozon, Maddin, etc…, un actor grande, tanto en su físico como en su naturalidad y en sus miradas, un cruce entre el Dépardieu de los setenta y el Gabin de siempre, bien acompañado por una estupenda Isabelle Carré, la partenaire perfecta, la mujer llena de voluntad, perseverancia y belleza, que ya estuvo a las órdenes de Besnard en L’esprit de familie, igual que Guillaume de Tonquedec que hace de Hyacinthe, Benajmin Lavernhe como el Duque, un actor que era el discapacitado de Pastel de pera con lavanda, que rodó Besnard en 2015, Lorenzo Lefebvre es Jacob, el hijo revolucionario, y finalmente, Christian Bouillette, como el viejo padre de Manceron. El director francés ha construido una película tan deliciosa como la empanada que da nombre al título, recogiendo el cine francés de época a la altura de Ridicule, de Leconte, pero desde la cocina y la gente cotidiana e invisible, todos esos campesinos que protagonizaban La Marsellesa (1938), de Renoir, porque siempre han sido las personas más anónimas las que han cambiado el mundo y sobre todo, la forma de ver y hacer las cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El lodo, de Iñaki Sánchez Arrieta

EL PAISAJE VIOLENTO. 

“La violencia no es sino una expresión del miedo”.

Arturo Graf

En los últimos años hemos visto varias películas que tienen como telón de fondo la Albufera Valenciana, cintas que nos hablan sobre su realidad actual y pasada, profundizando en una periferia que se está muriendo. Thrillers como El desentierro (2018), de Nacho Ruipérez, y El silencio del pantano  (2019), de Marc Vigil, y documentales como el interesantísimo Camagroga (2020), de Alfonso Amador, que recoge el amor de la huerta, su pasado y su difícil futuro. Y finalmente, Lucas (2021), de Álex Montoya, en la que una parte de la trama se desarrolla en esa periferia, tan olvidada y desierta, que el director valenciano ya había visitado en sus innumerables cortometrajes. El director Iñaki Sánchez Arrieta (Valencia, 1977), del que habíamos visto su estupenda opera prima, Zero, estrenada este mismo año, en la que daba buena cuenta de una pareja que se despierta en un desierto, una dupla que arrastra muchas heridas del pasado. Antes de finalizar este año, vuelve a estrenar una película el director valenciano, otra vez en el thriller y el pasado como agentes protagonistas en este seco, violento y denso drama rural, carpetovetónico hasta la médula.

La trama nos cuenta la llegada de Ricardo, un biólogo que viene a preservar de malas costumbres la Laguna Blanca, una reserva natural azotada por su mal uso y su falta de agua. A Ricardo le acompañan Claudia, su mujer y la hija pequeña de ambos. También, traen una mochila muy pesada, el luto por el fallecimiento de Diego, su hijo mayor. Lo que parece un cambio de aires y algo de paz, se convierte en todo lo contrario, porque San Pedro, el pueblo al que llegan, se mostrará muy hostil con sus nuevas ideas para reflotar el lugar. Sánchez Arrieta, atuor también del guion, como ya demostró en su primer largometraje, conduce con acierto y brillantez su relato, a partir de dos líneas. Por un lado, tenemos el drama personal y familiar, y por el otro, el conflicto social entre el biólogo y los lugareños. Sendos elementos que se fundirán en uno solo, generando un interesante cruce entre aquello que pertenece a nuestro trabajo y lo que nos afecta personalmente, donde no sabremos donde acaba uno y empieza el otro.

La personalísima cinematografía de la película, que firma Guillem Oliver (del que conocíamos sus acertados trabajos en Asamblea, del citado Álex Montoya, y en un buen puñado de cortometrajes), donde resalta esa dureza del lugar, y los rostros marcados de algunos aldeanos, y sobre todo, esos encuadres donde los personajes quedan engullidos por el paisaje. El ágil y brillante montaje de Marta Salas (que la recordamos por sus trabajos en El año de la furia, de Rafa Russo, y en series como El comisario y El ministerio del tiempo), ayuda a crear esa atmósfera tensa, áspera y pesada que se vuelve irrespirable en el lugar. Un guion ajustado y lleno de intriga, y una parte técnica muy sólida, solo faltaba que los intérpretes estuvieran a la altura en una película donde se mira mucho, se habla poco, y se actúa y siente aún más, y Sánchez Arrieta consigue un reparto de caras conocidas y muy convincente como Raúl Arévalo en la piel de un científico enfrentado a todos, y a él mismo, que tiene muchos frentes abiertos, con los agricultores y en su casa. Una Paz Vega como Claudia, esposa y madre que peor lleva el duelo de su hijo fallecido, que volvemos a verla enorme, después de su rol en La casa del caracol, de Macarena Astorga.

Y luego, como toda buena película de estas características, el resto del reparto actúa de maravilla con nombres tan importantes como los de Joaquín Climent, en la piel del guarda Eusebio, uno de esos tipos maltratados por la vida, que hace de enlace entre el biólogo y los exaltados lugareños, entre los que están Roberto Álamo, dando vida a un pobre tipo amargado y depresivo, hermano de Eusebio, algo así como su padre y tutor, en otra gran interpretación del madrileño, y Susi Sánchez, en el papel de matriarca y cacique de todo esta zona de la Albufera Valenciana. Si hay alguna película que sobrevuela en cada plano y personaje de El lodo, esa no es otra que Perros de paja (1971), del gran Sam Peckinpah, con un tipo como David que sería primo hermano de Ricardo, donde la sombra del genio de Fresno está muy presente, Sánchez Arrieta no la copia, sino que la acoge como referencia explícita, y hace una película muy personal, con una trama que en momentos resulta muy convencional, pero que no le resta lastre en los objetivos de la película, porque la trama se sostiene con acierto, la atmósfera está muy bien conseguida, y los personajes están resueltos de modo humano y muy cercanos, en que el fatalismo, tan usado por los Renoir de los treinta y los Fritz Lang, tanto en la época muda como en Hollywood, resulta devastador e implacable para unos personajes que, por mucho que lo eviten, están condenados a un destino muy oscuro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Patricia López Arnaiz

Entrevista a Patricia López Arnaiz, actriz de la película «La hija», de Manuel Martín Cuenca, en el Gallery Hotel en Barcelona, el miércoles 24 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Patricia López Arnaiz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López de Caramel Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA