El lodo, de Iñaki Sánchez Arrieta

EL PAISAJE VIOLENTO. 

“La violencia no es sino una expresión del miedo”.

Arturo Graf

En los últimos años hemos visto varias películas que tienen como telón de fondo la Albufera Valenciana, cintas que nos hablan sobre su realidad actual y pasada, profundizando en una periferia que se está muriendo. Thrillers como El desentierro (2018), de Nacho Ruipérez, y El silencio del pantano  (2019), de Marc Vigil, y documentales como el interesantísimo Camagroga (2020), de Alfonso Amador, que recoge el amor de la huerta, su pasado y su difícil futuro. Y finalmente, Lucas (2021), de Álex Montoya, en la que una parte de la trama se desarrolla en esa periferia, tan olvidada y desierta, que el director valenciano ya había visitado en sus innumerables cortometrajes. El director Iñaki Sánchez Arrieta (Valencia, 1977), del que habíamos visto su estupenda opera prima, Zero, estrenada este mismo año, en la que daba buena cuenta de una pareja que se despierta en un desierto, una dupla que arrastra muchas heridas del pasado. Antes de finalizar este año, vuelve a estrenar una película el director valenciano, otra vez en el thriller y el pasado como agentes protagonistas en este seco, violento y denso drama rural, carpetovetónico hasta la médula.

La trama nos cuenta la llegada de Ricardo, un biólogo que viene a preservar de malas costumbres la Laguna Blanca, una reserva natural azotada por su mal uso y su falta de agua. A Ricardo le acompañan Claudia, su mujer y la hija pequeña de ambos. También, traen una mochila muy pesada, el luto por el fallecimiento de Diego, su hijo mayor. Lo que parece un cambio de aires y algo de paz, se convierte en todo lo contrario, porque San Pedro, el pueblo al que llegan, se mostrará muy hostil con sus nuevas ideas para reflotar el lugar. Sánchez Arrieta, atuor también del guion, como ya demostró en su primer largometraje, conduce con acierto y brillantez su relato, a partir de dos líneas. Por un lado, tenemos el drama personal y familiar, y por el otro, el conflicto social entre el biólogo y los lugareños. Sendos elementos que se fundirán en uno solo, generando un interesante cruce entre aquello que pertenece a nuestro trabajo y lo que nos afecta personalmente, donde no sabremos donde acaba uno y empieza el otro.

La personalísima cinematografía de la película, que firma Guillem Oliver (del que conocíamos sus acertados trabajos en Asamblea, del citado Álex Montoya, y en un buen puñado de cortometrajes), donde resalta esa dureza del lugar, y los rostros marcados de algunos aldeanos, y sobre todo, esos encuadres donde los personajes quedan engullidos por el paisaje. El ágil y brillante montaje de Marta Salas (que la recordamos por sus trabajos en El año de la furia, de Rafa Russo, y en series como El comisario y El ministerio del tiempo), ayuda a crear esa atmósfera tensa, áspera y pesada que se vuelve irrespirable en el lugar. Un guion ajustado y lleno de intriga, y una parte técnica muy sólida, solo faltaba que los intérpretes estuvieran a la altura en una película donde se mira mucho, se habla poco, y se actúa y siente aún más, y Sánchez Arrieta consigue un reparto de caras conocidas y muy convincente como Raúl Arévalo en la piel de un científico enfrentado a todos, y a él mismo, que tiene muchos frentes abiertos, con los agricultores y en su casa. Una Paz Vega como Claudia, esposa y madre que peor lleva el duelo de su hijo fallecido, que volvemos a verla enorme, después de su rol en La casa del caracol, de Macarena Astorga.

Y luego, como toda buena película de estas características, el resto del reparto actúa de maravilla con nombres tan importantes como los de Joaquín Climent, en la piel del guarda Eusebio, uno de esos tipos maltratados por la vida, que hace de enlace entre el biólogo y los exaltados lugareños, entre los que están Roberto Álamo, dando vida a un pobre tipo amargado y depresivo, hermano de Eusebio, algo así como su padre y tutor, en otra gran interpretación del madrileño, y Susi Sánchez, en el papel de matriarca y cacique de todo esta zona de la Albufera Valenciana. Si hay alguna película que sobrevuela en cada plano y personaje de El lodo, esa no es otra que Perros de paja (1971), del gran Sam Peckinpah, con un tipo como David que sería primo hermano de Ricardo, donde la sombra del genio de Fresno está muy presente, Sánchez Arrieta no la copia, sino que la acoge como referencia explícita, y hace una película muy personal, con una trama que en momentos resulta muy convencional, pero que no le resta lastre en los objetivos de la película, porque la trama se sostiene con acierto, la atmósfera está muy bien conseguida, y los personajes están resueltos de modo humano y muy cercanos, en que el fatalismo, tan usado por los Renoir de los treinta y los Fritz Lang, tanto en la época muda como en Hollywood, resulta devastador e implacable para unos personajes que, por mucho que lo eviten, están condenados a un destino muy oscuro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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