En un muelle de Normandía, de Emmanuel Carrèrre

LA PRECARIEDAD DE PRIMERA MANO.

“El capitalismo no es un régimen armonioso, cuyo propósito sea la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, sino un régimen antagónico que consiste en asegurar las ganancias a los capitalistas”

Michal Kalecki

En la maravillosa Los viajes de Sullivan (1941), de Preston Sturges, un director de cine obsesionado con hacer una película sobre la miseria se disfraza de vagabundo y recorre el país conociendo la realidad más sucia y tiste. Una experiencia parecida es la que vive Marianne Wincler en En un muelle de Normandía, una escritora escritora que para conocer de primera mano la oscura realidad de las mujeres limpiadoras se convierte en una de ellas. Emmanuel Carrèrre (París, Francia, 1957), se ha hecho un gran nombre como escritor de novelas de no ficción entre las que destacan El adversario, Dos vidas ajenas o El reino, entre otras, y paralelamente, ha escrito sobre cine en libros y revistas especializadas, y ha dirigido películas de no ficción como Retour à Kotelnitch, y de ficción como La moustache (2003).

Ahora nos llega su tercer trabajo como director amén de coescribir el guion junto a Hélène Devynck, basado en la novela “El muelle de Ouistreham”, de Florence Aubenas, en una cinta que no estaría muy lejos de los temas y elementos que pululan en su obra literaria, como la mentira y la impostura. Tenemos a una escritora, que se hace pasar como mujer recién abandonada por su marido, que llega a una pequeña ciudad como Caen, al norte de Francia, un lugar gris, triste y en invierno, una atmósfera que recuerda a la que sentíamos en La vida soñada de los ángeles (1998), de Èrick Zonca. Asistimos a la cotidianidad de una mujer desde cero, una anónima más que se levanta a diario para ganarse la vida, o al menos intentarlo, como mujer de la limpieza, limpiando bungalows o ferris donde los turistas pasan su tiempo libre. A modo de crónica periodística, Carrèrre nos sumerge en ese submundo de personas corrientes y de carne y hueso, como Cristéle, una madre soltera con tres hijos pequeños y muy lanzada, con la que Marianne entablará una estrecha amistad. También, conoceremos a Marilou, una joven que sueña con huir de Caen junto a su novio, Justine, una rubia atractiva que trabaja cada día con la esperanza de salir de esos trabajos precarios, y algunas más, todas mujeres que trabajan a destajo por una vida mejor, o por una dignidad tan difícil de encontrar.

Con un excelente trabajo de cinematografía que firma el veterano Patrick Blossier, que tiene en su haber películas con Costa-Gavras, Tavernier, Agnès Varda y Bigas Luna, entre muchos otros, construyendo un espacio muy real, cercanísimo, que tanto recuerda a los trabajos de Alain Marcoen para los hermanos Dardenne. El exquisito y ágil montaje de Albertina Lastera, que tiene en su filmografía a nombres como los de Téchiné y Abdellatif Kechiche, que condensa con intimidad y sensibilidad los 106 minutos de la película.  La película trata con sabiduría y tacto temas morales muy complejos y nada complacientes, desde los límites del periodismo para acercarse a otras realidades, el engaño como parte del trabajo, y sobre todo, profundiza en temas como la amistad y el compañerismo entre unas mujeres que malviven en unos trabajos, si les puede llamar así, donde trabajan a velocidad de crucero, se destrozan la salud, y encima, deben dar gracias. Una realidad explotada y muy precaria de las mujeres que limpian, que pudimos ver en el interesante trabajo de Hotel explotación: Las Kellys (2018), de Georgina Cisquella.

La misma realidad que muestra En un muelle de Normandía, una realidad cruda y sin concesiones, pero de verdad, sin embellecerla, ni convirtiéndola en mera excusa de trama, sino acercándose a través de la cotidianidad, sus relaciones y su no futuro,  mirándola sin titubeos, y sobre todo, sin condescendencia ni sensiblería, sino mostrando cuerpos, miradas y relaciones que viven a diario, con mucha incertidumbre, y soportando trabajos de mierda y situaciones laborales terroríficas. La parte interpretativa está a la misma altura que la parte técnica, porque no lo componen personajes transparentes y llenos de matices y complejos, sino que son personajes convertidos en personas, personas como nosotras, personas con las que te cruzas a diario, en un gran trabajo de casting porque casi todas son actrices no profesionales, como las magníficas Hélène Lambert, Léa Carne, Emily Madeleine, Patricia Prieur, Evelyne Poreé, entre otras, que dan esa verosimilitud y autenticidad que tanto necesita una película de estas características.

Y qué decir de Juliette Binoche que no se hay dicho ya. Su Marianne es una auténtica obra de arte, porque la actriz parisina se mete en la piel de una mujer normal, una mujer sola, una mujer que trabaja, una mujer que quiere conocer, una mujer que quiere verlo de primera mano, una mujer que conocerá, se reirá y sobre todo, sufrirá con el trabajo. Un trabajo que recuerda a aquel que hizo Marion Cotillard para los mencionados Dardenne en Dos días, una noche en el 2014, donde no hay máscara, ni caracterización, sino verdad, sensibilidad y sobre todo, humanidad, porque tanto la película de los Dardenne como la de Carrèrre nos hablan de humanismo, de ese aspecto y dignidad que tanto se menciona y que tan poco vemos en la sociedad que vivimos, o como ocurre con las mujeres que limpian de la película, donde sus vidas ya no son vidas, sino sombras, las mismas sombras que tropiezan contra un modelo de turismo de pura explotación,  donde todo se gasta y se consume, tanto trabajadores como turistas, esos visitantes ajenos a las realidades tan oscuras y miserables con las que se cruzan por un pasillo, unos turistas que lo gastan todo, ya sean edificios, hoteles, calles, comidas, y nunca ven más allá de todo eso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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