San Simón, de Miguel Ángel Delgado

LA MEMORIA SILENCIADA. 

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”.

José Saramago 

Resulta muy paradójico la ausencia en el cine de ficción de nuestro país películas que hayan interesado en plasmar la vida cotidiana de alguno de los más de 300 campos de concentración franquistas que se dedicaron a encerrar, someter y asesinar a los vencidos. Por otro lado, hay una gran cantidad de documentación en forma de libros y cómo no, películas de no ficción como por ejemplo, Aillados (2001), de Antonio Caeiro, que recordaba la colonia penitenciaria de la isla de San Simón, un centro de detención y represión que funcionó durante 7 años desde julio de 1936 hasta el año 1943 por donde pasaron 6000 personas. La primera obra de ficción con tono documental del artista visual y cineasta Miguel Ángel Delgado bajo el título San Simón, recoge la cotidianidad del citado lugar, uno de los islotes de la ría de Vigo, en las Rías Baixas, un lugar de una sobrecogedora belleza que tristemente, albergó la impunidad, la venganza y el terror hacía aquellos republicanos que defendieron la libertad, la democracia y el futuro de una diferente forma de vivir, sentir y pensar. 

El cineasta manchego afincado en Galicia, autor, entre otras, de Alberto García-Alix. La línea de sombra (2017), trabajó durante cuatro años recopilando información sobre el siniestro lugar, y ha levantado una película que huye de lo convencional y lo estridente para construir un relato muy austero, sobrio y conciso que a través de uno de los presos, el que nos va introduciendo con su voz en off en los diferentes instantes en los que vemos el horror de la cotidianidad, esos momentos donde forman cabizbajos en silencio, van apuntando los nombres de los recién llegados, y se van mirando fijamente los dos hombres encargados a tal desagradable asunto, u otros del hacinamiento de sus habitaciones, y los diferentes quehaceres como descargar comida desde los muelles y las tareas duras de trabajo físico. Todo se cuenta desde el que observa en silencio, el que mira sin intervenir, retratando un espacio, una mirada y sobre todo, un estado de ánimo en el que prima la derrota, la resistencia pasiva y un presente continuo donde nada parece tener sentido, en que el tiempo se ha detenido, no avanza ni hacia ningún lugar, porque se ha parado como una metáfora de la derrota, de la violencia y de la muerte. Un horror que existe pero que no vemos, porque la película quiere centrarse en los rostros de aquellos que sufrieron prisión, miedo, dolor y muerte y la ausencia de los que ya no están. 

Una película que ha contado con un gran equipo de técnicos como Andrea Vázquez, coproductora de O que arde y Sica, que contiene una cinematografía de primer nivel con ese primoroso y crudo blanco y negro que traspasa la mirada y se te mete dentro como un peso que se arrastra que firma Lucía C. Pan, que conocemos por sus trabajos con Xacio Baño, Álvaro Gago, Andrés Goteira, Liliana Torres y Andrea Méndez, por citar algunos de sus reconocidos trabajos. La música de Fernando Buide ayuda a reflejar toda esa tensión constante y doméstica que condensa una atmósfera triste, irreal y dolorosa. El brillante montaje de Marcos Flórez que, en sus 108 minutos de metraje, construye un tiempo reposado en el que cada mirada, gesto y detalle tiene presencia, carácter y adquiere una importancia capital. El gran trabajo de sonido, donde cada paso y movimiento resuena en nuestro interior obra del dúo portugués Elsa Ferreira y Pedro Góis, dos brillantes técnicos con más de veinticinco años de carrera en las que han participado en más de 100 títulos. Y otros excelentes técnicos como Aleix Castellón y Analía G. Alonso como directores de producción, Inés Rodríguez en dirección de arte y Uxia Vaello como diseñadora de vestuario, entre otros. 

Un magnífico reparto que, al igual que el equipo técnico tiene descendientes de algunos de los presos de San Simón, encabezado por un impresionante Flako Estévez, al que hemos visto en películas tan importantes como Eles transportan a morte, Matria y O corno, entre muchas otras, es el guía, la voz y la desesperanza del relato. Un actor de pocas palabras que lo dice y siente todo. Le acompañan Javier Varela y Tatán con experiencia profesional, y otros como Alexandro Bouzó, Guillermo Queiro, Ana Fontenia, Mª del Carmen Jorge, Manuel F. Landeiro, y muchos más que conforman un álbum de la derrota, la desilusión y el no futuro. No dejen de ver una película como San Simón, de Miguel Ángel Delgado, por su mirada, audacia, inteligencia y por rescatar la memoria silenciada de tantos y tantas que sufrieron el terror del franquismo. Además, lo hace con la conciencia política, la concisión y la sobriedad de grandes obras como La pasajera (1963), de Munk, quizás la ficción que mejor ha retrato la realidad de un campo de exterminio, y otras como Un condenado a muerte se ha escapado (1956), de Bresson, Le Trou (1960), de Becker, y Fuga de Alcatraz (1979), de Siegel, entre otras, donde la vida penitenciaria se crea a través de una terrible cotidianidad, en que las miradas se fijan en la memoria, y donde cada detalle y movimiento reflexionan en silencio en el que prima la violencia y un horror en off pero que inunda todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manuel Gómez Pereira y Joaquín Oristrell

Entrevista a Manuel Gómez Pereira y Joaquín Oristrell, director y coguionista de película «La cena», en la terraza del Hotel Barcelona Center en Barcelona, el miércoles 15 de octubre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Gómez Pereira y Joaquín Oristrell, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laia Marull

Entrevista a Laia Marull, actriz de la película «La terra negra», de Alberto Morais, en la cafetería de los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 27 de agosto de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laia Marull, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Herrero de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Alberto Morais

Entrevista a Alberto Morais, director de la película «La terra negra», en la cafetería de los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 27 de agosto de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alberto Morais, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Herrero de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La terra negra, de Alberto Morais

LAS GENTES DEL MOLINO. 

“Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante que ocupa el poder, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde”. 

Pier Paolo Pasolini 

El universo cinematográfico de Alberto Morais (Valladolid, 1976) lo componen relatos sobre lo humano y la resistencia en el que pululan “los otros”, desplazados e invisibles que hacen de su cotidianidad un coraje para seguir adelante a pesar de los pesares, a partir de una estructura en la que el itinerario establece la forma y el fondo.  En su primera obra Un lugar en el cine (2007), un alegórico documental que  seguía a Angelopoulos, Erice y Tonino Guerra en sus reflexiones sobre la experiencia cinematográfica, en Las olas (2011), un anciano hacía un largo viaje para volver a Argeles, donde estuvo preso después de la guerra, en Los chicos del puerto (2013), unos chavales recorrían de punta a punta Valencia con el propósito de hacer un último recado al abuelo de uno de ellos, y finalmente, en La madre (2016), un adolescente deambula en busca de cariño tropezando con la cruda realidad. 

Con La terra negra, el cineasta, valenciano de adopción, con un guion escrito por Samuel del Amor y él mismo, en el que continúa con los derrotados, pero virando un poco, en ésta ya no hay movimiento ni viaje, todo es mucho más interior, donde vuelve a lo rural como hiciese en La madre, instalándose en una película de corte clásico, estática y pausada, partiendo de una estructura del western más cercana a Peckinpah y Hellman, nos sitúa en un pueblo valenciano en la actualidad alrededor del trabajo de un molino regentado por dos hermanos, Ángel y María al que llega un forastero, Miquel, para trabajar y ser uno más. Inmediatamente, asaltan los recelos de los otros habitantes de la zona y amigos de Ángel, que ansían poder controlar el codiciado molino. Y no acaba ahí la cosa, porque Miquel tiene un poder que puede influenciar en la conducta de las personas. Como pueden imaginar, el conflicto se desata. Morais planta la cámara y nos cuenta una historia con reminiscencias a la tragedia griega, donde la bondad y lo humano y lo sagrado se enfrentan a lo oscuro, a la envidia y a la violencia, y lo hace con una película que se ve con mucho interés, donde todo avanza con reposo y calma, a partir de un tempo en el que prevalecen los personajes, sus relaciones y los abundantes silencios, miradas y gestos, generando una atmósfera muy oscura a través de lo más cotidiano. 

La excelente cinematografía de Roberto San Eugenio, al que conocemos por sus trabajos con el director Samuel Alarcón, construye una luz muy cercana y natural, porque lo que se busca es que lo doméstico adquiera esa misticidad que proviene del personaje de Miquel rodeado de un microcosmos donde impera una rabia violenta que emana en las raíces del odio y la maldad. El montaje de Julia Juániz, tercera película con Morais, después de las citadas Un lugar en el cine y La madre, donde vuelve a realizar un trabajo excelente, en que se impone un ritmo adecuado y abrumador, donde el enfrentamiento entre la luz y la oscuridad es constante, donde lo terrenal y lo divino se manifiestan como en el cine de Pasolini, claro referente que ya estaba en Un lugar en el cine, ya que Angelopulos viajaba hasta Ostia, la playa donde fue asesinado el insigne cineasta-poeta italiano. Juaniz, con más de 70 películas en su filmografía al lado de Carlos Saura, con el que hizo 10, amén de Erice y Mercedes Álvarez, entre otros, construye una magnífica película con unos intensos 100 minutos de metraje, con unos planos que no sólo explican lo que vemos sino todo aquello que permanece en el lugar pero todavía no sabemos ver.

Otro elemento fundamental en la película y en todas las obras de Morais son sus excelentes repartos. Aquí tenemos a una pareja extraordinaria como son Laia Marull, en su tercera película con el director, después de ser la bondadosa compañera de viaje del abuelo de La olas, siguió con la no madre ausente e inmadura de La madre, y ahora, le ha tocado en suerte a María, la que volvió al molinos después que la vida le zurrara bastante, sobrevive llena de amargura y silencio, la llegada de Miquel, interpretado por un grande como Sergi López, uno de los grandes actores del país y de Europa, que da ese toque de extrañeza, persona de vuelta de todo y humanidad que tanto falta en el pueblo maldito. El tercero en discordia es Ángel que hace un magistral Andrés Gertrudix, el hermano heredero, amigo de todos los “otros”, un tipo débil que no acaba de asumir el mando. Y luego están los codiciosos: tenemos a Abdelatif Hwidar, y los valencianos, la gran presencia de un poderosa actriz como Rosana Pastor, Álvaro Báguena, María Albiñana, que ya estaba en La madre, Toni Misó y Bruno Tamarit, que conforman “el pueblo” tan arraigado a la tierra que cualquier extrañeza y diferencia la enfrentan con miedo y usando la violencia grupal como recurso cobarde y enfermizo. 

Morais hace su película más poderosa y más llena de recovecos y pliegues que se erige como ejemplo de una sociedad que no acaba de romper con ese pasado de crueldad y violencia y no tiene la capacidad de resolver sus conflictos mediante la palabra y el amor. Quizás hay una parte de nuestra condición que se resiste a dejarnos y nos golpea con fuerza cuando el miedo al otro y a la pérdida de no sé qué valores ancestrales que nos someten a una realidad que ya no existe, porque los tiempos cambian y nuestras formas de ser parecen ancladas a realidades pasadas que nos envuelven en un aire de superioridad que se mezcla con miedo e irracionalismo. La terra negra es una película que expone todo esto, y lo hace con sencillez y honestidad, sin trampas ni estridencias argumentales, con mucha naturalidad en el que se fusionan lo humano con lo sagrado, lo más terrenal con lo místico, tiene aquello que tanto le gustaba a Bresson, donde los cuerpos lo dicen todo, sin recurrir al diálogo. Tiene ese aroma de la tragedia rural, donde todos están contra todos, donde el bien parece un leve resquicio de luz ante tanta podredumbre y un odio visceral que no razona, que no habla, que pega y mata. Sigamos alerta porque los monstruos siempre se disfrazan de todo menos de lo que son. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura Plancarte

Entrevista a Laura Plancarte, directora de la película «Sueño mexicano», en el marco de El Documental del Mes, iniciativa de DocsBarcelona, en el Hotel Casa Gràcia en Barcelona, el martes 5 de noviembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Plancarte, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Carla Font de Comunicación de El Documental del Mes, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sueño mexicano, de Laura Plancarte

DERROTADA PERO NO VENCIDA. 

“Dónde haya un árbol que plantar, plántalo. Allá donde haya un error que enmendar, enmienda. Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú”. 

Gabriela Mistral 

Durante mucho tiempo, la imagen que hemos tenido de la mujer americana ha sido la de una mujer sumisa y sometida a la voluntad del macho. En muchos lugares, todavía no se ha roto con esa mecánica, pero en otros, sí, en otros, aparecen mujeres como María Magdalena Reyes, una mujer mexicana que casó muy joven, tuvo tres hijos, y un marido que la maltrató. Ella se separó, perdió a sus hijos y trabajó para tener una vida diferente, trabajando y esforzándose para tener otra vida, volver a reunirse con sus hijos y no dejarse vencer por las adversidades vitales. Sueño mexicano, el cuarto trabajo de la cineasta mexicana Laura Plancarte, construida a partir de un guion que firma junto a su protagonista, nos cuenta su vida, su cotidianidad, su fuerza, su vulnerabilidad, su valentía y coraje, pero también, su tristeza y desilusión, porque Malena, como la conocen sus allegados no es una mujer que se rinda fácilmente, ella ya ha conocido el infierno y por eso, es una mujer mucho más fuerte de lo que creía, y si tiene algún miedo es de sí misma, de volver a antiguas desesperanzas. 

La directora mexicana ya había hecho Tierra caliente (2014), sobre una familia en mitad de un enfrentamiento entre narcos y militares, Hermanos (2017), donde dos hermanos tienen el sueño de emigrar a EE.UU., y Non Western (2020), en que nos cuenta la relación de un indio y una estadounidense que preparan su boda y se enfrentan a sus diferencias. Cuatro títulos en los que ronda la familia como epicentro de donde nace la historia, y las dificultades para seguir unida, a partir de unos personajes que no se detienen ante los conflictos, ya sean internos o exteriores, porque son individuos que han tenido que luchar y resistir muchas veces, y saben que la única forma de conseguir sus objetivos es no dejarse vencer y seguir su camino por muy difícil que este sea. Las tramas de Plancarte nos cuentan la cotidianidad de seres anónimos, a través de su humanidad, con una cercanía e intimidad extraordinarias, en que la mirada de la cineasta se posa para observar sus vidas, desde una posición de mirar y no molestar, optando el punto de vista de testimonio, de estar muy cerca de ellos y ellas sin inmiscuirse en sus existencias, de acompañar y de mostrar, siempre desde lo humano y la naturalidad.

Un grandísimo trabajo técnico ayuda a que sus películas se vean con reposo y nada artificiales, en que la cinematografía de Franklin Dow, que ya había trabajado en la citada Non Western, la vemos presente y nada juzgadora, sino desde la transparencia y el reposo, así como la excelente música de Pablo Todd, en su segunda colaboración con la directora después de la mencionada Hermanos, que no suena impostada sino de apoyo para contar toda la montaña rusa de emociones que vive la protagonista, y el tema de Marc Vicente, “Es un momento mágico”, cantada por Isis Cruz, en uno de esos instantes donde vemos a la protagonista sumergida en ese sueño del que habla la película, donde la cinta adquiere todo su sentido. El magnífico montaje de la chilena Andrea Chignoli, que ya va por el medio centenar de títulos a pesar de no haber cumplido los 35, junto a grandes de su país como Andrés Wood, Nicolás Acuña, Pablo Larraín, Marialy Rivas y José Luis Torres Leiva, entre muchos otros, que hace un trabajo impecable ya que la historia que se cuenta no era nada sencilla, por los continuos altibajos por los que pasa Malena, en sus continuas idas y venidas por las que transita una mujer en sus intensos 89 minutos de metraje, en los que pasa de todo y a todos. 

Es muy bueno para sus vidas que vean una película como Sueño mexicano, de Laura Plancarte, porque verán hundirse sus prejuicios en relación a las mujeres americanas, primero de todo, y después, conocerán la vida de una mujer como María Magdalena Reyes, una persona como todas nosotras, que vive y trabaja y lucha y se alegra y se entristece que, a veces, se rinde una noche y a la mañana siguiente, vuelve a ponerse el mono de trabajo de la vida y continúa con la lucha y la batalla diaria, perdiendo y ganando como todos, y soñando, cayéndose y levantándose otra vez, y una más y así siempre, con coraje y sin rendirse nunca. Tiene la película un tono parecido al que tenía La camarista (2018), de Lila Avilés, que también contaba las dificultades de una mujer que trabajaba en un hotel y no podía estar con su hijo. También, si todavía no lo conocen, sabrán del cine que hace la directora mexicana Laura Plancarte, relatos llenos de vida, con personajes de verdad, de esos que nos explican realidades como las nuestras, y no desde el embellecimiento o el sentimentalismo para agradar, sino desde lo humano, desde lo emocional, a través de ese torbellino de sentimientos y emociones en los que vivimos todos y todas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sustancia, de Coralie Fargeat

EL MONSTRUO QUE HABITO.  

“Aprendí a reconocer la completa y primitiva dualidad del hombre; Me di cuenta de que, de las dos naturalezas que luchaban en el campo de batalla de mi conciencia, aun cuando podía decirse con razón que yo era cualquiera de las dos, ello se debía únicamente a que era radicalmente ambas”

De la novela El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide, de Robert Louis Stevenson 

Cineastas como Ana Lily Amirpour con Una chica vuelve a casa sola de noche (2014), Jennifer Kent con The Babadook (2014), Julia Ducournau con Crudo (2016) y Titane (2021), y Carlota Pereda con Cerdita (2022), entre otras, han situado el cine de género en cotas muy altas a partir de historias políticas, muy crudas, nada complacientes y llenas de tensión y sobre todo, mucha reflexión sobre el vacío, la superficialidad y la enfermedad de la sociedad actual. A esta terna de grandes directoras se les añadió Coralie Fargeat (París, Francia, 1976), cuando presentó su impresionante debut Revenge (2017), relato sin aristas y sobrecogedor sobre la venganza de una joven vilipendiada. Unas buenas sensaciones confirmadas con su segundo trabajo La sustancia, una obra que crítica ferozmente la sexualización del cuerpo de la mujer a través de un relato de terror protagonizado por una mujer expulsada del paraíso del body perfect, del que ya rodó un prólogo/precedente en Reality+ (2014), un corto de 22 minutos en el que un chip generaba nuestro otro yo perfecto durante 12 horas. 

Conocemos a Elisabet, una mujer que fue alguien en el mundo de Hollywood pero, ahora, con sus casi sesenta tacos lleva años refugiada en el fitness televisivo, en la que podamos encontrar muchas similitudes a la experiencia de Jane Fonda. Los planes para la reina del aeróbic cambian cuando la cadena decide echarla y contratar a alguien mucho más joven. Es entonces, cuando Elisabet encuentra su gran oportunidad en un nuevo producto basado en la división celular que consigue crear una mejor versión de ti mismo: más joven, más guapa y más de todo. Aunque tiene unas contraindicaciones: sólo dura 7 días y después se vuelve al otro yo. Con esta premisa argumental, nada enrevesada y muy sencilla, la directora francesa convoca al Stevenson de El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hide y al Wilde de El retrato de Dorian Grey para construir un extraordinario guion de apenas tres personajes, la susodicha Elisabet, su otro yo Sue, y el jefe de todo esto, es decir, el de la cadena de televisión, Harvey, en un experimento para la protagonista que en principio, no parece entrañar riesgos, y es ahí, cuando entran en liza la oscuridad y la complejidad de la condición humana porque la cosa empieza a ir mal, no, fatal, porque lo que provoca una lo sufre la otra, porque en realidad, es una misma persona dividida en dos cuerpos independientes y único a la vez.

Con una magnífica cinematografía de Benjamin Kracun, del que hemos visto películas tan potentes como Beast (2017), de Michael Pearce y Una joven prometedora (2020), de Emerald Fennell, con esos grandes angulares y planos abiertos donde vemos la soledad y el aislamiento que siente la protagonista, con ese ático donde queda patente el contraste de estar a la vez en la cima del mundo o subida a un montón de mierda. Una forma que recuerda a David Lynch y sobre todo a su memorable Inland Empire (2006), en la que su desdichada heroína de nombre Susan Blue, también una actriz madura deambulando por una ciudad fantasmal, en la que podríamos incluir esa maravilla que fue The Neon Demon (2016), de Nicolas Winding Refn, con otra actriz, ahora joven, también expuesta a la sordidez y a la artificialidad del show business. La absorbente música electrónica de Raffertie ayuda a crear ese submundo cada vez más inquietante y macabro en el que se convierte la existencia de la protagonista, amén de algunos temas como el “Pump it Up”, de Endor, o el de Hermann extraído de Vértigo, de Hitchcock. El formidable montaje que firma la propia directora junto a Jérôme Eltabet que repite después de Revenge, y Valentin Féron, que tiene experiencia en el cine de género junto a Yann Gozlan y Sébatien Marnier, entre otros, en una trama que va de la la luz cegadora a la oscuridad más tenebrosa, dando innumerables altibajos, para seguir la deriva del personaje, en una película nada fácil de ritmo porque se va a las 2 horas y 20 minutos.

Una pareja protagonista inconmensurable en el cuerpo, sobre todo, en el cuerpo, la piel, el gesto y la mirada de una gran Demi Moore que, siendo un icono de Hollywood, se vio expulsada por la edad y su cuerpo, y se reivindica con un personaje muy a su edad y medida, en un trabajo lleno de complejidad y brutalidad. La otra es Margaret Qualley, la versión joven que, desde Érase una vez en Hollywood nos fascina, y cada vez demuestra sus grandes dotes como hacía en Kind of Kindness, de Lanthimos. Su Sue es un regalazo y su composición está llena de todo. El trío se acaba con un Dennis Quaid, otro intérprete que tuvo su fama y ahora relegado a otros menesteres, que se reivindica como la Moore en el papel del jefe de la cadena, un ser grotesco, hortera, arrogante y asqueroso, que parece salido de una feria de los horrores de L. A. que de seguro hay a montones. No dejen pasar una película como La sustancia, y quédense con el nombre de su directora: Coralie Fargeat, porque su impresionante horror movie, con grandes dosis del cine de David Cronenberg, tanto en su forma, cruda y áspera, y en sus temas que tienen que ver con el cuerpo y sus diferentes agentes invasores y sus múltiples formas aplicadas a la tecnología y demás artilugios. Lo dicho, vean la película y lo que cuenta. Un magnífico retrato de esta sociedad que se hincha y deforma a través de la sexualización de los cuerpos femeninos, que los invade, los estruja y luego los hecha a la basura, en esta dictadura de lo físico, de lo aparente y de lo superficial, donde ya no somos quiénes deseamos sino estamos sometidas a los dictados de un mercado automatizado y sin alma que sólo busca la risa congelada y el show por encima de todo y de todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Javier Rebollo

Entrevista al cineasta Javier Rebollo, aprovechando que está mezclando el sonido de su película «En la alcoba del sultán» en un estudio en Barcelona, en la terraza del Restaurant Cal Santi en Barcelona, el viernes 26 de enero de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Rebollo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanta naturalidad y por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Izaskun Arandia

Entrevista a Izaskun Arandia, directora de la película «My Way Out», en el marco del D’A Film Festival, en el Teatre CCCB en Barcelona, el martes 28 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Izaskun Arandia, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y al equipo de comunicación del D’A Film Festival. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA