Entrevista a Victor Kossakovsky, director de la película «Aquarela», en el marco del DocsBarcelona, en la sede de Antaviana Films en Barcelona, el martes 14 de mayo de 2019.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Victor Kossakovsky, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Mercè Amat, por su fantástica labor como traductora, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.
“La gente que me rodea me fascina. No importa dónde se encuentre. En las calles de mi barrio de París, en Nueva York, sean los protagonistas de mis historias o gente corriente que me surge por una esquina”.
Agnès Varda.
El pasado 29 de marzo de este año fallecía Agnès Varda (Ixelles, Bélgica, 1928) una de las más grandes cineastas de la historia del cine, precursora en muchos aspectos cinematográficos, investigadora ferviente de la técnica y la representación artística en todos sus aspectos, materias y formas, que ha seguido explorando los caminos del cine hasta el fin de sus días. Ahora, nos llega su última película, su despedida del arte que más le ha dado en su vida, y adopta el título de Varda por Agnès, mismo título que el libro que en 1994 publicó la Cinemateca francesa con motivo de una retrospectiva. Una retrospectiva, un repaso minucioso y profundo de su obra guiada por ella es el contenido de la película. Una película que a modo de “MasterClass”, Agnès, la mujer nos habla de Varda, la cineasta, sumergiéndonos en un viaje dividido en dos partes bien diferenciadas. La primera, llamada “Analógica”, arranca en 1954 con La pointe courte, film que se adelantó a la Nouvelle Vague varios años, donde mezclaba la ficción en forma de historia de amor tormentosa con el documento, registrando la vida cotidiana de las gentes del lugar.
Este primer bloque concluirá con la película Las mil y una noches de 1994. La segunda parte a la que denominara “Digital”, se inicia con la película Los espigadores y la espigadora del año 2000 y finalizará en el 2018 con Caras y lugares. Varda sobre un escenario, sentada y micrófono en mano y dirigiéndose a diferentes públicos habla de su cine, su forma y fondo, pero no lo hace de forma cronológica, sino de forma asociativa, realizando continuos saltos en el tiempo, centrándose en las diferentes texturas y formas cinematográfica, adentrándose en movimientos de cámara, en aspectos de luz, la interpretación de sus actores y actrices (como ese momento impagable y maravilloso cuando Sandrine Bonnaire la visita, y desde la tarima donde está colocada la cámara, simulando un plano de Sin techo ni ley (el relato profundo e intenso de una vagabunda y su deambular conociendo personas de todo tipo) la actriz y la cineasta conversan rememorando el citado rodaje de la película, en el que la vida y el cine se confunden y se mezclan maravillosamente bien para sumergirnos en una especie de limbo inigualable.
Varda nos habla con voz reposada y honesta profundizando en todos los detalles técnicos y emocionales de sus obras, contextualizándolas y sobre todo, detallando su aspecto anímico y las circunstancias de la película, el carácter indomable para levantar proyectos, su visión feminista en la que construyó inolvidables personajes femeninos, y criticó con dureza todas aquellas situaciones en las que se menospreciaba a las mujeres, una mujer libre y cautivadora como su cine que trabajó incansablemente para seguir en la brecha más de seis décadas y mostrando un espíritu libre y curioso que la acompañó hasta sus últimos años, con una obra compuesta de un puñado de cortometrajes, la veintena de títulos cinematográficos entre ficción y documental, o más bien podríamos decir que sus películas son obras que fusionan las dos formas de ver o de hacer, y su trabajo expositivo, en el que Varda da buena cuenta de sus instalaciones, sus orígenes y su realización. Para los que conocemos la intensa y magnífica obra de Varda, la película nos ayuda a recordar las películas, tanto sus aspectos argumentales y formales, como aquello de la vida que sucedía cuando se hacía la vida cinematográfica, que explica con detalle y emoción Ángel Quintana en su extraordinario libro Después del cine, cuando hacía referencia al rodaje de Casablanca, y toda la realidad vital de su equipo técnico y artístico en ese contexto histórico en plena Segunda Guerra Mundial.
También, es una película fantástica para todos aquellos que conozcan poco o nada la vida y obra de Varda, porque descubrirán por primera vez sus películas, todo su amor por el cine y la vida, como evidencia en su minuciosa explicación sobre el tiempo cuando rememora la película Cleo de 5 a 7, en la que la escasez económica propició una forma cinematográfica natural y a tiempo real. Y también, se emocionarán escuchando la sencillez y naturalidad de una mujer a contracorriente, una mujer inteligente y audaz, alguien que se enfrentó al cine y a todo su entorno masculino con el objetivo firme e inteligente de poder hacer cine y contar las historias que nadie había contado antes o simplemente ofrecer su mirada femenina a ciertos temas que antes solo habían tocado los hombres, vino para quedarse, para ir más allá, como su etapa estadounidense con un relato sobre hippies o filmando esos murales pintados que daban cuenta de una nueva forma de vida y expresión cultural.
Sus maravillosas La felicidad, en la que exponía con aplomo y sobriedad la vida conyugal enfrentada al amor intenso, Réponse de femmes: Notre corps, notre sexe, una pieza de 8 intensos minutos donde enfrentaba a la sociedad patriarcal con el testimonio de múltiples mujeres, Daguerréotypes, sobre los habitantes de la calle donde reside, Jacquot de Nantes, en la que describía la infancia de su marido Jacques Demy, o su última etapa y el descubrimiento de la tecnología digital que le ofreció hablarnos en primera persona de sus reflexiones sociales, culturales y económicas de los cambios en el nuevo milenio creando relatos sencillos, artesanales e intimistas, como una vuelta a los orígenes del cine, en títulos como Las playas de Agnès o la citada Caras y lugares, donde su presencia se hizo más evidente, más personal y sobre todo, haciendo gala de un humor irreverente, irónico y sagaz, dejando bien claro que el cine y la vida de Varda eran uno solo, y el cine seguía latiendo en su interior, independientemente del formato técnico que utilizaba en la que su mirada hacia las personas y los lugares seguía siendo libre, única, personal y muy profunda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Laura Álvarez, directora de la película «City For Sale», en el Carrer de la Riera de Sant Miquel en Barcelona, el martes 18 de junio de 2019.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Álvarez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del DocsBarcelona, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.
Entrevista a Nicolas Champeaux y Guilles Porte, directores de la película “El estado contra Mandela y los otros”, en el Instituto Francés en Barcelona, el lunes 3 de junio de 2019.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nicolas Champeaux y Guilles Porte, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Xènia Puiggrós de Segarra Films, por su inestimable labor como traductora, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.
“Esto es una lucha del pueblo africano, inspirada por el sufrimiento y la experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Mi ideal más querido es el de una sociedad libre y democrática en la que todos podamos vivir en armonía y con iguales posibilidades. Es un ideario por el cual vivo y espero conseguir. Pero, en caso de necesidad, señoría, es un ideario por el cual estoy preparado para morir”.
Nelson Mandela durante el juicio
Nelson Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Raymond Mhlaba, Elias Motsoaledi, Ahmed Kathrada, Andrew Mlangeni y Denis Goldberg fueron los ocho miembros del Congreso Africano que fueron arrestados y llevados a juicio en Sudáfrica. Después de nueve largos meses de juicio celebrado entre 1963 y 1964, fueron condenados a cadena perpetua. El estado contra Mandela y los otros, rescata su memoria a través del juicio político a los que fueron sometidos, recuperando las 256 horas de archivo de audio que dejaron constancia del proceso judicial, pero no solo recuperan este valiosísimo material histórico, sino que visibilizan a aquellos otros líderes más desconocidos que al igual que Mandela estuvieron allí, lucharon contra el régimen dictatorial del apartheid y la supremacía blanca, y se jugaron la vida a favor de la igualdad de derechos humanos en un país donde las autoridades defendían la segregación racial.
Detrás de este documental nos encontramos a Nicolas Champeaux, que viene del periodismo radiofónico donde ha dirigido trabajos sobre Mandela, Sudáfrica y otros países africanos, y Guilles Porte, un afamado cinematógrafo que ha trabajado con cineastas tan importantes como Jacques Audiard o Raoul Ruíz, entre muchos otros, y ha dirigido películas como Cuando sube la marea, junto a Yolande Moreau, y en proyectos solidarios como Portrairs/Autoportraits que combinaba acción real y animación, compuesto por más de 100 cortometrajes en el que participaron niños de todo el mundo. Dos mentes creativas en la dirección conjuntamente con Oerd, director de películas de animación. Porque la película combina varios elementos para contarnos el proceso judicial, el contexto histórico y todo aquello que rodeó el juicio, porque mientras escuchamos fragmentos del juicio, vamos viendo animación en blanco negro, muy imaginativa y oscura, en el que asistimos a implacables interrogatorios del fiscal que incrimina duramente a los acusados, mientras ellos se mantienen tranquilos e inteligentemente van argumentando los hechos sin arrepentimiento y pedir perdón.
Escuchamos a través de entrevistas a los supervivientes que todavía permanecen vivos, tres de los acusados como Denis Goldberg, Ahmed Kathrada y Andrew Mlange, que los vemos escuchándose por primera vez y reflexionar sobre su activismo político, su arresto, el juicio y sus años en prisión, también escucharemos a Winnie Mandela, ex mujer de Mandela, los abogados defensores que claman contra un juicio político con un veredicto fabricado de antemano, y otros familiares y amigos de los acusados que recuerdan como vivieron aquel tiempo y el fatídico juicio. Champeaux y Porte construyen un documento histórico único y excepcional, una lección de historia, un trabajo creativo y muy profundo, muy necesario para entender la historia y tantas barbaridades en nombre de la justicia, y sobre todo, dar a conocer a todos aquellos que quedaron olvidados a la sombra de Mandela, hombres que pusieron en peligro su vida por la causa en la que creían, una causa humanista que les llevó a vivir en la clandestinidad y luchar con todas sus fuerzas contra un régimen sangriento y malvado.
La película tiene ritmo y sinceridad, también muchísima dureza, tanto física como psicológica, aunque necesaria para sumergirnos en los hechos, escuchar atentamente las grabaciones de audio y reflexionar sobre todo lo que acontece, con una animación poderosa y extraordinaria que acaba siendo la mejor compañía para ilustrar las grabaciones, llevándonos a la raíz del funcionamiento kafkiano y partidista que llevaba a cabo el gobierno Sudáfrica contra todos aquellos que luchaban a favor de la vida y de un mundo más justo. Los directores franceses se toman su tiempo para explicar todos los testimonios, los que escuchamos en el juicio y los actuales, dejando ese tiempo para que todas las personas que participaron, sobre todo, los acusados, se puedan explicar y ofrecer sus testimonios y visibilizar su lucha, en el que la película se revela como un ejercicio en el que se visibiliza a todos aquellos hombres que estuvieron codo con codo con Mandela luchando por una Sudáfrica libre y mejor, dándoles, aunque sea mucho tiempo después, y a través del cine, su lugar en la historia de Sudáfrica, del mundo, y sobre todo, su lugar en aquellas personas que se han levantado en contra de la injustica, del miedo y el horror, que trabajaron incansablemente por una sociedad en el que blancos y negros pudieran vivir en paz, con los mismos derechos y obligaciones, y las mismas oportunidades. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Cada vez que miramos una fotografía, somos conscientes, aunque sólo sea ligeramente, de que el fotógrafo escogió esa visión entre una infinidad de otras posibilidades. El modo de ver de un fotógrafo se refleja en su elección del tema”.
John Berger
Hay varias teorías respecto al origen de la palabra azul, según se dice, quizás derive del árabe hispánico, este del árabe lāzaward, “lapislázuli”, este del persa laǧvard o lažvard, y este del sáncrito rājāvarta, “rizo del rey”. Sea cual sea su origen, en la RAE tienen más claro su significado, refiriéndose a: Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso. Venga de donde venga y sea cual sea su significado, lo que está claro es que ese color ha sido el inicio, el desarrollo y el motor de la obra del fotógrafo Carlos Pérez-Siquier (Almería, 1930) un color que siempre estará relacionado a su obra, y a él mismo. Aunque, dicho sea de paso, su andadura en el universo de la mirada y la fotografía arranco con el blanco y negro, y más concretamente, en el barrio de su ciudad natal, “La Chanca”, que ya había sido objeto de estudio por Juan Goytisolo (1931-2017) en su libro homónimo de 1962, donde encontramos definiciones como: “El barrio de la Chanca se agazapa a sus pies, luminoso y blanco, como una invención de los sentidos. En lo hondo de la hoya las casucas parecen un juego de dados, arrojados allí caprichosamente. La violencia geológica, la desnudez del paisaje son sobrecogedoras “. Doce años dedicó Pérez-Siquier a mirar el barrio, un barrio periférico, pobre y miserable, donde se hacinaban familias y sobrevivían como podían en aquella España del desarrollismo económica que negaba otras realidades más tristes y duras. Pérez-Siquier se detuvo en sus calles, sus casas, sus gentes y su espíritu, indomable y digno, en el que la humanidad radiaba a pesar de todas las penurias acaecidas.
El cineasta Felipe Vega (León, 1952) autor de obras de gran calado humanista y profundamente personales como Mientras haya luz (1987) El mejor de los tiempos (1989) o El techo del mundo (1994) donde explora los temas sociales desde una mirada crítica y honesta, sumergiéndose en mundos olvidados que no están muy lejos de la sociedad bien pensante y moralista. También, se ha acercado al mundo de las emociones y los conflictos personales en películas de la talla de Nubes de verano (2004) o Mujeres en el parque (20016), y también, ha desarrollado una carrera muy interesante en el campo documental con obras acerca de la memoria como Cerca del Danubio (2000) en el que se acordaba de los 142 almerienses que acabaron en el campo de extermino de Mauthausen, y en Eloxio da distancia (2008) junto a la pluma del escrito Julio Llamazares, se adentraba en las costumbres y la cotidianidad de A Fonsagrada, un pequeño pueblo lucense alejado del mundanal ruido.
Vega es un enamorado de la fotografía y de Almería, y conserva una amistad de más de un cuarto de siglo con Pérez-Siquier, así que de recibo dedicarle un tributo-homenaje a su fotografía, a su arte, a su mirada y sobre todo, a su humanismo, en un trabajo que huye de los cánones establecidos para centrarse en la parte humana del que hay detrás de las fotografías, haciendo hincapié a sus fotografías en blanco y negro, donde además de denunciar las condiciones miserables del barrio de “La Chanca”, se esforzaba en extraer la belleza cotidiana de sus gentes, sus casas y su ambiente, creando imágenes de gran belleza pictórica muy sabiamente mezclada en ese durísimo entorno social, como escribía Goytisolo tan acertadamente: “Y no hay nada, sino fuego y líneas de color extremado”.
La película también se detiene en su fotografía en color, importantes para estudiar lo que significó el desarrollismo económico en la España franquista con la llegada masiva de tantos turistas que venían a empaparse de sol y fiesta, con esas fotografías de personas anónimas que se tuestan en las playas, siempre con esa idea de la fotografía social y además, bella visualmente, jugando de manera sencilla y admirable con los colores, con su “azul” omnipresente tan característico de sus imágenes. Luego, la película se detiene en los reconocimientos posteriores, su visibilidad como uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX, el legado de su obra y todos los procesos creativos que lo han acompañado cuando de forma honesta y anónima se acercaba a recorrer las calles de “La Chanca” y toparse con sus habitantes y sus miradas, como la de esa niña, inmóvil que lo mira con la curiosidad del que mira a un extraño, a alguien diferente a su cotidianidad, a un ser, armado por una máquina que quiere retratarla, que años después recupera y vuelve a inmortalizarla, ahora en color.
Vega mira a Pérez-Siquier desde la admiración, desde la sencillez del que se detiene a mirar esa imagen que le cautiva, que le transporta a otra perspectiva, de aquel que mira sin condescendencia ni sentimentalismos, del que se muestra curiosa y atento ante la mirada del fotógrafo, mostrando su humanidad, sus procesos, su alma inquieta y curiosa a robar lo efímero, aquello casi invisible para el resto, aquello que, en un instante casi imperceptible, se convierte en algo bello, intangible y lleno de luces y colores, aquello que advierte algo mágico, algo profundo y algo sentido, aquello que quedará inmortalizado para siempre, para que alguien quiera mirarlo detenidamente, sin prisas, con la pausa que dan la curiosidad y la inquietud de mirar y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Lo más importante es que nosotras tenemos algo que decir y ellos necesitan escuchar eso”.
En los últimos tiempos, el cine español más arriesgado y personal, aquel que huye de los convencionalismos, el que más mira a su entorno y la sociedad que lo rodea, se ha destapado de forma sincera y realista, hablándonos sobre la adolescencia, pero no una adolescencia arquetipo y llena de territorios transitados, la que todos esperan, sino todo lo contrario, aproximaciones al universo adolescente desde una perspectiva interior, desde sus miradas más personales, sus conversaciones más íntimas y sus reflexiones más internas, películas ancladas en un marco documental, obras como Quién lo impide, de Jonás Trueba, que agrupa varios largometrajes en torno a mirar la adolescencia, sus protagonistas y escuchar sus diálogos, sus pensamientos y su mundo, igual que < 3, de María Antón Cabot, en la que siguiendo unos caminos parecidos al proyecto de Jonás Trueba, se lanza a investigar en el parque del Retiro de Madrid, como unos adolescentes pasan las tardes de verano, enrollados con las nuevas tecnologías, sus (des) amores y demás situaciones típicas de su edad.
Lo que dirán vendría ser el vértice de este triángulo, ya que vuelve su mirada al mundo de los adolescentes, en su caso, a dos chicas, Aisha y Ahlam, dos alumnas de Barcelona que emprenden su trabajo final sobre el hiyab, el velo islámico, y sobre como dos adolescentes educadas en un entorno musulmán, viven sus propias contradicciones, reflexiones y demás conflictos personales como externos derivados a la prenda de vestir, dos amigas, musulmanas, pero con formas de entender la religión y al vida desde puntos de vista muy distintos, porque Aisha lleva el velo, es familiar, reservada y obediente, en cambio, Ahlam, es todo lo contrario, no lleva el velo, se muestra extrovertida y rebelde. La directora Nila Núñez (Barcelona, 1993) se cruzó con Aisha y Ahlam y encontró su corto de final del Máster en Teoría y Práctica del Documental Creativo de la UAB, aunque la historia creció y se ha convertido en su primer largometraje, en el que filma las conversaciones de las dos chicas, sus ideas, reflexiones, conflictos, su relación familiar, sus relaciones con los demás compañeros o esas miradas inquisitorias de la calle y la sociedad, en unos diálogos que nacen desde el alma, desde lo más profundo de cada una de ellas, mientras Núñez las filma y sobre todo, las escucha, en un retrato sincero y profundo, donde lo más íntimo y cotidiano acaba trascendiendo en una mirada crítica sobre la sociedad y sus prejuicios sociales.
La directora barcelonesa filma a sus protagonistas tanto en un espacio íntimo y doméstico, mientras se maquillan, se visten y juegan, como dirá una de ellas, y en ese otro espacio, el exterior, cuando asisten a clase mientras tienen un debate sobre su condición de adolescentes, sus sueños, sus (des) ilusiones y sus relaciones con sus progenitores, no siempre bien avenidas. También, las vemos relacionándose con sus otros compañeros, en conversaciones sobre el hiyab y él porque lo llevan o no, y los conflictos que esa decisión conlleva, o mientras practican deporte a las miradas de los demás. Núñez ha construido una película sencilla y muy cercana, que bulle como si la pudiéramos tocar, como si fuese un cuerpo orgánico, porque nos habla con total desnudez y sin tapujos sobre adolescencia, identidades, religión y educación sin ser una película ideada para ello, sino desde lo más alejo posible de esa intención, capturando con su cámara de manera observacional todo aquello que acontece frente a ella, desde la cineasta humilde y sobre todo, inquieta.
Núñez destaca por su forma sensible y directa de capturar a sus adolescentes, como una especie de diario filmado en que se va construyendo la verdad o la realidad, como quieran llamarla, que una vez filmada y editada, adquiere connotaciones que van más allá de aquello que estamos viendo, produciendo un efecto revelador en el que las conversaciones íntimas de dos adolescentes musulmanas en un país extranjero y sus relaciones con esa sociedad y entorno, acaban convirtiendo la película en un claro ejemplo de la complejidad que provoca las diferentes culturas en nuestras sociedades, y las formas que tenemos de afrontar esas realidades tan distintas y ajenas a nosotros, y no solo eso, sino también, la película es un retrato profundo y sincero sobre las propias contradicciones del ser humano, como aclarará una de las chicas, de nuestros deseos, ilusiones, miedos propios de la adolescencia, cuando nos estamos descubriendo a nosotros mismos y estamos en pleno proceso de convertirnos en adultos, en ese tiempo de transición, donde todavía todo está por definirse, donde todo se está haciendo, quizás el mejor período para emprender nuestro propio camino en la que iremos formándonos como personas y descubriéndonos como somos, como queremos ser y qué hacemos para llegar a ello. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
<p><a href=»https://vimeo.com/227462263″>LO QUE DIRÁN (Trailer Esp)</a> from <a href=»https://vimeo.com/uabmasterdoc»>UAB Máster Documental Creativo</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
“¿Piensas que los perros no estarán en el cielo? Estarán allí mucho antes que cualquiera de nosotros.”
Robert Louis Stevenson
Amanece otro día más en Santiago de Chile, y más concretamente en el Parque de Los Reyes, el “skatepark” más antiguo de la ciudad. En ese microcosmos apartado de la urbe, donde en contundentes planos generales nos muestran la hilera de rascacielos que queda más allá, apartada de ese lugar. En ese paisaje, se encuentran skaters, que a velocidad de vértigo hacen piruetas imposibles y saltos desafiando la gravedad, jóvenes consumidores de estupefacientes de todo tipo, hablando de sus trapicheos, su vida sedentaria y sus conflictos con sus padres, la policía y demás, siempre en un tono en ocasiones cómico y en otros, dramático. Pero, a sus directores Bettina Perut (Roma, 1970) e Iván Osnovikoff (Puerto Montt, Chile, 1966) lo que más les interesa de los habitantes del parque no son los seres humanos, sino dos canes y sus miradas, Fútbol y Chola, una pareja de perros abandonados que pasan sus días en ese territorio, al que han hecho suyo. Fútbol es un perro viejo, apenas sus ladridos emiten sonoridad, suenan a ahogados, es tranquilo, reposado, camina con dificultad, pero tiene una mirada sobrecogedora, atenta y despierta. En cambio, Chola es una can más joven, inquieta, curiosa, nerviosa, que no cesa de ladrar a todos los vehículos y transeúntes que cruzan el parque de aquí para allá, le encanta tirar la pelota de tenis al foso de los skaters y antes que la pelota llegue al final, bajar a toda velocidad y cogerla.
Con ocho títulos a sus espaldas, la dupla que forman Perut y Osnovikoff es un documental diferente, arriesgado y profundo, mirando esa cotidianidad desde puntos de vista no comunes, desde el otro lado, como la elección de sus temas que van desde lo social, lo político y lo cultural, mirando siempre a lo más humano, a aquello que queda fuera de la historia general, como un boxeador que después de la cuarentena decide volver al ring, o las horas de antes de la muerte del dictador Pinochet, o la mirada crítica e incisiva sobre la ciudad de New York, o los últimos supervivientes de la cultura Aymara, cine que arriesga para contarnos los temas que quedan fuera de los medios, desde el lado humano, desde la verdad de los hechos, y desde las miradas de las personas implicadas que se olvidaron en el anonimato.
Ahora, en su nuevo trabajo nos sorprenden con una película desde la perspectiva de dos canes, dos animales abandonados, y desde su altura, dos animales de los más de 350000 que son abandonados anualmente en Chile, dos perros que juegan con pelotas de tenis, con botellas de plástico, con balones que se pierden entre los juegos de los chavales que comparten el mismo espacio, dos perros que soportan las inclemencias del tiempo, que deambulan noche y día por el parque ya este concurrido como vacío, entre días de competición de skaters o días de tormenta en el que deambulan sin más, con sus correspondientes casetas colocadas por los empleados del ayuntamiento, o recostados en la hierba o en el cemento mientras los aspersores los van bañando, escuchando a unos y otros, sus conversaciones, sus dilemas, sus contenturas o tristezas.
Perut y Osnovikoff han construido, quizás, la mejor película sobre canes en años, que viene a ser una digna sucesora de Umberto D, de De Sica, con su inseparable perro Flike, en su mirada humanista de la sociedad, encarnada eso sí por dos canes como Fútbol y Chola, sin el amparo humano, se convierten en parientes muy cercanos de aquel perro que seguía incansablemente al anciano desahuciado, al que no quería nadie, ni encontraba consuelo allá donde fuere, o el burro de Au hasard Balthazar, de Bresson, donde el équido podría ser un reflejo perfecto de esa idea de humanidad que no se encuentra en los humanos y si en los animales, en una reivindicación sobre la igualdad de las necesidades de los seres vivos. La pareja de cineasta italo chilena huye de la complacencia o el sentimentalismo a la hora de abordar su relato. Aquí, los animales se muestran en su hábitat, el parque y sus alrededores, desde una mirada observacional, no de intervención, la cámara los filma continuamente, en sus estados de reposos o sus acciones, que no son pocas, observados desde la distancia, mirándolos a través de de sus miradas, de qué miran y hacia donde, dejando que la vida siga su curso, y los habitantes del parque se relacionen, ya sea con una pelota o simplemente, desde las miradas o los detalles que a veces nos cuentan mucho más.
Perut y Osnovikoff hacen gala de una paciencia infinita, como los cineastas que filman animales en la naturaleza o en otro espacio, con el añadido que aquí se filman en un espacio urbano, en un espacio próximo y alejado a la vez para los canes, construyendo una crítica feroz y demoledora sobre la sociedad actual, en la que se mezclan la desidia de buena parte de la juventud, perdida en sus adicciones, en su falta de horizontes laborales, y una desidia brutal en perder la vida entre delitos, conflictos y demás pozos sin fondo, y los perros, auténticos protagonistas de la película, desde sus miradas, volviendo a lo mencionado al comienzo del texto, la necesidad de una regulación que evite tantos abandonos y les proporcione dignidad a los perros como cualquier otro ser vivo del planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
La primera película de Víctor Moreno (Tenerife, 1981) Edificio España (2012) se adentraba en las obras de rehabilitación del famoso inmueble, emblema de prosperidad del régimen franquista. Ahora, un inmenso y envejecido rascacielos lleno de pasillos y habitaciones oscuras y derruidas, llenas de polvo y suciedad, por el que pululaban incansablemente centenares de trabajadores de múltiples nacionalidades. Su último plano, en los subterráneos del edifico, se perdía en una zona oscura, imperceptible para el espectador, un cuadro totalmente negro, y así, de esta manera tan singular y crucial por lo contado anteriormente, se despedía la película. Un plano negro, en total oscuridad, como ensamblando las dos películas, nos da la bienvenida a la segunda película de Víctor Moreno, La ciudad oculta. Un plano que muy lentamente nos irá desvelando una diminutas luces o algo que se le parece, aún todavía sin saber donde nos encontramos ni a qué nos enfrentamos. Poco a poco, y entrando el sonido, iremos descubriendo que nos encontramos en las entrañas de una ciudad, sin saber muy bien en qué zona y qué lugar identificable, o alguna zona que podamos descifrar entre la maraña de espacios muy oscuros, y sobre todo, muy ajenos a nuestro universo del exterior, más tangible y próximo, en apariencia, porque este lugar, de difícil acceso y complejo, también se encuentra cercano a nosotros, aunque oculto y desconocido a nuestra mirada.
Moreno vuelve a contar en tareas de guión con Rodrigo Rodríguez como en su anterior trabajo, a las que suma Nayra Sanz Fuentes, que en Edificio España estuvo como comontadora, para sumergirnos en una película experiencia, en la que asoman unos escasísimos diálogos de los empleados que iremos viendo por este mundo, en una sinfonía del subsuelo, adoptando como referentes a Berlín, sinfonía de una ciudad, de Ruttman y El hombre de la cámara, de Dziga Vertov, para viajar a esa ciudad que vive oculta bajo nuestros pies, a recorrer con una cámara en continuo movimiento, eso sí, movimientos suaves, con la cinematografía de José Alayón (director de Slimane) para movernos por un entramado inmenso, desconocido y misterioso de galerías, túneles, alcantarillas, tuberías, redes de transportes y estaciones subterráneas, en un trayecto más allá de nuestro inconsciente, en el que desconocemos a qué o a quién nos encontraremos, ya que las imágenes y su sonidos, a veces ambientales, y en otras imperceptibles, industriales, líquidos, llenos de musicalidad, que nos transportarán por ese universo oscuro, de poca luz, muy sonoro y sobre todo, sensorial, donde nuestros sentidos viajarán más lejos de lo que vemos, de lo que iamginamos, de lo que sentimos.
La película nos propone un viaje sideral y único, en una experiencia personal y profunda, en un documento íntimo y apabullante, dejándonos llevar por esas imágenes inquietantes y misteriosas, donde lo cotidiano adquiere una dimensión desconocida, imágenes de múltiples texturas, donde lo más insignificante se convierte en inmenso, y viceversa, un mundo en el que nada es lo que parece, donde todo adquiere su propio cuerpo, movimiento y latitud, organismos vivos de toda índole se mueven y se organizan en las profundidades del subsuelo, donde las imágenes a través del sonido van componiendo su propio estado de ánimo, un estado contagioso que lentamente nos irá atrapando y sumergiéndonos más profundo, aún más, más lejos aún, haciéndonos desaparecer entre aquello que se nos está desvelando, en el que ya nada ni nadie tiene su propia consciencia, más lejos de lo que conocemos y podemos soñar. El propio Moreno y Samuel M. Delgado firman un montaje calculado al milímetro, guiándonos por este otro mundo, a través de algunos de los trabajadores que trabajan en este otro planeta, ataviados como si fuesen astronautas, caminando con lentitud por sus infinitas galerías, escuchando sus respiraciones mecánicas mientras ejercen su actividad laboral.
El cineasta canario se destapa como un director enorme y extraordinario, capaz de descubrirnos lo desconocido a través del detalle más invisible, porque consigue con lo mínimo vivencias y capturas increíbles, conduciendo al espectador por un universo muy cercano para nosotros, pero a la vez totalmente desconocido, filmando su intimidad, su vida, y su inconsciente, su alma, consiguiendo una película magnífica, profunda y orgánica, llena de sensaciones e imágenes que vamos proyectando en nuestra mente, dejándonos llevar por nuestros sentidos, alejámdonos de nosotros mismos, de nuestra forma de ser y pensar, adentrándonos en otros cuerpos, sonidos y paisajes. Una película viva, que respira y siente, donde se manejan diferentes texturas, sonidos e imágenes, revelando lo más fútil a lo más fundamental, en un micro-macro cosmos lleno de laberintos, cuerpos y entes, por el que caminamos como si fuese un cuerpo gigantesco o una especie de masa orgánica que vive, en continuo movimiento y transformación, en una experiencia única y magnífica que nos recuerda a la misma sensación que proponía Dead Slow Ahead, de Mauro Herce, donde nos adentrábamos en las entrañas de un carguero a la deriva sumergiéndonos en sus profundidades más oscuras y ocultas de sus entrañas.
Quizás todo lo que vemos o intuimos ver, porque eso nunca lo sabremos ni tendremos la capacidad de identificarlo, no sea más que una mera representación de aquello que proyecta nuestro propio inconsciente, aquello que no somos capaces de identificar con algo real, algo tangible, algo que podamos descifrar con nuestra mirada, algo que pertenezca a nuestra cotidianidad, porque el universo de imágenes y sonido que ha construido Moreno es un mundo desconocido, un mundo sucio, insalubre, lleno de gérmenes, donde se amontona la basura de las ciudades que habitamos, un paisaje más allá de lo que podamos soñar, un mundo más próximo a la ciencia-ficción, porque en muchos instantes de la película, nos sentiremos como aquellos exploradores del universo que se adentraban en otros mundos desde la inquietud, desde el más puro desconocimiento, dejándose llevar por sus sentidos, sus emociones y aquello que quizás era lo revelado, como ocurría en el famoso plano de la taza de café de Dos o tres que yo sé de ella, en la que Godard, nos rompía todas las certezas posibles e imaginalbes, para sumergirnos en nuestro inconsciente, llevándonos en un suspiro al espacio o más allá. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a María Antón Cabot, directora de la película «<3», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pultizer en Barcelona, el jueves 2 de mayo de 2019.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Antón Cabot, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.