La última noche de Sandra M., de Borja de la Vega

LA JOVEN QUE QUERÍA SER ACTRIZ. 

“No me importa vivir en un mundo de hombres, siempre que pueda ser una mujer en él”. 

Marilyn Monroe

La primera vez que escuché sobre la actriz Sandra Mozarowsky (1958-1977), fue en la novela “El asesino tímido”, de Clara Usón, publicada por Seix Barral en 2018. Conocí su trágico final en aquel fatídico martes 23 de agosto de 1977 cuando se precipitó desde su terraza en un cuarto piso y quedó en coma, falleciendo unos días más tarde. Sandra dejaba una filmografía de 21 títulos desde 1969, amén de una exitosa aparición en la famosa serie Curro Jiménez. A día de hoy, las circunstancias de su muerte siguen siendo un misterio. La segunda película de Borja de la Vega, después de la interesante Mía y Moi (2021), se centra en el último día de Sandra Mozarowsky, imaginando ese día, indaga sobre la parte emocional de una actriz de tan sólo 18 años que se tomaba un tiempo para estudiar y olvidarse del cine que sólo la usaba para mostrar su cuerpo en el cine del destape. El revelador y fascinante prólogo de la película, con el texto en que se nos explica que no estamos ante un biopic convencional, huyendo de la mera reconstrucción, y adentrándose en el campo de la ficción, en un espacio donde la trama juega a inventar, a escenificar ese última de Sandra M. 

El director opta por un relato doméstico, encerrándonos en las cuatro paredes del piso de Sandra, un espacio en el que ella espera una llamada de su novio, al igual que sucedía en La voz humana, de Jean Cocteau, texto que adaptó Rossellini con la Magnani en 1948, e inspiró Almodóvar para Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), y más tarde adaptó con Tilda Swinton hace tres años. Mientras tanto llega “la llamada”, Sandra se despide de su madre, y recibe unas cuántas visitas: la de un periodista y fotógrafo para una entrevista, la de un señor inquietante que quiere hablar con ella, la de Inma, una amiga también actriz, y la de una mujer que viene con amenazas al igual que el hombre. Somos testigos de un día en la existencia de Sandra que huye de un cine demasiado facilón y de un amor imposible, estando con ella, mirándola en su intimidad, en su soledad, en sus reflexiones y sus sentimientos. El relato nos cuenta un trozo de esa vida muy joven, de alguien que empezó demasiado joven en un mundo que usaba a las mujeres para vender sus cuerpos, un mundo lleno de gentes que usaba y tiraba a las jóvenes actrices que convertían en meros objetos sexuales para enriquecerse en taquilla. 

Estamos ante una película que consigue mucho con poco, una cinta muy trabajada en su cinematografía que firma Martín Urrea, que ha trabajado en los equipos de cámara para películas de Carlo Padial y Ramón Sálazar, que debuta en el largometraje de ficción con una luz acogedora y llena de misterio, porque pasamos de la luz a las tinieblas en una trama contenida, en un formidable juego de espejos en su forma y detalle. Un preciso y pausado montaje que firman Pedro Collantes, que firmó como director El arte de volver, y ha montado series policíacas como Antidisturbios y La novia gitana, entre otras, y Jorge García Soto, también con una experiencia en series, conducen en una edición reposada y llena de vericuetos emocionales en una trama que se va a los 88 minutos de metraje. Como la estupenda música de Marc Durandeau, que trabajó en La noche que murió Elvis, de Oriol Ferrer, que ayuda a envolvernos en esa cercanía de la joven protagonista, con sus continuos vaivenes e inquietud en la que está Sandra, en ese piso aguantando un calor infernal de agosto y una amenaza de un pasado que no la deja en paz. 

La tarea de encontrar a la actriz que interpretase a Sandra no era trabajo fácil, pero De la Vega, representante y conocedor de actores y actrices, ha encontrado a su Mozarowsky en la piel de una magnífica Claudia Traisac, auténtica alma mater de la película, qué bien mira, cómo se mueve y la sensualidad, belleza y capacidad para transmitir toda la montaña rusa emocional en la que se encuentra, o podríamos decir, que sufre su personaje. Un personaje construido en ese día que a parte de ser “el día”, es cuando todo va a ocurrir. Las visitas acompañan para su tranquilidad y nerviosismo a Sandra, unas visitas que interpretan nombres poco conocidos pero muy competentes que no desentonan en absoluto formando una interesante terna en un gran acierto de cast de la película. Tenemos a Georgina Amorós como Inma, Núria Prims es la madre, Nicolás Lloro es un repartidor muy peculiar, Rafa Castejón y Pep Ambrós son el periodista y fotógrafo citados, Oriol Tarrason y Olaya Caldera son esos que vienen con malas intenciones, y Ramon Pujol, Bruno Sevilla y Bea Arjona son algunos compañeros de rodaje que aparecen en sus pensamientos. Volvemos a encontrarnos a Toni Espinosa que, a parte, de llevar los Cinemes Girona, también distribuye y coproduce como ya hiciese en Mía y Moi, ahora junto María Àngels Amorós y el actor Ricardo Gómez, uno de los protagonistas de la ópera prima de De la Vega. 

No se pierdan La última noche de Sandra M. porque sin pretensiones ni artimañas, nos cuenta una parte muy oscura de aquella etapa de la transición y el cine del destape, insuflando humanidad a una joven que sólo quería ser actriz, y lo hace a través de Sandra Mozarowsky, y no alejándonos de las dudas y misterios de su muerte, sino que centrándose en ella, en sus deseos, ilusiones y frustraciones y tristezas de alguien que el cine le llegó demasiado joven, un mundo lleno de peligros que lidó como pudo y cómo sabía, y cuando decidió parar y empezar desde una posición más madura, más libre y siendo ella misma, se topó con su muerte. La película huye de la superficialidad, de la reconstrucción fidedigna, y opta por la ficción, opta por imaginar cómo fué a nivel emocional ese último día, situándonos en ese 23 de agosto de 1977, en un país que acababa de votar después del franquismo, un país todavía muy oscuro, un país haciéndose, un país machista, un país que usaba a mujeres y luego las tiraba, un cine que mostraba los cuerpos de las actrices sin ninguna impunidad, un país en el que jóvenes como Sandra Mozarowsky soñaban con hacer cine y no mostrar su cuerpo sin más. La película bucea en el interior de Sandra, en todo lo que nadie conocía, sin adentrarse en los hechos sino en lo que sentía una joven utilizaba que soñaba con convertirse en actriz como Ana Belén. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Érik Bullot

Entrevista a Érik Bullot, cineasta y autor de la exposición «Cinema paper» en la Filmoteca de Catalunya, en la sede de la institución, el viernes 29 de septiembre de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Érik Bullot, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto talento y a Jordi Martínez de Comunicación de la filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El viejo roble, de Ken Loach

UN CUENTO SOBRE LA ESPERANZA. 

“La esperanza es promover la ilusión en circunstancias que sabemos que son desesperadas”. 

G. K. Chesterton

El cineasta Ken Loach (Nuneaton, Reino Unido, 1936), autor de una de las filmografías más interesantes a nivel social y humanista, ya que, desde sus primeras películas como Poor Cow (1967), Kes  (1969) y Family Life (1971), entre otras, su cine se ha decantado por la “Working Class” británica, construyendo tramas alrededor de los conflictos sociales que han ido sufriendo esa parte de la población más desfavorecida. No hay tema social que no haya sido reflejado en su cine en sus más de 32 películas si incluimos sus trabajos para televisión. En una trayectoria que abarca más de medio siglo ha habido de todo, pero sobre todo, ha habido una necesidad de focalizar su cámara en el rostro y las circunstancias de los trabajadores/as desde un lado humanista y socialista, abogando por valores humanos que el consumismo ha ido eliminando sistemáticamente como la humanidad, la fraternidad, la igualdad, la cooperativa y sobre todo, la comunidad como eje fundamental para ayudar y ayudarse los unos a los otros. 

Con El viejo roble (The Old Oak, en su original), cierra la trilogía iniciada con Yo, Daniel Blake (2016), y continúo con Sorry We Missed You (2019), sobre obreros focalizados en el noroeste de Inglaterra, en tantas pequeñas poblaciones que fueron prósperas por la minería que posteriormente, se cargó la Thatcher en los ochenta, y ahora viven de recuerdos del pasado mirando fotos antiguas colgadas en una pared de una parte del local en desuso, toda una reveladora metáfora de la situación de ahora, como vemos en El viejo roble. A partir de un guion de Paul Liberty, 15 películas junto a Loach, la historia se posa en la existencia de TJ Ballantyne, un tipo que regenta el pub del mismo título que la película, que fue y ahora sólo alberga a unos cuántos parroquianos que sólo hablan del pasado glorioso y de las penas y tristezas de la actualidad. Toda esa armonía de estar y ya, se ve interrumpida con la llegada de familias sirias refugiadas, como evidencia su arranque construido a partir de fotografías en blanco y negro acompañadas de su sonido real. La hostilidad y el rechazo que dejan claro muchos lugareños, se ve contrarrestada por el citado TJ Ballantyne que se hace amigo de Yara, que hace fotos, y la gran ayuda de la trabajadora social Laura. 

Loach traza una excelente trama con tranquilidad y sin aspavientos sin recurrir a lo facilón ni la condescendencia, sino todo lo contrario, situando su cámara a la altura de los ojos de sus protagonistas, sumergiéndonos en sus conflictos personales y sociales, sus necesidades que son muchas en una población donde la crisis aboga a la desesperación y la tristeza a muchos de ellos y ellas. Con la compañía de la productora Rebecca O’Brien que desde el 2002 junto a Loach y Laverty están al frente de la compañía Sixteen Films, el director británico no hace una película de falsas ilusiones, nos muestra la realidad del lugar, con una imagen que se acerca y entra en las casas con respeto e intimidad, en un grandísimo trabajo de cinematografía de Robbie Ryan, quinto trabajo con el inglés, amén de películas con Frears, Arnold, Baumbach, Potter y Lanthimos, entre otros. La magnífica edición de Jonathan Morris, 24 películas con Loach, que ajusta con detalle y precisión un relato que se va a los 110 minutos de metraje, en el que hay de todo: documento, ternura, valores humanos y necesidad de acompañarse en los momentos jodidos de la vida. El músico George Fenton, 19 películas con Loach, amén de Frears, Jordan y Attenborough, entre otros, compone una música que ayuda a entender y entrar en el interior de los personajes a partir de donde vienen y porqué actúan de la manera que lo hacen. 

El cineasta británico hace cine y habla de valores humanos y los reivindica, porque es lo único que les queda a los pobres y pisoteados en este mundo mercantilizado donde unos pocos privilegiados someten a la mayoría que vive de sus migajas. Pero, sus películas no son panfletos ni proclamas para construir un mundo mejor, su cine es su mejor ejemplo y ha explorado todas las iniciativas humanas para estar más cerca, para abandonar ese individualismo de mierda que nos deja más sólos cada día y más aislados. Su cine, como hacían los Renoir, Rossellini, Ozu, Kaurismäki y demás, está para y por el obrero, el empleado, el trabajador de lunes a viernes, el que trabaja mucho para tener muy poco, el que sueña con una vida mejor y se jubila sin que llegue, el que mira los partidos de fútbol en el bar de turno rodeado de unas cervezas y amigos. La maestría de Loach para escoger intérpretes que no sólo componen unos personajes de carne y hueso, sino que transmiten todo el desánimo y la esperanza que recorre la película. Tenemos a Dave Turner, que ya estuvo en las dos anteriores que hemos citado un poco más arriba, encarnando a TJ Ballantyne, uno de esos tipos machacados por la vida, que arrastra demasiadas heridas sin curar, pero que aún así, sigue resistiendo en su viejo roble, y se muestra solidario y ayudante a los recién llegados.

Junto a Turner tenemos otros actores y actrices que son tan naturales y cercanos como el mencionado, demostrando la intimidad que consigue el británico para hablar de aquellos problemas que invisibiliza el cine comercial. Valores como la amistad, de las de verdad, de las duras y las maduras, como la que entabla Turner con Yara que hace la debutante Ebla Mari, una de esas mujeres valientes y de coraje que, a pesar de las dificultades, sigue ahí, junto a su familia, y manteniendo una dignidad asombrosa, Claire Rodgerson interpreta a Laura, una actriz que también debuta, escogida del lugar donde filmaron. Trevor Fox hace de Charlie, uno de los parroquianos del citado pub que se muestra hostil a los refugiados. Y luego, una retahíla de intérpretes naturales que han sido reclutados del lugar para dotar a la película de esa verdad y cercanía que tiene el cine de Loach. Las películas del británico gustarán más o menos, estarán más conseguidas o no, pero lo que nunca se le puede reprochar es su mirada al proletariado, a los necesitados, a los desahuciados del desaparecido estado del bienestar, que han quedado en el olvido de los diferentes gobiernos, tan abocados a generar riqueza a costa de la explotación laboral y el recorte de servicios públicos esenciales. 

El viejo roble no es sólo la última película de Ken Loach, sino que como ha anunciado el propio director, esta película es su despedida del cine, a sus 87 años deja de mover la manivela, como se hacía antes. Así que, con El viejo roble se despide del cine uno de los grandes, uno de los nombres que más han hecho para retratar las miserias de una sociedad más idiotizada y absurda a costa de los trabajadores/as como nosotros, porque algunos/as se han creído esto del trabajo y de sus miserables condiciones y siguen ahí, esforzándose en solitario y perdiéndose la vida para conseguir más estupideces materiales y visitar más lugares en una existencia estúpida e histérica. Loach nos pide que por favor dejemos de correr, nos detengamos y miremos a nuestro alrededor, que miremos a nuestro interior y al interior de los demás, que nos demos tiempo, que paremos tanta locura, y sobre todo, nos ayudemos y empaticemos, porque si no, seguiremos solos en el infierno más desesperado, y nos pide que lo hagamos ya, antes que sea demasiado tarde, porque la vida es otra cosa, es compartir y estar cuando las cosas se ponen feas, porque, aunque no lo parezca, seguimos siendo lo que somos y seguimos teniendo las mismas necesidades, y seguimos deseando querer y nos quieran y muchas cosas, y seguimos teniendo ilusión, seguimos resistiendo y por mucho que las élites hacen lo posible, todavía no hemos perdido la esperanza. ¡LONG LIFE FREEDOM! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Encuentro con Wim Wenders

Encuentro con el cineasta Wim Wenders, en el marco del BCN Film Festival, que le dedica una retrospectiva de su obra, en los Cines Verdi en Barcelona, el viernes 21 de abril de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Wim Wenders, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la inmensa labor de la intérprete Sílvia Palà, y a Marién Pinies y Sílvia Maristany del equipo de comunicación del Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Cristina Riera y Tess Renaudo

Entrevista a Cristina Riera y Tess Renaudo, directoras de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en la Sala Mirador del CCCB en Barcelona, el martes 7 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cristina Riera y Tess Renaudo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Alex Gil, del equipo de Comunicación de L’Alternativa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marc Solanes y Ferran Ureña

Entrevista a Marc Solanes y Ferran Ureña, directores de la película «Els Orrit», en las oficinas de la Productora Vivir Rodando en Barcelona, el viernes 27 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Solanes y Ferran Ureña, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de DocsBarcelona, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Retratos fantasma, de Kleber Mendonça Filho

LOS ESPACIOS DE LA MEMORIA. 

“Un edificio tiene dos vidas. La que imagina su creador y la vida que tiene. Y no siempre son iguales”. 

Rem Koolhaas

Hay ciudades totalmente conectadas con la filmografía de un cineasta. Hay casos muy notorios como Truffaut y París, Fellini y Roma, Woody Allen y New York, Almodóvar y Madrid, y muchos más. Ciudades que se convierten en un decorado esencial en el que los directores/as se nutren, generando un sinfín de ideas de ida y vuelta, en el que nunca llegamos a reconocer la realidad de la ficción. En el caso de Kleber Mendonça Filho (Recife, Pernambuco, Brasil, 1968), la ciudad de Recibe, al noreste del país sudamericano, se ha convertido en el paisaje de toda carrera, desde sus cortometrajes como Enjaulado (1997), Electrodoméstica (2005) y Recife Frío (2009), hasta sus largos como Sonidos de barrio (2012), Doña Clara (2016). El director brasileño ya había explorado la materia cinematográfica desde el documento como hizo en Crítico (2008), en el que investiga las difíciles relaciones entre cineastas y críticos, y Bacurau no Mapa (2019), que homenajea la extraordinaria película Bacurau, del mismo año, que codirigió junto a Juliano Dornelles.

Con Retratos fantasma nos ofrece un intenso y maravilloso viaje y nos invita a sumergirnos en los espacios urbanos de Recibe, rompiendo su relato en tres tramos que tienen mucho en común. Se abre con la casa de la calle Setúbal, la casa de su madre, convertida en su casa a la muerte de ésta. Un espacio que ha sido testigo de su vida, y su cine, donde ha servido de decorado en varias de sus películas. Luego, en el segundo segmento, se centra en los cines del centro de Recife, lugares de formación vital para el futuro cineasta, y por último, se detiene en la evolución de estos cines, ahora convertidos en lugares de culto, en los que cientos de evangelistas los han reconvertido en sus centros de religiosidad. Como anuncia su fabuloso prólogo, con esas fotografías que muestran el Recife de los sesenta, cuando la vorágine estúpida de construcciones desaforadas todavía no había hecho acto de presencia, Mendonça Filho mezcla de forma inteligente y eficaz las imágenes de archivo, ya sean fotografías o películas filmadas, tanto domésticas, de documentación, o de la ficción de sus películas, en un acto de relaciones infinitas, donde vemos la ficción en relación a su realidad, donde la película se convierte en un interesantísimo ensayo cinematográfico. 

Narrada por el propio director, en que hace un profundo recorrido por la arquitectura de su vida, y lo digo, porque va de lo más íntimo y cercano, empezando por su hogar, pasando por los cines, y terminando por lo más exterior y alejado, como esos centros evangelistas que han copado la ciudad. A partir de los espacios y lugares urbanos, el cineasta recifense traza también un maravilloso estudio sobre la sociedad de su país, tanto a nivel cultural, económico, político y social, en el que vamos conociendo los espacios de la ciudad, a partir de los movimientos políticos del país, y las diferentes maneras de ocio y diversión de los habitantes. Sin olvidar, eso sí, todos los fantasmas y espectros que van quedando por el camino, olvidados y expulsados de ese progreso enfermizo y psicótico que impone un ritmo desenfrenado de cambios y movimientos de las ciudades en pos del pelotazo económico y demás barbaridades. Acompañan al realizador pernambucano dos fenómenos como el cinematógrafo Pedro Sotero, con el que ha hecho cuatro películas juntos, amén de trabajar con interesantes cineastas brasileños como Gabriel Mascaro, Felipe Barbosa y Daniel Aragâo, entre otros, que consigue una formidable fusión del archivo, en multitud de formatos y texturas, con las nuevas imágenes, que estructuran este intenso viaje a Recife, y por ende, a la transformación del cine como acto colectivo y social hacía otra cosa, también colectiva, muy diferente. Tenemos a Matheus Farias, con dos películas juntos, que disecciona con maestría el diferente origen de las imágenes, y los continuos viajes al pasado y al presente, en este potente caleidoscopio, donde sus 93 minutos no saben a muy poco, y nos encantaría quedarnos en ese Recife cinematográfico, donde el tiempo, el espacio y demás, viven en uno sólo, donde todo vibra de forma muy sólida y atractiva para el espectador. 

No se pierdan Retratos fantasma, de Kleber Mendonça Filho, porque no sólo hace un recorrido personal e íntimo sobre su infancia, adolescencia y juventud en su casa y en sus cines, y todos sus objetos, pérdidas y ausencias, sino que también, nos pone en cuestión como cambian nuestros lugares, nuestro pasado y sobre todo, nuestra memoria, ese espacio lleno de fragilidad y tan vulnerable continuamente amenazado por el llamado progreso, que no es otra cosa que las ansías estúpidas de una sociedad trastornada que prima el dinero y lo material en pos de una vida más sencilla, más de verdad y más humana. Sin ser una política abiertamente política, es una película política, porque habla del pasado, de sus fantasmas, y ahora convertidos en otra especie de espectros, eso sí, que va de la mano a ese tsunami de extrema derecha del país con la llegada de Bolsonaro y esa fiebre de religiosidad, con tantas y tantas iglesias evangelistas que lo único que buscan es volver a un pasado muy oscuro y violento. Los fantasmas que habla la película, quizás, sigue habitando en el archivo, en esa memoria que nos habla de los espacios, en unos espacios pensados para otros menesteres, y como explica la película, en lugares donde la realidad se fusiona con la ficción, y hacía el mundo mucho mejor, y a sus espectador, mejores, no cabe duda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los colonos, de Felipe Gálvez

TIERRAS DE SANGRE. 

La ficción de la legalidad amparaba al indio; la explotación de la realidad lo desangraba.”

Eduardo Galeano

Aquellos hombres mal llamados conquistadores, que en realidad, eran meros colonizadores. Anuladores de la vida y la dignidad de los indios. Nos han contado muchas historias, pero quizás, nunca nos han contado la historia, y no digo, aquella que sólo habla de maldad, que la hubo y mucha, sino aquella que nos habla de seres humanos que se convirtieron en colonos, trabajando para ellos y para otros, a la caza de fortuna, o vete tú a saber que, en unas tierras extranjeras para ellos, pero un hogar para muchos indios que, antes de la llegada del blanco, llevaba siglos viviendo en paz, junto a la naturaleza y todos los seres que la habita. La película Los colonos, ópera prima de Felipe Gálvez (Santiago de Chile, 1983), después de más de tres lustros dedicados al montaje para cineastas como Marialy Rivas, Kiro Russo y Alex Anwandter, entre otros, y de dirigir su cortometraje Rapaz (2018), en el que ya exponía los límites de la violencia en la sociedad. 

En su debut, el director chileno que coescribe junto a Antonia Girardi, con la que ya trabajó en Rapaz, la violencia es la actividad cotidiana de los empleados de Menéndez, un terrateniente que posee una vasta región en Tierra del Fuego allá por 1901. La misión de sus trabajadores consiste en recorrer esa infinita propiedad abriendo una ruta hasta el Océano Atlántico recorriendo la enorme Patagonia. Estamos ante una historia que nos cuenta una verdad, una de tantas que ocurrieron durante la colonización de esas tierras, y lo hace a partir de personajes reales y otros inventados, y sometiéndonos a una asfixiante y devoradora atmósfera donde hombre a caballo y paisaje se van fundiéndose creando una complejo y vasto espacio fílmico en el que sobresalen una magnífica cinematografía dura y cruda con el aspecto de 2:3 de Simone D’Arcangelo, del que vimos la interesante La leyenda del Rey Cangrejo, también ambientada en Tierra del Fuego, en la que arranca en el paisaje para ir cerrándose en los rostros de estos tipos, donde prima el cuadro estático, como hacía Bergman, donde lo humano y su espacio explican ese mundo interior que no vemos. Las tres almas en travesía que cargan la película son el Teniente MacLenan, del ejército británico, un sádico y sin escrúpulos hombres ansiosos de riqueza y gloria, le acompaña Bill, un rastreador muy fiel al patrón, y a sus ideas supremacistas, y finalmente, Segundo, mitad blanco mitad indio, uno de esos personajes explotados y sin tierra, testigo de este viaje sin sentido, algo así como lo era el joven Enrique en La caza (1965), de Saura. 

El cineasta chileno se esfuerza en crear una película que profundiza y reflexiona sobre el arte cinematógrafo, en cómo la ficción ha retratado la historia y sus hechos, y no lo hace con los típicos discursos de la razón a través del blanco y su cine, sino que lo hace desde la honestidad y la humildad, centrándose en la colonización del propio país, es decir, de los señores de la tierra, aquellos propietarios que exterminaron a indios, en este caso a los Selk’nam, con el beneplácito o el desinterés de los gobiernos de turno. Un relato compacto e intenso que contribuye su gran trabajo de montaje de Matthieu Taponier, que ha trabajado en las interesantes El hijo de Saúl y Atardecer, ambas de László Nemes, Beginning, de Dea Kulumbegashvili, y en la reciente Anhell69, de Theo Montoya, en una cinta muy física, donde suceden muchos acontecimientos, pero siempre desde lo calmo, sin prisas, sin esa cámara agitada que no explica nada, aquí todo se cuestiona, a un nivel moral y además, vemos las consecuencias de los hechos, a partir de estos tres personajes, estos errantes, estos empleadores de la ley, aquella que hace y deshace sin más, aquella que aniquila y limpia su propiedad. 

El inmenso empleo del sonido con esos golpes y hachazos que escuchamos y nos acompañan por estas llanuras desérticas y hostiles, que ha contado con dos grandes de la cinematografía china como Tu Duu-Chih y Tu Tse Kang, que tienen en su haber grandes nombres como los Wong Kar-Wai, Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Tsai Ming-Liang, entre muchos otros. La música de Harry Allouche también ayuda a crear esa atmósfera real y onírica, más cercana del cine del este dirigido por Jerzy Skolimowski, Béla Tarr, donde todo rezuma un hedor cargado y la pesadez del camino y de las almas que los acompañan. Sin olvidarnos de su extenso y extraordinario reparto de los que conocemos a Alfredo Castro, que presencia la del actor chileno, con su mirada y su gesto es Menéndez, ese amo y señor de todo lo que ve y más allá, Marcelo Alonso, que era el sacerdote que vigilaba a los curas malos de El club, de Larraín, hace de Vicuña, el esbirro del gobierno, el señor del cine, el señor con traje que tiene su propia redefinición de la historia, y luego, los más desconocidos pero no menos notables, como los Mark Stanley como MacLenan, Benjamin Westfall como Bill, Camilo Arancibia como Segundo, el mestizo explotado y obligado a participar en la muerte y destrucción, Mishell Guaña como Kiepja, una india capturada por los ingleses, y Sam Spruell como el Coronel Martin, menudo personaje, y finalmente, la presencia del gran Mariano Llinás, un topógrafo que está delimitando la frontera argentina-chilena. 

Los colonos es una interesante y profunda reflexión sobre los males de la colonización y una nueva muestra de la resignificación del género del western, donde la desmitificación de la épica y la grandeza queda reducida a la suciedad moral y violenta de unos tipos sin alma, como ya dejó patente la madre de todas las madres que fué The Searchers (1956), de John Ford, donde el genio enterró para siempre muchos mitos, leyendas y demás desvaríos del cine en favor de ficcionar una historia que no tuvo lugar. Y otros como los Ray, Peckinpah, Penn y Altman, se dedicaron a humanizar a los cowboys en un tiempo en que el western agonizaba. En los últimos tiempos películas como Meek’s Cuttof (2010), y First Cow (2019), ambas de la extraordinaria Kelly Reichardt, Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel, son algunos ejemplos de mirar la historia y su tiempo desde posiciones más de cuerpo y piel, de rebuscar la suciedad y la decadencia de una colonización que sólo arrastra violencia y muerte. No se pierdan una película como Los colonos y quédense con el nombre de su director, Felipe Gálvez, porque la película navega por varias ambientes desde el western y la de aventuras, pero íntima y humana, el terror y lo político, porque habla de colonización, de los tipos malolientes y violentos que la hicieron, que han quedado en el olvido, y los que no, los que sí estaban con nombres y apellidos también participaron en pos al progreso y la civilización, se acuerdan que decía al respecto una película como Los implacables (1955), de Walsh, pues eso, otra muestra imperdible del género que en ese momento empezaba a mirar de verdad su pasado y su resignificación en la historia, en contar una verdad, no lo que el cine inventó. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Arantxa Echevarría

Entrevista a Arantxa Echevarría, directora de la película «Chinas», en el Cafe Salambó en Barcelona, el miércoles 4 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Arantxa Echevarría, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El sol del futuro, de Nanni Moretti

EL CINE COMO REFUGIO.  

“Los payasos son los primeros y más antiguos contestatarios, y es una lástima que estén destinados a desaparecer ante el acoso de la civilización tecnológica. No sólo desaparece un micro universo fascinante, sino una forma de vida, una concepción del mundo, un capítulo de la historia de la civilización”.

Federico Fellini  

El jueves pasado tuve la oportunidad de mantener una entrevista con el investigador y cineasta Érik Bullot con motivo de la exposición “Cine Imaginario”, que se puede visionar y soñar en la Filmoteca de Barcelona. Le pregunté: ¿Qué es el cine?, en relación al ensayo de Bazin que se publicó en los cincuenta. Me miró fijamente y me dijo: Más que preguntarnos ¿Qué es el cine?. En estos momentos, la pregunta sería: ¿Dónde está el cine?. A esta cuestión, el cineasta Nanni Moretti (Brunico, Italia, 1953), apostaría por la reflexión de Bullot y nos expresaría que el cine está dentro de nosotros, en ese espacio sólo nuestro donde evocamos nuestros sueños, nuestra imaginación y sobre todo, nuestra vida pasada por el filtro del cine, porque la vida mirada desde la ficción se ve de otra forma, más ordenada, más clara y mejor concebida.  

La filmografía del italiano que abarca casi la cuarentena de títulos que podríamos categorizar, perdonen por la palabra, a partir de tres bloques. En el primero están todas esas películas que hablan sobre cine y cineastas como su debut Io sono un autarchico (1976), Sogni d’oro (1981), después nos tendríamos en esos documentos donde el director reflexiona sobre política como La cosa (1990), Santiago, Italia (2018), y luego, todos sus dramas ambientados en la familia como Ecce Bombo (1978), La habitación del hijo (2001), Mia Madre (2015), Tres pisos (2018), y todos esos dramas, también, con mucha sorna, que dedicó a Berlusconi con El caimán (2006), y a la Santa Sede en Habemus Papam (2011). Mención aparte tienen ese par de maravillas como Caro Diario (1993), y Abril (1998), en la que el propio Moretti se quita prejuicios y convencionalismos y ataca y se ataca hablándonos sobre el cine, las gentes del cine, la política, el pasado y todo lo que se le va ocurriendo, donde hay mucha música, bailes y de todo. La habilidad natural del director azzurro para hablar de temas serios como el amor, la familia y la política, siempre dentro de un relato en el que el humor, la crítica y la sorna hacia uno mismo consiguen que su cine sea una alegría, una forma de vida y una manera de enfrentarse a los avatares oscuros de la existencia. 

En su último filme, El sol del futuro, escrito a cuatro manos por Francesca Marciano, sus cómplices Federica Pontremoli y Valia Santella y el propio Moretti, el cineasta italiano vuelve a lo que más le gusta. A esa comedia de aquí y ahora, pero con todo lo que ha sido y es su cine, con su tono tan bufonesco y libre. Él mismo interpreta a un director de cine que está haciendo una película ambientada en un barrio comunista de la periferia romana, ese lugar que tanto adoraba Pasolini, filmado en los míticos Cinecittá, en el año 1956 con la llegada de un circo húngaro, con el aura felliniana en todo su esplendor. Toda esa armonía y felicidad se truncará con la invasión soviética de Hungría. Ahí, se creará una división entre los partidarios del Partido Comunista Italiano y su líder, y los dirigentes. Mientras, la vida de Giovanni, el director, también se viene abajo, porque su mujer, Paola, que ha producido todas sus películas, quiere divorciarse, y para más inri, está produciendo una de esas películas de acción sin nada y sin alma. La vida y la ficción de Giovanni se mezclan de tal manera que el director como vía de escape, esa idea del cine de refugio, imagina dos películas, en una, un nadador vuelve a casa visitando las piscinas de las personas de su vida, y en otra, una musical con historia de amor. 

Moretti tiene la capacidad de cambiar de registro, de tono, incluso de textura, en la misma secuencia o plano, en la que todo encaja, nada es artificioso y tramposo, sino que forma de un todo y de una naturalidad aplastante en la que él sabe que todo va a funcionar, en la que vemos secuencias poéticas como ese paseo en patinete con el director y el extraño productor francés en bancarrota, o el baile, mejor no hablemos del baile, por respecto a los espectadores que todavía no la han visto. Momentos Buster Keaton como esa cena con el novio de su hija, o hilarantes como la entrevista con los de Netflix, tan real como triste en estos tiempos, el aspecto moral de la última secuencia de la película que produce su mujer o no. Y muchos más que mejor no desvelar. El aspecto técnico luce con naturalidad, transparencia e intimidad, parece fácil, pero no lo es. Con la cinematografía de Michel D’Attanasio, con él hizo Tres pisos, y hemos visto la reciente Ti mangio il cuore. La complicidad de dos amigos de viaje como el montaje de Clelio Benevento, seis películas con Moretti y la música de Franco Piersanti, diez películas juntos. La parte actoral también está llena de rostros conocidos para el director transalpino como Margherita Buy, siete películas juntos, es la paciente o no Paola, que aguanta carros y carretas de las crisis y salidas de tono de Giovanni, Silvio Orlando con ocho títulos con Moretti, da vida a Ennio, el actor que hace de líder comunista entre la espada y la pared, entre sus principios y su corazón, al que pertenece Vera que interpreta Barbora Bobulova, y no olvidemos al productor al que da vida Mathieu Amalric, entre otros. 

Ojalá mucho cine de ahora tomará la idea y la reflexión que tiene El sol del futuro, de Moretti, porque sin pretenderlo o quizás, si, nos habla de cine, de la vida, de que somos, y qué recordamos, y todo en una atmósfera de felicidad, de alegría, de baile,y oscuridad, que también la hay. De jugar al balón, de quitarse tanta mierda, y perdonen por el término, que nos arrojan y arrojamos diariamente en esta sociedad abocada a la hipnosis tecnológica donde mucho cine lo hacen máquinas, o mucho peor, personas que han dejado de serlo. Moretti aboga por el cine, por ese maravilloso y extraño proceso de hacer y construir películas, de hablar con los intérpretes cuando tú quieres hacer cine político y quizás, estés haciendo una sensible historia de amor. El cine como refugio para mirar el pasado, a esas tradiciones de y sobre el cine, de ver películas de antes qué son las de siempre, las que continúan emocionándonos y haciéndonos reflexionar sobre el tiempo, la vida, el propio cine, y demás, porque El sol del futuro nos previene qué el futuro se hace y se vive ahora, alejándonos de la tecnología imperante, esos productores o digamos, ejecutivos de finanzas, que imponen sus criterios y su cine o algo que se le parezca. Sigamos defendiendo el cine, ese espacio que continúe alegrándonos la vida o lo que quede de ella. Porque volviendo a la pregunta del inicio, el cine está, en nuestro interior, en esos sueños dormidos y vividos que nos acompañarán a lo largo de nuestra vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA