Barbara, de Mathieu Amalric

EL ESPÍRITU DE LA ARTISTA.

“Soy distinta, tengo derecho, y vosotros también”.

Barbara

Existen películas que, en algún instante de su metraje, casi sin pretenderlo, parecen despojarse de su naturaleza cinematográfica para adentrarse en una especie de dimensión, algo así como en un estado diferente, donde la magia se apodera de todo, donde cine y vida se mezclan de manera intrínseca componiéndose en uno solo, como si la materia y el objeto filmados dejarán de ser lo que son para convertirse en otra cosa, algo emocional, espiritual. En Barbara podemos ser testigos de un instante así, cuando Jeanne Balibar que interpreta a una actriz llamada Brigitte que, a su vez está preparándose para interpretar a Barbara, pide que le proyecten imágenes de la cantante, y en ese momento, Balibar se coloca delante de la proyección y la observamos imitando sus gestos, movimientos y miradas. Mathieu Amalric (Nevilly-sur-Seine, Francia, 1965) que comparte una prolífica carrera como actor dirigido por autores del calibre de Desplechin, Maddin, Polanski, Resnais, Klotz, Green… con la de una filmografía como director realmente muy interesante y audaz. Su sexto trabajo es una exploración, como sus anteriores trabajos, sobre la búsqueda de algo o alguien, ya sea física o emocional, donde un oscuro pasado se irá revelando a medida que vaya avanzando una trama que aborda retratos intimistas sobre la condición humana. En Barbara, la intención es construir una biografía de la famosa cantante de la “chanson”, Barbara (1930-1997) denominada con el sobrenombre de “La dama de negro”, y caracterizada por su estilo melancólico, y su voz algo rota, que contra todo pronóstico, conquistó a la audiencia con canciones emblemáticas, que forman parte de la banda sonora de muchos franceses que, al principio no daban un duro por ella.

Pero, Amalric lleva la película hacia otro lugar, a un espacio más sugerente y casi onírico, donde plantea una película donde una actriz, Brigitte, interpretará a la famosa cantante en una película dirigida por Yves Zand, al que dará vida el propio Amalric. La película es un fascinante e intenso juego de espejos donde todo se mezcla, con innumerables capas, en el que la realidad y la ficción desaparecen para sumergirnos en un espacio espectral en el que todo se mantiene vivo y orgánico, donde las situaciones van revelando otras, y así sucesivamente, donde vida, ficción y realidad viajan por los personajes y los espacios de forma natural y extraordinaria. Seguimos las situaciones del rodaje propiamente dicho, sus preparativos y ensayos, y la vida que se va desarrollando fuera y dentro de ese set, junto a imágenes documentales de la propia Barbara, en la que la observamos a ella, antes o después de ser interpretada por Jeanne Balibar. Amalric construye una película sobre fantasmas, donde se evoca la figura y el espíritu de la cantante desparecida, su sensación, donde somos testigos de los detalles del modelaje  de la interpretación de Balibar, que no sólo se convierte en el espectro de Barbara, paseándose casi como una especie de vampiro en las tinieblas (con esos trajes negros que arrastra por el suelo, acompañados de esos cuellos largos) sino que fuera del rodaje, parece poseída y mantiene ese halo de misterio y secretismo que acompañaba a la famosa cantante.

Barbara es la tercera vez que Amalric vuelve a dirigir a Jeanne Balibar (que fue su mujer durante siete años) un dato que añade más complejidad y luz al entramado cinematográfico del filme, donde director y actriz, o Amalric y Balibar, convocan un caleidoscopio mágico y fantasmal donde sus propias vidas añaden más materia orgánica al juego que propone la cinta, donde todo camina entre diversas vidas y tiempos, en un estado hipnótico, de forma inherente, donde no sólo la película va muchísimo más allá de la biografía en sí, porque también rompe cualquier tipo de reglas convencionales, en una delicada y sensible aventura para capturar emociones de la cantante en la imagen de Balibar, sumergiéndose en la propia esencia del cine y del personaje que está convocando y componiendo, en una magnífica y esencial suerte de metacine, en que el propio cine se refleja en la vida y viceversa, creando un mundo lleno de espejos, capas y muñecas rusas inabarcable, que parece no tener fin, en una especie de bucle, donde no sabemos cuándo empieza ni cuando termina.

Jeanne Balibar (que muchos recordarán en La duquesa de Langeais, de Rivette o en Ne change rien, de Pedro Costa) se convierte en la mejor Barbara posible, cuando la interpreta o la ensaya, cuando la piensa o la sueña, en una interpretación íntima y sugerente, en la que asistimos a la elaboración y construcción del personaje, sus ensayos frente a las proyecciones, frente a la cámara, o al piano, mientras escuchamos la sonoridad típica de los sets de rodaje, bien acompañada por Mathieu Amalric, como ese director obsesionado con su materia buscada, en este caso el espíritu de la artista, viendo en la cámara, escuchando sus melancólicas canciones y esa sensibilidad que desprendía en cada palabra o gesto, como un escultor que moldea con mimo y detalle a su actriz-obra para extraer el alma, algo como en un exorcismo creativo donde todo es posible para capturar esa sensación íntima que se convierte en el objeto de la búsqueda. La imposibilidad de construir un biopic convencional (algo parecido experimentó Michael Winterbottom cuando abordó la adaptación de la novela Tristram Shandy: A Cock and Bull Story, de Laurence Stern, en  2005, que viéndose incapacitado para realizar la película, la abordó a través del rodaje de esa adaptación, filmando las dificultades y conflictos personales en los que se veían inmersos sus creadores) ha conducido a Amalric a no solo evocar el fantasma de Barbara, sino a mostrar las entrañas de los procesos creativos, las relaciones personales que se respiran en un rodaje, los vaivenes de los intérpretes y las búsquedas físicas y soñadas de unos y otros, en una película-viaje donde las emociones y los tiempos de antes y ahora se mezclan de manera que todos conviven de forma natural y dotadas de una belleza fascinante que seduce a todo a aquel espectador de alma sensible que quiera dejarse llevar por este universo oírico.

Bella durmiente, de Ado Arrieta

LA BELLEZA DE LO ONÍRICO.

Érase una vez un tiempo sin tiempo ni lugar, un tiempo en el que hay un reino, el de Litonia, perdido entre majestuosa vegetación, prados inmensos, en el que se respiraba la belleza más sublime y profunda. Donde hay un rey, que tiene un hijo, Egon, un alma libre que se pasa las noches tocando su batería, y obsesionado con el reino cercano de Kentz, un reino perdido en el bosque, condenado por un hechizo que lo había sepultado en un sueño infinito. Egon, con la ayuda de su preceptor Gérard quiere romper el maléfico hechizo y liberar a los habitantes de Kentz, en especial a su bella princesa Rosamunde. Se acerca  la fecha en el que se podrá romper el encantamiento, un siglo después, y a pesar de la oposición paterna, Egon, que también recibe la ayuda de Maggie Jerkins, una arqueóloga de la Unesco, emprende su aventura. La película número 14 de Ado Arrieta (Madrid, 1942) es una película inclasificable, poética y reveladora, construida por un creador libre, huidizo y peculiar dentro de la cinematografía actual y de siempre, arrancó su carrera muy joven, con sólo 22 años realizó El crimen de la pirindola, a la que le siguió Imitación de ángel, rodada dos años después, al año siguiente, se exilió a Francia y siguió filmando películas, en 1969 con Le jouet criminel, fascinó a Margarite Duras, sus siguientes películas confirmaron su valía como un creador fascinante, a la altura de otros cineastas underground como Mekas, Anger, Padrós, etc…En que se autoproduce sus películas, no hay guión previo y el montaje se realiza paralelamente, en las que habla sobre el arte, y sus múltiples facetas de su creación, subversión e identidades.

Con Flammes (1978), en el que habla de la fascinación perversa sobre una chica que sueña con un bombero que la rescata de las llamas, su carrera marca un nuevo rumbo, donde su cine se acercará a métodos más propios del cine como industria, en el que sus producciones seguirán unos parámetros convencionales con un guión previo, un rodaje con actores profesionales y el montaje a posteriori. En Bella durmiente, en la que recupera el cuento de Charles Pearrault, y una versión anglosajona ha servido a Arrieta como inspiración, en el que el convierte el cuento en suyo, arrastrándolo a su mirada, sumergiéndonos en un mundo onírico, en un universo de cuentos de hadas (como estructuran buena parte de su filmografía) donde todo es posible, todo lo que podamos soñar, en la que mezcla con finísima ironía la cotidianidad con la fantasía, en el que cada secuencia es un descubrimiento maravilloso, en el que sus personajes se mueven con facilidad a través del tiempo y el espacio, en el que todo parece moverse bajo un efecto de ensoñación fascinante, en el que Arrieta logra a través de una fotografía ejemplar, entre velada y etérea, obra de Thomas Favel, muy propia del cine mudo de Murnau o Dreyer, en el que cada espacio que vemos parece tener vida propia, y lo vemos atravesados como si estuviésemos en trance, hipnotizados por las imágenes de la película.

Una película contada, como sucede en la novela El Quijote, de Cervantes, en la que los personajes nos cuentan lo que va a suceder (como el viaje fascinante en helicóptero sobrevolando el reino de Kentz mientras Amalric nos cuenta la tragedia de la Bella durmiente y su reino), en la que los interiores rezuman el aroma del mejor Rohmer y sus aventuras clásicas como Perceval el Galo, La marquesa de O o El romance de Astrea y Celadon, y sus exteriores perciben el universo de Jean Cocteau y Jacques Demy, auténticos maestros en actualizar cuentos clásicos a través de la cotidianidad, la fantasía, para sumergirnos en lugares y tiempos atemporales dotados de vida propia que sólo obedecen a la mirada de cada uno de los espectadores. También, vislumbramos el romanticismo de Ophüls y Minnelli (en la que Brigadoon, se convierte en fuente de inspiración) y, la delicadeza y la composición, tanto de la forma como del espacio, sin olvidarnos, de los retratos románticos de Eustache o Garrel, en el que sus personajes se enamoran, se desenamoran o no saben si lo están o no.

Arrieta ha construido una película maravillosa, con un reparto que funde actores jóvenes con otros consagrados, en el que podemos ver a Mathieu Amalric, como el guía protector, el director Serge Bozon, el rey de Litonia, Agathe Bonitzer como la hada buena, e Ingrid Caven como la hada mala, con la aportación de los jóvenes Niels Schneider y Tatiana Verstraeten como la pareja enamorada, que sueña entre sí sin conocerse. Una película en la que nos devuelve la ingenuidad del cine, donde hay amor verdadero y eterno, aventura clásica, y música, y unos espectaculares bailes que rompen con la estructura clásica, en el que hay conflictos emocionales y físicos,  narrada con pausa, sin prisas, acercándonos el relato como si nos lo contasen antes de ir a dormir, en ese estado de consciencia y sueño, en una especie de purgatorio en que la percepción es diferente, en otro estado, difícil de explicar, en el que sentimos cada suspiro, cada brizna de aire, en el que lo invisible se torna visible y viceversa, en el que todo parece tener otra forma, otro volumen, otra vida. Una película sobre el placer de la belleza, sobre el amor, y todo lo que eso significa, sobre unos personajes humanos y sencillos, en el que presenciamos conjuros y hechizos de hadas misteriosas que albergan un poder sobrenatural, en el que almas protectoras inmortales ayudan al príncipe a cumplir su deseo, y reyes temerosos de contar la verdad, y también, príncipes inquietos y rebeldes que deben de ir a por su destino, aunque este sea introducirse en un mundo desconocido y mágico, en el que lo sobrenatural y lo cotidiano se mezclan sin saber a ciencia cierta cómo distinguirlos.

Tres recuerdos de mi juventud, de Arnaud Desplechin

poster_tresrecuerdosdemijuventudEL AMOR A LOS VEINTE AÑOS.

” Llevo, desde el vientre materno, un fanático corazón “

W.B. Yeats

(Remordimiento por un discurso inmoderado)

El rasgo que más define el cine de Arnaud Desplechin (1960, Roubaix, Francia) es la pasión, una pasión devoradora y excesiva, que se apodera de sus historias, y sobre todo, de sus personajes, unos individuos intensos, emocionalmente inestables, que viven y sienten de manera diferente a los demás, más propios de personajes literarios, inconformistas que emprenden una aventura, de forma caótica y descerebrada, en la que experimentan deseos personales  que a los demás espantan sólo de pensarlo. Después de su experiencia con Jimmy P. (2013), filmada en EE.UU. y en inglés, sobre la relación entre un ex combatiente indio veterano de la segunda guerra mundial que sufre trastornos mentales, y el doctor que lo trata. Desplechin vuelve a sus orígenes, por así decirlo, a recuperar el personaje de Paul, el profesor de filosofía de Mi vida sexual, que filmó veinte años atrás, con su inseparable Mathieu Amalric. Un especie de precuela que ha filmado entre su pueblo natal y París.

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Vuelve a contar con Amalric, para centrarse en la vida de Paul Dédalus, un diplomático que, tras un período en el extranjero, vuelve a su país, y debido a un problema con su identida, recuerda tres momentos de su juventud. El período más breve, a modo de prólogo, registra su infancia, en la que tiene que superar la muerte de su madre, y soportar la autoridad de un padre ausente. Le sigue el episodio de Rusia, cuando en un viaje estudiantil, ayuda a un compañero judío a entregar una valiosa documentación y dinero a unos refugiados, una parte, que alcanza la media hora, en que Desplechin disfraza su película con la apriencia de una intriga de espías, con la guerra fría de telón de fondo, en la que asistimos a una trama más propia del cine de Hitchcock o las novelas de Frederick Forsyth o John Le Carré. Finalmente, el tercer recuerdo, (que visita al Paul desde los 16 hasta los 21 años), y en el que Desplechin cambia su punto de vista, si en los dos primeros segmentos se centraba exclusivamente en la mirada de Paul, ahora bifurca la trama a través de Esther y sus amigos. La parte más significativa, y compone el grueso de la película, en la que Paul evoca la relación con Esther, el único amor de su vida. Desplechin haciendo gala de una maravillosa sutileza de composición de la mise en scene, en la que  imprime una ligereza y sensibilidad envolventes, nos introduce en aquellos años 80, en los años de juventud ardiente e inquieta, en la que Paul y Esther se enamoran, y viven una relación a distancia, él estudia en París antropología, y ella, va al instituto en Roubaix, una historia de amor pasional y agitada, en la que hay deseo, sexo, crisis, infidelidades, y todo tipo de desequilibrios emocionales.

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Desplechin ha hechado la vista atrás de forma muy personal, una mirada sentimental y amarga de sus años de juventud, en los que salir con amigos, escuchar hip-hop, fumar hierba, seducir a chicas, y soñar con una profesión para cambiar el mundo, formaba parte de la vida cotidiana. Unos años que nos recuerdan quiénes fuimos, que hacíamos, a quién amábamos, y sobre todo, en quién nos hemos convertido. Desplechin filma esta parte homenajeando a sus mentores, recuperando el espíritu que invadía el cine de aquellos años 60, aquel cine está muy presente en toda la trama, y se puede percibir el aroma de las películas románticas filmadas en libertad y por cineastas jóvenes que deseaban contar sus historias a su modo, huyendo de etiquetas y apartándose de lo que imperaba en aquel momento. Los primeros filmes de la Nouvelle Vague, los de Truffaut, Rohmer, Chabrol o Rivette, y sus elementos característicos (la voz en off que nos va explicando lo que hacen y sienten los personajes, las pantallas divididas, una cámara inqueita que sigue incesantemente a los personajes, un enfoque naturalista, la literatura como forma de conocimiento y evasión, la fuerza del erotismo, la luz parisina y los contrastes entre la realidad que viven y la que sueñan), sin olvidarnos de los otros cines que eclosionaron en los 60, con el primer Forman de Los amores de una rubia, o Jîrí Menzel en Trenes rigurosamente vigilados…, y posteriormente, las reflexiones de Pialat, Eustache o Garrel, entre otros, sobre el hecho de enamorarse y demás devaneos sentimentales. Los debutantes Quentin Dolmaire y Lou roy-Lecollinet, que interpretan a la pareja enamorada, aportan la frescura y vitalidad necesaria que impregna el unvierso de la película. Desplechin ha parido una cinta que combina el drama y la comedia, con sus familias disfuncionales, con personajes perdidos y vacíos, que luchan encarnizadamente para entender lo que les rodea, y entenderse a sí mismos, en la que mezcla de forma interesante música clásica y moderna, dotando a la película de un toque surrealista y confuso, muy propio de los años de juventud, años en los que todo parece posible y el futuro no es más que un reproche de los adultos.