Los colonos, de Felipe Gálvez

TIERRAS DE SANGRE. 

“La ficción de la legalidad amparaba al indio; la explotación de la realidad lo desangraba.”

Eduardo Galeano

Aquellos hombres mal llamados conquistadores, que en realidad, eran meros colonizadores. Anuladores de la vida y la dignidad de los indios. Nos han contado muchas historias, pero quizás, nunca nos han contado la historia, y no digo, aquella que sólo habla de maldad, que la hubo y mucha, sino aquella que nos habla de seres humanos que se convirtieron en colonos, trabajando para ellos y para otros, a la caza de fortuna, o vete tú a saber que, en unas tierras extranjeras para ellos, pero un hogar para muchos indios que, antes de la llegada del blanco, llevaba siglos viviendo en paz, junto a la naturaleza y todos los seres que la habita. La película Los colonos, ópera prima de Felipe Gálvez (Santiago de Chile, 1983), después de más de tres lustros dedicados al montaje para cineastas como Marialy Rivas, Kiro Russo y Alex Anwandter, entre otros, y de dirigir su cortometraje Rapaz (2018), en el que ya exponía los límites de la violencia en la sociedad. 

En su debut, el director chileno que coescribe junto a Antonia Girardi, con la que ya trabajó en Rapaz, la violencia es la actividad cotidiana de los empleados de Menéndez, un terrateniente que posee una vasta región en Tierra del Fuego allá por 1901. La misión de sus trabajadores consiste en recorrer esa infinita propiedad abriendo una ruta hasta el Océano Atlántico recorriendo la enorme Patagonia. Estamos ante una historia que nos cuenta una verdad, una de tantas que ocurrieron durante la colonización de esas tierras, y lo hace a partir de personajes reales y otros inventados, y sometiéndonos a una asfixiante y devoradora atmósfera donde hombre a caballo y paisaje se van fundiéndose creando una complejo y vasto espacio fílmico en el que sobresalen una magnífica cinematografía dura y cruda con el aspecto de 2:3 de Simone D’Arcangelo, del que vimos la interesante La leyenda del Rey Cangrejo, también ambientada en Tierra del Fuego, en la que arranca en el paisaje para ir cerrándose en los rostros de estos tipos, donde prima el cuadro estático, como hacía Bergman, donde lo humano y su espacio explican ese mundo interior que no vemos. Las tres almas en travesía que cargan la película son el Teniente MacLenan, del ejército británico, un sádico y sin escrúpulos hombres ansiosos de riqueza y gloria, le acompaña Bill, un rastreador muy fiel al patrón, y a sus ideas supremacistas, y finalmente, Segundo, mitad blanco mitad indio, uno de esos personajes explotados y sin tierra, testigo de este viaje sin sentido, algo así como lo era el joven Enrique en La caza (1965), de Saura. 

El cineasta chileno se esfuerza en crear una película que profundiza y reflexiona sobre el arte cinematógrafo, en cómo la ficción ha retratado la historia y sus hechos, y no lo hace con los típicos discursos de la razón a través del blanco y su cine, sino que lo hace desde la honestidad y la humildad, centrándose en la colonización del propio país, es decir, de los señores de la tierra, aquellos propietarios que exterminaron a indios, en este caso a los Selk’nam, con el beneplácito o el desinterés de los gobiernos de turno. Un relato compacto e intenso que contribuye su gran trabajo de montaje de Matthieu Taponier, que ha trabajado en las interesantes El hijo de Saúl y Atardecer, ambas de László Nemes, Beginning, de Dea Kulumbegashvili, y en la reciente Anhell69, de Theo Montoya, en una cinta muy física, donde suceden muchos acontecimientos, pero siempre desde lo calmo, sin prisas, sin esa cámara agitada que no explica nada, aquí todo se cuestiona, a un nivel moral y además, vemos las consecuencias de los hechos, a partir de estos tres personajes, estos errantes, estos empleadores de la ley, aquella que hace y deshace sin más, aquella que aniquila y limpia su propiedad. 

El inmenso empleo del sonido con esos golpes y hachazos que escuchamos y nos acompañan por estas llanuras desérticas y hostiles, que ha contado con dos grandes de la cinematografía china como Tu Duu-Chih y Tu Tse Kang, que tienen en su haber grandes nombres como los Wong Kar-Wai, Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Tsai Ming-Liang, entre muchos otros. La música de Harry Allouche también ayuda a crear esa atmósfera real y onírica, más cercana del cine del este dirigido por Jerzy Skolimowski, Béla Tarr, donde todo rezuma un hedor cargado y la pesadez del camino y de las almas que los acompañan. Sin olvidarnos de su extenso y extraordinario reparto de los que conocemos a Alfredo Castro, que presencia la del actor chileno, con su mirada y su gesto es Menéndez, ese amo y señor de todo lo que ve y más allá, Marcelo Alonso, que era el sacerdote que vigilaba a los curas malos de El club, de Larraín, hace de Vicuña, el esbirro del gobierno, el señor del cine, el señor con traje que tiene su propia redefinición de la historia, y luego, los más desconocidos pero no menos notables, como los Mark Stanley como MacLenan, Benjamin Westfall como Bill, Camilo Arancibia como Segundo, el mestizo explotado y obligado a participar en la muerte y destrucción, Mishell Guaña como Kiepja, una india capturada por los ingleses, y Sam Spruell como el Coronel Martin, menudo personaje, y finalmente, la presencia del gran Mariano Llinás, un topógrafo que está delimitando la frontera argentina-chilena. 

Los colonos es una interesante y profunda reflexión sobre los males de la colonización y una nueva muestra de la resignificación del género del western, donde la desmitificación de la épica y la grandeza queda reducida a la suciedad moral y violenta de unos tipos sin alma, como ya dejó patente la madre de todas las madres que fué The Searchers (1956), de John Ford, donde el genio enterró para siempre muchos mitos, leyendas y demás desvaríos del cine en favor de ficcionar una historia que no tuvo lugar. Y otros como los Ray, Peckinpah, Penn y Altman, se dedicaron a humanizar a los cowboys en un tiempo en que el western agonizaba. En los últimos tiempos películas como Meek’s Cuttof (2010), y First Cow (2019), ambas de la extraordinaria Kelly Reichardt, Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel, son algunos ejemplos de mirar la historia y su tiempo desde posiciones más de cuerpo y piel, de rebuscar la suciedad y la decadencia de una colonización que sólo arrastra violencia y muerte. No se pierdan una película como Los colonos y quédense con el nombre de su director, Felipe Gálvez, porque la película navega por varias ambientes desde el western y la de aventuras, pero íntima y humana, el terror y lo político, porque habla de colonización, de los tipos malolientes y violentos que la hicieron, que han quedado en el olvido, y los que no, los que sí estaban con nombres y apellidos también participaron en pos al progreso y la civilización, se acuerdan que decía al respecto una película como Los implacables (1955), de Walsh, pues eso, otra muestra imperdible del género que en ese momento empezaba a mirar de verdad su pasado y su resignificación en la historia, en contar una verdad, no lo que el cine inventó. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Blanquita, de Fernando Guzzoni

LA JOVEN POBRE Y LA LEY.  

“La verdad es más importante que los hechos”.

Frank Lloyd Wright

Si nos fijamos con detalle en las dos películas anteriores de Fernando Guzzoni (Santiago de Chile, 1983), Carne de Perro (2012), que cuenta la posibilidad o no de redención de un torturador de la dictadura chilena, y Jesús (2016), centrada en la falta de posibilidades de un chaval que se siente a la deriva, tendríamos muchos de los elementos que se analicen con profundidad en Blanquita, porque tenemos a una joven de 20 años, cuyo nombre da título a la película, con un historial que hiela la sangre, porque sufrió abusos de niña, y después de pasar por un centro de menores, intenta salir adelante con un bebé a cuestas, y tenemos una situación de alguien que se esconde, que se invisibiliza, porque su pasado le impide salir adelante. Dos temas que son la base de la película de Guzzoni, al que hay que añadir la inspiración del Caso Spiniak, que asoló Chile en el 2004-2005, en el que se descubrió una red de abuso y explotación infantil en el que estaban implicados poderes como empresarios y gobernantes. 

A partir del caso real, el director chileno construye una interesante ficción que mezcla con acierto e inteligencia el drama social y político, contado como si de un thriller se tratase, centrándose en la denuncia de Blanquita que acusa a los poderosos de estos delitos. La joven, acompañada por el Padre Daniel, antiguo tutor del centro, que la cree a pies juntillas. Un cuento de nuestros días, una fábula que nos va sumergiendo en una kafkiana película de terror entre la ley, mal llamada justicia, y la joven, o lo que es lo mismo, la guerra desigual entre el poder, disfrazado de legalidad, y los de abajo, aquellos que no tienen nada, que les niega todo, y se les somete a una sociedad desigual, totalmente injusta, en el que unos viven y los otros son explotados. Con una excelente cinematografía que firma Benjamín Echazarreta, que es el autor de esas dos maravillas que son Gloria (2013), y Una mujer fantástica (2016), ambas de Sebastián Lelio, en la que la oscuridad nos va envolviendo, y nos lleva por lugares lúgubres, tristes y sin alma, donde se cuenta mucho más sin subrayar nada de lo que ya se dice en la película, donde la palabra es sumamente importante, al estilo de esas succionadoras fábulas de Asghar Farhadi, donde te vuela la cabeza con esos conflictos de nunca acabar en el que van minando la voluntad de sus protagonistas. 

La potente y afilada música de la dj parisina Chloé Thévenin, que ya la escuchamos en Arthur Rambo, de Laurent Cantet, y el brutal montaje, lleno de tensión e incertidumbre, con esos 94 minutos que se te agarran y no te sueltan, que firman dos grandes como el polaco Jaroslaw Kaminski, que está detrás de películas tan importantes como Ida (2013) y Cold War (2018),  ambas de Pawel Pawlikowski, amén de otras como Quo Vadis? (2020), de Jasmila Zbanic, y Nunca volverá a nevar (2020), de Malgorzata Szumowska, entre otras, y la chilena Soledad Salfate, habitual del mencionado Lelio, y Paz Fábrega y Pepa San Martín, entre otras. Si la parte técnica brilla con intensidad, la parte artística la acompaña de la mano, con unos personajes sumamente complejos, ambiguos y contradictorios, entre los que están la inmensa Laura López en el papel de Blanquita, un personaje que nos cuestiona en todo momento, en ese testimonio que va de la verdad y la mentira y mezclándolo todo, y sólo es una excusa, porque la realidad es más triste, porque la película profundiza en los efectos de la ley, en el manejo arbitrario de los poderes ante los hechos, y la indefensión de los más necesitados ante esa ley que, presumiblemente, ayuda a todos. 

Acompañan a la desdichada protagonista, el Padre Daniel, que interpreta Alejandro Goic, el actor fetiche de Guzzoni, al que también hemos visto en películas del citado Lelio, Larraín, Wood, Littín, y otros grandes intérpretes como Amparo Noguera, en el papel de una diputada que quiere pero su posición y amiguismo la hacen mantenerse en su elitismo, que era la ex pareja del ex torturador en Carne de perro, un fiscal de armas tomar en la piel de Armando Alonso, que sustituye a la otra fiscal, que hace Daniela Ramírez, que deja el caso por hurgar demasiado. Guzzoni ha hecho una película incomodisima, que destapa las irregularidades ancestrales de una justicia, y la de cualquier país llamado occidental, que sólo ayuda al poderoso, y sobre todo, humilla y somete a la víctima, como el caso de Blanquita, con la ayuda de la prensa carroñera, cómplice del poder, que la descreen, la amenazan y la encajonan por señalar a los abusadores, a los delincuentes, y ejercen la ley y toda la presión del mundo para que cambie su versión, para que se retracte y sobre todo, para que se olvide o la ley la juzgará. Blanquita es mucho más que una película, es la razón que, como decía el gran Buñuel, que vivimos en la peor sociedad de todas, esa que sólo se hace para que cuatro vivan y dominen al resto, a un resto que si habla y los señala, le caerá toda la contundencia de la ley sobre ellos, y así funcionan las cosas, puedes creer en la humanidad, pero no es así, y no lo es porque la ley sólo sirve para mantener a los malvados en el poder, y no sólo eso, también sirve para mantener en la pobreza y la miseria a los de abajo, no vayan a desobedecer y rebelarse, porque eso sería el final, y nadie de los de arriba quiere eso, sino que se lo digan a Blanquita y el Padre Daniel, que lo saben y muy bien. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Matías Bize

Entrevista a Matías Bize, director de la película «El castigo», en el marco del LATCinema Fest, en la sede de la Casa Amèrica de Catalunya en Barcelona, el martes 21 de marzo de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Matías Bize, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Anna Vázquez de Casa Amèrica de Catalunya por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El castigo, de Matías Bize

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRO HIJO?

“La frustración está provocada por una sociedad que nos pide ser lo que no somos y nos culpa de ser lo que somos”.

Alejandro Jodorowsky

Existen dos elementos fundamentales en el cine de Matías Bize (Santiago, Chile, 1979), en los que se asienta de forma implacable y estupenda sus conflictos. Todo se construye a partir de un espacio, en el que se concentran una serie de personajes en el que no deben estar, y el tiempo, también reducido, en el que podemos contar los minutos y horas como si fueran losas que van sometiendo a los diferentes individuos. Sábado, una película en tiempo real (2002), fue su debut en el largometraje. Una película-tesis y punta de lanza y que sentó las bases de las características comunes de los siguientes nueve títulos del director chileno. Con El castigo vuelve, veinte años después, a aquellos mismos parámetros de forma más explícita, porque nos sitúa en un paisaje concreto, el de un bosque junto a una carretera, y en un prodigioso plano secuencia a tiempo real como la citada película, en unos tensos y arrolladores ochenta y seis minutos de metraje, nos cuenta la tensión in crescendo de un matrimonio que no encuentra a su hijo que, minutos antes, había dejado como castigo en la vereda de ese bosque. 

A partir de un guion preciso y magnífico de Coral Cruz, que tiene en su haber títulos de directores como Agustí Villaronga, Fernando Franco y Carlos Marqués-Marcet, entre otros, en el que con solo dos personajes y un fascinante e inquietante escenario, nos van sometiendo, sin prisas y sin piruetas narrativas, en una rítmica e incómoda tensión que va creciendo y generando una inquietud que sobrepasa a los nerviosos personajes. Una película vestida de intriga, de ese terror psicológico de lo cotidiano, de lo más cercano, sin nada de sustos de plantilla, o de cualquier otro artefacto para engañar al espectador. Aquí no hay nada de eso, y si hay un milimetrado cuento de terror, de ese terror setentero que se te metía en las entrañas y nos acuciaba en una maraña incierta, donde el miedo se apoderaba de nosotros, y todo contado desde la sencillez y la maldad que habita entre nosotros o en nosotros. Bize se acompaña de algunos técnicos que han ido trabajando a su lado en las nueve películas como Gabriel Díaz en la cinematografía, un trabajo prodigioso con esa cámara que se convierte en un personaje más, en ese testigo y observador de las miserias de este matrimonio o de lo que queda de él, si es que alguna vez hubo algo. Otro cómplice es Rodrigo Saquel, el montador, y el gran Martín Grignaschi, con más de 150 películas a sus espaldas con gente tan importante como Pino Solanas, Daniel Burmann y Pablo Larraín, entre otros. 

Una película de estas características necesitaba unos intérpretes que con un mirada o un leve gesto materializasen todo aquello que está bullendo en su interior, y que se transmitiese toda la tensión, el miedo y la frustración que van viviendo en este lance tan horrible por el que están pasando. Una pareja o no inolvidable representan esta dupla en conflicto como son Antonia Zegers, que era la protagonista de la mencionada Sábado, una película en tiempo real, y que es su quinto trabajo con Bize, en el que vuelve a demostrar su extraordinaria brillantez como actriz, para decirlo todo a través de esa mirada tan penetrante y brutal, en su particular descenso a los infiernos que está sufriendo. La Zegers es una actriz de piel, de cuerpo, de sentir cada gesto, cada mirada y con esa innata capacidad para transmitir que tiene como ha demostrado con cineastas chilenos tan poderosos como el citado Larraín, Marcela Said, Sebastián Leilo y Dominga Sotomayor, entre otras. A su lado, otro actor Bize como Néstor Cantillana, en su tercer trabajo con el director chileno, en el rol de padre, un padre en las antípodas de la madre Ana, porque su personaje, el tal Mateo, es un padre que es más amigo que padre, y eso generará todos los conflictos habidos y por haber. También tenemos a un tercer personaje, la policía que interpreta maravillosamente bien la actriz Catalina Saavedra, que ha trabajado con grandes de la cinematografía chilena como Valeria Sarmiento, Andrés Wood, Miguel Littín y Sebastián Sepúlveda, ahí es nada. Un personaje que con sus preguntas y sus investigaciones abrirá aún más el abismo en el que se encuentran el matrimonio protagonista. 

El castigo es una película magnífica, que te atrapa de forma contundente y brillante, y llena de misterios, es de esos títulos muy incómodos que analizan la pareja desde esas decisiones que tomamos y casi siempre son equivocadas, porque no escuchamos y sobre todo, no nos comunicamos con la persona que se supone que amamos, y luego, con el tiempo se vuelven a abrir unas heridas que no se cerrarán porque no se tomaron como algo importante, y un día ocurre, puede ser cualquier cosa que suceda, como la desaparición de tu hijo, y es ese día, que la herida que seguía ahí, hace acto de presencia y comienza a expulsar sangre y dolor con mucha virulencia, y es en ese momento, que nada ni nada lo podrá parar y aquello que dejamos sin hablar ni enfrentar, vuelve con una gran fuerza y nos derriba y nos saca toda la mierda que hemos callado y ocultado por miedo, por el otro, por no sé qué, y ese día, todo cambiará porque ese día habrá que hablar, habrá que enfrentar el problema que callamos, y nos damos cuenta que hay puertas que no deberíamos haber cruzado y personas a las que deberíamos haber dicho que no, que yo no quería hacer esto o aquello, porque si no enfrentamos lo que sentimos de verdad, acabamos en una carretera aislada, llenos de miedo y sin saber donde está nuestro hijo y lo que es peor, sin saber quiénes somos y cómo hemos llegado hasta ese punto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Arica, de Lars Edman y William Johansson

MALDITOS DESECHOS.

“La economía es un sistema digestivo que devora minerales, ríos, especies y personas y defeca residuos peligrosos que envenenan la tierra, el aire o el agua”.

Yayo Herrero

La función más importante y humana del cine no es entretener al personal, eso tiene su mérito, pero no trasciende. Lo principal del cine, y lo que ha conseguido que siga un medio capaz de mantenerse en el tiempo, no es otro que visibilizar lo oculto y dar voz a los silenciados. En definitiva, mirar todo aquello humano, todo lo que el armatoste económico no convierte en un mero producto que rentabilizar económicamente. Y no solo mostrarlo, sino sacándolo del olvido y profundizar en los hechos, en su pasado, y sobre todo, convertirlo en un película que muestre otras realidades, otras perspectivas, y sobre todo, que nos haga reflexionar. Los cineastas Lars Edman, nacido en Chile y adoptado en Suecia, en la ciudad de Boliden, y William Johansson, sueco de nacimiento, ya trabajaron juntos en Toxic Playground (2010), donde daban a conocer  con los afectados de las consecuencias de los vertidos tóxicos en Arica, una ciudad desértica y empobrecida del norte de Chile, por parte de la citada empresa minera sueca.

Una década más tarde, vuelven a Arica y siguen la investigación de los afectados y sus representantes legales y el transcurso de la demanda contra la empresa sueca. El propio Edman se convierte en el medio en el que nos informa de los hechos del pasado con excelente y cuidadoso material de archivo, que se remonta allá por el año 1984 en plena dictadura chilena, cuando Boliden dejó los residuos tóxicos con el beneplácito de las autoridades. El impacto que sufrieron los miles de niños que jugaban en esas montañas de tierra negra junto a sus casas. Muchos de ellos afectados de malformaciones, canceres y demás problemas graves de salud. La película viaja por el pasado, y se asienta en el presente y sigue minuciosamente el juicio celebrado en Suecia, en el que litigan los afectados ariqueños contra la empresa Boliden. Escuchamos muchos testimonios: los chilenos padres que lloran y cuidan de sus hijos, algunos fallecidos y otros, gravemente enfermos, los abogados y activistas que los ayudan, y la otra parte, la figura de uno de los expertos de Boliden, que participó en la película de Toxic Playground, y su cambiante actitud con el juicio en primera línea, y los abogados de la compañía sueca que intentan con todo su arsenal que la compañía quede libre de cargos.

La película tiene un gran ritmo, es honesta y transparente, con el aroma de los mejores títulos de investigación, sólido y veraz, se esfuerza en hablar con todas las partes y dejar las diferentes posiciones claras, en aportar mucha información, pero no a lo bestia y sin sentido, sino que desde puntos de vista diferentes y argumentadas, tomándose su tiempo y dejando que los espectadores la observemos con detenimiento y de forma reposada. La película se centra en este hecho, pero siempre va a más, porque Boliden no es una empresa más, sino que es una compañía que funciona dentro del engranaje capitalista de usar el mundo y aquellos empobrecidos que lo habitan, para uso y disfrute de los enriquecidos. Porque la película no habla solo de una terrible injusticia que se ha cometido durante quince años con los habitantes olvidados y empobrecidos de Arica, sino que también se centra en un mundo que no ha aprendido nada de su pasado colonizador, miserable y violento, sino que sigue ejerciéndolo bajo otras prácticas igual de devastadoras, pero en este caso, silenciadas por el periodismo de masas, que no solo no informa de lo importante, sino que cuando lo hace, lo ejecuta sabiendo quién paga y manda, y todo acaba convirtiéndose en un mero espectáculo de desinformación y servidor pusilánime del estado.

Arica es una película honesta y sensible, que mira de frente a los habitantes de Arica, que les da un espacio para poder hablar, llorar y sentirse acompañados, y les hace importantes explicando su pasado y su presente. La película provoca dolor, indignación y miedo y desencanto ante el poder de los que mandan y ordenan, aunque como explica el activista que trabaja para el pueblo de Arica, ellos seguirán luchando por la dignidad y memoria de los que ya no están y de los que siguen en la lucha, aunque haya mínimas posibilidades de conseguir nada, porque aunque la lucha no signifique ganar o tener ni siquiera alguna posibilidad de salir victorioso, la lucha es necesaria para seguir levantándose cada día, y seguir manteniéndose en pie a pesar de tanta injusticia, tanta mentira y tanto dolor, porque solo se pierde si se abandona la lucha, y los ariqueños nunca abandonarán porque aparte de las carencias económicas y demás que tienen en sus vidas, su dignidad ni se compra ni se vende, se consigue luchando cada día y haciéndole frente a los problemas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El agente topo, de Maite Alberdi

EL SUPERAGENTE SERGIO.

“En cierto sentido, el trabajo del documentalista se parece al del agente espía: esperar a tener pruebas, esperar a que salgan las escenas. El detective y la documentalista observamos cómo otros viven”.

Maite Alberdi

En los años sesenta, en plena Guerra Fría, y con el auge de las películas de espías, con James Bond a la cabeza, apareció la serie estadounidense Superagente 86, ambientada en una agencia secreta del gobierno, durante cinco años, parodió y ridiculizó todo ese universo de espías, secretos y demás situaciones. El agente topo, el cuarto trabajo de Maite Alberdi (Santiago de Chile, 1983), no sitúa en el interior del Hogar San Francisco para ancianos, donde supuestamente existen malos tratos a una de las residentes. El caso se coloca en manos de Sergio, un octogenario que no tiene experiencia en este tipo de casos, pero con buena voluntad, un carisma arrollador y su discreción, se introducirá en el hogar, como uno más, y comenzarán sus pesquisas.

El universo de Alberdi se mueve entre el documento observacional, la ironía y la crítica hacia una serie de situaciones cotidianas y sociales. En su opera prima, El salvavidas (2011), retrataba a un socorrista que hacía lo imposible para no meterse en el agua, le siguió La once (2014), en la que filmaba a un grupo de señoras de más de sesenta años que mantenían la tradición de tomar el té una vez al mes. En Los niños  (2016), capturaba a un grupo de compañeros con síndrome de down que después de su estancia en el colegio, debían aventurarse a la sociedad y valerse por sí mismos. Ese mismo año, rodó el cortometraje Ya no soy de aquí, ambientado en un hogar de ancianos chileno sobre una mujer vasca que desconoce que se encuentra en Chile, que podría verse como un anticipo de lo que nos encontramos en El agente topo, que con los elementos propios del documental observacional, el film noir de espías, eso sí, muy alejado de la seriedad del género, y mucho más cerca de la comicidad y la parodia al estilo del Inspector Clouseau, la citada Superagente 86 o las tiras cómicas de Mortadelo y Filemón, donde nuestro protagonista Sergio, reclutado en un casting para tal actividad, se infiltró sin que los demás residentes supieran el motivo real.

La cineasta chilena, como demostró en sus anteriores películas, mezcla con acierto y sabiduría el documento propiamente dicho, con esa mirada crítica e íntima al funcionamiento de una residencia de ancianos, a las personas mayores que allí se encuentran, con sus problemas cotidianos, vamos descubriéndolas, como esa señora que recita poemas desde su cama, la otra que está empeñada en salir para ir con su madre, la coqueta enamorada de Sergio, la señora que está perdiendo memoria, y demás internas que van acercándose y entablando amistad con Sergio, que actúa como si fuera la cámara de la película, moviéndose por el espacio y abriéndonos ese mundo que está demasiado olvidado para la mayoría. La parte documental se fusiona a las mil maravillas con el género negro, pero extrayéndole todo la seriedad y pulcritud posible, quitándole todo el glamur impostado de muchas de esas películas, llevándolo a un marco extremadamente cotidiano, muy cercano, capturando la verdad y la comicidad en todo momento, ya que somos testigos de las indagaciones de Sergio, alguien que no conoce el lugar y además, nunca ha sido espía. Y aún, encontramos otra fusión, esta solo conocida por los espectadores, porque conocemos que hace Sergio en la residencia, y cómo interactúa con los demás mayores que se va encontrando.

Una película-documento-noir de estas características tan singulares y sorprendentes, debía tener un protagonista a la altura de lo que se cuenta, y Sergio, el abuelo octogenario, recién viudo, con ese carácter afable, humanista, y simpático, es el protagonista ideal, y aún más, cuando envía los mensajes de voz a Rómulo, su “jefe”, con esa voz agradable, y sus textos llenos de cercanía y astucia. Sergio es el hombre tranquilo de esta fábula de nuestros días, que emerge como una crítica feroz y sobrecogedora del aislamiento que sufren muchos mayores, abandonados en sus residencias por sus descendientes, que inventan otras excusas para huir de la realidad. Unos ancianos faltos de amigos, de verdaderos amigos, llenos de soledad, aislados en un espacio que los deja fuera de la sociedad y sobre todo, de los suyos, porque Alberdi no se desvía nunca de su verdadera intención, hablarnos de la humanidad de los mayores y del abandono al que son sometidos. El agente topo no es solo una película maravillosa y muy divertida, con ese humor negro tan habitual de Berlanga, que servía para hablar de los males de una sociedad deshumanizada y sin rumbo, sino que también es un drama, una tragedia en algunos momentos de cómo las sociedades occidentales tratan a sus mayores, relegándolos al olvido y la soledad, porque la película define con profundidad un mal de nuestro tiempo que desgraciadamente no tiene visos de solución. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Visión Nocturna, de Carolina Moscoso Briceño

¿CUÁNDO TERMINA UNA VIOLACIÓN?

“Visión Nocturna contiene tres tipos de luces: una que encandila, una oscura que no deja ver y otra en penumbra”.

El cine, al igual que otra expresión artística, puede convertirse en una arma poderosa y profunda para mirar el dolor desde múltiples ángulos y puntos de vista, erigiéndose una herramienta capaz de penetrar en esa herida y reflexionar sobre ella, desde la propia vida del cineasta, la social y la íntima, la que se ve y la que se oculta, una forma de catarsis para entender o de alguna forma adentrarse en esa rotura emocional que sigue abierta, sigue palpitando en el interior. Siendo estudiante de cine, Carolina Moscoso Briceño (Santiago de Chile, 1986), fue a pasar unos días en una playa cercana a Santiago. Una noche, un desconocido de nombre Gary, la violó. Ocho años después, el recuerdo de esa noche fatídica, sigue estando muy presente en la vida de la joven cineasta, y muestra todo ese dolor y las heridas que todavía siguen abiertas, a través del cine, formando un diario íntimo y muy personal sobre los hechos de aquella noche y como perduran en su cotidianidad, que las imágenes sustituyan a unas palabras que no se pueden articular.

Moscoso Briceño que filma desde los 15 años, capturando su vida, y la de todos aquellos que la rodean, y acostumbrada a filmar de noche, mantiene la opción Night Shot/Visión Nocturna, para filmar por el día, creando esa imagen borrosa, difuminada y quemada, donde los personajes se confunden con el paisaje, y el contraste adquiere una revelación muy importante. Los hechos de la violación, ocultos bajo un silencio difícil de romper, los muestra mediante textos, así como los hechos que derivaron en un proceso judicial que finalmente no se abrió porque el violador era menor y el caso había prescrito. Visión Nocturna es un retrato caleidoscópico, de múltiples imágenes fragmentadas, sin un rumbo o senda aparente, en el que vemos la vida de la directora, sus experiencias, sus amistades, y todo un sinfín de imágenes que muestran el caos y la incertidumbre de una vida que ha de vivir después de sufrir un hecho tan trágico y demoledor como una violación.

La película tiene ese aroma del cine íntimo y doméstico de Chantal Akerman, Agnès Varda y Naomi Kawase, donde el cine explora y se introduce en las vidas personales de unas cineastas que se muestran y muestran sus propias vidas y sus reflexiones a través de unas imágenes que van más allá de todo aquello que filman, capturando el interior y las emociones de unas mujeres que rompen tabúes con sus películas, desnudando aquellos temas impenetrables para una sociedad que prefiere ocultar aquello que duele. Un cine que se manifiesta con todas sus armas, entrando y reflexionando en los temas que hay que entrar y mostrar, aunque sea de forma caótica y compleja, quizás esas imágenes y como las estructura la cineasta chilena, a través de un montaje que firma Juan Eduardo Murillo, son absolutamente un reflejo de todas esas emociones difíciles de entender, asimilar y mostrar. La incesante borrachera de imágenes, texturas, músicas, cuerpos, voces y demás elementos que transitan sin descanso por Visión Nocturna sirven para constatar el maná de emociones, dolores y heridas de la directora, que continuamente revive la violación cuando el proceso judicial se abre o al menos, se intenta.

Una película magnífica, rompedora y terapéutica, no solo por su extremada sencillez y complejidad, a la vez, y la desnudez directa y sucia de la que está formada, sino porque consigue engancharnos a sus imágenes que no tienen inicio ni final, sino que lo conforman un caleidoscopio en bucle donde todas las imágenes van creando ese diario íntimo lleno de caos, rabia, dolor, incertidumbre y sobre todo, extremadamente personal, sincero y a tumba abierta, lanzándonos al abismo sin red ni nada que amortigüé semejante salto al vacío, porque la película de Moscoso Briceño no es una película cómoda, sino todo lo contrario, nos invita a penetrar en el interior, en esa parte oscura y terrible desde la que nos habla la película, abriéndose en carne viva, intentando capturar todo eso que sigue torturándola en lo más profundo de su alma, y compartiéndolo con todos los espectadores que quieren asomarse a todo aquello que ocurre después de sufrir una violación, todo lo que sigue rompiéndonos y sobre todo, lo difícil que resulta explicar y compartir una experiencia de esa índole. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nicole Costa

Entrevista a Nicole Costa, directora de la película «El viaje de Monalisa», en la terraza del Mamajuana Bar en Barcelona, el viernes 9 de octubre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nicole Costa, por su tiempo, generosidad y cariño.

Algunas Bestias, de Jorge Riquelme Serrano

LOS DEMONIOS QUE NOS HABITAN.

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”

León Tolstói (Principio de Ana Karenina)

El arranque de una película confiere una importante máxima al contenido de la misma, ya que esa primera imagen alertará a los espectadores de los temas que sobrevuelan por el interior de la obra. La primera imagen de Algunas bestias, de Jorge Riquelme Serrano (Santiago de Chile, 1981), está capturada desde el cielo, quizás es Dios el que mira a los miembros de la familia que conoceremos más tarde, ahora vistos como puntos minúsculos negros imposibles de distinguir. Una imagen cenital que nos sitúa en el espacio de la acción, esa isla, la isla de Chaullín, situada a cinco millas de la costa de Calbuco, al sur de Chile. Un espacio rodeado de agua, un espacio en el que se alza una casa que en el pasado impuso alguna relevancia, ahora, necesita con urgencia una sustancial reforma, y sobre todo, gentes que la habitan en armonía y deseen habitarla.

A través de un plano estático y cerrado, y una toma larga, observamos a esa familia, sentados alrededor de una mesa, mientras acaban de comer, al matrimonio Alejandro y Ana, que quieren convertir el lugar en reclamo turístico, sus dos hijos adolescentes, Máximo, a punto de ingresar en la universidad, y Consuelo, acompañados de Antonio y Dolores, los padres de ella, contrarios a prestar ayuda al negocio, y con la relación de su hija. Por una serie de circunstancias, los personajes no tienen otra salida que permanecer cuatro días encerrados en la isla, sin poder salir ni llamar a nadie, instante que la película se sumergirá en el interior de los personajes y la presión de aislamiento y soledad, destapará los verdaderos instintos de cada uno de los personajes y las terribles tensiones que existen entre suegros y yerno, y nietos. El cineasta chileno nos habla de la intimidad de una familia en descomposición, y las diferencias que los separan, donde prevalecen los conflictos de cada uno, tocando temas espinosos como el clasismo, los abusos sexuales, la falta de amor, azotados por esa malvada competitividad y poder que desangra las relaciones personales y familiares.

Un relato escrito por Nicolás Diodovich, y el propio director, que ahonda en las miserias ocultas de cada uno de los miembros, en especial, de esa pareja de padres de ella, convertidos en unos clasistas de tomo y lomo y unos depravados de mucho cuidado. Bañada con esa luz tenue y velada obra del cinematógrafo Eduardo Bunster Charme, y el cuidadísimo montaje de Valeria Hernández y de Riquelme Serrano, que ahonda en esas tomas largas, muy a lo Haneke, que evidencia el terror y la tensión que existe entre cada uno de los integrantes de esta peculiar y triste familia, arrastrados por la abundancia de lo material y vacíos de amor y de valores emocionales. La calma tensa que cae como una losa en la película, en un encuentro que tiene de todo menos de agradable y empatía, que, a medida que avancen los días y aumente una espera incierta, se desatarán los demonios particulares y estallará la bestia que anida en cada uno, desatando las pasiones más bajas y turbias. En Camaleón (2016), la opera prima del director chileno, ya había indagado en las relaciones oscuras y el intruso como elemento discordante y violento, situadas en espacios cerrados, donde los personajes ocultan demasiado y sentían menos, como ocurre con las almas que habitan Algunas bestias.

Otra de las grandes bazas es su reparto, formado por intérpretes de primer orden, encabezado por dos animales de la escena como Alfredo Castro y Paulina García, dando vida a Antonio y Dolores, respectivamente, una matrimonio de la vieja escuela, llenos de plata pero tan faltos de amor, que miran con desprecio y acritud a su yerno y a su hija y nietos, como si fuesen cobayas para experimentar con sus vidas, que creen insulsas y perdidas. Frente a ellos, Gastón Salgado, que repite con Riquelme Serrano, interpreta al pobre diablo de Alejandro, el yerno, un tipo sin suerte pero tampoco muy hábil, casado con Ana, a la que da vida Millary Lobos, la hija de Antonio y Dolores, esa hija que ven desorientada y encerrada en un matrimonio infeliz, y los dos hijas de la pareja y nietos, como son Máximo (Andrew Bargsted), de carácter y respondón, y Consuelo (Consuelo Carreño), que encuentra en los brazos de su hermano un refugio para soportar a su familia. El director chileno ha construido una película incómoda, sucia y muy oscura sobre el deterioro de las familias modernas o lo que queda de ella, esos restos del naufragio en el que solo habitan monstruos llenos de rabia y maldad, almas vacías y perdidas, llenas de egoísmo e individualistas, capaces de las bajezas más repugnantes contra su sangre, contra los suyos, en un mundo cada vez más deshumanizado, triste y desolador. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mariana di Girolamo

Entrevista a Mariana di Girolamo, actriz de la película «Ema», de Pablo Larraín, en el hall del Soho House en Barcelona, el miércoles 22 de enero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marian di Rirolamo, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Lara Pérez Caminha de BTeam Pictures, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.