La semilla de la higuera sagrada, de Mohammad Rasoulof

EL ESTADO Y LA FAMILIA. 

“El ciclo de la vida del ficus religiosa es inusual. Sus semillas caen sobre otros árboles dentro de las heces de los pájaros. Las raíces aéreas brotan y crecen hasta el suelo. Después, las ramas abrazan al árbol huésped y lo estrangulan. Por último, la higuera sagrada se sostiene por sí sola”. 

En La vida de los demás (2020), el cineasta Mohammad Rasoulof (Shiraz, Irán, 1972), trazaba un intenso y profundo alegato sobre la moral, a partir de unas personas que se enfrentaban a sus convicciones, envueltos en aceptar una ley injusta y miserable que les obliga a cumplir con la pena de muerte. En La semilla de la higuera sagrada, y siguiendo la estela de su anteriores trabajos, sigue dándole vueltas a las leyes y su cumplimiento, pero en este caso, compone un cuento de terror en toda regla, porque todo ocurre en el interior de las cuatro paredes de la familia de Iman, recién nombrado juez instructor en Teherán, la capital iraní, en el otoño de 2022 en mitad de las protestas feministas que hizo tambalear el régimen de los ayatolás, en respuesta de la muerte de Masha Jina Amini, una joven de la minoría kurda, mientras estaba detenida. La esposa y madre, Najmeh, y las dos hijas jóvenes Rezvan y Sana.  

Como sucedía en La vida de los demás, el conflicto es extremadamente sencillo y directo, y el relato viaja por diferentes y complejos estados emocionales en un magnífico retrato de personajes. La película pasa de la euforia por el nombramiento de Iman, por los cambios de domicilio y por ende, de estatus social, y el misterio que encierra su trabajo para el resto de su familia. Luego, viene la muerte de la mencionada mujer de la minoría kurda, y el estallido de protestas callejeras de mujeres desafiando al régimen quitándose los velos y celebrando la libertad. Hechos que van alejando a la familia, porque las dos hijas ven mediante internet todo lo que acontece. Otro hecho, que no desvelaré por respeto a los espectadores que no hayan visto la película, crea un cisma insostenible en el hogar que desencadenará un atisbo insalvable entre hijos y padres. Un cine muy bien contado, declaradamente psicológico y un magistral estudio de personajes, y sobre todo, las afectaciones de cumplir con la ley, como ocurría con la película mencionada, y lo que desemboca en el ámbito familiar. El director iraní no se anda por las ramas, construye un cine muy transparente en sus contenidos, generando un cuento sobre la moral que nos agarra desde sus primeras imágenes y no nos suelta hasta la resolución, como si se tratase de una película de terror al uso, como he comentado, con sus mismas texturas y formas, indagando en lo íntimo a partir de lo que va ocurriendo entre los diferentes componentes de esta familia. 

Rasoulof construye una cuidada e intensa cinematografía a través del extraordinario trabajo de Pooyan Aghababayi, que viene del mundo del cortometraje, donde cada encuadre y plano está muy pensado y crea un off brutal, porque los ecos de la calle inundan cada habitación y sobre todo, cada pensamiento de los personajes. Un intenso y agobiante thriller psicológico que tiene mucho de los Polanski, Zulawski, Skolimowski, Kieslowski, y compañía, donde la política, lo social y lo más oscuro del alma humana se convertían en materia diseccionante. El estupendo trabajo de montaje de un grande como Andrew Bird, habitual del cine de Fatih Azkin, amén de otras brillantes cineastas como Julie Deslpy y Miranda July, entre otros, donde los 168 minutos de metraje, que podrían asustar a muchos espectadores, se convierte en una duración adecuada y nada pesada, porque el proceso de los acontecimientos y cómo se va ennegreciendo ese hogar necesitaba observar con tiempo y sin prisas. La magnífica música de Karzan Mahmood, que se ha fogueado mucho tiempo en series de televisión, es un elemento esencial en la historia, porque nos ayuda a crear esa tensión in crescendo en la que está instalada la película, sin ser intervencionista ni molesta, sino todo lo contrario. 

En el apartado artístico nos rendimos por lo bien que interpretan los cuatro principales personajes, como sucede en el cine iraní, donde tienen la capacidad que olvidemos a los intérpretes y nos centramos solamente en la composición y actuación. Tenemos a Missagh Zareh como Iman, que ya había trabajado con Rasoulof en Un hombre íntegro (2017), donde un tipo se enfrentaba a su empresa muy dada a la corrupción, siendo ese hombre que es sometido por el estado por el bien de la seguridad nacional, creando una especie de funcionario sin moral ni ética, dispuesto a todo por mantener su empleo y prosperar siendo el ejecutor del terror estatal. Soheila Golestani hace de Najmeh, la esposa comprometida y ciega que está con y por su marido, aunque las cosas se pueden torcer y nada se ve de la misma manera. Las hijas son Setareh Maleki como Sana y Mahsa Rostami como Rezvan, dos jóvenes contrariadas por las protestas que están sucediendo de las mujeres y por contra, una televisión estatal que miente descabelladamente, y un padre que no suelta prenda de su trabajo y su cometido. Unas ideas que chocan con las de su padre y reclaman más justicia e igualdad y humanidad, situación que irá descomponiendo la aparente tranquilidad que parecía que existía. 

Si les hizo reflexionar y todavía recuerdan una película como La vida de los demás, sobre cómo las fauces del estado va contaminando a los ciudadanos y sobre todo, convirtiéndolos en meros títeres que ejecutan sus leyes terroríficas e injustas. Si fue así, deberían darle una oportunidad a La semilla de la higuera sagrada, un revelador y contundente título, la nueva obra de Mohammad Rasoulof, que vuelve a contarnos la peripecia de un hombre que parece íntegro pero que será absorbido por esa gran maquinaria de injusticias y negocio que se han convertido muchos gobiernos del planeta, donde sólo buscan sus beneficios e imponer unas leyes que benefician a los de siempre que sirven para pisotear a los de siempre, también, sea como sea. Estamos ante una buena historia, dividida en tres partes bien diferenciadas, en un gran guion del propio director, donde nos hace reflexionar, emocionarnos y sobre todo, ver cómo la política no va de cuatro leyes, sino también de las diferencias que se generan en una familia cuando el padre es uno de ellos y opta por mirar a otro lado, mientras sus hijas, llenas de rabia por lo sucedido, no se detienen y buscan su rebelión y su lucha, aunque sea en las cuatro paredes de su casa y contra su padre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Parthenope, de Paolo Sorrentino

LA SIRENA DE NÁPOLES. 

“La ficción es arte y el arte es el triunfo sobre el caos… para celebrar el mundo en donde las mentiras se extienden a nuestro alrededor como un sueño desconcertante y estupendo.”

John Cheever

La primera imagen de Parthenope, de Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970), vemos emerger de las aguas a una recién nacida, la Parthenope del título que tiene su origen en la sirena de la mitología griega que dio nombre a una ciudad donde más tarde se asentó Napoli. Una imagen reveladora y crucial para el desarrollo de la existencia de la joven en aquel lejano de 1950. Una mujer, la primera vez que en el cine del realizador italiano el protagonismo se lo lleva una mujer, vivirá una juventud infinita y llena de pasión y deseo, incluso algo de amor en los veranos de los sesenta, cuando la vida y la historia parecían que iban a cambiar o al menos, encaminarse a una sociedad menos idiota. Somos testigos de la vida de una joven que vive con intensidad, enamorada de la filosofía, del Nápoles límbico, es decir, aquella ciudad inexistente, perdida entre dos mundos, entre dos atmósferas, entre dos lugares. Una joven que ama y que no ama, que quiere y no quiere, rendida a un sinfín de dudas, reflexiones y sobre todo, en una constante huida hacia todo y nada. 

De los 12 títulos de Sorrentino, solamente ha dedicado tres a su Napoli natal. Su primera película L’uomo in piú (2001), ambientada en los ochenta, en los tiempos de Maradona en el calcio, como su anterior película Fue la mano de Dios (2021), que tiene mucho que ver con esta última, porque el protagonista también es un joven, un joven buscándose, intentando agarrarse a algo de la vida, a alguna cosa que le dé ese plus de ilusión aunque no sea del todo completa. El Nápoles que retrata el director italiano es una ciudad de contrastes, tan llena de vida como de muerte, tan fascinante como aburrida, tan nostálgica como decrépita, tan bella como fea, tan triste como alegre. Una ciudad vista por Parthenope, una protagonista y su familia, siempre la prole tan presente en el cine del napolitano, donde el mar que la rodea es un personaje más como lo son las ruinas de su historia, las calles empedradas, y las luces de las noches que parecen no terminarse nunca. Pero, la ciudad que filma  Sorrentino es un caleidoscópico de muchas cosas, donde el tiempo se ha desvanecido, donde los personajes están atrapados en sus realidades y ensoñaciones que parecen tan reales como mentiras. Un universo lleno de vida y de muerte a la vez. Un cine que inevitablemente recuerda al de Fellini y en cierta manera, la que nos ocupa se mira en Y la nave va (1983), aquella que unos familiares y amigos emprenden un viaje a bordo de un barco con los restos mortales de una famosa cantante de ópera. Porque la película de Sorrentino también es un viaje físico, emocional y onírico de alguien por una ciudad y sus fantasmas presentes y ausentes. 

El guionista Umberto Contarello, que ha hecho seis películas con Sorrentino, que vuelve después de la serie The Young Pope, ayuda a crear la fauna sorrentiana plegada de caballeros quijotescos como el Titta de Girolamo de Las consecuencias del amor (2004), el Andreotti de Il divo (2008), el Jep Gardambella de La gran belleza (2013), los carcamales de La juventud (2015), el Berlusconi de las tres películas dedicadas. Aquí hay algunos como el enorme armador de impoluto traje blanco, el escritor John Cheever y su deambular por Capri, el viejo profesor tan amargado como vacío y el cardenal vicioso y extravagante. Todos ellos son hombres que tuvieron su tiempo, un tiempo ya olvidado, un tiempo impregnado en las sombras de una ciudad o una fiesta o en una mañana de domingo sin nada que hacer. Una vejez que se mueve entre vagos recuerdos, entre momias y lugares que ya no están. Una vejez que contrasta en estas dos últimas películas con una juventud, tan perdida como la vejez, que ansía escribir su propia historia en un mundo que se cae a pedazos donde ambos llegan a las misma conclusiones. Sorrentino nos habla siempre del pasado, como si ese pasado tuviera más futuro que el presente de ahora. El Nápoles de los ochenta con Maradona jugando en el equipo de la ciudad, es retratado por el director como su momento, aquel en que siendo adolescente se erigía como alguien capaz de todo que huye a Roma como el protagonista de su película.

Las películas de Sorrentino son oro puro en la planificación y el encuadre, con unas imágenes que nacen para perdurar, para mostrar lo que vemos y lo que no, unas poderosas e hipnóticas imágenes tan bellas como tristes. Para esta película vuelve a contar con Daria D’Antonio, que ya hizo Fue la mano de Dios y 6 cortos con el director, y usa el aspecto de 2.39:1 en 35 mm anamórfico en panavision que ayuda a no sólo ver el esplendor y la tristeza de Napoli y sus personajes sino que ayuda a que los espectadores entremos en cada plano y paseemos por estos lugares y no lugares, por esas fortalezas y palacios tan cercanos como alejados. El montaje de Cristiano Travaglioli, nueve títulos juntos, ayuda a manejar con soltura y transparencia y detalle los 136 minutos de un metraje que se desliza suave ante nuestras miradas, capturando el universo tan íntimo y ausente que retrata con sabiduría la no trama de la película. La música de Lele Parchitelli, seis películas juntos, amén de los temas populares, ayudan a crear esa atmósfera de fábula y documento y ficción a la vez, en un hermoso cruce de tonos, texturas y miradas y gestos que van de aquí para allá, creando ese espacio cinematográfico tan Sorrentino donde todo es posible, en que todo se mezcla y fusiona generando esos infinitos mundos dentro de este y más allá, en unos continuos viajes entre pasado y presente, sin necesidad de ningún alarde pirotécnico ni tramposo para darle mayor espectacularidad, aquí no hay nada de eso, la belleza se consigue con lo mínimo, un inteligente y profundo diálogo, una magnífica coreografía donde los intérpretes se mueven en el espacio y un fascinante juego de miradas y posiciones de luz que nos envuelve en un misterio alucinante. 

Como hizo en Fue la mano de Dios con el protagonismo de Filippo Scotti, la joven debutante Celeste Dalla Porta es la Parthenope del título. La joven irradia belleza y tristeza como los personajes de Sorrentino. La joven actriz transmite seguridad, naturalidad y sencillez en un personaje “Bigger than Life”, en una especie de salvadora de la ciudad o lo que queda de ella, testimonio de sus mejores años o los años donde se soñaba con otra cosa. Una mujer que deambula por una ciudad, que deambula por su vida, que deambula por sus amores, más interesada en lo intangible que lo terrenal, más deseosa de vivir la vida que de racionalizarla, metida en un intermedio donde todo cambia constantemente. Le acompañan Silvio Orlando que hace de viejo profesor tan brillante como triste, uno de esos personajes que tanto le gustan al cineasta italiano, porque lleva toda la vida en su rostro como uno de los cowboys de Peckinpah, ya cansado y frustrado por la vida y por su trabajo. Un maravilloso Gary Oldman es John Cheever en las mejores secuencias de la película en un hermosísimo diálogo de la futilidad de la existencia y del amor. Peppe Lanzetta que estuvo en la mencionada L’uomo in piú, es ahora un excéntrico y decrépito cardenal, pero no espectral aunque lo parezca, sino todavía con ganas de dar mucha guerra y erigirse como protagonista, parece salido de la cámara de Berlanga-Azcona y la maravillosa presencia de la gran Stefania Sandrelli. 

Una película como Parthenope nos invita a dejar los convencionalismos y prejuicios fuera de la sala, y digo esto, porque no pretendan encontrar en ella una parte racional sólo, porque la cinta tiene mucho más, entre otras cosas, es una gran carta de amor o lo que sea sobre Napoli, como la llamaría Sorrentino, a la ciudad donde creció, a la ciudad que lo vio partir, a la ciudad tan bella como triste, a la alegría y la desazón constante, tan llena de contrastes como el cine del italiano, que nos invita a ser testigos de este viaje por la Italia de los sesenta, donde todo parecía brillar con intensidad, donde el amor era una pasión devoradora, donde las ideas tenían significado, por aquellos sesenta tan convulsos y trágicos, y por los ochenta, menos divertidos y más tristes, y por último, o quizás decir esto en el cine de Sorrentino es un oxímoron, porque su cine parece siempre el final de algo y a la vez, el comienzo de ese mismo algo, en una suerte de contradicción constante como la vida, como el amor o las ideas que nos revolotean sin parar. Parthenope sigue la senda del cine de Sorrentino, donde hay espacio para reflexionar y profundizar sobre los temas de la existencia: el significado de vivir, el amor como deseo o trampa o mentira, el tiempo como espejo transformador o deformante, los lugares como sitios donde todo es posible y no pasa nada, llenos de personajes de verdad, de los que hablan desde el alma, tan seguros como inseguros, tan fuertes como vulnerables, tan bellos como tristes, tan vivos como muertos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cine de aquí que me emocionó en el 2023

El año cinematográfico del 2023 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 30 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- UN CIELO IMPASIBLE, de David Varela

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2.- LAS PAREDES HABLAN, de Carlos Saura

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3.- AS BESTAS, de Rodrigo Sorogoyen

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4.- ETERNA. Una película documental sobre Gata Cattana, de Juanma Sayalonga y David Sainz

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5.- H, de Carlos Pardo Ros

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6.- NÈIXER PER NÈIXER, de Pablo García Pérez de Lara

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7.- NOTAS SOBRE UN VERANO, de Diego Llorente

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8.- MATRIA, de Álvaro Gago

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9.- 20.000 ESPECIES DE ABEJAS, de Estibaliz Urresola Solaguren

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10.- LAS BUENAS COMPAÑÍAS, de Sílvia Munt

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11.- HAFREIAT, de Alex Sardà

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12.- ARA LA LLUM VERTICAL, de Efhtymia Zymvragaki

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13.- POÈMES, de Héctor Fáver

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14.- SECADEROS, de Rocío Mesa

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15.- TODA UNA VIDA, de Marta Romero

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16.- UPON ENTRY, de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vásquez

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# https://242peliculasdespues.com/2023/06/18/entrevista-a-alberto-ammann/

# https://242peliculasdespues.com/2023/06/19/entrevista-a-bruna-cusi-2/

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17.- EXTRAÑA FORMA DE VIDA, de Pedro Almódovar

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18.- TE ESTOY AMANDO LOCAMENTE, de Alejandro Marín

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19.- LAS CHICAS ESTÁN BIEN, de Itsaso Arana

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20.- CERRAR LOS OJOS, de Víctor Erice

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21.- CREATURA, de Elena Martín

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22.- MISIÓN A MARTE, de Amat Vallmajor del Pozo

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23.- O CORNO, de Jaione Camborda

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24.- DISPARARON AL PIANISTA, de Fernando Trueba y Javier Mariscal

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25.- SABEN AQUELL, de David Trueba

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26.- EL MAESTRO QUE PROMETIÓ EL MAR, de Patricia Font

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27.- QUE NADIE DUERMA, de Antonio Méndez Esparza

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28.- RUTA SALVATGE, de Marc Recha

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29.- ZINZINDURRUNKARRATZ, de Oskar Alegría

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30.- EL AMOR DE ANDREA, de Manuel Martín Cuenca

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31.- ROBOT DREAMS, de Pablo Berger

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32.- SOBRE TODO DE NOCHE, de Víctor Iriarte

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33.- SAMSARA, de Lois Patiño

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34.- LA ÚLTIMA NOCHE DE SANDRA M., de Borja de la Vega

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35.- SPLENDID HOTEL: RIMBAUD EN ÁFRICA, de Pedro Aguilera

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Entrevista a Sandra Romero

Entrevista a Sandra Romero, directora de la película «Por donde pasa el silencio», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en la cafetería del CCCB en Barcelona, el viernes 22 de noviembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sandra Romero, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Herrero y Violeta Cussac de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Por donde pasa el silencio, de Sandra Romero

ENTRE DOS AGUAS. 

“La soledad se descubre a menudo en la necesidad de un abrazo”. 

De la novela “La voz dormida”, de Dulce Chacón 

Esta es la historia de Antonio, un ecijano que encontró en Madrid su porvenir o quizás, su manera de huir del pueblo que lo vio nacer. Como cada Semana Santa, Antonio vuelve a Écija para reencontrarse con los suyos: sus padres, su hermana María y Javier, su hermano mellizo, que padece una discapacidad y necesita su ayuda y por qué no, un abrazo. El revelador título de Por donde pasa el silencio es la ópera prima de Sandra Romero (Écija, Sevilla, 1993), autora también del guion, que hace más largo el cortometraje homónimo de 2020. La película nos cuenta la difícil relación de dos hermanos, pero también, es la historia de los Araque, una familia a medias, casi como todas, donde apenas se explican las cosas importantes, moviéndose entre pequeñas islas que cada uno de ellos ha ido construyendo para aislarse y sobre todo, protegerse de los demás y de todas esas cosas que cuestan tanto hablar. Estamos ante un relato complejo, de donde emergen todas esas aristas que crecen sin cesar en el seno de las familias, a partir de dos hermanos que se quieren y odian a su manera, donde hay reproches, malas palabras y poco cariño, por no decir ninguno. 

Aunque los tres protagonistas sean hermanos reales, y Antonio Araque sea el actor en los cuatro cortometrajes de la directora, la película se mueve en los mismos contornos que se movía ese monumento al cine que es Entre dos aguas (2018), de Isaki Lacuesta, porque partiendo de unos personajes reales, la cinta construye una ficción que juega a contar una verdad que nada tiene que ver con la realidad existente. Una película que se pregunta a sí misma por los límites del documento y la ficción, con la misma premisa que construían las películas los neorrealistas italianos en que la realidad se elaboraba y se origina una ficción que relata una verdad o alguna de ellas. Romero sitúa su mirada en mitad de esta familia, en mitad de los dos hermanos, en su relación, en su deconstrucción, entre dos seres alejados y cercanos, entre esos abrazos que no se dan, entre tantos reproches y huidas constantes. Dos personajes contradictorios llenos de cercanía y de distancia, de un quiero y no puedo constante, de tan parecidos que no se aguantan, de tanto amor que no sé qué siento. Dos almas en perpetua pelea con ellos mismos y contra los demás, en una feroz batalla que quieren finalizar pero no saben cómo hacerlo. Una película que habla de eso que no se habla, pero que está ahí, y que nos mata a diario. 

La directora sevillana ha tenido mucha cura al apartado técnico, que se aleja de lo convencional en consonancia con su propuesta donde prevalece la naturalidad, la cercanía y todas esas emociones que bullen sin ser reconocidas ni mucho menos compartidas, por ese motivo compone un relato ejemplar sobre las complicadas relaciones familiares y lo que nos cuesta hablar de lo que sentimos, y lo hace a partir de una cinematografía muy elaborada y precisa, donde el azar tiene su protagonismo, en un gran trabajo de Angelo Facci, con esa cámara libre y ligera que se mueve entre ellos, junto a ellos y convirtiéndose en un personaje más. El magnífico montaje de Cristóbal Fernández, que huye de lo convencional para adentrarse en esos espacios llenos de matices y pliegues ocultos, con unos 99 minutos de metraje in crescendo en el que la tensión y el silencio se vuelven insoportables. La música de Paloma Peñarrubia, que tiene en su haber películas como Destello bravío (2021), de Ainhoa Rodríguez y Secaderos (2022), de Rocío Mesa, dos muestras que al igual que la película de Romero, son dos miradas a lo rural, a las gentes que lo habitan y a sus trabajos.

Si el dispositivo creado para la película funciona con precisión y libremente, se debe a su magnífico trío protagonista: Antonio, Javier y María Araque, que componen unos personajes de verdad, llenos de contradicciones, torpes en lo emocional, como somos todos, que se mueven entre las oscuridades de sus cotidianidades y del problema de Javier, el hermano discapacitado que necesita ayuda pero le cuesta manejarse con su problema. A Antonio, del que ya hemos citado que es, de momento, el actor fetiche de la directora, que vimos en esa pequeña maravilla que es Notas sobre un verano (2023), de Diego Llorente, y los hermanos debutantes Javier y María. Y las estupendas presencias de Mona Martínez como la madre, creando con muy poco todo lo que arrastra una mujer que sufre por su hijo, y que en su silencio lleva su pena y su dolor, y Tamara Casellas como la pareja de Javier, una actriz muy dotada para reflejar toda esa carga y esa dureza que la vida y las relaciones han hecho en ella. Nicolás Montoya es el padre, un hombre que acepta los embates de un hijo dolido consigo mismo y con todos. Y finalmente, la presencia de Emmanuel Medina que participó en el corto homónimo.

Me encantaría que fuesen a ver una película como Por donde pasa el silencio, de Sandra Romero, porque a parte de todas las cualidades que he intentado expresar en este texto, es una película de corazón, es decir, que habla de personajes de carne y hueso, con vidas y trabajos normales y de mierda, que se levantan cada día a intentar ser mejores personas aunque raras veces lo consiguen, pero eso sí, no cesarán de intentarlo el día siguiente y los próximos. Personajes que cuesta ver en el cine de este país, personas como nosotros, con sus vidas en precario, tanto en lo económico como en lo emocional, con esos deseos de huir de los lugares que los vieron nacer y de ellos mismos, sobre todo, de ellos mismos. Una película que, al igual que la mencionada Entre dos aguas se seguirá hablando pasados los años, y si no recuerden estas palabras, porque lo que cuenta Por donde pasa el silencio, además de ser verdad, está muy bien contado, desde lo más profundo del alma, desde ese lugar donde no hay mentira ni impostura, sino una mirada sencilla y muy honesta. No olviden el nombre de Sandra Romero, a la que deseamos suerte para poder seguir contando las historias que desee y que vuelva a emocionarnos y hacernos reflexionar como su ejemplar debut. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Susi Sánchez

Entrevista a Susi Sánchez, actriz de la película «Reinas», de Klaudia Reynicke, en la cafetería de los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el lunes 2 de septiembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Susi Sánchez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara Pérez Camiña y Sergio Martínez de BTeam Pictures, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Reinas, de Klaudia Reynicke

ÉRASE UNA VEZ EN… PERÚ. 

“Podéis arrancar al hombre de su país, pero no podéis arrancar el país del corazón del hombre”. 

John Dos Passos

La familia es parte muy importante del universo cinematográfico de Klaudia Reynicke (Lima, Perú, 1978), en sus tres películas y miniserie que ha dirigido hasta la fecha. La última es Reinas, coescrita junto a su compatriota el cineasta Diego Vega (que conocemos por ser uno de los creadores de la serie Matar al padre (2018), de Mar Coll), en la que a modo de fábula recoge parte de sus vivencias personales cuando en la Lima del Perú de principios de los 90, ante la gravedad de la situación política dejó el país siendo adolescente junto a su familia 30 años atrás y ha regresado cinematográficamente para contar su visión de aquel tiempo. Por eso, su relato está situado en la mirada de las dos niñas, Lucía y la adolescente Aurora, que si bien están dispuestas a emigrar a Estados Unidos con su madre, después de la aparición de Carlos, su padre que ha estado ausente mucho tiempo. La aparición del padre genera un revuelo en las dos niñas e instan a su madre a quedarse en el país y olvidarse del exilio.

La historia mezcla con inteligencia e intimidad los quehaceres cotidianos de la familia compuesta por las dos niñas, su madre y la abuela, y la situación política tan convulsa y agitada del país, donde lo personal y lo social se exploran de forma sencilla y nada complaciente, entre ese interior de la casa donde vienen familiares y se desarrolla buena parte de la película, y el exterior, de día como un día más, y la noche, muy amenazante y con toque de queda. La habilidad del guion en situarnos con muy poco en los conflictos y tensiones personales debido a la situación del país, y en hacerlo en presente, indagando de forma sutil y nada superficial en ese pasado que no hemos visto pero acabamos conociendo muy bien, tanto la década violenta de los ochenta y, sobre todo, la personalidad de ese padre, tan imaginativo, tan charlatán y tan alejado, que ahora quiere recuperar el amor de sus hijas ante las dudas de Elena, su ex y madre de las niñas, y la abuela, que lo conoce demasiado y por eso lo aleja todo lo que puede. Resulta interesante como la película capta la infancia y la adolescencia a través de las niñas, y ese mundo de los adultos tan preocupado por el país y el miedo a qué pasará. 

La excelente cinematografía de Diego Romero, que ya había hecho con Reynicke las mencionadas Love Me Tender y La vie devant, tiene en su filmografía trabajos con cineastas como Roberto Minervini e Ignacio Vilar, y La bronca (2019), dirigida por el citado coguionista Diego Vega y su hermano Daniel, consigue esa luz tan característica de la época, donde se manifiesta esa intimidad que mencionaba, donde la calidez de lo doméstico contrasta con la luz de afuera, más intensa y ruidosa, donde la agitación del país se nota en cada mirada y cada gesto de los personajes. El magnífico trabajo de montaje que firma el dúo Francesco de Matteis con más de 40 títulos a sus espaldas, y Paola Freddy, que ya había estado a las órdenes de la cineasta peruana, con una amplia experiencia al lado de nombres tan importantes como los de Krzysztof Zanussi, Andrea Pallaoro y Piero Messina, donde todo se mezcla con naturalidad y con buen ritmo, pausado y nada ajetreado, en la que se cuenta la difícil gestión ante los graves acontecimientos en sus 104 minutos de metraje que pasan de forma interesante y nada repetitivos. Sin olvidar algunos temas pop muy del momento como el de Hombres G que bailan en la fiesta. 

Mención especial tiene el extraordinario trabajo del equipo interpretativo con unas grandes actuaciones llenas de transparencia y cercanía, empezando por las dos niñas debutantes que son Abril Gjurinovic como Lucía, la pequeña de la casa y también rebelde, y Luana Vega es Aurora, en plena efervescencia adolescente, con los amores intensos y las amigas para toda la vida. Los adultos son los intérpretes peruanos Gonzalo Molina como Carlos, esa especie de soñador eterno, de aventurero de pacotilla pero parece ser que con gran corazón y con ganas de querer un poco a sus hijas, mientras que Jimena Lindo es Elena, la madre que ha tirado palante a pesar de las dificultades y que está moviendo mar y aire para conseguir la documentación necesaria, venciendo mil y un obstáculo burocrático, para salir del país y empezar de nuevo muy lejos de allí, antes que la situación se ponga peor. La gran Susi Sánchez hace de abuela, una matriarca observadora y acompañante que sabe muy bien de qué pie calza el susodicho padre de las niñas, una mujer que ha vivido demasiado para saber y conocer a los demás. Y finalmente, una retahíla de actores y actrices peruanos que interpretan de forma sencilla y natural.

La película Reinas se ha producido gracias al esfuerzo y el trabajo de tres países como Perú, Suiza, ciudad de exilio de la directora, y España, a través de Inicia Films de Valérie Delpierre, siempre tan atenta al talento como ha demostrado con Carla Simón, Pilar Palomero, David Ilundaín, Estibaliz Urresola, Àlex Lora y Enric Ribes, entre otros. La cinta de Reynicke no está muy lejos de cineastas como Lucrecia Martel y su inolvidable La ciénaga (2001), peliculón paradigma que ha abierto muchas puertas y ha ayudado a otro cine como el de Albertina Carri, Milagros Mumenthaler, Julia Solomonoff, Mariana Rondón, Tatiana Huezo, Dominga Sotomayor, entre otras, que han explorado la familia, la política y demás asuntos tan arraigados a su continente. No dejen escapar una película como Reinas, de Klaudia Reynicke, porque conocerán aquellos años convulsos del Perú de principios de los 90 y además, verán cómo los gestiona una familia desde sus diferentes miradas, de la infancia, la adolescencia, la adultez y la vejez, en su lucha por seguir viviendo con dignidad, aunque sea dejando su tierra para empezar de nuevo en otro país, en otro idioma y demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Isla perdida, de Fernando Trueba

UN AMOR OSCURO.  

“Todos tenemos nuestro pasado y hemos llegado hasta aquí huyendo de él”.

El universo cinematográfico de Fernando Trueba (Madrid, 1955), está compuesto de dos caminos bien diferenciados. Por un lado, tenemos la comedia costumbrista y muy de aquí, en la que ha querido acercarse a sus queridos maestros como Berlanga, Ferreri y Azcona, y Wilder, Hawks, Cukor, etc… que le ha dado su mayor reconocimiento con títulos como Ópera prima (1980), Sé infiel y no mires con quién (1985), El año de las luces (1986), Belle Époque (1992), y La niña de tus ojos (1998). Por el otro, tenemos sus fantásticos musicales y su exploración al jazz latino, flamenco, bossa nova y demás estilos como Calle 54 (2000) y El milagro de Candeal (2004), entre otros. Hay una tercera vía, está menos frecuente, donde ha querido aunar comedia y el idioma inglés, rodando en los EE.UU. como hizo con la comedia Two Much (1995), y sus otras incursiones, en el género negro y romántico, el «amour fou» que decía Buñuel, también en inglés, como El sueño del mono loco (1989), basándose en la novela de Christopher Frank, Dispararon al pianista (2023), de animación y con Javier Mariscal como hicieron en Chico y Rita (2010), donde el género del suspense se convierte en el tono y la atmósfera del que se cuenta la historia.

Con Isla perdida (“Haunted Heart”, en el original, que podríamos traducir como Corazón embrujado), vuelve al suspense y al inglés, para contarnos el amor de Alex y Max. Ella, una catalana que llega a una pequeña isla perdida de Grecia para trabajar como metre en el restaurante de Max, un estadounidense exiliado y casi oculto del que nadie sabe nada. Un guion escrito por Rylend Grant y el propio director, situado en las tres fases que son las que van del verano, pasando por el otoño y para terminar en invierno, siguiendo el amor entre estas dos almas tan diferentes, porque ella es alegre, natural y transparente, mientras él, es todo lo contrario, un tipo de pasado muy oscuro y oculto, alguien en continua huida, receloso con su vida y la de las demás, incluida Alex. Estamos ante una película que tiene dos partes bien conseguidas en las que mantiene el pulso narrativo y la atmósfera que se va enturbiando a medida que los personajes se acercan más entre ellos, en que emocionalmente se van distanciando por tantos grisáceos e inquietud, con una parte final menos interesante, donde todo se enreda demasiado, aunque su despedida está a la altura de los grandes títulos. El aparentemente paraíso se va encerrando en sí mismo y una vez acabado el verano cuando todos se van marchando y la pareja se queda sola, parece que todo se va volviendo cada más difícil y oscuro.  

El gran equipo técnico con el que se ha acompañado Trueba ayuda a construir una película de gran factura con una cinematografía del colombiano Sergio Iván Castaño, con el que ya hizo El olvido que seremos (2020), otro de sus grandes trabajos en los que profundizó en el melodrama, con una luz que empieza muy mediterránea para ir volviéndose poco a poco más gótica, propia de Inglaterra, más cerrada y más tenebrosa, así como la excelente música de un grande como el polaco Zbigniew Preisner, que tiene en su filmografía a nombres tan importantes como Krzysztof Kieslowski, Agnieszka Holland y Louis Malle, entre otros, con el que ha trabajado en La reina de España (2016) y la citada El olvido que seremos, que vuelve a crear una música muy atmosférica y llena de luz y más oscura conforme avanza el relato y sus consecuencias, con algún que otro tema de jazz como no podía faltar en un erudito del tema como el director.  El sonido de una grande como Eva Valiño, con más de 90 títulos, debuta con Trueba después de haber sido asistente en El embrujo de Shanghai (2002), donde la banda sonora es crucial para enmarañar todo ese enjambre de emociones y contradicciones que sobrevuelan el amor turbulento de la pareja protagonista. Finalmente, tenemos el montaje de Marta Velasco, una habitual de los Trueba, que ha trabajado con Fernando en tres cintas., con una misión nada fácil en una película de corte clásico, sí, pero que se va a los 128 minutos de metraje. 

Rodar en otro idioma conlleva muchas dificultades como acoplar un reparto que conecte y sea creíble, y en la película está más que logrado con una extraordinaria Aida Folch en el rol de Alex, que nos lleva con una facilidad y naturalidad por toda la película haciendo creíble su personaje con una mirada cómplice y un leve gesto. Un pedazo de actriz que debutó precisamente con Trueba en la citada El embrujo de Shanghai hace 22 años, la volvió a recuperar en la extraordinaria El artista y la modelo (2012), y ahora le da la cámara y el plano para deleite de los espectadores. Ella es la película y la aguanta con inteligencia. A su lado, tenemos a Matt Dillon como el enigmático Max, un personaje muy Ripley, muy del Renoir noir y Highsmith, que nos atrae, nos embruja y nos inquieta a partes iguales, con el rostro de un actor curtido en mil batallas que no está muy lejos del tono y del laberinto oscuro en el que se metía Dan Gillis, el personaje que hacía Jeff Goldblum de la mencionada El sueño del mono loco. Por último, tenemos a un personaje vital para la historia, un tipo buscavidas, amante de las mujeres y viva la vida como Chico, un brasileiro que habla mil idiomas y sabe hacer otras tantas cosas, en la piel del colombiano Juan Pablo Urrego, otro gran acierto que ya trabajó con el director en la citada El olvido que seremos

Agradecemos a Fernando Trueba que haya hecho una película como Isla Perdida que, aunque su parte final no nos haya convencido, sí que nos alegramos por su aventura de explorar otros géneros alejados a los que nos tiene acostumbrados, porque nos convence que el cine ante todo sea un camino de exploración, de atreverse, de escarbar en las historias que uno se proponga contar, como esta, en la que una joven de la que apenas conocemos su vida, pero no tiene nada que ocultar, y un tipo, mayor que ella, un leitmotiv que se repite en muchas de las películas de Trueba, del que que no conocemos nada y sabemos que lo oculta todo, o quizás, oculta algo demasiado oscuro e inquietante, no sabemos, la película con la mirada inquieta y curiosa de Aida Folch nos ayudará a resolverlo o a marearnos mucho más, habrá que descubrirlo mientras la vemos. ¿Ustedes que creen?. La película nos invita a descubrirlo si hay algo que se oculta en Max o no, resulta atrayente la propuesta, eso sí, no se dejen llevar por las apariencias, y sabrán que Alex no lo hace, porque está dispuesta a todo por su amor, uno de esos amores complicados y muy oscuros, sí, pero quizás no lo sean la mayoría, los que valen la pena. ¿Ya me dirán ustedes?. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fuera de temporada, de Stéphane Brizé

EL AMOR QUE CREÍAMOS OLVIDADO. 

“Nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existente entre ellos y nosotros.”

De la novela “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera 

Hay un amor, sólo uno, que no olvidamos, fingimos que sí, que forma parte del pasado, que ya no está en nuestro presente, pero sabemos que no es así. Un amor que sigue ahí, en silencio, sin molestar, sin estar. Un amor que ha quedado olvidado, o al menos, si en el pasado, que la cotidianidad del momento, el llamado día a día, le ha pasado por encima y lo ha hecho desaparecer. Pero sabemos que no es así, que alguna vez, sin conocer los motivos, aparece, se hace presente en nuestros pensamientos, en nuestra intimidad, y lo recordamos un instante, y luego vuelve a ese lugar que desconocemos de nosotros mismos. No sabemos porque vuelve sin llamarlo, sin pensarlo. Tantas cosas de nosotros que nunca sabremos porqué se producen, aunque lo único que sabemos es que sigue ahí entre nosotros, que nos sigue acompañando y no sabemos porqué. 

De las 10 películas que ha rodado Stéphane Brizé (Rennes, Francia, 1966), tenemos su trilogía sobre el universo laboral protagonizadas por su actor fetiche Vincent Lindon: La ley del mercado (2015), En guerra (2018) y Un nuevo mundo (2021), y sus obras románticas: No estoy hecho para ser amado (2005), Mademoiselle Chambon (2009), El jardín de Jeannette (2016), y algún drama, comedia y demás. Su último trabajo Fuera de temporada (Hors saison, en el original), coescrito junto a Marie Drucker, con la que hizo la mencionada Un nuevo mundo, pertenece a las historias románticas, quizás la más clásica de todas, donde recoge el tono, la atmósfera y personajes a la deriva para situarnos en una pequeña localidad costera en invierno como El fantasma y la Señora Muir (1947), de Joseph Leo Mankiewicz, donde ha ido a parar Mathieu, un actor de éxito casado y con una hija, que ha huido de los ensayos de una obra de teatro y se ha refugiado para ser anónimo y estar consigo mismo. Pero la vida en su afán de desbaratar los sentimientos siempre nos acaba llevando adonde debemos estar, y a este hombre perdido lo reencuentra con Alice, un amor del pasado. Una mujer que se refugió en el lugar y se ha casado y ha tenido una hija. Una pareja que nos recuerda a la de Tú y yo (1957), de Leo McCarey, porque las cosas nunca salen como las imaginas. 

La película de Brizé está llena de silencios y momentos de espera, de no hacer nada o quizás, no saber qué hacer. Desde su exquisita mise en scène, que firma Antoine Héberlé, en 4 películas con Brizé, amén de Ozon, Tsai Ming.Liang y Thomas Liti, entre otros, a partir de un cuadro que nos acerca a la intimidad de los personajes, casi siempre desde la mirada de Mathieu, aunque hay instantes donde el relato se posa en Alice. Una profundidad de campo que nos advierte una historia de la que somos testigos privilegiados, mirada desde fuera, en silencio y sin molestar, donde el gélido y solitario lugar se llena de estos dos invitados inesperados o dos náufragos de un pasado que se diluye y se hace presente, donde ese amor qué fingimos olvidado, intenta hacerse presente a su manera, torpe y sigiloso, casi sin querer o quizás, queriendo a pesar de nuestra voluntad que se empeña en empequeñecer lo que sentimos y dejar todo cómo estaba, aunque no nos haga felices. La oscura comodidad de una vida sin sobresaltos pero sin amor de verdad. Un fantástico montaje de Helena Klotz, en 9 títulos con el director francés, lleno de ritmo pausado y cotidiano, donde el corte es sutilísimo, imperceptible, donde todo va ocurriendo en sus interiores, donde el exterior refleja la existencia tan fugaz, tan rara y tan indescifrable. 

Mucho de lo que les pasa a estas dos almas reencontradas y confundidas es lo que les sucedía a la pareja enamorada de viajeros en el tren de Breve encuentro (1945), de David Lean, porque sienten ambos y también tienen sus vidas, o lo que es lo mismo, la vida continúa y nosotros en mitad de la nada, con el amor que no olvidamos. La magnífica pareja que forman Guillaume Canet y Alba Rohrwacher que se dicen todo sin expresarlo verbalmente, a través de sus miradas, cómo se miran, no se puede fingir una mirada, unos ojos llenos de amor, los lugares que comparten, todo lo que se dicen a través del gesto, el cuerpo y al caminar juntos. Los magníficos encuadres que los enmarcan como dos figuras furtivas que viven no aquel amor que se paró, sino el amor que todavía sienten, o quizás, sienten el amor, un amor que nadie olvida. La excelente música de Vincent Delerm, que ya nos entusiasmó en Seize Printemps (2021), de Suzanne Lindon, tan llena de belleza, de armonía, de sutileza, y de bellísimas melodías que ayudan a acercarnos a la maraña de sentimientos que experimentan la pareja protagonista, donde los miramos como si se tratase de un espejo, en el que la película se convierte en una mera excusa para psicoanalizarse y pensar en un amor que fingimos haber olvidado. 

Si han llegado hasta aquí, ya saben que deben hacer con una película como Fuera de temporada, y si pueden, no duden en verla en su versión original (si no están acostumbrados, no se preocupen, no van a sufrir mucho porque hablan poco sus personajes), y déjense llevar por su lugar, por su atmósfera, casi perdido en el tiempo, con un paisaje para pensar, para caminar sin rumbo, para estar consigo mismo, que tanto necesitamos para aclararnos o confundirnos aún más, quién sabe. Brizé nos invita a conocer a Mathieu y a Alice que, después de 15 años, vuelven a reencontrarse, o podríamos decir, vuelven a aquel lugar, al marco donde estaban enamorados, vuelven al amor que fingían olvidado, y resulta que parece que el tiempo no lo ha borrado, nunca lo borra, y no me digan por qué, como tampoco lo saben nuestros protagonistas, simplemente saben lo que sienten, y eso tropieza y mucho con sus vidas acomodadas de ahora, las que creían firmes y duraderas. ¿Acaso ahí algo así?. No lo creo, también lo fingimos. Quizás fingir es la razón para soportar la vida y olvidar los sueños que lo eran todo. Está claro que deberíamos dejar de fingir y empezar a pasar más tiempo con nosotros y no dejar pasar el amor que creíamos olvidado, porque tendremos otros, pero no como aquel. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Segundo premio, de Isaki Lacuesta y codirigida por Pol Rodríguez

LOS PLANETAS VS. LOS PLANETAS. 

“Todos es verdad, porque todo me lo he inventado”

Boris Vian 

Antes de ponernos en batalla, debemos hacer un inciso en los antecedentes. Cuando la película fue un proyecto iba a dirigirlo Jonás Trueba. Sea como fuera, el director madrileño no lo hizo y recomendó a su colega Isaki Lacuesta (Girona, 1975), quién finalmente se puso manos a la obra junto al guionista Fernando Navarro, que conocemos por sus cintas de género para directores como Paco Plaza, Kike Maíllo y Jaume Balagueró, entre otros, y nació Segundo premio, que usa el nombre de la primera canción del disco “Una semana en el motor de un autobús”, tercer álbum de la banda de rock granadina “Los Planetas”, publicado el 13 de abril de 1998. El largometraje número 11 de Lacuesta, que ha contado con la codirección de Pol Rodríguez (Barcelona, 1977), el director de Quatretondeta (2016), y ayudante de dirección de Isaki en Un año, una noche, cuenta su historia, la del proceso personal y creativo de los componentes del grupo. Pero no lo hace siguiendo un esquema racional y convencional, nada de eso, porque con el permiso de la banda, hace y deshace como le viene en gana, es decir, inventa y reinventa lo que pudo ser, lo que pudo pasar, y sobre todo, lo que el mito y la leyenda se han encargado de elaborar y mentir. No estamos ante una película al uso, nada más lejos de la realidad o la mentira, según se mire, estamos ante una película que es una mentira en toda regla, con muchísima verdad en su interior, o lo que es lo mismo, una obra que juega a imaginar una verdad, o más, bien, un estado de ánimo. 

Si recuerdan Cravan vs. Cravan (2002), la primera de Lacuesta, era una cinta que investigaba los pasos del poeta y boxeador Arthur Cravan, al igual que sucedía en Los pasos dobles (2011), con otro artista François Augiéras,  y no lo hacía desde el biopic trillado y bienintencionado, sino desde la ficción y la realidad, en un híbrido que tenía mucho de mentira y también, de verdad, de una sensación de que la mentira es el mejor vehículo para acercarse a la verdad, esa utopía enigmática, inquietante e imposible, porque tantas verdades y mentiras hay en cualquier personaje y sucesos, así que, el espectro de Cravan está muy presente en Segundo premio, desde su primera advertencia, cuando se nos informa de lo siguiente: “Esta no es una película sobre Los Planetas”, así que, a partir de esa premisa, la película nos convoca a un juego de ficción, o sea de mentira, pero una mentira que podría ser verdad, porque la llena de guiños y pistas documentadas, pero sin ser fiel a la realidad, o eso que llaman realidad, porque ni de eso estamos seguros, sino de la imaginación, de lo que mentimos, y en ocasiones, soñamos. La película sigue en la línea de los anteriores trabajos: la idea sobre el doble, la búsqueda, las huellas de los fantasmas, la investigación, la importancia de la música como eje para cimentar el relato, la hibridez de géneros, el tiempo y su fugacidad y su leyenda y mito, y sobre todo, esos reflejos del otro que nos convierten en un sinfín de identidades, personajes y de sentimientos contradictorios y reencontrados. 

Un relato contado a través de canciones-capítulos que reciben el nombre de las canciones del mencionado disco, con esa película real y a la vez, imposible, que nunca podremos ver, y la otra película, la que inventan Isaki y los suyos, y los componentes de la banda: el cantante, y ese otro reflejo que es el guitarrista, que nunca se llaman por su nombre, salvo May, de la única que se pronuncia su nombre, la bajista que dejó el grupo, ese otro vértice, que tiene tanto de uno como del otro. Tenemos las dos ciudades, la Graná de finales de los noventa, o como dice la película, la Granada del siglo XX, y esa otra, más soñada y ficticia, el New York, con esos elementos del cine de Abel Ferrara y Jarmusch, donde Sólo los amantes sobreviven (2013), tiene un reflejo muy evocador en la película de Isaki. El universo de Lacuesta bebe de infinitas fuentes, materiales, texturas y cualquier elemento real o irreal. Sus películas transitan por diferentes géneros, ya sean de ficción, en especial el western y el cine negro, y otros documentales, y los fusiona en un plano/contraplano, conformando un cine construido desde la más absoluta de las libertades, donde las piezas van casando, sin necesidad de piruetas y estridencias narrativas ni argumentales, ni mucho menos técnicas. 

Un cuadro 4/3 que nos remite al pasado, a la extrañeza y sobre todo, a la idea de la invención, como hacían los de la Nouvelle Vague, como por ejemplo Godard, en una cinematografía que firma Takuro Takeuchi, con el que Isaki coincidió en la serie Apagón, donde prima el plano claroscuro, como si estuviésemos en una especie de sueño, o en un relato que nos cuentan, en que los personajes están muy cerca, queriéndonos hablarnos desde la cercanía, a susurros, a escondidas, como si eso que nos quieren contar fuese un secreto, con esa idea de inmediatez y de letargo, donde los días y sobre todo, las noches, se funden en un tiempo lejano y cercano a la vez, un tiempo no tiempo, un estado de ánimo de verdad y de mentira a la vez, donde lo que vemos y lo que imaginamos está demasiado cerca, tan cerca que no podamos distinguir. El exquisito y rítmico montaje de Javi Frutos, del que hemos visto interesantes documentales como La muñeca del espacio y Saura(s), entre otros trabajos, aglutina con acierto los 109 minutos de metraje, que nos envuelven en esa atmósfera entre realidad, sueño y limbo, por el que se mueve la historia. 

El reparto debía tener esa idea de mentira muy de verdad y se consigue con un plantel de músicos-actores que hacen de sus personajes que se parecen a Los Planetas en la realidad paralela que explica la película. Tenemos a Daniel Ibáñez, Cristalino, Stéphane Magnin, Mafo, chesco Ruiz y Edu Rejón, entre otros, que no sólo consiguen que nos creamos que ellos podrían ser ese otro grupo, sino que transmiten con muy poco las relaciones complejas y difíciles por las que se mueven, componiendo unos personajes que parecen salidos de la Hammer: un cantante que parece un vampiro, con sus aires de egolatría y ambición desmedida, roto por la soledad de la ausencia de May, un fantasma demasiado presente, y el zombie en el que se ha convertido el guitarrista, que está metido en sus problemas de drogas, más alejado que nunca del grupo, y luego, el batería, que venía de los “Lagartija Nick”, y de esa monumental obra que es “Omega”, sobre los poemas de Lorca cantados por Enrique Morente, que se escucha un fragmento del primer corte en la película. Las canciones de Los Planetas están muy presentes, como no podía ser de otra manera, bien acompañadas por la composición de Ylia, consiguiendo esas melodías que funcionan muy bien al lado de unas imágenes no reales, inventadas, abstractas, ficcionadas, fantasmales e íntimas. 

(Fotografía de rodaje de Óscar Fernández Orengo).

Resulta altamente reconfortante que en apenas tres meses se han estrenado La estrella azul, de Javier Macipe, sobre el músico zaragozano Mauricio Aznar, el 23 de febrero, y el 24 de mayo la de Isaki y Rodríguez, también ambientada en los noventa, y que se dejan del calco habitual en los biopics, tan convencional, tan superficial y tan azucarado, para irse a otros lugares, más inventados, más de verdad, más íntimos, más libres y sobre todo, más sinceros, porque si quieres acercarte a la verdad, estás obligado a alejarse de ella todo lo que puedas, y ese lugar no es otro que la mentira, la de inventar, la de ficcionar, la de soñar, porque la verdad tiene poco que ver o nada con la realidad, como mencionaba Jimmie Ringo, el personaje que interpretaba Gregory Peck en esa obra imperecedera que es El pistolero (1950), de Henry King: “Todos piensan que soy así o de aquella otra manera. Arrastro una leyenda que no me deja libre. Y yo sólo quiero huir de ese mito”.  Pues eso, la película Segundo premio también quiere escapar del mito de Los Planetas y ser libre, y créanme que lo han conseguido, y haciéndolo de la manera más sencilla y compleja a la vez, inventando su historia, porque de esa forma tiene más verdad que la realidad que vivieron, porque esa sólo la conocen ellos, y ahora, pasados los años, la recuerdan y ya sabemos lo que miente la memoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA