Arima, de Jaione Camborda

EL ESPÍRITU DEL BOSQUE.

“Te lo he dicho, es un espíritu. Si eres su amiga, puedes hablar con él cuando quieras. Cierras los ojos y le llamas. Soy Ana…Soy Ana…”

Isabel a Ana en El espíritu de la colmena, de Erice

Arima es aquello que ves a través de la niebla, aquello que intuyes, pero que no consigues ver con claridad. Un sueño, un recuerdo, un deseo. Desde su evocador y misterioso título, la primera película de Jaione Camborda (San Sebastián, 1983) nos traslada a un lugar alejado de lo conocido, un espacio que se instala entre la realidad y lo imaginado, entre aquello que vemos y que intuimos, entre lo que sentimos y soñamos, un paisaje envolvente que nos produce miedo y también fascinación, ese lugar donde los sueños, los espíritus y lo de más allá puede cobrar vida, puede manifestarse o puede evocarnos a ese lugar oculto que anida en nuestro interior, ese lugar en el que solo nosotros podemos ir y estar. Camborda nos había entusiasmado con alguno de sus piezas de corte experimental rodadas en súper 8 como Rapa das Bestas (2017) un trabajo de carácter etnográfico en el que exploraba la relación del hombre con lo animal, en una batalla donde se fundían la violencia y lo atávico.

Siguiendo con el celuloide pero esta vez en el 16mm, con el cinematógrafo Alberte Branco (responsable entre otras de Los fenómenos, Las altas presiones o La estación violenta) la directora donostiarra continúa sumergiéndose en los elmentos que transitaban en sus anteriores trabajos como el paisaje, la relación de lo humano con lo animal y la naturaleza, en un espacio donde confluyen realidad y fantasía, componiendo una sinfonía instalada a media luz, velada, donde la espesa niebla, y la sombras proyectadas van creando ese paisaje fantasmagórico por el que se desplazan las cuatro mujeres de la película, Julia, es una mujer reflexiva, de carácter introvertido y muy observadora, que arrastra la desaparición de su hermano Ángel cuando este era solo un niño, su madre es una mujer que ha huido del centro, está anclada en otro tiempo, perdida y desorientada, incapaz de pertenecer a un lugar que mira extrañada, Nadia es la mujer radiante de juventud, atractiva, que posa su cuerpo desnudo para que la retraten, el objeto de deseo al que todos admiran y desean, y por último, Elena, frágil, sencilla y desamparada, madre de Olivia, esa niña que al igual que sus coetáneas Ana de El espíritu de la colmena, la otra Ana de Cría Cuervos y Olvido de La mitad del cielo, todas ellas niñas capaces de traspasar la vida y transitar por el universo de las ánimas, dejar la realidad para adentrarse en un paisaje diferente, extraño y mágico, en el que obedecen otras leyes, otras emociones, un lugar donde se relacionan con espíritus y seres de otro tiempo y otra vida, con el aroma gótico que reinaba en La hora del lobo, de Bergman. Olivia es la niña que abre esa vía a las mujeres, sobre todo, a Julia, a entrar en ese mundo espectral, donde las cosas se sienten y se ven de otra forma.

Las cuatro mujeres verán su cotidianidad alterada con la presencia de dos hombres, uno que nunca veremos pero intuimos que pueda ser real o quizás no, el otro, David, sí que es real, y aparece herido en la vida de Elena, una especie de salvador para ella, una compañía que Olivia verá como una amenaza y un temor. Ese paisaje onírico y real, que camina entre la nebulosa, la apariencia y lo tangible lo encontró Camborda en el pequeño pueblo de Mondoñedo, en el norte de la provincia de Lugo, un lugar que por su posición geográfica está bañado por una espesa niebla que lo inunda de esa capa ambivalente, ideal para construir esa fascinante y evocadora atmósfera que reina en la película. La directora vasca construye un relato íntimo y breve, apenas el metraje alcanza los 77 minutos, con ese montaje lleno de sutilezas obra de Marcos Florez (que ya estaba en El último verano, de Leire Apellaniz) para mostrar lo sugerido y lo espectral.

Arima es un cuento que camina entre lo cotidiano, lo tradicional, y lo fantasmal, con esos maravillosos dibujos infantiles de Olivia (que recuerdan a aquellos que hacía la niña de El cebo) y se mueve entre la fábula, el terror y la violencia (como ese brutal instante cuando Olivia agarra la escopeta) donde todo se sugiere, se intuye y se escucha, donde el off es de vital importancia. Un relato anclado en una especie de limbo, tanto narrativo como formal, en la que escuchamos pocos diálogos, donde las miradas, los gestos y las acciones de los personajes se imponen a las palabras, donde todo se dice desde lo que cuentan las miradas, en el que sus personajes observan y miran mucho, y también callan más, donde todo se sugiere y se alimenta a través de las emociones que van sintiendo y las situaciones que se van generando, donde la tensión emocional entre las mujeres va en aumento, en una especie de laberinto físico y psíquico en el cada una de ellas encuentra o se tropieza con esa realidad imaginada que van inventando o experimentando. Una película sencilla e íntima, que nos coge de la mano y nos lleva por caminos especiales, alejados de lo conocido, inmersos en una cotidianidad diferente, donde lo mágico y lo fantasmal tiene su espacio y su importancia, donde se alimenta un universo peculiar, fascinante y sugerente, que repele y atrae, a través de una cotidianidad cercana que adquiere otro estado, otra fantasía, convirtiéndose en otro mundo, otro paisaje, donde se viven experiencias únicas y poderosas.

Una película de inusitada belleza y contención necesitaba un reparto conjuntado y sobrio como el que forman las cuatro actrices habituales en las serie gallegas como la maravillosa Melania Cruz, que después de breves pero intensos roles en A esmorga, Trote, o el más protagónico en Dhogs, desplegando una fuerza intensa en su rostro, la mirada y el gesto con su Julia, una mujer que traspasa lo conocido para adentrarse en el universo de lo sobrenatural para reencontrarse con el hermano perdido, Rosa Puga Davila es una Elena convincente y superada por los acontecimientos, tratando de volver a ilusionarse, Iria Parada como Nadia, enigmática, oculta y puro deseo, Mabel Ribera que alcanzó notoriedad con Mar adentro, es una madre que deambula como un fantasma por un lugar que no reconoce, Tito Asorey es David, el hombre que entra en la vida de Elena, parco en palabras que oculta mucho. Y finalmente, la niña Nagore Arias, es la mirada inocente e imaginativa, capaz de penetrar en esos mundos mágicos y oníricos que los adultos son incapaces de ver. Camborda ha construido una película honesta y sencilla, que vuelve a evidenciar la grandísima fuerza que late en el cine gallego de ahora, con grandes nombres y títulos que, no solo cosechan buenos resultados aquí si no también fuera de nuestras fronteras, agrandando un cine cotidiano, de raíces, muy de la tierra, en su idioma, pero con temas y elementos universales e interesantes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Chris el suizo, de Anja Kofmel

DESENTERRANDO LA MEMORIA.  

“Algunos periodistas no aceptaban su papel allí como observadores. Se involucraban mucho en los hechos”

Heidi Rinke, periodista

La muerte de su primo Chris Würtenberg, de 27 años de edad, en enero de 1992 cerca de Vukovar (Croacia) dejó sin referentes a Anja Kofmel (Lugano, Suiza, 1982) que contaba apenas 9 años. Con la desaparición de Chris moría su amigo del alma, su primo favorito, su hermano mayor. La muerte de Chris fue el tema de Chrigi, un cortometraje de animación que fue trabajo de final de carrera. Veinticinco años después, Anja, ya convertida en una cineasta, vuelve a los escenarios de la guerra de los Balcanes (1991-1995) para rastrear las huellas de su primo, aquel joven suizo que dejó su pacifico país para documentar la guerra como reportero. Kofmel se reúne con aquellos que conocieron a Chris, su hermano y sus padres, otros reporteros que compartieron vivencias en la guerra, incluso va más allá, encontrándose frente a un mercenario de guerra que compartió fatigas con Chris, y con el ex terrorista Carlos “El Chacal”. Todos esos encuentros van formando un caleidoscopio humano muy complejo sobre la personalidad de Chris, alguien que en cierto momento, dejó el periodismo para enrolarse en el PIV (Primer Pelotón de Voluntarios Internacionales) un grupo paramilitar fundado por Eduardo Rózsa-Flores, otro periodista, para combatir al ejército serbo-croata apoyado por el Ejército Popular de Yugoslavia.

Kofmel traza un periplo complicado en el que recopila toda la información disponible, volviendo a los lugares donde estuvo su primo, rastreándola incluso debajo de las piedras, recogiendo todos los testimonios de aquellos que trataron a Chris, encontrando las razones de cómo alguien dejó su oficio de narrar los hechos para pasar a la acción y enrolarse en un grupo militar que tenía fama de sanguinario y devastador. La cineasta suiza sigue el curso de los acontecimientos a través del diario de Chris, donde aparecen hechos concretos, lugares y personajes, también vemos imágenes de archivo que van ofreciendo luz a tantas tinieblas, y como otros documentales, nos acordamos de Vals con Vashir o Persépolis, entre otros, ilustra a través de dibujos y animación aquellos instantes y situaciones que surgen a través de la documentación y la imaginación, con una animación espectacular, donde resalta un poderoso blanco y negro, extraordinariamente imaginativo y visual, moviéndose a través de lo onírico, lo abstracto, y construyendo la relación personal entre Chris y Anja.

La película tiene ritmo y energía, combina de manera sobresaliente todos los datos en liza, con esa estructura imaginativa donde la investigación adquiere un in crescendo apabullante, donde no hay tregua, todo sigue un curso emocionante a través de los testimonios, documentos e información. Un documento necesario y valiente que ahonda en la estupidez de las guerras, los innumerables intereses de los estados occidentales, y todos esos grupos paramilitares que utilizan las guerras para hacer sus guerras personales e interesadas, provocando el caos, la violencia y el sinsentido en un país y sus gentes. Kofmel recopila muchísima información, pero no la suficiente para encontrar los responsables del asesinato de su primo Chris, alguien lanza acusaciones pero en el fondo meras hipótesis, aunque quizás el significado de la película de Kofmel va muchísimo más allá, en el sentido en que no solo confecciona un riguroso y documentado thriller de investigación, sino que convoca a todos los actores que concurren en una guerra como los periodistas y paramilitares, y consigue extraerles toda la maraña de intereses, tanto personales como gubernamentales, que concurren en una contienda, donde todos tienen sus motivos para estar ahí. Unos, recopilando información para mostrar al mundo todo lo que allí se cuece, y otros, aprovechando la guerra para dinamitar el estado que sea necesario.

La película deja muchos enigmas sin resolver, pero también aclare otros muchos, dirigiendo sus acusaciones a todos los gobiernos implicados en la guerra de los Balcanes, esos gobiernos que primero provocan la guerra, luego la mantienen, y finalmente, acaban con ella y se hacen los “responsables de la paz”, reconstruyendo y ayudando al país, para seguir embolsándose mucho dinero a costa de los demás. Una película incómoda por todo lo que cuenta y cómo lo cuenta, desde una perspectiva sencilla y directa, intentando esgrimir todo lo vivido y experimentado por un joven aventurero, intrépido y muy idealista que encontró su camino en la guerra como reportero, pero también, en un momento que desconocemos, cruzó unas líneas que no tenían marcha atrás, porque quizás su efervescente juventud le animó para ser testigo directo de la guerra desde una perspectiva más intensa y profunda, porque Chris “el suizo”, como le llamaban sus colegas, quiso ir más allá, quizás su arrojo y carácter lo llevo demasiado lejos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sobre lo infinito, de Roy Andersson

LA VULNERABILIDAD DE LA EXISTENCIA.

“Si realmente reflexionas, todo es maravilloso en este mundo, todo, excepto nuestros pensamientos y acciones cuando nos olvidamos de reflexionar”

Antón Chéjov

Una imagen bellísima, poética y tremendamente desoladora nos da la bienvenida a la sexta película de Roy Andersson (Gotemburgo, Suecia, 1943) en la que observamos a una pareja enamorada y abrazada flotando en el cielo de Colonia, bajo sus pies la ciudad en ruinas por los bombardeos de la Segunda Guerra mundial, mientras suena una melodía envolvente. Una imagen que reúne todas las imágenes del cine de Andersson, en esa delicada mezcla entre lo banal y lo bello, entre lo poético y lo fútil, entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la derrota, entre la tristeza y la alegría, la compasión y el egoísmo, entre la dualidad y la vulnerabilidad del ser humano, entre todo lo que somos, sentimos y hacemos, entre lo físico y lo espiritual, entre el todo y la nada. Una imagen que volverá a repetirse en el ecuador de la película, como imagen bisagra y tótem que enlaza todo lo que explica la película, con los únicos leves movimientos de cámara que observaremos.

Después de esa magnífica imagen, Andersson nos enmarca en una mañana en lo alto de una colina donde se divisa la ciudad a los pies, otra pareja de enamorados, de espaldas a nosotros, mira la ciudad en silencio. En un instante, ella exclama: ¡Ya estamos en septiembre!, frase extraída del Tío Vania, de Chéjov. Una obra que se detiene en el deterioro de la vida, de sus miserias, hastío y tedio. Temas que podemos encontrar en las imágenes que compone el cineasta sueco, recurriendo a sus reconocidos “Tableaux Vivants”, también presentes en su anterior trabajo Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (2014) en una depuración de un estilo reconocible, donde observamos una secuencia, donde los personas apenas hablan, mostrándose estáticos, en que la profundidad de campo se convierte en una seña de observación en la que Andersson nos muestra otras pequeñas escenas que se desarrollan al igual que la principal.

El tiempo del relato es atemporal, imposible ubicarlo en ningún momento, no obstante, son reconocibles ciertas secuencias en su contexto histórico, ya que asistimos a la representación de la claudicación de Hitler y los suyos en un despacho derrotado acosado por las bombas enemigas, pero en su conjunto, lo que más le interesa a Andersson es la existencia humana, mostrando su cotidianidad más banal, más solitaria y desoladora, una existencia enfrentada a las emociones y las actividades físicas sin sentido, desorientadas y completamente superficiales, situaciones que nos va mostrando mientras escuchamos una voz en off de mujer, con su incansable inicio: Vi a un hombre… , una narradora que con el aroma de Sherezade de Las mil y una noches, que nos va dirigiendo por la película, explicándonos aquello que vemos, aquello que necesitamos saber que no vemos, o aquello otro importante que forma parte del contexto.

Pequeños retazos de vida, fugaces, efímeros, en el que vemos a un pastor que ha perdido la fe, a un hombre que se encuentra con un antiguo compañero de colegio y se siente menospreciado por sus logros, un padre que en mitad de una lluvia torrencial se agacha para atarle los cordones a su hija, unas jóvenes se dejan llevar por la música, unos clientes de un bar observan la nieve que cae en la calle, mientras uno de ellos menciona emocionado la belleza de la vida, pasajeros de un autobús exhortan las lágrimas de tristeza de uno de los pasajeros, una columna de soldados camina derrotada bajo el invierno de Rusia, etc.. Temas, elementos y personajes que se desarrollan bajo un marco de indudable belleza y desolación, en que el director sueco nos muestra la existencia desde todos las miradas, desde todos los ángulos, sin mover la cámara, en un estado anímico tangible, unas emociones que podemos mirar con detenimiento, observándolas sin parpadear, ensimismados por las imágenes reveladores y bellísimas de la película, con esos rostros maquillados y esas ropas de aspecto sombrío, con esos cielos plomizos y nublados, en una ambivalencia tan característica de todos los universos dentro de uno que nos plantea la mirada observadora, narradora y expectante del narrador sueco.

En el cine de Andersson todo se mueve, adquiriendo una vida fugaz, sí, pero muy intensa y profunda, donde cada marco que se desarrolla en el relato, adquiere proporciones impredecibles, donde existe cercanía, pero también lejanía, donde todo está y no está, con esa mezcla que nos empuja a reflexionar sobre sus imágenes, reflejándonos en sus personajes, sus leves y cortas historias que encierran toda una vida y todo un mundo, donde el aroma tragicómico sobrevuela constantemente en cada instante de la película, en sus maravillosos 76 minutos, donde la película muestra todo lo que se ve, lo que no se ve, y todo lo demás, en un existencia donde cohabitan infinitas capas, infinitos lugares, infinitos rostros, donde el título Sobre lo infinito, alude a la vida, a nuestras existencias, a nuestra fugacidad, a todo aquello que somos, que sentimos, no a todo aquello que tenemos, donde cada instante encierra lo infinito y lo efímero, donde Andersson se ríe y se entristece a la vez, donde sus criaturas se preocupan de sus sentimientos y su razón de existir, donde la vida parece lo menos importante, donde arrecian los males de nuestros tiempos y de todos los tiempos, donde nos preocupamos más por las razones de nuestras existencias que de existir, arrastrando lo bello y lo aterrador de nuestras vidas, y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Salvador Calvo

Entrevista a Salvador Calvo, director de la película “Adú”, en el hall del Hotel Exe Mitre en Barcelona, el jueves 30 de enero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Salvador Calvo, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Adú, de Salvador Calvo

RETRATOS DE ÁFRICA.

“La cosa más oscura sobre África ha sido siempre nuestra ignorancia sobre ella”

George Kimble

Después de toda una vida dedicado al medio televisivo, Salvador Calvo (Madrid, 1970) debutó como director con 1898: Los últimos de Filipinas (2016) diario histórico del último destacamento militar que siguió defendiendo la colonia después que España la perdiera. Una película donde se incidía en las miradas personales, la resistencia, y sobre todo, el drama humano de unos hombres dejados de la mano de Dios, donde brillaban un capitán obstinado en la piel de Luis Tosar, o un joven soldado idealista que hacía Álvaro Cervantes. Dos actores que vuelven a repetir en Adú, el segundo trabajo de Calvo, más personal y arriesgado, donde nos sitúa en el corazón de África a través de tres relatos que irán cruzando sus destinos. El segmento más potente y brutal sigue a dos hermanos, Adú, de solo seis años y su hermana mayor Alika, que después de presenciar un terrible crimen tienen que huir de su poblado en Camerún, y emprenderán un peligroso viaje con destino a España, un periplo en el que cobrará la presencia de Massar, un chaval que también desea llegar a la península, donde vivirán las tramas oscuras de tratas de personas, la prostitución como medio de subsistencia, los arriesgados viajes en bajos de vehículos y demás situaciones de riesgo, pero también conocerán la amistad, la fraternidad y el amor de tenerse el uno al otro.

El segundo relato, la película se instala en el viaje a la inversa, el que hace Sandra, una hija rebelde y con problemas de drogas, para encontrarse con su padre, Gonzalo un activista medioambiental de difícil carácter que protege a los elefantes peor mantiene una relación distante con sus colegas africanos. Una relación paterno-filial de idas y venidas, y muchos desencuentros que deberán lidiar y sobre todo, hacer lo posible para entenderse sin juzgarse, una tarea que no les resulta nada fácil a dos personas acostumbradas a hacer la suya. La tercera historia que nos cuenta la película, al igual que la de Adú, está atada a la realidad más triste y oscura, la de los subsaharianos que masivamente asaltan la valla fronteriza de Melilla para entrar en España, y se encuentran a los guardias civiles que la custodian. Un desgraciado accidente mortal en una de esos asaltos, convierte en el centro de la acción a Mateo, un guardia civil que se debate entre la ley del cuerpo o la conciencia personal, con ese cuerpo a cuerpo con Miquel Fernández, dos caras tan diferentes de la misma realidad vivida.

Calvo rescata algunos de sus colaboradores de su anterior película como Alejandro Hernández en tareas de escritura, Roque Baños en la música, y Jaime Colis en el montaje, y recluta a Sergi Vilanova en la cinematografía (que ha trabajado en thrillers como Plan de fuga o El aviso, o en Diecisiete, la última de Sánchez Arévalo) para realizar una cinta que se adentra en la realidad y la complejidad africana, esa que aparece en forma de cifras en los medios occidentales, una realidad con rostro y piel, la de Adú, su hermana o su compañero de viaje, una realidad menor, desprotegida y sola, que vive miles de calamidades como el hambre, la inseguridad y el abandono para llegar a Europa, esa Europa, que al igual que una zona pudiente, alza sus vallas para impedirles la entrada, una realidad triste que contrasta con esa otra realidad de Gonzalo y su hija Sandra, donde los problemas devienen, no de la falta y la carencia, sino de todo lo contrario, el abuso y la despreocupación de tenerlo todo y no saber adónde ir, bien acompañada por esa otra realidad del guardia civil como representante de una ley que no obedece al humanismo sino a la condena y la persecución del inmigrante hambriento que busca un futuro mejor como haría cualquiera en su situación.

Calvo ha construido una película complejo, una historia de detalle, miradas y rostros, donde sufrimos y reflexionamos sobre África y sus infinitas realidades, cotidianidades y contextos, un continente sacudido por siglos de colonización que además, debe subsistir con las migajas que les dejan las grandes multinacionales neoliberales que siguen vaciándoles sus recursos naturales. Una realidad difícil de tratar y de atajar, ya que los estados blancos permiten esa ignominia, y por otro lado, lanzan campañas de concienciación sobre África, esas dos caras cínicas que también muestra la película. Amén de las interesantes y profundas interpretaciones de Luis Tosar, impecable en su registro ambivalente como profesional y padre, bien una Anna Castillo como su hija, una joven desatada y desafiante que todavía anda buscando su lugar en la tierra, o la mirada de Álvaro Cervantes como guardia civil entre la espada y la pared, y las breves pero agradables presencias de actrices de la talla de Nora Navas y Ana Wagener.

Donde la película vuela y se muestra más poderosa es en la fuerza y la intensidad que demuestran los intérpretes africanos debutantes como Moustapha Oumarou como el niño Adú, Zayidiyya Dissou como Alika, y Adam Nourou como Massar, reclutados en un intenso casting, convertidos en el alma de la película y en la esencia que queda en el recuerdo de los espectadores, llevando a cabo unos roles muy difíciles y complejos, en los que se apoya la película en un buen tramo, mezclando con acierto y sobriedad los tres relatos que irán reencontrándose de forma emocional y física por cinco países africanos, mostrándonos de forma directa y personal las diferentes realidades y retratos de un continente vasto, profundo, bello y triste a la vez, donde todo se mezcla, todo se vive de forma intensísima y sobre todo, todo pende de un hilo, en que la vida se abre camino a duras penas, donde toda existencia está a punto de desparecer, donde la realidad que se vive y experimenta obedece a códigos muy distantes de los occidentales, quizás esa sea la mayor tragedia que sufren los africanos, el desconocimiento por parte de Europa de su realidad, su historia y sobre todo, de ese pasado oscuro y violento del que todos somos responsables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Judy, de Rupert Goold

EL ÚLTIMO APLAUSO.

“En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma.”

Marilyn Monroe

Nos encontramos en 1968, unos años en los que Judy Garland (1922-1969) alejada del cine, deambulaba, junto a sus dos hijos pequeños Lorna y Joey, por pequeños tugurios rememorando sus canciones a cambio de unos pocos de dólares. Una existencia convertida en una mera sombra de aquella actriz relumbrante que rompió taquillas en la década de los treinta y cuarenta, convirtiéndose en una de las estrellas más grandes de Hollywood. De aquel Hollywood dorado quedan muchos fantasmas y los recuerdos de las canciones. Todo dará un vuelco cuando la falta de ingresos y la vida desordenada de Judy, propiciará que su ex marido Sidnye Luft reclame la custodia de los hijos. Sola y desencajada tiene el golpe de suerte de encontrar a Mickey Deans, un joven idealista y desordenado, que le conseguirá un contrato en Londres para cantar en el “The talk of the Town”, el local de moda de la ciudad.

Con una larguísima y exitosa carrera en el teatro londinense, Rupert Goold (Highgate, Londres, Reino Unido, 1972) y después de debutar como director con Una historia real (2015) sobre un periodista desacreditado y un asesino embaucador, vuelve a ponerse tras las cámaras filmando los últimos días de Judy Garland, basándose en la obra teatral Enf of the Rainbow, de Peter Quilter, adaptada por el guionista Tom Edge (exitoso escritor televisivo con series como The Crown o Lovesick). El cineasta británico huye del biopic al uso, apartándose de las luces y alegrías de su vida, para contarnos las miserias y oscuridades de una actriz y cantante llena de miedos, dudas, monstruos y demás conflictos. Una mujer herida, rota, con cuatro matrimonios a sus espaldas, depresiones, intentos de suicidios, y una gravísima dependencia a las pastillas y al alcohol, alguien profundamente inestable y muy triste, una mujer que al igual que le ocurría a Norma Desmond, existe sin más, arrastrada por un show business que la ha olvidado después de exprimirla al máximo, de alguien que nunca estuvo preparada para la presión del éxito.

La película se sitúa en el 1968, con algún que otro salto al pasado, al 1939 cuando una niña Judy Garland presionada por el magnate Louis B. Mayer de la MGM (compañía en la que hizo la friolera de veinte títulos) en el set de la inmortal El mago de Oz, el mayor éxito de la carrera de Judy Garland, la chantajea obligándola a acceder a sus órdenes o por el contrario el despido y el olvido. Una vida marcada ya desde niña, una vida controlada por el estudio en todos los sentidos, un contrato abusivo y dictatorial que la convirtió en alguien con miedo de por vida. Seguimos la existencia de Judy Garland, sufrimos por ella, entre sus continuas caídas y puestas en pie diarias, con la inseparable ayudante de Londres, la señorita Rosalyn Wilder, su sombra y sus manos y piernas cuando le flaquean a la actriz. Y también, el tal Mickey que si bien empieza como un joven amigo y posteriormente amante, más tarde, se convertirá en un estorbo. También escuchamos a Judy cantar, teniendo alguna que otra noche el aplauso de un público entregado, sobre todo cuando Judy interpreta Somewhere over the Rainbow, el tema esencial de su película más inmortal.

La excelente banda sonora de Gabriel Yared (recordado por El paciente inglés, de Minghella, o su trabajo con Dolan) acompañan los últimos días de una mujer que intentó vivir a pesar de todo, a pesar de no haber tenido niñez, a pesar de haber sido un producto más de Hollywood, ese lugar donde todo se compra con dinero, incluso la vida. Una grandísima ambientación, un vestuario enorme y un buen reparto encabezado por la extraordinaria Renée Zellweger, que después de arrasar taquillas con su “Bridget Jones”, vuelve a encarnar esos personajes femeninos de altura, con profundidad, sinceridad y respeto, como la madre soltera decidida de Jerry Maguire, la poderosa granjera de Cold Mountain (con la que arrasó a galardones) la atractiva viuda de Appaloosa, la valiente esposa y madre de Cinderella Man, roles que han hecho de ella una actriz de raza, carácter y fuerza para encarnar a un personaje más complejo, inestable y perdido como el de Judy Garland, en el que nos olvidamos de su rostro y gesto, y nos enfundamos en la piel de esa mujer, con la maravillosa y sobria caracterización, donde no hay máscara sino vida, en la que podemos observar los pliegues de la vida y las huellas de esa mirada, en una grandiosa composición de Zellweger, mostrando todas las heridas y amarguras que atraviesan a Judy, una interpretación que, como ocurrió con Cold Mountain, arrasará en todos los premios.

El resto del reparto también brilla con luz propia, acompañando a Renée Zellweger intérpretes convincentes como Jessie Buckely como Rosalyn Wilder, esa ayudante, amiga y confidente que hace lo que sea para mantener su equilibrio emocional, o al menos lo intenta, Finn Wittrock como Mikey Deans, ese jovenzuelo arrimado a la gran estrella o lo que queda de ella, esperando su oportunidad y su beneficio, y Rufus Sewell como Sidney Luft, el exmarido recto y serio que se quedará con sus hijos, arrebatando a Judy quizás la última ilusión que tiene a la vida. Judy  nos habla de cine, pero no de los aplausos, la alfombra roja, y los reconocimientos, sino lo que hay detrás de todo eso, o podríamos decir que muestra todo aquello que hay y que nunca se muestra, que no es otra cosa que la presión de los estudios a los intérpretes, el lado oscuro de cómo se crean las estrellas del cine, como en el caso de Judy Garland, una jovenzuela que surgió de un pequeño pueblo junto al río Misisipi, haciéndose llamar  Frances Ethel Gumm y llegó a Hollywood y se convirtió en Judy Garland, y él éxito la llevó a ser otra, a rendir cuentas al magnate de los dólares, a vivir otra vida, y sobre todo, a conocer la realidad del otro lado del arco iris que cantaba en El mago de Oz, una ficción donde se hablaba que lo más importante de nuestras vidas había que buscarlo en nuestro interior, Judy Garland busco mucho en su interior,  pero por más que buscó en su alma solo encontró mucha oscuridad y una sensación de amargura, tristeza y soledad que la acompañó hasta su último aliento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mi gran pequeña granja, de John Chester

CONSTRUIR UN SUEÑO.

“Mira profundamente a la naturaleza y entonces comprenderás todo mejor”

Albert Einstein

En El hombre del sur, una de las tres películas que filmó Renoir en Estados Unidos, nos contaba los innumerables esfuerzos de un algodonero para mantener en pie su plantación enfrentado a la hostilidad del entorno tanto humano como natural. En Mi gran pequeña granja, el matrimonio formado por Molly y John Chester (Baltimore, Maryland, EE.UU., 1971) también, experimentan lo suyo para conseguir transformar su utopía en una realidad, cuando les azotan los enemigos de su granja: los insectos, pájaros, fenómenos meteorológicos e incendios. Molly y John vivían en un minúsculo apartamento de Los Ángeles cuando debido al comportamiento negativo de su perro Todd, fueron desahuciados y emigraron para realizar su sueño en el condado de Ventura, en el sureste del estado de California, comprando una zona de 200 hectáreas,  para poner en marcha un sueño anhelado que consistía en crear una granja con animales, cultivo y árboles frutales, que estuviese en plena armonía con la naturaleza.

Molly tenía un canal de cocina y John era profesional del audiovisual donde llevaba trabajando un cuarto de siglo con éxito gracias al documental Rock Prophecies (2009) sobre Robert Knight, el fotógrafo de leyendas del rock y la serie Random 1 sobre naturaleza. Con este bagaje y algunas pequeñas nociones sobre granjas, arrancaron de cero, y la inestimable ayuda de mentores expertos, convirtiendo un suelo seco en un espacio fértil y lleno de posibilidades. El matrimonio con la ayuda de otros cómplices plantaron 10000 árboles frutales, 200 tipos de cultivo diferentes y llenaron la granja de animales, vacas, gallinas, patos, un cerdo y un gallo. La película firmada por el propio John Chester y narrada por el propio matrimonio, abarca ocho años desde que llegaron al vasto lugar seco y olvidado hasta que lo convirtieron en su hogar, pasando por todo tipo de experiendias,  desde el aprendizaje a ser granjeros, a estudiar los cultivos, a tener paciencia con los ritmos de la tierra, a saber batallar contra sus invasores, ya sean animales o naturales, y sobre todo, en estar abiertos a un continuo aprendizaje en el que conocer profundamente los ritmos de la naturaleza y a comprenderla en toda su magnitud, al aprovechamiento de cualquier conflicto y a seguir firmes a pesar de todos los problemas que cada día deben resolver.

El relato de Molly y Chester nos habla de vida, de naturaleza, de animales, y también, de un sistema de cultivo diferente al resto, donde todo se aprovecha para seguir avanzando, donde los problemas devienen en una suerte de oportunidades para emprender nuevas ideas y caminos, donde la agricultura regenerativa es la principal causa y efecto, donde la observación y la anticipación se tornan indispensables para prever y enfrentarse a los problemas venideros. Chester filma su película a modo de diario, mostrándolo todo, siguiendo inevitablemente el ritmo que marca la tierra y la naturaleza, aprendiendo a observarla, a comprenderla y a abrir un campo de colaboración indispensable para el buen funcionamiento de la granja y todo aquello que cultiva. Capturando momentos de grandísima belleza, y también, de terror, donde lo bello y lo oscuro se dan la mano y conviven, donde la armonía del proceso de la granja pende de un hilo muy fino, donde cualquier invasor en forma de animal se convierte en una amenaza inicialmente, para más tarde devenir en otro ser colaborador para la granja, donde unos animales como los búhos sirven para detener a otros, donde cada cosa tiene su utilidad y donde la naturaleza va imponiendo sus reglas si se sabe mirarla y sobre todo, cuidarla, sin ir a contracorriente, dejándose llevar por la corriente como si fuese un río tranquilo que de tanto en tanto hay que agitar para no salirse del cauce.

Molly y Chester viven la experiencia más intensa y profunda de sus vidas, y nos lo explican a través de la fuerza expresiva de sus imágenes y todo lo que acontece en el interior de ellas, explicándonos un relato en que cada día es una aventura inabarcable, conociéndose y conociendo lo más profundo de su alma, encontrándose con el sentido de la vida, donde la vida y la muerte se convierten en elementos de su cotidianidad, en la que dan la bienvenida a unos animales y cultivos y desgraciadamente, y en otros casos, los despiden, donde todo su entorno constantemente se está regenerando, donde todo tiene vida, un funcionamiento y está en continuo movimiento, sin detenerse, y ellos son las personas que deben guardar todo ese espacio, observarlo y aprender de él, con firmeza y decisión, amándolo siempre, sobre todo en los momentos en que la cosecha se resiente y el trabajo duro de meses se pierde por las continuas amenazas en forma de animales, las fuertes rachas de viento o los temibles incendios, de hecho la película nos da la bienvenida con un incendio devastador en la zona.

John Chester que se desdobló en sus tareas como granjero y cineasta, con la ayuda en el montaje de Amy Overbeck, no solo ha hecho una película magnífica y didáctica, llena de infinidad de detalles, retratando la infinita complejidad y simbiosis de la naturaleza, donde todo crece y se muere a cada momento, sin tiempo a reaccionar, trabajando la tierra en ese entorno salvaje y despiadado, pero también bellísimo y natural. Una película que va más allá del documento de cómo construir un sueño de dos californianos, convirtiéndose en una maravillosa lección de vida y armonía con la naturaleza donde a cada instante observamos la vida y la muerte. Nos enseñan su vida y su hogar, un lugar alejado del mundanal ruido, donde la vida, la naturaleza y el paisaje se comportan como un organismo vivo en continuo movimiento, cambio y transformación, y los seres humanos están ahí viéndolo todo, experimentando con cada descubrimiento, cada puesta de sol o atardecer, cada brizna de aire, cada nuevo fruto o cultivo, cada nacimiento de animal, maravillándose con el mayor espectáculo de la tierra que no es otro que la naturaleza y todo aquello que lo habita. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA