Entrevista a Carlos Iglesias

Entrevista a Carlos Iglesias, actor en la película “Abuelos”, de Santiago Requejo. El encuentro tuvo lugar el jueves 3 de octubre de 2019 en los Jardines del Palau Robert en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Iglesias, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Abuelos, de Santiago Requejo

TRES HOMBRES Y UN DESTINO.

‘‘Cuando la experiencia ya no cuenta, emprender es el camino”.

Isidro tiene 59 años y lleva dos años intentando trabajar pero no hay manera, la edad es un problema ya que las empresas quieren gente joven, como ejemplifica el arranque de la película con esa secuencia humillante en el que Isidro se enfrenta a las nuevas formas y tácticas laborales para captar empleados. Arturo es un maduro escritor de novelas románticas que vive plácidamente en su reclusión de soltero empedernido, cuando un día se presentan en su casa una hija y su nieta de las que desconocía su existencia. Desiderio es un jubilado apañado que desea fervientemente ser abuelo. Los tres son amigos de hace muchos años. Los tres unirán sus fuerzas para montar su propio negocio, no será nada fácil, pero con ilusión, fuerza y muchísimas ganas harán lo impensable para abrir su guardería. La puesta de largo de Santiago Requejo (Plasencia, 1985) mira a las personas mayores, a las personas en ese intervalo de vida en el que todavía no son tan mayores como para no trabajar, pero tampoco tienen esa edad que encaje en un mercado laboral exigente, cambiante y sobre todo, joven. Requejo se detiene en ese grupo de personas que los hijos utilizan para cuidar de sus hijos o pedir ayuda cuando la necesitan, personas para echar una mano, y nada más.

La película se mueve en ese tono ligero y amable, eso sí, no se trata de una comedia sin más, si no en algo más, en algo más profundo, en un relato que ahonda en la tragedia que sufren tantas personas mayores cuando son literalmente desplazadas del trabajo, y por lo tanto de la vida, todo ese grupo de personas que con la crisis se vieron forzadas al desempleo y convertirse en meras comparsas de sus familias y sobre todo, de sus vidas. El director placentino mira con sinceridad y honestidad a sus personajes, sumergiéndonos en su oscura cotidianidad, una realidad triste y solitaria para muchos de su edad, pero no lo hace de manera condescendiente, sino todo lo contrario, haciendo de su difícil empresa contra viento y marea su razón de ser, de volver a sentirse útil, de volver a vivir. Seguiremos con atención su pericia en el mundo de los emprendedores, desde que tienen la idea, la respuesta de sus allegados, el conocimiento del universo “coworking” o las ideas de negocio y la puesta en marcha de su empresa que necesitan de la mano de Bruno, uno de los ases de la expendeduría.

Requejo construye un relato humanista e íntimo en el que mezcla con acierto y sabiduría a estos tres amigos con los avatares de su posible negocio con su intimidad en el hogar, en la que Isidro tendrá tensiones de pareja con su mujer Amalia en la forma de encarar la idea del negocio y cómo afecta a su matrimonio. Arturo más de lo mismo con su nueva función de padre y abuelo y las difíciles relaciones con su hija Violeta y el cargo de su nieta. Desiderio en su afán de ser abuelo deberá dar cobijo a su hijo y nuera ya que la situación económica de ambos es nefasta, y mientras, sin comerlo ni beberlo, conocerá a Teresa, una mujer que le despertará sentimientos que creía olvidados desde que quedó viudo. Es de agradecer que un director debutante vire su película a la gente mayor, a ese grupo de personas que todavía tienen muchas cosas que decir y que hacer, mirándolas de frente y con veracidad, en una cinta que profundiza con talento y humildad, sin caer en sentimentalismos baratos de otras producciones, en los problemas de aquí y ahora que viven en su cotidianidad, la falta de empleo, el cuidado de los nietos, las distensiones de pareja, la soledad, el mirarse al espejo y no sentirse inútiles, y las ganas de empezar de nuevo, de encarar la vida, de plasmar las ideas por muy descabelladas que en un principio parezcan. La película se centra en ellos, les da ese protagonismo necesario, y los convierte en el centro de la acción, emergiéndolos a una posición en primera línea que en muchas otras películas les relegan a una terna secundaria o de simple acompañamiento.

Un reparto bien ajustado y sobrio que interpretan con dignidad y aplomo Carlos Iglesias dando vida a Isidro, el timón de todo este tinglado, Roberto Álvarez como Arturo, ese maduro seductor que se envuelto en el berenjenal de ser padre y abuelo de un día para otros, y Desiderio, ese jubilado que quiere ser abuelo y tendrá que ser primero padre y luego novio. Bien acompañados por Ana Fernández como Amalia, Mercedes Sampietro como Teresa, Clara Alonso como Violeta y Eva Santolaria como nuera de Desiderio, que lo entiende mucho más que su propio hijo, y finalmente, un simpático Raúl Fernández de Pablo como ese emprendedor que se come el mundo pero en el amor no da una. Requejo ha compuesto con humanidad y sensibilidad una historia real y de ahora, con esos toques de comedia necesarios y valientes, que ayudan a mirar mejor la película, con esa mirada tragicómica que tiene la existencia humana, y sobre todo, la empresa que tienen entre manos estos tres amigos maduros, que no es nada fácil, pero tampoco es tan tarde para emprenderla ni mucho menos tan difícil. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar

UN PAÍS EN LLAMAS.

“Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

Miguel de Unamuno

A finales de primavera de este año, el escritor Manuel Vicent describía a Miguel de Unamuno de la siguiente manera: Había pasado la vida luchando contra esto y aquello, pero en el fondo no había peleado más que contra sí mismo, sin otra obsesión nada menosque la de ser inmortal frente a la divinidad. Ese fue su destino. Total, para nada. Unamuno (1864-1936) insigne escritor y filósofo, se pasó la vida oponiéndose a todo, criticando con dureza a todos los gobernantes del país, sea cual fuese su ideología o condición, un pensador firme y sincero, que dudaba constantemente, alguien contradictorio, con continuos vaivenes ideológicos, fue uno de aquellos intelectuales que se opuso a los desmanes de la Segunda República, y pidió, como muchos, una intervención militar para restaurar el orden perdido, aunque también se alzó vehemente contra esos militares que no respetaron el mandato democrático del pueblo, y criticó con toda la dureza a su alcance, los desmanes contra la República y sus seguidores. Una figura de esta naturaleza, ausente en nuestros tiempos, alguien capaz de defender algo a ultranza, y luego desdecirse de sus palabras, admitir sus errores y enmendar tales afrentas y opiniones, es una figura necesaria para un país, alguien con la capacidad de la autocrítica, de la duda, y sobre todo, del pensamiento como única forma para hablar de las circunstancias, de los hechos, admitiendo el error y la equivocación como formas de la razón y lo humano.

Una figura de ese calibre humano se merecía una película, incluso unas cuantas. Hace cuatro temporadas ya tuvimos una película sobre Unamuno, La isla del viento, que relataba aquellos años de exilio forzado del pensador por sus duras críticas a la dictadura de Primo de Rivera allá por los años 20, en la piel del actor José Luis Gómez. Ahora, llega a nuestras pantallas Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972) que nos sitúa en la Salamanca del 19 de julio del 36, cuando los militares impusieron el estado de guerra en la ciudad, mientras su rector universitario, Unamuno, y sus dos amigos del alma, Salvador Vila, antiguo alumno del pensador, arabista y profesor universitario, y Atilano Coco, cura protestante, pasean por la ciudad, mientras hablan y discuten sobre los acontecimientos que se desarrollan en la ciudad. Por otra parte, y como un espejo deformante se tratase, asistimos a los entresijos y pormenores que llevaron a Franco y compañía a la península desde sus destacamentos en el protectorado de Marruecos, y los encuentros con otros generales, como Millán-Astray, Mola o Cabanillas, y los asuntos de poder para decidir quién llevaría la nave de la cruzada para recuperar la patria.

Amenábar y Alejandro Hernández (guionista habitual de Manuel Martín Cuenca) se centran en las figuras de Unamuno y Franco, en ese espejo de la figura de Unamuno, en el que vemos a la razón, el pensamiento, y el estudio como formas de vivir y de relacionarse con los demás y el entorno, enfrentado al reflejo de Franco, que representa a esa España violenta, resentida, vengativa y de muerte. La acción arranca con la entrada de las tropas nacionales en Salamanca hasta el famoso enfrentamiento en el paraninfo de la Universidad de Salamanca aquel aciago 12 de octubre, “Día de la Raza”, en el que Unamuno se enfrentó a Millán-Astray con el ya famoso “Venceréis, pero no convenceréis”. Amenábar vuelve a rodar en castellano después de sus dos aventuras desiguales filmadas en inglés que supusieron Ágora (2009) y Regresión (2015) volviendo a una figura real como hiciera con Ramón Sampedro en Mar adentro (2004) también volviendo a aquellos buenos síntomas, tanto en la forma como en el fondo, colocándonos en aquellos primeros meses de la guerra, donde todavía se conocían pocas cosas, donde desaparecían personas sin dejar rastro, donde la intervención militar se irá convirtiendo en una guerra cruel y mortal para el país.

Una naturalista y sombría luz del cinematógrafo Álex Catalán, que debuta con Amenábar, pone de relieve todos aquellos hechos donde Unamuno se veía despojado de sus amigos y por consiguiente de su vida, y cómo van minando la capacidad del pensador ante la deriva que van tomando los hechos hacia una oscuridad y un terror sin precedentes en la historia del país. Unamuno, Salamanca y los hechos por un lado, y Franco, Millán-Astray y los demás juegos de poder de los generales por el otro, con algún (des) encuentro entre ambos espejos, con el suceso en la Universidad como epicentro del relato. Un montaje en paralelo y muy preciso de Carolina Martínez Urbina (responsable de Regresión, y ayudante en Ágora) ayuda a observar con detenimiento y pausa todos los tejemanejes militares y el vaivén de Unamuno, de la esperanza inicial al terror puro, como se describe en esa secuencia donde presencia, muerto de pánico, como se llevan a su amigo Salvador Vila, recordando aquellas palabras del propio Unamuno: “A veces, el silencio es la peor mentira”, y sus inútiles encuentros con Franco para mediar por sus amigos.

Amenábar ha construido una película magnífica, precisa y soberbia, bien documentada históricamente, con todo lujo de detalles, tanto en el vestuario, donde Sonia Grande vuelve a demostrar que es una de las grandes, o la concisa caracterización de los personajes, dotándolos de humanidad, garra y violencia, según se precise. Capítulo aparte merece la interpretación de su extenso elenco, con la firma de Eva Leira y Yolanda Serrano, una de las parejas más importantes del país en este apartado, encabezado por un Karra Elejalde soberbio en su rol como Unamuno, tanto en la vida pública como personal, con un desatado y enérgico Eduard Fernández metido en la piel de Millán-Astray, una especie de Quasimodo de la muerte, bien acompañados por Santi Prego que realiza un Franco a la altura del Juan Diego de Dragon Rapide, film-espejo de Mientras dure la guerra, o el Juan Echanove de Madregilda. Con unos convincentes y cercanos Carlos Serrano-Clark como Salvador Vila y Luis Zahera como Atilano Coco, y el resto de un reparto íntimo y lleno de detalles conformado por Nathalie Poza, como la mujer del alcalde, Patricia López Arnaiz como la hija rebelde de Unamuno, Luis Bermejo como hermano de Franco, Tito Valverde como Cabanillas, Luis Callejo como Mola, Dafnis Balduz como secretario de Unamuno o Mireia Rey como la mujer de Franco.

Amenábar, en su séptimo trabajo, ha confeccionado un relato lleno de complejidad, de maldad, de algo tan de aquí, de esa idiosincrasia tan difícil de entender, una buena película sobre la Guerra Civil Española a la altura de Soldados de Salamina, donde los ecos del ayer siguen resonando con fuerza en el presente. Una historia sobre lo humano y lo más profundo del alma,  retratando un país en llamas, un país roto, dividido y lleno de terror y violencia, incapaz de ponerse de acuerdo, a la gresca siempre, como la pintura de Goya “Duelo a garrotazos o la riña”, quizás la eterna lucha y conflicto de un país hecho a pedazos, con territorios enfrentados históricamente, un país donde no se habla, se discute, como esa secuencia tan real y triste a la vez, donde Unamuno y Salvador Vila discuten y discuten, mientras el plano se vuelve general y los deja a la greña, sin escuchar lo que dicen, para cerrarlo con un Unamuno cansado que pide que vuelvan a casa. Una tierra ensangrentada, incapaz de hablar, dialogar, de entender su heterodoxia, sus diferencias, un mal de antes y de ahora, y desgraciadamente, de siempre, como una pesada carga que somos incapaces de sobrellevar con dignidad y vehemencia sin acabar en las manos, respetándose y aceptando nuestras diferencias y aquello que nos une. Quizás la figura de Unamuno que murió el último día del 36, triste, encerrado en su casa, lleno de amargura y dolor, no solo por su enfermedad, sino por toda esa tristeza y violencia que se cernía sobre España, nos vuelven a traer a la memoria aquellas palabras tan tristes de Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia la más triste sin duda es la de España porque termina mal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fredrik Gertten

Entrevista a Fredrik Gertten, director de la película “Push”. El encuentro tuvo lugar el jueves 3 de octubre de 2019 en el Hotel Evenia Rosselló en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fredrik Gertten, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Jeny Montagut de DocsBarcelona, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

El Crack Cero, de José Luis Garci

ARETA INVESTIGACIÓN.

“Cuando le preguntas a alguien por un muerto, lo importante no es lo que diga, sino lo que no te diga”.

Los que amamos el cine, y el cine español en cuestión, tenemos grabado en nuestra memoria cinéfila, como no podía ser de otra manera, a Germán Areta, el investigador privado de aquel Madrid de la transición y comienzos de la democracia, aquel tipo solitario, audaz, inteligente, parco en palabras, calmo, muy observador, fumador empedernido, amante del boxeo, bigotito y gabardina, y un gran olfato para el interior de las personas, con un historial inmaculado en la brigada criminal. A Areta, segundo apellido de Landa, lo conocimos en la piel del gran Alfredo Landa en dos películas, en El crack (1981) y su secuela, dos años después, dirigidas por José Luis Garci (Madrid, 1944). Areta nos conducía por una ciudad corrupta, muy negra y llena de tipos, tipejos y maleantes de toda condición social, el detective se movía por los bajos fondos, con la ayuda del Moro, inolvidable Miguel Rellán, y por las altas esferas, llena de ingentes tipos de corbata, de misa y comunión diaria, y con asuntos ilegales de dinero y abuso de menores y lo que se terciara. De Areta nos fascinaba su integridad personal y social, un tipo como ya no quedan, alguien capaz de mantenerse limpio o todo lo limpio que se pueda, en una sociedad llena de falsedad, corruptela y mucha mierda, tanto física como emocional.

Con El crack cero nos llega una tercera entrega que no continúa lo que dejó la segunda parte, sino que nos antepone en los hechos del discurrir de Areta, cuando arrancaba su agencia de investigación allá por el año 1975, y más concretamente, por los meses de noviembre y diciembre, tiempo en que el dictador agonizaba y todo parecía diferente, y aún más, todo parecía que podía cambiar. Pero, recogiendo las sabias palabras de Areta nunca hay que confiar en las apariencias, y solamente ceñirse a los hechos y las acciones que tenemos delante, eso sí, siempre recordando las tres íes fundamentales que tiene que tener un buen detective, inteligencia, imaginación e intuición, en esa charla magistral que tiene con el abuelo, el antiguo jefe policial de Areta, que interpreta un magnífico Pedro Casablanc, recogiendo el testigo interpretativo del gran José Bódalo. Garci reviste a su detective y su universo de un blanco y negro luminoso y ejemplar, obra de Luis Ángel Pérez, que recuerda a la luz de You’re the one (2000) otra cima en la carrera de Garci, con ese montaje obra del propio Garci y Óscar Gómez, llenos de fade to black y encadenados, remitiéndonos a una forma de ver, interpretar y hacer cine diferente, valiente, a contracorriente, y sobre todo, audaz y sin tiempo en estos tiempos actuales de tanta tecnología y servidumbre comercial.

Garci encuentra en la capacidad interpretativa, en ese gesto tranquilo e impertérrito, y en esa mirada penetrante y cauta de Carlos Santos la mejor versión de Areta actual, resucitando el eterno espíritu de Landa, convirtiéndose en un dignísimo y brillante sucesor de la estirpe de los Areta. A su lado, Miguel Ángel Muñoz que brilla a la perfección con los pelajes y la facha del Moro, convirtiéndose en el ayudante de fatigas experto y Sancho Panza de Areta. El director madrileño con 19 títulos a sus espaldas como director, guionista y productor, escribe un guión junto a Javier Muñoz, en el que imagina el suicido o el asesinato de un afamado sastre de nombre Narciso Benavides, ya que ese será el encargo de una bella mujer, amante del finado, en el que pondrá a Areta bajo la pista de descubrir quién o qué lo mató o no. Garci que dedicaba sus cracks a Dashiell Hammett, en esta ocasión recurre a la pluma de James M. Cain, y a todo ese cine policíaco o film noir que tanto ha admirado en su filmografía, en sus libros y en sus charlas.

La película es un viaje nostálgico y melancólico al clasicismo cinematográfico en una de las mejores obras de la filmografía de Garci, por sus continuos homenajes y su sobriedad y capacidad para envolvernos en ese universo de cine y para el cine, con personajes de carne y hueso y relatos laberínticos, llenos de mentiras, desilusiones y vivencias, sumergiéndonos en ese mundo oscuro, de trapicheos y demás, de habitaciones desordenadas, de pitillos apurados, de mujeres a la caza de algo y alguien, y de tipos sin rumbo, personajes frágiles, solitarios, tristes, como ese piano de Jesús Gluck que Garci recupera para esas maravillosas transiciones donde observamos en planos generales ese Madrid otoñal, tanto de día como de noche, con esos neones, las luces de las avenidas o de los automóviles, un Madrid sin tiempo, una ciudad irrecuperable, un lugar especial para el director madrileño, y de tantos, que ya no están, que compartieron tantos (des) encuentros.

Una travesía por esos cafés de tertulias con amigos hasta las tantas, o los combates de boxeo donde el humo de los cigarrillos ambientaba las peleas, un tiempo que no volverá, un tiempo perdido, un tiempo que añora Garci, y también, el cine clásico de antes, recordando a la película Retorno al pasado, ese mismo camino realiza la película en la que mira atrás, a esa ciudad, a ese cine, y a una manera de hacer cine y hacer películas. Recupera al personaje Rocky por el boxeador Marciano, una recreación casi del propio Garci, que añora ese mundo real o imaginado, vivido o no, pero de aquí y ahora, que habla con pasión desmesurada de sus años en Nueva York, en las tertulias con grandes de Hollywood y periodistas de renombre de los años treinta y cuarenta, de las eternas y recordadas veladas pugilísticas en el Garden o las tardes románticas observando el puente de Brooklyn, quizás ese tipo que en las originales hacía Manuel Lorenzo y ahora recupera Luis Varela, quizás habla de oídas o imbuido en tanta literatura y diarios, quizás nunca vivió aquello pero qué más da.

Algunos diálogos difíciles y demasiado literarios, recurrentes en el cine de Garci, nos descolocan en algún instante la película, pero no desmerecen ni mucho menos a su conjunto. El director madrileño ha construido una película grande, sencilla, honesta, estimable, intensa y llena de grandes aciertos, con una trama digna del mejor Areta, con esa extraña sensibilidad que tiñe de humanidad tanto desatino humano, y tanta maldad oculta y negra, con esos secundarios de oro como Luisa Gavasa, la eterna secretaria amiga y lo que haga falta, Andoni Ferreño haciendo ese ex poli metido a negocios turbios como hacía Manuel Tejada, Macarena Gómez sola y despechada por la muerte de su querido Benavides, Patricia Vico, como la amante del sastre que quiere conocer la verdad, y quizás algo más, y finalmente, María Cantuel como la novia de Areta, resucitando la bondad y el amor de María Casanova, porque entre tanto desbarajuste social, como añade Areta, siempre hay algún resquicio para compartir la soledad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amazing Grace, de Sydney Pollack y Alan Elliott

DOS NOCHES INOLVIDABLES CON ARETHA.

“Ser la Reina no se trata solo de cantar y ser una diva no se trata solo de cantar. Tiene mucho que ver con su servicio a las personas.”

Aretha Franklin

No encontramos en el año 1972, más concretamente en dos noches de enero, en la Iglesia Bautista Misionera New Temple en Watts, Los Ángeles, el centro espiritual del reverendo James Cleveland. El lugar elegido por la cantante Aretha Franklin (1942-2018) ya convertida en una de las grandes figuras de la música soul del momento, para grabar su próximo álbum, un disco en directo, que se convertirá en el disco más vendido de la hsitoria de música góspel, en un concierto para la historia donde volverá a sus orígenes cuando cantaba góspel siendo una niña en la iglesia de su padre en Memphis. Warner Bros. decidió grabar la grabación para convertirla en una película aupado por el grandísimo éxito de Woodstock, de Michael Wadleigh, y para ello se contrató al director Sydney Pollack (1934-2008) de moda gracias a su éxito de Danzad, danzad, malditos. Problemas técnicos derivados de la no sincronización entre el audio y las imágenes llevaron al traste la película, que no pudo estrenarse y se almacenó en algún rincón de Warner.

Años después, el productor Alan Elliott, con el beneplácito de la compañía y del propio Pollack, y con la ayuda de la nueva tecnología digital  ha sincronizado todos los elementos y por fin, casi medio siglo después, la película ve la luz. La película en cuestión es un grandioso espectáculo musical que combina 14 canciones góspel cantadas por la gran Aretha Franklin, en solitario o tocando el piano, y en otros temas, acompañada por el reverendo Cleveland al piano y a los coros, conjuntamente con el grupo de músicos de Aretha y el coro The Southern California Community, junto a los parroquianos de la iglesia, que cantan, acompañan con voces, y bailan descosidos todos los temas religiosos que vamos escuchando. Entre el público de la segunda noche podemos observar a Mick Jagger y Charlie Watts, miembros de los Stones, que disfrutan desatados con la imponente voz de Aretha, en un documento único, tanto por su legado musical, histórico y atemporal.

El cine al servicio de la música góspel, con una filmación cruda, a pelo, con múltiples zooms, movimientos bruscos de cámara, y con abundantes planos making of, donde vemos ensayos, pruebas y miembros del equipo filmando, capturando el sonido, incluso el propio Pollack haciendo indicaciones o paseando entre cámaras y metros de cable. 87 minutos de puro espectáculo musical cantando a Dios, a la fe y al compromiso religioso, en un concierto inolvidable, frenético, pausado y lleno de fe y alegría, en un maravilloso encuentro colectivo con momentos riquísimos donde el góspel, la música negra ancestral por excelencia es llevada a los altares no solo a la propia fe personal y profunda de todos los allí congregados, si no a los cielos de la música tradicional, popular y moderna de la mano de Aretha Franklin, una de las cantantes más grandiosas de la historia, inducidos por su poderosísima voz, sus solos magníficos, y sus frenéticos ritmos que acaban contagiando a un público maravillado, motivado y muy entregado.

Con momentos conmovedores cuando el padre de la artista habla al público desde el púlpito donde ella canta y recuerda emocionado la infancia de la artista cuando cantaba y bailaba como una descosida o aquellos instantes en que amenizaba con su arte los servicios de la iglesia de su padre. Una mujer inmensa en muchos sentidos, a parte de su innata capacidad para cantar y para la música soul, nos encontramos a una mujer de 29 años de edad, en la cresta de la ola en el universo musical, reconocida por la industria, por el público y apabullada con innumerables premios, una alma inquieta, humana y de inagotable fe religiosa, que no reniega de sus orígenes humildes y sencillos, sino todo lo contrario, canta para aquella gente en pleno reivindicación social del “Balck Power”, en esa llamada a los afroamericanos de EE.UU., y también, a todos aquellos, sea cual sea su color de piel y condición social, de dejarse atrapar por la música góspel y seguir su ritmo, cantando a Dios como el tema “Amazing Grace” (que da nombre al título de la película) quizás el tema más profundo y personal de todos los que escuchamos en la película, puro talento, puro fervor religioso y esa comunidad, músicos, coro y público dejándose llevar por la música, la letra y esa comunidad todos a una alabando a Dios, a su gracia y a toda esa congregación de almas dispuestas a servir a Dios y a su fe. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cuernavaca, de Alejandro Andrade Pease

LA CASA DE MI ABUELA.

Andy es un niño que vive con su madre en paz y tranquilidad. Un día, toda esa situación cambia, su madre recibe un disparo durante un atraco en una cafetería. Debido a este suceso, Andy viaja a Cuernavaca a la casa de su abuela paterna Carmen, una mujer seria, estricta y amargada que vive en una gran casa ajardinada cerrada a cal y canto por miedo a la inseguridad y violencia exteriores. La vida de Andy se vuelve sombría y solitaria, deambulando por la casa, en el que también viven su tía con síndrome de Down, y los jardineros, con el hijo del capataz Charly, entablará una amistad peligrosa y oscura, mientras el niño no cesa de preguntar por su padre a su abuela que siempre le responde con evasivas y con desprecio. El director mexicano Alejandro Andrade Pease lleva un par de décadas trabajando en el cine dirigiendo cortometrajes y en el ámbito televisivo, debuta en el largometraje con un relato iniciático, de transformación, de un niño que llega a la casa de las aparentemente maravillas para enfrentarse a una historia cruel, de ausencias, de dolor y violencia, todo contado en el marco de una fábula, como se si tratase de Hansel y Gretel, de los hermanos Grimm, donde aquellos dos hermanos se encontraban con una durísima realidad, cruel y violenta, en esa casa que tan maravillosa parecía.

Un niño sólo, desamparado, que se encuentra desubicado, en una casa ajena y extraña, junto a una abuela que apenas recuerda y mantiene una nula relación, un chaval que camina por ese lugar buscando algo donde agarrarse, como la idea de reencontrarse con ese padre ausente, y que encuentra ese supuesto cariño o atención en Charly, un jovenzuelo medio delincuente que se aprovechará de la ingenuidad de Andy para conseguir sus objetivos oscuros. Andrade Pease nos conduce con aplomo y pausa por este cuento contemporáneo desde la mirada de Andy, desde la altura de un niño, desde esa inocencia de alguien que ha vivido rodeado del amor de su madre y ahora no entiende tanto desprecio y crueldad. Andy se siente solo, perdido, a la deriva, una especie de náufrago sin isla, sin amor, con esa ilusión de su padre, cuando su madre ya no está con él, algo donde agarrarse ante tanta violencia emocional, porque el director mexicano nos explica una historia de gran crueldad y violencia desde lo más íntimo, desde lo más profundo del alma de la condición humana, donde las relaciones familiares se mueven entre el dolor y la amargura, como descubriremos más profundamente con la llegada de Andrés, el padre de Andy, un tipo adicto al juego y egoísta, que mantiene una relación difícil y terrorífica con su madre.

La película se centra en seres de piel dura, faltos de amor, envueltos en la bruma de esos recuerdos amargos, dolorosos, con vidas duras, complejas y llenas de odio, que se han distanciado entre ellos, que han construido sus espacios personales donde ahogar sus penas y sus rencores hacia los demás y sobre todo, hacia ellos mismos. Andrade Pease nos sitúa en una casa señorial burguesa con su piscina, su grandísimo jardín, y esas guayabas que sirven para hacer confitura. Un espacio aparentemente bello y pacífico, que guarda secretos y recuerdos demasiado dolorosos, sus paredes y espacios almacenan rencores, cajas sucias y polvorientas de amargura y mentiras, mucha soledad y muchas heridas sin cerrar. La interpretación cálida y cercana de Emilio Puente dando vida a Andy, ese niño inocente y bondadoso que se enfrentará a ese universo de crueldad, dolor y violencia en el que viven su abuela y su padre, Charly y demás, en el que tendrá que aprender que a pesar de la belleza de algunas cosas, hay otras que ocultan miseria, soledad y oscuridad.

Con la sobriedad y brillantez que tiene una actriz como Carmen Maura que interpreta a esa abuela-bruja amargada y violenta, con esas miradas y gestos llenos de tiempo, donde demuestra una vez más su innata capacidad para mostrarlo todo sin enseñar nada, bien acompañados por Moisés Arizmendi que da vida a ese padre perdido, cansado y solitario con sobriedad y aplomo. Un relato de transformación protagonizado por un niño que muy a su pesar abandonará su mundo conocido y tranquilo, para enfrentarse a ese otro universo desconocido habitado por parientes extraños que lo conducirán por emociones oscuras, egoístas y llenas de odio y violencia, en el que Andy descubrirá otros mundos crueles y amargos, y sobre todo, se redescubrirá a sí mismo, acostumbrándose a unas relaciones diferentes a las que había vivido, donde vivirá con el desamparo y la soledad que se convertirán en sus compañías no esperadas ni queridas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA