Entrevista a Fabricio D’Alessandro

Entrevista a Fabricio D’Alessandro, director de “Oculto el sol”. El encuentro tuvo lugar el jueves 25 de enero de 2018 en los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fabricio D’Alessandro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Esther Lopera de La Chincheta comunicación, por su generosidad, amabilidad y cariño, y a Toni Espinosa, responsable de los Cinemes Girona, por su amabilidad, generosidad y cariño.

Ganar al viento, de Anne-Dauphine Julliand

LOS DÍAS VIVIDOS.  

“Estar enfermos no nos impide ser felices”

Tugdual es un niño de ocho años que ha sufrido dos tumores a pesar de su corta edad. El niño habla a la cámara con aplastante naturalidad y una madurez impropia para su edad, en la que explica con detalles el tamaño de su tumor y sus reflexiones acerca de su enfermedad, y su existencia de tratamientos, medicinas y hospitales. También, conoceremos las existencias de cuatro niños más, niños enfermos, niños que atraviesan dolencias graves y complejas, como Camille, que desde muy pequeño ha tenido que vivir con un cáncer, una dolencia que no le ha quitado una sonrisa y su pasión por jugar al fútbol. Ambre, una niña de nueve años, que lleva a sus espaldas su inseparable mochila de campanilla, en la que guarda una bomba conectada a su débil corazón que le ayuda a respirar, aunque ese gran problema de salud nunca le ha impedido seguir haciendo deporte. Imad tiene seis años y padece de una insuficiencia renal, de su diálisis y la esperanza de un donante que le ayude a vivir mejor, aunque siga siendo ese niño inteligente, apasionado por todo y amante de su familia y su Argelia natal. Y finalmente, Charles, que a pesar de su infancia enclaustrada en el ambiente hospitalario, debido a su grave enfermedad, necesita cuidados constantemente para paliar los dolores que le producen las llagas que pueblan todo su pequeño cuerpo, pero aún así, le encanta estar con Jason, un amigo también enfermo, y recorrer los pasillos del centro hospitalario.

La primera película de Anne-Dauphine Julliand (París, 1973) nace después de una experiencia personal y traumática como la enfermedad de su hija, experiencia que le llevó a conocer los ambientes de hospitales, tratamientos y operaciones, que recogió en dos libros, en “Llenaré tus días de vida”, que explicaba la cotidianidad de su hija enferma y su familia, que se convirtió en un gran éxito en Francia y traducido a más de 20 idiomas, y “Une journée particulière”, en la que se centraba en su familia cuatro años después de la experiencia con la enfermedad de su hija. Un tiempo que Julliand quería dejar constancia a través de una película, para de esta manera acercar la cotidianidad de estos niños enfermos. La directora francesa se deja de sentimentalismos y condescendencias, y filma un documento que atrapa la vida, en su estado más puro e insignificante, mirando a nuestra esencia vital, a partir de sus fragmentos fugaces, aquellos que no se ven, que no podemos guardar en una caja, pero si sentirlos con plenitud, llenándonos de la capacidad de vivir con lo mínimo, con aquello que somos y hacemos, sin mirar más allá, sólo ese momento que vivimos y disfrutamos sin más mañana que el ahora.

Julliand construye una película magnífica sobre el valor de la vida, de vivir intensamente cada segundo e instante de nuestras vidas, cuando esa vida se vive cada momento, porque no hay seguridad de que haya más momentos, y lo hace desde la sencillez y la naturalidad, capturando las existencias de cuatro niños y una niña que padecen graves enfermedades, en la que asistimos a sus intimidades, a sus quehaceres cotidianos como estar en el hospital, ir al colegio, visitar al médico, sus juegos, sus tratamientos, operaciones y demás, siempre junto a su entorno familiar y el equipo de médicos que los atiende. La cámara de Julliand se convierte en un personaje más de la historia, filmando esos momentos fugaces e intensos que viven estos niños, su desbordante alegría y apasionamiento por cada cosa que hacen, y su implacable sinceridad en el momento que nos hablan de su enfermedad y las posibilidades de tratamientos y curación, en la que su humanidad traspasa la pantalla fílmica, y nos acerca a un estado diferente, en el que los quehaceres cotidianos dejan de tener sentido, y escuchamos a estos pequeños que aman la vida en todo su esplendor y tristeza, y aún así no dejan que los convierta en esclavos de su vida, sino todo lo contrario, lo aceptan y siguen hacia delante, con alegría y sin olvidarse que a pesar de estar enfermos, siempre hay motivos para sonreír, jugar, cantar, gritar, y seguir siendo los niños que son.

Unos cuerpos frágiles e inocentes, que todavía no se han desarrollado en su plenitud, que siguen creciendo y aumentando, que viven diariamente con esa enfermedad que les impide llevar una vida como los demás, pero que a pesar de los pesares, y pese a sus inconvenientes, no dejan de desear, soñar, reír y amar la vida y su entorno, a pesar de sus enfermedades, dejándonos grandes lecciones sobre la existencia vital, sobre el valor de nuestras existencias, de aquello que verdaderamente es importante, mostrándonos una humanidad honesta y transparente, que más de uno la quisiera para él, donde no hay trampa ni cartón, sino sinceridad de primera, de vidas vividas, sobre la importancia y el valor de la vida, como único tesoro que tenemos, y tanto olvidamos por nuestras estupideces cotidianas. La vida, no como un todo, y una serie de objetivos personales, sino a través de sus momentos e instantes fugaces que nos hacen sentirnos vivos y bien con nosotros mismos, porque lo demás, lo que creemos que necesitamos no es más que un propósito, algo en el aire, algo todavía lejano, y seguramente, inútil para nosotros ahora mismo, en este momento e instante en el que todo está sucediendo y quizás nos perdamos eso tan valioso que tenemos como el aquí y el ahora, aprovechar cada instante porque quizás puede ser el único, y hacerlo desde un sentido humano, sin nada más material a nuestro alrededor, sólo nosotros y los que nos rodean.


<p><a href=”https://vimeo.com/233554348″>TRAILER GANAR AL VIENTO – V.O.S.E.</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmburo”>Film Bur&oacute;</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Florencia de Maio

Entrevista a Florencia de Maio, actriz de “Oculto el sol”, de Fabricio D’Alessandro. El encuentro tuvo lugar el jueves 25 de enero de 2018 en los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Florencia de Maio, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Esther Lopera de La Chincheta comunicación, por su generosidad, amabilidad y cariño, y a Toni Espinosa, responsable de los Cinemes Girona, por su amabilidad, generosidad y cariño.

Oculto el sol, de Fabricio D’Alessandro

SIETE INSTANTES.

La palabra “Eclipse”, término que proviene del griego, de la etimología  “ekleipsis”, quiere decir desaparición o abandono. Este extraño fenómeno, y más concretamente, el eclipse solar, es el que viven los personajes de Oculto el sol. Unos individuos que viven pequeñas historias alrededor de un día que la luz desaparece y deja espacio a lo que no se ve, a lo que no somos capaces de ver de nosotros mismos, a todo aquello que nos angustia y nos atormenta, a aquello que ocultamos a los demás. Siete momentos protagonizados por Lorenzo, un músico que trabaja en su nueva obra, se entera que sus padres biológicos no lo son. Laura decide que no tiene claro casarse el día de su boda.  Juana es hechizada por su amante que quiere estar de nuevo junto a ella. Gustavo, un bailarín de clásico, ya no le apetece volver a salir al escenario. Clara tiene la necesidad de comunicarse con su hermano con él que se ha distanciado. Gena siente extrañas presencias en su casa que comparte junto a su amor que casi siempre está ausente por el trabajo. Y finalmente, Ana y Mora, son dos mujeres que entran a escondidas en el domicilio vacío de una famosa actriz. Siete instantes, siete situaciones, siete momentos que sin tener nada que ver los unos con los otros, comparten un día diferente, en una ciudad cualquiera, una ciudad sometida a los caprichos de un eclipse solar que ocultará la luz y los encerrará en ellos mismos, en sus intimidades, deseos, ilusiones, miedos, frustraciones y demás sentimientos.

La puesta de largo de Fabricio D’Alessandro, argentino de nacimiento y afincado en Barcelona (que firma el guión, la edición y la coproducción de la cinta, junto a la escuela de cine FX Animation 3D, que se lanza con esta película a la aventura de producir)  se sitúa en un escenario singular, en un paisaje urbano donde parece evocar a un tiempo detenido, a un tiempo donde todo es posible, en el que los protagonistas de estas siete ventanas se sumirán en un espacio atemporal, en unos microcosmos domésticos e íntimos, en los que ya nada volverá a ser igual después de ese día, un día en el que se verán inmersos en ellos mismos, en una especie de búsqueda emocional que les hará preguntarse quiénes son, y qué quieren de ellos mismos, algo así como una especie de catarsis emocional debido al accidente meteorológico. D’Alessandro encierra a sus criaturas en pequeños espacios cotidianos, donde los sacude emocionalmente, dejando ver todo aquello que se oculta, aquello que no dejamos ver, que sentimos y no pueden ver los demás, y menos aquellas personas que forman parte de nuestro entorno, y lo hace mostrando una inusitada sencillez y honestidad, donde filma de manera desestructurada su relato, compuesto por breves e intensas secuencias que nos irán informando del devenir emocional de estas almas implicadas, en los que toca temas que van desde la identidad, nuestra intimidad, la soledad, el deber social y profesional, y sobre todo, el amor y sus devaneos sentimentales.

El director argentino construye una mezcla lúcida y cautivadora sobre nuestras emociones, nuestros miedos e inseguridades, sobre todo aquello que nos hace feliz o lo que nos duele, de aquello que nos hace sentir vivos o infelices, en un mundo más vertiginoso, mecanizado, y menos humano, donde todo va a velocidad de crucero, y ya no sólo no tenemos tiempo para los demás, sino que tampoco tenemos tiempo para nosotros mismos, en los que para protegernos nos encerramos en nuestros pequeños universos donde ocultamos nuestras miserias humanas, en una sociedad que parece renegar de lo que sentimos realmente y nada hace para aliviarlo, aunque solo sea por unos instantes. D’Alessandro se apoya en una fotografía de Gustavo Guevara y Martín Turnes, a partir de lo natural, en la que capta todos los detalles y miradas de los personajes, así como las atmósferas que la ausencia de luz va generando en los espacios, salpicada de claroscuros y detallista, donde los cuerpos y los rostros penetran en nuestra miradas, que parece como si pudiésemos tocarlos y sentirlos, moviéndose por espacios reducidos, en los que la cámara captura esos instantes en los que pueden abrirse a todo aquello enterrado y oscuro. El buen plantel de intérpretes capitaneados por Florencia de Maio (que además interviene en la producción y es la responsable de la dirección de actores) nos conmueven a través de leves miradas y gestos, en unas composiciones sinceras e íntimas, donde el tiempo se detiene para sus emociones, convocándoles en ese breve lapsus donde el eclipse hace que lo imposible sea posible, y donde la oscuridad provocada por el eclipse, deviene una apertura de sus sentimientos más profundos, que los acerca a los demás, y sobre todo, a ellos mismos.

D’Alessandro ha construido una película que rezuma independencia y vida por todos sus poros, valiente en su espíritu, y en su peculiar e incisiva maraña argumental, episódica, que sigue la estela de grandes obras como El placer, de Öphuls, El fantasma de la libertad de Buñuel o Roma, de Fellini… o los más prolíficos en estos lares, Robert Altman y Jim Jarmusch que en muchos de sus filmes daban buena cuenta de esta forma coral de presentar los conflictos de sus personajes, creando universos particulares, interesantes y extraordinariamente cercanos y vivos, aunque como suele ocurrir en este tipo de estructuras corales, hay algunos episodios que nos resultan más interesantes que otros, ya sea por su naturaleza o su manera de contárnoslo, pero tanto el montaje como la propuesta formal de D’Alessandro logra manejar sus tiempos y emociones de manera sincera, sin olvidarse de su planteamiento argumental, penetrando con libertad en su intimidad, creando el ambiente propicio que irá in crescendo donde la catarsis emocional renacerá de sus pequeños infiernos, y todo aquello que nos hace vivir irá lentamente saliendo a la superficie, casi sin darnos cuenta, apoderándose de los personajes y sus sentimientos, abriendo esa luz que tanto nos hace falta, una luz que, al fin y al cabo, es la que nos hace seguir respirando y emocionándonos, sentirnos vivos.


<p><a href=”https://vimeo.com/151858148″>&quot;Oculto el Sol&quot; de Fabricio D&acute;Alessandro – TRAILER OFICIAL -</a> from <a href=”https://vimeo.com/fabriciodalessandro”>FABRICIO L. D&acute;ALESSANDRO</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Encuentro con Ken Loach

Encuentro con el cineasta Ken Loach, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca, con motivo del ciclo “Ken Loach, la consciència social”. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de enero de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ken Loach, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Sin amor, de Andrey Zvyagintsev

ALIOSHA HA DESPARECIDO.

Zhenia y Boris son un matrimonio roto, después de 12 años de convivencia y un hijo, Aliosha, su amor, si existió en algún momento, ha muerto, y ya se encuentran con otras parejas para emprender una nueva vida, a la espera de vender el piso en común. Sus (des) encuentros son pura formalidad, llena de rabia, resentimiento, acusaciones y múltiples reproches. Su último escollo es su hijo, al que desean quitarse de en medio, al que utilizan como muñeco de trapo para evidenciar su fracaso matrimonial. Un día, Aliosha desaparece sin dejar rastro. Nadie sabe nada. El cine de Andrey Zvyaguintsev (Novosibirsk, Rusia, 1964) con la complicidad de su guionista Oleg Neguin, nace a través de un conflicto relacionado con la familia, familias desestructuras, difíciles y sumamente complejas, en las que una causa que irrumpirá con determinación en sus senos, vendrá a resquebrajar la aparentemente tranquilidad y cimientos construidos, y sacará a relucir todas las miserias de cada uno de sus componentes, sin olvidar en ningún caso el marco donde se desarrollan las historias, esa Rusia contemporánea desgarrada y sangrienta, donde nada funciona, o funciona a través de un mecanismo destructor, donde no hay espacio para la piedad y el consuelo, en el que todos los organismos oficiales están corruptos, y se mueven sólo por intereses personales, dejando desatendidos a unos ciudadanos egoístas, míseros y sedientos de una existencia ampulosa y confusa.

Una trayectoria ejemplar que se inició con su extraordinario debut, El regreso (2003) dos hermanos emprendían una travesía al encuentro de un padre resucitado, en Izgnanine (Destierro) (2007) una familia se hundirá en el infierno con la aparición del hermano destructivo de él, en Elena (2011) donde repasaba los restos de la Unión Soviética, en la que una madre se debatía entre un hijo alcohólico y un marido de la antigua élite soviética, en Leviatán (2014), un mecánico y su familia se veían amenazados por el alcalde corrupto de turno. Una trayectoria donde Zvyaguintsev aborda los temas candentes de su país desde un prisma crítico, utilizando tramas y personajes que devienen metáforas, que son utilizadas como armas arrojadizas a un sistema corrupto, salvaje y asesino, y lo hace a través de una forma de rigurosa construcción, poblada de unas panorámicas que sobrecogen, y nos introducen de forma cadenciosa en un universo siniestro y miserable, donde la vida ha pasado de largo, en el que el paisaje agota y deshumaniza, con esa luz sombría y tenue, que parece apagarse lentamente, casi sin ruido, contaminando todo lo que acaricia, sin más salida que una vida carente de sentido, oscurecida y rota.

Zvyaguintsev construye un relato en el que apenas escuchamos música, en una especia de naturalidad cotidiana siniestra, que incómoda y hace daño, en el que los personajes se mueven como autómatas, llenos de egoísmo y tremendamente individualistas, moviéndose entre sombras y claroscuros, en la bellísima y terrorífica luz de Mijaíl Krischman (habitual del director), y un montaje de grandes tomas, obra de Anna Mass (otra colaboradora del cineasta ruso) que apremia los grandes encuadres dando espacio a ese vacío y claustrofobia en la que viven sus personajes. El Moscú que nos captura el director está muerto, parece que la vida se ha detenido, donde ya nada funciona, en el que la policía se muestra ineficaz y sobre todo, insensible y completamente inútil, y en el que una asociación de voluntarios accede a ayudar a encontrar al niño desaparecido, uno de esos niños solos, faltos de cariño, que además tiene que soportar la indiferencia y el rechazo de unos progenitores carentes de amor y sensibilidad, que odian al fruto de aquel amor que creían sentir, y que ahora odian con vehemencia.

El pequeño Aliosha de 12 años se convierte en ese ser inocente y débil, utilizado como pretexto y muro que les impide en avanzar en su “felicidad”, en esas vidas que ya han empezado con otras personas y en otros espacios. Zvyaguintsev ataca con dureza no sólo a la sociedad burocrática rusa, que funciona como una empresa privada, donde sus  deseos económicos prevalecen al servicio y necesidades de su población, sino también, a todos aquellos ciudadanos que aceptan empleos que les facilitan una existencia medio burguesa a costa de aceptar empresas conservadoras con métodos fascistas, donde prima el engaño y la superficialidad. El cineasta ruso vuelve a mostrar un no mundo carente de humanidad, donde parece ser que todas las emociones son mecanizadas por el bien de uno mismo, moviéndose por deseos superficiales y vacíos, donde todo lo que se hace nos lleva a la frustración y la rabia contra los demás, quizás, el leve suspiro de esperanza lo podemos encontrar en el coordinador de la asociación de búsqueda del niño que además de prestarle una ayuda desinteresada al matrimonio, tiene algo de humanidad en tener un objetivo que nada tiene que ver con el bienestar personal, sólo con el fin de ayudar a quién lo necesita sin importar el deseo individualista, una actitud loable la del coordinador, sí, aunque solo sea un espejismo entre tanta devastación emocional.

¡Déjate llevar!, de Francesco Amato

MENEO AL PSICOANALISTA.

En La fiera de mi niña, de Howard Hawks, una alocada hija de papá protagonizada por Katherine Hepburn, trastocaba la anodina existencia y  llevaba al traste todos los asuntos de un paleontólogo tímido y despistado al que daba vida Gary Grant. Una de las obras cumbres del “screwball comedy”, un género que vino a criticar inteligentemente a las clases burguesas a golpe de risa y enredos por doquier. En Déjate llevar, tercera película de Francesco Amato (Turín, Italia, 1978) siguen con fidelidad los patrones del universo Hawks, en el que nos presentan a Elia Venezia, un aburrido, ególatra y estúpido psicoanalista (que interpreta con sutileza y nervio el grandísimo Toni Servillo) que pasa sus días entre sus pacientes, a los que parece no hacer caso, y además es vecino de su ex mujer, a la que todavía ama en secreto, pero que le demuestra lo contrario. Para más inri, durante un chequeo, su médico le recomienda a hacer deporte, situación que le llevará a conocer a Claudia, una alocada, enérgica y jovial jovencita que se convertirá en su personal trainer. Todo se enredará y de qué manera, cuando aparezca en la función una especie de novio de Claudia que anda tras un botín que no recuerda donde escondió.

La película tiene momentos divertidos, donde la comedia desternillante, con carreras, situaciones cómicas y demás, lleva a los personajes de aquí para allá, sometiéndolos a momentos de puro histrionismo, donde las bofetadas y los objetos vuelan sin dirección. También, se agradece la labor de los intérpretes, donde Servillo demuestra que vale para un roto como para un descosido, en el que no deja de reírse de su personaje, convirtiéndole en una caricatura de esos señores barbudos y gafas que se muestran soberbios e intransigentes frente a los demás, aunque en su soledad, la de sus cuatro paredes, no son más que unos pobres diablos que odian su soledad y se sienten inseguros. Verónica Echegui defiende su personaje con arrojo y sinceridad, siendo una madre soltera que intenta ganarse la vida como puede, una especie de buscavidas de barrio,  moviéndose de un lado a otro, y metiendo en varea a su cliente, ese psicoanalista muy capaz en su oficio, pero muy endeble con las relaciones personales. Una pareja en las antípodas, que como suele pasar en este tipo de películas, encontrarán más de una complicidad, ya que en el fondo, aparentemente parecen muy diferentes, pero en la cercanía, sienten los mismos miedos e inseguridades.

Tanto el psicoanalista como la personal trainer se verán empujados a una aventura, en el que se enfrentarán al noviete de Claudia, que acaba de salir de la cárcel junto a un cómplice y andará tras ellos ya que necesita de su ayuda para encontrar su botín. Unos secundarios inteligentes y audaces que animan el cotarro como Giovanna, la ex mujer de Elia, que cansada de las impertinencias del doctor, rehará su vida aunque eso alertará a su ex marido. Amato ha hecho una película sencilla y honesta, construyendo una comedia ligera, aquella que hace años en Italia se llamaba “comedias blancas”, donde pasar un rato agradable, y además, y si esto es posible, dejar algún poso en los espectadores, sabiendo que vamos a pasar un rato divertido, en el que nos reiremos de unos personajes que aunque no lo parezca, tienen mucho que ver con nosotros, en nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos, y sobre todo, con los demás, en todos las estupideces y gilipolleces que cometemos, ya que estamos muy bien formados para el trabajo, pero no para las relaciones, en las que nos equivocamos demasiado, y cuando queremos solucionarlo, aún lo fastidiamos más, ya que nos dejamos llevar por nuestra soberbia, cabezonería y orgullo de pacotilla.