Singled (Out), de Mariona Guiu y Ariadna Relea

EL ESTIGMA DE LA SOLTERA.

“Los hombres buscan una mujer que ya no existe. Las mujeres buscan un hombre que aún no existe. En otras palabras, los hombres buscan una mujer del pasado y las mujeres buscan un hombre del futuro”

Albert Esteve, Centro de Estudios Demográficos de la UAB

En el mundo actual, la soltería todavía arrastra convenciones y prejuicios sociales, y sigue viéndose como algo negativo y perjudicial para la vida de las personas. En el caso de las mujeres, los problemas y las miradas juiciosas aumentan considerablemente, ya que la mujer es vista como un ser indefenso y maternal, que necesita la protección masculina o cualquier tipo de ayuda en su cotidianidad. Aunque todavía hay mucha tela que cortar, la película se centra en el caso de cinco mujeres y su soltería. Las directoras Mariona Guiu (Barcelona, 1980) y Ariadna Relea (Barcelona, 1977) tienen amplia experiencia en el campo documental, en los que han trabajado en proyectos sociales preocupándose por la situación de los más desfavorecidos de Cuba, Guatemala o el Sahara, o la memoria histórica, centrándose en la mujer, y sus entornos y contextos, para su primera película juntas, han viajado a cuatro lugares del mundo, muy distintos entre sí, donde ser mujer y soltera es toda una odisea, en una sociedad cada vez más preocupada del individualismo y el éxito económico y olvidada completamente de las emociones.

Todas las mujeres que conoceremos y miraremos son mujeres independientes económicamente, con empleos que les permiten unas comodidades y un estilo de vida moderna, y viven su vida conforme a sus valores y principios. La película viaja a diferentes lugares y entornos, donde nos explican sus singularidades sociales y culturales. En Melbourne, nos presentan a Jules, que tiene las páginas de contactos para encontrar pareja, aunque sin mucha fortuna, donde la película se centra en la falta de hombres en el país. Nos trasladaremos a Barcelona a conocer a Manu, de casi 40 años, también con la idea de la pareja, pero añadiendo el objetivo de ser madre. En Estambul, estaremos con Melek, una joven que quiere estudiar en el extranjero, y olvidarse de una sociedad que se mueve entre la modernidad y las tradiciones más arcaicas, y finalmente, en Shanghái, descubriremos a dos mujeres, a Shu y Yang, en un país donde la tasa de hombres es muchísimo menor que el de las mujeres, y eso ha provocado que muchas mujeres sean consideradas “sobrantes”.

La película sigue de forma honesta e íntima la cotidianidad de estas mujeres, entrando en sus viviendas, sus familias, y sus conversaciones, reflexiones y declaraciones sobre su presente y su futuro, sin entrar en ningún juicio de valores ni nada parecido, dejando que ellas comuniquen su vida y sus miedos e ilusiones, filmándolas desde el respecto y capturando su esencia, mujeres todas ellas, sinceras e inteligentes, que desnudan su alma delante de la cámara, en el que exploramos su vida desde una posición privilegiada, conociendo diferentes formas de soltería, aceptada o no, pero siendo consecuentes con sus actos y sobre todo, manteniéndose firme en un entorno hostil y juicioso, más preocupado de las apariencias que de los verdaderos sentimientos. Pero, la película no sólo muestra cinco solteras y sus modos de vida, sino que también, escuchamos a varios expertos en sociología, derecho y demografía, que nos explican las diferentes situaciones políticas, económicas, sociales y culturales de los diferentes países que visitamos, además, de reflexionar sobre el individuo, las diferentes formas de vida, y la decisión de estar solo, y las múltiples formas de aceptación personal, de vida y sociabilidad de los diferentes entornos.

Guiu y Relea, a través de su mirada inquieta y curiosa, nos descubren su película a través de la sencillez y la intimidad, como si estuviéramos mirándola a través de una agujero en la pared sin ser nunca descubiertos, con la libertad del que mira, adentrándonos en otras vidas, en otras formas de vida y valores, moviéndose por una sociedad que al igual que sucede en Turquía, se presenta como moderna, pero todavía, en lo más profundo, alberga raíces muy conservadoras sobre cómo vivir y sobre todo, con quién vivir, arrastrando convenciones y conductas sociales oscuras y medievales, que se niegan a aceptar que como dice la canción: “Que los tiempos están cambiando”, y existen tantas formas de vida como personas existen en el planeta, ni mejores ni peores, solamente diferentes, vidas que merecen ser escuchadas y comprendidas, vidas que viajaban libres, a pesar de las dificultades sociales, y ese estigma que las sigue como una sombra culpabilizadora, que las sigue sin descanso, aunque ellas, estas mujeres seguirán confiando en sí mismas, y dejándose llevar por sus vidas, sus sueños, sus miedos y hacía adelante.


<p><a href=”https://vimeo.com/227864197″>SINGLED [OUT] – TRAILER VO CAST</a> from <a href=”https://vimeo.com/singledoutthefilm”>SINGLED OUT FILM</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Caras y lugares, de Agnès Varda y JR

¡VIVA EL CINE! ¡VIVA LA VIDA!

Hay películas que sólo el mero hecho de verlas, uno se reconcilia, aunque sea un poco, con la humanidad, con aquello que nos hace peculiares, únicos y diferentes a todo aquello que nos rodea, eso sí, mirándolas sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, y sobre todo, dejándose llevar por su interior, por aquello que la obra muestra, por aquel viaje que nos lleva a conocer personas, lugares y estados de ánimo. Visages, Villages es una de esas películas, que nos atrapa y nos hipnotiza con sus imágenes cotidianas, con gentes corrientes, y situaciones sencillas. De sus autores podríamos decir que tenemos a JR (París, Francia, 1983) un fotógrafo urbano especializado en murales y por el otro, nada más y nada menos que Agnès Varda (Ixelles, Bélgica, 1928) una de las grandes cineastas de todos los tiempos, que lleva más de medio siglo construyendo cortometrajes, documentales y ficción, en los que ha hablado de su contexto político, social, económico y cultural de su tiempo, desde aquel maravilloso debut La pointe courte (1954) donde siguiendo los postulados Rossellinianos avanzaba lo que será la Nouvelle Vague.

El cine de varda se caracteriza, tanto en sus celebradas obras de ficción como Cleo de 5 a 7 (1962) o Sin techo ni ley (1985) en un cine híbrido que tiene un fondo de documento, de filmar lo más frágil y aquello invisible, un cine sobre la memoria, lleno de cotidianidad, de personas cercanas, y de lugares a tiro de piedra, con especial dedicación a lo femenino, a lo oculto, y a aquello que la frenética sociedad deja de lado, con especial dedicación al trabajo de las clases obreras y a lo popular de la cultura francesa, como así lo muestran títulos como Daguerréotypes (1976) en la que filmaba las personas de la calle donde vivía, o Mur Murs (1980) donde mostraba los murales de la ciudad de Los Ángeles, desde sus autores, sus reivindicaciones y vidas. En el nuevo milenio, son my celebrados trabajos como Los espigadores y la espigadora (2000) y su secuela Dos años después (2002), en la que registraba con su cámara de video, el mundo oculto de aquellos que vivían de lo que tiraba el resto, a través de un canto a la vida, capturando a las gentes anónimas, sus casas y sus vidas particulares. En Las playas de Agnès (2008) hacía un recorrido de su propia vida como cineasta, siempre con delicadeza y un gran sentido del humor que recorre toda su filmografía.

Ahora, Agnès, junto a la compañía de JR y su furgoneta-estudio fotográfica, emprenden un viaje por la Francia rural, acercándose a las vidas de aquellas personas anónimas y sencillas, con el propósito de hacerles un retrato de sus rostros, expresiones y miradas, imprimirlo y luego, colgarlo en alguna de las paredes, ya sea su casa o algo que tenga que ver con su persona. De esa manera, llegan a un pueblo de mineros ya abandonado, donde encuentran algunos familiares y a la única mujer, una hija de minero que sigue en su casa. Luego, irán a otro pueblo y así sucesivamente, por su cámara posan trabajadores de todo tipo: camareras, estibadores y estibadoras, agricultores, ganaderos y toda una serie de aldeanos del mundo rural, en el que la película rescata un muestrario de vidas anónimas, sencillas e invisibles, a las que Varda y JR, se acercan a ellas, les preguntan y las retratan para que decoren las paredes y muros de su pueblo. Tanto Varda y Jr, reflexionan de aquello que ven, y dialogan, en un viaje donde vida y cine se dan la mano, se mezclan, y se alimentan, donde la imagen fija y la imagen en movimiento se fusionan, se entremezclan y disfrutan una de la otra, en una perfecta simbiosis, en el que las vidas de los cineastas y su trabajo se convierten en uno sólo, donde la vida y lo que vemos se cuela de forma sencilla.

Toda la película está bañada de un gran sentido del humor, en el que las cosas más pequeñas o minúsculas tienen su grado de importancia y son esenciales para aquellas personas que nos transmiten alegría, tristeza y honestidad, como la señora que no quema los cuernos de sus cabras, como hacen el resto, sabiendo que será perjudicial para su negocio, o los estibadores, enfrascados en una huelga para defender sus trabajos, se prestan a relajarse un rato y hacerse el retrato que les sacará por unos instantes de la tensión, o la imposibilidad de que uno de los retratos-murales resista al embate de la marea, o aquellos peces retratados en el mercado que decorarán un depósito de agua, o finalmente, esos ojos de los autores que viajarán en tren mirando todo aquello que se encuentren. Varda y JR se complementan a la perfección, la sabiduría y el talento de los años con la energía y la mirada de la juventud, en el que logran retratar la Francia rural o una parte de ella, desde el azar, sus encuentros y el descubrimiento, esa mirada curiosa e inquieta de conocer lo cotidiano, lo más cercano a la tierra, a nuestros ancestros, olvidando el ruido y el frenesí de las ciudades.

Varda y JR han construido una película llena de vida, de cine, que nos emociona desde su intimidad y cercanía, en la que nos proponen dejarnos llevar por sus imágenes, en las que descubriremos una vida alejada a la nuestra, basada en la sencillez, done escucharemos historias olvidadas y presentes, donde hijos y nietos nos hablan de un tiempo que ya se fue, un tiempo que sigue en ellos, un tiempo siempre fugaz, incierto y esquivo, que la cámara recoge desde el respeto y la calidez, a través de una propuesta delicada y humanista, convertida en una road movie rural maravillosa y sentida, un cuaderno de viaje sobre la memoria de lo rural, dejándose llevar por aquello misterioso que encuentran por azar o a través de amigos, casi sin ningún itinerario preconcebido, lanzándose a la aventura, a descubrir y asombrarse por lo sencillo, con personas, relatos, lugares y objetos que les llenan, que los alegra, pero que también los entristece, como los momentos en los que rinden homenaje a los que no están como Nathalie Sarraute, Guy Bourdin o Cartier-Bresson, autores y fotógrafos que también se dejaron llevar por el azar, el asombro de lo cotidiano y la necesidad de vivir, descubriendo y descubriéndose, asombrándose por los pequeños detalles, con las gentes y sus costumbres, con amor, alegría, tristeza y mucho humor.

Entrevista a Carles Bosch

Entrevista a Carles Bosch, director de la película “Petitet”, en el marco del DocsBarcelona. El encuentro tuvo lugar el lunes 14 de mayo de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carles Bosch, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Tariq Porter y Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Marguerite Duras. París 1944, de Emmanuel Finkiel

LA MUJER QUE ESPERA.

Estamos en el París ocupado por los nazis, en junio de 1944. Marguerite es una mujer de unos treinta años que participa en la resistencia junto a su marido, Robert Antelme. Un día, la Gestapo detiene a Robert y lo deporta. A partir de ese instante, comienza el particular vía crucis de Marguerite, en la que su única existencia se reduce a esperar, a convertirse en una sonámbula en su propio apartamento, y caminando sin cesar por las calles de París con el objetivo de encontrar algún indicio, por pequeño que sea, del paradero de su marido. Marguerite encuentra consuelo o rabia en Rabier, un policía colaboracionista que le facilita información del paradero de su marido, y también, sigue en contacto con miembros de la resistencia como Dionys. El director Emmanuel Finkiel (Boulogne-Bilancourt, Francia, 1961) ayudante de Tavernier, Kieslowksi o Godard, encuentra en el texto biográfico de “El dolor”, de Marguerite Duras (1914-1996) la base para construir su relato, un relato en el que también hace memoria de su propia familia, ya que muchos de sus miembros fueron deportados. Finkiel nos habla de las presencias, y sobre todo, de las ausencias y el tiempo, del dolor de una mujer que ha dejado de vivir, sólo existe para su marido, aquel que no está, aquel que no sabe dónde se encuentra, y sobre todo, que fue de él.

Finkiel acota su película en un período de un año más o menos, aquel que va desde junio del 1944 a abril de 1945, un espacio de tiempo, donde París será liberada y la alegría de unos, la mayoría, contrasta con la tristeza y la desesperación de unos pocos que ven que los suyos no regresan y el tiempo, el maldito tiempo, pesa como una losa, como si no quisiera avanzar, como si fuese esa agua estancada que huele a podrido, un tiempo pesado, dolorido y triste. La luz de Alexis Kavyrchine consigue encerrarnos en esa prisión de ausencia en la que se encuentra instalada, muy a su pesar, Marguerite, con ese rostro triste, de no vida, ese rostro en mitad de la nada, en mitad de no sabe dónde, con esa mirada caída, sin fuerzas, de una mujer herida, que sólo espera, como si su espera fuese un aliento de vida tan frágil que despertarse y caminar cada día en busca de noticias, fuese casi un milagro, como si fuese el último día, porque quizás mañana no tendrá fuerzas suficientes para emprender su rutina diaria.

Finkiel captura el alma triste y despojada de esa ciudad ocupada, entre colaboracionistas, delatores, deportaciones, y sobre todo, ese miedo que te entra en las entrañas y te desgarra por dentro, ese miedo instalado en cualquier rincón de la ciudad, donde todo se mueve con sigilo y nervios, donde cualquiera se ha convertido en extraño y enemigo, donde hasta el más perdido, puede delatarte. El cineasta francés ha hecho una película de corte clásico, pero tristemente actual por su contenido, en el que la ética y la moral tanto de unos y otros, vencedores o vencidos, se debate entre aquello que hacemos para conseguir con vida, aunque sea a costa de otros que en realidad son inocentes, y nuestra conducta ante la maldad cotidiana, esa que vemos y sabemos, pero que callamos por miedo a la represalia. Finkiel construye una intriga psicológica de gran calado cinematográfico, en el que seguimos la existencia durísima y triste de Marguerite, por un lado, y por el otro, el contexto de la guerra en las ciudades, donde la guerra era demasiado presente, donde el invasor y aquellos que le ayudaban, sembraban el terror en cada calle, en cada esquina y en cada apartamento, sin lugar a respirar, con un ahogo continuo donde nadie está a salvo.

Finkiel convierte en la ciudad en un personaje más, inundando sus calles de miedo, de dolor, de tristeza, como un espacio sin vida, reflejo del trasfondo psicológico que experimentan sus personajes, desde Marguerite, impresionante la composición de la actriz Mélanie Thierry (que habíamos visto como cooperante en la guerra de los Balcanes en Un día perfecto, de Fernando León de Aranoa) en la que consigue con sutileza y sobriedad capturar todas las emociones que tiene su personaje, esa Marguerite rota por el dolor, con sus angustias y pesares, sin recurrir a las estridencias y la gestualidad tan recurrentes en este tipo de personajes tristes. Le acompañan Benoît Magimel, como colaboracionista, y completamente irreconocible, con bastantes kilos de más, con esa soberbia y prepotencia del vencedor, y esos trajes impolutos en los que demuestra su posición en tiempos tan amargos y de carencias, en una interpretación modélica, en la que como su partenaire, retrata desde la contención y el detalle más ínfimo, y esta terna la completa Benjamin Biolay como uno de los jefes de la resistencia, y principal apoya emocional de Marguerite, con ese aire de Belmondo, en el que compone una interpretación intensa y sobre todo, de miradas, desde la sobriedad del conjunto de la película. Finkiel ha creado una obra con mayúsculas, sin recurrir a trucos efectistas ni maniobras argumentales facilonas, sino todo lo contrario, mostrando la ausencia y ese dolor que provoca, ese dolor que se agarra al alma y no la deja respirar, que acaba corrompiendo tus sentimientos, tus fuerzas para seguir, tu coraje para seguir esperando, aunque sea lo más duro de tu vida, porque seguir alimentando la esperanza es lo único a lo que puedes agarrarte cuando ya nada más importa y existe.

Entrevista a Toni Comas

Entrevista a Toni Comas, director de la película “Indiana”. El encuentro tuvo lugar el jueves 31 de mayo de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Toni Comas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego, a Esther Lopera de La Chincheta Comunicación, y a Carmen Jiménez de ArteGB, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Petitet, de Carles Bosch

LA PROMESA DEL RUMBERO.

“A los gitanos, lo que nos pasa, es que cuando decimos algo lo hacemos”

Petitet

Joan Ximénez es “Petitet”, un gitano de Barcelona, de la calle de la Cera, que fue uno de los mayores músicos percusionistas de la rumba catalana requerido y admirado por todos,  e hijo de uno de los palmeros de Peret. Ahora, Petitet tiene una rara enfermedad, que le ha retirado de la música, que lo debilita muscularmente, y necesita de una máscara de oxígeno para seguir hacia adelante. Petitet prometió a su madre moribunda que llevaría la rumba catalana a un gran teatro acompañada de una orquesta sinfónica. El cineasta Carles Bosch (Barcelona, 1952) uno de los grandes nombres del periodismo, director y realizador del mítico “30 minuts” de TV3, arrancó con Balseros  (2002) que nació de un programa para convertirse en un documento esencial e íntimo sobre 7 cubanos y su odisea de emigrar a EE.UU., le siguió Septiembres (2007) donde recogía las historias de amor de un grupo de presos de la cárcel Soto del Real de Madrid, y Bicicleta, cuchara y manzana (2010) en la que filmaba al ex alcalde y ex presidente de la Generalitat Pasqual Maragall, cuando anunció públicamente que padecía alzheimer y su crónica diaria.

Ahora, Bosch vuelve al retrato individual, sin olvidar lo colectivo, si bien como su anterior trabajo nos habla de la intimidad y la cotidianidad de alguien enfermo, en sus dos primeras películas, el retrato colectivo daba paso al individuo, a su contexto y sus circunstancias, como ocurre en la película sobre Maragall y en Petitet, dos hombres y un destino, enfrentados a su enfermedad, con determinación y resistencia ante los avatares de la vida. Petitet emprende su empresa, nada fácil y extremadamente compleja, en cierta medida, su aventura urbana nos recuerda a esos personajes como Fitzcarraldo o Lope de Aguirre de las películas de Herzog, porque son seres que, contra viento y marea, izan sus velas y emprenden su viaje, acompañados de los suyos y sin que nada ni nadie les impida cumplir su objetivo. Petitet es un tipo corpulento, le cuesta horrores moverse y físicamente esta “fotut”, pero él, como buen gitano de palabra, sigue a lo suyo, reclutando y juntando a sus compadres músicos y a otros (algo así como el jefe de Los siete samuráis) para formar su grupo, su orquesta y empezar con sus ensayos y la planificación que no es poca.

Bosch filma a Petitet y su odisea urbana y cercana, durante un año, capturando su empuje, su resistencia y valentía, convencido de que a pesar de su maltrecha salud y la empresa titánica en la que está enfrascado, tirará pa’lante como sea y con las pocas fuerzas que le queden, porque como bien explica el propio Petitet en la película: “El tren ya está en marcha, no puede parar”. Bosch crea un espacio escénico extremadamente humanista e íntimo, de una cercanía que traspasa, pero sin articular ningún discurso o enjuiciamiento, nos habla a “cau d’orella”, de personas que a pesar de las dificultades extremas y las circunstancias adversas, no se detienen ante nada, y siguen convencidos de su tarea, de su idea, cueste lo que cueste, y en todo momento, flaquean o decaen, aunque los vemos cansados, con dudas y temores, pero después de un lapsus, siguen con su idea hasta las últimas consecuencias, enfrentándose a los conflictos, tanto externos como internos, siempre manteniéndose en pie, y sin perder la dignidad.

Petitet como buen gitano, adora a su familia y es su motor vital, y en la promesa a su madre fallecida, encuentra su manera de contribuir a la rumba catalana (esa fusión de flamenco con los ritmos afrocubanos) sacarle de su olvido, después de sus años primorosos, donde gente como “El Pescaílla”, Gato Pérez, Peret, “Los Chicos” y compañía, la hicieron grande y exitosa. Petitet toma el testigo, que no es nada sencillo, y monta este tinglado (que recuerda al que montaron Newman y Redford en El golpe) para poner en el candelero nuevamente, para que los más jóvenes la conozcan y bailen con sus ritmos. Bosch ha vuelto a emocionarnos, desde la sencillez y la humanidad de sus personajes, capturando las conversaciones, las diferentes posiciones, los ensayos, las risas, las discusiones, y el compadreo y la amistad,  filmando la esencia de sus curiosos tipos, de esos gitanos de barrios populares, que no saben leer música, pero no hay nadie que se les compare a la hora de componer ritmos y variaciones musicales, porque lo llevan en el adn gitano, ese que se hereda de abuelos a padres, y éstos, a sus hijos, y luego, a sus nietos, y así siempre. Bosch nos hace bailar, emocionarnos, reír y también, sufrir, porque aparte de que Petitet consiga materializar su promesa, estamos ante un hombre que cree en sí mismo, a pesar de todo y todos, que a su manera, es alguien emprendedor, valiente y cabal.

Entrevista a Fèlix Colomer

Entrevista a Fèlix Colomer, director de la película “Shootball”, en el marco del DocsBarcelona. El encuentro tuvo lugar el domingo 3 de junio de 2018 en las oficinas de la productora Forest Film Studio en Sabadell.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fèlix colomer, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Tariq Porter y Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.