No nacimos refugiados, de Claudio Zulian

VIDAS EXILIADAS.

“Las palabras de la niñez no significan sólo reencuentros con una identidad perdida oscurecida al menos por la vida en el exilio, que por otra parte la enriquecía-, sino también la apertura a un proyecto, lanzarse a la aventura del porvenir”.

Jorge Semprún

En un instante de la película, uno de los exiliados asevera: “Tienes unas ideas y las aceptas, entonces asumes sus consecuencias”. Una definición que engloba el sentimiento que sienten las personas que han exiliado por un motivo político, una condición que viene de atrás, de unas ideas que lo posición a uno frente al poder, un poder que persigue a aquellos que piensan diferente, que se oponen, que resisten a la injusticia. Claudio Zulian (Campodarsego, Padua, Italia, 1960), ha confeccionado una carrera multidisciplinar en la que ha tocado muchos palos como las instalaciones museísticas, el teatro, la música, la televisión y el cine, donde ha desarrollado una filmografía enfocado en la periferia, en todos aquellos ciudadanos anónimos, invisibles, alejados de todo y todos, como demostró en A través del Carmel (2009), donde recorría la cotidianidad del barrio y sus gentes, en Born (2014), recreación histórica centrada en tres personajes que viven en el barrio del Bornet de la Barcelona de principios del siglo XVIII, en Sin miedo (2017), ponía voz a todos los familiares que buscan a sus seres queridos desaparecidos durante la dictadura de Guatemala.

En No nacimos refugiados, vuelve a Barcelona, a su ciudad de adopción, a sus calles, a sus cielos, para retratar ocho vidas de refugiados, ocho miradas de personas que se mueven por nuestras calles bajo el mismo cielo, y no lo hace desde la denuncia, como suele ocurrir en estos casos, sino que lo hace desde otro punto de vista, desde la humanidad que desprende cada una de ellas, a modo de breves capítulos, donde cada uno explica su pasado y presente, argumentando su decisión de exiliarse, desde lo humano y lo político, desde lo más profundo de su ser. Conocemos a Mohamad, Boris, Iryna, Gabriel, José Luis, Mahmoud, Maysam y George, de edades, profesiones y condiciones sociales diferentes, que vienen de lugares muy distintos. Unos han dejado la Siria en guerra, otros, debido a sus ideas políticas, tuvieron que abandonar su país, otros, su condición homosexual les obligó a irse, y alguna, la guerra también obligó a huir por la escasez médica que precisaba. Vidas de frente, cara a cara ante nosotros, que nos miran sin acritud, a los ojos, escuchando sus testimonios, su posición política, su vida en Barcelona, los obstáculos y barreras con las que se encuentran, la terrible burocracia para regularizar su situación, los problemas y conflictos cotidianos que nos encontramos en una posición así.

Zulian filma personas, personas diferentes, con circunstancias vitales muy parecidas, desde el respeto y la humildad, construyendo su retrato desde todos los ángulos posibles, situando a sus “personajes” en el centro de la cuestión, accediendo a sus vidas invisibles, esas vidas tan presentes y vivas, con sus tragedias y esperanzas, que funcionan como espejo para nosotros, unas vidas que podríamos ser nosotros, como asevera el subtítulo de la película: “¿Quién conoce su destino?”, toda una declaración de intenciones de todas las vidas que pasan por la pantalla, unas existencias que la vida y las circunstancias les han llevado a empezar de nuevo en otra latitud, en Barcelona, arrancando una vez más, dejando sus países de origen, al que sueñan con volver algún día, arrastrando sus heridas emocionales, sus recuerdos, toda esa vida que se truncó, que cambió, que empezó en otro universo, y lo explican desde la intimidad, desde la ausencia, y desde la más absoluta cotidianidad.

El cine de Zulian habla de personas como nosotros, de vidas-espejo que transitan por los mismos lugares que también transitamos, tropezando, en muchas ocasiones, con las mismas dificultades y sintiéndonos tan frágiles y fuertes según las situaciones. Un cine humanista, que utiliza la palabra como vehículo sensible y honesto para explicar vidas, todo tipo de vidas, un cine humanista, de carne y hueso, de gentes que intentan tener vidas dignas a pesar de tantas imposiciones deshumanizadoras, un cine por y para la vida,  como el que hacían el Renoir de Toni, o el Rossellini de La terra trema, donde las películas-retrato emanan verdad, donde la realidad subjetiva emerge desde la honestidad del que mira y observa a aquellos quiénes son como nosotros, que viven y padecen, que desean llevar una vida digna y sincera, a pesar de las circunstancias, como la mayoría de seres humanos, siendo fieles a sus creencias, sus ideas, y todo lo que ellos son, sin arrodillarse ante nada ni nadie, asumiendo las consecuencias de quiénes son y dónde quieren llegar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crescendo, de Dror Zahavi

MÚSICA CONTRA LA GUERRA.

“La música es una cosa amplia, sin límites, sin fronteras, sin banderas”

Léon Gieco

La palabra Crescendo, en el universo musical, significa “Fragmento musical que se ejecuta aumentando gradualmente la intensidad del sonido”, toda una declaración de intenciones la del director Dror Zahavi (Tel Aviv, Israel, 1959), a la hora de titular su película, en un relato que habla sobre el poder de la música como vehículo de reconciliación entre israelíes y palestinos. Si bien, quizás, es mucho pedir entre dos pueblos enfrentados de hace más de medio siglo, al menos, la intención está ahí, y el esfuerzo por entenderse  y mirar al otro, también, y que la música ayude, mejor. La película se inspira libremente en la West-Eastern Divan Orchestra, una idea del músico Daniel Barenboim y el filósofo Edward Said en 1999 para reunir a jóvenes músicos árabes e israelíes como camino para reconciliar a los pueblos con el telón de fondo de una conferencia de paz. Zahavi, que lleva más de veinticinco títulos dirigidos, muchos de ellos enclavados en el conflicto israelí-palestino, convoca a un director de orquesta famoso como Eduard Sporck, con la tarea de elegir a un grupo de músicos jóvenes árabes e israelíes, que ensayaran durante tres semanas y ofrecerán un concierto de música clásica.

Como pronto se verá, la empresa no va a resultar nada sencilla, ya que se forman dos grupos rivales, los palestinos por un lado, capitaneados por Layla, violinista, y por el otro, los que comanda Ron, israelí y también, violinista, y entre ellos, Omar, palestino, y Shira, israelí, que entre ensayo y rivalidad, se enamoran, siguiendo los postulados del “Romeo y Julieta”, de Shakespeare. Y en esas andamos, lo que en un principio parecía una idea conciliadora y humanista, acaba convirtiéndose en una forma de trasladar la situación política al devenir de la orquesta. Sporck se erige como la figura reconciliadora que intenta, por todos los medios, llevar a buen puerto el objetivo de armonizar todas las inquietudes enfrentadas y transformarlas en excelentes intérpretes, exponiendo la música como el principal y único elemento capaz de provocarlo. El director israelí consigue una película interesante y sensible, dando voz a todos esos jóvenes maltratados por la situación política de sus países, siendo contaminados por ese odio acérrimo y cruel que se ha instalado desde hace tantos años.

El relato también se detiene en la oposición de los padres árabes de permitir a sus hijos ingresar en la orquesta, y los hijos, intentando hacerles comprender, o las situaciones complejas que se van generando entre la representante del proyecto y Sporck, que intentan dirigir las disputas internas entre los diferentes músicos. Otro elemento esencial de la historia es la idea de la historia como repetición constante de los errores del pasado, ya que el director de orquesta, hijo de nazis (como ya lo había sido en la reciente Sin olvido, de Martin Sulík), explica su testimonio de perseguido por aquellos que le querían hacer pagar los errores de sus padres. La película nos sitúa en Tel Aviv, donde se encuentra la sede de las audiciones, los territorios ocupados de Gaza, donde vemos la cotidianidad de los palestinos, los constantes controles militares, que da una idea de la opresión y asfixia en la que viven tantos árabes, y la apacible y bella villa austriaca donde se llevan a la orquesta para los ensayos. La película se ve bien, tiente hechuras emocionales y capta la idea de la música como motor de esperanza y ayuda a los extremos, en la que somos testigos de el Crescendo del título, donde la tensión emocional que arranca al principio, donde la orquesta es un campo de batalla entre los dos bandos entre israelíes contra palestinos, para ir poco a poco, y lleno de obstáculos, a una especie de reconciliación frágil, pero que ayuda a que las posturas no sean tan extremas.

La grandísima presencia de Peter Simonischek dando vida a Sporck, un intérprete de una audacia y composición apabullantes, que se mueve, mira y habla con una clarividencia y sobriedad absoluta, se erige como el patrón de esta orquesta difícil y compleja, bien acompañado por los jóvenes Sabrina Amali como Layla, la incorregible violinista palestina, Daniel Donskoy como Ron, el apuesto y chulesco violinista judío, y los enamorados, Omar que hace Mehdi Meskar y Eyan Pinkovich, y finalmente, Bibiana Beglau que compone a Karla, la representante del proyecto. Siguiendo la premisa de “El amor nos hace más fuertes, el odio nos debilita”, que lanza la película, habla de todo aquello que nos acerca, como puede ser la música, y el grupo, que se necesitan para tocar todos juntos y hacer un buen concierto, aunque sean diferentes, y piensen de formas muy distintas, y en materia política, sientan que están enfrentados y sean irreconciliables, pero la idea de Zahavi va en contra de todo eso, que seguramente, la música no cambiará la situación que se vive en Israel y Palestina, pero provocará que, por un tiempo, aquellas que se encuentran eternamente enfrentados, se detengan un instante, se miren los unos a los otros, y entiendan que, todos juntos se necesitan para hacer música, y por un momento, cesarán los rencores y los odios y solo hablarán los instrumentos y la música lo detendrá todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Binti, de Frederike Migom

MIRARSE EN EL OTRO.

“Si dejáramos de mostrarnos autosuficientes y nos atreviéramos a reconocer la gran necesidad del otro que tenemos para seguir viviendo, como muertos de sed que somos en verdad, ¡cuánto mal podría ser evitado!”

Ernesto Sábato

Binti tiene 12 años, y sueña con ser famosa a través de su canal de youtube. Binti vive en Bélgica, junto a su padre Jovial, ocultos de la policía en una casa ocupada, porque ellos son del Congo y están sin papeles. Durante una redada policial, Binti y su padre, huyen y se ocultan en un bosque. Allí, conocen a Elias, en su cabaña, que también es sede del club salvar a los okapis. Todos acaban en casa de Elias, que comparte junto a su madre, Christine, una divorciada que se dedica a diseñar moda infantil. Así, empieza una película que nos habla de temas como la diversidad y la diferencia, de la necesidad del otro, y sobre todo, de los sueños imposibles de un par de niños que desean romper las barreras, y hacer aquello que desean. Binti, aunque no existe, legalmente hablando, tienen mil seguidores en su canal, donde explica su vida en forma de diario audiovisual. Elias, que todavía sufre la separación de sus padres, quiere ayudar a que los okapis no se extingan. Dos sueños difíciles, pero no imposibles. Dos miradas que entenderán que deben ayudarse el uno al otro para llevar a cabo tales sueños.

Frederike Migom (Amberes, Bélgica, 1985), estuvo estudiando y trabajando como actriz en Nueva York, para luego trasladarse a Paris para hacer cinematografía. Su incipiente carrera la conforman un puñado de cortometrajes y Binti, con la que debuta en el largometraje, en la que nos muestra una realidad social, a través de un drama cotidiano entre dos niños y sus respectivos padres, personas que, a priori, parecen demasiado diferentes, pero, el tiempo, y sus circunstancias, demostrarán lo contrario, y los acercará más de lo que ellos preveían en un primer momento. La directora belga viste este drama social, con mucha ligereza y cotidianidad, imprimiendo a los conflictos sociales de alegría, buen humor y diversión, mirando las situaciones con la suficiente distancia, huyendo del dramatismo y ejerciendo una labor más humanista y sensible, sumergiéndonos en una realidad demasiado cercana, pero entrando en la parte doméstica, aquella que no vemos, para así retratar con más honestidad y sinceridad, todo aquello que ocurre de puertas para adentro.

Migom habla de temas de primera línea, la inmigración, sentirse invisible, y a la vez, perseguido, las relaciones de las diferentes culturas, todo aquello que nos separa y sobre todo, lo que nos une, y finalmente, los sueños de dos niños, dos almas que no entienden de piel y diferencia, sino de todo aquello que necesitan del otro, también, la película nos habla de la necesidad que tenemos del otro, de dejar todo aquello que nos separa, para encontrarnos y reencontrarnos en el otro, en todo aquello que nos une y podemos compartir. Una película libre y humanista, de relaciones humanas, de apoyarse y compartir con los demás, de dejarse llevar, de mirarnos los unos a los otros, y sentirnos que podemos cooperar, ayudarnos y caminar en la misma dirección. Un retrato sobre esa Europa que se define multicultural y diversa, pero en cambio, no cesa de poner obstáculos a aquellos que quieren entrar y convertirse en europeos. Migom habla de todas aquellas personas que se necesitan y se ayudan, de todo aquello que podemos aprender y conocer del desconocido, rompiendo esas barreras que tanto se imponen, dejar abrirse al otro y abrazarnos, conocernos y mirar juntos.

Los noventa minutos de la película pasan volando, centrándose en la preparación y celebración de una fiesta con el propósito de recaudar fondos para ayudar a los okapis, originarios del mismo lugar que Binti y su padre, creando esa relación espejo entre las dificultades sociales de los congoleños, y de los animales, los dos perseguidos y en vías de extinción, en el marco de un drama social con niños, que huye del convencionalismo y el buenrollismo de producciones del estilo, retratando con verdad y cercanía, los problemas de unos y otros. Un reparto auténtico que transmite veracidad y una intensa naturalidad encabezada por la sorprendente Bebel Tshiani Baloji como Binti, bien acomapañda por Mo Bakker como Elias, y los adultos Joke Devynck y Baloji, como lso respectivos padres.  Migom celebra la vida, la diversidad, la multiculturalidad y también, y lo más importante, la diferencia y al otro, pero de forma libre y humana, sin barreras ni anda que se le parezca, abriéndose a conocer, a experimentar y sentir, movidos como seres humanos de esa necesidad de mirarse en el otro, reconocerse y sobre todo, compartir, abriendo los puentes necesarios para acercarse y confraternizar, porque de esa manera, todos nos daremos cuenta que el otro se parece más a nosotros de lo que imaginamos, y se convierte en un espejo al que mirarnos y comprendernos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pedro Ballesteros

Entrevista a Pedro Ballesteros, director de la película “¿Puedes oírme?”, en el parque Pompeu Fabra en Badalona, el lunes 5 de octubre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Ballesteros, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Teresa Pascual de Good Movies, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Paula Palacios

Entrevista a Paula Palacios, directora de la película “Cartas mojadas”, en los Cines Boliche en Barcelona, el viernes 2 de octubre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paula Palacios, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Verano del 85, de François Ozon

CUANDO DEJAMOS DE SER INOCENTES.

“I am flying, I am flying

Like a bird, across the sky

I am flying, passing high clouds

To be near you, to be free”

(Estrofa de la canción “Sailing”, de Rod Stewart)

El primer amor nunca se olvida, aquel que nos fascinó y traspasó nuestra alma, aquella primera vez que sentimos algo tan intenso y profundo por alguien, aquel amor cuando éramos adolescentes, cuando la vida todavía estaba por hacerse, cuando las cosas olían y se sentían de formas muy distintas, nunca con tanta fuerza y magnetismo como después, cuando nos lanzábamos al abismo, llevados por energías que nos hipnotizaban, que nos sumían en una aventura fascinante, donde la vida y el amor se confundían, vivían una con la otra, fusionadas y en un solo cuerpo, donde creíamos que el amor duraría siempre, que sería irrompible, poderoso, pero también, descubrimos que la vida y el amor, casi nunca van de la mano, y aquel espíritu joven e inocente, se acabaría diluyendo con el tiempo, y el amor, o lo que llamamos amor, jamás volvería con aquella fuerza.

En el universo cinematográfico de François Ozon (París, Francia, 1967), con diecinueve títulos en su haber, podemos encontrar una mirada profunda y sensible hacia la adolescencia, y la homosexualidad, en películas como Amantes criminales (1999), Gotas de agua sobre piedras calientes (2000), La piscina (2003), El tiempo que queda (2005), En la casa (2012), Joven y bonita (2013), o Una nueva amiga (2014), películas donde sus adolescentes son personas de carácter, fuertes y libres, que chocan contra las normas y lo establecido de los adultos. En Verano del 85, Ozon vuelve a su adolescencia, y parte de una adaptación libre de la novela “Dance on My grave”, de Aidan Chambers, para contarnos la historia de un amor entre Alexis, a punto de cumplir los dieciséis años, apocado, inocente y asumiendo su identidad sexual, y David, dieciocho años, todo lo contrario que Alexis, libre, de carácter, lanzado, y sin prejuicios. Los dos chicos se conocen, empiezan a salir y acaban teniendo una relación. Estamos en uno de esos pequeños pueblos costeros como Le Tréport, en la alta Normandía, donde parece que los veranos pueden durar eternamente, o al menos eso cree Alexis. Las desavenencias entre los dos chicos pronto aparecerán, ya que tienen formas muy distintas de vivir, y sobre todo, de sentir.

El director francés filma en súper 16, dando ese tono cercano e íntimo que tanto requiere la película, con esos planos secuencia, como el que abre la película, recorriendo esa playa hasta el paseo, mientras escuchamos el “In Between Days”, de The Cure, que recuerda a las imágenes de Cuento de verano (1996), de Rohmer, en la que curiosamente intervenía Melvil Poupaud. Una luz que firma el cinematógrafo Hichame Alaouie (responsable de Instinto maternal), y el brillante montaje de Laure Gardette (que lleva una década de trabajo con Ozon, desde Potiche), que le da ese toque de juventud, del aquí y ahora, de espontaneidad, de pulsión, un amor llevado por el viento, sin tiempo para detenerse, todo se vive y se siente muy intensamente. Ozon coloca el tema “Sailing”, de Rod Stewart, que nos habla de la sensación de amar y la de ser rechazado, como eje central de su relato, como podremos comprobar en la secuencia más intensa y sensible de la película, cuando en la discoteca, perdemos la música de ambiente, para centrarnos en la música que escucha Alexis con el walkman, el tema de Stewart, que definen mucho todas las emociones que experimenta el joven, mientras que David, sigue dando saltos, como poseído, dejándose llevar por la música que ya no escuchamos.

Ozon, fiel a su estilo, no construye una película lineal, centrada en solo la historia de amor de los dos jóvenes, sino que inventa una trama de thriller, que no aparece en la novela, en que la película arranca una vez han sucedido los hechos, y mediante un flashback, vamos siguiendo los acontecimientos entre los dos chicos. El cineasta francés nos ofrece una mirada libre y brillante, acercándonos a aquel tiempo, al tiempo del amor, a la edad del amor, conjugando de forma magnífica y sensible los ambientes y situaciones, atrapándonos en un tiempo donde todavía era posible todo, donde las emociones se vivían de forma muy diferente a lo que vino después, no mira la homosexualidad como algo turbio o siniestro, sino todo lo contrario, un aspecto que no supone ningún problema para los jóvenes, que lo aceptan de forma natural, eso sí, con sus inseguridades, sobre todo, el personaje de Alexis, da igual que el amor sea homosexual, sino que la película se centra en el amor en mayúsculas, en las consecuencias de enamorarse, y las dificultades de amar, cuando la otra persona es tan diferente a nosotros.

La naturalidad y honestidad de los dos actores protagonistas ayuda a sumergirnos en ese tiempo, tenemos a Félix Lefebvre dando vida a Alexis, con ese aire de River Phoenix, de poca cosa, una especie de efebo que caerá en las redes de David, interpretado por Benjamin Voisin, toda una fuerza arrasadora y pura energía, bien acompañados por Philippine Velge, que da vida a Kate, la inglesa que conocerá a los dos chicos, y Melvil Poupaud, como profesor de Alexis, que recuerda un poco a la relación que tenían profesor y alumno en la aclamada En la casa, y Valeria Bruni-Tedeschi, como madre de David, una actriz de la factory de Ozon, dotada de gran personalidad y brillantez en sus roles. Ozon nos hace disfrutar, conmovernos y añorar aquel tiempo de la adolescencia, con sus tiempos, ritmos, su juventud, que parecía que iba a durar eternamente, como cantaban los Alphaville, enamorándonos, recordando, sintiendo, como nunca más volveremos a sentir, y a vivir, con esas ganas como si todo se terminase al día siguiente, sin prejuicios, sin preocupaciones, sin barreras, mirándonos frente a frente, bailando, bañándonos en el mar a la luz de la luna, yendo en moto, con el viento en la cara, siendo jóvenes, inocentes y valientes, soñando y volando sin despertar jamás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cartas mojadas, de Paula Palacios

LOS INVISIBLES DEL MEDITERRÁNEO.

“Huimos de una guerra, y nos encontramos con otra en el mar”

Desde que en 2015 estallará la crisis descontrolada de inmigrantes que se lanzaban al mediterráneo, intentando llegar a Europa, utilizando travesías difíciles, y llenas de peligros que costaban la vida de muchos, muchas cámaras se fueron a documentarlo, generando una gran cantidad de trabajos sobre la tragedia de los inmigrantes muertos en el mediterráneo, desde miradas, ángulos y puntos de vista diferentes, quizás faltaba uno que introdujera el elemento humano, el que se sube a bordo de los barcos, y registra la cotidianidad, lo que sucede en su interior de forma sincera y veraz. En Cartas mojadas, de la española Paula Palacios, cumple esa función, de mirar de frente, de filmar los rostros y los cuerpos del mediterráneo, hablando de todo, del inicio del viaje, de todo lo que dejan, las travesías, y los destinos. Un relato que va desde lo más íntimo, a lo más general, deteniéndose en todos las miradas y sentimientos, y no solo muestra lo que sucede en el mar, sino va más allá, dirigiéndose a esos lugares donde van a parar los inmigrantes cuando supera la barrera del mar, mostrándonos las diferentes realidades con las que se encuentran, y todo nos lo cuentan, de forma humanista, rigurosa y sensible. Palacios ha producido y dirigido más de veinticinco documentales para televisión, donde prevalecen los temas sobre migración y mujer, haciendo hincapié en esa parte humana que se oculta con tantas cifras de fallecidos.

En Cartas mojadas, su primera película para cine, nos convoca en tres espacios. En el primero, iremos a bordo del barco humanitario “Open Arms”, en el que rescatarán del mar a más de medio millar de personas, personas que conoceremos y miraremos a sus rostros cansados, mientras la tripulación, intenta por todos los medios un puerto donde recalar. En el segundo espacio, nos llevarán a las calles de París, donde inmigrantes viven al raso, sin nada, en el que son expulsados por la policía. Y en el tercer espacio, nos subimos a bordo de una patrullera de guardacostas libio que, localiza embarcaciones y las devuelve a sitios como Libia, donde los inmigrantes son torturados y esclavizados. Tres miradas de la tragedia que se vive a diario en el mediterráneo, de todos los que sobreviven. Y todo ello, Palacios nos lo cuenta a través de una voz en off, de una niña ficticia que lee una carta de la madre, esas cartas mojadas que elude el título, todas esas cartas que no llegan a su destino, que se pierden bajo las aguas del mar, reivindicando a todos aquellos que mueren, víctimas invisibles de una política europea que ahoga a los países pobres e impide que sus habitantes lleguen a Europa, un continente demasiado ensimismado en su ombligo y en hacer dinero, que salvar vidas.

La película tiene una factura impecable, con esa luz que capta todos los elementos humanos y físicos de la película, una cinematografía que firman Taha Jawashi, Amine Belhouchat y Mikel Landa, que capta con mucho criterio y sobriedad la vida y la muerte del mediterráneo, bien acompañado de un montaje enérgico y brillante, obra de Virginie Véricourt, que sabe contarnos las diferentes realidades sin perder un ápice del contenido de la obra, y la excelente música de Mariano Marín (que muchos recordamos por las score de Tesis y Abre los ojos, entre muchas otras), una música afilada y oscura que describe el terror que muchos viven en su trágico viaje. Palacios ha construido una película de frente, sin recovecos ni sentimentalismos, muestra unas realidades tremendas, las que viven miles de personas que se lanzan al mar para huir de la guerra, la miseria, la violencia y la injusticia que se viven en sus países de origen, huyen de una guerra y se encuentran con otra, la que sufren en el mar, la de aquellos que los rechazan y les impiden llegar a un lugar mejor del que huyen.

Un relato triste y lleno de rabia, desesperanzador y durísimo, que la película consigue mostrar con el equilibrio adecuado, entre esa cercanía para que podamos empatizar con sus imágenes, pero también, la suficiente distancia para la reflexión necesaria, que nos conmovamos con unas imágenes terribles, pero sin caer en la lágrima, sino explorando unas realidades que no acostumbran a mostrarse en los informativos occidentales, siempre tapadas con cifras que no describen el inmenso drama para tantas personas. La película se lanza al vacío, muestra y provoca la reflexión y el pensamiento en los espectadores, sin caer en la superficialidad de otras producciones, aquí no hay épica ni heroísmo, solo unas personas que intentan salvar a otras, personas que actúan con conciencia ante la tragedia del otro, ante la impasibilidad de sus países, y no miran hacia otro lado como hace la mayoría, materializan su ayuda, subiéndose a un barco, enfrentándose a todas las autoridades y trabajando por salvar vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/392949016″>CARTAS MOJADAS – TRAILER stereo VOST</a> from <a href=”https://vimeo.com/moradafilms”>MORADA FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película “La nova escola”, en las oficinas de Nanouk Films en Barcelona, el lunes 28 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño.

Akelarre, de Pablo Agüero

CONDENADAS POR MUJERES.

“Los hombres temen a las mujeres que no les temen”

Los más inquietos y curiosos recordarán la pintura Aquelarre, que Francisco de Goya pintó entre 1797 y 1798, donde vemos representado al diablo como un macho cabrío negro, rodeado de mujeres, expectantes para ser poseídas por el maligno. Representación de un imaginario popular impuesto por el estado. Durante muchos siglos, el poder, basándose en creencias fútiles y falsas, creó todo un aparato de represión y exterminio contra las mujeres, acusándolas injustamente de ser brujas, que en realidad, encubría una persecución del estado monárquico clerical para eliminar cualquier vestigio de diferencia, libertad y resistencia a lo establecido. Muchas son las crónicas que registran tales hechos, como la que ocurrió en el valle de Araitz (Navarra), en 1595, sucesos que fueron llevados al cine por Pedro Olea en 1984 bajo el título de Akelarre. Recogiendo el mismo título, el cineasta Pablo Agüero (Mendoza, Argentina, 1977), y la guionista francesa Katel Guillou, firman un guión, libremente inspirado en el “Tratado de la inconstancia de los malos ángeles y demonios”, del juez Pierre de Lancre, en el que describe su recorrido por el País Vasco en 1609, en una “Caza de brujas” sistemática, donde condenó a cientos de mujeres a morir en la hoguera por brujería.

De Agüero, conocíamos la película Eva no duerme (2015), donde se recogía la odisea del cadáver embalsamado de Eva Perón, ya que las autoridades deseaban borrar su figura de la cultura popular. Antes, había dirigido Salamandra (2008), sobre el proceso de iniciación de un niño en una comuna hippie perdida en la Patagonia, en 77 Doronship (2009), relataba la difícil convivencia de una parisina a punto de dar a luz y el abuelo de su novio, cuando éste la abandona, en el documental Madre de los Dioses (2015), su primera incursión en el mundo femenino, seguía las diferentes creencias místicas de cuatro mujeres solteras de la Patagonia, y en A son of Man (2018), donde un hijo es invitado por su padre para localizar un tesoro Inca. En Akelarre, el director argentino ha querido ser lo más fiel posible al relato que nos cuenta, empezando por las localizaciones de Navarra, País Vasco y sur de Francia, algunos testigos reales donde se desarrollaron los hechos, y el idioma, donde conviven el euskera, que hablan las seis mujeres, y el castellano, que hablan los inquisidores, el idioma del reino, de la imposición, y de la ley.

La película nos sitúa en las tierras vascas de 1609, los hombres han partido a Terranova a pescar, mientras las mujeres, en tierra, pasan el tiempo tejiendo y compartiendo esa libertad, juventud y belleza, tres aspectos que las llevarán ante la ley, encabezadas por el espíritu combativo y libre de Ana, líder de este grupo de amigas y cómplices, que juegan, ríen, cantan y bailan, por los acantilados, por el bosque, y por cualquier lugar, lejos de las cadenas patriarcales que les impone una sociedad machista y violenta. A Ana le siguen, María, Olaia, Maider, Lorea y la pequeña Katalin. Seis mujeres, seis seres que viven la vida y la felicidad en toda su plenitud, juntas y disfrutando de la impaciencia de la juventud y los deseos de estar bien y seguir disfrutando. Por esos hechos, y no otros, son encarceladas y juzgadas por brujería, por el juez Rostegui y su consejero, bajo el beneplácito de la iglesia. El relato huye de lo artificial y la argucia tenebrosa, más propia del género de terror convencional, para adentrarnos en un mundo muy oscuro y terrorífico, donde la miseria, el miedo y las cadenas eran el pan de cada día.

El relato está bañado de tonos sombríos, pálidos y tenues, con un aorma parecido al representaba la película de El nombre de la rosa, desde la caracterización de los personajes, y los ambientes donde se sitúa la película, así como el inmenso trabajo de luz, obra de un grande como Javier Agirre (autor, entre otras, de Loreak, Handia o La trinchera infinita), componiendo esos tonos lúgubres, con esos cielos nublados y grises, donde la cámara se acerca, escrutando la juventud o las grietas de los rostros y las miradas afiladas, predominando los espacios cerrados, como la celda donde están encerradas las mujeres, o la sala del juzgado. Espacios que nunca veremos en su totalidad, sino fragmentados y en primeros planos de los personajes, en que el excelente montaje, obra de una experta como Teresa Font, con más de cuatro décadas de profesión, consigue esa profundidad y esa tensión que tanto requiere el relato, dando voz y visibilidad a las reflexiones de las seis mujeres, y de los señores inquisidores en el juzgado, con ese juez llevado por el deseo irrefrenable que le provoca la visión de las seis mujeres en movimiento, dejando claro la intención del estado, que no es otra que la de eliminar cualquier vestigio de libertad, y someter y alinear a cualquier ciudadana diferente a las creencias religiosas y conservadoras.

El grandísimo trabajo de arte que firma Mikel Serrano (autor de algunas de las mejores obras actuales de la cinematografía vasca como Loreak, Amama o Handia), nos sitúa en ese contexto histórico, utilizando unos elementos bien escogidos y situados en el ambiente, creando esa idea de terror, sin caer en los golpes de efecto ni en los decorados recargados. Y finalmente, la música que suena en la película, obra de Maite Arroitajauregi –mursego- y Aranzazu Calleja, con esa limpieza y energía vocal y musical, con la maravillosa canción que escuchamos en varias partes de la película, convertida en el leit motiv del relato, que nos habla de amor, de pasión y desenfreno, aspectos de la carne, que hipócritamente perseguía y condenaba el estado-iglesia. Unas melodías, acompañados de las danzas visuales y sensuales, consiguen ese toque onírico de romanticismo vital que acompaña a estas seis mujeres valientes, decididas, inteligentes y libres.

El magnífico y bien elegido reparto, que mezcla con sabiduría un elenco experimentado como Alex Brendemühl como el despiadado juez Rostegui, bien acompañada por el actor argentino Daniel Fanego como consejero, un intérprete con un rostro, y una voz muy marcadas. Las soberbias y magnéticas interpretación de las seis mujeres, que encabeza Amaia Aberasturi (que ya nos encantó en Vitoria, 3 de marzo), aquí consolidándose en un rol que le va genial, siendo esa Ana capaz de enfrentarse al poder y sobre todo, de sentirse firme ante la infamia que se le acusa a ella y las demás. A su lado, cinco chicas elegidas en el extenso casting: María es Yune Nogueiras, Katalin es Garazi Urkola, Olaia es Irati Saez de Urabain, Maider es Jone Laspiur, y Oneka es Lorea Ibarra. Seis mujeres injustamente juzgadas por el hecho de ser mujeres libres y valientes, no sometidas al estado patriarcal que dicta las normas, dando vida a todas esas mujeres injustamente quemadas en la hoguera por brujería, que la película visibiliza y rescata del olvido, dándoles el lugar que se merecen en la historia, convirtiéndolas en lo que eran, unas mujeres dignas, resistentes y fuertes, en un estado y sociedad, que pasados los siglos, sigue tratando con desdén y violencia a las mujeres, negándoles su identidad, espacio y libertad, en este magnífico, íntimo y terrorífico cuento feminista sobre la libertad y la identidad de las mujeres, mostrando una realidad, que como suele ocurrir, da más miedo que cualquier ficción que se precie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Miguel Ángel Jiménez

Entrevista a Miguel Ángel Jiménez, director de la película “Una ventana al mar”, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Ángel Jiménez, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.