Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar

UN PAÍS EN LLAMAS.

“Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

Miguel de Unamuno

A finales de primavera de este año, el escritor Manuel Vicent describía a Miguel de Unamuno de la siguiente manera: Había pasado la vida luchando contra esto y aquello, pero en el fondo no había peleado más que contra sí mismo, sin otra obsesión nada menosque la de ser inmortal frente a la divinidad. Ese fue su destino. Total, para nada. Unamuno (1864-1936) insigne escritor y filósofo, se pasó la vida oponiéndose a todo, criticando con dureza a todos los gobernantes del país, sea cual fuese su ideología o condición, un pensador firme y sincero, que dudaba constantemente, alguien contradictorio, con continuos vaivenes ideológicos, fue uno de aquellos intelectuales que se opuso a los desmanes de la Segunda República, y pidió, como muchos, una intervención militar para restaurar el orden perdido, aunque también se alzó vehemente contra esos militares que no respetaron el mandato democrático del pueblo, y criticó con toda la dureza a su alcance, los desmanes contra la República y sus seguidores. Una figura de esta naturaleza, ausente en nuestros tiempos, alguien capaz de defender algo a ultranza, y luego desdecirse de sus palabras, admitir sus errores y enmendar tales afrentas y opiniones, es una figura necesaria para un país, alguien con la capacidad de la autocrítica, de la duda, y sobre todo, del pensamiento como única forma para hablar de las circunstancias, de los hechos, admitiendo el error y la equivocación como formas de la razón y lo humano.

Una figura de ese calibre humano se merecía una película, incluso unas cuantas. Hace cuatro temporadas ya tuvimos una película sobre Unamuno, La isla del viento, que relataba aquellos años de exilio forzado del pensador por sus duras críticas a la dictadura de Primo de Rivera allá por los años 20, en la piel del actor José Luis Gómez. Ahora, llega a nuestras pantallas Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972) que nos sitúa en la Salamanca del 19 de julio del 36, cuando los militares impusieron el estado de guerra en la ciudad, mientras su rector universitario, Unamuno, y sus dos amigos del alma, Salvador Vila, antiguo alumno del pensador, arabista y profesor universitario, y Atilano Coco, cura protestante, pasean por la ciudad, mientras hablan y discuten sobre los acontecimientos que se desarrollan en la ciudad. Por otra parte, y como un espejo deformante se tratase, asistimos a los entresijos y pormenores que llevaron a Franco y compañía a la península desde sus destacamentos en el protectorado de Marruecos, y los encuentros con otros generales, como Millán-Astray, Mola o Cabanillas, y los asuntos de poder para decidir quién llevaría la nave de la cruzada para recuperar la patria.

Amenábar y Alejandro Hernández (guionista habitual de Manuel Martín Cuenca) se centran en las figuras de Unamuno y Franco, en ese espejo de la figura de Unamuno, en el que vemos a la razón, el pensamiento, y el estudio como formas de vivir y de relacionarse con los demás y el entorno, enfrentado al reflejo de Franco, que representa a esa España violenta, resentida, vengativa y de muerte. La acción arranca con la entrada de las tropas nacionales en Salamanca hasta el famoso enfrentamiento en el paraninfo de la Universidad de Salamanca aquel aciago 12 de octubre, “Día de la Raza”, en el que Unamuno se enfrentó a Millán-Astray con el ya famoso “Venceréis, pero no convenceréis”. Amenábar vuelve a rodar en castellano después de sus dos aventuras desiguales filmadas en inglés que supusieron Ágora (2009) y Regresión (2015) volviendo a una figura real como hiciera con Ramón Sampedro en Mar adentro (2004) también volviendo a aquellos buenos síntomas, tanto en la forma como en el fondo, colocándonos en aquellos primeros meses de la guerra, donde todavía se conocían pocas cosas, donde desaparecían personas sin dejar rastro, donde la intervención militar se irá convirtiendo en una guerra cruel y mortal para el país.

Una naturalista y sombría luz del cinematógrafo Álex Catalán, que debuta con Amenábar, pone de relieve todos aquellos hechos donde Unamuno se veía despojado de sus amigos y por consiguiente de su vida, y cómo van minando la capacidad del pensador ante la deriva que van tomando los hechos hacia una oscuridad y un terror sin precedentes en la historia del país. Unamuno, Salamanca y los hechos por un lado, y Franco, Millán-Astray y los demás juegos de poder de los generales por el otro, con algún (des) encuentro entre ambos espejos, con el suceso en la Universidad como epicentro del relato. Un montaje en paralelo y muy preciso de Carolina Martínez Urbina (responsable de Regresión, y ayudante en Ágora) ayuda a observar con detenimiento y pausa todos los tejemanejes militares y el vaivén de Unamuno, de la esperanza inicial al terror puro, como se describe en esa secuencia donde presencia, muerto de pánico, como se llevan a su amigo Salvador Vila, recordando aquellas palabras del propio Unamuno: “A veces, el silencio es la peor mentira”, y sus inútiles encuentros con Franco para mediar por sus amigos.

Amenábar ha construido una película magnífica, precisa y soberbia, bien documentada históricamente, con todo lujo de detalles, tanto en el vestuario, donde Sonia Grande vuelve a demostrar que es una de las grandes, o la concisa caracterización de los personajes, dotándolos de humanidad, garra y violencia, según se precise. Capítulo aparte merece la interpretación de su extenso elenco, con la firma de Eva Leira y Yolanda Serrano, una de las parejas más importantes del país en este apartado, encabezado por un Karra Elejalde soberbio en su rol como Unamuno, tanto en la vida pública como personal, con un desatado y enérgico Eduard Fernández metido en la piel de Millán-Astray, una especie de Quasimodo de la muerte, bien acompañados por Santi Prego que realiza un Franco a la altura del Juan Diego de Dragon Rapide, film-espejo de Mientras dure la guerra, o el Juan Echanove de Madregilda. Con unos convincentes y cercanos Carlos Serrano-Clark como Salvador Vila y Luis Zahera como Atilano Coco, y el resto de un reparto íntimo y lleno de detalles conformado por Nathalie Poza, como la mujer del alcalde, Patricia López Arnaiz como la hija rebelde de Unamuno, Luis Bermejo como hermano de Franco, Tito Valverde como Cabanillas, Luis Callejo como Mola, Dafnis Balduz como secretario de Unamuno o Mireia Rey como la mujer de Franco.

Amenábar, en su séptimo trabajo, ha confeccionado un relato lleno de complejidad, de maldad, de algo tan de aquí, de esa idiosincrasia tan difícil de entender, una buena película sobre la Guerra Civil Española a la altura de Soldados de Salamina, donde los ecos del ayer siguen resonando con fuerza en el presente. Una historia sobre lo humano y lo más profundo del alma,  retratando un país en llamas, un país roto, dividido y lleno de terror y violencia, incapaz de ponerse de acuerdo, a la gresca siempre, como la pintura de Goya “Duelo a garrotazos o la riña”, quizás la eterna lucha y conflicto de un país hecho a pedazos, con territorios enfrentados históricamente, un país donde no se habla, se discute, como esa secuencia tan real y triste a la vez, donde Unamuno y Salvador Vila discuten y discuten, mientras el plano se vuelve general y los deja a la greña, sin escuchar lo que dicen, para cerrarlo con un Unamuno cansado que pide que vuelvan a casa. Una tierra ensangrentada, incapaz de hablar, dialogar, de entender su heterodoxia, sus diferencias, un mal de antes y de ahora, y desgraciadamente, de siempre, como una pesada carga que somos incapaces de sobrellevar con dignidad y vehemencia sin acabar en las manos, respetándose y aceptando nuestras diferencias y aquello que nos une. Quizás la figura de Unamuno que murió el último día del 36, triste, encerrado en su casa, lleno de amargura y dolor, no solo por su enfermedad, sino por toda esa tristeza y violencia que se cernía sobre España, nos vuelven a traer a la memoria aquellas palabras tan tristes de Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia la más triste sin duda es la de España porque termina mal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fredrik Gertten

Entrevista a Fredrik Gertten, director de la película «Push». El encuentro tuvo lugar el jueves 3 de octubre de 2019 en el Hotel Evenia Rosselló en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fredrik Gertten, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Jeny Montagut de DocsBarcelona, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

El Crack Cero, de José Luis Garci

ARETA INVESTIGACIÓN.

“Cuando le preguntas a alguien por un muerto, lo importante no es lo que diga, sino lo que no te diga”.

Los que amamos el cine, y el cine español en cuestión, tenemos grabado en nuestra memoria cinéfila, como no podía ser de otra manera, a Germán Areta, el investigador privado de aquel Madrid de la transición y comienzos de la democracia, aquel tipo solitario, audaz, inteligente, parco en palabras, calmo, muy observador, fumador empedernido, amante del boxeo, bigotito y gabardina, y un gran olfato para el interior de las personas, con un historial inmaculado en la brigada criminal. A Areta, segundo apellido de Landa, lo conocimos en la piel del gran Alfredo Landa en dos películas, en El crack (1981) y su secuela, dos años después, dirigidas por José Luis Garci (Madrid, 1944). Areta nos conducía por una ciudad corrupta, muy negra y llena de tipos, tipejos y maleantes de toda condición social, el detective se movía por los bajos fondos, con la ayuda del Moro, inolvidable Miguel Rellán, y por las altas esferas, llena de ingentes tipos de corbata, de misa y comunión diaria, y con asuntos ilegales de dinero y abuso de menores y lo que se terciara. De Areta nos fascinaba su integridad personal y social, un tipo como ya no quedan, alguien capaz de mantenerse limpio o todo lo limpio que se pueda, en una sociedad llena de falsedad, corruptela y mucha mierda, tanto física como emocional.

Con El crack cero nos llega una tercera entrega que no continúa lo que dejó la segunda parte, sino que nos antepone en los hechos del discurrir de Areta, cuando arrancaba su agencia de investigación allá por el año 1975, y más concretamente, por los meses de noviembre y diciembre, tiempo en que el dictador agonizaba y todo parecía diferente, y aún más, todo parecía que podía cambiar. Pero, recogiendo las sabias palabras de Areta nunca hay que confiar en las apariencias, y solamente ceñirse a los hechos y las acciones que tenemos delante, eso sí, siempre recordando las tres íes fundamentales que tiene que tener un buen detective, inteligencia, imaginación e intuición, en esa charla magistral que tiene con el abuelo, el antiguo jefe policial de Areta, que interpreta un magnífico Pedro Casablanc, recogiendo el testigo interpretativo del gran José Bódalo. Garci reviste a su detective y su universo de un blanco y negro luminoso y ejemplar, obra de Luis Ángel Pérez, que recuerda a la luz de You’re the one (2000) otra cima en la carrera de Garci, con ese montaje obra del propio Garci y Óscar Gómez, llenos de fade to black y encadenados, remitiéndonos a una forma de ver, interpretar y hacer cine diferente, valiente, a contracorriente, y sobre todo, audaz y sin tiempo en estos tiempos actuales de tanta tecnología y servidumbre comercial.

Garci encuentra en la capacidad interpretativa, en ese gesto tranquilo e impertérrito, y en esa mirada penetrante y cauta de Carlos Santos la mejor versión de Areta actual, resucitando el eterno espíritu de Landa, convirtiéndose en un dignísimo y brillante sucesor de la estirpe de los Areta. A su lado, Miguel Ángel Muñoz que brilla a la perfección con los pelajes y la facha del Moro, convirtiéndose en el ayudante de fatigas experto y Sancho Panza de Areta. El director madrileño con 19 títulos a sus espaldas como director, guionista y productor, escribe un guión junto a Javier Muñoz, en el que imagina el suicido o el asesinato de un afamado sastre de nombre Narciso Benavides, ya que ese será el encargo de una bella mujer, amante del finado, en el que pondrá a Areta bajo la pista de descubrir quién o qué lo mató o no. Garci que dedicaba sus cracks a Dashiell Hammett, en esta ocasión recurre a la pluma de James M. Cain, y a todo ese cine policíaco o film noir que tanto ha admirado en su filmografía, en sus libros y en sus charlas.

La película es un viaje nostálgico y melancólico al clasicismo cinematográfico en una de las mejores obras de la filmografía de Garci, por sus continuos homenajes y su sobriedad y capacidad para envolvernos en ese universo de cine y para el cine, con personajes de carne y hueso y relatos laberínticos, llenos de mentiras, desilusiones y vivencias, sumergiéndonos en ese mundo oscuro, de trapicheos y demás, de habitaciones desordenadas, de pitillos apurados, de mujeres a la caza de algo y alguien, y de tipos sin rumbo, personajes frágiles, solitarios, tristes, como ese piano de Jesús Gluck que Garci recupera para esas maravillosas transiciones donde observamos en planos generales ese Madrid otoñal, tanto de día como de noche, con esos neones, las luces de las avenidas o de los automóviles, un Madrid sin tiempo, una ciudad irrecuperable, un lugar especial para el director madrileño, y de tantos, que ya no están, que compartieron tantos (des) encuentros.

Una travesía por esos cafés de tertulias con amigos hasta las tantas, o los combates de boxeo donde el humo de los cigarrillos ambientaba las peleas, un tiempo que no volverá, un tiempo perdido, un tiempo que añora Garci, y también, el cine clásico de antes, recordando a la película Retorno al pasado, ese mismo camino realiza la película en la que mira atrás, a esa ciudad, a ese cine, y a una manera de hacer cine y hacer películas. Recupera al personaje Rocky por el boxeador Marciano, una recreación casi del propio Garci, que añora ese mundo real o imaginado, vivido o no, pero de aquí y ahora, que habla con pasión desmesurada de sus años en Nueva York, en las tertulias con grandes de Hollywood y periodistas de renombre de los años treinta y cuarenta, de las eternas y recordadas veladas pugilísticas en el Garden o las tardes románticas observando el puente de Brooklyn, quizás ese tipo que en las originales hacía Manuel Lorenzo y ahora recupera Luis Varela, quizás habla de oídas o imbuido en tanta literatura y diarios, quizás nunca vivió aquello pero qué más da.

Algunos diálogos difíciles y demasiado literarios, recurrentes en el cine de Garci, nos descolocan en algún instante la película, pero no desmerecen ni mucho menos a su conjunto. El director madrileño ha construido una película grande, sencilla, honesta, estimable, intensa y llena de grandes aciertos, con una trama digna del mejor Areta, con esa extraña sensibilidad que tiñe de humanidad tanto desatino humano, y tanta maldad oculta y negra, con esos secundarios de oro como Luisa Gavasa, la eterna secretaria amiga y lo que haga falta, Andoni Ferreño haciendo ese ex poli metido a negocios turbios como hacía Manuel Tejada, Macarena Gómez sola y despechada por la muerte de su querido Benavides, Patricia Vico, como la amante del sastre que quiere conocer la verdad, y quizás algo más, y finalmente, María Cantuel como la novia de Areta, resucitando la bondad y el amor de María Casanova, porque entre tanto desbarajuste social, como añade Areta, siempre hay algún resquicio para compartir la soledad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amazing Grace, de Sydney Pollack y Alan Elliott

DOS NOCHES INOLVIDABLES CON ARETHA.

“Ser la Reina no se trata solo de cantar y ser una diva no se trata solo de cantar. Tiene mucho que ver con su servicio a las personas.”

Aretha Franklin

No encontramos en el año 1972, más concretamente en dos noches de enero, en la Iglesia Bautista Misionera New Temple en Watts, Los Ángeles, el centro espiritual del reverendo James Cleveland. El lugar elegido por la cantante Aretha Franklin (1942-2018) ya convertida en una de las grandes figuras de la música soul del momento, para grabar su próximo álbum, un disco en directo, que se convertirá en el disco más vendido de la hsitoria de música góspel, en un concierto para la historia donde volverá a sus orígenes cuando cantaba góspel siendo una niña en la iglesia de su padre en Memphis. Warner Bros. decidió grabar la grabación para convertirla en una película aupado por el grandísimo éxito de Woodstock, de Michael Wadleigh, y para ello se contrató al director Sydney Pollack (1934-2008) de moda gracias a su éxito de Danzad, danzad, malditos. Problemas técnicos derivados de la no sincronización entre el audio y las imágenes llevaron al traste la película, que no pudo estrenarse y se almacenó en algún rincón de Warner.

Años después, el productor Alan Elliott, con el beneplácito de la compañía y del propio Pollack, y con la ayuda de la nueva tecnología digital  ha sincronizado todos los elementos y por fin, casi medio siglo después, la película ve la luz. La película en cuestión es un grandioso espectáculo musical que combina 14 canciones góspel cantadas por la gran Aretha Franklin, en solitario o tocando el piano, y en otros temas, acompañada por el reverendo Cleveland al piano y a los coros, conjuntamente con el grupo de músicos de Aretha y el coro The Southern California Community, junto a los parroquianos de la iglesia, que cantan, acompañan con voces, y bailan descosidos todos los temas religiosos que vamos escuchando. Entre el público de la segunda noche podemos observar a Mick Jagger y Charlie Watts, miembros de los Stones, que disfrutan desatados con la imponente voz de Aretha, en un documento único, tanto por su legado musical, histórico y atemporal.

El cine al servicio de la música góspel, con una filmación cruda, a pelo, con múltiples zooms, movimientos bruscos de cámara, y con abundantes planos making of, donde vemos ensayos, pruebas y miembros del equipo filmando, capturando el sonido, incluso el propio Pollack haciendo indicaciones o paseando entre cámaras y metros de cable. 87 minutos de puro espectáculo musical cantando a Dios, a la fe y al compromiso religioso, en un concierto inolvidable, frenético, pausado y lleno de fe y alegría, en un maravilloso encuentro colectivo con momentos riquísimos donde el góspel, la música negra ancestral por excelencia es llevada a los altares no solo a la propia fe personal y profunda de todos los allí congregados, si no a los cielos de la música tradicional, popular y moderna de la mano de Aretha Franklin, una de las cantantes más grandiosas de la historia, inducidos por su poderosísima voz, sus solos magníficos, y sus frenéticos ritmos que acaban contagiando a un público maravillado, motivado y muy entregado.

Con momentos conmovedores cuando el padre de la artista habla al público desde el púlpito donde ella canta y recuerda emocionado la infancia de la artista cuando cantaba y bailaba como una descosida o aquellos instantes en que amenizaba con su arte los servicios de la iglesia de su padre. Una mujer inmensa en muchos sentidos, a parte de su innata capacidad para cantar y para la música soul, nos encontramos a una mujer de 29 años de edad, en la cresta de la ola en el universo musical, reconocida por la industria, por el público y apabullada con innumerables premios, una alma inquieta, humana y de inagotable fe religiosa, que no reniega de sus orígenes humildes y sencillos, sino todo lo contrario, canta para aquella gente en pleno reivindicación social del “Balck Power”, en esa llamada a los afroamericanos de EE.UU., y también, a todos aquellos, sea cual sea su color de piel y condición social, de dejarse atrapar por la música góspel y seguir su ritmo, cantando a Dios como el tema “Amazing Grace” (que da nombre al título de la película) quizás el tema más profundo y personal de todos los que escuchamos en la película, puro talento, puro fervor religioso y esa comunidad, músicos, coro y público dejándose llevar por la música, la letra y esa comunidad todos a una alabando a Dios, a su gracia y a toda esa congregación de almas dispuestas a servir a Dios y a su fe. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cuernavaca, de Alejandro Andrade Pease

LA CASA DE MI ABUELA.

Andy es un niño que vive con su madre en paz y tranquilidad. Un día, toda esa situación cambia, su madre recibe un disparo durante un atraco en una cafetería. Debido a este suceso, Andy viaja a Cuernavaca a la casa de su abuela paterna Carmen, una mujer seria, estricta y amargada que vive en una gran casa ajardinada cerrada a cal y canto por miedo a la inseguridad y violencia exteriores. La vida de Andy se vuelve sombría y solitaria, deambulando por la casa, en el que también viven su tía con síndrome de Down, y los jardineros, con el hijo del capataz Charly, entablará una amistad peligrosa y oscura, mientras el niño no cesa de preguntar por su padre a su abuela que siempre le responde con evasivas y con desprecio. El director mexicano Alejandro Andrade Pease lleva un par de décadas trabajando en el cine dirigiendo cortometrajes y en el ámbito televisivo, debuta en el largometraje con un relato iniciático, de transformación, de un niño que llega a la casa de las aparentemente maravillas para enfrentarse a una historia cruel, de ausencias, de dolor y violencia, todo contado en el marco de una fábula, como se si tratase de Hansel y Gretel, de los hermanos Grimm, donde aquellos dos hermanos se encontraban con una durísima realidad, cruel y violenta, en esa casa que tan maravillosa parecía.

Un niño sólo, desamparado, que se encuentra desubicado, en una casa ajena y extraña, junto a una abuela que apenas recuerda y mantiene una nula relación, un chaval que camina por ese lugar buscando algo donde agarrarse, como la idea de reencontrarse con ese padre ausente, y que encuentra ese supuesto cariño o atención en Charly, un jovenzuelo medio delincuente que se aprovechará de la ingenuidad de Andy para conseguir sus objetivos oscuros. Andrade Pease nos conduce con aplomo y pausa por este cuento contemporáneo desde la mirada de Andy, desde la altura de un niño, desde esa inocencia de alguien que ha vivido rodeado del amor de su madre y ahora no entiende tanto desprecio y crueldad. Andy se siente solo, perdido, a la deriva, una especie de náufrago sin isla, sin amor, con esa ilusión de su padre, cuando su madre ya no está con él, algo donde agarrarse ante tanta violencia emocional, porque el director mexicano nos explica una historia de gran crueldad y violencia desde lo más íntimo, desde lo más profundo del alma de la condición humana, donde las relaciones familiares se mueven entre el dolor y la amargura, como descubriremos más profundamente con la llegada de Andrés, el padre de Andy, un tipo adicto al juego y egoísta, que mantiene una relación difícil y terrorífica con su madre.

La película se centra en seres de piel dura, faltos de amor, envueltos en la bruma de esos recuerdos amargos, dolorosos, con vidas duras, complejas y llenas de odio, que se han distanciado entre ellos, que han construido sus espacios personales donde ahogar sus penas y sus rencores hacia los demás y sobre todo, hacia ellos mismos. Andrade Pease nos sitúa en una casa señorial burguesa con su piscina, su grandísimo jardín, y esas guayabas que sirven para hacer confitura. Un espacio aparentemente bello y pacífico, que guarda secretos y recuerdos demasiado dolorosos, sus paredes y espacios almacenan rencores, cajas sucias y polvorientas de amargura y mentiras, mucha soledad y muchas heridas sin cerrar. La interpretación cálida y cercana de Emilio Puente dando vida a Andy, ese niño inocente y bondadoso que se enfrentará a ese universo de crueldad, dolor y violencia en el que viven su abuela y su padre, Charly y demás, en el que tendrá que aprender que a pesar de la belleza de algunas cosas, hay otras que ocultan miseria, soledad y oscuridad.

Con la sobriedad y brillantez que tiene una actriz como Carmen Maura que interpreta a esa abuela-bruja amargada y violenta, con esas miradas y gestos llenos de tiempo, donde demuestra una vez más su innata capacidad para mostrarlo todo sin enseñar nada, bien acompañados por Moisés Arizmendi que da vida a ese padre perdido, cansado y solitario con sobriedad y aplomo. Un relato de transformación protagonizado por un niño que muy a su pesar abandonará su mundo conocido y tranquilo, para enfrentarse a ese otro universo desconocido habitado por parientes extraños que lo conducirán por emociones oscuras, egoístas y llenas de odio y violencia, en el que Andy descubrirá otros mundos crueles y amargos, y sobre todo, se redescubrirá a sí mismo, acostumbrándose a unas relaciones diferentes a las que había vivido, donde vivirá con el desamparo y la soledad que se convertirán en sus compañías no esperadas ni queridas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Push, de Fredrick Gertten

LAS CIUDADES VACÍAS.

“Si la gente no puede vivir en ellas, ¿para quién son las ciudades?”.

En los últimos tiempos el efecto de la globalización del planeta ha cambiado nuestras formas de vida radicalmente. En algunos aspectos estos cambios que ha sufrido nuestra vida diaria como el abaratamiento del transporte de personas, el acceso a nuevas formas laborales, entre otros, han servido para avanzar y crecer tanto como personas como en nuestras relaciones con los otros y el entorno. En cambio, otros cambios han sido para mal, entre otros, como las nuevas condiciones laborales que han aumentado la precariedad y la competitividad, y la vivienda, registrada como derecho en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hoy día, se ha convertido en un artículo de lujo en los barrios populares y obreros, situación que provoca la marcha de los ciudadanos de siempre que no pueden asumir los elevadísimos costes de los hogares, todo provocado por multinacionales de fondos de inversión y pensiones dedicadas a la especulación inmobiliaria con la complicidad de los gobiernos y las triquiñuelas legales al servicio de un negocio catastrofista que hace enriquecer a una minoría y perjudica miserablemente a la gran mayoría.

El prestigioso cineasta Fredrik Gertten (Malmö, Suecia, 1956) experto en imbuirse en temas sociales muy candentes en el que siempre se pone de parte del más desfavorecido como hizo en El socialista, el arquitecto y la torre girada (2005) en la que reflexionaba sobre las relaciones difíciles entre el gobierno sueco y la arquitectura, en Bananas¡ (2009) en la que destapaba los abusos de la multinacional Dole Food Company contra los agricultores nicaragüenses, y su posterior secuela Big Boys gone Bananas¡ (2011) en la que seguía el proceso judicial de la citada multinacional contra él mismo. En Bicicletas vs coches (2015) ponía el dedo en la llaga en las complejas relaciones entre los ciclistas urbanos y los automóviles. Ahora, y de la mano de Leilani Farha, la relatora especial en vivienda de la ONU, abre una ventana para centrarse en este fenómeno de la vivienda donde multinacionales como Blackstone utilizan la vivienda como una mera mercancía para especular sobre su precio y expulsar a los vecinos de toda la vida de las ciudades con precios muy abusivos.

Visitaremos ciudades como Toronto, Berlín, Estocolmo, Seúl,  Londres, Nueva York  o Barcelona, en la que Farha se encontrará con la alcaldesa de Barcelona  Ada  Colau,   la  reputada socióloga  Saskia Sassen, el economista Joseph Stiglitz o el periodista italiano autor de  Gomorra  Roberto Saviano, fuerzas públicas y personalidades que conocen de primera mano el conflicto que está expulsando a los vecinos de sus casas. Gertten utiliza un lenguaje claro y conciso para hablarnos de un problema complejo y lleno de vacíos legales que usan las empresas especuladoras para reventar el negocio de la vivienda y embolsarse espectaculares dividendos económicos. Al igual que la disputa de David contra Goliat, Leilana Farha se tropieza con grandes obstáculos para verse con los responsables de estos consorcios económicos que usan la vivienda como un mero negocio, con prácticas inhumanas, amorales y salvajes con el fin de ganar dinero.

Farha sabe que su reivindicación es una lucha constante, muy difícil y paciente para conseguir un poco, un resquicio de luz hay que trabajar mucho, llamar a muchas puertas, verse con multitud de gentes, muchos de ellos afectados que relatan su problema, como la torre social donde vivían gentes con pocos recursos que se calcinó y dejó unos setenta fallecidos, muchos más heridos y en la estacada a cientos de personas que perdieron su hogar, y otras situaciones como esos otros canadienses que realizan una huelga del alquiler, para reivindicar unos precios sociales y asequibles y todo el acoso sufrido por parte de los propietarios. Gertten construye una película que es más que eso, constituyéndose en un reflejo despiadado actual de hacia ese lugar sombrío y oscuro donde están yendo nuestras ciudades, tanto en su estructura humana, económica y social, convirtiéndolas en meros escaparates especuladores donde dinero de dudosa procedencia, como advierte Saviano, están comprándolas y llenándolas de enriquecidos holdings inmobiliarios para adinerados y turistas, en detrimento de tantas personas que necesitan un lugar para vivir.

El cineasta sueco no es ajeno a la complicidad del problema que tiene entre manos y consigue hacer una película clara y de frente, sin vericuetos narrativos ni formales, una road movie sobre el conflicto urbano serio y magnífico, siguiendo el periplo viajero de Leilani Farha que visita barrios obreros de todo tipo de cuatro continentes distintos, haciendo hincapié a las ciudades más cosmopolitas e importantes de un lado y al otro lado del charco para explicarnos los problemas in situ, escuchando a todos aquellos que lo sufren diariamente, y ofreciéndoles el protagonismo que quizás los medios ocultan o no les dan el tiempo suficiente que necesitarían para profundizar en la problemática. Un relato contundente y brutal sobre esa económica psicótica y terrorífica que nunca tiene suficiente, a partir de la denuncia seria y apabullante, dándole voz a todos los afectados, a los especuladores sin escrúpulos y sobre todo, y esto es digno de admirar, donde la película no cae en la condescendencia ni el catastrofismo, y mucho menos en el derrotismo, abriendo nuevos caminos para cooperativizar, empujando todos a una, como nos viene a decir el necesario y extraordinario titulo de la película, encarando los problemas con los responsables de esas ciudades, reuniéndose, compartiendo conflictos y generando soluciones para luchar contra tanta maldad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ad Astra, de James Gray

LAS TINIEBLAS DEL ESPACIO.

“Es imposible transmitir la impresión que la vida produce en una época determinada de la propia existencia; lo que constituye su verdad, su significado, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos… solos.”

Joseph Conrad

Lo primero que nos llama poderosamente la atención cuando uno se acerca a revisar la filmografía de James Gray (New York, EE.UU., 1969) es su peculiar mirada al relato humano que hace de sus personajes, siempre revestido por el policial, directa o indirectamente, situado emocionalmente en la familia, seno principal de los conflictos más profundos y complejos. En ese marco, el cine de Gray nos seduce con una exquisitez tanto narrativa como formal, echando mano de pocos personajes, eso sí de múltiples capas y puntos de vista, contado como si fuese un relato romántico, de aquellos bien contados, con un fascinante aspecto respecto a localidades y lugares envueltos en la bruma y en lo sombrío. Unos encuadres estudiados minuciosamente y llenos de detalles a nivel pictórico, en la que sus historias, íntimas y personales, nos sacuden emocionalmente, llevándonos por marcos llenos de desesperanza y sordidez, guiados por unas almas en continua batalla consigo mismas, y sobre todo, seres a la deriva, a la espera de un destino que les tienda una mano muy necesitada.

De los siete títulos que ha dirigido Gray nos centramos en sus dos últimos antes de centrarnos en Ad Astra, que son El sueño de Ellis y Z, la ciudad perdida. Dos trabajos que nos hablan de dos viajes íntimos y personales protagonizados por una Ewa, una inmigrante polaca que debe empezar a vivir en la desconocida Nueva York de 1921, y Percy Fawcett, un explorador británico enfrentado a lo desconocido de la selva amazónica. Sendas aventuras llenas de peligro e inquietud en el que tanto Ewa como Percy saborearan lo amable y lo amargo, donde sus respectivos periplos les servirán para conocerse mejor y sobre todo, conocer todo aquello que les rodea. Igual odisea vive el astronauta Roy McBride que es convocado por la Spacecom (una de esas empresas que utiliza la ciencia para enriquecerse) para una difícil misión, viajar hasta lo más lejano de la Tierra para reencontrarse a su padre Clifford, el astronauta más laureada de la historia, una especie oráculo espacial que ha visto cosas que no creeríais, que lleva más de tres décadas perdido más allá de las estrellas, a un lugar donde jamás nadie ha conseguido llegar. Roy es un tipo tranquilo, introvertido, con un autocontrol que lo hace excepcional, solitario, y alejado del único amor que ha tenido en su vida, y emprende un viaje para encontrar a un padre que hace décadas que no ve y con el que tuvo una relación fría y distante.

Gray nos muestra los preparativos científicos del viaje, en un futuro cercano, donde los viajes a la luna son habituales, donde la luna se ha convertido en una especie de espejo terrestre, donde unos la estudian y otros, sobreviven como en la Tierra, en el que el veterano coronel Pruitt estupendo Donald Sutherland (antiguo compañero de batallas de Clifford, quizás un guiño a Space Cowboys, de Eastwood) advertirá a Roy sobre el carácter rudo y reservado de su padre, un brillante Tommy Lee Jones. También, viajaremos a Neptuno, donde la base científica explora el planeta y saca sus conclusiones en el más estricto secreto, en la que la responsable, convincente Ruth Negga, tiene sus propios métodos muy alejados de la oficialidad de la misión.  A partir de ese instante, continuaremos solos con Roy, siguiendo su deambular diario por la nave, escuchando sus reflexiones e impresiones sobre aquello que está viviendo, sobre aquello que ha dejado atrás y también, sobre aquello que se encontrará, ese padre espectral envuelto en el más absoluto de los misterios, y lo que ha dejado, esa mujer que le sigue robando sus pensamientos.

El cineasta neoyorquino nos muestra un espacio descomunal, vacío, infinito, misterioso y fantasmal, con esa preciosista y bella cinematografía de Hoyte Van Hoytema (responsable de Interstellar, otro de esos monumentos que ha dado la ciencia-ficción en los últimos años)  siguiendo las odiseas protagonizadas por los astronautas de 2001: Una odisea en el espacio, el naturalista valiente de Naves misteriosas o el científico perdido de Solaris. Todos ellos hombres solos ante la inmensidad del espacio, de lo desconocido, de aquello que nadie había visto antes como mencionaba Nexus 6 en Bladde Runner. Ad Astra, que recoge el nombre de la denominación planetaria de la mitología griega, nos sumerge en un viaje hacia lo infinito, o quizás podríamos decir hasta lo conocido, siguiendo la misma estructura narrativa que El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en la que Roy va en busca de su padre, emulando a aquellos antecesores como Juan enviado por el partido para terminar con la vida de “Andarín” en plena posguerra española en El corazón del bosque, o el capitán Willard en su viaje para terminar con el Coronel Kurtz en plena guerra del Vietnam en Apocalypse Now, tres objetivos de hombres condecorados y envidiados que en algún instante han perdido el rumbo y han hecho la guerra o la misión, según el caso, suyas, creyéndose por encima de ellos mismos, unas especies de semidios con la razón y la aventura de su lado.

Los hipnotizantes movimientos de las naves, los lugares que atravesamos y todo ese entorno salvaje y lúgubre que envuelve a la película, juntamente con esos fascinantes primeros planos de un Brad Pitt inmenso y magnífico, convierten a la película de gray en un clásico instantáneo, un poderoso y espectacular viaje de ciencia-ficción que engrosa ya los títulos más esciales del género, con su esencia humanista y su detalle preciso de todo aquello que muestra y lo que no, convertido en un relato grandioso sobre lo humano enfrentado al espacio o mejor dicho, a sí mismo, a su capacidad científica y tecnológica en pos a la colonización del universo o todo lo que alcance, a un viaje al cosmos, a las tinieblas de un espacio incómodo y vasto, donde el ser humano se vuelve pequeño, indefenso y perdido, donde la ansiedad de aventura puede acabar con cualquiera, quizás por mucho que lo neguemos, existen límites en el que por mucho que nos empecinemos nos devolverán a nuestra realidad, a lo que realmente somos, con nuestras capacidades, torpezas, avances, miedos e inseguridades, al fin y al cabo, a nuestro ser y a nuestra soledad como individuos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hasta siempre, hijo mío, de Wang Xiaoshuai

RETRATO DE UNA FAMILIA.

“El tiempo pasa muy rápidamente, pero la vida sigue”.

Proverbio chino

El universo cinematográfico de Wang Xiaoshuai (Shanghái, China, 1966) está situado en la periferia, en aquellos espacios anodinos y fríos, poblados por gentes corrientes, de vidas sombrías y extremadamente cotidianas, personas que pertenecen a la gran masa de población que trabaja, come y duerme sin más, con existencias invisibles, eternamente desplazados y sin un lugar donde quedarse, sujetos a las reformas políticas, económicas y sociales del estado y las múltiples transformaciones que provoca en sus vidas, en la sociedad que viven, en sus empleos y sobre todo, en su identidad personal. Eso mismo les ocurría a los chavales que tenían una bicicleta como objeto de distensión y división social en La bicicleta de Pekín (2001) y las dos familias obligadas a desplazarse y todos los problemas de clase que sufrían en Sueños de Shanghái, por citar dos trabajos de Xiaoshuai de una filmografía de 13 títulos, en los que siempre ha explorado como los cambios políticos afectan de manera crucial a la vida cotidiana y personal de aquellos que la sufren en silencio, recuperando aquella mención que hacía Gramsci que “Lo humano es político”, en que la persona y su vida están completamente condicionadas al estado, como algo indisoluble.

En Hasta siempre, hijo mío, el cineasta chino, uno de los máximos exponenntes del cine independiente chino, construye un fresco histórico que abarca tres décadas de su país desde los años ochenta hasta la actualidad, situándonos en el marco de una pequeña ciudad sobre dos matrimonios que trabajan en la siderurgia y sus respectivos hijos. Toda esa aparentemente tranquilidad del trabajo diario y lo sombrío de sus vidas, se verá profundamente marcado por la tragedia, cuando Xing Liu, el hijo de Yaojun y Liyun muere trágicamente ahogado en un embalse mientras jugaba con Hao, el hijo de su matrimonio amigo. Este suceso marcará completamente las existencias de Yaojun y Liyun y su relación con el otro matrimonio, donde ella Haiyan, ocupa un puesto de relevancia donde vigila a los demás trabajadores para que mantengan la obligación de solo tener un hijo como marca el estado. La ley del único hijo, la reforma económica de los ochenta y la presión en el entorno cambiarán la actitud, las necesidades y las relaciones entre los dos matrimonios, que obligará a Yaojun y Liyun a poner tierra de por medio y emigrar a una pequeña ciudad costera y empezar una nueva vida alejados de la tragedia y el dolor.

Xiaoshuai construye de forma íntima y profunda un relato sobre el peso del pasado, sobre el hecho de ser padres y las relaciones que se construyen y se rompen debido a esas emociones que se guardan, que no se dicen, que se ocultan a los demás por miedo o por supervivencia, contándonos a través de ese cineasta que observa desde la puerta, de forma invisible, que mira la vida de sus personajes, desde la más absoluta de las cotidianidades, desde lo más íntimo, desde el silencio, desde todo aquello que se guarda silencio, se calla, a través de leves gestos o miradas que sin hablar se dicen todo, un cine humanista, donde lo humano adquiere una presencia palpable, donde todo es conocido, donde todo es tangible, un cine que en muchos instantes recuerda a Yasujiro Ozu, en su sensibilidad para tratar temas profundamente complejos desde un prisma naturalista y muy cercano, explicando de forma íntima todos los conflictos que se sucedían entre padres e hijos con el telón de fondo de los cambios estructurales en la sociedad.

La película nos cuenta en sus 180 minutos intensos y magníficos treinta años de un país, y lo hace con una narrativa desestructurada con continuos saltos en el tiempo, peor con una forma recia y casi inamovible, donde la cámara describe desde el silencio, mostrándose presente y oculta a la vez, relatándonos los dos matrimonios como protagonistas en un relato social, dramático y profundamente conmovedor, pero sin resultar en ningún momento en la condescendencia ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, Xiaoshuai opta por la sutileza y los silencios, describiendo con minuciosidad los espacios, las relaciones y todo aquello que no se dice pero se siente, rebuscando en las emociones palpables y calladas de sus personajes, con esos instantes de puro documento como su descripción de la vida en la fábrica, los exiguos momentos de ocio, con ese baile multitudinario donde parece que la tragedia se puede olvidar por el hecho de no hablar de ella, pero más lejos de la realidad, o esos impagables recorridos por la cotidianidad en el taller de reparaciones, las comidas o los conflictos con ese niño que viene a llenar el vacío del otro, donde la vida y el cine parecen decirnos que no hay vida sin reconstruir el pasado como fue, sin huir de él, sin cortapisas ni tablas de salvación, sino mirándolo de frente, siendo valientes para afrontar nuestros errores para así seguir caminando con dignidad y valentía a los avatares que vendrán en el presente.

Un reparto brillante y profundamente conmovedor encabezado por esa pareja protagonista que tanto recuerdan al matrimonio de Cuentos de Tokio, interpretados por Wan Jingchun y Yong Mei, dos actuaciones memorables, llenas de sutileza y silencios devastadores, como esos instantes en que vuelven a la ciudad y visitan lo que fueron, y les cuesta reconocerse debido a los grandes cambios urbanísticos de la ciudad. Xiaoshuai ha cosido con delicadeza y paciencia un relato amargo y sombrío sobre la vida, sobre todos aquellos que como sus padres trabajaron y fueron sometidos a los designios de un estado que como se explicará en la película sus intereses están por encima de los intereses de los trabajadores, esos trabajadores expuestos a toda imposición legal donde aceptas y te vuelves invisible o simplemente abandonas, dejándolo todo y empezando una vida más mísera y sobre todo, alejada de aquellos que considerabas tus amigos, quizás como explica la película, el tiempo coloca la verdad en su lugar y la vida nos brindará oportunidades para escucharla y reconfortarnos de tanto dolor y vacío. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Señor, de Rohena Gera

RATNA, UNA MUJER INDIA.

Ratna es una mujer india, menuda, de mirada profunda y carácter indomable, sueña con abrir un negocio con su hermana en la que ella será diseñadora de moda. Mientras, Ratna trabaja como empleada de hogar en casa de Ashwin, su señor que acaba de romper su enlace de boda. La cotidianidad de Ratna se debate entre servir a su señor muy complaciente y aprender corte y confección. Mientras los días van pasando entre unas cosas y otras, la cotidianidad de la joven viuda dará un vuelco cuando Ratna y Ashwin empezarán a sentir algo más que una simple relación de amo y siervo. La primera película de ficción de Rohena Gera (Pune, India, 1973) después de dos décadas trabajando en el cine como asistenta de dirección y guionista, es un relato de nuestro tiempo, sencillo, íntimo y honesto, situándonos en un hogar de clase alta de Mumbai, la metrópoli donde gentes de pueblo como Ratna llegan en busca de oportunidades abandonando la presión social para una mujer viuda como ella. Gera, a través del personaje de Ratna nos cuenta el alma de un país en el que todavía existen las castas, aunque hayan sido prohibidas por el estado, donde una mujer viuda siente esa presión constante tanto en su pueblo como en la ciudad, estigmatizada por su condición de viudedad, por sus orígenes humildes y pobres y sobre todo, por su condición de mujer, oprimida a nivel social, sexual y económico.

La directora india habla en primera persona y de frente, sin atajos ni postales, de la realidad social de su país, en las que existen obstáculos difíciles de derribar como las divisiones sociales, las diferencias étnicas, y demás muros, tanto físicos como mentales que dividen por su condición a las personas. El personaje de Ratna se enfrentará a tanta injusticia y estigmatización para seguir soñando, para proseguir su camino a pesar de tanta mirada inquisitoria, a pesar de ese sentimiento de soledad que recorre su vida, aparte de alguna amiga criada como ella que conoce su situación y la vulnerabilidad que les persigue a diario. Ashwin pertenece a ese tipo de familia adinerada, la élite de la India, que ha estudiado fuera, y ahora vive en una jaula de oro en el que en apariencia todo parece funcionar y encaminarse a un lugar, aunque para el joven indio triunfante las cosas son diferentes, encontrándose vacío y sin rumbo por su vida, una existencia aburrida y cotidiana, sin sobresaltos, mucho más sombría que la de Ratna, a pesar de sus diferencias sociales.

Entre ellos, a pesar de tanto que les separa, como ese pasillo vacío en el hogar que evidencia todo lo que les conecta y a la vez, todo lo que les separa. Dos almas antagónicas, cada una con su vida, con esa corrección propia de señor y criada, aunque como viene a explicarnos la película, los sentimientos son libres y no pertenecen a ninguna casta social, cultural o económica, y las cosas y lo que sienten los va acercando, aun conociendo de las dificultades de su amor, por las presiones familiares y sociales, aunque ellos saben lo que sienten y tendrán que luchar contra eso. Gera nos cuenta entre susurros, entre los espacios de ese hogar que arranca triste y anodino, y suavemente, sin darse cuenta los personajes, se va convirtiendo en un hogar cálido y alegre, contándonos una historia de amor imposible sobre dos almas separadas por muchas cosas, desde sus estados emocionales tan diferentes, como sus familias, sus economías, y sus sueños, que los de Ratna son ilusionantes por su carácter, su fuerza y su valentía, y en cambio, los de Ashwin se hallan en un laberinto oscuro y sin expectativas, perdidos sin saber qué camino tomar.

La brillante y conmovedora interpretación de Tillomata Shome creando ese personaje de Ratna, un rol brillante para nuestra memoria que consigue con grandísima sutilidad y belleza toda una amalgama de gestos y miradas que nos conmueven, junto a la composición excelente de Vivek Gomber dando vida al desdichado Ashwin, alguien perteneciente a ese mundo elitista y conservador, no muy diferente a nivel social que el de Ratna, dos seres que se encuentran por amor y también, por necesidad, que ansían, cada uno a su manera, salir de esa opresión en la que viven y saborear la libertad de ser ellos mismos. Gera ha construido una película intimista y compleja, con esa mise en scene elaborada y contundente, donde cada encuadre obedece a las emociones calladas y encontradas de estos dos náufragos que son la pareja circunstancial, consiguiendo la emoción a través de lo más sencillo y humilde, convirtiendo su película en no sólo un bellísimo y triste retrato sobre la femineidad india contemporánea sino que también hace un durísimo y fascinante relato sobre el amor, lo que sentimos y aquello que nos hace libres o culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manolo Munguía

Entrevista a Manolo Munguía, director de la película «H0us3». El encuentro tuvo lugar el lunes 16 de septiembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manolo Munguía, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Carmen Jiménez de Begin Again Films, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.