Sparrows, de Rúnar Rúnarsson

sparrows_cartel_70x1002ENCONTRAR EL CAMINO.

“Necesito tener un vinculo emocional con aquello que estoy intentando retratar”

Rúnar Rúnarsson

La película arranca con Ari, un adolescente de 16 años, de voz prodigiosa para el canto, que tiene que dejar Reikiavik donde vive con su madre, ya que esta tiene que marchar de cooperante a África, y trasladarse al norte, a Westfjords, un pequeño pueblo de pescadores junto a un padre alcohólico y una abuela protectora a los que no ve hace 6 años. El segundo largo de Rúnar Rúnarsson (1977, Reikiavik, Islandia) después de una exitosa carrera de cortometrajes, y una ópera prima que se llamó Volcano (2011) , que estuvo en la Quincena de realizadores del Festival de Cannes, en la que retrataba también la historia de un viaje emocional, en este caso lo realizaba Hannes, un anciano que volvía con su familia para cuidar de su mujer enferma, después de varios años de separación.

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El realizador islandés posa su foco en la mirada de su joven protagonista, un chaval en plena pubertad y cambios, adaptarse a un lugar extraño y diferente para él no será fácil, además tiene que convivir con un padre con el que apenas ha tenido relación, con alguien de difícil carácter que se ha refugiado en la bebida para superar inútilmente sus problemas sociales. Encuentra algo de desasosiego y ternura en la abuela, el ser protector de la familia, aunque también encuentra obstáculos con Làra, una amiga de la infancia que le atrae y que ahora sale con un novio de mal carácter y posesivo. Con estos ingredientes, la forma empleada por Rúnarsson es pausado, de ritmo conciso y preciso, envuelve a su personaje en medio de un ambiente gélido y desangelado, en un espacio de complejas relaciones, construido a base de silencios y miradas, en que los personajes deambulan sin rumbo y se encierran en sus conflictos personales aislándose de los que les rodean, unos seres que tienen heridas que cerrar, pero no lo conseguirán sino se enfrentan a ellas, y después las comparten con los que más quieren.

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La película se centra en el difícil tránsito por el que tienen que pasar los adolescentes, en el que dejan su infancia para convertirse en adultos, un mundo ajeno y oscuro, en el que los sentimientos se esconden y las emociones no se expresan como debería. Ari se enfrenta a este mundo, y a este lugar con las pocas armas que tiene a su alcance, viene de otro ambiente, más cálido y acogedor, y ahora cae en un mundo cerrado, machista y falto de cariño, en el que se siente un extranjero, o alguien de otro planeta, alguien que deberá enfrentar sus miedos, y sus anhelos para encontrar su camino y seguir caminando. La etérea y azulada fotografía de la película obra de Sophia Olsson baña con serenidad y frialdad todo lo que viven los personajes, haciendo hincapié en la idea de aislamiento y lejanía que existe entre padre e hijo, la falta de comunicación pronto dejará espacio a los reproches y acusaciones, en los que la relación paterno filial pasará por distanciamientos complicados de resolver. A diferencia de otros títulos que encaran la adolescencia como un tiempo de alegría y libertad, en el que todo es posible, la propuesta de Rúnarsson se decanta por otros términos, más propios de la reflexión, dando importancia a los problemas que se derivan, en el que se explora la naturaleza de las emociones y las dificultades de nuestro interior, desde un punto de vista sincero y honesto, dejando en todo momento al espectador el espacio suficiente para que sea él quien extraiga sus propias deducciones.

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La película ganadora contra todo pronóstico de la última Concha de Oro del Festival de San Sebastián, es otro brote de talento del pequeño país de Islandia, en los parámetros parecidos a Corazón gigante, de Dagur Kári, vista aquí hace poco, guarda con aquella la mirada reposada y afilada sobre los poblemas emocionales de sus ciudadanos. Sparrows, que podríamos traducir como “gorriones”, con unas interpretaciones de Atli Óskar Fjalarsson, Ingvar E. Sigurdsson, Kristbjörg Kjeld y Rakel Björk Björnsdóttir,  que consiguen dotar a sus personajes de humanidad y credibilidad, a pensar del entorno helado en el que se mueven, quizás los males de una sociedad decadente y fría, muy fría. La cinta minimalista y cercana, tanto en su forma como en su fondo, contaminando cada uno de sus planos por la atmósfera del lugar, está  filmada con aplomo y entereza, capturando la sensibilidad de unos personajes solitarios y llenos de amargura, algunos, y otros, intentando entenderse y entender lo que le rodea, sumergiéndose en los problemas derivados de un tiempo difícil en un entorno complejo, tomándose su tiempo, acariciando cada instante de la película, dejándose llevar por el caminar de sus personajes, sus quehaceres diarios en la fábrica de pescado, o las salidas nocturnas con sus amigos, descubrir las drogas o el sexo, en los que va descubriendo la realidad cruda y atroz de un mundo ajeno pero del que pronto no tendrá más remedio que formar parte.

Tea Time (La Once), de Maite Alberdi

A0-cast(base)LOS AÑOS VIVIDOS.

La película arranca introduciéndonos en la preparación de una celebración, a través de planos detalle, asistimos a los últimos retoques de diferentes exquisiteces de repostería, con sus cremas y chocolates, y también, el relleno de panecillos, con el acompañamiento del té que está caliente y listo para ser servido, alimentos que degustarán las cinco mujeres que conoceremos a continuación. El reloj toca las cinco de la tarde, hora exacta en el que aparecen las invitadas a la mesa, una mesa ornamentada y lista para la ocasión. Cinco mujeres: Teresa, Alicia, Angélica, Ximena y Gema, que se conocieron en el Colegio católico de Santiago de Chile donde estudiaron, siguen fieles a su cita mensual de encuentrarse. Ritual, que parece de tiempos pasados, pero que siguen escrupulosamente, desde que salieron del colegio, un ritual que sigue produciéndose desde hace más de 60 años.

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La directora Maite Alberdi (1983, Santiago de Chile) que ya apuntó buenas maneras en su anterior trabajo El salvavidas (2011), vuelve al espíritu que regía su puesta de largo, y se adentra en la intimidad y cotidianidad de unas vidas anónimas en las que construye unos relatos de profunda humanidad y sensibilidad acompañados de grandes dosis de humor. Alberdi rescata un dicho popular chileno “tomar once”, que se dice cuando se queda para merendar, y filma esos encuentros, la intimidad del hogar, y más concretamente en los salones de estas mujeres que rozan o traspasan la ochentena. La directora, nieta de una de sus protagonistas, ha registrado durante cinco años los encuentros de su abuela y sus amigas, construyendo un relato breve (70 minutos) pero en el que a través de las miradas de estas mujeres conocemos un parte de la historia de Chile, filmado en primeros planos y planos detalle, todo lo que se comparte en esas citas. Mujeres de educación católica y conservadora, distinguidas y coquetas, que han llevado unas vidas de imponente moral religiosa y acomodadas de Santiago de Chile. Un retrato femenino, en el que unas mujeres se encuentran y hablan de política, de los cambios sociales, culturales y económicos que ha sufrido Chile a lo largo de más de medio siglo. También, discuten, dialogan, intercambian impresiones, a veces tienen criterios completamente diferentes, pero sobre todo, ríen, ríen mucho, no han perdido el sentido del humor, y las ansias de seguir viviendo y encontrándose con sus amigas del alma.

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Aprovechan las citas mensuales, para hablar de ellas, de sus hijos y nietos, sus enfermedades, recordar a las ausentes, ya sea por fallecimiento o enfermedad, tener un pensamiento para sus esposos, los vivos o los muertos, su vida matrimonial, y sobre todo, hablan de sus inquietudes, de sus miedos e inseguridades, del tiempo que pasaron juntas, del tiempo que murió, el tiempo compartido, y la profunda amistad que las ha unido durante tanto tiempo. También planean excursiones, que Alberdi, en un acierto de guión, sólo nos las muestra mediante fotografías, su campo fílmico se centra en las cuatro paredes de los salones, algún plano de la cocina, pero breve y conciso, se limita a la mesa, mimada al mínimo detalle, y a sus personajes, mujeres acomodadas, distinguidas y de otro tiempo, con ideas y rituales que morirán con ellas, ya nadie, sus predecesores no continuarán con estas citas mensuales. Un tiempo que comparten, desde que eran niñas, un tiempo de amistad, de vida, de muerte, de alegrías e infortunios, de compañía y soledad, de certezas y dudas, viendo a un país que en los últimos cuarenta años ha pasado de la democracia de Allende a la dictadura de Pinochet, para volver a la libertad, otra vez. Una película sencilla y honesta sobre el paso del tiempo, la vejez y sobre todo, la extraordinaria capacidad para seguir viviendo a pesar de la vida, de todo lo que vivimos y lo que nos queda por vivir.