Crossing, de Levan Akin

LOS VIAJES INTERIORES.  

“Quedamos enredados en los destinos de personas que en nuestra familia se perdieron porque fueron olvidadas o excluidas”. 

Bert Hellinger 

Cuando se entrenó entre nosotros la película Solo nos queda bailar (2019), de Levan Akin (Tumba, Botkyrka, Suecia, 1979), nos sorprendió su trabajo en la planificación, la intensidad de sus intérpretes y la fuerza para transmitir un relato sobre la amistad, el amor, el baile y la liberación en un país como Georgia, del que apenas nos llega su cine. Ahora, nos llega el nuevo trabajo del director sueco con padres georgianos, en el que ahora el viaje es tanto físico como emocional, porque recoge el viaje de un grupo de excluidos que van desde Batumi en Georgia hacia Estambul en Turquía cruzando, y de ahí viene su título original, Crossing, el Mar Negro, porque Lia, una maestra jubilada debe encontrar a su sobrina Tekla, una mujer trans que años atrás tuvo que huir porque su familia no la aceptaba. En este viaje le acompaña Achi, un joven georgiano desarraigado y sin futuro que dice conocer su paradero. En la capital turca se cruzarán con Evrim, una chica trans que trabaja como abogada en una ONG. 

Aunque en una primera instancia, la película pudiese someterse al drama duro y sin concesiones, la historia se aleja mucho de esa premisa y construye un relato primoroso e intenso sobre la odisea, ya pensarán ustedes si les parece grande o pequeña, de la insólita pareja protagonista que, aunque patriotas tienen muchas cosas que les alejan, pero ahí reside la propuesta de Crossing, de hablarnos de los vínculos familiares fuera de la familia, a través de desconocidos que se miran de frente, se apoyan e intentan que su entorno más inmediato duela menos. La película es muy física, pateamos las angostas y tumultuosas callejuelas de la urbe sintiendo cada paso, cada esquina y cada espacio, ya sea a pie o en ferry para pasar de un lado a otro. El guion del propio Akin, huye de la sorpresa y de otras piruetas argumentales, para centrarse en sus personajes, sus relaciones y sus emociones, todo contado desde el alma, sin imposturas ni nada que se le parezca, con autenticidad, verdad y una intimidad que sobrecoge. Estamos ante un western urbano, o mejor dicho, un drama de vidas anónimas y cotidianas, donde también hay comedia, mucha música y sobre todo, un viaje donde lo importante es conocerse y reconocerse ante el espejo y sobre todo, ante los demás. 

Un trabajo de estas características necesita un excelente trabajo de cinematografía como el que realiza la sueca Lisa Fridell, que ya hizo lo propio en la mencionada Solo nos queda bailar, porque requería un gran trabajo físico y capturar la inmediatez y la fisicidad que desprenden cada mirada y cada gesto entre los tres personajes. El formidable montaje que firman Emma Lagrelius junto al propio director, que consigue imprimir la fuerza y la pausa necesarias, en una cinta donde lo físico es primordial, pero también las invisibles y pequeñas tragedias personales que viven cada uno del trío protagonista, que tienen en común su soledad, su necesidad de encontrarse y sobre todo, encontrar su lugar en un mundo demasiado egoísta, individualista y vacío. La música también juega un papel importante en la película, porque continuamente estamos escuchando alguna melodía o canto, elemento esencial como sucedía en la citada Solo nos queda bailar, aquí también lo es porque cuando faltan las palabras, el relato se acoge a la música y el silencio de los personajes, donde también conmueve desde lo más cercano, sin ningún tipo de alarde o gesto enfatizado. 

El extraordinario trío protagonista que transmite una naturalidad y transparencia desbordantes compuesto por la veterana Mzia Arabuli, que hizo una película con el gran cineasta georgiano Serguéi Paradzhánov, en el papel de Lia, una mujer derrotada pero en pie, que busca a su sobrina Tekla, en un viaje interior de aúpa, que tendrá sus altibajos durante el metraje, pero que nunca tirará la toalla, porque sabe que necesita el reencuentro. A su lado, el debutante Lucas Kanvaka en la piel de Achi, un joven que huye de la tutela férrea de un hermano mayor sin provenir en un país como Georgia donde no encuentra su lugar, y se agarra a Lia a un destino sin destino, pero con la convicción de encontrar lo que busca. La otra debutante es Deniz Dumanli en el rol de Evrim, la chica trans que ayudará a esta peculiar pareja, que también su lugar, su amor y su reconocimiento como mujer y como abogada. Con Crossing, el cineasta Levan Akin vuelve a deleitarnos con una película grande, llena de pliegues y texturas, intensa, poética y emotiva, sin ser sentimentaloide, de verdad, con personajes de carne y hueso, los nadies que mencionaba Galeano, los invisibles, los excluidos y los desheredados que al igual que todos y todas nosotras desean lo mismo, encontrar ese lugar donde sean bienvenidos y puedan vivir en paz. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Antes era divertido, de Ally Pankiw

LA FRACTURA DE SAM.

“El trauma afecta a las relaciones, ya que cambia la forma en que percibimos el amor, la confianza y la seguridad”.

Judith Herman 

Hemos visto muchas películas que abordan con inteligencia y profundidad los efectos de los traumas. En Antes era divertido (“I Used to Be Funny”, en el original), también habla de trauma, el de una joven, Sam Cowell, que intenta hacerse un hueco en el difícil mundo de los comediantes stand-up y a la vez, trabaja como niñera de Brooke Renner, una niña de 12 años con problemas de conducta que tiene a su madre enferma y vive con su padre policía. Lo importante de la película es cómo aborda el trauma, alejándose completamente del género negro en el que tantas historias se posicionan. Aquí no hay nada de eso, porque el relato se centra en Sam, en su presente triste, estático y doloroso, y en el pasado, donde asistimos a la reconstrucción de los hechos que llevaron al abuso sexual que le propició el mencionado trauma, todo contado con el tono y la intimidad de una mujer atrapada en su trauma que no ve una salida a su problema. 

La directora Ally Pankiw (Toronto, Canadá, 1986), que ha dirigido la serie Feelgood (2020), y el capítulo Black Mirror: Joan es horrible (2023), hace su puesta de largo con una película que recoge la atmósfera del mejor cine indie estadounidense, el que han practicado películas como Las vírgenes suicidas (1999), de Sofia Coppola, Lady Bird (2017), de Greta Gerwig y Kajillionaire (2020), de Miranda July, entre otras. cine dirigido por mujeres para públicos que les gusten los retratos críticos, con la textura de una comedia dramática, en la que se abordan temas complejos como el amor, los traumas y la insatisfacción crónica de una población cada vez más ausente e invisible ante la velocidad de una sociedad vacía y mercantilizada. Antes era divertido aúna con acierto y sabiduría el drama con la comedia, no de un modo convencional, sino desde la complejidad de la historia que nos cuenta, mezclándolas e incluso, en muchos instantes, no sabiendo descifrar el tono que usa la directora, lo que la hace muchísimo más cercana y profunda que otras películas que vayan por otros derroteros. Uno de sus logros, tiene muchos más, es hablar de un tema durísimo sin caer en caminos trillados ni en estúpidas complacencias, aquí es todo lo contrario, y se agradece y mucho. 

Si la historia funciona bien, la estupenda cinematografía de Nina Djacic, que también debuta en el largometraje, es realmente asombrosa, creando una atmósfera donde la agitada cámara nos cuenta el pasado, para pausarla para contar el presente, generando esa dualidad del relato, así como de las distintas fases del trauma que sufre la citada protagonista, acompañado de un interesante trabajo de esa luz cercana y de interiores, casi siempre mortecina, que ayuda sin exagerar a adentrarse en los diferentes monstruos de Sam. La música de Ames Bessada ayuda a crear ese tono de pausa y tristeza que tiene toda la película, con esos toques de blues. Así como el acertado montaje de Curt Lobb, habitual del director Matt Johnson, donde no enfatiza para nada la historia, y va cimentando un relato muy complejo y nada convencional en sus 106 minutos de metraje. La ciudad de Toronto es otro de los grandes personajes de la película, con esos lugares como la casa que comparte la protagonista, la casa de los Renner y demás, porque nos recuerda a la misma inquietante calma y neutra que tenía la Sacramento de la mencionada Lady Bird, encontrando esos lugares ausentes que tienen todas las grandes cities. 

Otro de los grandes logros de la película, ya he mencionado que tiene muchos, es la magnífica interpretación de Rachel Sennott, que cada vez nos encanta más, haciendo una Sam Cowell maravillosa, mostrando toda la carga emocional y cercana que transmite un personaje divididos en dos. En el pasado es toda valentía y estupenda, y en el presente, es como un fantasma que arrastra sus penas, eso sí, con toda la dignidad y entereza que puede. Le acompañan Olga Petsa como la rebelde y escurridiza Brooke Renner, Sabrina Jalees y Caleb Hearon son sus compañeros de piso y en el stand-up, Ennis Esmer es su novio y finalmente, Jason Jones es Cameron, el papá de Brooke. Si les gustan las historias contadas desde la emoción, Antes era divertido, de Nina Djacic, les gustará mucho, además tiene el sello de la distribuidora Surtsey Films, que en sus años de trayectoria siempre les ha acompañado un amor al cine que aborda desde la complejidad temas nada sencillos. Además, es una película que les hará reflexionar intensamente sobre los temas del trauma y las infinitas formas de gestionarlo y sobre todo, es un gran toque de atención a cómo nos comportamos cuando lidiamos con estos temas, ya sean propios o de nuestro entorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lo que me queda de ti, de Zara Zerny

LA VEJEZ Y LOS AUSENTES. 

“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. 

Gabriel García Márquez 

Parece ser que la vejez no es buen tema para el cine, ya que existen pocas películas que traten ese período de la vida desde la profundidad y la reflexión que se requiere, y no sea un mero acompañante de los protagonistas. Son contadas las películas en que sus principales personajes sean mayores, por eso, una película como Lo que me queda de ti (“Echo of You”, en el original, traducido como Eco de ti), sea no sólo un gran acontecimiento, sino que, además, su forma de acercarse a la vejez sea extraordinariamente lúcida, bella y muy profunda, porque aquí no vemos a ancianos que ayudan a los demás y tampoco que se sitúan en la sombra y las necesidades de sus descendientes y demás. En la película nos hablan de ellos y ellas, y sobre todo, de sus respectivas parejas que ya no están, fallecidas, y lo hacen desde el alma de cada uno de ellos y ellas, mirando y mirándonos a través de  la cámara, de frente, desnudando sus sentimientos y mostrando sus miedos, alegrías y demás. 

La directora danesa Zara Zerny (Ontario, Canadá, 1985), se formó en la escuela de cine independiente Super16 donde filmó películas en las que fusiona la ficción con el documental, por eso en su ópera prima, no sólo recoge los testimonios sinceros e íntimos de un grupo de mayores con edades comprendidas entre los 80 y más de 100 años, sino que los hace mezclando documento y expresiones poéticas, como el maravilloso arranque cuando la propia directora pide a uno de sus personajes que cierre los ojos e inmediatamente después, coloque sus manos encima de sus ojos para finalmente, recordar algo del ayer. Una imagen poderosa y muy elocuente que describe con exactitud el contenido de la película. Una obra que transita por la memoria, por el hecho de recordar, y hablar de esos momentos compartidos con la pareja que falleció, en el que hablan del amor, de la convivencia, de los días de vino y rosas, y de todo lo que conlleva vivir con una persona tantos años. Unas experiencias que la cámara recoge con claridad y sin aspavientos de ningún tipo, construyendo un cine reposado, que observa y filma, sin artificios y mirando con tiempo y honestidad a las personas que escucha atentamente.

La excelente y envolvente música de Viktor Dahl contribuye a que cada testimonio se convierta en una relación íntima entre persona, cámara y directora, generando ese acompañamiento y de vínculo que tanto necesita el cine documental para que tenga ese aroma de misterio y revelación como también hace el cine de Chantal Akerman, donde lo doméstico y lo universal se dan la mano creando un nuevo espacio para la emoción y la reflexión. La cinematografía de Jacob Sofussen se construye a partir del testimonio en su entorno, donde la cámara fija recoge su experiencia y su trayectoria vital, sus recuerdos y su cotidianidad, donde no hay prisa, y todo se envuelve desde la tranquilidad y el reposo, desde ese espacio de escucha, de pausa y de intimidad. Un montaje donde no hay estridencias ni nada que perturbe la paz y la pausa de los ancianos, en sus contenidos y especiales 76 minutos de metraje, en los que Zerny nos apabulla con lo real, y con lo poético, donde la vejez se asume desde la profundidad y la tranquilidad que dan los años y las dificultades físicas, en el que se desprende un amor hacia lo que filma, y hacia los que ya no están, y ese vínculo que genera el cine entre la vida y la muerte, como mencionaba Johan van der Keuken en su inolvidable Las vacaciones del cineasta

Hacía tiempo y muchas películas después que no veía una película que tratara la vejez desde lo más profundo e íntimo, no desde la tristeza y la pesadumbre de ser mayor, sino desde otro ángulo, el de la memoria, el de los años vividos con el amor, desde el recuerdo de las experiencias, ya fuesen duras y menos duras, desde la alegría, la felicidad, la tristeza y la soledad, y no haciéndolo de forma negativa sino todo lo contrario, filmando a unas personas que recuerdan y hacen balance de sus vidas, de sus amores y desengaños, de todo lo que contiene una vida larga de 80, 90 y 100 años, a través de sus miradas, carácteres, acontecimientos y demás situaciones. No vayan a ver una película como Lo que me queda de ti desde la tristeza, porque aunque la haya, todo se cuenta desde el alma, desde la vida vivida y no añorada, de los aciertos y desaciertos, de la ilusión y desilusión, de los pros y los contras de sus vidas y la de todos y todas cuando lleguemos, si es que llegamos, a sus edades. El misterio de la vida o mejor dicho, el misterio de seguir viviendo en soledad, rodeados de uno mismo o de otros, siguiendo en la vida o lo que queda de ella, recordando al ausente en una suerte de presencia y no que alimenta la reflexión profunda sobre quiénes somos en realidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Soy Nevenka, de Icíar Bollaín

LA MUJER QUE NO SE CAYÓ. 

“Estaba jugando con mi dignidad. Querían que me marchara como si hubiera hecho algo malo, como si fuera una incompetente”. 

Nevenka Fernández 

El universo cinematográfico de Icíar Bollaín (Madrid, 1967), está compuesto, principalmente, por mujeres anónimas de vidas cotidianas que las circunstancias las llevan a enfrentarse a retos aparentemente imposibles, en soledad y sobre todo, sometidas a la presión de un entorno que ni las comprende ni las ayuda. Nos acordamos en la Pilar de Te doy mis ojos (2003), que abandona a un marido violento, la Carmen, Inés y Eva de Mataharis (2007), que concilian trabajo y familia a duras penas, la Laia de Katmandú, un espejo en el cielo (2011), que enseña en un lugar lleno de miseria, la Alma de El olivo (2016), que lucha por la dignidad de su abuelo, la Rosa de La boda de Rosa (2020), que reivindica su amor propio, la Maixabel de Maixabel (2021), una viuda que luchó por el amor y no por el odio. A esta terna de mujeres valientes y de coraje, llega Nevenka Fernández, una joven de 25 años, recién licenciada de económicas nombrada concejal de hacienda de Ponferrada en el año 2000. Todo lo que en un principio parecía una gran oportunidad para ella se convirtió en un infierno ya que el alcalde Ismael Álvarez, de 50 años, la acosó profesional y sexualmente. 

A partir de un guion escrito por Isa Campo, que ya estuvo en Maixabel, y la propia directora, basándose en el libro “Hay algo que no es como dicen. El caso de Nevenka Fernández contra la realidad”, de Juan José Millás, y el testimonio real de la víctima, construyen una película que arranca con el encuentro de la protagonista confesando los hechos, que empiezan un año antes, y a modo de flashback vamos asistiendo a todos los pormenores. Contada de forma cotidiana y cercana que tiene estructura de cuento de terror, que se mueve en dos estados. Uno cuenta la cotidianidad de Nevenka y su entrada como concejal en el ayuntamiento y en el otro, se cuenta la triste realidad en la que Nevenka se ve sometida por el alcalde. Dos realidades. Una pública en la que el alcalde es un señor amable, simpático y con un admirable don de gentes, y en la otra, oculta, vemos a un tipo poderoso, depredador y violento. La película no cae nunca en el maniqueísmo, sino que expone unos hechos difíciles, siempre desde el lado de Nevenka, que no sólo sufrió el acoso y persecución del susodicho, sino que cuando hizo pública la historia, sufrió lo mismo con su entorno, medios y la opinión pública. Una mujer acosada por todos y todas. Una mujer que vivió en un constante miedo e impotencia, que no quería huir, sino proteger su identidad y su dignidad. 

Como suele ocurrir en el cine de Bollaín, la parte técnica es de primer nivel, en que la película tiene una factura elegante y muy sólida, con la cinematografía de Gris Jordana, que ha trabajado con cineastas como Clara Roquet, Laura Jou y Carla Simón, entre otras, con una luz mortecina que describe con minuciosidad una ciudad como Ponferrada (León), tan provinciana como cerrada, con sus calles, sus interiores, en una detallada composición donde prevalecen los planos cortos e íntimos, como el estupendo trabajo de música de Xavi Font, que le hemos visto mucho por el audiovisual gallego con Dani de la Torre, y en series como Hierro, Rapa y Auga seca, en una cinta con poca música, pero la que hay está muy bien situada, y el montaje de Nacho Ruiz Capillas, en ocho títulos con la directora, con una grandísima experiencia con más de 120 títulos, en un conciso y elaborado trabajo de montaje, donde el ritmo se va imponiendo en un relato muy íntimo y muy oscuro que se va casi a las dos horas de metraje intenso, doloroso y nada complaciente. Mención especial tiene el empleo del sonido que firman Iñaki Diez, ocho películas con Icíar, Juan Ferro y Candela Palencia, en que la sutileza está muy presente sin enfatizar en los momentos más duros. 

Otro de los grandes aciertos de Soy Nevenka es la elección de su reparto, porque tenemos dos interpretaciones creíbles y nada impostadas. Por un lado, tenemos a Mireia Oriol, fogueada en películas como El pacto y series como Les del Hoquei y La treintena, que le llega un gran personaje como el de Nevenka que lo acoge, le da toda la dignidad que se merece y compone con sabiduría un personaje nada fácil que pasa por todos los estados del miedo, la soledad, la tristeza y el coraje. Frente a ella está Urko Olazabal, que también estaba en Maxiabel dando vida a uno de los etarras Luis Carrasco. Aquí hace un tipo despreciable y narcisista, muy querido por sus ponferradinos pero en la sombra un mujeriego, depredador sexual y alguien poderoso que hace y deshace a su antojo. Después hay una retahíla de grandes intérpretes que dan profundidad a la historia y a los diferentes puntos de vista como Ricardo Gómez que hace de Lucas, fiel amigo de Nevenka cuando las cosas se ponen muy feas, y Carlos Serrano, mano derecha del alcalde, Xavi Font, el abogado que ayudó a la joven, Lucía Veiga, la jefa de la oposición en el ayuntamiento, Mabel del Pozo, madre de Nevenka, y Mercedes del Castillo, compañera en el consistorio, y demás rostros que dan con naturalidad todos los matices de sus respectivos personajes.   

Seguro que conocen la historia de Nevenka Fernández, amén del libro de Millás y la serie documental donde la mencionada protagonista relataba los hechos, por eso la película Soy Nevenka, de Icíar Bollaín, aportará nuevas situaciones, porque los ficciona y se adentra en todo aquello que hemos escuchado. También pueden verla para recordar un caso que significó un antes y después en este país en los casos de acoso sexual, porque Nevenka se atrevió a lo nunca una mujer había hecho, denunciar a un político y por ende, a no callarse, a denunciar unos hechos deleznables, a alzar su voz contra el poder, la persecución y contra el silencio que tantos siglos se vieron sometidas las mujeres. Es una película sobre la dignidad, sobre el miedo, sobre el acoso, pero también es la historia de una joven que se puso de pie, enfrentándose a la hipocresía y la actitud de mierda de todos y todas, que la convirtieron en verdugo cuando era la víctima, que la depilaron injustamente, que la acusaron por denunciar al agresor. También es una película que vuelve a aquellos años 2000 y 2001 y describe un país que todavía estaba anclado en los prejuicios y las apariencias y no veía más allá de sus ojos, sin profundizar y tomarse el tiempo necesario para tomar sus decisiones. No nos pensemos que estamos mucho mejor que entonces, algo hemos cambiado, pero visto la reacción de muchas instituciones y ciudadanos cuando casos de acoso sexual, todavía queda mucho camino, pero estamos caminando ya. que ya es mucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Solo para mí, de Valérie Donzelli

LA TIRANÍA DEL AMOR. 

“Los celos no son corrientemente más que una inquieta tiranía aplicada a los asuntos del amor”. 

Marcel Proust

Si a todos los amantes del cine nos preguntan por una película que trate con mayor profundidad y complejidad el tema de los celos, nos viene a la cabeza instantáneamente Él (1953), de Luis Buñuel. Su protagonista Francisco Galván de Montemayor es un ser enfermizo, posesivo y violento. Un tipo que no está muy lejos de Grégoire Lamoureux, el marido celoso de Blanche Renard en Solo para mí (del original “L’amour et les forêts”, traducido como “Amor y bosques”), de Valérie Donzelli (Épinal, Francia, 1973), de la que nos entusiasmó Declaración de guerra (2011), coprotagonizada por ella misma, en la que nos contaba la difícil experiencia de una pareja de su niño con cáncer. Ahora y partiendo de la novela homónima de Eric Reinhardt, con un guion coescrito junto a Audrey Diwan, la directora de la extraordinaria El acontecimiento (2021), en su séptimo largo se mete de lleno en el tema de los celos, la historia de un amor entre Blanche y Grégoire en el que todo parece ir bien hasta que una vez casados y con dos hijos, él empieza a comportarse de forma enfermiza y violenta. 

La historia está contada a través de un estupendo flashback, en el que la protagonista le relata a una abogada toda su historia. Una historia de amor, sí, pero un amor malo, enfermizo y de puro sometimiento. Nos presentan el relato a través de dos partes bien diferenciadas, el ascenso y caída de un amor, o mejor dicho, de una falsa idea del amor, porque al comienzo Grégoire sí que parece enamorado y trata muy bien a Blanche, poco a poco, la va aislando, primero de su familia, de su trabajo y comienza un control de todo: dinero, salidas y entradas, y demás aspectos. La película no nos habla de algo extraordinario, tampoco pone énfasis en las situaciones, porque la idea que quieren transmitir al espectador es la de naturalidad, no explicando un caso excepcional, sino una situación que nos podría ocurrir a cualquiera, porque todos somos o podemos ser en algún momento de nuestras vidas tanto Blanche como Grégoire. Nos presentan unos hechos muy desagradables de un esposo sometiendo y maltratando a su mujer. Un enfermo que no tiene límites, un narcisista en toda regla, alguien que ni quiere ni se quiere, y lo hace desde la más absoluta cotidianidad. De alguien con una buena posición económica y aparentemente, alguien muy normal. 

La parte técnica brilla enormemente con una excelente cinematografía de Laurent Tangy, que tiene en su haber al director Cédric Jimenez, especializado en thrillers llenos de tensión y sólidos, amén de su trabajo en la citada El acontecimiento, en un gran trabajo donde ese no amor se cuenta en forma de thriller cotidiano y doméstico, llenándolo de negrura y muchas sombras, así como la magnífica música de una leyenda como el músico libanés Gabriel Yared, con más de 100 títulos en su filmografía con cineastas de la categoría de Godard, Altman, Costa-Gavras, Minghella, Schlesinger, entre muchos otros. Una música que detalla con terror todas las oscuras emociones que se experimentan en la película. Un montaje que firma Pauline Gallard, que ha trabajado en todas las películas de Donzelli, lleno de ritmo, tensión y detalle que capta esta historia de amor y desamor, de luz e infierno, con esos potentes 105 minutos de metraje. Mención especial tienen la pareja de productores formada por Alice Girard y Edouard Well, que tienen en su haber películas con Haneke, Jacquot, Bonello, Noé y Ladj Ly, entre otros, amén de la mencionada El acontecimiento

La espectacular pareja protagonista está integrada por Virginie Efira y Melvil Poupaud, dos grandes de la interpretación francesa, que componen dos personajes muy cercanos, tan diferentes entre sí. Ella es la mujer enamorada que descubrirá que está casada con un enfermo, un narcisista y un celoso controlador y violento. Él es un pobre tipo lleno de dudas, miedos y complejidades que actúa de forma mala y amarga a su mujer. Un reparto lleno de rostros conocidos con breves presencias de Romane Bohringer, Virginie Ledoyen, Dominique Reymond y Marie Rivière, la inolvidable protagonista de El rayo verde, de Rohmer, entre otras. El reciente trabajo de Donzelli no es una película agradable y complaciente, sino todo lo contrario, cuenta hechos muy duros y terribles, pero no por eso se escuda en la complacencia, sino que lo cuenta todo desde la intimidad del hogar, desde los rostros y los cuerpos de sus protagonistas, y lo hace de forma veraz y desde las entrañas, sin caer en la sensiblería. Todo es relatado desde la verdad, desde el relato de una mujer que tiene miedo, que se siente en una puta cárcel sin salida, que intenta escapar pero no puede, desde el alma que sufre y no sabe qué hacer, porque estas situaciones desde fuera parecen muy sencillas de resolver, pero cuando se está viviendo, es otro cantar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Noemí dice que sí, de Geneviève Albert

LA NIÑA QUE NADIE QUIERE.  

“La prostitución es la más horrible de las aflicciones producidas por la distribución desigual de los bienes del mundo”.

Flora Tristán 

La niña protagonista podría ser una más de las niñas que aparecen en las películas de los hermanos Dardenne. Niñas desamparadas, descarriadas, no queridas, solas en el mundo, pero que no se conforman con el cruel destino que les ha tocado vivir, sino que siguen en la lucha, trabajando diariamente para, a pesar de los pesares, seguir adelante, construyéndose un destino mejor, aunque raras veces lo consiguen. La película está contada a través de la mirada de Noemí, una niña de 15 años que desea vivir con una madre que pasa de ella, tampoco se adapta a la mecánica del centro de menores en el que reside, como demuestra la estupenda secuencia que abre la película. Su única salida es escaparse y reencontrarse con Léa, una antigua compañera del centro, que ahora vive con un par de proxenetas y ladronzuelos que la prostituyen como escort. Así que, Noemí en sus ansias de huida, acabará en ese submundo, donde el cuerpo se emplea para el disfrute de hombres que encuentran en estos servicios una forma de demostrar hombría, poder y sometimiento a unas mujeres que ni conocen ni les importan. 

La ópera prima de la directora canadiense Geneviève Albert, que hace su puesta de largo con un película de denuncia (la edad media de entrada en la prostitución en Canadá es de 15 años), durísima y descarnada, que nos sumerge en ambientes sucios y malolientes, donde jóvenes viven del hurto y de la ilegalidad para compar productos lujosos y llevar una vida a tutti plen. Noemí está en continua huida, no para de correr mirando hacia atrás, y encuentra en Léa una forma de vida diferente al del centro, o al menos eso cree. Huye de un fuego y se mete en un fuego mayor, porque allí conoce a Zach, del que se enamora, o quizás es el primero que la cuida un poco. Éste la introduce en la prostitución con meras promesas de futuro para ambos, aprovechando el Gran Premio de Montreal de Formula 1 donde sacarán 300 dólares el polvo de hombres ávidos de sexo y borrachera. Noemí por amor o por un futuro lejos de una vida dura y triste como la que ha tenido hasta ahora, accede a prostituirse donde será golpeada, vejada, humillada y tratada como una mierda. Noemí aguanta como puede, hundida en la miseria, más sola que nunca, como refleja esos momentos de espera en la habitación de lujo en el hotel, con esas cortinas cortadas a modo de barrotes que ejemplifica su penosa situación. 

Una película bien filmada que nunca cae en el maniqueísmo ni en la porno miseria,  con una excelente cinematografía de Léna Mill-Reuillard que a través del rostro de Noemí consigue mediante planos cortos y cerrados sumergirnos en esa atmósfera de agitación y tensión constantes en el que viven este grupito, donde lo físico es primordial en sus existencias, a la caza del nuevo golpe y la caza de clientes para sus “chicas”, donde no hay valores humanos ni nada que se le asome. La música importantísima en la película desde la composición de Frannie Holder, que sabe capturar las emociones vaivenes de Noemí, metida en la tesitura de agradar a su chico y someterse a su vida, con el acompañamiento de los temas punk que escucha la protagonista, una vía de escape para esos momentos heavys, en contrapartida con el rap de su chico, que evidencian las grandes diferencias entre lo que quiere uno y sufre la otra. Al igual que el buen trabajo de montaje de  Amélie Labrèche, que no lo tenía nada fácil en una película de casi 2 horas de metraje, aunque bien llevada, con gran ritmo y detalle con esos inteligentes planos de las secuencias de sexo donde sin ver nada lo vemos todo, para contarnos este implacable y desolador descenso a los infiernos.

El magnífico trabajo de la joven casi debutante Kelly Depeault en la piel de la desdichada Noemí, una de esas niñas que nadie quiere y si encuentra un poco de cariño siempre es a costa de sufrir y pasarlo mal. Una durísima existencia en la que muchas se ven obligadas a sobrellevar como pueden. o sea muy mal. Le acompañan otros debutantes como Emi Chicoine como Léa, su amiga y resignada a esa no vida de vacío, prostitución y violencia continuas, y James Edward Metayer en la piel de Zach, un delincuente y proxeneta metido en una vida criminal y sin futuro y Maxime Gibault como Slim, otro proxeneta y violento y chico de Léa. La película Noemí dice que sí viene a recordarnos la podredumbre de las sociedades en las que transitamos diariamente, donde la desesperación de unos es aprovechada como beneficio para otros, y sigue así desde tiempos ancestrales. Tiene la película algunas referencias con Joven y bonita (2013), de François Ozon, en la que una niña de 17 años se prostituía y se encontraba con esa maldad oculta de los seres humanos. Seguiremos la pista de la cineasta Geneviève Albert porque su primera película nos ha seducido enormemente porque cómo cuenta y qué cuenta abriéndonos los ojos a una triste realidad que sucede en muchos rincones de este planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El aspirante, de Juan Gautier

LA BESTIA QUE HAY EN MÍ. 

“La virilidad es un mito terrorista. Una presión social que obliga a los hombres a dar prueba sin cesar de una virilidad de la que nunca pueden estar seguros: toda vida de hombre está colocada “bajo el signo de la puja permanente”. 

Georges Falconnet y Nadine Lefaucheur (1975)

El director español Juan Gautier dirigió en 2015 el cortometraje El aspirante, una historia muy negra y terrorífica sobre las novatadas en los colegios mayores. Casi una década después ha tomado su génesis y ha convertido en un largometraje homónimo un relato situado en 24 horas donde dos jóvenes novatos se ven sometidos a las vejaciones múltiples de los veteranos. (Por cierto, una práctica prohibida por ley desde hace dos años). La película se mueve entre el drama social y el terror en una cinta asfixiante y muy tensa donde en un formidable in crescendo vamos descendiendo de forma vertiginosa siguiendo las vidas de los jóvenes citados. Víctimas y verdugos se mueven por las catatumbas del colegio, entre continuos maltratos y risas, donde sus amos hacen padecer a Carlos y Dani, que pasarán por innumerables estados emocionales desde el miedo, la desesperanza, la euforia y demás.

Gautier se ha labrado una filmografía donde ha realizado cortometrajes de ficción de gran recorrido con más de 86 premios y más de 300 selecciones en certámenes, amén de largos documentales como Sanfermines 78 (2005), Caso pendiente (2012), y Shooting for Mirza (2022), y Tánger gool (2015), en el que mezclaba documento y ficción. Con El aspirante, su segundo trabajo de ficción, inspirado en las peligrosas novatadas, a partir de un guion que firman Josep Gómez Frechilla, Samuel Hurtado y el propio director, donde lo local va dejando pasar a un tema mucho más directo y actual como la masculinidad y sus equivocadas formas de tratarla y gestionarla. Los dos protagonistas en un inquietante juego de roles donde pasan por antagónicas posiciones durante todo el metraje, desde la amistad, el enfrentamiento y la complejidad, en una película que nos sumerge en los tradicionales roles de los hombres y las ansías por pertenecer al grupo aunque para ello traicionen su carácter y sus convicciones. Gautier no hace una película complaciente ni mucho menos, sino que consigue enfrentar a los espectadores con situaciones muy incómodas para generar esas exploraciones personales tan necesarias de quiénes somos y cómo nos relacionamos y sobre todo, el significado de ser hombre en la actualidad. 

El cinematógrafo Roberto Moreno, que ha trabajado con Gautier en cinco de sus trabajos, impone un encuadre muy cercano y angustioso, donde seguiremos sin descanso a los protagonistas, generando un espacio de violencia emocional y física, tanto en lo que vemos como el off, en un psicótico laberinto en el que estamos atrapados sin remedio. La música de Cirilo Fernández, que trabajó en Tánger gool, consigue esa continua sensación de agobio y esa montaña rusa de emociones en el que se instala la película, así como el montaje de Mikel Iribarren y Gautier, que trabajó en los largometrajes Los objetos amorosos (2016), de Adrián Silvestre y Amanece (2023), de Juan Francisco Viruega, entre otros, donde destaca su imponente ritmo y concisión en esa frenética noche muy física en sus agobiantes 94 minutos de metraje sin descanso ni respiro. El gran trabajo de sonido de un especialista como Jorge Alarcón en los créditos de películas de Víctor Erice, Carlos Vermut, Icíar Bollaín en más de 120 títulos, porque nos mete en las entrañas todo el mejunje físico y terrorífico al que someten a los novatos. 

Un extraordinaria elenco formado por Lucas Nabor, el salvador de Dani que hace Jorge Motos, visto en Lucas, de Álex Montoya, Eduardo Rosa como Pepe, el cabecilla de los verdugos, Pedro Rubio, otro de los matones del colegio, que ya formó parte del reparto del corto El aspirante, y Catalina Sopelana, que formaba parte del elenco de películas tan importantes como Modelo 77, Mantícora y La estrella azul, entre muchas otras y Felipe Pirazán, otro novato. Entre los productores encontramos al propio director, que ha coproducido películas como La vida era eso, Diego Sainz y Manuel Manrique que, en tres años, han producido más de 10 cortometrajes, y el actor y director Zoe Berriatúa, y Rosa García Merino, amén de la mencionada La vida era eso, ha levantado películas como Josefina y No sé decir adiós. No se queden sólo con la excusa argumental de las novatadas de El aspirante, sino que déjense llevar sobre muchas actitudes malsanas que siguen conviviendo en la cotidianidad de muchos hombres, dispuestos a enfrentarse los unos con los otros para mostrar su hombría, su estupidez o qué sé yo, porque el trabajo de Gautier, en algún momento desigual, mantiene una solidez y una naturalidad que ya lo querrían muchos cineastas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El 47, de Marcel Barrena

TORRE BARÓ ES BARCELONA. 

“La dignidad es luchar por el agua, por la educación, por la sanidad, por el trabajo, porque asfalten las calles,  por la luz, por el transporte, por tener una vida mejor”. 

Manolo Vital 

En la magnífica película La ciutat a la vora (2022), de Meritxell Colell, se recorría el litoral limítrofe de Barcelona, en el que veíamos parte del barrio de Torre Baró con sus gentes, sus espacios, sus sonidos y su memoria. Una parte históricamente invisible que el documento de Colell dotaba de especial importancia a través de su sencillez, diversidad y humanidad. El 47, quinta película de Marcel Barrena (Barcelona, 1981), se sitúa en el mencionado barrio recuperando una parte de su historia haciendo hincapié en uno de los episodios notorios del lugar cuando uno de sus vecinos Manolo Vital, conductor de autobuses secuestró la mencionada línea y llevó el vehículo hasta su barrio. Una acción con la cuál reivindicaba la falta de transporte público en el citado barrio. Corría el 7 de mayo de 1978 y las instituciones todavía estaban dirigidas por franquistas. Una película que da voz y visibilidad a todas las luchas vecinales de los setenta y ochenta que reclaman condiciones más humanas para sus lugares de residencias, construidos con las manos como exclama Vital en varios momentos de la película. 

De los cinco largometrajes estrenados en cine, tiene otro para televisión, Barrena ha partido de la realidad para construir la odisea de Albert Casals, un joven en silla de ruedas que se propone viajar de Barcelona hasta Nueva Zelanda en Món petit (2012), luego con Ramón Arroyo, un enfermo de esclerosi múltiple que quiere participar en una prueba de resistencia en 100 metros (2016), más tarde con Óscar Camps, el socorrista de Open Arms que salva a inmigrantes a la deriva en Mediterráneo (2021), y finalmente, con Santi Serracamps, el domador de caballos en Hermano Caballo (2023). Ya sean desde el documental o la ficción, el director barcelonés rescata personas anónimas y sus aventuras cotidianas donde no hay épica, ni romanticismo ni sensiblerías. A partir de un guion escrito por el propio director y Alberto Marini, habitual del thriller y el terror en películas de Balagueró, Plaza, De la Torre y Vivas, y en series como Hierro y La unidad, trazan una película con un prólogo situado en el 1958 con la llegada de Manolo y demás futuros vecinos del barrio en lucha por tener en pie aquellas barracas construidas por ellos. Después pasamos a 1978 en aquellas semanas previas a la acción de Vital, las luchas sindicales, los problemas en el barrio y las situaciones emocionales creadas entre tanta carencia y reivindicación.

Una película no la hacen los intérpretes, pero la actuación de estos ayuda enormemente a transmitir todo lo que se quiere. Con Eduard Fernández en la piel de Manolo Vital (ya fue el citado Óscar Camps), el relato adquiere una fortaleza y sensibilidad extraordinarias, porque el actor catalán no sólo es Manolo sino es su alma, su esencia y esa forma de hablar, tan extremeña, de Valencia de Alcántara, provincia de Cáceres, y sus grandes momentos como cuando suelta aquello: “No nos fuimos de nuestra tierra, fuimos expulsados (…)” y cuando lee la carta que le dejó su padre, o ese instante que lanza aquello de: “La dignidad es luchar por el agua, por el trabajo…” y lo que sigue que podéis leer en la cita que encabeza este texto. Fernández no interpreta, es el personaje, y lo capta con verdad y humanidad, cómo mira y cómo se mueve, y cómo siente cada diálogo y cada gesto. Uno de los grandes actores no sólo del país, sino de cualquier país. Otro gran acierto de Barrena es el reparto, que desprende naturalidad y sencillez con la desconocida Zoe Bonafonte como Joana, hija de Manolo, con toda la distancia entre la generación del padre y la de ella, Clara Segura como la mujer de Manolo, una mujer dedicada a la enseñanza y acabar con el analfabetismo en el barrio. Y luego, están los del barrio como Salva Reina, Betsy Túrnez, Óscar de la Fuente, y los otros, pasajeros del bus como Carlos Cuevas, Carme Sansa y Francesc Ferrer, compañeros como Aimar Vega y Borja Espinosa, y las autoridades, el poli malo Vicente Romero y el funcionario elitista David Verdaguer. 

A nivel formal la película huye de lo estético para crear espacios donde se vea vida, realidad social y personas y personajes, con todas esas cotidianidades de barrio, de hombres y mujeres que resisten a pesar de los pesares. La cinematografía de Isaac Vila, que debuta con el director, habitual del cine de Luis Quílez, y del thriller psicológico, aquí en una vuelta de tuerca en su filmografía, con el estupendo formato menos ancho a lo habitual para evidenciar la época y esas magníficas imágenes antiguas fusionadas con la imagen de la película, donde lo social y lo humano se generan a través de una luz clara, nada ampulosa ni esteticista, sino con verdad e intimidad. La música de Arnau Bataller, cómplice de Fernando Léon de Aranoa, Pau Freixas y Cesc Gay, entre otros, se aleja de la épica y el manido heroísmo de pasarela, para crear unas melodías donde se cuenta el conflicto emocional desde gentes anónimas, olvidadas y abandonadas, como alguno de los personajes exclama en algún momento, y el conciso y trabajado montaje de un grande como Nacho Ruiz Capillas (con más de 120 títulos en más de tres décadas de carrera, que le ha llevado a trabajar con cineastas muy importantes), en una cinta que entraña dificultades porque se cuenta la vida de unas pobres gentes de barrio, con su día a día, y sus problemas para mejorar sus condiciones, y apenas hay sobresaltos, pero el montaje ayuda a dar grandeza a esa invisible cotidianidad porque cuenta muy bien esos detalles emocionales y pequeños conflictos entre los personajes, en sus casi dos horas de metraje. 

Si después de todo lo que les he contado, tienen dudas de ver una película como El 47, de Marcel Barrera, piensen una cosa. Las grandes ciudades se han construido con el trabajo, el esfuerzo y la dedicación de muchos hombres y mujeres como Manolo Vital y Carmen y todos los demás. Seres anónimos e invisibles que se cruzaron medio país para tener una vida mejor, y cuando llegaron a Madrid, País Vasco o Cataluña, se vieron obligados a seguir trabajando con dureza, ánimo y mucha resistencia para hacer visibles sus barrios, sus calles y sus pequeñas vidas. Estoy convencido que El 47 es la mejor película de Barrena, porque no sólo reivindica a la gente del extrarradio, como desprecian los políticos en algún momento de la cinta, sino porque está muy bien contada e interpretada, y devuelve al cine a sus orígenes cuando documentaba la vida, las personas y sus problemas, y nos devuelve el aroma del mejor cine social del Neorrealismo italiano, y las luchas sociales de nuestros abuelos y padres en aquellos setenta y ochenta, cuando el país se vanagloriaba de modernidad y democracia, y todavía existía una periferia muy olvidada a la que todavía había cortes de agua, de luz, sin calles asfaltadas y sin transporte público. Gracias a Manolo Vital y a tantos que con su lucha y su dignidad empezaron a construir la verdadera modernidad y democracia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El teorema de Marguerite, de Anna Novion

LA CONJETURA DE GOLDBACH.  

“Cuando demostraron que la tierra era redonda y no plana, cambió nuestra manera de ver el mundo. Nos permitió marcar un límite entre lo que sabemos y lo que no. Para eso son las matemáticas. Para buscar la verdad”.

La alumna Marguerite Hoffman estudia en la prestigiosa École Normale Supérieure (ENS), especializada en formar a los científicos más talentosos del país. Todo parece marchar bien  en el intenso trabajo para encontrar una solución para la “Conjetura de Golbach”, uno de los problemas más antiguos en matemáticas. Una demostración para ver el trabajo de 3 años, resulta fallida y la joven alumna abrumada por el error, se va de la escuela y empieza otra vida. Con esta premisa aparentemente cercana se cimenta el guion de la propia directora y Mathieu Robin, que ya estuvo en el debut de la directora Les grandes personnes (2008), Marie-Stéphane Imbert y Agnès Feuvre, que coescribió La fractura, de Catherine Corsini, entre otras, donde la cuarta película de Anna Novion (París, Francia, 1979), después de la citada, Rendez.vous à Kiruna (2012), y la serie Le Bureau des Légendes (2015), donde se ha movido por la comedia, el drama y la intriga, no es una historia ajena a lo que había ya planteado, porque encontramos elementos muy próximos, además, se adentra en el mundo de las mujeres científicas, en este caso, en una joven ambiciosa en conseguir descifrar semejante problema. 

Buena parte de la excelencia de la película se la debemos a la magistral interpretación de la actriz Ella Rumpf, que habíamos visto en Crudo, de Julia Ducournau, Tiger Girl y Mayday Club, entre otras, porque su composición de Marguerite es extraordinaria, ya desde su mirada y gesto, su vestuario con esas pantuflas con las que pasea su obsesión y rareza por el campus. Una mujer que debe demostrar que está ahí, que tiene una misión en la que trabajar, enfrentándose a un mundo masculino, y sobre todo, a ella misma. La película está contada a través de ella, a partir de su odisea, desde su interior, con su inteligencia, capacidad, constancias, miedos, inseguridades, inmadurez y todo lo demás, en su particular montaña rusa de emociones, huidas y complejidad. Un personaje muy humano, cercano y transparente, que ayuda a hablar de temas tan difíciles como las matemáticas superiores que, por otra parte, se cuentan desde lo didáctico, sin entrar demasiado en conceptos que podrían marear a los espectadores, no ocurre nada de eso, al contrario, saber mucho o poco de matemáticas no influye en absoluto en el devenir del relato que se centra en aspectos emocionales.

Novion se rodea de algunos de sus cómplices como el músico Pascal Bideau, que consigue una composición extraordinaria con esas melodías que nos sumergen en una historia planteada como un thriller psicológico, la montadora Anne Souriau, que tiene en su carrera grandes nombres como los de Claire Denis, Tsai Ming-liang y Jean-Pierre Améris, en una historia ardua porque se va casi a las dos horas de metraje, en el que hay pocos respiros, y mucha negrura, y sólo un par de personajes, amén del cinematógrafo Jacques Girault, del que hemos visto sus trabajos en Sauvage y Matronas, en un extraordinario empleo de los planos cerrados y oscuros en los que imprimen esa prisión obsesiva y demencial en el que se va metiendo la protagonista. La gran elección de Julien Frison como Lucas, que ha estado en las dos partes de la reciente Los tres mosqueteros, el otro alumno superdotado que rivaliza con Marguerite, que se convertirá en amigo/enemigo, la siempre maravillosa presencia de Jean-Pierre Darrousin, que ha estado en todos los trabajo de la directora, aquí como profesor con una relación complicada con Marguerite, la estupenda actriz Clotilde Courau, curtida en mil batallas, hace de madre de la protagonista, con la que también anda de medio lado, y finalmente, Sonia Bonny, compañera de piso de la prota, la antítesis de ella, porque es pura belleza y bailarina, pero una inútil para las matemáticas. 

Una película sobre la ciencia, y en concreto, sobre las difíciles matemáticas, pero para nada es elitista ni mucho menos, es lo contrario, una sencilla y honesta historia que pone el foco en las mujeres que se dedican a la ciencia, planteamiento que se agradece y mucho, porque hasta la fecha, salvo contadas excepciones, la voz cantante de la ciencia ha sido masculina. Otro gran acierto es presentar las mates como un desafío de altura sólo para unos pocos privilegiados, como si estuviésemos en una película de intriga, presentando los males de la dedicación enfermiza que puede destrozarte y destrozar tu entorno. El teorema de Marguerite, de Anna Novion tiene la gran habilidad de hablar desde la tranquilidad y la transparencia del ámbito interno académico, de las relaciones que allí se producen, y sobre todo, lo hace desde la honestidad y la intimidad, a través de una mujer que se cae una y otra vez pero nunca desiste, siempre continúa avanzando, algunas veces más lentas que otras, pero en definitivo, siempre trabajando y trabajando para demostrar y demostrarse que pueda ser una más, y que los desafíos matemáticos no son sólo un reto, sino una forma de vida y de amar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sidonie en Japón, de Élise Girard

LOS PARAÍSOS PERDIDOS.  

“Los verdaderos paraísos son los perdidos”. 

Jorge Luis Borges

La grandeza del cine japonés se ha alimentado de unas características que lo han hecho muy reconocible internacionalmente. Pensamos en ese tempo sostenido y cadente, unos encuadres fijos y muy pensados, ausente de diálogos y explicaciones, y personajes silenciosos que todo lo expresan a través de la mirada y el gesto tranquilo y tímido. Un cine donde lo importante se mueve en ese especie de limbo donde relato y forma se funden para seguir emocionalmente a unos individuos que se mueven de aquí para allá sin más. La directora Élise Girard (Thouars, Francia, 1976), empezó con un par de documentales y luego pasó a la ficción con Belleville Tokyo (2010) y Drôles d’oiseaux (2017), sendos retratos femeninos en los que podríamos rastrear el argumento de Sidonie en Japón, porque en la primera tenemos a una joven embarazada y abandonada por su pareja en pleno duelo, y en la otra, a otra joven que llega a París y descubre una librería antigua y a su solitario dueño. 

A partir de un guion que firman Girard junto a Maud Amelie (que coescribió Scarlet, de Pietro Marcello), la desaparecida Sophie Fillères (cineasta y coescritora con Philippe Grandieux), que ambas escribieron la película Garçon chiffon (2020), de Nicolas Maury, en la que a modo de cuento o de haiku japonés, nos cruzamos con la citada Sidonie, una madura escritora que ha perdido a su marido en un accidente y viaja a Japón porque su primer libro se edita en el país asiático. Allí, conocerá a Kenzo Mizoguchi, su editor que la llevará a diferentes actos de promoción como encuentros con la prensa, presentaciones y demás. Una trama construida a partir de la pausa y los silencios, con muy pocos diálogos, en los que conviven la idiosincrasia propia de Japón, entre lo ancestral y lo mega moderno, entre los vivos y los muertos, dos antagonismos que se mezclan constantemente en la historia, además de la parte emocional de los dos personajes, en pleno duelo. La escritora que sigue añorando a su marido, y el editor que no acaba de seguir después que su mujer lo dejase. A través del drama íntimo iremos pasando por lo fantástico, pero no desde el arquetipo, sino como conflicto emocional, donde el fantasma del marido de ella se le aparece, como sucedía en Sin fin (1985), de Kiéslowski.

La parte técnica de la película ejemplar en su definición y detalles camino al son de lo que cuenta la película, con una gran cinematografía de Céline Bozon, que ha trabajado con cineastas tan interesantes como Tony Gatlif, Valérie Donzelli y Serge Bozon, entre otros, donde cada encuadre está cimentado desde la pulcritud y la concisión, así como la sensible música de Gérard Massini, que va sumergiéndonos en esta relación tan especial y peculiar, así como el estupendo montaje de Thomas Glaser, que ya trabajó con la directora en la mencionada Drôles d’oiseaux, en una película nada fácil con sólo dos personajes, que hablan muy poco, y ese ritmo tan pausado que tiene la película, en una cinta de 95 minutos de metraje. Si lo técnico está en sintonía con lo que se cuenta, la interpretación es punto y aparte, porque la pareja protagonista es de una elegancia y naturalidad aplastantes. Qué decir de Isabelle Huppert, con más de medio siglo de carrera y más de 150 títulos como actriz. No sólo es una grande de la historia del cine, sino que lo que toca lo hace de una sencillez y calidez absoluta. Su Sidonie es una mujer rota, en soledad, sin alicientes, sin amor, que ni lee ni escribe. Su viaje a Japón será un no quiero pero que acepta como necesidad, como pequeña luz. 

Junto a Huppert, dos hombres. Por un lado, está el actor japonés Tsuyoshi Ihara, que hemos visto en Cartas desde Iwo Jima, de Clint Eastwood y 13 asesinos, de Takashi Miike, entre muchas otras, como el editor, un hombre también desolado, roto y autómata. Dos almas que se encuentran, con la misma ruptura emocional y en el mismo lugar, con esas miradas, palabras y silencios mientras van en coche o en tren o visitan lugares. Como marido-fantasma asume el rol el actor alemán August Diehl, con una carrera espectacular al lado de Hans-Christian Schmid, Schlöndorff, Glagower, von Trotta, Tarantino, August, Vinterberg y Malick, con una imagen poderosa y nada convencional. Si con todos los argumentos que he escrito sobre Sidonie en Japón, todavía no se han decidido a acercarse al cine a descubrirla, sólo les puede decir una última cosa. No es una película triste, habla de tristeza eso sí, también de dolor y de vacío interno, y de muchas cosas más relacionadas con el alma que, aunque no sean nada agradables, alguna vez en la vida o muchas veces vamos a tener que tratar con ellas, y ver cómo otras personas lo hacen, puede ser un buen aprendizaje o quizás es mucho más, porque pasar un duelo o extrañar a alguien que ya no quiera estar a nuestro lado son carencias que, seguramente no vamos a estar del todo recuperados de ellas, pero sí que podemos vivir con ellas, acostumbrarnos a esa pérdida, algunos días más que otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA