La parra, de Alberto Gracia

LA CIUDAD ERRANTE. 

“Toda vida es inexplicable, me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se demuestren, lo esencial se resiste a ser contado”. 

Paul Auster

Después de tres largos y algún que otro corto, podemos decir que el cine de Alberto Gracia (Ferrol, 1978), se sustenta en dos pilares fundamentales: los lugares y cómo sus personajes lo habitan. El director gallego construye un universo altamente atmosférico y sensorial, donde la realidad, o supuestamente lo que llamamos realidad, se va diluyendo y se instala en un estado de duermevela, de limbo entre la realidad, la existencia y la ensoñación, algo así como un espacio perpetuo en el que sus individuos parecen detenidos en una nada muy real y onírica a la vez, porque en el cine de Gracia las certezas desaparecen y los misterios aumentan, no uno, sino varios, incluso el de la propia película, convertida así en un misterio indescifrable, en un artefacto que transita por infinidad de paisajes, texturas, formas y géneros, dejando pinceladas o incluso meras sombras, que están ahí y qué podemos ver, pero no más allá. Es un cine de fantasmas, de espectros, de personajes vivos o muertos, de sensaciones y sobre todo, un cine real e impenetrable. 

Estamos ante su tercer largometraje, después de O quinto evanxeo de Gaspar Hauser (2013), y La estrella errante (2018) y Tengan cuidado ahí fuera (2021), de título muy cotidiano La parra, que hace referencia a una mítica pensión de Ferrol, donde llega Damián, una especie de Robinson Crusoe a la deriva vital y existencial, con una vida en Madrid, con más negrura que otra cosa, y después de la muerte de su padre, regresa a su ciudad natal, o a lo que queda de ella, porque ese Ferrol que describe la película, parece más un estado de ánimo que una ciudad en sí misma, con gente y con vida, pero no sabemos si real o no. Es una vuelta a los tiempos, como la que hacía “A”, interpretado por Keitel en La mirada de Ulises (1995), de Theo Angelopoulos, donde se reencuentra con su pasado, muy duro por los restos que va encontrando, y con un paisaje inhabitable, lleno de personajes en tránsito, como evidencian todos los moradores de la mencionada pensión, aunque Damián es el más perplejo de todos, porque no sabemos hacia dónde va, ni mucho menos, donde va a quedarse, si es que se queda en algún lugar. Su vida o más bien su huida, porque parece estar huyendo de algo o quizás, de sí mismo, es una no vida, de prestado, de llegar tarde a todo o nada, de ir y volver, de volver a Ferrol o lo que queda de una ciudad siempre en perpetuo estado de naufragio. 

Gracia parece continuar en La parra todo aquello que ya se veía en La estrella errante, no como una segunda parte, ni mucho menos, sino en una mirada a la nada, o aq aquello que creemos que es la nada, en un náufrago infinito que habita sin habitar un paisaje ajeno, invisible y misterioso. Para ello es crucial la cinematografía de Ion de Sosa, que ya hizo la del citado Tengan cuidado ahí fuera, porque le da la textura y el tacto del cine setentero y principios de los ochenta, lleno de vacíos, de seres invisibles, donde el cielo plomizo y nocturno se van apoderando del alma de los personajes. Al igual que la música de Jonay Armas, del que conocemos su trabajo en películas como Europa, Blanco en blanco, Un cielo impasible y la reciente La hojarasca, creando esa idea de laberinto existencial y a la vez, en un tono real o digamos, cotidiano. El certero y conciso montaje de Velasco Broca y el propio Gracia, ahonda en sus 88 minutos de metraje, en esa continua metamorfosis que no llega a su fin en que Damián va de aquí para allá, envuelto en un aura de insatisfacción, de búsqueda o no, perdido en una ciudad demasiado cercana y a la vez, desconocida, sumergida en un no tiempo que, no parece desaparecer, todo lo contrario, revelándose más misteriosa y ausente. 

Como ya hiciese con Rober Perdut, el protagonista de La estrella errante, los personajes de Gracia son seres vapuleados por la vida, como aquellos que tanto gustaban a Peckinpah, individuos con mucho pasado y sin anda de futuro, perdidos en su limbo y en el limbo, si es que existe. El Damián de La parra lo interpreta Alfonso Mínguez, con un rostro y cuerpo que no pasan desapercibidos, con tanto pasado como dureza, donde se puede leer una biografía maleante y llena de oscuros. Un actor que compone un personaje de pocas palabras, pero que transmite toda esa desazón y perplejidad en la que habita. Le acompañan Lorena Iglesias, en un personaje convertida en un mueble más de la pensión, sin más suerte que la de encontrar un estímulo como puede ser la presencia de Damián. Pilar Soto es la dueña de la pensión y Emilio Buale es otro inquilino de la pensión a la caza de un billete o de algo que le ayude a paliar ese limbo en el que se encuentra. El propio Gracia se reserva el personaje que abre la película guiando a cinco invidentes, que luego volverán a aparecer, en una apertura que ya deja muchas evidencias del misterio la trama de la película y la propia película. 

No vean La parra, de Alberto Gracia intentando descifrar que esconde o dejándose guiar por las estructuras convencionales del cine telegrafiado. Aquí no hay nada de eso, porque sus imágenes convocan a otros menesteres: al cine negro de atmósfera y cotidiano, a la realidad social de la desindustrialización que asoló el norte del país a principios de los ochenta, el costumbrismo español del cine de los cincuenta y sesenta, al documental propiamente dicho, donde las imágenes de archivo dialogan con el tiempo presente, a la ciencia-ficción que remueve los tiempos, las texturas y los formatos, a la ficción y sus múltiples estructuras donde bifurcan temas y elementos antagónicos y demás. Todo esto y más existe en La parra, una de esas películas llenas de misterio, donde el misterio de lo que vemos es infinito, pero también la propia película, como explica muy bien Carlos Losilla, devolviendo al cine su esencia original, aquella que filmaba todos los fantasmas y espectros que nos rodean, los visibles e invisibles, porque, entre otras cosas, una de las funciones del cine es construir imágenes y sonidos que nos lleven a otras imágenes y sonidos, y La parra, de Gracia lo hace, incluso su material, tan cotidiano y a la vez, tan impenetrable, hace que su propuesta sea tan bella como radical, tan profunda como doméstica, y tan magnífica que la verías en bucle, convirtiéndote en otro personaje de la película, porque su relato fascinante, enigmático e íntimo se va apoderando de ti y no te suelta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Here, de Robert Zemeckis

UN LUGAR, UNA LARGA HISTORIA. 

“El presente no existe, es un punto entre la ilusión y la añoranza”. 

Llorenç Vilallonga

La carrera de Robert Zemeckis (Chicago, EE.UU., 1952), desde que debutó con I Wanna Hold Your Hand (1978), que recogía la aventura de unos jóvenes que querían ver un concierto de The Beatles, ha pasado por muchos trabajos tan diferentes como las comedias auspiciadas por Spielberg, entre las que se encuentra la novedosa ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), la exitosa trilogía de Regreso al futuro (1985, 89, 90), su confirmación en Forrest Gump (1994), que le valió el preciado Óscar, películas de corte comercial como Contact (1997), Lo que la verdad esconde y Náufrago (1998), films de animación como Polar Express (2004), Beowulf (2007) y Cuento de Navidad (2009), y más films convencionales como El vuelo (2021), Aliados (2016), y Bienvenidos a Marwen (2018), entre otras, hasta llegar a la cifra de 22 largometrajes y un buen puñado de capítulos para series. Un cineasta que ha sabido generar una filmografía muy variada en la difícil y competitiva industria hollywoodense mezclando títulos más o menos interesantes siempre con vocación taquillera.  

Con Here, que resume adecuadamente su línea como cineasta, hacer una película con hechuras y bien contada que convoque al público. a partir de la novela gráfica homónima de Richard Mcguire, que ya tenía el dispositivo del único lugar mirado desde un único punto de vista fija e inalterable que repasa la historia de un lugar y de paso todos sus habitantes haciendo hincapié en el siglo XX y en particular a una familia: la que forman Al y Rose y la posterior de uno de sus hijos, Richard y su historia de amor con Margaret. Un tableau vivant que nos remite a los orígenes del cinematógrafo y a las películas de Roy Andersson y La crónica francesa, de Wes Anderson donde a modo de teatralización la secuencia ocurre ante nosotros y el movimiento en el interior del espacio resulta fundamental para contarnos todo lo que vemos y lo que no. Zemeckis plantea una película que es, ante todo, una revisión de la historia estadounidense, su antes, cuando no existía y su después, pasando por los momentos históricos, siempre de forma cotidiana y anónima de tantos personajes protagonistas de ella. Aunque pueda parecer un dispositivo poco atrayente, en mi caso, no me lo ha parecido en absoluto, porque el interesante manejo del montaje que firma Jesse Goldsmith (3 películas con Zemeckis, las tres últimas), es decir, la correlación de las diferentes escenas consiguen una cinta donde acabamos viendo un caleidoscopio de tantos que nos precedieron y el implacable paso del tiempo y de las personas y los momentos que van desapareciendo con él. 

El magnífico trabajo de cinematografía de Don Burgess (10 películas con Zemeckis desde la citada Forrest Gump), de arte y de efectos digitales, consiguen atraparnos desde el primer minuto, viendo las diferentes escenas que se van sucediendo sin descanso delante de nuestra mirada en sus 104 minutos de una película coescrita por el gran Eric Roth (con más de medio siglo de carrera al lado de grandes cineastas como Mulligan, Mann, Spielberg, Fincher, Scorsese y Villeneuve, entre otros) y el propio Zemeckis, en la que la historia de amor entre los mencionados Richard y Margaret se convierte en el epicentro del relato. Una historia de verdad, con sus altibajos, sus alegrías y tristezas, sus ilusiones y desesperanzas, con todo lo que tienen y lo que perdieron, donde la vida va y nosotros parece que estamos presentes y ausentes a la vez. La tranquila y conmovedora música de Alan Silvestri (20 películas junto a Zemeckis y más de 135 en su extensísima filmografía), ayuda a participar como uno más en la historia de este lugar, que no resulta un sitio protagonista de la historia en mayúsculas, sino un lugar como otro cualquiera, donde habitaron y habitan personas como nosotros, con sus cosas y sus miserias. 

Una película de este calibre necesitaba un reparto de altura o al menos, un reparto bien conocido y amigo para el cineasta de Illinois como son Tom Hanks y Robin Wright, la inolvidable pareja que formaron Forrest y Jenny en la exitosa película, donde también curiosamente repasan la más de cuatro décadas de la historia estadounidense desde los años posteriores de la Segunda Guerra Mundial, pasando por los convulsos sesenta con el Vietnam y los problemas raciales y demás, hasta llegar a los ochenta con el SIDA. Vemos a los dos intérpretes rejuvenecidos y envejecidos gracias a los extraordinarios efectos digitales, y componiendo unos personajes atrapados por la vida acomodada y monótona donde sus sueños siempre se van a dormir antes de tiempo, siendo testigos de su historia, de su amor, de sus años de convivencia y de ese lugar, que como se decía en Campanadas de medianoche, de Welles, “¡Cuantas cosas hemos visto!”, y tantas cosas que no veremos… Les acompañan unos estupendos Paul Bettany y Kelly Reilly como los padres del mencionado Richard, entre otros, que consiguen transmitir la felicidad de los años de juventud, la insatisfacción de la edad adulta y la decadencia de la vejez.

Me ha gustado Here, de Robert Zemeckis, porque tiene muchos aciertos como el citado dispositivo, porque consigue reunir la vida, la muerte y todo lo demás, en un sólo escenario, construyendo un espacio que emula la vida como acto de ficción, como mentira a la que nos agarramos para encontrar alguna verdad, si es que esta existe, y lo hace sin esa sensiblería ni embellecimiento de nada ni nada, mirando la vida en su profundidad, con sus cosas buenas y no tan buenas, y la grandísima ayuda de una cámara fija e inamovible que actúa como privilegiada testigo, sin juzgar ni endulzar ningún hecho ni nada que se le parezca, y es, en ese sentido, donde la película se eleva enormemente, porque vemos a unos personajes, sobre todo, el personaje de Richard, un hombre que define esa maldita idea del “American Dream”, que tanto daño ha hecho a tanta gente, porque la sociedad mercantilista y todo lo que experimentamos en ella, siempre estará sujeta a lo que se espera de nosotros ante los ojos de los demás, y no por el contrario, a lo que queremos hacer de verdad, a aquello que nos bulle el alma. El conflicto eterno de la condición humana. Entre quiénes somos y el valor de ejercer esa identidad que es sólo nuestra y de nadie más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una Navidad para todos, de Ken Wardrop

EN ALGÚN LUGAR DE IRLANDA…

“La esperanza es como el sol, que si bien se pone al final de cada día, vuelve a salir cada mañana”. 

Charles Dickens

Érase un pueblo de Irlanda. Uno de esos pueblos que para nosotros no tendrá nombre. Uno de esos pueblos en los que conoceremos a cinco personas: un viudo con dos hijos pequeños, una madre soltera con tres hijos, una mujer sola que imagina una vida que no tiene, un obrero que vive sólo junto a su perro y una señora que está sola en su casa y con sus recuerdos. La película se llama Una Navidad para todos (“So This is Christmas”, en el original) de Ken Wardrop (Portarlingron, Irlanda, 1973) y nos cuenta la vida de unas personas tan cercanas como nosotros. Cinco miradas a la soledad. Cinco individuos que, a pesar de los palos vitales, siguen cada día tirando del carro. La acción arranca a finales de noviembre, un mes vista del día de Navidad, donde el bullicio de las calles, el trasiego de gente preparando y comprando la comida y los consabidos regalos hacen de la pequeña ciudad un hervidero de entusiasmo y alegría. La película no va en contra de la Navidad ni mucho menos, si no que nos explica las cotidianidades de estas cinco almas en las que la vida se ha vuelto difícil, algo amarga y llena de ausencias.

El cine de Wardrop se construye a partir de las complejidades de las relaciones humanas, de todo aquello que somos y lo que no, y cómo nos relacionamos con los otros. En su cine ha hablado de temas como los hombres que han pasado por las vidas de un grupo de mujeres en His & Hers (2009), de la masculinidad y la relación con sus madres en Mom and Me (2015), Making the Grade (2017), sobre la educación. Historias que rescatan la sencillez y la naturalidad de las personas anónimas y las vicisitudes de sus vidas. En Una Navidad para todos, no relega el humor, todo lo contrario, la película está impregnada de humor para contarnos vidas muy duras, llenas de presencias y sobre todo, de ausencias, de personas perdidas en una especie de limbo entre la vida y la muerte, que deben seguir viviendo a pesar de los pesares, a pesar de los que ya no están, a pesar de ellos mismos. Tiene el aroma de la mejor literatura dickensiana y el gran cine humanista británico, del que hacen hecho Loach, Leigh, Frears, Sheridan y Andrea Arnold,  entre otros, donde encontramos miradas a esos barrios obreros ingleses en los que la realidad se palpa en cada espacio, habitados por personas que se levantan cada día intentando que sus existencias sean mejores, o al menos no vayan a peor. 

La magnífica cinematografía de Narayan Van Maele, a través del 35mm que ayuda a crear ese efecto atemporal que ayuda a no revelar el lugar concreto donde ocurre la trama, y sobre todo, esa cercanía e intimidad que tanto busca la historia, en que las personas/personajes están al lado nuestro, con esa cámara que es uno más, un observador que mira sin molestar, que entra en sus vidas, en sus casas con precisión y detalle. El montaje de John O’Connor construye en sus reposados 86 minutos de metraje, un relato sin prisas y con mucha pausa cada retrato en el retrato de la Navidad, lo que no vemos ante tantas luces y destellos y fluorescentes parpadeantes, la realidad que se oculta de los demás, las tantas vidas que van de aquí para allá. El cineasta irlandés quiere que nos detengamos, y las miremos y no las juzguemos, la cinta no lo hace, sino que las trata con honestidad y humanidad. La cinta es un retrato de cinco personajes en situaciones muy duras y emocionalmente difíciles de digerir, pero la película no cae en el tremendismo ni mucho menos en la sensiblería, sino que opta por desenterrar la esperanza de cada uno de ellos, desde lo sincero y la transparencia.  

Resulta muy acertado estrenar una película como Una Navidad para todos en este período, y no lo digo porque sea contraria a la Navidad, ni mucho menos, eso sí, nos habla de los valores de este período, como se menciona en el maravilloso arranque de la película con los niños y el párroco y la sorprendente llamada telefónica. Unos valores como la esperanza y la tristeza y soledades compartidas, muy alejados de los valores mercantilistas y de consumo estúpido en los que se ha envuelto la Navidad, un período de derroche inútil donde prevalece la apariencia y el materialismo y el individualismo y la desigualdad más imperantes de la débil y torpe condición humana. La película de Wardrop es un toque de atención, es una llamada al orden humano, a dejar de seguir girando en esta rueda vacía de gastos y más gastos y prisas y egos sin sentido, y volver, si alguna vez hemos estado, a esa idea de fraternidad y hermandad, aunque sólo sea por unos días, quizás un tiempo, donde no nos miremos tanto al ombligo ni al éxito, que vaya usted a saber qué diantres es, y seamos más humanos, pero de verdad, un poco más, y que no se nos olvide, que el mundo y la sociedad de la formamos parte seguro que nos lo agradece y sobre todo, nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Por donde pasa el silencio, de Sandra Romero

ENTRE DOS AGUAS. 

“La soledad se descubre a menudo en la necesidad de un abrazo”. 

De la novela “La voz dormida”, de Dulce Chacón 

Esta es la historia de Antonio, un ecijano que encontró en Madrid su porvenir o quizás, su manera de huir del pueblo que lo vio nacer. Como cada Semana Santa, Antonio vuelve a Écija para reencontrarse con los suyos: sus padres, su hermana María y Javier, su hermano mellizo, que padece una discapacidad y necesita su ayuda y por qué no, un abrazo. El revelador título de Por donde pasa el silencio es la ópera prima de Sandra Romero (Écija, Sevilla, 1993), autora también del guion, que hace más largo el cortometraje homónimo de 2020. La película nos cuenta la difícil relación de dos hermanos, pero también, es la historia de los Araque, una familia a medias, casi como todas, donde apenas se explican las cosas importantes, moviéndose entre pequeñas islas que cada uno de ellos ha ido construyendo para aislarse y sobre todo, protegerse de los demás y de todas esas cosas que cuestan tanto hablar. Estamos ante un relato complejo, de donde emergen todas esas aristas que crecen sin cesar en el seno de las familias, a partir de dos hermanos que se quieren y odian a su manera, donde hay reproches, malas palabras y poco cariño, por no decir ninguno. 

Aunque los tres protagonistas sean hermanos reales, y Antonio Araque sea el actor en los cuatro cortometrajes de la directora, la película se mueve en los mismos contornos que se movía ese monumento al cine que es Entre dos aguas (2018), de Isaki Lacuesta, porque partiendo de unos personajes reales, la cinta construye una ficción que juega a contar una verdad que nada tiene que ver con la realidad existente. Una película que se pregunta a sí misma por los límites del documento y la ficción, con la misma premisa que construían las películas los neorrealistas italianos en que la realidad se elaboraba y se origina una ficción que relata una verdad o alguna de ellas. Romero sitúa su mirada en mitad de esta familia, en mitad de los dos hermanos, en su relación, en su deconstrucción, entre dos seres alejados y cercanos, entre esos abrazos que no se dan, entre tantos reproches y huidas constantes. Dos personajes contradictorios llenos de cercanía y de distancia, de un quiero y no puedo constante, de tan parecidos que no se aguantan, de tanto amor que no sé qué siento. Dos almas en perpetua pelea con ellos mismos y contra los demás, en una feroz batalla que quieren finalizar pero no saben cómo hacerlo. Una película que habla de eso que no se habla, pero que está ahí, y que nos mata a diario. 

La directora sevillana ha tenido mucha cura al apartado técnico, que se aleja de lo convencional en consonancia con su propuesta donde prevalece la naturalidad, la cercanía y todas esas emociones que bullen sin ser reconocidas ni mucho menos compartidas, por ese motivo compone un relato ejemplar sobre las complicadas relaciones familiares y lo que nos cuesta hablar de lo que sentimos, y lo hace a partir de una cinematografía muy elaborada y precisa, donde el azar tiene su protagonismo, en un gran trabajo de Angelo Facci, con esa cámara libre y ligera que se mueve entre ellos, junto a ellos y convirtiéndose en un personaje más. El magnífico montaje de Cristóbal Fernández, que huye de lo convencional para adentrarse en esos espacios llenos de matices y pliegues ocultos, con unos 99 minutos de metraje in crescendo en el que la tensión y el silencio se vuelven insoportables. La música de Paloma Peñarrubia, que tiene en su haber películas como Destello bravío (2021), de Ainhoa Rodríguez y Secaderos (2022), de Rocío Mesa, dos muestras que al igual que la película de Romero, son dos miradas a lo rural, a las gentes que lo habitan y a sus trabajos.

Si el dispositivo creado para la película funciona con precisión y libremente, se debe a su magnífico trío protagonista: Antonio, Javier y María Araque, que componen unos personajes de verdad, llenos de contradicciones, torpes en lo emocional, como somos todos, que se mueven entre las oscuridades de sus cotidianidades y del problema de Javier, el hermano discapacitado que necesita ayuda pero le cuesta manejarse con su problema. A Antonio, del que ya hemos citado que es, de momento, el actor fetiche de la directora, que vimos en esa pequeña maravilla que es Notas sobre un verano (2023), de Diego Llorente, y los hermanos debutantes Javier y María. Y las estupendas presencias de Mona Martínez como la madre, creando con muy poco todo lo que arrastra una mujer que sufre por su hijo, y que en su silencio lleva su pena y su dolor, y Tamara Casellas como la pareja de Javier, una actriz muy dotada para reflejar toda esa carga y esa dureza que la vida y las relaciones han hecho en ella. Nicolás Montoya es el padre, un hombre que acepta los embates de un hijo dolido consigo mismo y con todos. Y finalmente, la presencia de Emmanuel Medina que participó en el corto homónimo.

Me encantaría que fuesen a ver una película como Por donde pasa el silencio, de Sandra Romero, porque a parte de todas las cualidades que he intentado expresar en este texto, es una película de corazón, es decir, que habla de personajes de carne y hueso, con vidas y trabajos normales y de mierda, que se levantan cada día a intentar ser mejores personas aunque raras veces lo consiguen, pero eso sí, no cesarán de intentarlo el día siguiente y los próximos. Personajes que cuesta ver en el cine de este país, personas como nosotros, con sus vidas en precario, tanto en lo económico como en lo emocional, con esos deseos de huir de los lugares que los vieron nacer y de ellos mismos, sobre todo, de ellos mismos. Una película que, al igual que la mencionada Entre dos aguas se seguirá hablando pasados los años, y si no recuerden estas palabras, porque lo que cuenta Por donde pasa el silencio, además de ser verdad, está muy bien contado, desde lo más profundo del alma, desde ese lugar donde no hay mentira ni impostura, sino una mirada sencilla y muy honesta. No olviden el nombre de Sandra Romero, a la que deseamos suerte para poder seguir contando las historias que desee y que vuelva a emocionarnos y hacernos reflexionar como su ejemplar debut. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esperando la noche, de Céline Rouzet

LA IMPOSIBILIDAD DE SER. 

“La valentía es no dejarse intimidar por el miedo”

Rebecca Solnit 

Erase una vez… Una familia que llega a una zona residencial, de esas tan tranquilas que parecen esconder algo oscuro, llenas de casas con su jardín verde tan natural como artificial, con piscina de agua demasiado azul, y demás lujos innecesarios de gente que no sabe en qué gastar el dinero que gana. La familia en particular son Laurence y Georges, madre y padre, Lucie, la hija pequeña y finalmente, Philémon, el hijo adolescente, demasiado pálido y extraño. A parte del hijo, lo demás no parece raro, aunque a medida que avanza la trama, nos daremos cuenta que la cosa si guarda ciertas rarezas. La directora francesa Céline Rouzet, que debutó con 140 km à l’ouest du paradis (2020), un documental sobre una de las zonas más remotas de Papúa Guinea que analiza el turismo y el neocolonialismo. Para su segunda película Esperando la noche (“En attendant la nuit”, en el original), se adentra en el género para contarnos una sensible e íntima historia sobre el difícil paso de la infancia a la adolescencia de un chaval, el tal Philémon, que tiene un secreto: necesita sangre humana para alimentarse. 

Rouzet huye deliberadamente del vampirismo como fenómeno terrorífico para situarse en los pliegues de ese momento vital, tan esperanzador como inquietante, en la que nos habla desde el alma de conflictos cotidianos en los que impone una naturalidad oscura, parecida a la de las películas de David Lynch, donde todo lo que vemos insinúa unas puertas para adentro donde ocurren los terrores más espeluznantes. Su relato se aleja de las argucias argumentales y construye un guion junto a William Martin en el que prevalece la honestidad, el secreto no es ningún misterio, porque como hacía Hitchcock, lo desvela al principio, así que, la trama se desarrolla en eso que comentábamos al inicio del texto, en el proceso de un joven que quiere ser aceptado por los jóvenes del lugar y aún más, en el miedo que siente en revelar su “secreto”. Por el camino, el film habla del sacrificio familiar para proteger a su hijo, llevándolos a hacer cosas ilegales y demás cosas. La película plantea lo vampírico como una enfermedad o discapacidad que nos puede alejar de los demás, incluso del amor como le ocurre a Philémon que se siente atraído por Camille. 

La cineasta francesa huye de los lugares comunes del terror más convencional, porque su película va de otra cosa, y la llena de lugares extremadamente domésticos y cercanos como la casa y las calles y el bosque y el río, siempre de día y en verano, con esa luz tranquila y pausada que firma el cinematógrafo Maxence Lemonnier, del que hemos visto hace poco HLM Pussy, de Nora el Hourch, en la que envuelve de cotidianidad y cercanía su película. El montaje de Léa Masson, habitual de Claire Simon, que además estuvo en el debut de Rouzet, huye del corte enfático y se instala en un marco reposado donde todo se cuenta con el debido tiempo, sin prisas ni estridencias, en sus 104 minutos de metraje. La excelente música de Jean-Benoît Dunckel, la mitad de “Air”, que ha trabajado en grandes títulos como María Antonieta, de Sofia Coppola, El verano de Sangaile, de Alanté Kavaïté y en Verano del 85, de Ozon, nos envuelve de forma natural e inquietante al anthéore de la película, confundido y torturado, en ese estado de ánimo entre el miedo, el conflicto y la necesidad de abrirse del protagonista, enfrascado en sus temores y oscuridades, y las otras, las de fuera, las que más miedo le producen, porque no sabe cómo reaccionan los otros cuando sepan su “secreto”.

La presencia del debutante Mathias Legoût Hammond en la piel del oculto Philémon es todo un gran acierto, porque el joven actor sabe transmitir todo el problema que arrastra un adolescente que quiere ser uno más y no puede, protegido por el amparo familiar pero con ganas de descubrir otros espacios de la vida como la amistad y el amor. Le acompañan una siempre arrolladora Elodie Bouchez como la la madre, que fácil lo hace y todo lo que genera una actriz dotada de un aura especial. Jean-Charles Clichet es el padre, que le hemos visto en películas de Honoré y Hansen-Love, entre otros, la niña es la casi debutante Laly Mercier, genial como hermana pequeña, tan lista como rebelde, y finalmente, la estupenda presencia de Céleste Brunnquell como Camila, la amada de Philémon, una actriz maravillosa que nos encantó en El origen del mal y Un verano con Fifí, entre otras, siendo esa mujer que, al igual que el protagonista, se transformará. No se pierdan Esperando la noche, de Céline Rouzet, si les gustan las películas de terror sin efectismos y que profundicen en el alma humana, sus verdades y mentiras, y sus brillos y oscuridades, y todo lo que nos hace humanos o no, y cómo reaccionamos ante el diferente y lo desconocido, que es eso lo que nos hace inteligentes  y sobre todo, bellas personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los restos del pasar, de Luis (Soto) Muñoz y Alfredo Picazo

EL PAISAJE Y SU REPRESENTACIÓN. 

“La representación de la vida y de la muerte es infinitamente más desgarradora que la vida y la muerte mismas. Ello sucede porque las imágenes nos dan las cosas, pero nos las dan en tanto que perdida. Ahí radica la verdadera patética verdad de la imagen. La imagen está siempre por algo que fue, pero que ya no es”. 

Ricardo Menéndez Salmón en la novela “Medusa” (2012)

En el universo cinematográfico de Luis (Soto) Muñoz (Baena, Córdoba, 2000) predomina lo oscuro y lo oculto, lo que no vemos, las grietas de la vida o quizás, la muerte, donde la periferia, noche y el paisaje filmado juegan un protagonismo primordial, siempre jugando con las estructuras propias de lo representado y su representación. En El cuento del limonero (2021), película de 50 minutos filmada durante la pandemia y en Baena,  mostraba a su abuela en un interesante dispositivo en el que había texturas y mezclas muy diferentes. En Sueños y pan (2023), partiendo de Los golfos (1960), de Carlos Saura, retrataba a dos marginados envueltos en un robo y en sus ilusiones que iban marchitándose a medida que avanzan sus circunstancias en un fascinante blanco y negro. 

En Los restos del pasar vuelve a Baena, junto a la codirección de Alfredo Picazo, también del 2000 y de Baena, que hizo el montaje del citado El cuento del limonero, por supuesto, para volver a experimentar con las infinitas posibilidades de la imagen y su formas de representación, porque nos sitúa en un lugar reconocible pero en un tiempo indeterminado, en el que rueda la semana santa del pueblo, con sus ritos, su tradición y sus gentes, como si estuviéramos frente a un documental etnográfico, fusionado con la historia de Antonio adulto que recuerda en off su infancia y su encuentro trascendental con Paco, un pintor que le hablará de la vida, la muerte y la forma de mirar el entorno y aprender de él. El paisaje de Baena actúa como santo y seña, en una mirada que transforma su idiosincrasia y su no tiempo, donde hace un profundo análisis y reflexión sobre el tiempo, nuestro paso por la vida y por todas las presencias y ausencias que nos rodean. La película fusiona con acierto la liturgia religiosa, la excepcional comunión de los habitantes del pueblo y la trama de la infancia perdida, rodeada de olivos, de tradiciones y de observar la vida y entender la muerte a través de lo terrenal, representado por el pintor, y la místico, que representa la religión en las conversaciones con el párroco. 

El blanco y negro, que recuerda a aquel cine español de los “Nuevos Cines” de los sesenta, del que los autores se consdieran deudores, no sólo por afinidad cinéfila sino también por su creatividad, y algunos momentos en color, en un gran trabajo del cinematógrafo Joaquín García-Riestra Guhl, con el formato 1:1:66, tan característico de aquella época del Cine Español, que ya hizo la imagen de la mencionada Sueños y pan, en el que crea una atmósfera de tiempo no tiempo, de una infancia envuelta en la bruma del recuerdo y la fábula. El montaje de Rafael Cano, que ha trabajado con (Soto) Muñoz en sus películas y en Cuando se hundieron las formas puras (2021), cortometraje de Alfredo Picazo sobre el asesinato de Lorca, genera esa idea de gazpacho que reina en toda la película, donde la naturalidad se impone proque se va creando un documento sobre el tiempo, la vida, la muerte y la infancia en sus 83 minutos de metraje. La fuerza de la música procesional que casa a las mil maravillas con la música del dúo Pedro Catalán y Juan Marpe nos van sumergiendo en una Baena real e inventada, donde todo es posible. El magnífico trabajo de sonido de Laura Gantes, que consigue convertirnos en un baenense más, o incluso, nos conduce por sus tiempos y sus fantasmas, los presentes y ausentes. 

Las tres películas que hemos visto de Luis (Soto) Muñoz, al que hay que añadir a Alfredo Picazo en esta última, emergen como tres cintas donde existe una idea muy profunda de la representación tanto de la imagen como los diferentes elementos cinematográficas, tanto en su búsqueda como en su experimentación, en la que no hay límites ni caminos trillados, sino todo lo contrario, una travesía de descubrimiento, muy sorpresivo y de ir encontrándose con los paisajes y escenarios a filmar, y sobre todo, las formas en que serán representados, en una eterna fusión de formas y texturas a priori muy alejadas, pero en su materialización casan de forma muy expresiva, intensa y espectacular, en una cadena de imágenes reveladoras y tremendamente significativas, no sólo en su exterior sino socavando todos los matices y detalles que se van manifestando, componiendo una sinfonía de almas, intimidades y revelaciones, donde las diferentes procesiones de Semana Santa de Baena consiguen una fuerza brutal acompañadas de la voz en off de Antonio adulto que recuerda a las películas de Val del Omar. No dejen de ver Los restos del pasar y sobre todo, dejense llevar por su historia, su verdad y su viaje por el tiempo y el no tiempo, por la muerte y los fantasmas que habitan en los paisajes de nuestra memoria y nuestra infancia, aquel tiempo que siempre pasa y siempre se recuerda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las chicas de la estación, de Juana Macías

LAS NIÑAS NO QUERIDAS. 

“El llanto es, a veces, el modo de expresar las cosas que no pueden decirse con palabras”. 

Concepción Arenal 

En septiembre pasado se estrenaba el film Noemí dice que si (2022), de Geneviève Albert, de nacionalidad canadiense, que denunciaba como las menores tuteladas se veían abocadas a la indefensión y la prostitución como vía de escape. En Las chicas de la estación, de Juana Macías (Madrid, 1971), se cuenta una historia parecida, también basada en un hecho real, en la que tres chicas usan la prostitución para ganarse unos euros y salir un poco del centro de menores y de unos padres y madres que no los quieren. Las dos películas se mueven en terrenos fangosos, mostrando, sin caer en sensiblerías y racanería estética, una realidad dura, áspera y nada humana, donde las mencionadas jóvenes se mueven en el filo de la navaja, donde todo está en venta, incluso sus abandonadas vidas. Unas existencias difíciles, sin futuro o con muy poco, meras sombras de vidas, de aquí para allá, muy agitadas e inquietas, que transitan entre la poca tutela de los centros y la calle, como vida y muerte, es decir, un lugar donde conocerán el lado oscuro de las personas y sus actividades delictivas. 

De Macías conocíamos su gran ópera prima Planes para mañana (2010), para después dirigir películas industriales con vocación comercial como Embarazados (2016), Bajo el mismo techo (2019), Fuimos canciones  (2021) y El favor (2023). Este año ha vuelto al cine de autor y más personal que estructuraban su debut como la serie Las abogadas y Las chicas de la estación, a partir de un guion con Isa Sánchez, que ha trabajado en series tan exitosas como El ministerio del tiempo, Malaka, y películas de Enrique García, donde a través de las miradas y las no vidas de las tres protagonistas: Jara, Alex y Miranda, vamos conociendo sus cotidianidades, sus sueños e ilusiones, y también, sus zonas oscuras, tristes y malas, incluyendo unas voces interiores muy presentes que acorta mucho la empatía con estas vidas tan maltrechas, con una cámara que las sigue, las traspasa y es una parte corporal de ellas, en un gran trabajo de cinematografía de Guillermo Sempere, que ha trabajado en 2 cortos y 3 largos con Macías, imponiendo ese aroma de inmediatez y velocidad de crucero en el que viven las tres protagonistas. Otro cómplice como Maria Macías, se encarga del vertiginoso montaje que captura con acierto y naturalidad todo ese enjambre de movimientos, texturas y colores que se mueven por una trama que se va a casi las dos horas de metraje. Al igual que la música de Isabel Royán, que ayuda a conectarse, con cero enfatizaciones, con los altibajos emocionales que pasan por estas tres niñas. 

Si la parte técnica gestiona de forma creíble lo que cuenta la película, la parte interpretativa resulta magnífica, porque es un grandísimo acierto haber escogido a tres debutantes para encarnar a las tres protagonistas. Tenemos a Julieta Tobio como Jara, Salua Hadra como Alex y María Steelman como Miranda que, al igual que Kelly Depeault y Emi Chicoine, protagonistas de Noemí dice que si, transmiten toda la fuerza y vulnerabilidad de sus personajes. Las tres son la película. Las tres transmiten verdad, la que traspasa y emociona. Sus vidas son nuestras vidas, con la citada cámara que las acompaña en sus respectivos viajes a la tristeza, a la soledad y el desamparo. Tres mujeres que solo se tienen a ellas mismas, y eso lo es todo, con la omnipresente música y bailes como herramientas donde transmiten lo que no se puede con palabras. Bien acompañadas por los adultos Elena Gallardo, Xóan Fórneas, Daniel Mantero, Saida Santana, Pepo Llopis y Arantxa Aranguren, entre otros. Un grupo de intérpretes que captan muy bien el espíritu de la película, con todos los detalles y matices, destilando esa verdad que mencionamos con anterioridad, elemento crucial porque si no la película no sería auténtica y mucho menos caería en el panfleto y no en la denuncia que pretende. La trama nos cuenta una verdad demasiado real, pero no por eso va a caer en estereotipos ni lugares comunes, sino en transmitir esa desazón de soledad y callejón sin salida en el que se encuentran las niñas.  

Una película como Las chicas de la estación no es una película agradable ni mucho menos, pero tampoco es una película desesperanzadora, porque aunque la historia que nos cuenta y su trama sean duras, ásperas y muy oscuras, con una atmósfera parecida a la que había en Hardcore (1979), de Paul Schrader, en la que un padre buscaba a su hija desaparecida en el mundo del cine de adultos. Aunque se mueva por esos espacios sin vida, donde los adultos se aprovechan sexualmente de los niños y niñas, la película denuncia y cuenta esas oscuridades de la condición humana, pero lo hace para que el respetable lo sepa y lanzar un grito de auxilio para que estas cosas no sucedan, o que pasen menos, o quizás, es mucho pedir, pero, entre otras cosas, el cine sirve para contar verdades, o al menos, explicarlas con la mayor verdad posible, y la película de Macías lo hace y no duda en mostrar una realidad demasiado cercana, demasiado pública, que la mayoría ha decidio no mirarla o simplemente, hacerse el despistada, sea como fuere, el cine hace bueno en explicarlas y explicarlas así, con verdad, con intimidad y sin condescendencia, y siendo fiel a sus personajes, sus verdades y todo lo que le rodea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Borgo, de Stéphane Demoustier

LA FUNCIONARIA DE PRISIONES. 

“Todos tienen buenas y malas fuerzas trabajando con ellos, contra ellos y dentro de ellos”. 

Suzy Kassem

A partir de la familia y un hecho concreto que tensiona toda esa aparente tranquilidad, se construye el cine de Stéphane Demoustier (Lille, Francia, 1977), ya lo vimos en sus dos primeras películas Terre battue (2014) y Allons enfants (2018), pero sobre todo en La chica del brazalete (2019), donde la acusación de asesinato de una hija de 16 años, a los que sus padres creen fielmente, desencadenará, a medida que avanza el juicio, en la sombra de la duda. En Borgo, basada en un hecho real como sucedía con La chica del brazalete, conocemos a Melissa que acaba de instalarse en Córcega con su marido e hijos para empezar una nueva vida alejada del mundanal ruido de la capital parisina. En su trabajo como funcionaria de prisiones se relaciona de forma estrecha con algunos reclusos, sobre todo con el joven Saveriu, situación que le comporta introducirse en un terreno muy pantanoso. El tono y la atmósfera de la trama, muy alejada de lo oscuro y grisáceo del género noir, se compone de mucha luz, naturalidad y cercanía, para acentuar la idea de la trabajadora corriente que se va metiendo en un mundo demasiado bestia para ella. 

A partir de un guion del propio director en colaboración con Pacal-Pierre Garbarini, con el que ya coescribió la citada La chica del brazalete, la cámara se posa en la mirada y actitudes de la mencionada Melissa, un joven treintañera, con dificultades económicas, su marido no trabaja, y además, envuelta en una prisión muy diferente a las que ha trabajado, con un régimen muy abierto para los presos, donde hay camaradería y buen trato con los funcionarios, sin olvidar la idiosincrasia de un lugar como Córcega, vital para la película, como también lo era en Regreso a Córcega, de Catherine Corsini, que vimos hace pocos meses, donde las cosas en la isla funcionan muy distintas a Francia. Todos estos elementos están divididos en dos frentes para Melissa, si bien, en su buena parte de la historia, estamos ante una película muy carcelaria, que vive de grandes títulos que nos vienen a la mente, en cierto momento, la película vira y mucho, al thriller psicológico, donde la fina línea que separa entre el deber y la necesidad, articula completamente el relato, llevándolo a una película donde la construcción es fundamental, porque los dos ejes principales de la película irán convergiendo de forma intensa y muy áspera, generando unas buenas dosis de suspense. 

La excelente cinematografía de David Chambille, que trabajó con el director en la serie L’Opéra (2021), antepone la intimidad y lo naturalista ante lo convencional del noir, donde abunda la luz diaria y los espacios cotidianos, donde no se incurre en los manidos tan recurrentes en este tipo de films. La magnífica música de Philippe Sarde, un grande entre los grandes, con un sinfín de trabajos, ayuda a conducirnos por una trama donde se evidencia lo fácil que resulta convertirse en alguien muy ajeno a ti mismo debido a las circunstancias y la necesidad individual, donde se tienen interpretaciones muy diferentes el significado de ayudar o de la amistad. El trabajado montaje de Damien Maestraggi, que ha trabajado en tres de las cuatro películas de Demoustier, amén de un cortometraje, y otros títulos tan importantes como La batalla de Solférino (2013), de Justine Triet, y Nuestras madres de César Díaz (2019), entre otras. Su edición es un gran trabajo de precisión y concisión, porque lo social y lo noir están muy bien mezclados, y las dos tramas, la de Melissa y la de la investigación están muy bien explicadas y generan la tensión y la asfixia necesarias en sus inolvidables 117 minutos de película. 

Si hablamos de grandes aciertos de la cinta, el que más relevancia tiene es, sin lugar a ningún tipo de duda, la elección de Afasia Herzi en el papel principal de Melissa, porque sabe transmitir, sin imposturas ni sensiblerías, todas las emociones, dudas e inseguridades de un personaje transparente y cotidiano, en alguien que no llama la atención, en alguien que ve una oportunidad sin pensar en las consecuencias, o quizás, pensando en ellas pero no viendo la temeridad. Le acompañan Moussa Mansaly como el marido, Michel Fau como un peculiar comisario, que hemos visto en películas de Ozon, Techiné y Dupontel, entre otros, y luego, otros intérpretes naturales que dan la profundidad necesaria para hacer creíble la historia. No se pierdan Borgo, de Stéphane Demoustier, porque tiene trazas del mejor cine social, el noir más humano, lo carcelario, tan diferente como bien contado, y sobre todo, tiene una trama que no les dejará indiferente, ya que nos cuenta la experiencia de alguien que podríamos ser uno de nosotros/as, porque, en algún momento de nuestras existencias, quizás nos veamos expuestos a hacer algo que va en contra de nuestros valores pero, por el contrario, nos reportaría una solución a nuestros conflictos. Un dilema difícil de manejar, y si no que pregunten a Melissa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cas Àngelus. La fascinació de Dalí, de Joan Frank Charansonnet

DALÍ Y EL ENIGMA DEL ÁNGELUS. 

“En junio de 1932 se presenta de súbito en mi espíritu, sin ningún recuerdo próximo ni asociación consciente que permitan una explicación inmediata, la imagen del ángelus de Millet (…) se convierte para mi de súbito en la obra pictórica más turbadora, más enigmática, la más rica en pensamientos inconscientes que jamás ha existido”. 

Salvador Dalí 

En un instante de Viridiana (1961), de Luis Buñuel, se escenificaba “El Ángelus”, de Jean F. Millet (1857-1859). Desde el mismo gesto y planteamiento nace la película El cas Àngelus. La fascinació de Dalí, de Joan Frank Charansonnet (La Vall de Santa Creu, Port  de la Selva, 1971), arrancando desde el cesto de manzanas y poco a poco ir abriendo hasta encuadrar la pintura. Porque el séptimo largometraje de Charansonnet, el quinto en solitario, se ve envuelto en la fascinación que sentía Salvador Dalí (1904-1989), en pos de ese cuadro. Un lienzo que desde que lo miró por primera vez en los años treinta, lo siguió toda su vida, estudiando a fondo y encontrando sus enigmas. 

El director gerundense, a partir de un guion junto a Alba López, con la que ya coescribió su anterior film Terra de telers (2020), nos sitúa en los años sesenta, más concretamente en 1963, cuando un día cualquiera en la vida de Dalí y su eterna Gala, van a pasar el día en la casa del Sr. Roig para celebrar el aniversario de éste. La misma jornada en que Dalí recibe la visita de un periodista al que le contará su relación con el cuadro de Millet. Un presente continuo anclado en un día, con los evidentes flashbacks para ir conociendo algunos momentos de la relación del famoso pintor y el cuadro en cuestión. La nueva película de Charansonnet abre una nueva etapa en el cine del director porque añade algunos elementos técnicos que ayudan a que la película tenga el empaque necesario para no sólo meternos de lleno en el universo daliniano, sino que consigue una interesante mezcla entre la vida más cotidiana, con todos esos personajes de reparto que amplían y dan profundidad a la trama,  y ese otro espacio donde la fabulación, a modo de cinta noir, nos embarca el testimonio-relato del pintor. No obstante, después de la escenificación de la citada pintura, el relato se inicia con Dalí reflejado en un espejo y entra Gala para reflejarse también. La idea de vida y ficción mezcladas, donde los reflejos y ficciones se fusionan. 

La parte técnica de la cinta está muy cuidada empezando por la excelente cinematografía de Ona Isart, de la que vimos su trabajo en Y todos arderán, en su gran concepción en el encuadre y la luz, capturando toda la naturalidad posibles, y las enigmáticas secuencias en un poderoso blanco y negro que tienen los mencionados flashbacks. En el apartado musical, Charansonnet vuelve a contar con Marcus Jgr, que trabajó en tres películas con el desaparecido Agustí Villaronga, y ya estuvo en la citada Terra de telers, donde consigue una extraordinaria banda sonora donde capta a la perfección todos los aspectos visibles e invisibles que encierran en la película. El montaje de Rubén Vilchez, que ya ha trabajado con el director en diversos apartados como codirección y sonido, se cierra en sus formidables 87 minutos encajando todo el viaje y la historia que nos va relatando Dalí, con sus tres décadas de vida y arte, mezclando con acierto la historia, la vida, y sobre todo, la intimidad y lo más personal del genio y su entorno. Mención especial tienen el resto de apartados como el sonido con Marçal Cruz, con mucha experiencia en series, amén de los Marcus Jgr y Vilchez, el vestuario, la caracterización, y los espacios naturales donde se ha rodado.

Como sucedió en Pàtria (2017) y en la citada Terra de telers, el director catalán-francés vuelve a contar con un extenso reparto que arranca con él mismo haciendo uno de los papeles de su vida, expresando toda la fortaleza y vulnerabilidad de Dalí, hemos visto a muchos Dalí en el cine pero éste nos ha gustado mucho por todos los matices, con esas constantes performances e intimidad que desprende el personaje, que se aleja de la caricatura y se adentra en su carácter más cercana y personal. Le acompañan una magnífica Montse Alcoverro haciendo de Gala, Ricard Balada y Esther Nubiola son los Dalí y Gala jóvenes, y luego están la troupe Charansonnet, es decir, todos los intérpretes cómplices que le van acompañando en sus aventuras como Miquel Sitjar, Eduard Alejandre, Ramón Godino, Montse Ribadellas y Jaume Najarro, entre otros, y los “fichajes”, Josep Massotkleiner, Enrique del Pozo, Núria Hosta, Silvia Sabaté, Júlia Creus, y algunos más. Un reparto que da lo mejor de sí en unos personajes tan naturales y tan cercanos, contribuyendo a la mezcla de noir, comedia costumbrista y drama que van decorando toda la trama. 

Quizás han visto mucha veces al Dalí de verdad y de ficción, y luego todo el material que existe y existirá alrededor de su figura, incluso puede que conozcan las películas, pocas eso sí, que existen sobre su vida, pero déjenme decirles que El cas Àngelus. La fascinació de Dalí, de Joan Frank Charansonnet es una película que, a pesar de su modestia, no se lanza a embellecer ni a la sensiblería, sino a todo lo contrario, y lo hace desde lo íntimo y personal, mostrando a un Dalí muy pocas veces visto, ya sea en la realidad y la ficción, un Dalí de verdad, de emociones, un Dalí abriéndose en canal y recreando su relación con el cuadro de Millet, con sus alegrías y tristezas, sus miedos y valentías, sus aciertos y errores y sus momentos duros de su vida hasta los sesenta. La película se aleja del biopic al uso, porque no quiere aglutinar toda una vida, sino un momento que resignificó toda la vida del artista, ese momento en que la belleza del arte y la vida más terrenal se cruzan y ocultan algo misterioso, algo invisible y Dalí, perplejo y fascinado por ese momento, comenzó una investigación hasta dar con lo que se escondía, porque él sabía que algo había detrás, al igual que hace la película, descubrimos la parte de atrás, la que no se ve, la que se oculta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Góndola, de Veit Helmer

EL AMOR EN LAS ALTURAS. 

“Soy humorista porque miro al mundo con sentido crítico, pero con amor”. 

Jacques Tati 

Durante sus tres primeras décadas de vida el cine fue privado del sonido, y como consecuencia del diálogo. Esto provocó que el cinematógrafo usase la expresión del intérprete y el decorado como herramientas de comunicación muy expresivas. Con la llegada del sonoro, el cine hablado dejó en segundo plano los elementos de expresión citados para prevalecer el diálogo que, con el tiempo, se impuso a los otros aspectos, dejando huérfano el cine de su esencia. De vez en cuando, algunos cineastas miran al pasado y recogen todo aquel legado de los pioneros y consiguen devolver al cine su magia y su expresión auténtica, aquella que no necesitaba diálogos para contar cualquier historia. Quizás el maestro de maestros sea Jacques Tati (1907-1982), el cineasta que mejor ha recogido todo esto de lo que estoy mencionando. El director francés y su eterno alter ego Monsieur Hulot, un tipo que, sin palabras, definió como nadie el hombre enfrentándose a la maquinaria autodestructiva del progreso y la estúpida velocidad de la modernidad en pos a lo humano en la inolvidable Playtime (1967). 

El cine de Veit Helmer (Hannover, Alemania, 1968), se mueve a partir de sencillas e íntimas historias protagonizadas por personas corrientes, de vidas anodinas y comunes que, sin pretenderlo, van descubriendo las alegrías y tristezas de la vida, a partir de atmósferas que nacen de la fábula y el cuento, siempre sin diálogos, favoreciendo enormemente la expresión del intérprete, la imagen, el color y el decorado, donde emergen lugares rurales con encanto y casi imperceptibles, donde el sonido y la música, elementos capitales en su cine, van estructurando cada detalle y gesto. De sus 8 largometrajes desde que debutó con Tuvalu (1999), otros como Absurdistan (2008), y The Bra (2018), maravillosa historia de amor de un conductor de tren de mercancías que busca a la propietaria de un sujetador que ha encontrado protagonizada por una maravillosa Paz Vega, en la que sale Denis Lavant que ha trabajado en dos de sus películas. En Góndola, nos sitúa en las inhóspitas montañas del Valle de Adjara en el sudoeste de Georgia, en el teleférico que une un remoto pueblo con la ciudad, donde Nino, una chica trabaja como cobradora y aguanta al antipático y dictador jefe. Un día, llega Iva que cobrará el otro teleférico, que se junta con el otro en mitad del recorrido cada 30 minutos. 

Con una concisa y detallada cinematografía de Goga Devdariani, donde a partir de una rica gama de colores y texturas, va componiendo desde el color y los encuadres todo el relato, como la excelente música del dúo Malcolm Arison (que ya trabajó con el director en Quatsch un die Nasenbärbande de 2014), y Sóley Stefánsdóttir, que recuerda a aquella maravilla que hizo Carlos D’Alessio para Delicatessen (1991), de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, con la que guarda muchas similitudes de tono y demás. El conciso y reposado montaje de Mortiz Geiser, con sus breves 78 minutos de metraje, donde todo fluye sin sentimentalismos ni nada que se le parezca, sino contando esa poética y sensible love story desde la más absoluta cotidianidad y sencillez. La fantástica pareja de actrices compuesta por la georgiana Nino Soselia como Nino, la mujer que sueña con ser azafata de una gran compañía de aviones, y la “nueva” que hace la francesa Mathilde Irrmann como Iva, la recién llegada que, entre viajes de ida y vuelta, va conociendo a Nino, riéndose y jugando a la vida y a al amor, y relacionándose con los “otros”, los pocos pasajeros como una pareja de niños que también juegan al amor, una madura y viuda huraña y un vaquero, un discapacitado con permiso para soñar y demás pasajeros. 

Si recuerdan al ex payaso Louison y a la triste y apocada Julie Clapet y cómo se conocieron, también en las alturas y a partir de la música, en la mencionada Delicatessen, les encantará el relato que nos cuenta Góndola, de Veit Helmer, porque demuestra que hay películas que no necesitan de los diálogos para emocionarnos y transportarnos a aquella magia que tenía el cine, y de tanto en tanto, vuelve a brotar frente a nosotros. Porque el cine después de 129 años de vida todavía tiene la capacidad de seducirnos con lo más básico y tangible, eso sí, acertando en las dosis adecuadas para que toda esa intimidad se convierta en algo mágico, ya sea en el lugar más remoto y tranquilo del mundo, en esos sitios donde no es pase nada, es que nunca pasa absolutamente nada, y si pasa, casi nadie lo percibe porque ocurre muy desapercibido, en Góndola se detienen en esos personajes que pasaban por ahí, en un teleférico que va y viene, como la vida, como el amor, como los habitantes de este pueblo sin nombre en un lugar que quizás, no aparece en los mapas, o de pasada, pero que también ocurre la vida y todas sus consecuencias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA