Dios sabe, de Silvia Rey

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“Lo nuevo se cae y lo viejo se mantiene”

“Fueron dos terremotos. A las 5:05 y a las 6:47 de la tarde del 11 de mayo. El epicentro se situó 6 km del sudoeste de Lorca, en la Sierra de Tercia. Desde allí, recorrieron este camino en unos segundos hasta romper en el centro histórico de la ciudad con una potencia igual a la de 200 toneladas de TNT”. Mientras recorremos, en plano secuencia, el itinerario que siguió el seísmo, escuchamos la voz de la directora Silvia Rey que nos introduce en su película dándonos la bienvenida, a modo de prólogo, situándonos de esta forma tan descriptiva y sencilla del antes, de lo que ocurrió ese 11 de mayo en la localidad murciana de Lorca.

La debutante Silvia Rey (Lorca, 1977) licenciada en Comunicación Audiovisual, pero curtida en el máster de documental de la UPF (curso que se ha revelado como uno de los más prestigiosos del país en cantera de futuros cineastas de lo real), sigue un recorrido vital breve y conciso (64 minutos de metraje) volviendo a sus orígenes, al lugar que la vio nacer, a ese espacio familiar que ahora se ha convertido en escenario de conocimiento y observación. Su película se abre y se cierra con unas máquinas devorando el paisaje urbano, en plena demolición de dos edificios, en una metáfora sutil y elegante de lo efímero de las cosas y todo lo material que nos rodea, como más adelante recordará el párroco en una misa que tiene lugar en un local a oscuras, ya que la iglesia también ha sufrido la catástrofe quedando reducida a la ruina. Rey no se detiene en las consecuencias del siniestro, va más allá, huye de la noticia para centrarse en el sentimiento humano, en las personas que han sufrido los daños materiales, porque afortunadamente, el terremoto no provocó pérdidas personales. Unas gentes que son retratados por la cámara de Rey en primera persona, la directora les cede la palabra, y los sitúa en el centro del cuadro, siempre mirando en off, el fuera de campo lo reserva para los edificios e inmuebles dañados, sólo lo rompe en algunos planos, cuando penetra en una iglesia derruida, y en las habitaciones contiguas, donde guardan las imágenes santorales a buen recaudo, y finalmente, en el domicilio familiar. Escuchamos a los lorquinos explicarnos como vivieron lo ocurrido, dialogando entre ellos, ninguno de ellos mira a cámara, Rey huye del reportaje periodístico al uso, no le interesa lo que sucedió, sino a quiénes sucedió y las consecuencias que están sufriendo, provocando así la cercanía con el espectador, en una suerte de demiurgo que provoca el encuentro entre los lorquinos y los espectadores.

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Rey también cede tiempo y espacio a los obreros, algunos lorquinos y otros inmigrantes, que trabajan en la reconstrucción de la ciudad. Trabajadores que se cuentan entre ellos, todos los desastres naturales que ha sufrido la región, así como los orígenes ancestrales que se remontan a la prehistoria de la región que pisan. Un planteamiento interesante y fluido para conocer más el lugar y la memoria que lo envuelve. Un discurso parecido como el gestionado por Abbas Kiarostami en su película Y la vida continúa, donde en medio de la destrucción ocasionada por los terremotos en la región de Guillán, hacía un viaje con el propósito de localizar a los jóvenes protagonistas de su anterior film. Si bien la sombra del genial cineasta iraní es reconocible, hay otras, quizás por afinidad y formación creativa, la película de Rey podría mirarse como un cruce entre En construcción, de José Luis Guerín y El cielo gira, de Mercedes Alvárez, dos excelentes muestras de cómo acercarse a los orígenes de los lugares a través del paisaje del presente y las relaciones que se establece entre sus habitantes y el espacio que los rodea. La cineasta murciana ha parido una obra reflexiva y muy del tiempo que nos envuelve y asfixia, una película que nos da ese espacio y tiempo para mirar, que nos envuelve en un escenario pausado en el que las personas y las cosas de nuestro alrededor nos acercan no sólo a lo que estamos siendo testigos, sino a valorar nuestro entorno y sobre todo, a nosotros mismos.

<p><a href=»https://vimeo.com/51214336″>Fragmento largometraje Dios Sabe</a> from <a href=»https://vimeo.com/user7744502″>Silvia Rey Canudo</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

– Aquí va la película integra para todo aquel que quiera acercarse a ella:

<p><a href=»https://vimeo.com/73327074″>Dios Sabe sub ingles</a> from <a href=»https://vimeo.com/user7744502″>Silvia Rey Canudo</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

 

 

Un día perfecto, de Fernando León de Aranoa

a-perfect-day-2015-cartel-1UN CADÁVER EN EL FONDO DE UN POZO

Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968) llevaba cinco años sin dirigir, su última película Amador, data de 2010. Entre medias, había publicado Aquí yacen dragones, un libro de relatos, escritos en las pausas de rodajes, festivales… Ahora se enfrenta a un reto mayúsculo en su carrera como director. Un día perfecto es una película que escenifica un cambio en su filmografía, es la primera que toma un texto ajeno, la novela Dejarse llover, de Paula Farias, como materia prima para elaborar su guión, que en sus ficciones siempre había nacido de una idea propia. También, otro dato significativo, es la primera película que rueda en otro idioma, el inglés, mayoritario en la cinta, aunque durante el metraje conviven otras lenguas, como el bosnio, español, ucraniano y francés, y finalmente, el primer de sus trabajos que recrea un contexto histórico, el de los Balcanes de 1995. Una empresa a priori difícil, pero el buen hacer de León de Aranoa resuelve todos los conflictos cinematográficos, con la inestimable ayuda de un poderoso diseño de producción, un plantel de actores internacionales de primerísimo nivel y la luz apagada y contrastada del genial Alex Catalán. Sus criaturas también se enfrentan a situaciones adversas y jodidas que intentan sacar a flote o al menos lo intentan, en el campo de batalla que les ha tocado lidiar.

El cineasta madrileño ya había tenido contacto con la zona bélica que retrata en su película, fue en febrero de 1995, cuando viajó a la guerra de Bosnia y registró el trabajo de unos cooperantes humanitarios. La película, aunque pueda parecer ajena al mundo de León de Aranoa, sigue la misma línea que arrancase hace ya casi dos décadas con aquella deliciosa tragicomedia que fue Familia, a la que siguieron Barrio, donde unos chicos se aburrían en un verano que no parecía tal, con Los lunes al sol, llegó el reconocimiento de crítica (Concha de Oro en el Festival de San Sebastián) y público, donde retrataba la desesperación y el hastío que sufrían unos parados de los astilleros de Vigo, siguió con Princesas, la cotidianidad de un par de putas que arrastraban demasiadas cosas, y Amador, la soledad de la tercera edad que convivía con una inmigración que resistía como podía. Amén de sus trabajos documentales, donde siempre se ha preocupado por las injusticias y los más débiles. En Buenas noches, Uoma, que filmó como pieza para la película Invisibles, ya retrataba una situación de conflicto bélico donde unos niños encontraban refugio durante la noche para no ser secuestrados. Ahora, en su última película, se centra en cuatro personas, cuatro cooperantes, dos tipos cansados y hastiados de todo lo que les envuelve, Mambrú, el responsable del equipo, B, el que siempre anda por ahí, y las mujeres, Sophie, francesa y luchadora incansable que todavía cree en las causas perdidas, y finalmente, Katya, ucraniana, la cooperante que viene a burocratizar todo y a rendir cuentas sentimentales con Mambrú. León de Aranoa nos sumerge en algún lugar de los Balcanes, durante una jornada de 1995, en un contexto de conversaciones de paz, aunque los trabajadores humanitarios todavía se enfrentan a situaciones de gran riesgo. Todo arranca con un cadáver en el fondo de un pozo, guerra silenciosa y bacteriológica que contamina el agua y deja sin suministro a los habitantes de la zona. Los cooperantes se centran en la difícil y compleja misión de sacar el muerto.

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León de Aranoa nos lleva por caminos y carreteras laberínticas (filmadas en Granada) que con la excusa de conseguir una cuerda, nos muestra la sinrazón de la guerra, de cualquier guerra, la tensión, desesperación y soledad que se dibuja en los paisajes y escenarios de lo que ha sido la contienda, en las trampas de los caballos muertos, que esconden minas esparcidas por todo el espacio, restos de la guerra que todavía respiran y se niegan a desaparecer, o esos cascos azules, que en ocasiones parecen del mismo bando y en otras no tanto, y los que se empeñan en seguir la guerra, y en los maléficos y desencajados rostros de las personas que se van encontrando, que han perdido todo y a todos, como ese niño que sueña con algo que no podrá ser (un personaje habitual en el cine del realizador, seres que se agarran a ilusiones, para tirar pa’lante). Una mezcla de road movie y western, a ritmo de punk-rock, donde se critica con dureza las marañas y estupideces burocráticas, con personajes a la deriva, algunos ni saben cuánto tiempo les queda en esa tierra, otros ya piensan en la próxima misión, y los pocos, les agazapa el miedo de volver a casa y enfrentarse a la cotidianidad de sus vidas (como le ocurría a uno de los personaje de En tierra hostil). Película que hereda el aroma y el enfoque de En tierra de nadie, que al igual que esta, ahondaba en el conflicto que se desataba por un problema que aparentemente parecía sencillo. Se muestra un dolor sangrante y durísimo, aunque León de Aranoa, con su habitual humor, lo hace más llevadero, ese humor negro, despiadado y perspicaz que utilizan los cooperantes, quizás ellos son los únicos que lo pueden permitir, un humor que les ayuda a tomar distancia para convivir con esa miseria física y moral, unos elementos que hacen de la cinta una obra seria y contundente, donde la honestidad es un concepto que se agradece, no da lecciones de nada, ni quiere servir como la obra definitiva antibelicista, no hay nada de eso, León de Aranoa, se centra en sus personajes, sus relaciones, sus miedos, nos muestra a unos seres humanos que hacen lo que pueden, que aciertan y también se equivocan, no son héroes, más bien perdedores, como todos, en el sinsentido de la guerra.

B, de David Ilundain

poster-b-barcenas-peliculaDESTAPANDO EL PASTEL

Primero fue una obra de teatro que se llamó Ruz-Bárcenas, escrita por Jordi Casanovas y dirigida por Alberto San Juan, estrenada en mayo del 2014 en la pequeña sala del Teatro del Barrio de Lavapiés. A una de aquellas funciones, asistió David Ilundain (Pamplona-Iruña, 1975), reconocido cortometrajista y con amplia experiencia como ayudante de dirección y script. Desde que presenció la obra, se puso manos a la obra para llevarla al cine con los mismos actores, en lo que es opera prima. Su empresa no ha resultado fácil ni mucho menos, después de llamar infructuosamente a algunas productoras para financiar el proyecto, tuvo que recurrir al micromecenazgo para reunir los 55.955 euros gracias a la colaboración de unos 600 mecenas. La película se centra en la declaración de Luís Bárcenas, ex-tesorero del Partido Popular, ante el Juez Ruz, el 15 de julio de 2013, en la Audiencia Nacional. Hasta ese día, Bárcenas había negado toda relación con la contabilidad B del partido, pero 18 días después, que pasó en prisión, cambia su testimonio y explica con todo lujo de detalles los sobres en negro que se repartían entre los miembros del partido, y las operaciones encubiertas dentro del organismo que estaban a la orden del día.

Ilundain instala su película en un espacio diminuto, en una sala pequeña donde habitan las 20 personas que se dieron cita a aquel día, utiliza una misè en scène realista, dura y agobiante, lo más cercana a la realidad, muy próxima al tono de documento que requiere una obra de estas características. El calor sofocante, los comentarios entre los presentes, las interrupciones y la respiración ahogada y el sudor nervioso laten con fuerza durante los 78 minutos de duración, un tiempo breve y conciso donde se condensan las 4 horas que duró la declaración real. Escuchamos fragmentos de la declaración que se escuchó aquel día transcritas de los documentos oficiales. Una película realizada con urgencia, la realidad no dejaba espacio para la espera, o se hacía o se perdía el instante de la noticia, el momento caliente de lo que estaba ocurriendo, los anglosajones lo llaman con el término instant movie, recogiendo de esta manera el espíritu que recorría la obra de teatro. La película rodada de manera directa, enérgica y vomitada como si se tratase de un combate de boxeo en toda regla, a las preguntas del Juez, Bárcenas contesta de manera contundente, sin pelos en la lengua, y sin miramientos, parece que no quiere dejarse nada por decir. Toda una declaración al abismo que destapaba y dejaba al descubierto las artimañas y todo tipo de ilegalidades que se cometían en el seno del partido que dirigía el país. La elección de repetir con los mismos intérpretes que ya habían hecho la obra, añade un plus fascinante a todo lo que se está contando, a los pocos minutos de empezar la película, nos olvidamos por completo del espacio cinematográfico, y de unos actores interpretando, y nos dejamos llevar de manera brutal por las personas que allí se concentran, e imaginamos y somos testigos de todo lo que allí se vivió aquel día de verano asfixiante.

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Pedro Casablanc se transmuta en Bárcenas, creando una caracterización y unos gestos especialmente verosímiles, apoyado en un tono de voz de grandísima altura, una interpretación descomunal, convirtiéndose en una fascinante composición que recuerda al mismo proceso de Helen Hunt en The queen, interpretando a la reina Isabel II, por citar a una reciente. No sabes en qué punto acaba el actor y empieza el personaje. Misma transmutación que realiza Manolo Solo que interpreta al Juez Ruz, que actúa como un contrincante de mucho peso. Igual que ocurría con la obra teatral, la sombra de Frost-Nixon, el texto teatral de Peter Morgan, (adaptado al cine por el director Ron Howard), que escribió basándose en las entrevistas que el periodista Frost hizo a Nixon, el ex-presidente de los EE.UU. en 1977, donde el que fuera mandatario se despachaba a gusto de su implicación en el caso Watergate, que le costó su dimisión. B, (el título que hace alusión a esa caja donde se guardaba el dinero no declarado), es un poderoso thriller político, sobre la corrupción desalmada de muchos gobernantes del país, la podredumbre de un poder obsoleto y fascistoide que actúa por encima de la ley. Una cinta que se destapa como un tour de forcé magnífico, memorable, de excelente pulso y nervio cinematográfico, en su aparente sencillez y austeridad, reside una honestidad y transparencias dignas de elogiar. Se citan muchos nombres, datos, cifras, y demás relaciones numéricas… Pero todo se hace de manera minuciosa, clara y directa, no se deja nada fuera, se explica lo que allí aconteció, tampoco hay directrices ni una postura moral de los responsables de la película, la historia se explica cómo sucedió, o al menos como casi sucedió, porque a fin de cuentas, nunca sabremos si la declaración de Bárcenas es real o falsa, o si actúa en nombre propio u oculta a alguien o terceras personas, verdades o mentiras que seguirán sin esclarecerse, al menos por ahora.

 

Entrevista a Jonás Trueba

Entrevista a Jonás Trueba, director de «Los exiliados románticos». El encuentro tuvo lugar el martes 8 de septiembre de 2015 en el hall del Cine Zumzeig de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo, simpatía y generosidad, a Eva Herrero de MadAvenue, por su paciencia, amabilidad y cercanía, y al equipo del Cine Zumzeig, por acogerme con tanto cariño y simpatía.

Entrevista a Vito Sanz

Entrevista a Vito Sanz, uno de los actores de «Los exiliados románticos», de Jonás Trueba. El encuentro tuvo lugar el martes 8 de septiembre de 2015 en el hall del Cine Zumzeig de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Vito Sanz, por su tiempo, simpatía y generosidad, y a Eva Herrero de MadAvenue, por su paciencia, amabilidad y cercanía.

Los exiliados románticos, de Jonás Trueba

Los_exiliados_rom_nticos-624520968-largeLAS MUJERES QUE AMAMOS

El último trabajo de Jonás Trueba (Madrid, 1981) tiene la efervescencia del momento, de la película hecha sobre la marcha, cómo él mismo explica, de extensión leve (70 minutos de duración), esa historia ligada a un instante, a filmar ese momento que no volverá a repetirse, rodeado de unos amigos que emprenden un viaje subidos en una furgoneta Volkswagen modelo California, a los que les envuelve la amistad de muchos años, las conversaciones nocturnas tomando unos vinos, hablando de sus cosas y de las de los demás, de las mujeres que amaron y amaran, y aquellas que creyeron haber amado, y muchas más situaciones y momentos que siguen permaneciendo en el interior de cada uno de ellos.

La película sigue el camino emprendido por el pequeño de los Trueba en sus anteriores trabajos, ya como coguionista junto a Víctor García León, en aquellos brotes de talento que fueron las comedias agridulces Más pena que gloria y Vete de mí, y continuaron ya como director en solitario, en su debut con Todas las canciones hablan de mí, a la que siguió Los ilusos, dos excelentes muestras, concebidas desde puntos de vistas y momentos diferentes, pero las dos forman parte de un ideario que contempla el pulso narrativo de la cinematografía actual. Ahora nos llega una película de carretera, una road movie, donde tres colegas emprenden un viaje que tiene su partida una mañana en Madrid,  que pasará por Toulouse, donde recogerán a Renata, una italiana, que se encontrará con Francesco, y luego seguirán camino hasta París, donde Luis ha quedado con Isabelle, una suiza-alemana, y finalmente, sin dejar la ciudad de la luz, Vito se verá, en los jardines de Luxemburgo, con Vahina, una francesa que conoció ese verano en Salou, y para cerrar el viaje, una parada en un lago de Annecy. Tres citas, tres encuentros con mujeres, con esos amores efímeros, esos romances leves, esos encontronazos con el amor, esos sueños perdidos de una juventud alargada. Trueba, al contrario que ocurrió con Los ilusos, un rodaje que se dilató en el tiempo, filma su película en apenas 12 días, recorre 4000 kms a lomos de sus personajes, que continúan, como hasta ahora en su filmografía, siendo hombres inmaduros, jóvenes perdidos, confusos con ellos mismos y con todo lo que le rodea, incapaces de enfrentarse a sus propias vidas, y encontrando excusas vanales para no tomar decisiones importantes.

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Trueba no hace alarde tratando temas trascendentales ni nada por el estilo, filma con modestia a sus amigos hablando y comiendo, yendo de un lugar a otro, donde ríen y piensan en ellos mismos y en los otros, donde estar con amigos de viaje visitando mujeres sea el único viaje y nada más. Dentro de su aparente ligereza, la cinta contiene temas interesantes y complejos como el final de la juventud, del ocaso de un manera de vivir o simplemente, el tránsito inevitable de convertirse en algo en lo que no habías ni imaginado. Quizás para arribar a un lugar de ti mismo en el que no habías pensado, por miedo a sentir que todo había acabado y que nada volvería a ser como antes. Trueba pare una película donde sus amigos-personajes hablan de cine (el aroma del cine de Rohmer y Truffaut es fácil de reconocer, y  el cine amistad y vida de Tanner, en sus películas setenteras como La salamandra, Jonás que cumplirá 25 años en el año 2000 o Messidor, forman parte de los referentes y el encanto que reside y transita en la película), también hablan de literatura (se cita el libro Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg), hay tiempo para citar a Marx y a otros pensadores, y todo aquello que se soñó pero se quedó en la cuneta, y por supuesto, también hay espacio para la música, incluso se atreven a cantar. Las canciones de Tulsa, que aparece en varios instantes de la película-viaje, actuando ante los personajes o con ellos, y cantando sus emociones y estados de ánimo. La luz de Santiago Racaj ayuda a crear esa atmósfera suave y melancólica que baña todo el metraje.

Un canto no sólo a la vida, sino al cine, a la amistad real y al amor, fabricada desde la inquietud de un creador sincero y honesto, alguien que ama lo que hace y lo explica, y filma de esa forma, sin artificios ni subrayados.  Un cine que se destapa como ligero, que se digiere tranquilo, con pausa, sin sobresaltos, que no hiere, pero que esconde en su forraje e interior, toda una idea o sentimiento que se palpa en los jóvenes actuales, (como aquel cine español de la transición que recogía en su humildad, los temas que estaban candentes en el sentir del momento), una idea sobre esa incertidumbre e invisibilidad que nos condena una sociedad cada vez más moderna, y menos humana.

Los héroes del mal, de Zoe Berriatúa

 Los-heroes-del-mal_referenceLA VIOLENCIA DESDE DENTRO

El arranque de la película con la entrada de unos alumnos en una aula, en cámara lenta, con el acompañamiento musical de The Young Person’s Guide to the Orchestra, de Benjamin Britten, ya nos pone en guardia, y es todo un augurio de por donde irán los tiros. Zoe Berriatúa (Madrid, 1978), actor de dilatada carrera que arrancó en 1996 con África, del siempre interesante y audaz Alfonso Ungría, y prolífico cortometrajista en los últimos años, hace su debut con una película producida por Alex De la Iglesia, que gustó en su paso por el Festival de Málaga.

La cinta se centra en tres adolescentes que sienten como su primer día de instituto se les asigna los roles de inadaptados o raros, como ustedes gusten. A partir de ese momento, sus compañeros de clase, les dedicarán todo tipo de insultos, vejaciones y demás maltratos, y ultrajes. Pero, esos no se quedarán impávidos antes tantas humillaciones, y después de hacerse colegas, planearán su venganza. Poco a poco, se van introduciendo en una espiral que la maldad se convierte en su modus vivendi, en su forma de protesta ante ese mundo cruel que se ha declarado en guerra contra ellos. El mundo les pertenece, su guarida la encuentran en una casa abandonada rodeada de maleza, allí disfrutan y sonríen con sus botines, alcohol y drogas, y demás objetos que roban impunemente. También, allí descubren el sexo, una relación ménage à trois que ataca con más violencia a la violencia imperante en la sociedad. Pero la cosa se deteriora y donde la violencia era divertida y cojonuda, genera una violencia en su contra, el trío se resquebraja y se distancian. Berriatúa se viste de largo en una película compleja, que mira de frente a los temas que trata, de forma honesta y sincera, y escarba en esa violencia sin sentido que está tan aceptada en la sociedad, del acoso escolar de cada día, de unos adolescentes que huyen de sí mismos, de los que les hacen daño, sean padres o compañeros de clase, de seres que no saben ni pueden encontrar el lugar que le corresponde.

Una cinta que maneja temas especialmente delicados, que los trata de frente, sin quitarles la cara, que combina, de forma interesante, el drama íntimo con el degradado entorno social de muchos institutos y barrios. Una obra que en ocasiones raya a gran altura, dejándose de complejos y pequeñeces. Aunque su segundo tramo, cuando el mal y la perversión se instala en este grupo, es cuando la película alcanza su mayor dulzura, porque los tres protagonistas ya no saben quién es quién y más aún, no saben quiénes son ellos mismos, y dudan de los otros y les tienen miedo. Una de sus grandes bazas es el trío de jóvenes actores que dan vida a estas almas que se enfrentan a todos y a ellos mismos, Jorge Clemente, nos brinda con el personaje más terrible y sumamente complicado, perdido y amenazado en conflicto perpetúo contra la sociedad de la que se siente atacado, Emilio Palacios, el amigo que comprende e intenta salvar a su desgraciado amigo, y por último, Beatriz Medina, la chica con pintas de macho, que equilibra esta balanza diseñada para hacer daño, y hacerse daño.

 

El Visionario. El hombre que predecía la economía mundial, de Marcus Vetter

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En un momento de la película, alguien suelta la siguiente premisa: «Quién domine la economía, dominará el mundo». El experimentado realizador Marcus Vetter (Alemania, 1967), con larga trayectoria en el mundo documental nos sumerge en un fascinante y laberíntico baile de cifras, valores, mercados financieros y sobre todo, en un mundo donde nada de lo que vemos parece real, todo se mueve entre sombras y espectros, donde unos juegan y siempre ganan, y otros, nunca juegan, y cuando lo hacen, siempre pierden. Uno de esos personajes es Martin Armstrong, un economista e informático, que se convierte en el absoluto protagonista de la cinta, no se trata de una biografía al uso, sino en concentrarse en el éxito financiero que obtuvo Armstrong en los años 80, cuando diseñó un modelo de predicción basado en el número Pi, y luego el caso que lo condenó al ocaso. Armstrong ideó un modelo de gran precisión que anticipó algunas de las crisis con exactitud de reloj suizo como la Guerra del Líbano del 82 y la burbuja del índice Nikkei en diciembre del 89. Los banqueros más poderosos de Nueva York lo invitaron por todos los medios a su alcance a que formara parte de sus equipos, pero Armstrong siempre se negó. Hecho que lo condujo a una acusación de estafa y conspiración. El FBI requisó toda su documentación y se enfrentó a un delito de estafa por valor de 3000 millones de dólares. En el 2001 ingresaba en una prisión federal donde acabó pasando 11 años de su vida.

La película se detiene en el caso que hundió a Armstrong hablando con el propio protagonista, además de todos sus colaboradores y familiares, todos ellos nos ponen en antecedentes de lo ocurrido, nos desvelan detalles precisos y datos que nos llevan a pensar en una conspiración bien armada por los más poderosos para acabar con el negocio de Armstrong. La cinta arranca en el 2012, cuando Armstrong ha cumplido su condena, y asiste a realizar un seminario de economía donde vuelve a reencontrarse con todos los allegados de su equipo profesional. Luego, la cinta nos irá contando su modus operandi que utilizaba para prever las crisis y desastres financieros mundiales. Para centrarse, en el grueso de la trama, del caso que le llevó a prisión. Un caso lleno de sombras y zonas muy oscuras que implicaba al gobierno de Rusia, el FMI y uno de los bancos más poderos de Nueva York. Un caso que a día de hoy sigue sin desvelarse. Se describe minuciosamente el verdadero linchamiento al que fue sometido Armstrong, un juicio donde se le acusó injustamente con pruebas falsas, y tiempo después, cuando el Republic National Bank declaró su culpabilidad, el juez encargado del caso, quizás movido por hilos de las altas esferas, lo mantuvo en prisión. A pesar de las innumerables ofertas, primero, y luego coacciones y chantajes, Armstrong nunca desveló la clave de su modelo económico infalible. Quizás, el quid de la cuestión, que le mantuvo tantos años privado e libertad.

Un documento demoledor contra el sistema económico mundial, su modo de operar, basado en un funcionamiento ilegal fuera del alcance de la ley, donde las grandes operaciones financieras lo dominan todo, dirigen países, gobiernos y toda clase de poderes. Vetter ha realizado una obra de gran ímpetu fílmico, a modo de aquellas grandes obras de gran calado político de los 70 que dirigieron cineastas de la talla de Pollack, Pakula, Costa-Gavras… Una cinta desarrollada de forma brillante, aportando y documentando todos los datos y fuentes de primera mano, siguiendo el caso como si fuese un investigador experto, lástima que el juez y el fiscal no hayan querido participar en la realización de la película, porque quizás ellos si que tienen la clave de acceso a la información oculta que abriría las puertas que hacen falta para saber la verdad. Porque aunque el poder siempre se resista a desvelar la verdad, ésta, con el tiempo aparecerá, aunque llegados a ese momento, conoceremos todos los detalles del caso, quizás ya sea demasiado tarde, porque la frenética actualidad nos habrá sometido a otro nuevo caso sin resolver.

 

 

Corazón silencioso, de Bille August

2015_09_02_No_15-1MORIR EN FAMILIA

El cineasta danés Bille August (1948) descubrió las mieles del éxito con dos títulos que forman parte del imaginario cinéfilo de finales de los 80 y principios de los 90. Pelle en conquistador (1987), ganadora de la Palma de Oro en Cannes, el Globo de Oro y el Oscar, narraba la odisea de unos inmigrantes, y Las mejores intenciones (1992), a partir de un guión autobiográfico de Ingmar Bergman, se adentraba en un intenso y memorable drama familiar. Ahora, después de un periplo internacional, donde el director escandinavo se ha dirigido grandes producciones rodadas en inglés con resultados menos buenos de los esperados, ha vuelto a su país, y ha recuperado la esencia de aquel cine intenso e intimista, un cine de personajes, de las relaciones entre ellos, y los conflictos que los abordan.

El resultado es este intenso drama, de envoltura de pieza de cámara, como aquel teatro que defendía Brecht, o el cine de Bergman, y nos cuenta, o podríamos decir, nos susurra, en apenas tres jornadas, y con una única localización, la casa familiar, junto a un lago, que reúne durante un fin de semana, que será el último que los reúna a todos, a tres generaciones de una familia, ahora mas desunida que antes, como suele ocurrir en todas. Todos ellos, la hermana mayor, Heidi, acompañada de su marido e hijo, Sanne, la hermana menor que aparece con su novio de idas y venidas, una amiga del matrimonio, y los padres. Todos se han juntado para despedir a la madre, para pasar el último fin de semana con ella, porque la matriarca, Esther, enferma de una dolencia degenerativa ha decidido acabar con su vida. August filtra su cámara en las aristas y los pliegues que se irán resquebrajando entre los componentes de esta familia a lo largo de esos tres días. El cineasta mira a sus criaturas de forma honesta y sincera, los observa sin inmiscuirse en sus vidas, se detiene cerca de ellos, pero sin molestar, se toma el tiempo preciso y cocina a fuego lento este durísimo encuentro de verdades y mentiras que salen a la luz, y sobre todo, un retrato sobre lo efímero de la vida, donde los personajes deberán redimirse frente a ellos y al que tienen delante, despojarse de sus miedos e inseguridades, y aceptar al otro, la decisión que tendrán que entender por el bien de todos, y sobre todo, por su bien.

Una película que aborda temas complejos y difíciles donde cada uno de los personajes deberá hacerse las pertinentes preguntas para entender y aceptarse primero a él mismo, y luego comprender a una madre que sólo quiere morir como ha vivido, en paz. La cinta de August tiene muchos elementos comunes con Celebración (1998), de Thomas Vinterberg, una de las joyas del movimiento «Dogma» que se inventó Lars Von Trier, si en aquella una fiesta familiar destapa la caja de los truenos mediante reproches e insultos, debido a un padre maltratador y represor, en ésta, con que también comparte algunos intérpretes, la reunión deriva por otros derroteros, menos acusadores, pero a la postre, los hijos mantienen una posición moral parecida, deben enfrentarse a una decisión que algunos de ellos ignoraban, y otros deben aceptarla y vivir con ella. El trabajo de August dirigiendo a los actores es magistral, todos ellos, algunos tomando protagonismo sólo en breves momentos, tienen su instante de importancia dentro del conflicto familiar, entre las que destacan Paprika Steen, conocida actriz que ha trabajado en la mencionada Celebración, al lado de Von Trier y con Susanne Bier, entre otros, reconocida con la Concha de Plata a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián del 2014, por su notable interpretación de la calculadora, engreída y perfecta Heidi, que enmascara con esa apariencia una vida aburrida, monótona y tradicional, Ghita Norby, que interpreta a la madre, logra con una mirada y un gesto lo que no se puede describir con palabras, y finalmente, Danica Curcic, que compone a Sanne, esa hermana pequeña depresiva, desencajada dentro del núcleo familiar, que no logra la estabilidad emocional y que anda dando tumbos sin remedio. Un grupo humano que deberá enfrentarse a una situación en la que no sólo deberán aceptar la muerte de su madre, sino aceptarse a ellos mismos y también, a los otros componentes familiares.

Anacleto: Agente Secreto, de Javier Ruiz Caldera

poster-anacletoPARODIANDO UNA DE ESPíAS

El personaje de Anacleto ya había debutado en la gran pantalla brevemente, fue en la película El gran Vázquez (2010), de Óscar Aibar, (cinta donde se relataban las andanzas del famoso historietista, que también servía de homenaje al cine patrio de los 60). Anacleto aparecía a modo de animación interactuando con su propio creador. Ahora, llega su salto a la gran pantalla, como anteriormente dieron el gran salto otras criaturas de la Editorial Bruguera como Mortadelo y Filemón, El Capitán Trueno o Zipi y Zape, con resultados desiguales.

El responsable de esa aventura cinematográfica ha sido el director barcelonés Javier Ruiz Caldera, el joven director sigue en su cuarto título de su carrera, el camino emprendido en su debut Spanish Movie (2009), una parodia sobre cine español surgida a raíz del éxito de Scary movie, le siguió tres años después Promoción fantasma, aquí el objeto de la mofa radicaba en las cintas estadounidenses ambientadas en institutos donde los estudiantes se enfrentaban a terroríficos asesinos. La tercera incursión en este género paródico fue hace un par de años en la excelente y rabiosa 3 bodas de más, (donde se reía de esas comedias romanticonas americanas donde la chica angelical y de vida profesional triunfante fracasa constantemente en el amor). Caldera paría una agitada y buenísima comedia con patosa científica e inmadura emocionalmente que se veía envuelta en las mil y una en la caza del amor romántico. Ahora, se enfrenta en la difícil tarea de adaptar un cómic legendario en la historieta española, y creado por uno de los grandes, Manuel Vázquez Gallego (autor también de Las hermanas Gilda y La familia Cebolleta, entre otros) en el 1965 como parodia del agente James Bond 007, que en el 1962 había debutado en el cine en la película 007 contra el Dr. No, no obstante el autor se declinaba más como referencia el personaje Maxwell Smart e la serie televisiva Superagente 86. Ruiz Caldera sale airoso del envite dotando a su película de comedia clásica, hay trompazos, golpes y persecuciones al más puro slastick, y cómo no, también hay comedia, como en sus anterior films, esta vez una comedia física, de carreras, de nervios, disparos, explosiones, de constante tensión. Nos recuerda mucho a la saga de Torrente, de Santiago Segura, aunque la comparación es obvia, ya que el personaje de José Luis Torrente y sus andanzas beben y mucho del universo Bruguera y esa idiosincrásica carpetovetónica tan arraigada en nuestro ser.

La película coge la esencia del tebeo, con abundantes guiños y referencias al universo Bruguera y Vázquez: el arranque de la cinta con el desierto de Gobi, perdido en el culo del mundo, y ese inicio a lo Bond, los innumerables tics paródicos de objetos, escondrijos y demás herramientas andrajosas y fueras de tiempo, el inseparable cigarrillo, el smoking con pajarita, y esos andrajosos edificios, llenos de recortes y oficinistas caricaturizados y esa (des) organización que recorre toda la trama, sin olvidarnos de su archienemigo «El malvado Vázquez», parodia del propio creador y de esos siniestros monstruos de las películas de 007. La película se desarrolla a un ritmo vertiginoso, con una ambientación atemporal, porque por un lado tiene un look muy de los 70, con esos edificios interminables ubicados en barrios colmenas y plazas de estética cutre, y mercados a la vuelta de la esquina , y por otro, se cita a películas actuales del tipo sagas de Misión imposible y Jason Bourne. El reparto, con algunos de los habituales del director,  ajustado y definido también hace un espléndido trabajo, la elección de Imanol Arias como ese Anacleto, cansado y viejo es muy acertada, Quim Gutiérrez como hijo del antihéroe se destapa como el patito feo que da el salto sacando la bestia que lleva en su interior, Berto Romero, como amigo patoso y listillo, Carlos Areces, que raya a gran altura en la piel del malo, y no menos su grupito de secuaces que lo sigue hasta la muerte, sin olvidarnos de esa familia disfuncional y cutre que tanto conocemos todos. Quizás la película decae en algunos momentos cuando intenta aclarar ciertos elementos, porque cuando dan rienda suelta a la locura y la parodia, metiendo caña y soltando libremente el despiporre y la caspa, la cinta aumenta su energía y sus salvajadas, y sus ganas de hacer reír y divertir al personal riéndose de todo y todos, sobre todo, de si mismos, y de ese cine de espías de escuadra y cartabón que tanto se ha gustado a si mismo.