El rey de la Habana, de Agustí Villaronga

El-rey-de-la-HabanaLOS DESHEREDADOS

En Los olvidados, de Luis Buñuel ya se explicaba con extrema contundencia y realismo como las personas que sobrevivían en condicionas extremas de pobreza, se convertían en miserables sin escrúpulos. André Bazin acuño el término “el cine de la crueldad”. La última aventura cinematográfica de Agustí Villaronga (Mallorca, 1953), acoge en su armazón narrativo la línea de ese cine de agobiante crudeza que argumentaba Bazin. Un cine que continúa el sendero emprendido por el cineasta balear en sus más celebrados trabajos, su gran debut en Tras el cristal (1987), El mar (2000) o Pa negre (2010), tres películas que nos ayudan a examinar y sumergirnos en las constantes temáticas que jalonan la cinematografía de Villaronga: ambientes opresivos y enfermizos, donde los niños o jóvenes se ven inmersos en situaciones dolorosas que los hacen resistir y sufrir en escenarios muy hostiles, acompañadas de un poderío visual y actores que rezuman vida, una narración compleja plagada de contrastes, y una mezcla de géneros que van desde el drama, la comedia o incluso una mezcla de las dos. Un cine que atrapa a través de esa desazón deprimida en la que viven unos personajes que sobreviven y luchan diariamente por salir adelante, aunque raras veces lo consigan.

Después de cinco años del gran éxito de crítica y público que supuso Pa negre, incluso fue seleccionada por la Academia para representar a España en los Oscar, vuelve a adaptar a una novela, (como ya había hecho anteriormente con Blai Bonet en El mar, o con Emili Teixidor en Pa negre), esta vez el elegido fue el texto del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez, ambientada en el barrio Centro Habana, en aquella Cuba de finales de los 90. Un país sumido en la pobreza y en el desarraigo, como bien explica uno de los protagonistas al inicio de la película: «Éramos pobres en un país pobre. Lo único que nos quedaba era chingar y comer de vez en cuando». La trama se centra en tres personajes, el joven Reinaldo, provisto de una verga de considerables dimensiones, que acaba de fugarse de un correccional donde cumplía arresto injustamente por un homicidio no cometido, Magda, una joven que malvive vendiendo su cuerpo a vejestorios y a turistas junto a un primo medio delincuente, y Yunisleidy, un transexual que se gana la vida puteando con ricos extranjeros y trapicheando con droga. Estas tres almas perdidas, que vagan entre la miseria y la pobreza como almas en pena, supervivientes en un país derrotado, deshecho y abocado a la carencia más extrema. El sexo desinhibido y grotesco, como vía de escape que ayuda a engañar al hambre, la delincuencia y el engaño están a la orden del día, además de verse sometidos a la férrea vigilancia de un sistema abandonado y decadente.

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Villaronga no se amilana en mostrar la violencia más desatada y cruda, no hay buenos ni malos, sino gentes, individuos que están al acecho, que mueren matando y resisten ante los avatares y las desdichas de un entorno atroz, un caótico mundo en ruinas, sin salida, donde la única posibilidad es emigrar, salir de allí, empezar en otro lugar, en otro aire, pero para eso, se necesita dinero, que resulta escaso y extremadamente difícil de conseguir. El director mallorquín filma con dureza y desamparo, hay poco espacio para las emociones y el cariño, nos introduce en casas ruinosas, en sonrisas congeladas, polvos echados en colchones cochambrosos, paredes agrietadas, lágrimas secas, y corazones llenos de amargura. Vidas a la deriva, sin pasado y sin futuro, con un presente oscuro en frente, lleno de sombras, personajes que parecen alimañas a punto de ser succionadas por una catástrofe que las borrará de un plumazo para siempre. Villaronga conduce su película, a ratos con excesivo tremendismo, todo hay que decirlo, pero en suma un voraz y brutal viaje hacía los infiernos humanos, a las almas negras y oscuras, a esos lugares donde la única escapatoria es dañar sin que te hagan daño con el único propósito de echarse algo a la boca, aunque sea pan seco y frijoles recalentados.

 

El apóstata, de Federico Veiroj

Poster El apóstata A4EL ESPÍRITU Y LA RAZÓN

El director uruguayo Federico Veiroj (Montevideo, 1976) debutó en la gran pantalla con Acné (2008), una fábula sobre el despertar romántico de Bregman, un chaval de 13 años, que lucha contra los cambios de su cuerpo, además de soportar la descomposición familiar, y con el único deseo de besar a la chica que adora. Una teen movie muy alejada de las comedias juveniles convencionales que, planteaba ciertos temas interesantes que exploraban cambios en la mirada de acercarse a un problema clásico. Su siguiente filme, La vida útil (2010), nos hablaba de Jorge, un tipo de 45 años, que después de trabajar en la Cinemateca uruguaya durante 20 años era despedido por los problemas de la institución en la actualidad. Veiroj huía de la melancolía del amor incondicional al celuloide e indagaba de forma austera y honesta del cine como elemento activador en la nueva vida que arrancaba.

Su tercera película, El apóstata, (proyecto nacido de la experiencia real de Álvaro Ogalla, que debuta como actor, además de tener experiencia en el  cine empleado en la filmoteca y festivales), sigue el camino iniciado por las anteriores, nos vuelve a contar una fábula, un problema muy relacionado con la actualidad, donde volvemos a encontrarnos a un antihéroe que no encuentra su sitio, que huye de sí mismo, que escapa de su pasado e intenta encontrarse sin mucha suerte, un individuo infantil, o incapaz de madurar, alguien que todavía se siente perdido sin el nido familiar, alguien sin pareja estable, y sobre todo, un tipo que desea algo, una cosa que parece inalcanzable, pero no es más que un grito de esperanza y un camino que le sirva de guía para escapar de una existencia vacía que le incómoda, pero que a la vez le cuesta abandonar. Ahora, Veiroj se centra en las inquietudes huidizas de Gonzalo Tamayo, que emprende el camino de apostatar, más como un deseo de dejar su pasado familiar, lleno de imposiciones y traumas, que de convicciones claras de espiritualidad. El joven se gana la vida dando clases a Antonio, un niño que vive dos pisos más abajo que el suyo, al que le une una relación a medio camino entre amistad y fraternal. Sus relaciones con las mujeres distan de ser placenteras y tranquilas, con Maite, la madre de Antonio, existe atracción, pero nada más, y con Pilar, su prima, a la que desea sexualmente desde que eran niños, tampoco acaba de cuajar. Tamayo sigue sin aprobar la dichosa filosofía, que le impide acabar la carrera, quizás no es más que otro síntoma que le ayuda en continuar en ese estado vegetativo emocional, un lugar útil, un espacio en el que no tiene que tomar las decisiones sobre su vida y existencia. Las conversaciones con el obispo que lleva el proceso de su apostasía resultan muy interesantes en las que Gonzalo se esfuerza en rebatir al clérigo todas sus argumentaciones, aunque parece que el representante de Dios se muestra inamovible, y achaca todo al espíritu y la intratable fe. Toda esta existencia frustrada le lleva a soñar despierto con delirios fantásticos relacionados con un deseo sexual reprimido y poco explorado, que le enfrentan con su pasado y a sus miedos sobre lo que está haciendo y lo que vendrá. Una comedia a ratos absurda, existencialista, otros surrealista, y con dosis de fantasía, de realismo profundo que juega con elementos como el cinismo, la culpa, la fe o el deseo.

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Co-producida por Fernando Franco (el director de La herida) también en labores de edición, tiene en la música uno de sus puntos fuertes, con una variedad que va desde Lorca, Prokofiev, y piezas tomadas de documentales en color del NoDo en el período entre 1943-1981, e incluso se desata con el tema de la Estrella del fallecido Enrique Morente. Una luz que recorre la película, que ilumina un Madrid diferente, filmado en calles grises y apagadas, imbuidos en esa falsa poética que laboriosamente ha logrado el excelente trabajo de Arahuco Hernández Holz (en su segunda colaboración con Veiroj después La vida útil, donde realizaba un sutil trabajo en blanco y negro). Una fábula minimalista que se sumerge en las inquietudes espirituales de un joven que deambula por su vida como un funambulista sin cuerda y esperando que suceda algo que quizás no le seducirá ni le atraerá, y aún más, no le sacará de ese letargo emocional en el que se encuentra. Una cinta que respira del universo de la obra de Galdós, con sus antihéroes audaces y perdidos que pueblan su imaginario, y el cine de Buñuel y su Don Lope de Tristana, y  demás tipos que no renunciaban a sí mismos a pensar de todo lo adverso que los rodeaba, sin olvidarnos de los filmes del Saura de finales de los 60 y la década de los 70, el Luis de La prima Angélica, y los personajes ambivalentes y sin lugar que retrató el genio del cineasta aragonés, la indefensión del hombre contra el poder que veíamos en la obra de Kafka en El proceso y la imponente adaptación que realizó Welles. Referencias que demuestran la madurez de Veiroj dotándole de un sentido ético y moral que impregnan sus tres filmes, y nos ilusiona enormemente para futuros trabajos.

El desconocido, de Dani de la Torre

525950_jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxEL PRECIO DE LA CODICIA

El genio de David Lynch ya expuso de forma magistral y contundente, en buena parte de su filmografía que, bajo la apariencia de la clase acomodada, rodeada de lujo y sofisticación, se ocultaba la misma suciedad y mugre que en cualquier otro lugar. El debutante director gallego Dani de la Torre (Monforte de Lemos, 1975), con experiencia en la televisión de Galicia y reputado cortometrajista, abre su película en una mañana limpia y serena, en una de esas urbanizaciones de diseño donde los pudientes y adinerados viven en compañía de su mujer e hijos. Carlos, un director de banco de mediana edad, que parece llevar una relación distante y aguerrida con su mujer, que más tarde nos certificaran afirmativamente, coge su flamante 4×4, a sus dos hijos que llevará al colegio excepcionalmente, y se dirige a trabajar. En el camino, alguien que no se identifica, lo llamará por teléfono y le reclamará una cantidad de dinero, casi 500000 euros, si no lo hace, le explica que hará estallar las bombas que se encuentran en la parte trasera de los asientos del automóvil. De esta guisa, arranca la película, a partir de ese instante comenzará una dura batalla, vía móvil, entre el amenazado y el acosador.

De la Torre, que ha contado con un estupendo y enérgico guion de Alberto Marini (habitual guionista de Jaume Balagueró, y del género de terror), sumerge a sus personajes y su trama, a través de los ojos y el miedo de su protagonista, por las calles céntricas de A Coruña durante un día que parece no acabar. Todo sucede a un ritmo vertiginoso y febril, no hay tiempo para pensar ni detenerse, hay que conseguir ese dinero contra reloj para salvar el cuello y el de sus hijos, engañando, mintiendo y estafando a amigos y conocidos. Todo parece indicar que se va a revolver inmediatamente, que el susodicho conseguirá el dinero que se le reclama, y su vida, con todo su lujo, comodidad y apariencia volverá al lugar apacible y falso del que formaba parte. Pero la cosa no resulta así, con la aparición en escena de la mujer y el amante de ésta, según la hija, todo se complica y entra en acción la policía y los artificieros. En ese momento del filme, De la Torre nos concede una tregua, asienta sus cámaras, y desenvuelve su intriga con una plaza como escenario. La película se calma, una calma tensa, eso sí, y lo agradece, y el espectador aún más, el juego del gato y el ratón se ve interrumpido por más personajes que también quieren participar en este juego macabro que tiene la venganza como telón de fondo. Es el primer vehículo cinematográfico que coloca la estafa de las preferentes cometidas por los bancos más importantes del país en el centro de atención, la película nos introduce en la raíz del asunto, alguien que perdió lo que más quería por culpa de esa codicia desaforada que contaminó a clientes y bancos, ahora se toma la justicia por su mano, quiere arrebatar lo más preciado a quién provocó su hundimiento personal y profesional.

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Pero, todo thriller bueno que se precie, los momentos de enfriamiento, son sólo para volver a desatar la tensión trepidante en cualquier momento. Cuando todo parece llegar a su fin, la película cambia de rumbo y vuelta a correr, la persecución se desencadena hasta el fin de todo. De la Torre ha parido una cinta de suspense e intriga desaforada y brutal, no deja títere con cabeza, va a degüello, deja muy retratados a los gallitos empelados de banca. Tiene la película ese sólido y rompedor aroma del thriller de los 70, donde los Friedkin, Yates, Siegel, Pakula, Boorman, Frankenheimer, De Palma y otros, revisaron el género de forma ejemplar, mostrando todo lo podrido que emanaba del engranaje social convirtiendo las calles y ciudades en piaras fétidas y nauseabundas . Más reciente y cercana, la película de Rodrigo Cortés, Buried, también planteaba una angustiosa y oscura intriga donde un hombre metido en un ataúd, y también, con su ejecutor al otro lado de un móvil, se debatía entre la vida y la muerte. De la Torre entraría en liza de esa nueva hornada de realizadores que utilizan el thriller de forma ejemplar como Enrique Urbizu o Alberto Rodríguez. Un buen plantel de intérpretes, donde destaca de forma prodigiosa Luis Tosar como padre de familia que se ha dejado llevar por el éxito a costa de quién fuese, en el otro rincón, Javier Gutiérrez, con una composición breve, que aporta esa dosis de desesperación y locura, y la formidable aportación de Elvira Mínguez que irrumpe en la película de manera soberbia, creando uno de sus mejores registros de los que ha visto el que suscribe. Cine mayúsculo que nos devuelve el mejor thriller, el que habla de los problemas sociales a través de ejercicios de género que dejan un buen sabor de boca cinematográfico y un mal trago en lo social, porque la realidad siempre es peor que la ficción.

Taxi Teherán, de Jafar Panahi

taxi_teheran-posterHERMOSO CANTO A LA VIDA Y AL CINE

La primera imagen de la película es un plano subjetivo de una calle céntrica de Teherán a plena luz del día, una imagen parecida, pero en otro lugar, cerrará la película. En ese instante, alguien gira la cámara y nos encontramos en el interior de un taxi conducido por el cineasta Jafar Panahi. El automóvil emprende su marcha y se detiene para que suba un joven, vuelve a detenerse y entra en el vehículo una joven, los dos se enzarzan en un diálogo sobre la dureza de las penas. Desde que en marzo de 2010, Panahi fuese condenado (por asistir a una ceremonia en memoria de una joven asesinada en una manifestación que protestaba contra el régimen iraní), primero a 86 días de prisión, y finalmente, a no hacer películas, guiones, no conceder entrevistas y no salir del país, que en un inicio consistía en un arresto domiciliario, el director iraní se ha revelado ante la injusta condena haciendo lo que mejor sabe, cine,  anteponiendo su lucha y reivindicación a las dificultades añadidas por filmar en lugares cerrados y demás problemas.

Su “primera película”, en esta etapa clandestina, fue Esto no es una película (2011), que en su filmografía hacía la película 6, con la colaboración de su ayudante de dirección Mojtaba Mirtahmasb. La cinta se centraba en describir su situación de arresto en su casa y en explicar la película que le impedían hacer, su siguiente trabajo Cortina cerrada (2013), codirigido con Kambuzia Partovi, se valía de dos personajes que escapaban de la justicia y se refugiaban en una casa ante el exterior amenazante, y ahora nos llega Taxi Teherán. Panahi se vale de tres cámaras colocadas concienzudamente en lugares del taxi para así filmar la parte delantera y trasera, y el exterior. Un rodaje que apenas duró 15 días y escasos 30000 euros de presupuesto, y con la colaboración y ayuda de amigos y conocidos que algunos se interpretan así mismos, y apoyándose en un híbrido que navega entre la ficción y el documento, para adentrarse en las calles en las que el cineasta mide y toma el pulso de la sociedad iraní mediante una serie de personajes que viajan en su taxi. Se inicia con la conversación entre un ladrón y una maestra sobre las leyes durísimas que se ponen en práctica que no sirven para acabar con los delitos. Después, un vendedor de dvd que lleva películas extranjeras prohibidas en el país, más tarde, Panahi recoge a su sobrina Hana, una niña de fuerte personalidad que conversa con Panahi sobre su ejercicio de hacer un cortometraje de la realidad imperante (filma todo el trayecto con su pequeña cámara de fotos), y el director lo utiliza para recordar las duras normas para hacer cine en Irán, luego un herido que tiene que ser trasladado inmediatamente al hospital, dos mujeres de mediana edad que tienen que cumplir una promesa y desean ir a hacer una ofrenda en un monumento. Más tarde, entra en su vehículo un señor que sufrió la injusta ley, para finalizar, los acompaña la abogada Nasrin Stoudeh, que llevó el caso del propio director, que entra en el taxi con un ramo de flores rosas rojas que lleva a una joven que está en prisión, que trabaja en pro de los derechos humanos, y entabla una conversación con Panahi sobre las injusticias y la necesidad de seguir combatiéndolas, y no cesar de luchar para convertir su país en un lugar más humano y democrático.

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Panahi demuestra que sigue en plenísima forma, mirando con análisis crítico y recogiendo y analizando la situación social de Irán, las situaciones en las que viven su población, capturando la sensación de amenaza constante, de miedo y represión que se respira. Un cine combativo, indómito y alentador, que destila humanidad y visceralidad, que continúa describiendo y reflexionando sobre la situación política, social y cultural de un país acosado y mutilado por un régimen dictatorial que sigue en el poder dictando leyes implacables contra la población. Desde que debutase con El globo blanco (1995), con guión de su maestro y mentor Kiarostami, su cine, premiadísimo en los más prestigiosos festivales internacionales, se ha edificado en obras de grandísima profundidad y lirismo como El espejo, El círculo, Sangre y oro, y Offside (Fuera de juego), cine centrado en los problemas sociales, y especialmente centrado en el maltrato y la injusticia en la que viven las mujeres iraníes que se ven sometidas por los hombres y la voluntad de Dios. En el horizonte suenan el aroma de películas donde el taxi/automóvil reivindica su condición metafórica como sucedía en El sabor de las cerezas o Ten, ambas de Kiarostami, o en Taxi driver, de Scorsese, o Noche en la tierra, de Jarmusch… o el Neorrealismo de Rossellini, De Sica, Zavattini… donde se cedía la imagen y la palabra a los problemas cotidianos de las personas. Cintas donde el automóvil/calle escenificaban el pulso anímico de una sociedad en decadencia e injusta que aniquilaba la libertad e individualidad de los seres humanos. Panahi, en esta nueva etapa de su carrera, se reinventa a sí mismo y sigue en sus trece, haciendo cine porque es su oficio, y además es su forma de luchar y combatir su injusta condena, y no sólo sigue generando cine de primerísima calidad, sino que sus películas, acompañadas de los galardones que reciben (en esta ocasión el Oso de Oro en la última Berlinale) se erigen como manifiestos contra la libertad de expresión y en pro de los derechos humanos.

Una chica vuelve a casa sola de noche, de Ana Lily Amirpour

Una-chica-vuelve-a-casa-sola-de-nocheLOS AMANTES DE LA NOCHE

Noche cerrada en Bad City, una joven con chador y completamente de negro, camina lentamente por las calles desiertas. Se encuentra con un joven y se abalanza hacía él mordiéndole el cuello. La debutante Ana Lily Amirpour (Gran Bretaña, 1980), de padres iraníes, abre el telón en el campo de los largometrajes con una película atípica, a contracorriente, y muy absorbente. Nos cuenta los paseos nocturnos de una joven vampira con chador que impone justicia social asesinando a los corruptos, marginados  y deshechos de una ciudad desolada y alejada de todo, sumida en la desesperación y el caos. La joven directora define su película: “Es como si Sergio Leone y David Lynch hubiesen tenido un hijo rockero, y entonces Nosferatu hubiera venido a hacerle de canguro”. El origen de la historia nació en un corto homónimo rodado en el 2011 por la directora, y el proyecto va más allá, porque también ha saltado a la novela gráfica donde continúa el deambular de esta vampira romántica y asesina.

La directora, residente en Bakersfield (EE.UU.), encontró en Taft, a 72 km de distancia, una ciudad petrolera abandonada en el desierto de California, el escenario propicio para rodar su película. Filmada en un oscuro y prominente blanco y negro, donde abundan los contrastes y las persistentes sombras, la cámara de Amirpur penetra literalmente en los cuerpos de sus criaturas, con esos travelling que los siguen incansablemente, seguidos de primeros planos y medios, cuadros donde el tiempo se dilata e incómoda (el plano final es una buena muestra de ello, que recuerda al que cerraba Stray dogs, de Tsai Ming-liang), colocando al espectador en una situación absorbente y especulativa, intrigado por el devenir o destino final de lo que sucederá a los personajes. Amirpour apenas recurre a unos pocos personajes, la joven vampira, sin nombre, muy deudor del western, del que tanto le debe la película, el joven romántico y desesperado, asfixiado y sin rumbo, que malvive con un padre yonqui que no ha podido superar la muerte de su esposa, un niño que deambula por las calles sin saber qué hacer, un proxeneta y camello que extorsiona a sus víctimas y empleados, y finalmente, una prostituta guapa y perdida que busca que alguien la quiera. Seres sin alma, incrustados en una ciudad “mala”, un lugar sin vida, sin esperanza, sin nada. La joven directora de origen iraní se vale de pocos diálogos (y los que hay son en farsí, la lengua de Irán, y también la de los orígenes de la directora). La película se instala en miradas que sobrecogen y detalles que explican lo que las palabras no hacen, un filme envuelto con la complicidad de ese manto negro nocturno que desdibuja a unos personajes convertidos en sombras, que se difuminan entre las calles y el interior de las casas que parecen iluminarse apenas con la tímida luz de las velas. Una cinta aderezada con una música de baladas tristes, aires sinfónicos, guitarras a lo Morricone, y ritmos electrónicos, que acrecientan ese aroma triste y romántico que recorre toda la película.

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Amirpour deja evidente las múltiples referencias que conforman el andamiaje y el espíritu de su historia, desde el western crepuscular y decadente de la década de los 60, el cine de loosers que tanto gustaba a Rossen, Ray o Fuller, entre otros, que recuperaron a finales de los 70 y principios de los 80 gente como Jarmusch, Lynch, Wenders…, y el cine vampírico que ha propuesto nuevos caminos y miradas interesantes, sin olvidar ni traicionar la esencia del género como Entrevista con el vampiro (1994, Neil Jordan), y el personaje de Claudia, la niña de 12 años que interpretaba una memorable y sedienta Kirsten Dunst, The Addiction (1995, Abel Ferrara) con Lili Taylor, estudiante de filosofía que se veía consumida por unos vampiros en un Nueva York triste, desolado y gélido, o Eli, la niña vampira que conocía a Oskar, su tímido vecino de 12 años en la excepcional Déjame entrar (2008, Tomas Alfredson) ambientada en la tenebrosa y fría Estocolmo de comienzos de los 80, y finalmente Jim Jarmusch con Sólo los amantes sobreviven, de hace un par de temporadas, con esos románticos chupasangres Eve y Adam, que contaba con la maravillosa presencia Tilda Swinton, en un ruinoso y vacío Detroit, y luego en un Tánger cálido e igual de decadente, unos almas que seguían amándose en un mundo que ya no era el suyo, y parecía abocado a la autodestrucción. Amirpour se vampiriza de estos referentes y otros tantos, haciéndolos propios y convertirlos en elementos que respiran lentamente en su película, una puesta de largo que destila romanticismo, una love story de dos seres solitarios, que vagan por sus existencias sin saber que hacer ni adónde ir. Cine que nos devuelve el ímpetu de los buenos trabajos, que mezcla y fusiona géneros de diversa naturaleza, que continúan renovando el género fantástico y de terror, y sobre todo, incluyendo miradas personales y honestas y rompedoras que no sólo nos seducen y conmueven, sino que también ofrecen alternativas serias y huidizas al imperante y trasnochado género comercial que sigue en sus trece, con la idea fija e imperiosa de volatizar taquillas a base de traicionar ideas y géneros, abocándolos a otra cosa, a ideas que ya nada tiene que ver con el género, perdiendo completamente la identidad de un modo extremadamente superficial.

Jack, de Edward Berger

153557_jpg_image_scaler_0x600UN NIÑO SOLO Y DESAMPARADO.

Dos niños de corta edad vagan sin rumbo, en busca de su joven madre ausente, caminan cansados y hambrientos por las calles nocturnas de un verano que para ellos se ha vuelto frío y lleno de soledad. El cineasta Edward Berger (1970, Wolfsburgo, Alemania), de amplia experiencia en el medio televisivo como guionista en series de renombre, salta a la gran pantalla con una cinta que nos somete a la triste y durísima experiencia de Jack, un niño de 10 años que tiene que acarrear y cuidar de su hermano Manuel de 7 años, debido a las ausencias de una madre Sanna, de 26 años, que a pesar que quiere a sus hijos (nacidos de dos relaciones diferentes) está más preocupada de salir con sus amigos y saltar de novio a novio.

Berger cuece su película a fuego lento, el recorrido emocional va entrando de manera cadenciosa, sin alarmismos ni secuencias histriónicas, no hay nada de eso, todo parece surgir lentamente, contado de manera realista y dramática, sin caer en ningún momento en excesos innecesarios ni subrayados tremendistas. Jack (excelente el trabajo de miradas y gestos del niño actor debutante Ivo Pietzcker) se ve envuelto en una realidad triste que le cuesta comprender en un principio, pero poco a poco, entenderá que tanto él como su hermano se encuentran solos y desamparados, y tendrán que luchar diariamente para seguir hacía delante, para más inquietud y preocupación en su vida, Jack tendrá que soportar el acoso y la violencia física que le somete un compañero en el centro de acogida. Ante esta gélida realidad donde las emociones se vuelven aristas llenas de miedo, el niño asume un papel que no le corresponde y se revela ante una sociedad que no le escucha y además, le separa de su familia, o al menos de los seres a los que quiere.

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Berger firma el guión junto a Nele Mueller-Stöfen (que además actúa en el film como tutora en el centro de menores), un texto que se deja de detalles superfluos, y nos va digiriendo la información de manera sencilla y paciente, una película de pocos diálogos, anclada en el peso de las miradas, los gestos y ciertos detalles que nos van apaleando emocionalmente, nos colocan en medio de una sociedad no pensante, que se mueve a gran velocidad, y ha olvidado por completo el dolor ajeno y sobre todo, el desamparo y la falta de cariño de algunos padres hacía sus hijos, (unos progenitores mal llamados padres, porque se niegan a asumir su responsabilidad). La cinta de Berger nos remite a otros niños que también sufrieron la soledad y la ausencia de cariño como Edmund Kohler o Antoine Doinel, y otros más recientes como los hermanos de Nadie sabe (2004), de Hirokazu Koreeda, a los que su madre abandonaba a su suerte, o Cyril, el niño de 11 años de El niño de la bicicleta (2011), de Jean-Pierre y Luc Dardenne, que también huía del centro de menores, como hace Jack, para reunirse con un padre que no lo quería, y encontraba consuelo en una joven que se hacía cargo de él. Niños solos, niños sin amor, niños desamparados, y sobre todo, niños sin infancia, con un tiempo robado, de vidas quebradas emocionalmente, que vagan sin rumbo por un mundo que hace tiempo cambió de camino.

La Casa de la Morera, de Sara Ishaq

aaff_OCTUBRE_2015_castVOLVER A LAS RAÍCES

La cineasta Sara Ishaq, nacida en 1984 en el seno de una familia acomodada del Yemen, que a los 17 años, asfixiada e impregnada por las restricciones de su padre, decide irse a Edimburgo a vivir junto a su madre escocesa. En febrero del 2011 volvió al país donde creció para visitar a su familia yemenita, en la ciudad de Saná. Su intención era filmar aquel encuentro y las relaciones íntimas y personales que se establecían con sus familiares. El recuerdo que había dejado y cómo ahora se encontraba con una realidad totalmente distinta, su primo Waleed encarcelado por traición, y un pueblo levantado y resistente que pide a gritos, a través de multitudinarias manifestaciones, el fin del poder tirano del presidente Alí Abdullah Saeh que lleva 33 años en el poder imponiendo un régimen dictatorial y autárquico que ha arruinado a la mayoría de la población.

Ishaq se ve envuelta en las primaveras árabes, y documenta todo lo que sucede, no sólo en la calle, filmando clandestinamente, sino también como toda la situación de inestabilidad política afecta e influye a cada uno de los componentes de su familia. Su objetivo traspasa la intimidad familiar para acercarnos a cada persona, a cada ser, nos hablan de sus sentimientos, anhelos e ilusiones, debaten y discuten entre ellos ante el desolador panorama que está viviendo su país. Ishaq filma la cotidianidad envuelta y golpeada por las terribles noticias de tragedias que escupen los informativos de televisión. También, hay espacio para el diálogo donde cada uno expone sus argumentos, reflexiones y posiciones, analizando los movimientos democráticos de lucha y resistencia que han explotado y sobre todo, el futuro de todo eso, cómo se desarrollaran los acontecimientos, piden y rezan a Dios que los ayude en derrocar al dictador y comenzar otra vida. Ishaq huyó de un país patriarcal y restrictivo, que imponía a las mujeres su forma de ser y pensar, y ahora vuelve al mismo país, que continúa con el patriarcado, pero que el poder político ha arrasado entre las esperanzas y futuro de los más jóvenes.

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La mirada honesta y sincera de la directora yemení-escocesa no juzga, registra con pasión y subjetividad los acontecimientos que van aconteciendo, toma y documenta el pulso de la intimidad del hogar, con especial acercamiento a su padre, que se encuentra entre un pasado de creencias firmes y rectas, y ahora, viviendo un presente, con sus hijas que reclaman otro tipo de vidas, más libres y personales, al igual que demanda ese país que protesta y lucha en la calle con el peligro de ser detenido y encarcelado, o asesinado. Ishaq también tiene espacio para filmar a su abuelo, que representa ese pasado, donde los padres dirigían la vida de sus hijos, también a sus hermanos, que alguno de ellos, los más mayores, sueñan con un país diferente donde se viva y decida en libertad. Y también hay lugar para las mujeres, seres que viven una vida en la sombra, de obediencia y respeto al hombre. La joven directora pertenece a esa mujer árabe que ha sido educada en una cultura occidental, y centra su trabajo en hablar de las injusticias, ya sean en el interior del hogar o el exterior de las calles, se traten de lo personal o lo colectivo.

 

Encuentro con Paulo Branco

Encuentro con el productor Paulo Branco en la presentación del ciclo dedicado a su obra, «La Lisboa de Paulo Branco». El evento tuvo lugar el miércoles 10 de junio de 2015 en la Filmoteca de Cataluña.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paulo Branco por su tiempo, sabiduría y su maravillosa carrera cinematográfica, y al equipo de la Filmoteca, con su director Esteve Riambau al frente, por acogerme y tratarme con afectuosa amabilidad.

Vientos de agosto, de Gabriel Mascaro

ventos_de_agosto_posterRESISTIENDO EN EL PARAÍSO

“Aquí, los que mueren, no van ni al cielo ni al infierno. Aquí van al mar.”

El cineasta Joris Ivens filmó dos películas sobre el viento, Pour le mistral (1965), en el sudeste francés, y A tale of the wind (1988), en China. En las dos se ponía de manifiesto la imposibilidad de filmarlo, aunque a pesar de los elementos adversos con los que tenía que lidiar, el excepcional director afirmaba que “Filmar lo imposible es lo mejor en la vida”. El joven cineasta brasileño Gabriel Mascaro (Recife, Brasil, 1983) curtido en el campo documental y en las artes plásticas, debuta en el terreno de la ficción, aunque hay que decir que la película navega por el terreno documental y ficción instintivamente, y mezclándolos de manera natural.

La cinta nos sitúa en una pequeña aldea costera del nordeste de Brasil en pleno mes de agosto, el mes de las mareas altas y los fuertes vientos alisios en la Zona de Convergencia Intertropical. En ese medio, dos jóvenes enamorados Shirley (interpretada por Dandara de Morais, la única actriz profesional de la película) y Jeison, que subsisten en la recolección de cocos y la pesca del pulpo y langosta. Ella, ha dejado la ciudad por orden materna para cuidar de su abuela anciana, pero continúa manteniendo sus rasgos urbanos, escucha música rock y sueña con ser tatuadora. Él, en cambio, se siente algo perdido y dominado por un padre enfermo que le condiciona su vida. La llegada a la aldea de un hombre de la ciudad que viene a medir el viento, a escuchar su rugido y registrarlo, (interpretado por el propio director, que nos recuerda al ingeniero de sonido de Lisbon Story, de Wim Wenders), ocasiona algo de revuelo entre las gentes, entra en contacto con el Jeison que le muestra los asombrosos accidentes del mar como su respiración. Pero, unos días más tarde, Jeison en una de sus inmersiones de buceo, encuentra un cadáver y se lo lleva a su casa.

Ventos de agosto

Mascaro nos sumerge en un microcosmos que sufre las consecuencias desmedidas de la invasión inmobiliaria de los años 70 con el boom de la segunda residencia, hechos que han provocado la destrucción del ecosistema de muchos lugares, obligando a los lugareños a irse a otros lugares. Ahora, el calentamiento global, añade más sangre a ese mundo salvaje donde la naturaleza sigue rugiendo con fuerza y con gran violencia desatada. Un lugar donde los cementerios y las casas son engullidos por el mar, paraísos naturales que resisten a duras penas en un mundo más globalizado y vacío de humanidad. El director brasileño cuenta en apenas 73 minutos, y utilizando pocos diálogos, la vida y la muerte, la memoria, y la permanencia de las cosas, y filma lo imposible, la fiereza de ese viento y las tempestades que provoca, una forma que nos remite al cine de Naomi Kawase, y su película Aguas tranquilas, con la que tendría muchos signos en común. Una obra valiente y filmada con energía, y con la necesaria distancia, (detalle muy cuidado), que filma de forma poética unos cuerpos azotados por el viento y los accidentes atmosféricos, de extraordinaria e hipnótica belleza y plasticidad, filmando una cotidianidad cercana y cómplice que nos atrapa e invade de forma precisa y natural, que también puede verse como un estudio antropológico que investiga una forma de vida y de relación con la madre naturaleza y el entorno. Una película que nos invita a cerrar los ojos y seguir soñando, descubrirnos hacía nuestro interior, y a mirar ese mar que se lo traga todo, que nada ni nadie puede detener, y escuchar el viento que nos atrapa y nos consume.

Entrevista a Silvia Rey

Entrevista a Silvia Rey, directora de «Dios Sabe». El encuentro tuvo lugar el jueves 28 de mayo de 2015, en la plaza del CCCB de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Silvia Rey, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Marta Bassols, (organizadora del ciclo «Sé de un lugar»),  por su cariño y amistad, al Cine Maldà, por facilitar su espacio para mostrar un cine reflexivo, a contracorriente, y excelente, y al joven amable que tuvo la delicadeza de tomar la fotografía que ilustra la publicación.