Los consejos de Alice, de Nicolas Pariser

LYON, EL ALCALDE Y LA FILÓSOFA.

“La razón nos engaña a menudo, la conciencia nunca”

Jean-Jacques Rousseau

La política es un universo complejo, porque en muchos ocasiones se convierte en todo lo contrario a su verdadera naturaleza, que no es otra que la de ayudar a la vida de los ciudadanos, proponiendo y ejecutando soluciones a los problemas que vayan surgiendo, desgraciadamente, la política viene a ser un lugar donde muchos encuentran un espacio para hacer sus negocios personales, y sobre todo, hacer creer a los ciudadanos que todo esos intereses benefician al bien social y común. La segunda película de Nicolas Parisier (París, Francia, 1974) nos habla de política, pero no solo de eso, un tema que ya exploró en La République (2010) un mediometraje de 36 minutos enfocado en un joven parlamentario que conoce la noticia de la muerte del presidente. En su puesta de largo El gran juego (2015) explora las vicisitudes de un escritor en crisis que recibía la misteriosa visita de alguien que le trasladaba a su pasado.

En Los consejos de Alice coloca el foco en dos personas aparentemente muy diferentes. Por un lado, tenemos a Alice, un joven filósofa que viene de trabajar como profesora en el extranjero, acepta un curioso y peculiar trabajo que consiste en proponer ideas al alcalde socialista de la ciudad de Lyon, la otra persona que se ha quedado sin ideas. Parisier se centra en la relación que se va construyendo entre dos personalidades tan distintas, desarrolladas en campos tan alejados, en ese enfrentamiento-relación entre las ideas y el pensamiento de la filosofía, o los hechos y la superficialidad de los entresijos políticos. El teórico enfrentamiento devendrá en algo más estrecho y cercano entre Alice y Paul, el alcalde, porque si hay algo que los relaciona y mucho, son sus estados de ánimo, dos personajes encerrados en sus vidas, en sí mismo, bastante frustrados por su trabajo y perdidos en su existencia, que consideran monótona y aburrida. El director francés construye su película con abundantes diálogos, quizás sea la palabra y compartir lo que se cuece en nuestro interior, es el mejor antídoto, aunque también va tejiendo la relación que va acercando tanto a la joven filósofa como al veterano alcalde, que no solamente les une la soledad de sus vidas, sino también, el absoluto desconocimiento sobre qué camino tomar para cambiar ese destino.

Los 105 minutos del metraje se ven con ritmo e inmediatez, como no podía ser de otro modo, donde la política pegada a esa actualidad que siempre hace tarde, encadenada a los múltiples acontecimientos, no solo los propios de las circunstancias del ayuntamiento, sino de lo interno del partido socialista, en una combinación que se fusiona, se mezcla y también, se contamina. Pariser combina con acierto y brillantez todos esos elementos, tomándose su tiempo para contárnoslo, debido a la complejidad que se desarrolla en el ámbito de la política local,  llevándonos de un personaje y de un tema a otro con soltura y agilidad, sin caer en ningún instante en la monotonía ni nada por el estilo, sino creando ese espacio del drama ligero e inteligente, con estupendos diálogos y situaciones complejas, donde esa aparentemente cercanía inmediatez oculta un trasfondo humano, donde la política y la filosofía dejan espacio a las emociones y sentimientos que estos dos seres esconden a los demás, y lo que es más preocupante, a sí mismos.

Viendo la película nos viene a la memoria El árbol, el alcalde y la mediateca (1993) otro cuento moral sobre la política, curiosamente protagonizado por Fabrice Luchini, donde un complejo deportivo, en Los consejos de Alice  se trata de una megalópolis disparatada diseñada por un rico caprichoso, generaba controversia entre el alcalde y los habitantes que se negaban. La propuesta del cineasta francés de mezclar política con filosofía podría parecer en un primer instante demasiado ambiciosa, pero el resultado dice lo contrario, su propuesta resulta interesante en la que teje con crítica y soltura un película-retrato sobre las interioridades de la política local, los personajes que pululan, como esa feroz crítica a esos profesionales de la comunicación, o al menos eso pretenden, más interesados en datos y en eslóganes, que en construir una verdadera imagen cercana del alcalde, donde el ciudadano lo vea como su representante no como su enemigo, donde escuchamos a Wagner, leemos a filósofos como Rousseau y su inmortal “Ensoñaciones del paseante solitario”, Ernst Bloch, o Bartleby, el escribiente, de Melville.

Una película inteligente, audaz y estupenda, que tiene en su pareja protagonista otro de sus grandes alicientes, con el reposado, soberbio y elegante pose de un Fabrice Luchini, que a sus 69 años, sigue siendo uno de los grandes de la interpretación, con esa inmensa capacidad de hacernos creer su personaje con leves detalles o una fugaz mirada, dando vida a Paul Theraneau, ese alcalde socialista que tiene demasiadas batallas de frente, la de gobernar la ville de Lyon, la interna de su partido de cara a liderarlo, y la más difícil, la suya propia, en la que desconoce las herramientas a necesitar. A su lado, la joven filósofa, la joven intelectual, interpretada por una maravillosa Anaïs Demoustier, convertida ya en una grande, siendo esa Alice Heimann, una especie de intrusa en un mundo, el de la política tan diferente al suya, en una lucha encarnizada entre las ideas y el pensamiento, donde el tiempo y la paciencia son indispensables, contra la política, ese universo de la radiante actualidad, donde todo es inmediato, donde no hay tiempo para nada, donde cada día cuenta, en cada segundo te la estás jugando, cualquier leve error se paga con el escarnio y olvido. Entre esos dos trenes a punto de chocar, surge la íntima y emocionante relación entre dos seres solitarios, decepcionados del amor y la vida, perdidos y a la deriva, que quizás encuentren esa tabla que les ayuda a salvarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

El juez, de Christian Vincent

EL_JUEZ_CARTEL_A42SENTIR TU MIRADA.

Michel Racine es el temido y respetado presidente del Tribunal de lo penal, en cambio en su casa, su mujer (con la que está en trámites de divorcio) lo menosprecia e ignora. A Racine se le conoce en el Palacio de Justicia por el magistrado de dos cifras, porque sus condenas siempre pasan de 10 años. Ahora, se enfrenta a un caso de muerte de un bebé de escasos meses en manos de su padre. Mientras se elige al jurado popular que juzgará el caso, una de los miembros elegida, una mujer atractiva y elegante, conoció a Racine en el pasado.

La nueva película de Christian Vincent (1955, París) después de la comedia La cocinera del presidente (2012), no sitúa en una pequeña localidad de provincias del norte, Saint-Omer (que nos recuerda a los lugares provincianos y herméticos tan apreciados por la mirada de Chabrol) y en el transcurso de un juicio. El cineasta francés construye su película a través de dos personajes, el presidente Racine y Ditte, la miembro del jurado. Una relación basada en miradas íntimas y cercanas, en gestos torpes, y movimientos inquietos. Vincent se centra en los pocos días que durará el juicio, un juicio con tono naturalista y sincero, muy alejado de otras miradas más esteticistas e irrealistas del desarrollo de un juicio, buscando lo morboso y espectacular. Escuchamos a todos los implicados exponer sus argumentos y explicaciones, el juez que actúa de manera sobria y seria, los diferentes testigos que en ocasiones les cuesta responder, las intervenciones del fiscal y los abogados defensores, y alguna pregunta de los miembros del jurado. Mientras, Vincent, a través de un guión ajustado y elegante, lleno de matices y sugerencias, en la que mezcla la seriedad del juicio con la distensión de las charlas en las cafeterías, llenas de diálogos ocurrentes y sutiles, nos va introduciendo la relación que mantuvieron en el pasado sus dos protagonistas, y cómo va creciendo en ellos una bella, maravillosa y sutil historia de amor.

"L'Hermine" de Christian Vincent

El director francés nos habla de personas reales, personas que podríamos encontrarnos en cualquier lugar, gentes como nosotros, con posturas diferentes en torno a las relaciones de doctor y paciente, a personas que mantienen luchas internas con lo que sienten. La excelente pareja protagonista consigue conmovernos de manera sencilla, entender a sus personajes, envolvernos con paciencia y sutilidad, y dejarnos llevar por lo que está ocurriendo en sus interiores. Dos actores en estado de gracias, por un lado, el eficaz y emocionante trabajo de Fabrice Luchine (maravilloso intérprete de muchas películas de Rohmer) interpretando al oscuro y malhumorado Racine, que encima arrastra un tremendo catarro, que vuelve a trabajar con Vincent después de 25 años cuando hizo La discreta (debut del director). Y por otro lado, la belleza y elegancia de Sidse Babett Knudsen (la actriz danesa protagonista de la serie política Borgen), en su primer trabajo en francés, realiza una composición brutal de un personaje que está feliz con su vida, y se erige como lo contrario a Racine. Dos miradas, dos mundos, un pasado que los une, dos sentimientos, y todo ello en mitad de un juicio. Un película que se ve con naturalidad a través de las miradas y los silencios que se dedican los protagonistas, una historia sencilla, emocionante y que atrapa desde el primer encuentro que tienen, como suele suceder con el amor, que llega sin que nos demos cuenta.