1917, de Sam Mendes

UN PASEO POR EL INFIERNO.

“Descubrir un sistema para evitar la guerra es una necesidad vital para nuestra civilización; pero ningún sistema tiene posibilidades de funcionar mientras los hombres sean tan desdichados que el exterminio mutuo les parezca menos terrible que afrontar continuamente la luz del día”

Bertrand Russell

El interior de la guerra ya había sido tratado por Sam Mendes (Reading, Berkshire, Inglaterra, 1 de agosto de 1965) en Jarhead (2005) en la que ponía el foco en un grupo de soldados estadounidenses destinados en la guerra del golfo que, mientras esperan entrar en combate, mataban el tiempo jugando, confraternizando y esperando. Después de dos películas dedicadas a James Bond, como fueron Skyfall (2012) y Spectre (2015) elogiadas por la crítica, el director británico vuelve a posar su mirada en la guerra, yéndose esta vez a la “Gran Guerra”, la primera Guerra Mundial, donde nuevamente apenas si vemos al enemigo, pero al contrario que en su anterior incursión en el bélico, esta vez sus soldados si entran en el interior de la guerra, en su parte más cruda y desgarradora.

La película arranca un día de la primavera de 1917, cuando dos jóvenes soldados británicos, Schofield y Blake, reciben una misión completamente suicida, a contrarreloj, en que el tiempo es otro enemigo, en la que deberán adentrarse en territorio enemigo para entregar un mensaje crucial para salvar la vida de cientos de soldados, entre los que se encuentran el hermano mayor de Blake. Si bien, el conflicto que plantea la película se convierte en una mera excusa con el que nos adentraremos a través de estos dos soldados en el horror y la miseria de la guerra. Mendes construye una película de acción pura y dura, donde los soldados, en su largo caminar, recorren unos cuántos kilómetros, en los que atravesaremos larguísimas trincheras que parecen no tener fin, pueblos en ruinas y la sensación de que en cualquier momento algo terrible va a suceder, lugares en que el director británico adapta ese movimiento a un plano secuencia que sigue impertérrito a sus personajes, vayan donde vayan y crucen por donde crucen, en un magnífico trabajo técnico que sigue sin descanso lo que va sucediendo, en ese largo día donde se acota la película, donde seguiremos sin respiro las caminatas y desencuentros de los dos soldados protagonistas.

La película nos muestra lo colectivo y lo íntimo de la guerra, todo aquello que quedará reflejado en los libros de historia, cuando se reconquistó aquel lugar o aquel otro, pero también se detiene en la intimidad de los personajes, en todo aquello que son, de dónde vienen, que familias o amigos dejaron en sus hogares, y que ilusiones o sueños albergan cuando todo ese infierno finalice. La cinta combina con audacia y detalle los momentos bélicos, desgarradores y siniestros, con esa humanidad que va escapándose como la amistad y la fraternidad entre los soldados, la esperanza que saca fuerzas donde ya no las hay, algún leve resquicio de amor, alguna canción escuchada en hermandad o la vida que nace entre tanta oscuridad. Mendes escribe un guión junto a Kristy Wilson-Caims (que conocemos por la serie Penny Deadful) que recuerda a aquella misión donde el Capitán Willard tenía que cruzar campo enemigo en la guerra del Vietnam para dar con el Coronel Kurtz en la inmensa Apocalypse Now, de Coppola, estructura parecida a 1917, que nos habla de rostros y cuerpos, y sobre todo, nos hace una descripción detallada de la supervivencia en la guerra, de todo aquello que hacen estos soldados para seguir con vida y cumplir la misión que se les ha encomendado, en este viaje por el infierno, donde sabemos cuando comienza pero no como acaba.

Los 119 minutos del metraje pasan a un ritmo trepidante, en su tensión y atmósfera recuerda sobremanera a Dunkerke, la película de Nolan, ambientada en la famosa batalla de la Segunda Guerra Mundial, donde nos desplazábamos por ese universo del horror donde en cualquier instante podríamos perder la vida, donde cada segundo contaba, en el que la vida y la muerte parecían la misma cosa, en la que también se fusionaba a la perfección lo colectivo con lo individual. Mendes se reúne con algunos de sus colaboradores más estrechos en su carrera como Roger Deakins en la cinematografía (habitual de los Coen o Villeneuve) haciendo alarde de su grandísima maestría a la hora de elaborar una película desde ese brutal plano secuencia que no solo resulta el elemento indispensable para contar este relato de movimiento y paisaje, sino su capacidad para ir generando la tensión y el horror que la historia reclama. En el montaje, también fundamental, encontramos a Lee Smith, uno de los grandes en la materia y habitual de Mendes, así como de Nolan o Weir, y la brillantez de la música de Thomas Newman, con más de 100 títulos a sus espaldas, llenando esa pantalla desde lo grandioso a lo íntimo.

Mendes convoca a dos rostros jóvenes para el dúo protagonista como George Mackay que interpreta al Cabo Schofield (visto en películas como Captain Fantastic o El secreto de Marrowbone, entre otras) y Dean-Charles Chapman como el Cabo Blake (uno de los intérpretes de la exitosa serie Juego de Tronos) y actores más experimentados en roles más breves pero intensos como el actor irlandés Andrew Scott que ya estuvo con Mendes en Spectre, Benedict Cumberbatch y Colin Firth. 1917 devuelve al gran cine a Sam Mendes, aquel que nos deleitó con títulos como American Beauty, con la que debutó, Camino a la perdición o Revolutionary Road, un hombre que compagina con acierto una carrera de cine, teatro y televisión, convirtiendo el octavo trabajo de su cinematografía en uno de los grandes títulos bélicos de la historia y sobre todo, los dedicados a la Primera Guerra Mundial como El gran desfile, Sin novedad en el frente, Adiós a las armas, Las cruces de madera, Senderos de gloria, Gallipoli o Capitán Conan, por citar algunas, todas ellas grandes películas que explican la crudeza y el horror de la guerra, lugar donde no hay ni épica ni ningún tipo de glorificación ni nada por el estilo, solo una realidad atroz y sangrienta que siega la vida de tantos jóvenes, jóvenes que encuentran hambre, suciedad, fatiga, barro, miedo, dolor, tristeza y muerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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