Los perros, de Marcela Said

LOS VERDUGOS NUNCA MUEREN.

“No quiero recibir más órdenes”

Una de las primeras imágenes que nos asaltan de la película que, a la postre, se convertirá en epicentro del relato, una reseña metafórica del devenir de los hechos que veremos a continuación. A saber, un vecino, visiblemente enfadado, que lleva un perro común en brazos, llega frente a Mariana, una de las protagonistas, y le advierte que, es la última vez que su perro entra en su propiedad. Los dos se enzarzan en una discusión que no pasa a mayores. Quizás, lo que en primera instancia parece un altercado más entre vecinos, es algo más, algo que tiene que ver con la relación de los personajes, y aún podríamos decir más, algo que tiene que ver entre el pasado reciente del país, entre esa impunidad inmerecida con la que se jacta la clase dirigente. Aquí, el can viene a ser ese animal indefenso y dócil que utilizan los de arriba en su propio beneficio. El segundo largometraje de Marcela Said (Santiago de Chile, Chile, 1972) después de un buen puñado de documentales, donde hablaba de forma realista y contundente sobre los males de la dictadura, y arrancar con su debut en la ficción con El verano de los peces voladores (2013) en el que a través de los ojos de Manea, una adolescente curiosa, construía una metáfora sobre las artimañas de los poderosos para solucionar sus conflictos.

En Los perros, nos encontramos con Mariana, una mujer de clase acomodada que pasa su tiempo entre su trabajo en una galería de arte y sus clases de equitación, se mueve en ese ambiente de la burguesía chilena, con un padre anciano y déspota, un marido abogado engreído, y más adelante, aparecerán un policía ilegal, y Juan, su profesor de equitación, con un pasado oscuro, siendo uno de los responsables de un centro de detención durante la dictadura. La directora chilena nos somete a un paisaje burgués, donde nos paseamos por ambientes sofisticados y elitistas, grandes casas en las afueras, donde no falta ningún detalle, clubs de hípica, en el que los niños y niñas ricas se la pasan montando a caballito, y empresas y comidas donde se reparten el dinero y el mundo los más pudientes. Un paisaje que entra en contradicción constantemente, porque el ambiente materialista y de buenas costumbres, esconde un pasado lleno de argucias y violencia de estado, donde todos los que pudieron, y cada uno de ellos, aprovechó la dictadura de Pinochet, para enriquecerse y convertir el país en una economía neoliberal donde unos pocos, elegidos, siguen amasando fortunas y el resto, la gran mayoría, sigue sufriendo esos desmanes sociales y económicos.

La película coloca el foco en los herederos, los hijos de la burguesía, que se han construido un espacio de bienestar, sin importar la procedencia de esas sumas de dinero ganadas ilícitamente. Said convierte su relato en una atmósfera agobiante y muy asfixiante, donde la tensión camina junto a sus personajes, seres contradictorios, complejos, y difíciles de entender, que son capaces de las acciones más viles y canallas, pero también, llenos de dulzura y amor. El paisaje perturbador y lleno de silencios incómodos y pasados enterrados, lleva a Mariana a enfrentarse a sus propios miedos e inseguridades, en un camino lleno de conflictos interiores que, metida en la fascinación y la repulsa que le da el pasado de su profesor, se adentra en un espacio asfixiante, en el que desafiará sus propios límites y los del resto de su familia, en un intento devastador y amargo por conocer la verdad, y a la vez sentirse fuertemente atraída por el autor de ese mal.

La extraordinaria interpretación de la actriz Antonia Zegers (vista en muchas películas de Pablo Larraín y de Matías Bize) convertida en el auténtico motor de la película, que sufre ese ambiente machista y gallito, con ese caminar espectral, reflejo del alma perturbada e inquieta de su existencia (acompañada de esa luz naturalista obra de George Lechaptois, con esa cámara en mano, inquieta y nerviosa, que la sigue como incrustada en su alma) donde su vida y familia tienen muchas cosas que contar y también, que esconder, por ocultar la verdad, y las acciones durante los tiempos de la dictadura que los podrían llevar a la cárcel indefinidamente. Bien acompañado por otro astro de la interpretación en Chile como Alfredo Castro dando vida a Juan, profesor ahora, y Coronel de la DINA (policía secreta militar) en tiempos de Pinochet, componiendo un personaje muy oscuro y perturbador, que calla más que habla, porque en según qué cuestiones le conviene y mucho, pero también, alguien cercano, humano y amable. En esas contradicciones y espejos transformantes, se mueve la película de Said, donde en algunos momentos parece que estemos en una aventura burguesa de Antonioni, y en otros, en uno de esos thrillers negrísimos de Lynch.

Una película que invita a reflexionar, a adentrarse en una anti heroína, que resulta compleja, frágil y obsesionada por un hombre que la trata diferente, que la escucha y la entiende, muy lejos de lo que tiene en su casa, aunque ese hombre sea alguien con la conciencia manchada de sangre, en una cinta interesante e imprevisible, convertida en una suerte de thriller político íntimo y familiar, en el que las causas y los efectos de la trama hay que encontrarlos en las personas que te rodean, en esas personas que se suponen que te quieren, aunque, siempre ocurre que todos y cada uno de nosotros, tiene algo que esconder, algo turbio y monstruoso que dejó atrás, porque le convino y además, le llevó a estar a donde está, a disfrutar de todas las comodidades que tiene en su vida, en una película que nos habla del peso del pasado, de la violencia de estado, de hacer justicia de los males de las dictaduras, de los estados que nacen y, desgraciadamente, arrastran los males antiguos, de la herencia de tus padres, y las relaciones con los más allegados cuando sabes que tú, también formas parte de la infamia, la violencia y la sangre derramada por tantos inocentes.

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