The Rider, de Chloé Zhao

BUSCANDO TU CAMINO.

“Si este mundo es para los que ganan. ¿Qué queda para los que pierden? Alguien tiene que sujetar los caballos”. (Diálogo de la película Junior Bonner)

Brady Jandreau tiene 20 años y era una prometedora figura de los rodeos montando a caballos salvajes. Aunque, esos días de gloria han pasado a mejor vida. Ahora, Bady tiene que asumir su propia vida, ya que se recupera de un accidente sufrido en uno de los rodeos, que le ha provocado una durísima lesión cerebral que le ha afectado a otras partes de su cuerpo. Brady sólo sueña con seguir montando a sus caballos en los rodeos, pero tendrá que asumir su propia condición y en seguir con su vida a pesar de todo. La segunda película de Chloé Zhao (Pekín, China, 1982) se centra en una experiencia real, la del joven Brady y su entorno, la de esa América profunda que vive alejada del mundanal ruido, entre caballos salvajes, llanuras silenciosas y atardeceres solemnes, en el que todas las vidas están relacionadas con los caballos y los torneos de rodeos, donde los sueños, las esperanzas y los miedos se mezclan en una tradición ancestral que nace en los primeros colones de esas tierras rojizas y duras.

Durante la filmación de su primera película Songs My Brothers Taught me (2015) filmada en la reserva india Pine Ridge, en Dakota del Sur, Zhao conoció a los sioux Oglala Lakota (que se traduciría como los vaqueros indios) que viven y trabajan con caballos salvajes y sueñan con ser figuras del rodeo. Uno de esos chicos es Brady Jandreau y después de conocer los pormenores de su grave accidente y su habilidad para la doma de caballos, la directora enfocó su siguiente trabajo en contar su experiencia y su nueva vida. La directora chica-estadounidense nos habla de loosers (perdedores) pero no lo hace desde un prisma vacuo o superficial, sino desde las entrañas (como bien muestra su crudeza en el arranque cuando Brady, frente a un espejo, nos muestra sus heridas) y también, desde lo poético, filmando a su personaje y su entorno desde la intimidad, desde esos silencios que abruman esa tierra difícil de trabajar y de vivir.

Una película sobre la amistad y el compañerismo, como esos momentos donde Brady y sus colegas recuerdan sus hazañas, esas que no todos podrán vivir alguna vez y otros volverán a sentir (mientras un atardecer rojizo los va oscureciendo) filmando esa luz que los baña oscureciendo unos rostros de sueños rotos y esperanzas en el aire (obra del cinematógrafo Joshua James Richards, que vuelve a colaborar con Zhao) a través de ese tiempo detenido   que es ahora la vida de Brady (con esas visitas a su amigo Lane, que un accidente en el rodeo lo ha dejado en estado vegetativo) cuando los dos jóvenes sueñan con esos tiempos donde la luz brillaba con fuerza y el público los adoraba, ahora ya no hay nada de eso, ahora la vida sigue, pero pro otros caminos, unos caminos que deberán a hacer suyos, y sobre todo, adaptarse a que la vida ya es otra cosa. Zhao nos habla de sinceridad, adoptando un realismo que en ocasiones mata de lo sincero y terrible que llega a ser, donde no ha medias tintas, en un mundo feroz y salvaje, en el que humanos y bestias se relacionan de manera extrema, donde el amor y el odio se funden y confunden creando relaciones de fuerte cariño, pero también, de extrema crueldad, donde los animales son sacrificados si se hieren, pero los humanos siguen viviendo aunque estén heridos y no puedan seguir trabajando para su sueño.

Brady aunque le cueste aceptar su nueva vida y siga pretendiendo volver a los rodeos, a pesar de la negativa de su padre y hermana, una hermana que padece el síndrome de Asperger, pero tiene esos momentos emocionales con ese hermano al que adora, y la ausencia de su madre fallecida (con esa visita a su tumba, momento que recuerda al cine de Ford, donde los tipos duros también añoraban a los ausentes que les llevaban a otros tiempos con más luz). La narrativa de Zhao recoge ese aroma de los grandes títulos del western de perdedores, en el que el cine de Peckinpah estaría a la cabeza, con Junior Bonner, título emblemático ambientado en el mundo del rodeo, donde un tipo errante vuelve a su hogar, pero se encontrará una familia dividida y un tiempo que ya no le pertenece, como le ocurría a Jeff Mc Cloud (que interpretaba Robert Mitchum) que un accidente en el rodeo lo incapacita y vuelve a casa, y tiene que afrontar su nueva vida como entrenador de aspirantes al rodeo, en la estupenda The Lusty Men, de Nicholas Ray, o Unforgiven, de Clint Eastwood, buena parte de su cine, en el que retrata a esos hombres a vueltas de todo, donde su tiempo, cuando todo parecía brillar, se terminó y ahora tienen que afrontar el reto de vivir sin más, con otras ilusiones y sueños.

Zhao ha construido una película sencilla y honesta, donde a través de un documento anclado a la realidad, más propio del cine documental, ha creado un relato grandioso sobre los vaqueros actuales, su modo de vida y que se cuece en sus entrañas, que sigue la estela de los grandes western crepusculares, donde veíamos las aristas y sueños rotos de tantos aspirantes a la gloria que por algún motivo, quedaron en el camino, y ahora deben volver a levantarse y encontrar su camino y lugar en el mundo, esos tipos invisibles, sobre todo aquello que quedó truncado, roto en sí mismos, en un fidelísimo y sobrio film sobre esa América que nunca sale en los informativos, a no ser que sea por algún caso violento o cosas parecidas, esa América que vive en el campo, trabajando sus sueños a golpe de rabia y miseria, donde nunca hay tiempo de revolverse, porque la esperanza y los sueños se sujetan por hilos muy finos y frágiles, donde cualquier brizna de viento y mala suerte, puede acabar con ellos de un plumazo.

La novia del desierto, de Cecilia Atán y Valeria Pivato

LAS PIEDRAS EN EL CAMINO.

“Solo nos encontraremos a nosotros mismos cruzando el desierto”.

Erase una vez una mujer que atendía al nombre de Teresa Godoy, que pasaba del medio siglo. Un día, en la casa donde servía hacía más de 30 años, le comunicaron que la vendían y su destino sería otra casa, a más de 1000 kilómetros. Teresa, muy a pesar suyo, cogió el autobús y se dirigió a su nuevo hogar. En un lugar del camino, el transporte se averió, y tuvo que pararse en un pueblito, conocido como el de la tierra de la milagrosa “Santa Correa”, donde según se cuenta una señora pereció cruzando el desierto y su bebé se alimentó del pecho de la fallecida. En ese lugar, donde tantos acuden a pedirle a la santa, Teresa se olvida su bolsa de equipaje, sus únicas pertenencias, más concretamente en la camioneta de un vendedor ambulante al que todos conocen por “El Gringo”. Y ahí, justo en ese instante, donde Teresa, sola y desamparada, comienza su verdadero viaje, un viaje con destino a sí misma, un viaje que la llevará a conocer lo más profundo de su ser.

La puesta de largo de Cecilia Atán (Buenos Aires, Argentina, 1978) y Valeria Pivato (Buenos Aires, 1973) fogueadas en equipos de dirección de cineastas de tanto prestigio como Pablo Trapero, Juan José Campanella, Christopher Hampton o Juan Solanas, entre otros, donde aprendieron el oficio de contar historias y a resolver mil y un problemas. Las cineastas argentinas nos cuentan su película a través de saltos en el tiempo, en concreto, dos tiempos, el presente, donde Teresa se ve parada en el pueblito de la Santa, y luego, los últimos días en la casa de los señores, dos lugares donde se describe el interior de Teresa, la casa de Buenos Aires, donde Teresa domina cada espacio, donde ha hecho su vida y donde se siente una más, su espacio de seguridad, en cambio, el desierto y ese pueblito, se convierten en ese espacio de incertidumbre, de soledad, de perdida, de no saber qué ocurrirá, de sentirse sola y sin saber adónde ir. El olvido de su bolso, que la llevará a conocer al Gringo, ese vendedor ambulante curtido en mil guerras, simpático y bonachón, que le despertará de su letargo vital y de sus miedos, y la llevará a un autoconocimiento inesperado, como algo caído del cielo, algo bienvenido que le abrirá puertas que jamás hubiera conocido de haber continuado en la casa de Buenos Aires.

Atán y Pivato nos cuentan esta fábula de seres solitarios a fuego lento, describiendo cada detalle, sin prisas, saboreando cada haz de luz, cada espacio, por mínimo y sencillo que sea, recuperando el sabor del western, con sus pueblos apartados, sus gentes sencillas, donde una puesta de sol o un atardecer se convierten en instantes sin tiempo ni lugar, donde dos almas solitarias se encuentran en mitad de la nada, por casualidad, sin haberlo previsto ni preparado, como suceden las mejores cosas de la vida, sin nada y sin tiempo, sólo con la actitud de caminar y dejarse llevar por sus pasos. Contemplar el horizonte subidos a una pequeña colina, departir con unos amigos mientras se cena entre risas y recuerdos en mitad de un cielo estrellado, deambular en el auto caravana por carreteras sin más compañía que ellos mismos, o dejarse caer por casas sencillas donde habitan algún amigo que nos muestra la vida corrida o aquellos instantes donde éramos otros.

La magnífica luz de Sergio Armstrong (habitual del cine de Pablo Larraín) que baña con colores cálidos e íntimos esta pequeña odisea de Teresa y su compañero accidental Gringo, dos almas en mitad del camino, dos seres en la madurez a vueltas de todo, dos criaturas con su batalla de por medio, dos caminantes en un camino por descubrir, por emprender, por transitar, porque cualquier día puede ser ese día, ese momento donde todo empieza a ser diferentes sin saber porqué motivo, donde las cosas cotidianas adquieren un nuevo empuje, una nueva utilidad, donde parece que todo aquello que alcanza tu mirada, que ayer era un lugar más, hoy día se convierte en un lugar maravilloso, lleno de todo aquello que tanto ansiabas sin saberlo, de todo tu mundo a tu alcance, deteniéndose en las cosas más sencillas y humildes, capturando lo más insignificante, donde una mirada te cambia la vida, donde un beso, y no un beso cualquiera, te lleva a esos lugares imposibles de describir, donde sólo hay espacio para sentir y dejarse llevar por el camino.

Las dos cineastas bonaerenses han construido una película maravillosa, sutil y cautivadora, llena de imágenes y momentos cotidianos convertidos en pura magia, en puro amor, donde nos invitan a descubrir dos seres de acá y allá, intensamente interpretados por Paulina García (la inolvidable Gloria, de Sebastián Lelio, una mujer que rompía con todo y empezaba a respirar) con esa composición a través de sus silencios y su movimiento corporal, algo así como una oruga que lentamente se irá convirtiendo en mariposa, y a su lado, “El Gringo”, interpretado por Claudio Rissi (con una extensa carrera de más de 30 títulos con directores del talento de Aristarain, Piñeyro o el desaparecido Bielinsky, entre otros) como ese vendedor sin patria y lugar, entrañable, sincero y parlanchín. Dos almas sin destino, con todo por caminar, porque nunca es tarde para empezar a hacerlo, en esta intimista y fascinante primera película, que en sus 78 minutos, las cineastas Atán y Pivato nos envuelven en sus paisajes desérticos, bonitos y duros, en un viaje hacia el interior, en un entorno de místico, de santas y milagros, envueltos en una delicada y suave historia de amor en la madurez, porque como dice el poeta: “Todo está por verse, todo está por caminar y todo por sentir”.

Sweet Country, de Warwick Thornton

EL DESIERTO ROJO.

Tierra difícil, tierra agreste, dura y sucia. Tierra roja, de sol abrasador, de roca clavada en el alma, de vidas duras, de vidas llenas de polvo, de vidas asfixiantes, de vidas en la cuerda floja, y así un día tras otro, esperando que el amo quiera, a su merced, a su antojo, y desprovistos de las tierras, de su vida. El cuarto trabajo de Warwick Thorton (Alice Springs, Australia, 1970) vuelve a centrarse en los aborígenes, en los suyos, en aquellos indígenas que por orden de la Corona Británica fueron despojados de sus tierras ancestrales, vestidos con ropas blancas, y dispuestos a trabajar gratis para sus dueños. Thorton sitúa su película en la década de los 20, más concretamente en el año 1929, y en la tierra donde creció, Alice Springs, en el interior de Australia, en el norte, y plantea un retrato que mucho tiene que ver con su debut, Sanson & Delilah (2009) y sus posteriores trabajos, las películas colectivas The Turning (2013) y Words with Gods (2014) donde explica los orígenes y las existencias de aborígenes. En Sweet Country, en la que ya desde su título, totalmente irónico por el devenir de los hechos que se sucederán en la película, nos presenta a Sam, un aborigen que vive junto a su mujer Lizzie y su sobrina, en la casa de Fred Smith, un predicador que trata a Sam con total respeto y educación, como uno más.

En ese ambiente tan seco y complicado, no todos los blancos adoptan la misma posición. Hay otro, Mick Kennedy, que trata a sus trabajadores aborígenes como bestias, y en especial al joven Philomac, al que maltrata y veja por cualquier nimiedad. Y más allá, otro de los granjeros, Harry Marck, un desquiciado veterano de la primera guerra mundial, aún va más allá, y utiliza a los aborígenes cometiendo delitos muy graves hacia ellos. Thornton, con la ayuda de su coguionista David Tranter, aborígenes los dos que crecieron en el mismo entorno, no hacen una película de buenos y malos, sino de un estado de ánimo de aquel momento, en el que unos tuvieron todos los derechos, y otros, no. Y no construyen una trama compleja, para nada, nos hablan de un caso en concreto, en el que Philomac desaparece y en esa búsqueda que emprenden acaban en el rancho del predicador donde se desata la tragedia. Todo sucede como otro día cualquiera.

El cineasta australiano compone un western duro y seco, muy crudo en algunos momentos, con tipos barbudos, que fuman sin parar y beben whisky, en el que el calor abrasa y quema sin piedad, en el que las reglas del juego han cambiado para los aborígenes, ya que sin ser esclavos son tratos como tal, casi sin nada, sin derechos, y con una existencia extrema y pobre. Los personajes de la película se mueven por instinto, casi como bestias salvajes, donde hay poco que perder o nada, en el que unos ordenan y los otros, con la cabeza cabizbaja, obedecen asumiendo su condición miserable. Encontramos elementos característicos del western clásico: la frontera, la confiscación de tierras, la subordinación y conquista de un pueblo, los problemas territoriales, y un paisaje bello y cruel a la vez, excelentemente cinematografiado por Thornton que también es un consumado cinematógrafo, extrayendo la belleza y la oscuridad que encierran esas tierras casi solitarias. Sam se defiende ante los ataques de Harry, aunque en este nuevo contexto social, parece que Sam debe soportar las maldades de Harry sin más, aunque no lo hace y se defiende. Aunque esto le obligará a huir junto a su mujer bajo el desierto rojo.

Thornton nos explica dos películas en una, en la primera mitad, la película muestra las duras condiciones de los aborígenes y demás, y luego, cuando sucede el conflicto con Harry, la película se convierte en una road movie por el desierto, donde el sargento Fletcher se lanza con la compañía de unos cuantos, a dar zaga al huido Sam. En una trama sencilla, sujetada a una estructura clásica, donde los personajes y sus conflictos se erigen como el centro de la trama, en el que tantos unos como otros se posicionan, según su conciencia y contexto social, por uno o por otro, en una aventura de tonos épicos, pero cerca de la mirada de Monte Hellman, y muy alejadas de esos relatos donde ensalzan al protagonista o sus hazañas. Aquí, la cosa va por otro lado, construyendo una trama honesta en la que se habla de la identidad de uno mismo, de quién eres cuando te lo han arrebatado todo, de cuál es tu camino, y hacía donde se encaminará tu vida, rodeados por un entorno muy duro, tanto físicamente como emocionalmente, en el que todo lo que habías conocido ha dejado de existir, y ahora, aunque no lo aceptes, debes vivir de otra manera que no es la tuya.

Un brillante reparto encabezado por los veteranos Brian Brown como el sargento, y Sam Neill como el predicador, bien acompañados por los rudos y malolientes (que más parecen una pareja de hermanos bandidos que granjeros) Thomas M. Wright y Ewen Leslie, como los malcarados Mick Kennedy y Harry March, respectivamente. Matt Day como el Juez Taylor. Y las grandes sorpresas de la película, los intérpretes aborígenes debutantes en la película, empezando por Hamilton Morris que da vida a Sam, su mujer Lizzie encarnada por Natassia Gorey-Furber, Gibson John como Archie y finalmente, los gemelos Tremayne y Trevon Dolan que hacen de Philomac. Unos intérpretes que componen personajes sobrios, solitarios, que hablan poco y miran mucho, que se mueven por unos ranchos donde la existencia duele, donde el aire a veces es tan denso que es insoportable, donde la tierra roja enmudece y entierra a todos, donde la belleza y la tragedia se mezclan en demasiadas ocasiones, donde cada día parece ser el último.

Lucky, de John Carroll Lynch

EL ÚLTIMO SUSPIRO.

Muchos lo recordarán como aquel mecánico de la Nostromo del que un alien asesino le salía del estómago en la famosa secuencia de  Alien, de Ridley Scott. Aunque si hay un personaje que ha marcado la filmografía de Harry Dean Stanton (1926-2017) no es otro que Travis, que interpretó en París, Texas, de Wim Wenders, con esa sobriedad y magnetismo que tanto le caracterizaba. Un tipo silencioso y perdido que vagaba sin rumbo por el desierto de Arizona con la inolvidable música de Ry Cooder. Aunque la carrera del insigne actor arrancó a finales de los 50, aunque fue en la década de los sesenta que empezó a intervenir en películas de alto rango como La conquista del oeste, La leyenda del indomable… Fue en la década de los setenta y de la mano de grandes nombres del cine más arriesgado e independiente que empezó a cosechar su gran aura convirtiéndose en habitual de Sam Peckinpah, John Millius, Monte Hellman y David Lynch, con el que trabajó en Corazón salvaje, la serie Twin Peaks o Una historia verdadera, entre otras. En total unos 250 títulos entre los que también habría que destacar algunas películas de Coppola y Scorsese.

En Lucky interpreta su última balada, el último instante de una carrera inolvidable, interpretando a un anciano de 90 años de gran vitalidad, sencillez, de costumbres y aficionado a los concursos televisivos. Aunque, una mañana se cae en casa y acude al médico que le explica que está bien. Pero algo cambia en él, y comienza a sentirse mal consigo mismo y sobre todo con los demás. Su entorno más cercano sufrirá esa desidia y malestar, el camarero negro que le atiende cada mañana en su cafetería preferida, la dependienta latina que le vende su cartón de leche, su amigo del traje blanco (interpretado por David Lynch) que ha perdido su galápago, y aquellos transeúntes con los que se tropieza por la calle. En ese momento, Lucky se descubrirá a sí mismo y emprenderá un viaje emocional que le hará redescubrir su interior que consideraba perdido. El artífice de todo esto es John Carrol Lynch (Boulder, Colorado, EE.UU., 1963) intérprete en más de 50 films, entre los que destaca el Norm de Fargo, de Los Hermanos Coen, aquel hombretón que hacía fotos a pájaros y estaba casado con Frances McDormand, aunque también ha aparecido en títulos de Eastwood, Scorsese o Fincher, en Lucky debuta en la dirección de largometrajes con una película-tributo a Harry Dean Stanton, a una estirpe de intérpretes que ha desarrollado una carrera alejada de los focos y las alfombras rojas, y se han dedicado a hacer de su oficio una manera de vivir, de ser y de estar en un negocio muy dado al espectáculo y los nombres y no las buenas historias que acaricien el alma de los espectadores.

Su Lucky es un tipo de vuelta de todo, de movimientos lentos y firmes, de carácter serio y amigable, de rutinas sencillas y solitarias, que vive en uno de esos pueblos del oeste de cuatro casas, en mitad del desierto, rodeado de cactus y caminos sin caminantes que apenas levantan polvo, espacios de extraña quietud, que a simple vista parecen deshabitados, donde la tranquilidad es un desafío, y en los que las gentes que lo habitan son seres que vienen de muchas vidas, de muchas historias y de muchos palos y alguna alegría, algo así como un reposo bien merecido después de una vida de cabalgar contra el viento, como si ser diferente, rebelde y luchador incansable por las nobles causas, estuviera marcado a fuego en sus entrañas, a ritmo de los temas tan vivos, humanos y oscuros que canta Johnny Cash. Con ese aroma de amargura y honestidad que también construía Peckinpah en sus películas, a través de pistoleros fuera de lugar, extraños de sí mismos y valientes solitarios que luchaban por ellos mismos en una sociedad que nos quiere iguales, callados y obedientes.

En una película-homenaje que nunca sabremos donde termina el actor y empieza la persona y viceversa, donde admiramos y caminamos al lado de Harry Dean Stanton como su sombra, como ese aliento, que sabemos que es el último, pero todavía poderoso y singular, en su peculiar viaje hacia adentro, hacia sus entrañas, hacia ese espíritu imperecedero del que ha vivido acorde con sus principios, porque nunca tuvo o supo de otros.  Ya habíamos visto a la persona en el excelente documental Partly Fiction, de Sophie Huber, donde penetraba en las entrañas del actor a través de un personaje parecido a Lucky, donde lo escuchábamos cantar (como ese momentazo que se marca en Lucky con el tema “Volver”) tocar la armónica y la guitarra o encontrarse con amigos que se han cruzado en su vida como Lynch, Wenders, Shepard, Kristofferson o Debbi Harry, donde hablaban del pasado, del presente y del futuro, de cine, de música y de todo aquello vivido y vivirán, en ese tono de viejos vaqueros que siguen en pie resistiendo a pesar del tiempo, las ausencias y los años.

Carrol Lynch construye una película extraordinaria, sobre la vida y la vejez, donde hay drama íntimo y también, comedia negra, cargada de lirismo y llena de tiempo, que nos hace viajar no sólo a ese Lucky y su conflicto interior, sino también al actor, a todas sus películas, a sus personajes como Travis, a través de ese caminar lento y firme, a ese caminar que nos lleva de un lugar a otro, a emprender una vida diferente cada día, a mirarse al espejo y sentirse nuevo cada día, a cantar a los cuatro vientos que estamos vivos, que deseamos estar con los nuestros, tomando copas, o recordando la guerra (como ese momento con Tom Skerrit, su compañero en Alien, donde parece más que un encuentro de amigos que hace mucho que no se veían) en un retrato con alma sobre los viejos vaqueros que continúan en pie a pesar de todo y todos, donde se recoge el mejor aliento de los grandes westerns, no los épicos y patriotas, sino aquellos que se detenían en los olvidados, en los que no les sale nada bien, porque no se dejan llevar, porque luchan para ser ellos mismos, y que acaban cansados, pero no vencidos, apurando whisky en uno de esos bares rodeado de amigos, contando amores frustrados, leyendas borradas por el polvo del camino, aquellos días cuando todo parecía que iba a ser distinto, y todo aquello que soñaron y vivieron, aunque ahora quede tan lejano e irreal, porque aunque la vida es muy puta, siempre quedará un vaso de whisky para aquellos que no dejarán domar.

Entrevista a Sergi López

Entrevista al actor Sergi López, con motivo de la Carta Blanca en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el martes 13 de marzo de 2018 en el espacio Delmiro de Caralt en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sergi López, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

1945, de Ferenc Török

DESENTERRAR LOS PECADOS.

Un caluroso día de agosto de 1945, bajan del tren dos judíos ortodoxos que transportan dos baúles, y se encaminan en dirección a un pequeño pueblo de la Hungría rural. El pueblo se prepara para la boda del hijo del secretario municipal, aunque, la llegada de los forasteros agitará a sus habitantes y despertará lo más oscuro de su pasado reciente. El sexto trabajo del cineasta Ferenc Török (Budapest, Hungría, 1971) basado en el relato corto Hazatérés (Regreso a casa) de Gábor T. Szántó, coguionista junto al director de una película que recupera el aroma de los mejores westerns como Sólo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1955) o Conspiración de silencio (John Sturges, 1955) dramas vestidos de tragedia griega, donde la aparición de alguien que viene de fuera, ya sea en son de paz o todo lo contrario, afectará de manera crucial a los habitantes del pueblo, seres que tienen mucho que esconder y más que callar, porque ese pasado violento que creían enterrado y olvidado, volverá a sus mentes atormentándolos. La película vuelve la mirada hacia el pasado más ignominioso de la historia de Hungría y tantos países de su alrededor, durante la ocupación nazi, centrándose en la condena y expulsión de muchos judíos de los pueblos y ciudades, y posteriormente, arrebatándoles sus viviendas y negocios.

Una cinta sobre el pasado oscuro, sobre tantos episodios violentos sufridos por unos y perpetrados por otros, donde la llegada de los extraños despertará fantasmas del pasado, viejas rencillas y demás aspectos violentos que tanto tiempo han estado ocultos y aparentemente olvidados, dentro de una película que se enmarca en un período concreto, cuando al final de la segunda guerra mundial, y una vez vencido el fascismo, el comunismo todavía no había llegado, en ese tiempo de transición donde todavía había tiempo para la esperanza y construir una sociedad diferente (con la atenta mirada de los soldados soviéticos que ya empezaban a llegar). Los poderes facticos del pueblo se verán amenazados y convulsos por esas figuras negras y caminantes que se aproximan al pueblo, quizás para reclamar lo que es suyo, aquello que les fue arrebatado injustamente, el temor a perderlo todo, a enfrentarse a su pasado violento, será el detonante para que unos y otros, se muevan con rapidez y preparándose para esa amenaza que se cierne sobre sus vidas.

El representante municipal, además de dueño de la tienda del pueblo, junto con el sacerdote, y finalmente, un tipo que anda borracho y traumatizado por ese pasado que por más que lo intente, no ha podido olvidar. Török sigue explorando los avatares históricos que han sacudido su país desde el final de la segunda guerra mundial, aspectos recurrentes en su filmografía, como la ocupación soviética, el final del comunismo, y los primeros años de la “democracia” en Hungría, temas que el director húngaro lo ataja desde la variedad de los puntos de vista, y cómo el ser humano se ve sujeto a las decisiones políticas que casi nunca van en consonancia con las necesidades de los más necesitados. En su sexto largometraje construye un drama seco, áspero, de gran tensión psicológica, donde sus personajes se mueven por instinto, arrastrando ese miedo que acecha, ese miedo que les devuelve a su sitio, que les despierta lo peor de cada uno de ellos, un miedo que te agarra y no te suelta hasta dejarte seco y herido de muerte.

Török imprime a su relato un forma estilizada en la que aporta un primoroso y sobrio blanco y negro, obra del veterano cinematógrafo Elemér Ragályi, curtido en mil batallas, que realiza un trabajo espléndido, dotando al filme de una extraña luz, con esas figuras negras (como si sus habitantes más que asistir a una boda fueran a un funeral) rodeados de esa tierra quemada, esas casas pálidas, con sus calles polvorientas, y esos interiores mortecinos, en el cada encuadre está sujeto a la perspectiva de los aledaños mirando de hurtadillas a través de ventanas, de puertas, como si toda esa nube negra disfrazada de pasado se cerniera sobre el pueblo como una tormenta amenazante que acabará con todos, y se los llevará hasta el mismísimo averno, con ese calor abrasador que atraviesa a unos personajes acostumbrados a permanecer en silencio, ya que tienen mucho que callar, y a mentirse entre ellos, a no soportar la asfixia de los sitios cerrados y pequeños, y no dejarse llevar por lo que sienten, como les ocurre al triángulo amoroso de los jóvenes que estructura el drama de la cinta, quizás el elemento esperanzador de un futuro que parecía prometedor.

Török se acompaña de un extraordinario reparto coral, con esa veracidad y naturalidad fantástica, en la que plantea una película de ritmo pausado y tenebroso, en el que sus 91 minutos pasan de manera vertiginosa, encauzando unas tres horas de duración real de la historia, desde que llegan los forasteros hasta que hacen su cometido, donde la acción se agarra al interior de los personajes, que sufren y sienten el peligro que les amenaza, donde el estallido de violencia se palpa en cada calle, cada habitación y cada rincón del pueblo, y las miradas de los habitantes, que se mueven como alimañas intentando huir de ellos mismos y de paso, expiar sus pecados, aquello del pasado que ocurrió y quieren olvidar o simplemente no hablar de ello, aunque no todos lo consiguen. Una drama sobre los aspectos más oscuros de las guerras, sobre la condición humana, su miedo, su egoísmo y su avaricia, donde unos ganan y otros sufren esa victoria, porque nunca hay salvadores de la patria, sino algunos que aprovechan las circunstancias para vencer al más debilitado, y de esa manera, seguir escalando en su posición social y económica.


<p><a href=»https://vimeo.com/255395726″>Trailer 1945 – VOSE</a> from <a href=»https://vimeo.com/festivalfilms»>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

 

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS.

“El dolor te recuerda que la alegría que sentías era real”

En Testigo de cargo, su director Billy Wilder nos pedía encarecidamente que ningún espectador desvelase la trama tan misteriosa y peculiar que encerraba su película. La misma demanda nos advertía un texto introductorio de Denis Villeneuve en su película Blade Runner 2049. La esperadísima continuación de Blade Runner, de Ridley Scott, una de las cintas que revolucionó el género de la ciencia-ficción a principios de los 80, con su mezcla con el noir, nos sumergía en una atmósfera agobiante, oscura y decadente donde Deckard, un agente policial tenía la misión de “retirar” a unos replicantes amotinados. Si bien es cierto, la apuesta de su director Ridley Scott necesitó su tiempo para convencer a propios y extraños y convertirse en la película de culto, admirada por millones, que es en la actualidad. Quizás su apuesta por lo diferente, lo osado, su estética tenebrosa, más propia del cine de terror, y un protagonista, solitario, con problemas de identidad profundos, sus reflexiones filosóficas, y convertido en un vil asesino, se toparon con un público ávido de una ciencia-ficción más dada al universo de Star Wars y no a cuestiones más complejas sobre el alma humana.

Aunque su fama de gran película, bien ganada, le haya perjudicado a la hora de afrontar una segunda entrega, y han tenido que pasar más de tres décadas, 35 años en concreto para que podamos descubrir que fue de Deckard y Rachael en su desesperada huida de enamorados perseguidos. Ridley Scott, ahora en funciones de producción, ha necesitado un guión de su agrado, que vuelve a recuperar la trama y personajes de la novela «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?», de Philip K. Dick, escrito por Hampton Fancher (autor de la primera) con la colaboración de Michael Green (guionista de Logan, entre otras) y un director a la altura como Denis Villeneuve (Gentilly, Canadá, 1967) para dar forma a esta segunda entrega, que mantuviese el espíritu de su predecesora, pero desviando su premisa argumental, no un calco, sino un film con personalidad propia.  La película se abre en el año 2049, treinta años después, donde conocemos a K (como el desdichado hombre de El proceso, de Kafka) un agente “Blade Runner” que tiene que retirar a un modelo antiguo de Nexus 8. Después del trabajo, se encuentra con una flor bajo un árbol, que destapará una caja enterrada que le abrirá un nuevo camino que empezará a desgranar con sus pesquisas.

A través de una atmósfera fascinante, entre la ciencia ficción decadente, el noir más inquietante, el romántico gótico y fou, y el terror más tenebroso, donde la oscuridad, la humedad y la opresión se han adueñado de la ciudad de Los Ángeles, en el que los problemas que anunciaba la primera entrega se han acuciado y nos encontramos en una no ciudad decadente y terrorífica donde existe un deterioro urbano, de ruina total, el cambio climático (no cesa de llover, en un ambiente frío, de nieve y mucho barro, acompañado de un aire denso lleno de partículas contaminantes) en el que la ingeniería genética se ha convertido en el pilar fundamental de la no sociedad, la existencia de una sobrepoblación asfixiante y caótica, adicta a todo tipo de sustancias, que viven en la oscuridad o en subterráneos, donde todo es falso y vacío como la comida, el sexo y demás, y una división social terrorífica y grandes estratos económicos, etc… Por otra parte, nos encontramos a la nueva compañía que juega a ser Dios, la Wallace Corporation que coge el relevo de la Tyrell, en su afán de crear replicantes perfectos que puedan engendrar otros seres, aunque su creador, el oscuro Niander, no ha encontrado la fórmula secreta.

Estamos ante una obra magnífica y maravillosa, donde el policía solitario y silencioso, de vida vacía y entregada a su trabajo, nos recuerda a Jeff Costello, el asesino interpretado por Delon en la estupenda El silencio de un hombre, de Jean-Pierre Melville, donde se recogía lo más clásico del cine noir junto al antihéroe del western, en una mezcla poderosa donde el hermético “retirador” acababa encontrándose con su inevitable destino. Aquí, el agente K deberá vencer a sí mismo y volver a sus orígenes, emprender su propio camino, aunque eso signifique ir en contra de las órdenes de su jefa, y además, tener que enfrentarse a las argucias de la Wallace Corporation que tiene otros planes. Villeneuve construye una película digna sucesora de Blade Runner, imaginando una trama que rescata con acierto la original y sumergiéndonos en un mundo distópico donde todo es artificial y sintético, en el que hay fembot de compañía virtuales que aman, acompañan y escuchan a tantos solitarios de este mundo, y también, otras fembot asesinas que trabajan a sueldo para intereses de compañías ávidas de poder y endiosadas, donde nos encontramos a viejos agentes escondidos y alejados de todo y todos, porque a veces para ser uno mismo, uno tiene que huir y esconderse, olvidándolo todo, incluso aquello que tanto amó.

El cineasta canadiense vuelve a penetrar en el alma humana creando un thriller filosófico intenso, donde la identidad es el armazón donde se sustenta toda su trama, envolviendo su película en un mundo ruinoso, oscuro, industrial, olvidado, que se cae a trozos, donde se mezcla la tecnología más desarrollada con las penurias más brutales, donde todo es extremo y nada parece tener fin, en un no mundo deshumanizado, repleto de fantasmas, de espectros que ya no saben discernir entre lo real y lo construido, donde humanos y replicantes sobreviven sin muy bien saber quiénes son y para qué de su existencia. Una película de una gran calidad técnica donde sobresalen la formidable fotografía de Roger Deakins (colaborador con Villeneuve en Prisioneros o Sicario), el asombroso trabajo en el diseño de producción de la mano de Dennis Gassner (colaborador de los coen, las últimas de Bon o Tim Burton, entre otros) y la elegancia y romántica música de Hans Zimemr, acompañado de un estupendo cast en el que Ryan Gosling ejecuta a la perfección el agente solitario, callado y huidizo. La aparición espectral de Harrison Ford haciendo de Deckard o lo que queda de él, una fría e inquietante Robin Wright como jefa de K, una simpática y hermosa Ana de Armas como Joi (la fembot de compañía de K) y su contrapunto Luv, una Nexus 9 asesina de la Wallace que capitanea su creador, un perverso y siniestro Jared Leto, y otra aparición estelar, Edward James Olmos volviendo a su Gaff o lo poco que sabemos de él.

Después de penetrar en el género de los thrillers potentes y bien contados, con personajes abrumados y sobrepasados por las circunstancias, Villeneuve vuelve a la ciencia ficción después de La llegada, un relato de gran factura técnica que escarbaba en las relaciones entre humanos y extraterrestre a través de la comunicación. Ahora, su cambio ha sido completamente radical, devolviéndonos un clásico que sigue en la retina de muchos, en el que recoge su espíritu construyendo un universo deudor, en el que no hay tiempo para el diálogo, ya no quedan palabras, todo se ha perdido, el tiempo de antes, donde todavía había tiempo para deleitarse con la música escuchando a Sinatra o Elvis, todo ese mundo ha dejado paso a unas máquinas que ya no funcionan bien y ya nadie sabe para qué sirven, en el que los recuerdos sólo sirven para seguir no viviendo los días, porque ya sabemos que nada nos pasará hacia adelante, que todas nuestras vidas se concentran en el pasado, en aquello que vivimos y amamos, sean experiencias reales o no.

El invierno, de Emiliano Torres

EL DESIERTO BLANCO.

“El futuro es una promesa tan lejana como el horizonte”.

En algún lugar de la Patagonia Argentina se levanta una hacienda dedicada a pastorear ovejas con la ayuda de caballos, regentada por el viejo Evans. Como cada otoño, un grupo de jornaleros llegan para cuidar y esquilar al rebaño. Entre ellos, se encuentra Jara, un joven del noroeste que viene a sustituir al anciano que el patrón ha decidió jubilar. A partir de esta premisa argumental, sencilla y humilde, Emilano Torres (Buenos Aires, 1971) – asistente de dirección durante años con directores como Daniel Burman, con el que coescribió algunas películas, Marco Bechis o Miguel Courtois, entre otros -, nos embarca en una travesía por este lugar inhóspito, árido y difícil, en el que el hombre tendrá que sobrevivir no sólo a esos elementos naturales hostiles de lo más profundo y crudo invierno, sino a la condición humana, aún más si cabe más compleja e indescifrable. Torres compone una película silenciosa, apenas sus personajes esbozan algún diálogo, o hablan de manera escueta, sus criaturas hacen, se mueven, viven y trabajan con las ovejas y los caballos, apenas se relacionan con los demás y se muestran extremadamente reservados y callados, sabemos poco de sus vidas anteriores o actuales, sólo lo que hacen cotidianamente en la hacienda.

El cineasta bonaerense construye un western casi metafísico, en el que en su primera mitad hay más movimiento de personas y acciones físicas, donde se teje la relación de miradas y gestos que se construye entre los dos protagonistas, el viejo capataz y el joven que viene a sustituirle, entre esa vida que se va contra esa vida que viene. Torres cimenta su película a partir de dos elementos, tanto el natural, la fisicidad y el ambiente hostil de la Patagonia invernal, con sus tremendas heladas y aislamiento, conduce a sus personajes a situaciones límite y difíciles de llevar, y por otro lado, el elemento humano, la conducta de estos seres que se muestran solitarios, bastantes perdidos y muertos de miedo, ante un mundo que parece pasar por encima de todo aquello que se rebela contra el paso del tiempo y las necesidades deshumanizadas de un capitalismo que arrasa con todo. Una cinta de factura bellísima, en la que su fotografía capta a la perfección el abrumador y amenazados paisaje que acaba envolviendo y anulando a los personajes, vencidos a los elementos, tanto físicos como psíquicos, en un guión construido a fuego lento, donde el conflicto va creciendo lentamente, sin prisas pero sin pausa, en el que todo parece de una inmovilidad terrible, casi de película de terror, pero que en el fondo, nos está llevando hacía esos lugares profundos y oscuros del alma humana en el que a veces caemos sin ningún atisbo de retorno.

El magnífico trabajo de los dos intérpretes, el veterano Alejandro Sieveking (toda una vida dedicada a la dramaturgia y dirección teatral, y que tuvo a Víctor Jara entre sus colaboradores) y el joven Cristian Salguero (visto en Paulina, de Santiago Mitre, siendo uno de los violadores) componen unos personajes creíbles, cotidianos y llenos de brumas y soledades, como aquellos vaqueros silenciosos que hablan más de lo que esconden, y se muestran cautos ante cualquier relación, y ocultan, ya no sólo su pasado, sino también sus planes futuros. Unos hombres de los que sabemos muy poco, por no decir nada, aunque a medida que avanza el metraje iremos descubriendo su pasado, algo de ellos, para entender su forma de hacer en el tiempo en el que se sitúa la trama. Torres ha construido una película honesta y sincera, en el que su ritmo no decae y va in crescendo, augurando ese duelo que estallará inevitablemente, como ocurre en los mejores westerns, aquellos que durante toda la película vamos asistiendo a ese final, a esa pelea que llevará a los dos almas antagónicas a dirimir sus diferencias, tanto emocionales como territoriales, porque como suelen ocurrir en estas historias, sólo puede quedar uno, aquel, no más fuerte, sino aquel que mejor se adapta al entorno hostil por el que tiene que moverse y sobrevivir diariamente.


<p><a href=»https://vimeo.com/217061016″>EL INVIERNO Trailer Oficial Esp</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmburo»>Film Bur&oacute;</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Mimosas, de Oliver Laxe

mimosas-cartelLA ETERNIDAD NOS ESPERA.

“Si tú lo haces bien, yo lo haré mejor”

Una caravana de hombres a lomos de caballos y mulas atraviesan las escarpadas y áridas montañas del Atlas marroquí para llevar a cabo la última voluntad de un patriarca cheikh que quiere morir junto a los suyos en Sijilmasa. Entre ellos, viajan Ahmed y Saïd, dos buscavidas esperando su oportunidad, pero, el anciano muere antes, y deciden a hacerse cargo del transporte, tras previo pago, aunque desconocen el camino, aunque contarán con la aparición de Shakib. La segunda película de Oliver Laxe (París, 1982) mantiene el espíritu de libertad creativa de su anterior obra, Todos vós sodes capitáns (2010), en la que a través de un híbrido entre ficción y documental, el propio cineasta filmaba su experiencia como responsable de un taller de cine con niños desheredados en Tánger.  En Mimosas, Laxe (nacido en París de padres inmigrantes gallegos, que estudió cine en Barcelona, vivió en Londres un período y establecido en Marruecos durante la última década) nos traslada a un mundo mágico, de leyenda, de mito, que sólo existe en el cine, en un viaje maravilloso y brutal sobre la fe, sobre alguien, Ahmed, que la ha perdido, que representa al hombre moderno, escéptico y envuelto en sus deseos y objetivos, sin importarle su alrededor.

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El cineasta gallego enmarca su película en un aura de misticismo y aventura que evoca a otros elementos, aunque sin llegar a pertenecer a ninguno de ellos,  como la obra de aventuras con espíritu clásico, al estilo de los Ford o Hawks, con ese aire mítico de las grandes travesías infinitas por el desierto, o las obras crepusculares de Peckinpack, Hellman, o Los tres entierros de Melquíades Estrada, de Tommy Lee Jones, donde sus protagonistas, desterrados de la sociedad civilizada, deambulan por un mundo salvaje ajeno, en el que de alguna forma acaban materializándose con su paisaje, o los retratos de personajes en continua incertidumbre espiritual como Nazarín, de Buñuel, los franciscanos de Francisco, juglar de Dios, de Rossellini, el pintor de Andrei Rublev de Tarkovski, el párroco de Diario de un cura rural, de Bresson, entre otras. Laxe desestructura su relato en tres posiciones del islam: ruku (inclinación), quiyam (erguida) y sajdah (prosternación), que definen también los tres tiempos que transitan por su historia: la actualidad, ubicado en la ciudad, con automóviles y hombres en busca de empleo, en el que conoceremos al personaje de Shakib (pura bondad, el que mantiene la fe, aunque con sus dudas), un segundo tiempo, situado en las montañas del Atlas (en el que parece un tiempo lejano, perdido en los ancestros, donde nos encontraremos con Ahmed (el hombre sin fe, el escéptico, el errante que ha perdido su alma y sólo vela por sus intereses) y un tercer tiempo, sin tiempo, un universo espiritual, en el que sólo el alma se manifiesta, lo más profundo de nosotros, un mundo en el que Shakib parece pertenecer, que traspasa de un lugar a otro, este hombre convertido en ángel, en un ser de otro mundo.

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Laxe impone un ritmo reposado y místico a su aventura, sus personajes se mueven entre caminos difíciles, descansan entre arroyos o el calor de una fogata nocturna, se miran entre ellos, discuten sus diferencias, en un tiempo indefinido, un tiempo detenido, sin anclaje, en un paisaje, de complejo tránsito y naturaleza tenebrosa, que acaba convirtiéndose en uno más, que adopta launa imagen protectora ante sus circunstanciales moradores, siguiendo sus caminares pesados, y envueltos en polvo y frío (como nos diría Aldecoa) con la única compañía de su sombra que los acoge sin dejarles ir, siempre a su vera, acariciándolos o torturándolos según se precie. Unos personajes perdidos en su interior, en continúa batalla con su espíritu, que deberán confiar en los otros para poder seguir caminando hacia su destino, aunque todavía desconozcan cual será. Una película que ahonda en un cine de colores, de formas e imagen, con la bellísima y pausada luz, entre velada y de sombras, de Mauro Herce (que ya se doctoró en la naturaleza ancestral de Arraianos o el blanco y negro rasgado de O quinto evanxeo de Gaspar Hauser), un montaje ágil y sereno de Cristóbal Fernández (una filmografía con títulos tan interesantes como el perdido, La jungla interior o Aita) y el sonido envolvente y físico de Amanda Villavieja (habitual de Guerín o Isaki Lacuesta e Isa Campo) y la magnífica aportación en el guión de Santiago Fillol (coautor del interesantísimo trabajo sobre la impostura Ich Bin Enric Marco).

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Laxe es un cineasta muy personal y particular en el actual panorama cinematográfico, que construye un cine fascinante e hipnotizador, que se mueve entre las sombras del alma y los designios del espíritu, a partir de infinidad de referencias culturales, políticas y religiosas de orígenes múltiples, de diversas identidades y raíces, para abordar un universo en continua transformación espiritual, en el que conviven los hombres con fe y sin fe, en el que se mueven la tradición y la modernidad, en el que todo es posible, en el que se evoca el misterio, lo inefable, el espíritu de cada uno de nosotros, de los demás y todo aquello que nos rodea, que tiene la inspiración sufí como guía para relatarnos este retrato sobre los hombres y sus circunstancias, sobre cómo vencer la pérdida a través de lo que somos y entendernos, y vivir con eso, con nuestras batallas interiores y descubrirnos y saber quiénes somos y hacia donde nos dirigimos, aunque desconozcamos el camino que debemos seguir.

Los odiosos ocho, de Quentin Tarantino

581051UNA CABAÑA EN WYOMING.

La 8ª película de Quentin Tarantino (Knoxville, Teneessee, 1963), como rezan sus créditos, arranca de forma lacónica, y casi podríamos añadir, con una imagen mítica del género. Un encuadre de Jesús crucificado – que parece anticipar el destino de los personajes- donde irán apareciendo los títulos, da paso a esa imagen de la que hablábamos, una diligencia se aproxima hacía nosotros, que recuerda a aquella de Ford, ahora no cruza el desierto inhóspito plagado de indios, sino las montañas nevadas de Wyoming, unos años después de la Guerra de Secesión. El talentoso cineasta estadounidense parece retomar algunas situaciones y formas de su ejemplar debut, Reservoir dogs (1992), en aquella nos sumergía en el alma de un grupo de desalmados ladrones que medían sus cuentas en un almacén, un único escenario y rodeados de seres malcarados, es el viaje al infierno que nos propone Tarantino en su última película.

Mantiene algunas líneas formales y argumentales de su anterior película, Django desencadenado (2012), donde un esclavo negro ayudado por un cazarecompensas alemán, decide liberar a su mujer de las garras de un esclavista sanguinario. Los odiosos ocho, transcurre en el mismo período que la anterior, aunque esta vez, el paisaje ha sufrido una gran variación, de las cálidas tierras del sur, de plantaciones de algodón de Mississippi nos ha trasladado al norte, a las montañas nevadas de Wyoming. En la diligencia en cuestión, viaja un desconfiado cazarecompensas, John Ruth, apodado “La Horca”, porque sus capturas siempre acaban en ese trance, lleva consigo, y literalmente, esposada a él, a Daisy Domergue, una asesina que será ajusticiada en Red Rock, por el camino, se encuentran a otro colega del negocio, Marquis Warren, un negro veterano del ejército yanqui, de verborrea inteligente, lleva consigo una carta del mismísimo Lincoln, que utiliza como salvoconducto, se les añade en el camino, Chris Mannix, un tipo despistado del ejército confederado. Una tormenta de nieve les obliga a detenerse en la parada de diligencias llamada “La mercería de Minnie”. Allí se encontrarán a Bob, un mexicano parco en palabras, a Oswaldo Mobray, un hombrecito con pintas de inglés refinado que dice ser el verdugo de Red Rock, a Joe Gage, que apenas masculla alguna palabra, pero lo anota todo lo que sucede en su cuaderno, y finalmente, a Sandy Smithers, un anciano veterano general de los Confederados. Presentados los contrincantes de este juego macabro que, lentamente se irá convirtiendo en una trama de suspense a lo Hitchcock, donde nunca sabremos quién dice la verdad y quién miente.

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Tarantino es un magnífico cineasta de ambientes tensos, donde la violencia va in crescendo, sabe manejar este tipo de situaciones donde el suspense se apodera del relato y las acciones dejan paso a los diálogos. También, maneja de forma ejemplar, a sus intérpretes, los mueve de forma cadenciosa por el decorado, situándolos en el lugar que mejor los describe, y sin prisas, nos los va presentando, y a su debido tiempo, dotándoles del protagonismo que se merecen. Todo tiene que ocurrir de forma que el espectador no pierda la atención y el interés por lo que se cuenta. El western, género por excelencia que tradicionalmente ha representado la historia de los Estados Unidos del momento, desde los clásicos, donde los indios eran los malvados, en los 50, el ideal americano, donde en algunos los indios empezaban a tomar otro tipo de protagonismo, en los 60, los spaguetti, y en los 70, los pacifistas y crepusculares, para volver, en plena era Reagan, a la épica y el establishment. La película de Tarantino se puede también ver desde el punto de visto político de la situación actual de los EE.UU. y los problemas raciales de los últimos años. En su película, no faltan las alusiones a este tema y demás cuestiones, el único negro de la función, suelta cosas como “Los blancos sólo se mantienen protegidos cuando los negros no llevan armas”, y cosas del estilo. Tarantino ha hecho un película espectacular, mantiene sus dosis de violencia desatada tan habituales en su cine, quizás aquí no es irónica, es bruta y sucia, con los años, y las películas, el director estadounidense ha filmado la violencia con más dureza y horrible, quizás el país y sus acontecimientos le han obligado a mirarla de esa forma.

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Sus “odiosas” criaturas viven en un mundo atroz y salvaje hasta la saciedad, nada ni nadie está a salvo, aunque vaya armado, todos desconfían de todos, todo mienten como bellacos, el ambiente se ha vuelto malsano e irrespirable, parece que la única forma de salir con vida del entuerto es liarse a tiros con todos, y tener alguna posibilidad por mínima que sea. Tarantino vuelve a contar en el score con Morricone, que fabrica una banda sonora elegante y envolvente, “marca de la casa”, contribuyendo a crear esa atmósfera que acabará en ese descenso a los infiernos sin fondo, en este viaje terrorífico de malvados y deshumanizados que tienen el gatillo fácil. Tarantino vuelve a ponerse a las órdenes de sus habituales productores, los Wenstein, y el cinematógrafo Robert Richardson, habitual de Stone y Scorsese, que realiza el cuarto trabajo junto al director de Knoxville, ahora el reto ha sido filmar en Ultra Panavision 70 mm (la última película filmada con este formato fue Kartum, en 1966), que consigue filmar todo el esplendor de los exteriores con la belleza de la nieve y la diligencia, sino en captar esa intimidad que se desarrolla en el interior de esa cabaña, que acapara dos tercios del metraje. El plantel de intérpretes, plaga de colaboradores, destaca la presencia del inmenso Samuel L. Jackson, con sus dosis de ironía y sarcasmo, y los Russell, Madsen, Roth, Dern, el mexicano Bichir, y la sorpresa de Goggins, y sobre todo, la brutalidad física y animal de la única fémina del cuadro, Jennifer Jason Leigh, avasalladora y magnífica perra inmunda que hará lo que sea para salvar el pellejo. Tarantino vuelve a enamorarnos con una obra magnífica, una elegante pieza de cámara de ritmo endiablado que no olvida a sus referentes (Corbucci, Leone, Hawks, Peckinpah, Godard…), que se saca licencias como la inclusión de una apertura, o un “intermedio”, donde detiene su película 15 minutos, y al volver, con su propia voz, nos explica todo lo ocurrido mientras descansábamos. Un director sobresaliente que pare películas entretenidas, – la película alcanza las 3 horas dominando un ritmo que va desde lo clásico a lo posmoderno sin un ápice de escapismo ni adorno de cara a la galería- películas comprometidas socialmente, de su tiempo, y sobre todo, películas profundas y personales, contadas desde la autoría que Tarantino tanto ama y reivindica de los maestros y del cine que hacían.