Una chica vuelve a casa sola de noche, de Ana Lily Amirpour

Una-chica-vuelve-a-casa-sola-de-nocheLOS AMANTES DE LA NOCHE

Noche cerrada en Bad City, una joven con chador y completamente de negro, camina lentamente por las calles desiertas. Se encuentra con un joven y se abalanza hacía él mordiéndole el cuello. La debutante Ana Lily Amirpour (Gran Bretaña, 1980), de padres iraníes, abre el telón en el campo de los largometrajes con una película atípica, a contracorriente, y muy absorbente. Nos cuenta los paseos nocturnos de una joven vampira con chador que impone justicia social asesinando a los corruptos, marginados  y deshechos de una ciudad desolada y alejada de todo, sumida en la desesperación y el caos. La joven directora define su película: “Es como si Sergio Leone y David Lynch hubiesen tenido un hijo rockero, y entonces Nosferatu hubiera venido a hacerle de canguro”. El origen de la historia nació en un corto homónimo rodado en el 2011 por la directora, y el proyecto va más allá, porque también ha saltado a la novela gráfica donde continúa el deambular de esta vampira romántica y asesina.

La directora, residente en Bakersfield (EE.UU.), encontró en Taft, a 72 km de distancia, una ciudad petrolera abandonada en el desierto de California, el escenario propicio para rodar su película. Filmada en un oscuro y prominente blanco y negro, donde abundan los contrastes y las persistentes sombras, la cámara de Amirpur penetra literalmente en los cuerpos de sus criaturas, con esos travelling que los siguen incansablemente, seguidos de primeros planos y medios, cuadros donde el tiempo se dilata e incómoda (el plano final es una buena muestra de ello, que recuerda al que cerraba Stray dogs, de Tsai Ming-liang), colocando al espectador en una situación absorbente y especulativa, intrigado por el devenir o destino final de lo que sucederá a los personajes. Amirpour apenas recurre a unos pocos personajes, la joven vampira, sin nombre, muy deudor del western, del que tanto le debe la película, el joven romántico y desesperado, asfixiado y sin rumbo, que malvive con un padre yonqui que no ha podido superar la muerte de su esposa, un niño que deambula por las calles sin saber qué hacer, un proxeneta y camello que extorsiona a sus víctimas y empleados, y finalmente, una prostituta guapa y perdida que busca que alguien la quiera. Seres sin alma, incrustados en una ciudad “mala”, un lugar sin vida, sin esperanza, sin nada. La joven directora de origen iraní se vale de pocos diálogos (y los que hay son en farsí, la lengua de Irán, y también la de los orígenes de la directora). La película se instala en miradas que sobrecogen y detalles que explican lo que las palabras no hacen, un filme envuelto con la complicidad de ese manto negro nocturno que desdibuja a unos personajes convertidos en sombras, que se difuminan entre las calles y el interior de las casas que parecen iluminarse apenas con la tímida luz de las velas. Una cinta aderezada con una música de baladas tristes, aires sinfónicos, guitarras a lo Morricone, y ritmos electrónicos, que acrecientan ese aroma triste y romántico que recorre toda la película.

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Amirpour deja evidente las múltiples referencias que conforman el andamiaje y el espíritu de su historia, desde el western crepuscular y decadente de la década de los 60, el cine de loosers que tanto gustaba a Rossen, Ray o Fuller, entre otros, que recuperaron a finales de los 70 y principios de los 80 gente como Jarmusch, Lynch, Wenders…, y el cine vampírico que ha propuesto nuevos caminos y miradas interesantes, sin olvidar ni traicionar la esencia del género como Entrevista con el vampiro (1994, Neil Jordan), y el personaje de Claudia, la niña de 12 años que interpretaba una memorable y sedienta Kirsten Dunst, The Addiction (1995, Abel Ferrara) con Lili Taylor, estudiante de filosofía que se veía consumida por unos vampiros en un Nueva York triste, desolado y gélido, o Eli, la niña vampira que conocía a Oskar, su tímido vecino de 12 años en la excepcional Déjame entrar (2008, Tomas Alfredson) ambientada en la tenebrosa y fría Estocolmo de comienzos de los 80, y finalmente Jim Jarmusch con Sólo los amantes sobreviven, de hace un par de temporadas, con esos románticos chupasangres Eve y Adam, que contaba con la maravillosa presencia Tilda Swinton, en un ruinoso y vacío Detroit, y luego en un Tánger cálido e igual de decadente, unos almas que seguían amándose en un mundo que ya no era el suyo, y parecía abocado a la autodestrucción. Amirpour se vampiriza de estos referentes y otros tantos, haciéndolos propios y convertirlos en elementos que respiran lentamente en su película, una puesta de largo que destila romanticismo, una love story de dos seres solitarios, que vagan por sus existencias sin saber que hacer ni adónde ir. Cine que nos devuelve el ímpetu de los buenos trabajos, que mezcla y fusiona géneros de diversa naturaleza, que continúan renovando el género fantástico y de terror, y sobre todo, incluyendo miradas personales y honestas y rompedoras que no sólo nos seducen y conmueven, sino que también ofrecen alternativas serias y huidizas al imperante y trasnochado género comercial que sigue en sus trece, con la idea fija e imperiosa de volatizar taquillas a base de traicionar ideas y géneros, abocándolos a otra cosa, a ideas que ya nada tiene que ver con el género, perdiendo completamente la identidad de un modo extremadamente superficial.

Entrevista a Jean-Charles Hue

Entrevista a Jean-Charles Hue, director de “Clan salvaje». El encuentro tuvo lugar el Jueves 16 de abril en Barcelona, en el hall del Cine Zumzeig.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Charles Hue, por su tiempo y sabiduría, a Diana Santamaría, de Capricci Cine, por su generosidad y paciencia, y que amablemente tomó la fotografía que encabeza la publicación, y al equipo del Cine Zumzeig, por su trabajo, complicidad y lo estupendamente bien que me tratan cada vez que los visito.

Clan salvaje, de Jean-Charles Hue

278a6ba2-cartelclan-salvaje-esp-facebookEL PARAÍSO Y EL INFIERNO

La segunda película que el cineasta francés Jean-Charles Hue (Eaubonne, 1968), le dedica a sus gitanos, (la primera fue La BM du Seigneur filmada en el 2010) está edificada a través de dos elementos que conviven y se fusionan, el documento y la ficción, y en su estructura quedan bien definidos, por un lado, tenemos la primera parte, en la que presenciamos las costumbres y quehaceres diarios de los yeniche (estafador en francés) una comunidad gitana del norte de Francia originarios de los nómadas centroeuropeos, unos, repletos de tatuajes, alardean de sus músculos practicando culturismo, y otros, extasiados y compungidos, se dejan llevar por el culto al evangelio. Todos ellos comparten el mismo espacio, un descampado de las afueras poblado de caravanas.

La segunda parte de la cinta, se centra en los Dorkel, y en el más pequeño de ellos, Jason, un joven de 18 años que está a las puertas de su bautismo, tanto personal como espiritual, se debate entre la figura del padre (muerto en un enfrentamiento con la policía) que sigue el hermanastro Fred y la religión, que lo aleja de esa vida. La víspera del acontecimiento, sale de la cárcel su hermanastro Fred, después de 15 años, un tipo que pertenece al pasado, a la delincuencia, al robo de camiones y a una vida huyendo de la policía, carne de presidio. Esa noche, recupera el coche de sus antiguas fechorías, (resulta profundamente esclarecedor el instante que  desentierra el vehículo, que deviene en un gesto simbólico de recuperar el tiempo perdido, como si nada hubiese cambiado) y se lanza, junto con sus dos hermanos pequeños, Jason y Mickaël, y un primo Moïse, al robo de una camión lleno de cobre. Ahí arranca la segunda parte de la película, cuando ellos mismos se interpretan a sí mismos, (Fred es el padre de Jason en la vida real, y el resto pertenecen a la misma familia) y se introducen en el género, el policíaco (desde Melville a El odio) y el western se apoderan del relato.

Hue nos convoca a una road movie, a una trama vertiginosa, rodada con nervio y desde las entrañas, donde los cuatro tipos se meterán en una aventura peligrosa con la única compañía de la noche y unas pistolas. Hue filma a sus criaturas de cerca, encima de ellos, sin perderse detalle alguno, de manera que podemos sentir su respiración y aliento, sumergiéndose en este abismo a los infiernos cotidianos, tomando el pulso narrativo a una historia que explora diversos temas: el viaje iniciático, el pasado que se resiste a morir, la delincuencia como único medio de subsistencia, la hermandad del clan familiar, y sobre todo, la vuelta del que fuera hijo prodigo que ya no es querido ni bienvenido. Este último, un elemento habitual en los western, género del que la película bebe mucho y desarrolla con mucho acierto. Un western urbano, donde las cosas ya no serán lo que eran, donde el tiempo ha cambiado, y Fred pertenece a un pasado que no es querido en un presente que ha tomado otro rumbo, como aquellos viejos pistoleros de Peckinpah que el progreso desplazaba dejándolos solos y a la deriva, sin rumbo y sin vida. Sus 94 minutos intensos y vomitados, donde se quema mucha rueda y juventud. Una película de garra y fuerza, de respiración contenida, como un puñetazo en el estómago, un thriller lleno de rabia y genio, que se consume a toda velocidad, no obstante su título original es Mange tes morts, (Me cago en tus muertos en castellano), puro cine visceral, brutal y contundente,  parido desde lo más febril de la condición humana.

 

Jauja, de Lisandro Alonso

jauja-posterPoema sobre el vacío

Lisandro Alonso (Buenos Aires, 1975) se ha pasado 6 años sin dirigir un largometraje, después de Liverpool, si exceptuamos su trabajo en las Correspondencias para el CCCB (2011) que mantuvo con Albert Serra, una pequeña pieza de 23 minutos rodada en la Pampa donde recuperaba a Misael, el personaje de La libertad (2001), su opera prima. Tiempo suficiente para pensar en cómo afrontar su nueva película. Jauja, es una obra radical e hipnótica, que si bien sigue el mismo discurso que Alonso ha investigado en sus anteriores obras, aquí da un paso más, o podríamos decir, llega al final de su camino, y no sólo con la película, sino también con su faceta como director de cine. En su última obra, también reconocemos sus constantes tanto temáticas como formales: hombres errantes en busca de alguien o algo –que Alonso utiliza como mera excusa argumental-, un paisaje exterior e interior que aplasta y devora al personaje de forma brutal, la relación de los personajes con objetos reveladores, los planos fijos y mantenidos de extensa duración que provocan el desconcierto en el espectador, su rodaje en 35mm, y sobre todo, una investigación constante de las propias formas del lenguaje cinematográfico que le han llevado en cada película a reinventarse como creador adoptando nuevas fórmulas y caminos. En su quinto título, nos sitúa en la Patagonia en 1882, durante una de las campañas del ejército argentino en busca de Jauja, ese lugar mítico donde reina la abundancia y la felicidad. Les ayuda Dinesen, un capitán danés ingeniero, -magistral la composición de Viggo Mortensen- al que le acompaña su hija, Ingebor. Una noche, Ingebor se fuga con uno de los soldados, y su padre sale tras ella adentrándose en territorio enemigo. Alonso arranca su película cercando a sus personajes en un tiempo de espera, -recuerdan el ejército de El desierto de los tártaros (1976), de Zurlini- entre diálogos, tareas y baños, recordando al oficial Zuluaga que ha desaparecido (como el coronel Kurtz de Apocaypse Now), encuadrados en el formato 1:1, la total ausencia de la mise en scène, y la ruptura entre el tiempo y el espacio temporal, tres cuestiones en las que Alonso da un paso más en relación a sus anteriores trabajos. En el instante en que Dinesen se apodera de la película, el director argentino empieza su viaje, un trayecto en el que se inspira de muchas fuentes del western: desde Ford, -donde La legión invencible (1949), tendría un papel destacado-, el metafísico de Hellman, o el crepuscular de Peckinpah, donde la hermosísima y penetrante luz de Timo Salminen –habitual colaborador de Kaurismäki-, juega un gran papel dotando a la textura del filme un sabor clásico y moderno a la vez, en que el formato cuadrado afianza una imagen que conmueve e inquieta. Alonso sigue a su criatura desde la distancia, abriendo el plano, observando como el desierto lo va devorando lentamente, como su difícil tránsito por las rocas y las hierbas lo van derrotando y consumiéndolo a la nada –la secuencia nocturna donde el capitán se recuesta mirando el firmamento estrellado, resulta de una emoción sobrecogedora-. En ese momento, el espacio físico y emocional se apropian de la película transportándonos hacía otro lugar, y revelando la cinta hacía una experiencia poética y existencial, donde ya nada existe y somos invadidos por sensaciones, y estímulos de todo tipo. La secuencia de la cueva, -que podría haber firmado Lynch-, navega entre el sueño y el lirismo- podría resumir todo el trayecto de la película, donde también podríamos encontrar elementos del cine de Herzog. El cineasta bonaerense nos conduce hacía otra dimensión, quizás hasta la tierra de Jauja, un lugar que sólo existe entre lo físico y lo emocional, donde el pasado se ha borrado y el futuro no existe, un espacio espiritual y mágico que habita en algún lugar profundo de nuestro ser.