Entrevista a Mounia Meddour

Entrevista a Mounia Meddour, directora de la película «Houria», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 28 de junio de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mounia Meddour, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Martin Samper, por su gran labor como intérprete, y a Lara P. Camiña y Sergio Martínez de BTeam Pictures, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Houria, de Mounia Meddour

HERIDA, PERO EN PIE. 

“En la oscuridad, las cosas que nos rodean no parecen más reales que los sueños”.

Murasaki Shikibu

La primera secuencia de Houria, el segundo largometraje de ficción de Mounia Meddour (Moscú, Rusia, 1978), es magnífica, y tremendamente reveladora de la película que empezamos a ver. Vemos a su protagonista bailando en una terraza con los auriculares puestos, sólo escuchamos el rumor del mar. Los leves sonidos se funden con el silencio que domina todo ese instante, un momento suspendido en el tiempo. A la directora franco-argelina, de la que sabemos su trayectoria en el campo documental, ya la conocíamos por su anterior trabajo, Papicha (2019), en la que en mitad del conflicto armado de la Argelia de los noventa, se centraba en la existencia de un par de amigas que soñaban con su música y su ropa y hacer un desfile de moda, a pesar de los obstáculos y la violencia de un país sumido en una guerra cruenta. Con Houria sigue en la misma intensidad, atmósfera y paisaje, aunque ahora estamos en la actualidad argelina, donde el personaje mencionado ahora sueña con bailar, y gana dinero apostando en peleas clandestinas con cabras. Una de esas noches, que la noche ha ido bien, es atacada y le destrozan la pierna. A partir de ese momento, su vida hará un cambio de 180 grados y toda su cotidianidad girará a recuperarse y seguir soñando con volver a bailar. 

Meddour construye una historia de aquí y ahora, en la que sigue indagando en la violencia, ahora de otra forma y textura, porque sigue habiendo ese pasado traumático que sigue traumatizando a algunos personajes, y esa otra violencia, la de ahora, en un país sumido en una realidad que avanza poco y mal, con personas que desean abandonar el país y buscar nuevos horizontes y sobre todo, más oportunidades laborales, emocionales y demás. Un país que somete a sus habitantes a una situación límbica, en la que su vulnerable presente puede cambiar en cualquier momento tal y como le sucede a la protagonista. Un relato que cuida los detalles, que mira a sus personajes con profundidad y complejidad, que teje una interesante maraña de relaciones entre unos individuos que viven su presente, porque el futuro no va más allá, porque el futuro siempre resulta incierto y complicado, aunque todas ellas se sienten fuertes y valientes para seguir con sus vidas a pesar de todo y todos, y trabajar por sus sueños, esos horizontes que nunca las dejan de mirar, porque a cada paso de baile, parece que sus ilusiones están más cerca o al menos, así los miran. 

La cineasta franco-argelina vuelve a contar con algunos de los cómplices que le acompañaron en Papicha, como el cinematógrafo Léo Lefèvre, en un prodigioso trabajo de luz, en el que capta esa agitación de sus protagonistas, con una cámara atenta y febril que recoge ese continuo movimiento del primer tercio, para luego asentarse y tener pausa para explicar todo el proceso de reconstrucción de Houria. También está Damien Keyeux en el montaje, que repite con la directora, en una película bien construida, con su ritmo y su pausa en un metraje que se va a los 104 minutos. Mención especial al apartado de la música, con Maxence Dussère, que tiene en su haber la edición musical de Annette (2021), de Leos Carax, entre otros, y Yasmine Meddour, que ya estuvo en algún cortometraje de la directora, consiguen atraparnos con unas melodía vitales, sencillas y extraordinarias, muy importantes en una película donde se baile mucho. Un abanico infinito de sensaciones y sentimientos para contar este drama esperanzador que nos capta desde la citada primera secuencia inolvidable. 

Al igual que pasa con el equipo técnico, entre el equipo artístico encontramos a algunas cómplices como Lyna Khoudri, una de las chicas que soñaban con la moda en Papicha, aquí en la piel de una joven vitalista que la vida golpea de forma brutal, y que deberá volver a empezar, reconstruirse físicamente, y sobre todo, anímicamente, que cuesta más como es sabido. Una mujer que sueña con bailar, con transmitir todas sus emociones a través de la danza, una actividad que necesita expresarse, que no usa palabras, sólo el movimiento corporal, que habla y escucha y comunica con todo aquel o aquella que desee. Junto a ella, también tenemos a otra Papicha, Amira Hilda Douaouda, ahora en la piel de Sonia, una joven que sueña con bailar e irse a otro país. Le siguen Rachida Brakni interpretando el rol de la maestra de baile y mamá de Houria, una mujer que ha sufrió la violencia años atrás, Nadia Kaci es Halima, un personaje importante en la vida post accidente de la protagonista, y Marwan Zeghbib como Ali, un tipo con el que es mejor no cruzarse por la noche. 

Meddour ha tejido una película con ritmo frenético al inicio y luego, en una historia llena de pausa, comedida y tremendamente poética, donde la cámara se aposenta, se fija en lo mínimo y convierte el marco en una película silente, donde ya no hay palabras, sólo el movimiento, un movimiento pausado, tranquilo y sosegado, sólo roto por el baile, una danza que explica, que lo dice todo sin decir nada, que quiere mostrar y emocionar, y lo consigue, porque en un mundo con tanto ruido, con tantos problemas y conflictos, quizás todos y todas deberíamos parar, detenernos y mirar a nuestro interior, sobre todo, a nuestro interior, y extraer todo aquello que nos duele, que nos preocupa, todo aquello que nos doblega, que nos silencia, todo aquello que somos, porque con el baile podemos seguir bailando, transmitiendo, y seguir soñando, porque si de algo estamos completamente convencidos es que podemos estar mal, decepcionados, rotos y vacíos, pero lo que no podemos estar en este mundo sin sueños, porque soñar es una de las mejores acciones que podemos no sólo para protestar contra la injusticia y la desigualdad, sino por y para nosotros, porque se puede vivir sin muchas cosas materiales, pero lo que no se puede vivir es sin sueños, sin querer mejorar, y seguir en la pelea por lo que sentimos de verdad, y eso nunca no los pueden quitar, por muchas hostias que nos den, por muchos golpes que recibamos, porque los sueños son sólo nuestros y de nadie más, ya lo decía Calderón, “Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son…”, y eso es lo más grande que nos puede suceder, créanme y no dejen de soñar, porque los de verdad no hay que fingirlos, sólo mostrarlos a los demás y a uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La memoria escondida, de José Luis Pecharromán

LA MEMORIA LGBTIQ+. 

“Que nada nos limite. Que nada nos defina. Que nada nos sujete. Que la libertad sea nuestra propia sustancia”. 

Simone de Beauvoir

Una de las funciones de los estados democráticos es mirar a su pasado más funesto y terrorífico, no con el afán de revanchismo y envidias, sino para restituir a todas sus víctimas que, en su mayoría, han sido silenciadas y olvidadas. Los gobiernos españoles democráticos no han destacado por ayudar a esclarecer los crímenes franquistas y construir una verdadera memoria de aquellos años. Todo se ha hecho con mucho esfuerzo y un trabajo incansable de agrupaciones y asociaciones civiles compuestas por familiares y amigos de los desaparecidos, que han luchado para recuperar esas memorias y sus cadáveres y darles un descanso digno y merecido. La memoria política se hace muy lentamente y con mucho esfuerzo, pero la memoria LGBTIQ+ todavía está por hacerse y sigue silenciada en la mayoría de casos. Así que, la película La memoria escondida, de José Luis Pecharromán (Madrid, 1970), resulta no sólo necesaria, sino fundamental para recuperar toda esta memoria silenciada y olvidada. 

El director madrileño, que debuta en el largometraje, después de una larga trayectoria como cinematógrafo de más de dos lustros en series como Herederos, Valientes, Cita a ciegas, Seis Hermanas, Mar de plástico, Los pacientes del Doctor García, entre muchas otras. Una película que se olvida de datos y estadísticas y del manido reportaje con textura videoclipera, para construir un documento que recoge toda la verdad y nada más que la verdad, pero no la histórica, sino la personal, la que se cuece en los hogares y en la cotidianidad de muchas víctimas que tuvieron que soportar leyes deshumanizadas como la de Vagos y Maleantes, que estuvo en vigor desde el 1954 hasta el 1970, que reprimía la homosexualidad, y la que la sustituyó, la de peligrosidad y rehabilitación social que se mantuvo hasta el 1983 y las consiguientes modificaciones que dotaban de más libertad hasta su derogación total en 1995. La película pone rostros y memoria y da voz y palabra a personas de la tercera edad, con nombres y apellidos e historia como Antonio Ruiz Fernández, Montserrat González Montenegro, Antonio Sánchez Franco y Rosa Araúzo Quintero. Todos y todas hablan mediante conversaciones, al estilo de El papel no puede envolver la brasa (2007), de Rithy Panh, y los espectadores miramos y escuchamos sus diálogos, donde explican su infancia, juventud y adultez en los que deben esconder su condición ante la persecución del estado mediante la policía, y el rechazo de su entorno familiar y social. 

Nos cuentan relatos de terror y violencia, relatos de un país sometido al odio y la ignorancia, a un país dominado por militares y curas, a un país que no respetaba a las personas diferentes y sobre todo, un país que perseguía la libertad en todos los sentidos. Pecharromán responsable de su guion, coproductor, cinematógrafo construye una película de hora y media y en primoroso y cálido blanco y negro, un no color sintomático de las no vidas de sus protagonistas-testimonios, con un exquisito y conciso montaje de Nino Martínez Sosa, del que hemos visto su trabajo en películas tan importantes de Jaime Rosales, con el que ha colaborado en cuatro de sus films, así como La buena nueva, de Helena Taberna, entre otras. Una edición que bucea en los diferentes testimonios, contraponiendo las diferentes experiencias, posiciones y sentimientos, donde las vidas de las cuatro personas tienen espacios comunes de represión, de automutilación y demás caminos para ser respetados, hacer valer su identidad y sobre todo, ser libres sin imposiciones de ningún tipo a nivel emocional y sexual. 

Aplaudimos y celebramos el trabajo de Pecharromán con su ópera prima La memoria escondida, porque hacen mucha falta películas como la suya, películas que hablen, que nos hablen y también, pongan voz a tanto silencio, y ponga rostros, nombres y apellidos, y experiencias vitales y personales de unos cuántos que son la voz de tantos y tantas reprimidos, violentadas, asesinados y silenciadas de los que muy pocos se acuerdan, porque la construcción de un país democrático y libre debe mirar a su pasado más terrorífico, y aquí siempre hay cosas, intereses y gentuza que no quiere mirar ese pasado y seguir alimentando la ignorancia, la estupidez y los intereses económicos. La película focaliza su documento en cuatro vidas, cuatro testimonios que nos hablan de la memoria de un país, de su memoria, de donde venimos y todo aquello que fuimos como país, con sus violentas leyes y persecución a todo aquel que era diferente, y sobre todo, un peligro para ellos, que ya dice que clase de estado dictatorial era, una lástima que tantas personas tuvieran que soportarlo. Una memoria que hay que contar, que escuchar y sobre todo, reflexionar por lo que tenemos hoy en día, y sin bajar la guardia, porque la ultraderecha sigue ahí, esperando su momento, y nos movemos y la derrotamos, o como dice uno de los testimonios, volveremos a tener problemas como ocurre en Hungría y Polonia, estados de pleno derecho de la Unión Europea que hacen leyes que persiguen al colectivo LGBTIQ+. En esas estamos, así que sigamos en la lucha. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ti mangio il cuore, de Pippo Mezzapesa

TIERRA DE SANGRE. 

“No quiero matar a todos… sólo a mis enemigos”.

Frase escuchada en El Padrino, de Coppola. 

Hemos visto muchas películas que abordan la mafia italiana desde múltiples aspectos y miradas, como, por ejemplo, y por citar las más recientes, tenemos Gomorra (2008), de Garrone, Calabria (2014), de Francesco Munzi, El traidor (2019), de Bellocchio, Para Chiara (2021), de Jonas Carpignano, entre otras. Ahora, nos llega Ti mangio il cuore, qué podríamos pensar otra de gangsters, sí, es otra de gangsters, pero con alguna que otra peculiaridad. Porque se concentra en la región de Puglia, en el promontorio de Gargano, en una península al sureste de Italia. Una zona poco o nada tratada en el cine, en una historia que arranca en 1960, en una inmensa secuencia de apertura que nos deja sin aliento, en la que asistimos a una matanza en fuera de campo, ciñéndonos en una virgen o madonna que irá llenándose de sangre a medida que avanzan los disparos secos y estruendosos. La acción se traslada al 2004, cuando Michele Malatesta ya adulto y padre de familia, único testigo y superviviente de la matanza, desea la paz entre su familia y los Camporeale, autores de la citada matanza. 

El director Pippo Mezzapesa (Bitonto, Italia, 1980), que ha trabajado en documentales y cortometrajes y un par de largometrajes encuadrados en temas humanos y sociales, basados en hechos reales, como Il paese delle spose infelici  (2011), e Il bene mio (2018). Con Ti mangio il cuore se inspira en la novela homónima de Carlo Bonini y Giuliano Foschini, en un guion escrito a seis manos por dos cómplices como Antonella W. Gaeta y Davide Serino y el propio director, en el que abordan el odio y la venganza entre dos familias, los Malatesta y Camporeale, y la chispa que todo lo provoca que no es otra que el amor entre el apocado y reservado Andrea Malatesta y Marinela, la esposa de Santo, el hermano huido de los Camporeale. El amor queda al descubierto y la violencia entra en juego de manera salvaje y cruel, sin miramientos ni compasión, a degüello y hasta el final. En este tipo de relatos es difícil no caer en acciones trilladas y demás, pero lo que hace especial la película de Mezzapesa es su estética, filmada en un primoroso y magnífico blanco y negro, muy contrastado, como ese brutal comienzo que ya hemos mencionado, la procesión que vemos, con esos mantos negros de las mujeres que contrasta con las casas blancas, etc. que firma el cinematógrafo Michele D’Attanasio, que ya estuvo en La giornata (2017), corto del citado director italiano, y que hemos visto otros trabajos suyos en películas de Moretti, por ejemplo. 

El gran trabajo de montaje de Vicenzo Soprano, que ha trabajado en películas de Garrone, y Donde caen las sombras (2017), de Valentina Pedicini, que vimos por aquí, porque consigue dotar de ritmo y pausa a una película con muchos asesinatos que se va casi a las dos horas de metraje. Si la fotografía es uno de los elementos más espectaculares y cruciales de la película, su asombroso y equilibrado reparto no se queda atrás, arrancando por su maravillosa pareja protagonista. Por un lado, tenemos a Elodie, famosa cantante italiana que debuta en el cine dando vida a la impresionante Marilena, una mujer, muy al estilo de la Sofía Loren de aquellas comedias de De Sica, que se convertirá en el objeto de deseo, amor y vida de Andrea Malatesta que hace un desatado y estupendo Francesco Patané, que recordamos por su papel dando réplica a Castellito/Gabriele D’Annunzio en El poeta y el espía (2020), de Gianluca Jodice, en un personaje de esos que se recuerdan por todo su brutal proceso. Le siguen figuras como Michele Placido, que da vida a Vincenzo Montanari, el otro, que intenta poner paz entre las dos familias, el gran Michele Placido, con más de medio siglo de carrera, que hemos visto en mil y una con grandes nombres como los de Monicelli, Amelio, Comencini, Ferreri, Moretti, Tornatore y Borowczyk, entre otros. 

Seguimos con el mencionado “Padrino” de los Malatesta, lo hace Tommaso Ragno, que conocemos por su aparición en películas como Lazzaro felice (2018), de Alice Rohrwacher, y Tres pisos, de Moretti, entre otras, y Lidia Vitale, la mamá de los Malatesta, auténtica mamma italiana, que tiene en su filmografía a Sorrentino, Castellito y Marco Tulio giordana, y muchos más. Después tenemos una retahíla de estupendos intérpretes con esos rostros de “verdad”, como en las películas de gángsters de Coppola y Scorsese, donde no parecen actores ni actrices, sino mafiosos de verdad, con esas formas de caminar, de mirar y de disparar, que encogen el alma. Unos tipos que van de cara y sin miramientos, con una mezcla de miedo y valentía, los Francesco Di Leva, Giovanni Trombetta, Letizia Pia Cartolaro, Giovanni Anzaldo, Gianni Lillo y Brenno Placido, entre otros. Ti mangio il cuore, de Pippo Mezzapesa gustará a todos los amantes de películas de gangsters, con violencia a raudales, pero no esa violencia gratuita y estúpida de otras producciones populares, aquí la violencia hace daño, duele, y tiene consecuencias terribles, de esas que provocan más sangre, y sobre todo, secuelas emocionales, porque en la vida no hay nada gratis, en la vida todo se paga e incluso a veces se paga con la vida, la posesión más preciada que tenemos y que tanto olvidamos, quizás nos salve el amor, pero ya sabemos que no, el amor también tiene su violencia, y en ocasiones, puede ser mortal, y si no que se lo digan a los Capuleto y Montesco de esta película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Theo Montoya

Entrevista a Theo Montoya, director de la película «Anhell69», en el marco del D’A Film Festival en Barcelona, en el Hotel Regina, el miércoles 29 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Theo Montoya, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Iván Barredo de Surtsey Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ellas hablan, de Sarah Polley

UN DÍA, UNA NOCHE. 

“Las mujeres del pajar me han enseñado que la consciencia es resistencia, que la fe es acción, que se nos acaba el tiempo. Pero ¿puede ser también la fe volver, permanecer, servir?”.

De la novela “Ellas hablan”, de Miriam Toews.

Conocimos el inmenso talento como actriz de Sarah Polley (Toronto, Canadá, 1979), antes que cumpliese los veinte años en la fabulosa El dulce porvenir (1997), luego la vimos a las órdenes de grandes cineastas como Cronenberg, Winterbottom, Bigelow, Wenders, aunque será de la mano de Isabel Coixet en Mi vida sin mí (2003), donde veremos su inmenso potencial en uno de esos personajes más grande que la vida. Dos años después, el tándem volvería a repetir en La vida secreta de las palabras. Al año siguiente, en el 2006 debuta como directora con Lejos de ella, un intenso drama sobre el amor y el alzheimer, basada en un libro de Alice Munro, que protagonizó Julie Christie, con la que había coincidido en la segunda película con Coixet. Cinco años después dirige Take This Waltz, un drama romántico protagonizado por Michelle Williams. Un año después, se pone a rescatar la figura de su madre fallecida a través de sus familiares y amigos en el imperdible Stories We Tell

Ahora, nos llega un intenso y asfixiante drama protagonizado por un grupo de mujeres menonitas a partir de la novela homónima de Miriam Toews, que participó como actriz en Luz silenciosa (2007), de Carlos Reygadas, ambientada en este grupo religioso patriarcal, machista y pacifista. Una película con una exquisita y cercana producción detrás auspiciada por dos grandes nombres del cine más independiente como son Dede Gardner y Jeremy Keliner, y también Brad Pitt, que tienen en su haber nombres de gran interés como Andrew Dominik, Terrence Malick, protagonizadas por el mencionado Brad Pitt, y otras dirigidas por James Gray y Barry Jenkins, entre otros. La directora canadiense huye de la fisicidad y el movimiento para encerrarnos en un pajar alrededor de siete mujeres. Mujeres que se han reunido en ese lugar para debatir qué hacer con sus vidas, ahora que los hombres quedarán libres después de las denuncias por años de abusos, explotación y violencia hacia ellas. Un grupo de mujeres menonitas sin derechos, sin educación y sin vida, a merced de la voluntad del macho, tienen un día y una noche para ver qué deciden: seguir en el pueblo y luchar, o en cambio, marcharse. 

Polley opta por una delicada e intensa pieza de cámara Brechtiana, en el que asistimos a un combate feroz de la dialéctica y el verbo, donde unas y otras exponen sus razones, sus miedos, sus tristezas, sus desilusiones y sobre todo, su incertidumbre y su miedo. La cineasta de Toronto vuelve a acompañarse de luc Montpellier en la cinematografía, como hiciera en sus dos primeros trabajos como directora, en el que optan por una luz naturalista y llena de contrastes, una luz que va evidenciando los diferentes y complejos estados de ánimo por los que transitan estas mujeres acorraladas y llenas de rabia y furia, unas más que otras. Una luz que se ve potenciada por la grandísima música de Hildur Sudnadóttir, de la que ya habíamos escuchado trabajos memorables como los de Joker (2019), de Todd Phillips, y la más reciente Tár, de Todd Field. Una música afilada donde suena una composición elegante y lijada que recorre con intensidad y suavidad todo lo que vamos viendo, sumergiéndonos en ese estado de espera y miedo en el que están unas mujeres que ya han dicho basta y no van a seguir reprimidas e invisibilizadas. El tándem de montadores que forman Christopher Donaldson, del que destacan sus trabajos en series tan importantes como American Gods y El cuento de la criada, y Crimes of the Future, la última del citado Cronenberg, y la editora Roslyn Kalloo, con experiencia en el medio televisivo. 

Todo el impecable trabajo técnico quedaría muy ensombrecido, si una película de estas características, donde se opta por la intimidad y la sensibilidad, a la hora de afrontar un relato sobre abusos y horror en el seno de una comunidad profundamente religiosa y pacifista. Un reparto que brilla con fuerza y sensibilidad, acercándonos a todas las posiciones enfrentadas entre ellas, un ejercicio verbal que daña, que interpela y que también, es muy violento en ocasiones. Un grupo de actrices que dejan de ser actrices para ser mujeres menonitas, todas muy diferentes entre ellas pero haciendo frente común porque todas sufren los innumerables abusos y horrores. Un grupo encabezado por Rooney Mara, tan cercana, tan transparente, con esa voz que da volumen a las palabras, un actriz portentosa que lo dice todo sin mover los labios, Claire Foy, que deja la serie The Crown, para meterse en una mujer fuerte, de carácter, la guerrera del grupo, la que no se deja amilanar por ningún hombre violento, Jessie Buckley, que siempre está excelente y sigue a un gran ritmo de grandes interpretaciones después de La hija oscura y Men, las veteranas Judith Ivey y Sheila McCarthy, y las otras más de reparto pero igual de importantes como Michelle McLeod, Kira Guloien, Liv McNeil, Kate Hallet, Shayla Brown, y está también Frances McDormand, que es otra productora de la película, pocas palabras hay que añadir para una actriz que es todo un portento de la mirada y el gesto, como demuestra el par de ratos que aparece en la película, solo su presencia llena cualquier personaje. Y no olvidemos, el único hombre de la función, un Ben Whishaw, el maestro del lugar, un tipo sensible, terriblemente eterno enamorado de Ona, el personaje de Rooney Mara, un hombre que es el anti hombre rudo, violento y machista menonita, que ayuda a escribir el acta de todo lo que allí se dice, se discute y sobre todo, se acuerda. 

Ellas hablan no es una película al uso, digamos convencional, en el que todo tiene un conflicto y una resolución y todo está para molestar poquito. Aquí las cosas van por otro lado, porque aunque Polley opta por una estructura aristotélica, la convencionalidad se acaba ahí, porque lo que se plantea es sumamente actual y muy complejo, porque estas mujeres menonitas, que tendrían su más clara referencia en Siete mujeres (1966), la película con la que se despidió del cine uno de los grandes como John Ford, han dicho basta, se han cansado de tanto humillación y violencia, y eso las sitúa en una película que habla tanto de la historia de todas las mujeres, de las humilladas y pisoteadas, pero también, de todas aquellas que dijeron basta, que se levantaron, que se enfrentaron a sus agresores, que no se callaron, y sobre todo, que decidieron por ellas mismas, porque hubo un día que todo cambia, y ese día y esa noche, ya nada volverá a ser igual, porque después de ese día y esa noche, las mujeres menonitas han dejado de estar calladas y han hablado de lo que sienten, han hablado de todo lo que les duele, y sobre todo, han hablado y han decidido por ellas mismas, y ese gesto, que nunca habían hecho, las convierte en otras personas, en mujeres que ya no miran atrás y se lamen las heridas, en mujeres que viven por ellas mismas, en compañía y nunca más solas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Decision to Leave, de Park Chan-Wook

ESO QUE TENEMOS ES MÁS FUERTE QUE EL AMOR.

“Ser feliz, ser feliz porque si, porque respiro y porque tú respiras”

Pablo Neruda

MI primera vez con Park Chan-Wook (Seúl, Corea del Sur, 1963), fue con Old Boy (2003), un relato noir, muy oscuro y absorbente, con una elegante y sofisticada mise en scene, atravesada por una historia de amor arrebatada y sensual, estructurada a través de la venganza como leitmotiv, y sostenida en una violencia durísima, en una tragedia en la que se hablaba de vida y emociones. Eso sí, una de esas películas a la que siempre vuelves, siempre piensas, siempre imaginas, como ese amor que no puedes olvidar. Las siguientes del cineasta coreano han seguido en esa línea, atrapándonos en esos mundos dentro de este, unos mundos contradictorios, muy complejos, donde abundan las situaciones tensas y muy oscuras, en las que los espacios extraños y muy peculiares acompañados de los agentes atmosféricos tienen una importancia vital, escenificando el tsunami interior que están viviendo los respectivos personajes, unos personajes que deambulan, que no encuentran su lugar y sobre todo, van de aquí para allá en esa búsqueda incesante del amor.

Con Decision to Leave, nos sumerge en la mente de Jang Hae-joon, un policía insomne, obsesionado con su trabajo, en el montón de casos sin resolver que materializa mediante fotografías y notas en la pared del interior de un armario. Un policía que investiga los asesinatos de un sujeto que no logra detener, al que se suma el caso de un montañista, aficionado a Mahler, que ha caído mortalmente de una montaña muy peculiar. La cosa parece ser un suicido, pero con la entrada de Song Seo-rae, la mujer del muerto, todo cambia, y entre los dos nace una especie de amor-odio imposible de descifrar que los irá acercando cada vez más. Park Chan-Wook es un maestro de sumergirnos en su historia, y no lo hace de forma burda o con prisas, sino todo lo contrario, lo hace como los grandes maestros, a través de todo lo invisible, a través de miradas, gestos y objetos, objetos que adquieren su propio punto de vista, como esos encuadres a través de pantallas, y esos planos detalle en los que traspasa la pantalla como esas manos esposadas y rozándose, metáfora del conflicto que existe entre los dos protagonistas, y qué decir de esas secuencias, por ejemplo la del interrogatorio, en los que cambia la perspectiva o la vemos a través del reflejo o los monitores.

Una puesta en escena detallada y meticulosa, de la que cada movimiento de cámara no solo sirve para ver las cosas sino también para cambiar la perspectiva y generar esa incertidumbre constante en las emociones de los espectadores, creando esas imágenes imposibles que destilan una lírica suave y elegante, que le acerca a cineastas de la elegancia como Ophüls, Minnelli, Bresson, Visconti, y otros. Si la cámara interviene de forma fantástica en la narrativa del relato, el relato en si no le va a la caza porque también se muestra como un intenso y profundo caleidoscopio de situaciones, de tiempos, que van y vienen, y de conflictos laberinticos que empiezan y acaban sin ningún orden aparente, en el que los personajes viven el presente y el pasado aleatoriamente, aunque todo ese mejunje no hace que la película se torne complicada ni mucho menos, porque tiene esa mezcla de clasicismo y muy rompedoras como la tenían cineastas que también idearon historias de amor fou como Amanecer (1927), de Murnau, Breve encuentro (1945) de Lean, Jennie (1948), de Dieterle, Vértigo (1958), de Hitchcok, y Tristana (1969), de Buñuel, que acuñó el termino amor fou, In the Mood for Love, de Wong Kar Wai,  entre otras.

Chan-Wook, fiel a sus más cómplices colaboradores, vuelve a coescribir el guion junto a Seo-kyeong Keaong, quinto trabajo juntos, así como el cinematógrafo Kim Ji-Yong, acompañándolo en muchas de sus obras, y un reputado técnico que consigue ese aroma poético y muy cotidiano que tiene la película, con esos colores que contratan mucho con el ambiente, y esa atmósfera densa que nos subyuga desde el primer minuto, enredándonos en esos conflictos y emociones de los personajes, la excelente música de Jo Yeong-Wook, otro habitual, al que su lírica composición que va mucho más allá del acompañamiento, contribuyendo en construir toda esa madeja de emociones tan intensas y profundas, amén de las otros temas que como es frecuente en el cine del cineasta coreano, hay una mezcla muy interesante y particular, porque escuchamos desde la clásica de Mahler hasta un tema como “Niebla”, un bolero de antes que transmite todo lo que les acerca y distancia a los dos personajes principales, y finalmente, la participación del montador Kim Sang-Beom, toda una institución en la cinematografía coreana con más de cien títulos a sus espaldas, un habitual de Chan-Wook, que consigue una maravilla de edición, dotando de coherencia y ritmo pausado a una película que se va a los ciento treinta y ocho minutos de metraje, que no cansa y sobre todo, no aburre en ningún instante, sino todo lo contrario, donde el interés y el misterio adquieren un tono de in crescendo arrollador y muy inquietante.

Una magnífica pareja protagonista, con demasiadas vidas en sus pasados, con Park Hae-Il, que habíamos visto en Memories of Murder y The Host, ambas de Bong Joon-Ho,  en la piel del policía que no puede dormir, en alguien que vive agobiado por la niebla donde vive, que no está enamorado de la mujer con la que vive, y sobre todo, se siente fascinado por Song Seo-rae, a la que debe investigar y amar a la vez, todo un conflicto enorme, pero junto a ella lo tiene todo, o quizás podríamos decir, no le falta nada. Frente a él, Tang Wei, la actriz china que nos había maravillado en película como Deseo, peligro, de Ang Lee y en la reciente Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan, en el rol de esa femme fatale, de esa mujer que nos seduce con la mirada o con un leve gesto, tan inteligente y bella, pero también llena de peligro por su intervención o no en las diferentes muertes que se van sucediendo durante todo el metraje. Como en toda película de amour fou que se precie, nos encontramos con una pareja protagonista compleja, llena de amor y también de odio e indiferencia, por lo menos en un sentido aparente, porque el noir debe contener esos elementos de persuasión y sensualidad, esos momentos en los que el tiempo se detiene, como los convirtiera en seres inmateriales, donde todo lo terrenal adquiere otro sentido, como esa maravillosa secuencia en la cima de la montaña, mientras está nevando y cae la noche, todo adquiere magia y sobre todo, una belleza donde podemos escuchar la respiración de los seres en cuestión, un elemento primordial en la película, porque constantemente se juega en todo lo que sienten y se explica con imágenes, detalles, objetos y acercamientos, sin recurrir a los diálogos, convirtiendo la película en un ejercicio de cine mudo, donde la imagen prevalece ante la palabra.

No dejen pasar la oportunidad, si la tienen, porque no todo el mundo tiene un cine que programen una película como esta, peor el que si la tenga, no deje de ver Decision to Leave en una pantalla grande, como mandan las buenas películas, con unas características de sonido y butacas muy cómodas, porque créanme si les digo que la película así lo requiere, porque cuenta y sobre todo,  está contada con elementos pensados para una gran pantalla, donde la imagen tiene esa fuerza y esa belleza, donde el tiempo pierde su sentido, y la vida lo tiene todo, porque no solo van a disfrutar de uno de los cineastas más rompedores e interesantes actuales, sino que se van a dejar llevar por el amor, eso sí, un amor de verdad, de los que duran para siempre, y no me refiero a lo físico, sino a lo emocional, a los que después de los años, siguen en tu interior, y no los puedes olvidar, y no por intentarlo, sino porque es mucho más fuerte que el amor, un amor que vive, que sueña y sobre todo sigue en el recuerdo, porque uno no ama y recuerda a quién quiere sino a quien sintió de verdad, al que no puede olvidar aunque pasen los años. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Justin Lerner

Entrevista a Justin Lerner, director de la película «Cadejo blanco», en el Hotel Casa Fuster, el miércoles 14 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Justin Lerner, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cadejo blanco, de Justin Lerner

SARITA Y EL INFIERNO.

“hay una manera de salir del bosque oscuro, pero la mala noticia es que el camino atraviesa el infierno. Y”

Mihaly Csikszentmihalyi

Según la Real Academia de la Lengua Española, el término “cadejo”, recoge la siguiente definición: En la mitología popular de países como Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, se trata de un animal fantástica al que se le atribuye aparecerse a algunas personas para asustarlas o llevárselas. A partir de esta premisa, el cineasta Justin Lerner (State College, Pensilvania, EE.UU., 1980), en un viaje para abrir una escuela de cine en la Ciudad de Guatemala, conoció las “cliclas”, bandas desorganizadas e ilegales llenas de jóvenes delincuentes que se dedican al narcotráfico, al robo y al asesinato. Con todos estos elementos imagina la historia de Sarita, una joven guatemalteca que, una noche después de desaparecer su hermana Bea, sigue al ex novio de esta, Andrés, que la llevará a la ciudad portuaria de Puerto Barrios, en el noreste del país, en la que se infiltrará en la banda a la que pertenece el joven para conocer el paradero de su hermana desaparecida.

Con un guion escrito por el propio Lerner, seguimos el descenso a los infiernos que protagoniza Sarita, una joven sin nada, que nada tiene que perder, y sobre todo, le obsesiona la desaparición de su hermana, un objetivo que no la detendrá a pesar de meterse en lo más profundo de la violencia extrema de Guatemala. Con un gran trabajo de cinematografía que firma el austriaco Roman Kasseroller, del que conocíamos sus trabajos en Juana a los 12, de Martin Shanly, y Cocote, de Nelson Cairo de los Santos Arias, el relato se centra en la mirada y la posición de la protagonista, sumergiéndonos en ese infierno en el que Sarita hará todo y mucho más para ser una más y ganarse la confianza de los delincuentes y así saber que fue de su hermana. Un gran trabajo de montaje del propio director y César Díaz (del que hemos visto su película como director Nuestras madres, sobre los desaparecidos de la dictadura de Guatemala), en el que prima la pausa y el realismo crudo y sucio para una película de ritmo intenso y oscuro que se va a las dos horas.

Díaz también actúa como productor, junto a otros grandes nombres del cine independiente como Mauricio Escobar, en los trabajos de Jayro Bustamante, y el productor estadounidense Ryan Friedkin, responsable de películas como Monos, de Alejandro Landes, y la última de Ruben Ostlund, y Gino Falsetto, detrás de nombres tan potentes como Clint Eastwood y Martin Scorsese. El espectacular trabajo de sonido de un grande como Frank Gaeta, que está al frente de películas de Alexander Payne, Walter Salles y otros productos blockbuster. Un grandísimo reparto encabezado por Karen Martínez dando vida a Sarita, inolvidable protagonista de La jaula de oro, de Diego Quemada-Díez, que ejecuta a la perfección un personaje aislado, que se mete en la boca del lobo en soledad, con valentía y mucho de inconsciencia,. Una joven temeraria y tenaz en su propósito sin calibrar las consecuencias de tan tamaña y peligrosa empresa. Una mujer que radia fragilidad, belleza, fuerza y un coraje inquebrantable.

Un reparto que se completa con Rudy Rodríguez como Andrés, un antiguo miembro de una “clica”, que bajo las órdenes de Tatiana Palomo, una prestigiosa coach de actores no profesionales que, aprendió en la escuela de Carlos Reygadas, actúa de forma natural ante la cámara, al igual que los otros amateur de la película que forman la “banda”. También encontramos a otro de La jaula de oro, el actor Brandon López como Damian, otro de los “gallitos” de la cinta, y al actor guatemalteco Juan Pablo Olyslager, que hemos visto como protagonista en Temblores, y en el reparto de La llorona, ambas de Jayro Bustamante, en un rol de gánster y malcarado. Cadejo blanco  tiene el aroma de películas como Accattone (1961), de Pasolini, con esos jóvenes de la periferia, sin futuro y echados al crimen como una salida para sobrevivir, o títulos como Hardcore (1979), de Paul Schrader, en la que un padre buscaba a su hija desaparecida en los tugurios del sexo más depravado, y en Matar a Jesús (2017), de Laura Mora, donde una joven se introducía en los bajos fondos de la violencia en Colombia para vengar el asesinato de su padre. Bajo una apariencia de thriller de investigación, el relato nos guía por un país muy desigual e injusto, muy bien reflejado en la relación de Sarita y el joven de clase alta con el que se relaciona sexualmente.

Un país en el que una buena parte de su población está destinada a vivir de forma pobre y miserable o eligiendo salidas como las “clicas” dirigidas por sinvergüenzas como “el patrón”, un tipo aparentemente buen ciudadano, padre de familia y simpático, que capitanea esa legión de jóvenes delincuentes que hacen el trabajo sucio para su enriquecimiento. Un gran acierto es no hacer una película condescendiente ni edulcorada, donde las cosas sean blancas o negras, sino llenas de matices e innumerables grises, en que la línea que separa lo honesto y la violencia es finísima, donde uno o una debe cuidarse a sí mismo y hacer lo que tiene que hacer, a pesar de cruzar todas las líneas posibles e imposibles. Sarita no quiere vengarse, solo quiere saber qué ha sido de su hermana, y para ello, no se detendrá ante nada ni nadie, siendo consciente o no del peligro que corre su vida, pero cuando has perdido lo que más querías, porque no arriesgarse en conocer la verdad, aunque está te haga cruzar el lado más oscuro de la condición humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entre la vida y la muerte, de Giordano Gederlini

UN HOMBRE SIN PASADO.

“No desarrollas el coraje al ser feliz en tus relaciones todos los días. Lo desarrollas sobreviviendo a tiempos difíciles y desafiando la adversidad”

Epicuro

Si tienen algo en común los policíacos interesantes es que deben enganchar al espectador en los primeros minutos. El arranque de Entre la vida y la muerte es de manual. Nos sitúan en la noche, en la cotidianidad de Leo Castaneda, un conductor de metro sin más que tiene por delante una jornada más. El devenir le enfrenta al atropello mortal de un joven que se ha lanzado a la vía. Todo cambia cuando nos enteramos que el joven fallecido es Hugo, el hijo de Leo. Y será en ese instante, cuando la vida de Castaneda se convertirá en una huida hacia el peligro porque solo tiene en mente aclarar las circunstancias de la muerte de su único hijo. El segundo largometraje del director belga Giordano Gederlini (Santiago de Chile, 1971), al que conocemos por sus trabajos como guionista en películas tan importantes como Los miserables (2019), de Ladj Ly, y en Instinto maternal (2018), de Olivier Masset-Depasse, entre otras.

El nuevo trabajo de Gederlini es un film noir bien construido, lleno de detalles, con una absorbente atmósfera y sobre todo, con un grandísimo trabajo interpretativo por su enorme trío protagonista. El retrato duro y asfixiante, como debe ser, nos sitúa en Bruselas, o quizás podríamos decir, en esa Bruselas oscura, sucia y violenta, muy alejada de la estampita turista, en un espacio nocturno, donde por un lado hay delincuentes implicados en un atraco con muchas consecuencias negativas, por el otro, la policía, con una Virginie, encargada del caso y el comisario y padre, y en medio de todo, o alejado de ellos, Leo Castaneda, que trabaja por su cuenta, esquivando a unos y otros, sumergido en una espiral violenta del que no parece tener salida, en una carrera vertiginosa en el que solo quiere aclarar los sucesos que han llevado a la muerte a su hijo. Una parte técnica que brilla con luz propia como la impresionante cinematografía de Christophe Nuyens, con un amplio historial en series televisivas como Lupin y Cordon, entre muchas otras, que recrea con maestría ese mundo oscuro, lleno de sombras y almas perdidas, la atmosférica y angustiante música del mítico dj Laurent Garnier, y el exquisito y ágil montaje de Nicolas Desmaison, que conduce con acierto los noventa y seis minutos de una película en el que no cesan de suceder cosas, pero con cabeza y serenidad.

El trabajo de síntesis y audacia argumental de Gederlini está en cada encuadre y acción de la película, llevándonos con claridad hacia en encuentro de Castaneda con su destino o simplemente, con su verdad, porque la historia que se nos cuenta solo tiene una dirección, un viaje con billete solo de ida, de alguien que tiene un pasado que desconocemos, de alguien del que sabemos poco, de alguien que nos recuerda a todos esos tiempos muy propios del western crepuscular, cuando todavía no se llamaba así, que nos recuerda mucho a Jimmie Ringo, el personaje que interpretaba Gregory Peck en esa obra maestra que es El Pistolero (1950), de Henry King, alguien que no puede huir de quién es por mucho que se empeñe. Castaneda tampoco está muy lejos de esos antihéroes a su pesar que poblaban el cine negro estadounidense de casi todas las épocas, pero sobre todo, el de los setenta, donde unos tipos sin más, se enfrentaban a todos los maleantes por un motivo siempre muy personal e íntimo. Un noir en toda regla que se precie se basa mucho en la relación entre los personajes, unos personajes turbios, con poca vida a parte de la profesional o criminal, que se debaten entre aplicar la ley o transgredirla, independientemente del lado en que se encuentren.

El cineasta belga nacido en Chile, convoca un gran reparto, entre los que destacan un buen grupo de intérpretes de reparto que dan vida a seres con carácter y fuertes, y el espectacular trío protagonista, entre los que nos encontramos a Marine Vacth, del que muchos la recordamos en sendas películas de Ozon como Joven y bonita (2013) y El amante doble (2017), en la piel de Virginie, la encargada del caso que tiene que lidiar con su ímpetu y vulnerabilidad, amén de tratar con el comisario que es su padre, un padre fuerte y duro que interpreta un star del cine europeo como Olivier Gourmet, nada que añadir a uno de los actores fetiche de los Dardenne, siempre en su sitio, con un rostro muy característico y una mirada que destroza. Y finalmente, Antonio de la Torre en la piel del atribulado y oscuro Leo Castaneda, que debuta en el idioma francés con gran nota y demostrando que es uno de los intérpretes más importantes de la última década, no solo por ese look de tipo que vive en las catacumbas, casi una especie de espectro del inframundo, alguien que se enfrentará a sus miedos y a él mismo, alguien que lo ha perdido todo y nada tiene que perder. Gederlini ha construido una película auténtica, sin alardes narrativos ni formales, solo centrándose en este brutal descenso de los infiernos de un tipo común que nada tiene de común, uno de esos hombres que sin pasado tiene mucho pasado a sus espaldas, quizás demasiado, y que, por circunstancias, no solo se lanzará en su búsqueda, sino que después de todo, ya nada podrá ser igual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA