Entrevista a Lucía Alemany

Entrevista a Lucía Alemany, directora de la película «La inocencia», en la Cafetería Farga en Barcelona, el viernes 20 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucía Alemany, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La inocencia, de Lucía Alemany

EL ÚLTIMO VERANO DE LIS.

“No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo”

Mario Benedetti

La inagotable cantera cinematográfica de la escuela de cine Escac sigue dando sus inmejorables frutos y alumbra una nueva mirada que se llama Lucía Alemany (Traiguera, Castellón, 1985) que ya habíamos conocido hace cuatro años cuando presentó su cortometraje 14 años y un día, en el que plasmaba las disputas de Arantxa, una niña de 14 años que se enfrentaba a la tiranía paterna, íntegramente filmado en su pueblo natal. Para su puesta de largo ha vuelto a su pueblo para filmar a otra niña, en este caso Lis, quinceañera, en mitad de otra tesitura emocional que también la llevará a enfrentarse a sus padres, por su deseo de ser artista de circo, a su pueblo y su particular pelea por su vida. Alemany escribe junto a Laia Soler Aragonès, compañera de la Escac, un guión que arranca con el final de las fiestas patronales del pueblo, con las verbenas de pasodobles, “bous al carrer”, procesiones y los fuegos artificiales como fin de fiesta, o lo que es lo mismo, el final del verano, el final de ese espacio y estado emocional de despreocupación, libertad, amigas y fiesta.

Empieza el otoño y también, las clases y las obligaciones, pero Lis, que encuentra en Néstor, un novio de verano, una forma de huida ante la opresión del ambiente de pueblo cerrado y crítico con cualquier actitud diferente, pero lo que parece una tabla de salvación derivará a un embarazo no deseado, y unas responsabilidades que suponen una hecatombe en la vida de Lis, que perdida y temerosa por la respuesta paterna, encontrará refugio en la complicidad de su inseparable amiga Sara, y la madre de esta, Remedios, dedicada a la sanación emocional y espiritual, que la escucharán y sobre todo, le ofrecerán una mirada amiga y protectora. Alemany coloca su cámara a la altura de la mirada de su protagonista, con la que a través de ella, nos mostrará ese pueblo anclado en lo arcaico y la tradición, un lugar poco tolerante con las ideas diferentes, encerrado en sí mismo y sus quehaceres cotidianos, como veremos con la actitud paterna, la de sus amigos o vecinas del lugar, más interesadas en las vidas ajenas que en las propias.

Lis es alguien ajeno a la dinámica del pueblo, metida en su mundo, muy suya,  alejada de las actitudes de sus amistades y crítica con lo que se cuece ahí. Un espíritu libre y valiente, alguien que ya en el arranque de la película deja clara quién es y a qué se enfrenta, cuando se lanza a la piscina y mientras va buceando, tiene que ir sorteando a otras personas y obstáculos para seguir avanzando, la secuencia que mejor define el espíritu que recorre la propuesta de Alemany, la de esa inocencia interrumpida de golpe,  de volverse mayor de un día para otro, de ese verano que ya no volverá, que será el último de muchos, del final de la infancia y el comienzo de algo que empieza a vislumbrar sus garras, ese mundo de los adultos donde los actos y actitudes devienen responsabilidades que hay que enfrentar y asumir como propias. La directora castellonense construye una película ligera e íntima, colocando a Lis en el centro del conflicto dramático del relato, convirtiéndose en el origen y final de todo lo que sucede en la película, ese cambio de niña a mujer, o lo que es lo mismo, ese tránsito en empezar a ser quién quiere ser y pelear con todas sus fuerzas para conseguir la mujer con la que sueña, acarreando los conflictos que se vayan presentando.

Alemany reúne en este viaje a compañeros de escuela como la citada Soler Aragonès y Joan Bordera en la cinematografía, con esa luz mediterránea y cálida para atraparnos con sutileza en el cisma emocional que sufre Lis, y al preciso y sobrio montaje de Juliana Montañés, fraguada en la Ecam, editora de Carlos Marques-Marcet, consiguen una forma brillante y luminosa donde el pueblo de Traiguera se convierte en un personaje más, por su atmósfera abierta y cercana y a la vez, cerrada y maldiciente. La magnífica terna de intérpretes experimentados como Laia Marull, haciendo de esa madre protectora, pero también, sumisa con la autoridad paterna, Sergi López, como padre trabajador y señor de la casa, mostrándose muy intolerante con su hija a la que todavía trata como una niña desamparada, y Sonia Almarcha, la madre de Sara, la mejor amiga de Lis, interpreta a esa mujer diferente, el contrapunto de la actitud de los padres de Lis, la “bruja” según los habitantes del pueblo, alguien especial y con ideas muy abiertas sobre el amor, el sexo y la vida.

Y los intérpretes jóvenes, debutantes muchos de ellos, casan a la perfección junto a los adultos, con una magnífica y apabullante Carmen Arrufat que da vida a Lis, una niña-adolescente rebelde, libre y con deseos de volar y salir del pueblo para enfrentarse a su vida y a su sueño, con Joel Bosqued como Néstor, el típico chulito de pueblo, que pasa droga y se siente el rey del mambo, dando réplica a Lis, que empieza siendo la válvula de escape que necesita la chica para luego ser un problema en su vida, con Estelle Orient, que ya estuvo en 14 años y un día, interpretando a Sara, la íntima amiga de Lis, algo así como un espejo en el que se refleja Lis, un apoyo incondicional por su rareza y su falta de encaje en el sentir del pueblo, y las otras amigas, Laura Fernández y Rocío Moreno, que son Rocío y la Patri, con las que tropiezan las anteriores por sus diferencias de actitud y deseos. Alemany ha creado una película muy cercana y libre, sin ataduras, en la que basándose en experiencias reales sitúa a una niña que se enfrenta al final del verano más difícil de su corta existencia, en el que deberá enfrentarse a todo aquello que quiere ser, tanto por ese embarazo inesperado, a sus sentimientos, a su vida y a su sueño, pase lo que pase, y peleando por todo aquello que siente y quiere. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lucio Castro y Ramón Pujol

Entrevista a Lucio Castro y Ramón Pujol, director y actor de la película «Fin de siglo», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 15 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucio Castro y Ramón Pujol, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Maite Robles de Filmin, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Juan Tomás Ávila Laurel

Entrevista a Juan Tomás Ávila Laurel, escritor y protagonista de la película «El escritor de un país sin librerías», de Marc Serena, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 3 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Tomás Ávila Laurel, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Carla Gómez de Comunicación de la película, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El escritor de un país sin librerías, de Marc Serena

LA GUINEA SILENCIADA.

“Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio”.

Mario Benedetti

Guinea Ecuatorial ha sufrido dos siglos de dominación colonial por parte de Portugal y España. En 1968 con la recién inaugurada independencia y un camino por delante de ilusión y reparación, recuperó una libertad que le fue arrebata en 1979 con el golpe de estado de Teodoro Obiang, que instauró una dictadura que se ha convertido con cuatro décadas en el poder es la más longeva del mundo. Un país que sigue sufriendo, aunque eso no haya sido impedimento para que unos cuántos sigan reclamando derechos y democracia, y sigan creyendo que hay un futuro mejor para su Guinea Ecuatorial. Entre aquellos que siguen en la lucha encontramos a Juan Tomás Ávila Laurel (Annobón, Guinea Ecuatorial, 1966) nacido en plena colonia española, de infancia difícil, pero ahora convertido en escritor reconocido internacionalmente, que vive exiliado en España desde 2011 debido a su manifestante condena al régimen autoritario de Obiang que le llevó a una huelga de hambre. Ahora, volvemos a Guinea de la mano de Juan Tomás Ávila, a través de su experiencia y a través de sus amigos, de aquellos activistas que siguen en la brecha intentando ofrecer ventanas de resistencia, aunque mínimas, mediante la política, la cultura y el activismo social.

El director Marc Serena (Manresa, 1983) autor del largo Tchindas (2015) que ponía el foco en Tchinda Andrade, un transexual de una pequeña isla de Cabo Verde, también codirigió junto a Biel Mauri el documental sobre autismo Peces de agua dulce (en agua salada) y ha escrito varios libros entre ellos ¡Esto no es africano!, un recorrido sobre amores prohibidos en el continente africano. Ahora vuelve a África para presentarnos El escritor de un país sin librerías, significativo título que pone de manifiesto las dificultades que anidan en un país sin libertad, derechos ni cultura. Un viaje de Barcelona a Guinea que hacemos a través de la mirada y la voz de Juan Tomás Ávila, en el cual conoceremos el pasado colonial español, su independencia y la llegada al poder de Obiang, la dictadura y sobre todo, el activismo de conocidos y amigos de Juan Tomás Ávila, que frente a la cámara explican sus actividades, entre las que destaca la función teatral que habla del pasado y presente de Guinea, y escucharemos a ex presos políticos que explican sus experiencias en la política y en la cárcel.

Haremos un repaso por la historia de Juan Tomás Ávila, un niño de una pequeña isla que creció y se convirtió en escritor, su literatura muy crítica contra Obiang y a su familia, a través de imaginativas y coloridas animaciones que dibujan su vida, acompañadas de música autóctona con artistas como Concha Buika o Negro Bey, entre otros. Serena nos cuenta de manera sencilla y honesta la realidad triste y silenciada de Guinea, a través de la mirada de Juan Tomás Ávila, un escritor humilde y reposado que se mueve por Guinea como alguien que sabe que su país ha quedado lejos de su vida, que está sin estar, como le espeta uno de sus amigos, alguien que conoce una realidad amarga y desesperanzadora de su tierra, que la mira con orgullo y pasión, pero se siente triste por la situación que atraviesa, que no tiene signos de mejoría, debido principalmente del apoyo que recibe Obiang de países como España y compañía. El director manresano se centra en las personas, en la actividad resistente de seres humanos que a pesar de la situación política de Guinea, siguen empecinados de mostrar otras realidades más humanitarias que viven, aunque sea medio en la sombra y ocultas en la realidad imperante de un país silenciado y vacío, que rinde culto y pleitesía a su dictador como si fuese una especie de mesías redentor.

La película muestra un activismo real y cercano, lleno de entusiasmo y humanista, y las personas que lo practican, haciéndose eco de una realidad que no llega a los medios internacionales, por falta de veracidad y atada a intereses económicos, recorriendo un país donde la gente vive a pesar de las restricciones, de los conflictos sociales y demás problemas que atraviesa el país. Un obra necesaria y valiente que ayuda a enseñar una realidad silenciada, una realidad oculta, una realidad que existe, que se mueve y sigue luchando, ofreciendo una vida diferente y ajena a la realidad de oropel para unos cuantos privilegiados que vende el régimen autoritario de Obiang, como los fastos pro su cumpleaños o las ristras de hoteles y residencias de la élite del país, una realidad falsa, vacía y superficial que dista mucho de la realidad de la mayoría de ciudadanos que se levantan cada día trabajando por un poco y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/365060331″>Tr&aacute;iler &quot;El escritor de un pa&iacute;s sin librer&iacute;as&quot;</a> from <a href=»https://vimeo.com/foradequadre»>Fora de Quadre</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

El joven Ahmed, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

CUENTO SOBRE EL ODIO.

“Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga”

Víctor Hugo

De los 11 largometrajes de ficción, amén de sus más de 80 documentales dirigidos y producidos, de Jean-Pierre Dardenne (Engis, Bélgica, 1951) y Luc Dardenne (Awirs, Bélgica, 1954) muchos de ellos están dedicados a retratar y profundizar en la vida de adolescentes y sus conflictos, tantos internos como exteriores. Muchos recordarán a Igor, el chaval de La promesa (1996) tercer largometraje de los Dardenne que los lanzó internacionalmente, que se encontraba en la tesitura de llevar a cabo la última voluntad de un inmigrante y enfrentarse al déspota de su padre. En Rosetta (1999) una adolescente que vivía en una caravana junto a su madre alcohólica hacía lo imposible para mejorar su existencia. En El hijo (2002) Francis, un niño problemático recién salido del reformatorio entraba a trabajar en una carpintería. En El niño (2005) una pareja de pipiolos padres de un niño se enfrentaban a las duras condiciones de vida con trapicheos y ayudas sociales. En El niño de la bicicleta (2011) Cyril era un niño desamparado que encontraba consuelo en una peluquera de gran corazón.

El nuevo chaval se llama Ahmed, el niño musulmán de 13 años de El joven Ahmed. Un niño sin la figura del padre y con una madre alcohólica y desbordada por la difícil situación en casa, un hermano muerto convertido en mártir para su religión, encuentra en un imán manipulador el guía no solo espiritual sino también el camino para adentrarse cada vez más en el fanatismo religioso e intentar asesinar a su profesora. Después de ese suceso, Ahmed es internado en un centro de reeducación de menores, en el que utilizan terapias como trabajar en una granja, hacer deporte para redimir sus acciones y enfrentarse a sus consecuencias. Los Dardenne, como es habitual en su cine, colocan el foco de la acción en la mirada y movimientos de Ahmed, al que seguimos día y noche, a partir de sus acciones en un drama social íntimo y valiente.

La película está compuesta en tres actos, más o menos reconocibles. En el primero, conocemos a Ahmed, su instituto, su relación distante y fría con u profesora y familiar, la fraternidad con la que lo trata el imán, un líder religioso y paternal para él, y su modus vivendi de rezos, su hermetismo y su inalterable carácter completamente supeditado a los deberes y órdenes de su imán y su religión. En el segundo acto, después de su intento de asesinato, Ahmed ingresa en un centro para menores conflictivos, en que Francis, el niño de El hijo, tendría muchos paralelismos con la vida de Ahmed, con el añadido de la religión, espacio de espiritualidad, pero también de fomento del odio y la diferencia, convirtiendo a Ahmed en una víctima más de tipos como el imán que se utilizan de la religión para radicalizar a chavales y llevarlos a una ruina segura. En el tercer acto, quizás el más breve, la película se sumerge en las continuas idas y venidas de Ahmed, a nivel emocional, en el que descubrirá el despertar a la vida, los cambios de su edad o los primeros coqueteos con el amor, a través del personaje de Louise, la hija de los granjeros donde va a trabajar, y los conflictos internos de ser infiel a su religión y liberarse de tanto odio.

La cinta bañada por esa luz íntima y cercana, donde los cuerpos y la piel adquieren una textura táctil, obra de Benoît Dervaux, operador de los Dardenne desde La promesa, que aquí coge las riendas sustituyendo al gran Alain Marcoen, el cinematógrafo de casi toda la filmografía de los hermanos belgas, con el excelente y cortante montaje obra de Marie-Hélène Dozo, habitual de los Dardenne, con esa forma tan característica del dúo, donde la cámara sigue implacable a los personajes, encuadrándolos en unos planos asfixiantes y muy cercanos, dejándolos casi sin aliento, recorriendo junto a ellos sus movimientos, miradas y gestos, mostrándolos de esa realidad construida que tanto les gusta a los Dardenne, donde el personaje se mueve no solo en un espacio físico, sino también, en un paisaje político y social, y en este caso, religioso, donde anidan las diferencias sociales, las injusticias y las desigualdades. En esos lugares donde vivir se convierte en un desafío constante, donde la indiferencia de los gobernantes provoca que muchas personas, entre ellas adolescentes, vivan tirando del carro de unos padres despreocupados y en la indigencia, eso sí, el carácter social y férreo del cine de los Dardenne no cae en la caricatura ni en el sentimentalismo como pasaba en Plácido, de Berlanga, sino que el retrato acoge una parte de esa durísima existencia, suficiente para imaginarse como ha sido esa vida antes y como será después.

Los cineastas belgas siguen fieles a su forma de ver el cine y retratar a sus personajes, envueltos en esos barrios periféricos donde las existencias jodidas de muchos se mueven dando bandazos y caídas, si bien hay que puntualizar que en El joven Ahmed, con sus coqueteos con el género, como ya ha ocurrido en otras películas del tándem como El silencio de Lorna o La chica desconocida, el centro de todo se deriva de la religión y sus malas praxis en la mente de un chaval de 13 años que acaba creyéndose ese odio hacia aquellos que no piensan como él, convirtiendo a los amigos y familiares en enemigos de su religión, una educación negativa que lleva a la ruina a chavales que buscan referentes y desgraciadamente, los encuentran en figuras fanáticas como el imán de turno. Una cinta magnífica e intensa, con una cálida y difícil interpretación de Idir Ben Addi, dando vida al esquivo y conflictivo Ahmed, bien secundados por el resto del reparto, creando esa naturalidad y espontaneidad que tan bien reflejan los Dardenne. El relato, conciso y rítmico, sabe manejar las complejas relaciones entre unos y otros, entre la educación y la religión, colocando en el centro de la acción todos los conflictos que se generan en Europa debido a todas estas situaciones difíciles de manejar, donde cohabitan múltiples formas de vivir, religiones y relacionarse socialmente. Situaciones que los Dardenne saben explorar y transmitir de un modo íntimo y desgarrador, mostrando la vulnerabilidad de tantos adolescentes como el caso de Ahmed, víctimas propias de la sinrazón. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Intemperie, de Benito Zambrano

EL NIÑO Y EL PASTOR.

“Tienes toda una vida por delante, no la malgastes odiando”

En La balada de Cable Hogue, quizás el western más crepuscular y desolador de los que filmó Sam Peckinpah, encontrábamos a un hombre dejado de la mano de Dios, que contra viento y marea, intentaba levantar un negocio a partir del descubrimiento de agua en mitad de la nada. Un hombre sin ataduras y libre que verá que todos le dan la espalda y le colocan miles de obstáculos por la sencilla razón de creer en algo diferente al resto. El personaje llamado “El Moro”, ese pastor que vive en los márgenes, podría ser un pariente lejano de Hogue, tanto por su forma de vida como su actitud ante las adversidades y las injusticias, alguien abocado a una vida dura, solitaria y enfrentado al poder. Intemperie, el extraordinario debut literario de Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972) tanto de crítica y público, es llevado a la pantalla de la mano de Benito Zambrano (Lebrija, Sevilla, 1965) en una película que casa con su universo, aquel en el que sus personajes luchan por sobrevivir y se alzan contra la injusticia, tejiendo una tragedia protagonizada por un par de seres que huyen de la ignominia de la sociedad española del 46, una sociedad llena de pobreza, miseria e injusticias, donde el poder ejercido por unos pocos privilegiados es cruel, inmoral y violento.

Zambrano se aupó en el 1999 con Solas, un durísimo drama familiar en que una mujer y su madre debían lidiar con los últimos días de un padre machista y violento. En Padre coraje (2002) una miniserie de gran carga emocional en la que un padre se introducía en los bajos fondos para esclarecer el asesinato de su hijo. En Habana Blues (2005) un par de músicos cubanos precarios querían labrarse un futuro con su música. En La voz dormida (2011) también basada en una novela, en este caso la de la desparecida Dulce Chacón, se centraba en un grupo de mujeres que ayudaban a sus hombres en plena posguerra española. Ahora nos llega Intemperie, situada en la posguerra también, en algún lugar de la meseta, localizada en un desierto árido y seco, con un sol de justicia, y donde escasean el agua y la comida. En ese entorno devastador nos encontraremos con un niño que ha huido de casa del capataz, un ser abominable que ejerce su poder de manera deshumanizada, que junto a sus hombres emprenderá una persecución incansable con el fin de capturar al niño. El niño, de familia pobre, quiere dejar su aldea y esas condiciones de abuso y miseria y llegar a la ciudad. En su camino se encontrará con un pastor de cabras, un tipo humilde y sabio en su sencillez y hombre vivido, que luchó en las guerras de Marruecos y luego, en la Guerra Civil, alguien que en su día, también decidió lanzarse al desierto y huir de la civilización.

 

Niño y pastor caminarán por el desierto, ayudándose, y sorteando a los hombres del capataz, y sobre todo, convirtiéndose en una sola persona, en alguien que entiende el problema del otro, que sabe que esas tierras están llenas de analfabetismo, pobreza a raudales y una miseria desgarradora, donde hay señoritos que se van perpetuando en el poder, un poder ejercido dentro de la injustica y la violencia. Zambrano mantiene un pulso firme y pausado para contarnos una historia de perdedores, de aquellos hombres que encontrarán su lugar alejado de todos y todo, seres cuya nobleza resulta incómoda para los poderosos, personas que se levantan contra la injusticia, y contra un mundo donde unos pocos privilegiados viven a costa del trabajo esclavizado del resto. El pastor encarna a esa clase de personas, que viven de manera humilde, que solo desean paz y tranquilidad, tipos que la vida ya les ha enseñado lo suficiente para darse cuenta que en los pueblos y las ciudades no se vive, se existe y mal. Un hombre de gran sabiduría y aplomo, defensor de las causas perdidas, que se enfrentará al capataz y sus hombres porque se niega a aceptar la injusticia y menos contra un niño.

El cineasta sevillano sigue fiel a su estilo y su forma, creando relatos donde prevalecen la historia y sus personajes, en una película exterior en su totalidad, en un terreno en que no hay de nada, y a través de esta road movie a pie o burro, humanista y desesperanzada, el pastor y el niño, uno con dirección a las montañas y el otro, con destino a la ciudad, se irán tropezando con lugares abandonados o dejados a su suerte, como el del tullido, solo y enloquecido, que representa buena parte del estado anímico del país, que sueña con abandonar esas tierras de miseria, donde la sequia y la escasez han acabado de matarlas. Un reparto admirable y conciso, como suele pasar en el cine de Zambrano, donde destacan Luis Tosar como el pastor, con su barba poblada, castigado por la vida y los hombres,  arrastrando sus atuendos, humildes y escasos, que se acerca más a un franciscano, quizás al Fray Guillermo de Baskerville, que encarnó admirablemente Sean Connery en El nombre de la rosa, que a un hombre corriente, con su misticismo y humanismo, un náufrago con su isla a cuestas, a contracorriente de ese mundo violento y cruel.

Junto a Tosar, brilla con soltura Jaime López, el niño que debuta en el cine, consiguiendo un personaje cercano, a pesar de su terror a los adultos, fiel reflejo de la vida angustiosa que ha tenido, Luis Callejo como el capataz violento, esos tipos sin escrúpulos y malvados que chantajean y empobrecen aún más si cabe a los más desfavorecidos, representando ese caciquismo que tantos siglos se instaló en España. Y sus hombres, Vicente Romero y Kandido Uranga, dos actores que llenan una película con su sola presencia, por su aplomo y sus voces. Y Manolo Caro como el tullido que espera una oportunidad que parece llegar tarde. Pau Esteve Birba en la cinematografía logrando capturar ese ambiente seco y agobiante, con su sudor, su voz muerta por el agua y las ganas de huir que tanto declama la película, o el excelente montaje de Nacho Ruiz Capillas, que sabe reposar o aumentar el ritmo del relato según convenga, en una película de tono pausado y lento desenlace.

Zambrano firma el guión junto a los hermanos Pablo y Daniel Remón (guionistas del director Max Lemcke) en un relato sobre la condición humana, convertido en un western sobre “loosers”, donde los personajes no tienen nombre, con un tono plausible e íntimo, que sabe sumergirnos en esa atmósfera apabullante y asfixiante de western seco y violento que tanto les gustaba a Leone, Corbucci, Romero Marchent o Peckinpach, entre otros, con tipos nobles y humildes enfrentados a la injusticia y la maldad de los hombres como el John MacReedy de Conspiración de silencio, el Will Kane de Sólo ante el peligro, o el Joe Frail de El árbol del ahorcado, todos hombres dignos, cansados de tanta violencia sin sentido, y puestos en pie para defender a los que más lo necesitan, obviando su condición y situación. El director lebrijano ha hecho una película extraordinaria y llena de tensión, humanista y concisa en su narración y forma, dejando a los espectadores la labor de de presenciar un trocito de nuestra historia más negra, aquello que algunos niegan y falsean para seguir ejerciendo sus poderes y privilegios, la misma tragedia de siempre, los mismos perros con distintos collares como diría la sabiduría popular. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La hija de un ladrón, de Belén Funes

SARA PELEANDO POR LA VIDA.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica Roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

(Fragmento de Los Nadies de Eduardo Galeano)

Sara a la fuga (2015) nos situaba en la mirada de una adolescente sola, que soñaba con una llamada de su padre mientras se sentía encarcelada en el centro de menores donde vivía. La inútil (2017) hablaba de Merche, una joven también sola, que se sentía vacía, perdida, como una inútil, alejada de todos y ajena a ese entorno que no comprendía. Dos películas breves de Belén Funes (Barcelona, 1984) que pasó por las aulas de la Escac, donde comenzó a trabajar como ayudante en los largometrajes de Mar Coll, Elena Trapé, Liliana Torres, Marçal Forés y Nely Reguera, y en varias películas de Isabel Coixet.

Con todo ese bagaje profesional y amén de sus películas breves, se puso manos a la obra, y partiendo de Sara a la fuga, junto a su guionista Marçal Cebrian, sacan a la luz La hija de un ladrón, protagonizada por aquella Sara que ha salido del centro de menores y vive en un piso tutelado junto a su bebé, mientras lucha por tener una vida normal. La salida de prisión de su padre provocará un cisma interno y físico en el que Sara intentará por todos los medios alejar a su progenitor de su vida, y sobre todo, de su hermano pequeño que al igual que le pasó a ella, vive en un centro de menores. El relato, seco y asfixiante, se sitúa en la mirada y el cuerpo de Sara, a través de sus movimientos, una existencia de aquí para allá, con esa cámara inquieta y febril que la sigue día y noche, sin tiempo para detenerse, para relajarse, una vida a contrarreloj donde el tiempo prima y la vida de Sara constantemente pende de un hilo muy fino, peleando con uñas y dientes para reconstruir su vida, una vida dura y sola, donde siempre ha echado en falta el cariño y el amor. Una vida sin amor, sin nada, que ahora Sara intenta salir de ahí, convertirse en una persona normal, tirar hacia adelante, encontrar un trabajo y empezar a tener amor, aunque sea muy poco y a su manera, que ya es mucho para alguien que ha sufrido tanto como ella.

Funes ha construido una película muy física y sensible con el material que trata, acercándose con su cámara lo suficiente para describir los deseos e ilusiones de una joven sola y herida, pero manteniéndose en esa posición moral en la que no juzga a su personaje y su situación, cediendo esa posición al espectador que será el que deberá involucrarse. Sara es frágil, arrastra heridas físicas y emocionales de tantos años desprotegida y violentada, pero ella no se rinde, ni puede ni quiere, solo quiere ser ella misma, criar a su hijo, con la ayuda del padre de la criatura que ya no quiera estar con ella como pareja, y ayudar a su hermano pequeño para que no viva lo mismo que ella vivió, y sobre todo, alejar a su padre de su vida, aunque la cueste la vida en ello, y seguir peleando por su vida, por las cosas que quiere y por ser quién quiere ser. La directora barcelonesa localiza su película en las afueras de su ciudad, en esos espacios invisibles y desfavorecidos, en barrios obreros de antaño, ahora convertidos en lugares precarios, donde los trabajos escasean o son paupérrimos, sitios donde la vida se ha convertido en una aventura cotidiana donde la existencia ya es mucho, donde se vive con muy poco, donde cada batalla ganada es la hostia.

Un relato contenido y sensible, hecho con sinceridad y honestidad, deteniéndose en esas partes de la sociedad que poco vemos en la pantalla, protagonizada por una mujer convertida a su pesar en una heroína cotidiana, que arrastra un pasado violento en su entorno familiar, que nos habla de los conflictos en las relaciones de padres e hijos que se centra en la dificultad de amar, en la falta de herramientas para amar a los tuyos, a la torpeza de nuestras emociones, a sentirse faltos de cariño y no saber ni expresarlo ni compartirlo. Cine de aquí y ahora, cine de la calle, cine social bien contado y filmado, cine que recoge mucho de los universos obreros y sociales de Un sabor a miel, de Tony Richardson, donde una chica encontraba el apoyo en un homosexual, el que no tenía en su madre, para criar a su bebé. En Ladybird, Ladybird, de Ken Loach, donde una madre sola con los hijos custodiados por el estado, trataba de rechace su vida junto a un refugiado. En Rosetta, de Jean-Pierre y Luc Dardenne, una chica trabaja duro por encontrar empleo para huir de la precariedad junto a una madre alcohólica. Y finalmente, en Ayka, de Sergei Dvortsevoy, una refugiada ilegal en Rusia peleaba por salir adelante después de parir a su hijo. Todas ellas historias de mujeres solas, de la misma clase social, la que no tiene ni vida, ni hogar, ni amor, aquella que por circunstancias personales o sociales, se han visto abocadas a una vida invisible, durísima y sin nada. Mujeres que intentan, a pesar de las terribles dificultades, seguir en pie, luchando por mejorar su vida y queriéndose un poquito más.

Funes pone en liza un reparto incomensurable y veraz que aportan naturalidad e intimidad a una historia díficil peor cercana encabezados por una extraordinaria Greta Fernández, que hace sencillo lo complejo y demuestra una capacidad para mostrar lo íntimo mezclado con la dureza de su personaje, con esa mirada triste pero valiente que luchará por su vida, junto a ella Eduard Fernández, haciendo de padre e hija por primera vez, aportando esa frialdad y amargura que ha representado la vida familiar, y junto a ellos, Àlex Monner, que sabe transmitir a ese joven que ayudará a Sara aunque ya no la quiera como pareja. Y el equipo técnico, en el que Funes vuelve a acompañarse de sus cómplices habituales que le acompañan desde sus películas breves como el citado Cebrian, en labores de escritura, Neus Ollé en la cinematografía, una indispensable para muchos largos surgidos de la Escac, Bernat Aragonés en la edición, Sergi Rueda y Enrique G. Bermejo en sonido y Marta Bazaco en arte y Desirée Guirao en vestuario, creando ese espíritu de compañerismo y cooperativista que ya se sentía en películas como Tres dies amb la familia, de Mar Coll o Lo mejor de mí, de Roser Aguilar, quizás los dos largos que vislumbraron un camino lleno de talento en el que ahora se incorpora Funes en el largometraje por la puerta grande, conmoviéndonos con su sensibilidad y dureza en un retrato lleno de armonía y brutalidad, un espejo realista de tantas vidas en el fango, de tantas existencias violentadas, de tantos caminos rotos en mil pedazos, de tantas reconstrucciones por hacer, de tanta falta de amor en mundo cada vez más deshumanizado, individualista y competitivo, de tanta soledad que desgarra, en el que emerge una figura frágil pero fuerte como Sara, una mujer que no se detendrá ante nada, ni ante su padre, ni ante las dificultades, porque ella quiere seguir en pie, luchando y sobre todo, quiere ser una persona normal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Letters to Paul Morrissey, de Armand Rovira

QUERIDO MORRISSEY.

“Un artista es alguien que produce cosas que la gente no necesita tener”

Andy Warhol

Entre el otoño del 2011 y el invierno del 2012, el CCCB de Barcelona albergó la exposición Todas las cartas. Correspondencias fílmicas, comisariada por Jordi Balló, en la que cineastas como Erice, Kiarostami, Guerin, Mekas Isaki Lacuesta, Naomi Kawase, entre otros, se enviaban cartas, en formado de cine y video, donde establecían una comunicación personal e intransferible que remitía al cine, sus estructuras y formas, sus películas, sus vidas cotidianas y demás. Armand Rovira (Barcelona, 1979) en su pirmer largometraje, recoge el testigo de aquel experimento fílmico y hace su propia versión a través de cinco voces diferentes entre sí, proponiendo un largometraje que consiste en cinco cartas, cinco correspondencias en las que personas, relacionadas o no con el universo del cineasta Paul Morrissey (Nueva York, EE.UU., 1938) les envían cinco misivas fílmicas que, posiblemente,  jamás le llegarán al cineasta, pero que hablan de su universo, aquel que compartió con Andy Warhol en “La Factory”, y el que desarrolló en aquel cine underground, vanguardista, subversivo, provocador y radicalmente diferente.

Rovira y su coguionista Saida Benzal, también actriz y directora de una de las cartas, recogen el espíritu formal y narrativo del creador estadounidense para sumergirnos en submundos en el que los personajes nos hablan de soledad, del paso del tiempo, de inadaptados y seres perdidos en un tiempo demasiado fútil, superficial y vacío. El relato arranca con una primera carta ambientada entre Berlín y Madrid, donde un hombre con una severa crisis de identidad, que desprecia la sociedad de consumo, realiza un viaje personal para encontrar aquello que le dé sentido a su existencia, acabando en el monasterio del Valle de los Caídos, para encontrarse con la religión y aflorar su fe. Todo contado en un formato de 4/3, en película de 16 mm, y en un blanco y negro apagado y plagado de sombras, y un marco que incluye momentos del cine mudo con sus intertítulos y otros dialogados. La segunda carta protagonizada por Joe Dallesandro, mítico actor de Morrisey, que relata en off su relación con las drogas, mientras observamos a algunos yonquis frecuentando parques de skaters y espacios urbanos deteriorados, en esos espacios que tanto le interesaban a Morrisey.

La tercera carta la protagoniza una actriz de Chelsea Girls venida a menos, que recuerda mucho la sombra que perseguía a Norma Desmond, aquella vieja actriz de Sunset Boulevard, que existía de recuerdos lejanos. Una actriz que sigue soñando con su vuelta a la interpretación mientras se prepara físicamente, oculta sus arrugas con maquillaje, y pasa noches apasionadas con hombres mecánicos, con la misma atmósfera de una ciudad estadounidense evaporada por el polvo y el paso del tiempo, anclada en un pasado ficticio, donde todo brillaba, que parece vivir en el interior de la actriz, recordando lo que fue y probablemente, jamás volverá, haciendo clara alusión al cine de Morrissey, a todos aquellos intérpretes y técnicos que se olvidaron. La cuarta carta, quizás la más transgresora y rompedora por su forma, dirigida por Benzal, no sitúa en un relato mudo y el universo vampírico, donde dos amantes se ven imposibilitados a estar juntos y todo aquello que intentan resulta completamente infructuoso. Y finalmente, la misiva que cierra la película, recupera el cortometraje Hoissuru (2017) que da nombre al extraño sonido que atormenta a la joven japonesa protagonista, que encontrará en el azar en forma de una amiga la resolución de sus problemas, en un relato que nos habla de amor lésbico, en la que dos mujeres necesitan de su amor para ayudarse y resolver sus enfermedades y traumas.

La luz velada y llena de sombras de Eduardo Biurrun, que asombra por su belleza espectral e inquietante, así como el preciso y perverso montaje del propio Rovira, que combina la pausa con el frenesí, acompañado de la música de fantasía y perturbadora obra de The Youth, y el brutal trabajo con el sonido obra de Jesús Llata, capturando todos esos enigmas que esconde la película,  acaban dotando a la película de múltiples capas y formas que nos perturban y conmueven a partes iguales. Rovira ha construido una obra insólita y radicalmente innovadora, diferente y atemporal, en el que homenajea el universo de Paul Morrissey, y por ende, a todos esos creadores vanguardistas, transgresores y radicales que encontraron en el cine y sus infinitas formas de expresión, una forma de reivindicar otro cine y además, protestar contra el stablisment. El director barcelonés hace gala de una mirada escrutadora y brillante, manejando las formas cinematográficas a su antojo, creando mundos y submundos, a través de una mirada muy personal, profunda e íntima, creando cinco relatos, todos muy diferentes entre ellos, pero con nexos comunes en los que nos habla de crisis de identidad, soledades que no encuentran consuelo, de drogas, sexo, amor, de seres diferentes, complejos y pertenecientes a submundos que habitan en este, pero parecen de otros universos, invisibles y ajenos al que conocemos.

La fuerza expresiva y enigmática de Rovira nos sumerge en ese mundo real o no, abstracto y lleno de excentricidades y contradicciones, atreviéndose a introducir elementos de diferente naturaleza pero que acaban fusionándose con sus historias de manera natural y sincera, como las canciones de amor arrebatado de Françoise Hardy, la literatura feminista de Simone de Beauvouir o el universo plagado de sombras y espectros que habitan en la citada Sunset Boulevard, conformando un puzle magnífico e intenso en un relato dividió en cinco piezas, en cinco formas de mirar, acercarse, recuperar y recordar el universo Morrisey, un mundo que fue creado para romper las normas de lo establecido, a crear obras que relatasen unos submundos que el cine convencional ocultaba, creando películas con carácter, libres y alejadas de convencionalismos y prejuicios, y manifestando su brutal rechazo a una sociedad de consumo vacía, estúpida y a la deriva. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cuadro, de Andrés Sanz

EL ENIGMA DE LAS MENINAS.

“Un cuadro que constantemente es una escenificación de la realidad en que todo es fingido”

Francisco Calvo-Serraller

Toda imagen, independiente de cuál sea su forma y estructura, oculta un misterio, un enigma que se revelará justo en el instante en que un espectador la observe, solo en ese momento será cuando esa imagen desvelará o no sus enigmas ocultos, porque cada espectador la mirará de formas diferentes y sobre todo, cada espectador hará su propia interpretación, que seguramente será muy diferente a la de otro espectador. Las meninas, quizás el cuadro más misterioso ya no solo de su autor Velázquez (1599-1660) sino de la historia del arte, se convierte en la primera película de Andrés Sanz (Madrid, 1969) en el centro de todo, en la materia de investigación y en el objeto a estudiar, desde múltiples puntos de vista. Sanz vinculado con el mundo del arte desde sus estudios y realizador de piezas relaciones con el universo pictórico, enmarca su película en un thriller intenso y profundo sobre los misterios de Las meninas, convocando a expertos en la obra de Velázquez y en su célebre pintura.

Algunos de estos estudiosos pasan por delante de su cámara como si fuesen testigos de un crimen y ofrecen sus testimonios para esclarecer los hechos que plantea la famosa pintura. Veremos y escucharemos al historiador estadounidense Jonathan Brown; los conservadores del Prado Manuela Mena, Javier Portús, Matías Díaz Padrón; el académico Félix de Azúa, el crítico Francisco Calvo Serraller; y los expertos del Metropolitan Keith Christiansen y Michael Gallagher, o el pintor Antonio López, especialistas del Museo Nacional del Prado y del Metropolitan Museum de Nueva York, entre muchos otros. Todos mantienen una relación estrecha con Velázquez y Las meninas, todos aportan su mirada al misterio del cuadro, lanzando sus ideas sobre lo que oculta la obra, cada uno a su forma, cada uno desde el convencimiento de que algo se oculta, algo misterioso ronda por la pintura. Ideas, planteamientos y formas de ver una obra y estudiarla, que choca contra las de otros expertos.

Entre todos nos ofrecen una idea de cómo acercarse al cuadro, como introducirnos en su interior y viajar por ese espacio que plantea la pintura de Velázquez. “Mirar a través del cuadro”, como espeta uno de los testimonios que aparecen en la cinta, o lo que es lo mismo, viajar por su interior, mirando con detenimiento sus figuras, sus sombras, sus espejos y sus múltiples reflejos que nos interpelan constantemente, produciendo esa fascinación que sigue hipnotizando a todos los observadores del cuadro desde hace tres siglos y medio. Sanz escenifica el tiempo, allá por el año 1656, en que se pintó la obra en la corte de Felipe IV, las relaciones entre Velázquez y el rey, y todo aquello que se cocía entre ellos y en mitad de un tiempo de decadencia de un reino que desaparecía entre las sombras, por medio de secuencias de miniaturas animadas por la técnica de stop motion, creando ese mundo laberíntico y absorbente que encierra la pintura, en una película que arranca proponiéndonos un sueño, un sueño recurrente del propio Sanz desde que era niño, cuando alguien le invitaba a mirar a través del agujero de una casa que escondía otros mundos infinitos e imposibles donde se desarrollaban escenas de la realización del cuadro.

La enigmática y magnífica música de Santiago Rapallo, la cinematografía misteriosa y sombría de Javier Ruiz conforman ese haz de misterio y enigma por el cual se estructura la película convocándonos a los espectadores a un juego de fantasmas, espectros y sombras en que dilucidar lo que se oculta, en un juego detectivesco en la mejor tradición del género, de la misma forma que se desentrañaban las formas de trabajo de Picasso en el fascinante documento de El misterio de Picasso, de H. G. Clouzot, o en La ronda de noche, de P. Greenaway, en que el cuadro de Rembrandt, también ocultaba un misterio en forma de asesinato, y que era desentrañado en la película. Sanz ha hilvanado con paciencia quirúrgica una obra fascinante, hipnótica y maravillosa sobre la pintura, el arte, los misterios materiales e inmateriales, el tiempo, los fantasmas y la increíble capacidad del arte para detenernos en una imagen, que sea cual sea su misterio o enigma que encierre, seguirá sometiéndonos a su belleza, a sus trazos, colores, juegos de espejos, espacios infinitos y sobre todo, seguirá manteniendo en suspense todos sus misterios que oculta, porque cada generación de espectadores seguirá elucubrando nuevas teorías, conspiraciones, hipótesis y demás ideas sobre Las meninas, Velázquez, Carlos IV y sus profundas e inagotables interpretaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA