La hija de un ladrón, de Belén Funes

SARA PELEANDO POR LA VIDA.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica Roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

(Fragmento de Los Nadies de Eduardo Galeano)

Sara a la fuga (2015) nos situaba en la mirada de una adolescente sola, que soñaba con una llamada de su padre mientras se sentía encarcelada en el centro de menores donde vivía. La inútil (2017) hablaba de Merche, una joven también sola, que se sentía vacía, perdida, como una inútil, alejada de todos y ajena a ese entorno que no comprendía. Dos películas breves de Belén Funes (Barcelona, 1984) que pasó por las aulas de la Escac, donde comenzó a trabajar como ayudante en los largometrajes de Mar Coll, Elena Trapé, Liliana Torres, Marçal Forés y Nely Reguera, y en varias películas de Isabel Coixet.

Con todo ese bagaje profesional y amén de sus películas breves, se puso manos a la obra, y partiendo de Sara a la fuga, junto a su guionista Marçal Cebrian, sacan a la luz La hija de un ladrón, protagonizada por aquella Sara que ha salido del centro de menores y vive en un piso tutelado junto a su bebé, mientras lucha por tener una vida normal. La salida de prisión de su padre provocará un cisma interno y físico en el que Sara intentará por todos los medios alejar a su progenitor de su vida, y sobre todo, de su hermano pequeño que al igual que le pasó a ella, vive en un centro de menores. El relato, seco y asfixiante, se sitúa en la mirada y el cuerpo de Sara, a través de sus movimientos, una existencia de aquí para allá, con esa cámara inquieta y febril que la sigue día y noche, sin tiempo para detenerse, para relajarse, una vida a contrarreloj donde el tiempo prima y la vida de Sara constantemente pende de un hilo muy fino, peleando con uñas y dientes para reconstruir su vida, una vida dura y sola, donde siempre ha echado en falta el cariño y el amor. Una vida sin amor, sin nada, que ahora Sara intenta salir de ahí, convertirse en una persona normal, tirar hacia adelante, encontrar un trabajo y empezar a tener amor, aunque sea muy poco y a su manera, que ya es mucho para alguien que ha sufrido tanto como ella.

Funes ha construido una película muy física y sensible con el material que trata, acercándose con su cámara lo suficiente para describir los deseos e ilusiones de una joven sola y herida, pero manteniéndose en esa posición moral en la que no juzga a su personaje y su situación, cediendo esa posición al espectador que será el que deberá involucrarse. Sara es frágil, arrastra heridas físicas y emocionales de tantos años desprotegida y violentada, pero ella no se rinde, ni puede ni quiere, solo quiere ser ella misma, criar a su hijo, con la ayuda del padre de la criatura que ya no quiera estar con ella como pareja, y ayudar a su hermano pequeño para que no viva lo mismo que ella vivió, y sobre todo, alejar a su padre de su vida, aunque la cueste la vida en ello, y seguir peleando por su vida, por las cosas que quiere y por ser quién quiere ser. La directora barcelonesa localiza su película en las afueras de su ciudad, en esos espacios invisibles y desfavorecidos, en barrios obreros de antaño, ahora convertidos en lugares precarios, donde los trabajos escasean o son paupérrimos, sitios donde la vida se ha convertido en una aventura cotidiana donde la existencia ya es mucho, donde se vive con muy poco, donde cada batalla ganada es la hostia.

Un relato contenido y sensible, hecho con sinceridad y honestidad, deteniéndose en esas partes de la sociedad que poco vemos en la pantalla, protagonizada por una mujer convertida a su pesar en una heroína cotidiana, que arrastra un pasado violento en su entorno familiar, que nos habla de los conflictos en las relaciones de padres e hijos que se centra en la dificultad de amar, en la falta de herramientas para amar a los tuyos, a la torpeza de nuestras emociones, a sentirse faltos de cariño y no saber ni expresarlo ni compartirlo. Cine de aquí y ahora, cine de la calle, cine social bien contado y filmado, cine que recoge mucho de los universos obreros y sociales de Un sabor a miel, de Tony Richardson, donde una chica encontraba el apoyo en un homosexual, el que no tenía en su madre, para criar a su bebé. En Ladybird, Ladybird, de Ken Loach, donde una madre sola con los hijos custodiados por el estado, trataba de rechace su vida junto a un refugiado. En Rosetta, de Jean-Pierre y Luc Dardenne, una chica trabaja duro por encontrar empleo para huir de la precariedad junto a una madre alcohólica. Y finalmente, en Ayka, de Sergei Dvortsevoy, una refugiada ilegal en Rusia peleaba por salir adelante después de parir a su hijo. Todas ellas historias de mujeres solas, de la misma clase social, la que no tiene ni vida, ni hogar, ni amor, aquella que por circunstancias personales o sociales, se han visto abocadas a una vida invisible, durísima y sin nada. Mujeres que intentan, a pesar de las terribles dificultades, seguir en pie, luchando por mejorar su vida y queriéndose un poquito más.

Funes pone en liza un reparto incomensurable y veraz que aportan naturalidad e intimidad a una historia díficil peor cercana encabezados por una extraordinaria Greta Fernández, que hace sencillo lo complejo y demuestra una capacidad para mostrar lo íntimo mezclado con la dureza de su personaje, con esa mirada triste pero valiente que luchará por su vida, junto a ella Eduard Fernández, haciendo de padre e hija por primera vez, aportando esa frialdad y amargura que ha representado la vida familiar, y junto a ellos, Àlex Monner, que sabe transmitir a ese joven que ayudará a Sara aunque ya no la quiera como pareja. Y el equipo técnico, en el que Funes vuelve a acompañarse de sus cómplices habituales que le acompañan desde sus películas breves como el citado Cebrian, en labores de escritura, Neus Ollé en la cinematografía, una indispensable para muchos largos surgidos de la Escac, Bernat Aragonés en la edición, Sergi Rueda y Enrique G. Bermejo en sonido y Marta Bazaco en arte y Desirée Guirao en vestuario, creando ese espíritu de compañerismo y cooperativista que ya se sentía en películas como Tres dies amb la familia, de Mar Coll o Lo mejor de mí, de Roser Aguilar, quizás los dos largos que vislumbraron un camino lleno de talento en el que ahora se incorpora Funes en el largometraje por la puerta grande, conmoviéndonos con su sensibilidad y dureza en un retrato lleno de armonía y brutalidad, un espejo realista de tantas vidas en el fango, de tantas existencias violentadas, de tantos caminos rotos en mil pedazos, de tantas reconstrucciones por hacer, de tanta falta de amor en mundo cada vez más deshumanizado, individualista y competitivo, de tanta soledad que desgarra, en el que emerge una figura frágil pero fuerte como Sara, una mujer que no se detendrá ante nada, ni ante su padre, ni ante las dificultades, porque ella quiere seguir en pie, luchando y sobre todo, quiere ser una persona normal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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