Zeros and Ones, de Abel Ferrara

LA NUEVA NORMALIDAD.

“Lo que estamos viviendo es la gran interrupción del mundo, la gran amenaza desde la Segunda Guerra Mundial. Nada había afectado tanto al mundo y los flujos cotidianos del mundo. Claramente no esperábamos este tipo de amenaza”.

Rafael Fernández de Castro.

Desde que estalló la crisis mundial del Coronavirus en marzo de 2020, teníamos que recurrir al cine ya producido para ver el mundo con un ataque de semejantes características. Películas como Estallido (1995), de Wolfgang Petersen, o Contagio (2011), de Steven Soderbergh, son buenas muestras para comprender la magnitud de la tragedia que estábamos viviendo y las consecuencias de todo esto. En Zero and Ones, la última del siempre sorprendente Abel Ferrara (Bronx, New York, 1951), vemos la pandemia in situ, porque el director neoyorquino nos sitúa en las calles de la vecchia Roma, en las calles nocturnas de la ciudad, para contarnos esa “nueva normalidad”, que tanto nos han martillado desde tantos ámbitos. Una sociedad llena de vacíos, de mascarillas quirúrgicas (la primera vez que las vemos en una película después de la irrupción del coronavirus), confinamientos, toques de queda, y sobre todo, una serie de personajes, a cual más inquietante y perturbador, pululando por las calles desiertas de una ciudad en cuarentena, una ciudad irreconocible, vacía de turistas, y llena de miedo. Sombras en forma de individuos que se mueven en un nuevo orden donde reina el miedo, el caos, la paranoia y la confusión.

El cine de Ferrara podrá gustar más o menos, pero tiene la virtud de no dejar indiferente, porque el cineasta del Bronx entiende el cine como un retrato de las grandes oscuridades de la condición humana. En su cine encontramos tipos desesperados, amargados y violentos que no encajan en la sociedad consumista, e intentan hacer su propio mundo, donde la violencia solo es una respuesta contra todo y todos, como en su opera prima The Driller Killer (1979), a la que siguieron El ángel de venganza (1981), Fear City (1984), y China Girl (1987). A partir de los noventa, esa rabia contenida y explosiva a través de la violencia, deja paso a otros tipos que ya han traspasado la línea y viven en el lado oscuro, o en el único posible, como el gánster de El rey de New York (1990), el poli de Teniente corrupto (1992), o los matones de El funeral (1996), incluso también coquetea con el terror, dándole una nueva visión y forma como hace con los vampiros en The Addiction (1995), o con la vida de Jesucristo a partir de la visión de ella en Mary (2005). Con el nuevo mileno, su cine entra en una etapa de búsqueda, aunque no siempre satisfactoria, retratando tipos perdidos, románticos a la deriva, faltos de amor y depresivos, quizás los nuevos tiempos demandaban esa forma de ver el mundo y la sociedad, siempre desde una mirada triste y melancólica.

El universo desesperanzador, romántico y oscuro del cineasta americano cogerá nuevamente el pulso narrativo con dos sendos retratos impecables, profundos y durísimos filmados en el 2014, con Welcome to New York, inspirada en la caída de Dominique Strauss-Kahn, el magnate que fue presidente del FMI, protagonizada por un inmenso Gérard Depardieu, y Pasolini, que relata los últimos días de la vida del genio, con una fascinante interpretación de Willem Dafoe, que se convertirá en su alter ego en Tommaso (2019), retrato brutal sobre los miedos e inseguridades de un director de cine, y en Siberia (2020), un hombre que lo deja todo para vivir en el citado lugar como un ermitaño. Con Zeros and Ones, Ferrara se dispone a hablarnos de esta nueva sociedad surgida después de la pandemia, o podríamos decir durante la pandemia, con un soldado J. Jericho, intentando encontrar a aquellos que quieren atentar contra el Vaticano. La zona cero es la Piazza Vittorio, por donde nos moveremos con el soldado que lleva consigo una arma y una cámara de video que lo va registrando todo. Se irá cruzando con agentes rusos, del Mossad, y todo tipo de especímenes de la noche romana, incluso los roles se mezclaran y entramos en una especie de laberinto infinito del que no sabremos salir porque tampoco sabemos cómo hemos entrado.

Jericho tiene un hermano idéntico a él que es un revolucionario en contra del sistema, dos rostros que quizás son el mismo. Otra amenaza no ya para todos, sino para el mismo. El cinematógrafo Sean Price Williams, habitual del cine de Alex Ross Perry, se encarga de esa luz oscura, tenebrosa y muy inquietante, con el añadido del grano de la cámara de J.J., donde todo se confunde, todo se bifurca y todo tiene una textura diferente y muy quebrada. Las derivas formales y argumentales del cine de Ferrara están muy presentes en la película, por razones estéticas y para crear esa confusión, miedo y desesperanza en el espectador, un ejemplo claro de cómo nos sentimos durante esta pandemia, como demuestra el formidable trabajo de montaje de Leonardo Daniel Bianchi, que después de muchos trabajos en los equipos de edición, se revela con un montaje extraordinario que evidencia esa idea de no saber quién eres, ni dónde estás, ni qué hacer, y además, todo lo conocido se ha vuelto del revés, y nada ni nadie tiene sentido, y todo parece haber cambiado tanto que es imposible reconocerlo. Igual sentido encontramos en la banda sonora compuesta por un cómplice de Ferrara, el músico Joe Delia, que transita sin rumbo, envolviéndonos en ese espacio espectral, lleno de sonidos desconocidos, y donde el miedo y la desconfianza son el caldo de cultivo perfecto para dinamitarlo todo.

Ethan Hawke, que debuta en el cine de Ferrara, da vida al enigmático y perdido soldado J.J., y a su hermano, tan parecido como él, o quizás, es él también, en un desdoblamiento con el que tanto juega en su cine Ferrara. El tejano da cuerpo y vida a un tipo muy alejado de todo, un desconocido de sí mismo, alguien que sabe poco de lo que tiene que hacer y para qué o quién trabaja. A su lado, un grupo de habituales del director estadounidense como Cristina Chiriac, Phil Neilson, creador de escenas de acción, Dunia Sichov, y Valerio Mastandrea, que ha trabajado con gente tan importante como Scola y Paolo Virzì. Los ochenta y seis minutos del metraje se vuelven densos, muy inquietantes, y extraordinariamente tensos, donde nadie confía en nadie, donde todo es turbio, lleno de brumas y tinieblas, donde cada personaje se mueve sin un objetivo ni destino claros, donde todos somos sospechosos, donde todo ha cambiado para que nada cambie, donde el mundo y la sociedad que conocíamos a descubierto su tremenda vulnerabilidad, miedo y confusión, donde el enemigo es invisible, mortal y no tiene fin, a no ser que lo cambiemos todo, aunque seguramente, ya sea demasiado tarde. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tommaso, de Abel Ferrara

MIRARSE HACIA ADENTRO.

“Ningún arte traspasa nuestra consciencia de la misma forma que lo hace el cine, tocando directamente nuestras emociones, profundizando en los oscuros habitáculos e nuestras almas”

Ingmar Bergman

Personajes al límite, llenos de dolor, rabia y frustración. Almas que vagan por la ciudad, casi siempre Nueva York. Seres movidos por una pasión incontrolable, enfermiza y autodestructiva, alejados de los cánones establecidos, sumergidos en las partes más oscuras del alma, perdidos por los universos más inquietantes y perturbadores, esos lugares que se sabe cómo llegar, pero no como salir, espacios sin alma, donde el deseo y la pasión se desatan de forma autodestructiva. Asesinos despiadados, asesinas sedientas de venganza, enamorados perseguidos, traficantes de drogas sin escrúpulos, polis corruptos, vampiros vacíos, gánsteres tristes, espías enamorados, depredadores sexuales, son solo algunos de los personajes que ha tratado Abel Ferrara (Bronx, Nueva York, EE.UU., 1951), en sus más de cuatro décadas de trabajo en el cine, creando un universo único, profundo, y personalísimo.

En Tommaso nos habla de un artista, de alguien que está en pleno proceso de escritura de una película, alguien que se le parece mucho a él, y no es la primera vez que el cineasta neoyorquino habla de su oficio, ya lo había hecho en Juego peligroso (1993), The Blackout (1997), Mary (2005), 4:44 Last Day on Earth (2011), y Pasolini (2014), aunque en todas las mencionadas, encontrábamos rastros de la personalidad y el trabajo de Ferrara, es en Tommaso donde el cineasta se ha abierto más en canal, mostrándose y mostrando muchas situaciones que parten de su vida real, ya sean de una forma física o emocional, en el que retrata a alguien como Tommaso, en la piel de Willem Dafoe, en su quinta película juntos, hay una sexta Siberia, ya estrenada en festivales, que es el proyecto en el que trabaja Dafoe en la película. La aparición de su mujer real, la actriz moldava Cristina Chiriac, dando vida a Nikki, la esposa del protagonista, y la hija de ambos, DeeDee, interpretada por Anna Ferrara, la hija de Ferrara y la actriz moldava. La acción se sitúa en Roma, y en la vivienda de Ferrara, bajo la mirada y al existencia de Tommaso, alguien que da clases de expresión corporal, medita, hace yoga, acude a alcohólicos anónimos, trabaja intensamente en su película, y también, se ve atrapado por innumerables pensamientos neuróticos, esos fantasmas del pasado provocado por el consumo de psicotrópicos, que lo llevan a la inestabilidad emocional e inseguridad, consumido por miedos, intentando implicarse en su relación sentimental, que con el nacimiento de su hija, se ha visto alterada.

El magnífico trabajo de luz de la película, obra del cinematógrafo Peter Zeitlinger, el director de fotografía de Herzog, con esa cámara en continuo movimiento, escrutando la fisicidad, la corporeidad y la emocionalidad del protagonista, convertida en una parte más de su cuerpo, retratándolo y retratando esa Roma auténtica, ruidosa, llena de gente, donde el tiempo y el espacio nunca se detienen, donde encontramos vida a cada instante. Ferrara, como es habitual en su cine, refleja con autenticidad lo físico, como si de un órgano vital se tratase, y también, lo hace con lo emocional, donde mezcla con sabiduría y fuerza todos esos momentos imaginarios que la mente inestable de Tommaso le hacen ver y experimentar, exteriorizando los miedos e inseguridades que le llevan por su incapacidad de gestionar la nueva vida con la llegada de su hija pequeña. Tommaso, al igual que las criaturas de Ferrara, les cuesta enormemente psicoanalizarse, detenerse y mirarse un poco, todos son alma pura, una vida frenética hacia la nada, hacia la autodestrucción, sin posibilidad de redención, perseguidos por sí mismos, en sus particulares descensos a los infiernos, llenos de fantasmas, de espectros que los voltean y no les dejan en paz.

Ferrara hace una simbiosis perfecta entre la realidad-documento y la ficción pura y dura, donde desconocemos qué partes de la vida real del cineasta han llegado a filmarse sin una coma, o viceversa, donde realidad y ficción se funden de tal forma que todo parece real y ficción a la vez, dejando al espectador la libertad de elegir o interpretar cada instante de la película, si forma parte de un mundo u otro, y la intensa mezcla entre Dafoe, el actor profesional, rodeado de personas reales que se interpretan a sí mismos. Lo que contribuye el brutal montaje de Fabio Nunziata, que vuelve a trabajar con Ferrara después de Pasolini, en un excelente trabajo sobre el trabajo de las imágenes y la duración de las secuencias. Otros cineastas también se habían vestido de demiurgos y habían hecho su particular viaje introspectivo para exorcizar sus sueños y pesadillas como creadores, como lo hizo Wilder en Sunset Boulevard, Bergman en Persona, Fellini en Ocho ½, Godard en El desprecio, Truffaut en La noche americana, u Almodóvar en Dolor y gloria, entre muchos otros. Formas todas ellas de acercarse a la materia prima de sus películas, de sí mismos, de verse frente al espejo, como una especie de Dorian Grey intentando escapar inútilmente de su existencia real y todas las ficticias.

Willem Dafoe, un actor de raza, lleno de pasión, de físico y rostro marcados, y mirada penetrante, es el alter ego ideal de Ferrara, convertido en la figura contradictoria de ese creador atribulado, impredecible, y a punto de estallar, incapaz de enfrentarse a una realidad diferente, perdido en su mente, enfrascado en su laberinto mental, absorbido por su incesante nerviosismo y locura, en uno de esos personajes de las películas de Zulawski o Skolimowski, espectros vagando por mundos que no existen. Dafoe se convierte en el guía físico y emocional de la película, un tipo capaz de soportar las argucias mentales y neurosis que padece su personaje, alguien muerto de miedo y sin escapatoria de sí mismo, que se embulle en sus paranoias y escapa de esa realidad que le angustia, haciéndole creer que su pareja le rehúye y le desplaza, donde todas las cualidades de un grandísimo intérprete como Dafoe, consigue atraparnos y moldearnos a su gusto, en otra gran composición del actor de Wisconsin, otro inocente atrapados en sus neuras, alguien que le cuesta aceptar las cosas de otra manera, imbuido en su mentira y sus imaginaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pasolini, de Abel Ferrara

ELEGÍA DE UN POETA

“Para ser poetas, hay que tener mucho tiempo: horas y horas de soledad son el único modo para que se forme algo, que es fuerza, abandono, vicio, libertad, para dar estilo al caos”.

Pier Paolo Pasolini

La película arranca con imágenes de la última película de Pier Paolo Pasolini, Saló o los 120 días de Sodoma, y se cierra con su cadáver, en la playa de Ostia rodeado de desconocidos, aquella mañana del 1 de noviembre de 1975. Un breve tiempo, acotado en el último día de su vida, en el que Abel Ferrara (Nueva York, 1951),  nos habla de Pasolini penetrando en su intimidad, acercándonos su figura, tanto física como emocional, pare un retrato del creador que venera y admira, de uno de los autores más reconocidos de la segunda mitad del S. XX. Se introduce en las múltiples personalidades del creador boloñés: el intelectual comprometido, el poeta sensible, el cineasta reflexivo que busca nuevas formas de representación y lenguaje, el homosexual en busca de amantes nocturnos, y el hombre que defendía la libertad individual, en un sistema opresor y castrador.

El recorrido del cineasta neoyorquino se detiene en los diversos aspectos, obsesiones y pensamientos que inundaban la mente del creador omnisciente, incómodo, y brillante. Desde la última entrevista que concedió en su vida, donde alerta al periodista Furio Colombo, sus temibles preocupaciones sobre la persecución sistemática del estado contra los poetas que se alzan, así como el peligro de desaparición del sistema democrático, y también, reivindica su postura de creador independiente, la define como un modo de hacer política. Ferrara también se posa en la cálida y tierna relación con su madre y hermana, vemos como escribe fragmentos de su novela Petróleo, come con Laura Betti (bellísima y cándida Maria de Medeiros) que viene del rodaje de Vicios privados, públicas virtudes, de Miklos Jancsó, se cita con Ninetto Davoli, lee el diario Il corriere della sera, y se preocupa ante unos asesinatos, y también imagina secuencias de su próxima película, Poro-Teo-Kolosal, donde sus protagonistas siguen un cometa que les ha de conducir hasta un paraíso imposible, entre medias, se verán inmersos en una orgía entre gays y lesbianas, y se cruzaran con todo tipo de personajes extravagantes y furibundos. Fragmentos de sus últimas horas que nos muestran al poeta cansado y sólo, inquieto sobre los acontecimientos políticos y sociales que acechan en su tiempo.

La postura y el tono empleados por Ferrara se aleja de la naturaleza de sus trabajos más celebrados como Teniente corrupto o El funeral, su acercamiento a Pasolini estaría más próximo a su película The addiction, aquella fábula moderna sobre vampiros en pena. Su relato se podría mirar como el diálogo que se establece entre dos cineastas, el maestro y el alumno que lo admira, entre la figura de Pasolini y el realizador que lo homenajea en su película. Si bien el cine de Ferrara entronca y se relaciona en algunos aspectos con el de Pasolini, en las miradas hacía la fealdad del ser humano y la sociedad, esos seres de los bajos fondos, que se mueven en la ilegalidad, o la traspasan, en la idea de un mundo apocalíptico, donde unos pocos manipulan, mutilan y asesinan a una mayoría abocada al caos y la desaparición. El andamiaje de la obra pasoliniana se estructura en dos conceptos: marxismo y cristianismo, centrada en el individuo y sus problemas, a través de lo más simple. Una obra de un humanista preocupado por su tiempo, que le conduce al mismo camino emprendido por cineastas como Renoir o Rossellini. Ferrara ha fabricado una pieza de cámara, (con una composición de Willem Dafoe como Pasolini, en estado de gracia absoluta, donde nos brinda una interpretación colosal, apoyada en unos mínimos gestos y miradas), nos devuelven a un Pasolini pausado, en un relato susurrado, de canto funerario, que se toma su tiempo, un tiempo de espectros, de sombras y sobre todo, de una sociedad envuelta en el miedo y la incertidumbre, en la que el genio de Pasolini se detuvo en analizar y reflexionar.

Welcome to New York, de Abel Ferrara

La lujuria del poder

El 14 de Mayo de 2011, Dominique Strauss-Kahn, director del FMI era detenido en el aeropuerto de Nueva York, acusado de agresión sexual e intento de violación a una empleada negra en la suite del Sofitel New York Hotel. Welcome to New York, de Abel Ferrara toma como punto de partida este affaire para construirnos un ejercicio que, como se nos anuncia en el texto que precede a la película, juega a representarnos lo que fue, apropiándose de unos hechos que ocurrieron en la realidad y que no llegaron a ser esclarecidos del todo durante el proceso judicial que se levó a cabo. Estructurado en tres partes bien diferenciadas: durante el primer tercio, asistimos a una bacanal de sexo y lujuria, rodada como si fuese una soft porno, luego, nos presentan el ataque sexual de Devereaux (sosias de Strauss-Kahn) a la camarera y la posterior detención y encarcelamiento, aquí Ferrara, echa mano de la forma cinematográfica de Haneke, para mostrar toda la frialdad y contundencia del aislamiento en el que se ve sometido el magnate. En el último tramo, la película vuelve a cambiar el tono cuando aparece en la función Simone, la mujer de Devereaux, en la que las discusiones, tensiones y reproches del matrimonio inundan la pantalla, unas secuencias filmadas de forma realista y cruda en los interiores del domicilio donde tuvo su arresto el acusado. Ferrara interesado en personajes en estado de degradación que se mueven por ambientes malsanos y mugrientos que son seguidos por su cámara de forma fría escarbando en sus miserias y miedos: la yonqui de Ángel de venganza (Ms. 45. 1981), el policía de Teniente corrupto (Bad lieutenant, 1992), los vampiros de The addiction (1995), los gánsteres de El funeral (the funeral, 1996). En Welcome to New York cambia de escenario, pero no de personajes a la deriva emocional. El cineasta neoyorquino dibuja a Devereaux como un depravado sexual (magnífico el registro de Depardieu), que muestra sin ningún tipo de tapujos su inmensa anatomía, que parece una morsa marina en continúo celo. Un hombre enfrentado a sus miserias y debilidades, un individuo podrido de dinero que se muestra incapaz de mantener su lívido en paz, que tiene una nefasta relación con su hija, y su mujer, que veía en él al futuro presidente de la República Francesa.  Una Simone, protagonizada por Jacqueline Bisset, (maravilloso contrapunto de Depardieu), una esposa que fabrica un personaje sofisticado que se siente incapaz de controlar a su marido, y a la vez, sus ansías de poder le ciegan para enfrentarse a una realidad alejada de sus delirios de grandeza. Ferrara continúa mostrándonos la parte oscura del alma humana, en un mundo dominado por el dinero y por los más bajos instintos. Nos coloca delante de un espejo deformado que nos devuelve el reflejo de una sociedad llena de suciedad y mugre que se mira demasiado a sí misma.