Nido de víboras, de Kim Yong-hoon

UN BOLSO LLENO DE PASTA.

“Hay un animal llamado «tiburón toro». La hembra embarazada puede llevar cincuenta huevos dentro. Lo más aterrador de todo es que las crías se devoran unas a otras en su vientre. Solo puede sobrevivir una, que se convierte en un feroz depredador”.

Muchos recordamos el impacto que supuso una película como Memories of Murder (2003), de Bong Joon-ho. Una película oscurísima, donde caía constantemente una lluvia fina e incómoda, una trama agobiante, con continuos saltos hacia adelante y atrás, unos personajes complejos, llenos de dobles morales, asfixiados en un entorno muy hostil, y un thriller con apariencia clásica, pero con muchos toques de humor negro y drama cotidiano. Luego llegaron otros directores de Corea del Sur, los Park Chan-wook, Lee Chang-dong y a Hong-jin, entre muchos otros. Todos con propuestas parecidas, pero con un sello muy personal que, además, seguían profundizando sobre los grandes cambios sociales del país, a través de una mirada muy crítica y auténtica. A esta hornada de grandes cineastas, se les une Kim Yong-hoon (Corea del Sur, 1981), que hace su primer largometraje, con el descriptivo título, en el original, Bestias agarradas a un clavo ardiendo, que se estrena en España con el no menos interesante Nido de víboras.

El relato gira alrededor de un insignificante objeto, más bonito o no, un bolso lujoso, eso sí, pero no un bolso cualquiera, sino un bolso de Louis Vuitton, con la singularidad que está cargado de dinero, y una serie de ocho individuos que circunstancialmente, lucharán para conseguirlo. Una serie de personajes que, en mayor o menor medida, hacen lo imposible para huir de sus situaciones desesperadas como Yeon Hee, que debe un montón de dinero a un gánster, el mismo que persigue a su novio Tae Young, por el mismo motivo, también, encontramos a Mi Ran, una prostituta que trabaja para Yeon Hee, que lucha por deshacerse de un marido maltratador. Y finalmente, Joong Man, un pobre diablo que trabaja en una sauna y cuida de su madre senil. El debutante director coreano construye una trama nada convencional, completamente desestructurada, con innumerables idas y venidas, tanto al pasado como al presente, siguiendo el rastro del dinero, y como va pasando de mano en mano, como una joya que quema mucho, demasiado, para todo aquel que decide hacerse con ella.

Una ciudad portuaria como Pyeongtaek, al norte del país, sirve como escenario para este eficaz y brillante cruce de caminos, miedos y abismos, donde contrastan las luces de neón de los locales de ocio nocturnos, con esas pequeñas viviendas de los más humildes. Unas luces que nos retrotraen al cine chino de la nueva hornada, a los Diao Yinan y Bi Gan, donde el cine de Yong-hoon se miraría de manera directa y cercana, con todos espacios nocturnos de calles angostas, los apartamentos oscuros, y esos locales cargados de tensión, que pesan la vida entera, y esos otros lugares sin alma por donde se mueven unos personajes que huyen de todos y sobre todo, de su desesperación y miedo. Pero, quizás un retrato tan angustioso y violento como este, lleno de almas en tránsito y a la deriva, en la que nadie confía en nadie, no sería lo que es sin un reparto tan ejemplar, verdadero e íntimo como el que se gasta la película. Encabezado por una grandísima Jeon Do-yeon, que da vida a Yeon Hee, toda una estrella en el país asiático, en la filmografía de grandes como Lee Chang-dong, convertida en la auténtica mantis religiosa de la función, una femme fatale de armas tomar, que brilla en todos los sentidos, una devoradora de almas y esperanzas.

 A Jeon Do-yeon, alma mater de la función, le acompañan Jung Woo-sung, otro gran nombre del cine coreano, en la piel de Tae Young, el oficinista de inmigración portuaria, enamorado de Yeon Hee, Bae Sung-woo como el empleado de la sauna, el más pardillo de todos, y también, el que le llueve el dinero sin comerlo ni beberlo, su madre senil la hace la veterana Youn Yuh-jung, que hace poco hemos visto en Minari, y finalmente, Jeong Man-sik que interpreta al gánster al que casi todos le deben dinero, además de otros personajes, con mayor o menor presencia, que ayudan a dar consistencia al elenco y sobre todo, a crear esa idea laberíntica tanto en la narración como en todos los actores en este entuerto. Algunas personas le podrán achacar a Kim Yong-hoon de plantear una película demasiado caprichosa en su argumento, en su equilibrio nada convencional, quizás a otras personas, todo ese entramado perverso, complejo y difícil de continuar, es lo que hace tan singular y magnífica tanto la trama, su narrativa y su forma de interpretar, donde casi nunca sabemos quién está actuando con la verdad por delante ante los otros, o mejor dicho, deberíamos decir quién realmente o actúa como un ser amoral, que solo piensa y actúa contra todos los demás, y aprovecha cualquier atisbo de duda en los otros, para actuar con determinación y no dejarse pisotear por nadie, porque en realidad, todos los personajes de la película son lo que son, codiciosos, malvados y bestias sedientas de dinero, o quizás solo son gentes como todas, llenas de desilusión en una sociedad carente de humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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